El chiringuito

Fede Durán | 30 de septiembre de 2014 a las 8:00

ENTRE otros muchos males, el franquismo convirtió a España en la nación más acomplejada de Europa, la única donde una parte del Estado puede desafiar la legalidad sin que el Gobierno actúe con la contundencia exigible. Sería tan sencillo como invocar el artículo 155 de la Constitución, suspender la autonomía catalana e incluso procesar a los promotores de un referéndum descaradamente inconstitucional, adalides que se permiten desafiar desde su virreinato a todo aquel que no considere la suya una aspiración esencialmente divina y por lo tanto indiscutible.

La política catalana es el paroxismo del complejo dentro del complejo. La presión de la metafísica identitaria ha sido tan bestial en treinta años que hasta las siglas más netamente integradoras han de lanzarle guiños conscientes a esa tribu basada en la santísima trinidad del idioma (nada que objetar), la superioridad moral y la manipulación. El ejemplo reciente más clarificador de esta podredumbre se desarrolló la semana pasada en el Parlament, donde Oriol Junqueras, líder de ERC, se ausentó del equipo multisiglas que debía acorralar a Pujol por sus desmanes seculares y más bien agachó la cabeza como el alumno respondón que cuestiona al patriarca. Lo que Junqueras le ha dicho al mundo es obvio: la independencia está siempre por encima de la ética.

Mas quiere parecerse a Macià (1931) y Companys (1934), iconoclastas de la unidad que no obstante dejaron la puerta abierta, al menos nominalmente, al umbilical vínculo con el país. La diferencia es que el actual president, como toda CiU, es bastante más cobarde que aquellos, detalle que acredita una pista: los preparativos para organizar la consulta van tan despacio que no existiría tiempo para desplegarla aun si el TC la hubiese permitido.

La Generalitat ha tergiversado por sistema las referencias históricas, convirtiendo el pulso entre bandos (borbónicos y austracistas, o republicanos y fascistas) en una masa unitaria indiferenciada, y para ello ha contado con el inmenso brazo ejecutor de la radiotelevisión pública y el recurso a la subvención que compra voluntades y potencia el olvido. También emborrona el presente, y lo demuestra Escocia, que se toma alegremente como modelo sin que medien paralelismos: decisión consensuada con el conjunto del Reino Unido, debate admisiblemente constructivo y, sobre todo, victoria del no a la secesión por once puntos. A cambio, los escoceses ganarán ciertas cotas de autonomía que todavía quedarán ridículamente lejos del autogobierno catalán.

Lo que el ministro principal de Escocia, Alex Salmond, advirtió entonces pese a la derrota evidencia la verdadera naturaleza nacionalista: “¿Y quién dice que haya que esperar una generación para la independencia? Con una mayoría absoluta en 2016, estaríamos legitimados para lograrla”. Es decir, que el nacionalismo consiste en jugar una partida de póquer hasta ganarla, para cerrar el chiringuito inmediatamente después. ¿O acaso alguien cree que si algún día vence el sí los profetas de la singuralidad permitirán que sus administrados voten de nuevo? Artur Mas desgasta la palabra democracia siendo el primero en no comprender su significado. Pero su gente no cejará. Y el hartazgo crecerá. España hiede, pero no más que Europa. Ambas sufren la misma enfermedad.

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