Empezar de nuevo

Fede Durán | 18 de diciembre de 2014 a las 19:51

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Pensar que España la componen personas mayoritariamente indignas es una tentación pero también una inexactitud. Lo que viene cambiando desde el 15-M es la reformulación del papel de la sociedad civil, tan convenientemente invertebrada para el poder hasta hace un lustro. Podemos, diana de críticas furibundas sin parangón en esta democracia de 35 años y disfuncionalidades varias, ha capitalizado un descontento antaño atomizado en opciones menores (IU, UPyD, Ciudadanos, Equo, el levísimo y hoy casi olvidado Partido X) que no han sabido conectar con una masa suficientemente potente como para perturbar al estamento. Ese momento ha llegado, y por eso los obreros de los aparatos se afanan en hurgar en el pasado en busca de basura: declaraciones de juventud, hilillos de discurso desde los que construir gigantescas mentiras, deslices ciertos pero leves elevados a la categoría de crimen de Estado.

La política es un juego sucio donde al final triunfan los amorales, los serviles y los conspiradores. Hay ejemplos obvios a lo largo y ancho de la Península. Es doloroso comprobar cómo el bien común apenas emerge en las citas cuatrienales, entonces todos son Espartaco, todos demuestran la empatía que jamás han sentido ni ejercido, todos apagan la consola de los tejemanejes para cantarle mentiras al pueblo. Las urnas son la lavadora, programa de una hora y cuarto, tejidos delicados, un pitido que anuncia el final del proceso y una colada aparentemente limpia y a punto de oxigenarse al sol del patio blanco. Otra trola: el olor a sobaco vuelve a los cinco minutos, el tiempo de calzarse la camisa y los pantalones y volver a lo de siempre, que no es disponer para progresar sino para eternizarse.

Negarle a esa indignada e ilustrada minoría creciente la expectativa de una regeneración es mentirle a medias. La regeneración sólo llegará cuando la minoría deje de serlo y la sociedad asuma en casa la belleza que predica fuera, y eso implica mejorar el sistema sin tener aún los mimbres para hacerlo (sistema educativo, plan de rescate cívico) o, tal vez, confiar en una catarsis exógenamente inducida (instinto de supervivencia, negación del pesimismo inherente a los contratos sociales). En paralelo, la regeneración desde la política, aunque timidísimamente, ya se está produciendo, y no por un arranque de virtuosismo sino simple y llanamente por el terror que genera una postal sin poltrona, A8 blindados ni cuadros de Antonio López. Imaginen qué sería de Mariano Rajoy o Susana Díaz sin la política. Jamás se han dedicado a otra cosa. Y retirarse tras décadas de monocultivo no tiene mérito en el Imperio de las Puertas Giratorias.

Promulgar el gobierno de los mejores no es elitismo sino justicia. Los mejores no siempre nacen del currículo prepolítico (Antonio Romero es un excelente ejemplo), pero un currículo es a menudo garantía de excelencia (otra cosa es que el CV se haya convertido en un género literario). Aterrizar sin experiencia no es un pecado, es un aval de ilusión y potencia, quizás las mismas que Felipe y su equipo tenían cuando ganaron sus primeras elecciones apenas siete años después de morir Franco y tras cuatro de Constitución. ¿El pasado? El pasado es un hito empequeñecido por el transcurso del tiempo: Josep Piqué era comunista, Mitterrand colaboracionista, Aznar avaló aquello del Movimiento Vasco de Liberación Nacional, Maragall fue un día español, Sabino Arana renegó en sus últimos días de su propia iconografía nacionalista, Obama fue mestizo y hasta el protopérfido Hitler quiso ser pintor.

Cuando Marx advertía por carta al pretendiente de su hija Laura, Paul Lafargue, que para ingresar en la familia debía labrarse primero una carrera (y acreditar el sedimento tras la fogosidad), demostraba otra verdad cósmica: uno quiere lo mejor para los suyos. El día en que ese pensamiento se instale en la política y se aplique al conjunto de España, habrá esperanza. Confiar en los que han fallado tantísimo y de tan variadas maneras no es un pecado aunque parezca idiota. Hacerlo en quienes aterrizan sin pecados ejecutivos es cuando menos razonable. Satanizar la segunda opción sin atacar la primera es inadmisible.  Confiar en que el cambio lo traiga el verdugo, arriesgado. Toda organización humana es falible, sí, pero cualquier país, incluida España, se merece empezar de nuevo, sin sábanas viejas.

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  • Matasanos23

    Empezar de nuevo, eso está clamando el pueblo… Será quizá que lo que más nos une es lo que más nos diferencia