Sobre las ruinas

Fede Durán | 22 de enero de 2015 a las 8:00

Waters

EL círculo íntimo de Hitler podría ser el reparto de una película de John Waters tanto en la época del Putsch (Rosenberg, Hess, Röhm, Göring) como durante el auge del Tercer Reich (Goebbels, Himmler, Heydrich, Streicher y un largo etcétera). El pintor frustrado, el vagabundo vienés, el hombre de los arrebatos espumosos era, ante todo, un imán para sus pares en el alucinógeno círculo de las disfunciones mentales. El corolario de aquellos tiempos posversalles fue que el poder de la palabra, una iconografía efectiva y la intimidación de un brazo mamporrero complementario (las SA) podían empujar a todo un pueblo a la creencia de que la revancha era el único y verdadero mandato de Alemania.

Verán, en España ocurre algo parecido aun sin poderosas construcciones sintácticas: la iconografía de la Transición ha sido, además de por momentos verídica, hondamente tramposa. Bajo un manto de prístino estadismo se han ocultado, como bajo las alfombras, los polvos del abuso. No sólo parte de la élite franquista obtuvo como contraprestación a la paz un traspaso a las nuevas estructuras palaciegas; los recién llegados de entonces acabaron convirtiéndose en los todavía inquilinos de hoy. Ahora se baten parcialmente en retirada por las leyes de la indignación.

El brazo mamporrero complementario ha sido y es el propio ejercicio de la autoridad. Una porra blanda, si quieren, pero altamente disuasoria. Porque las cápsulas políticas han trabajado por garantizar el encapsulamiento de sus pares económicos, propiciando una raza de intocables en tanto subsistan los pactos firmados con tinta invisible (siempre habrá caídas en desgracia). Se explica así, por ejemplo, que el tipo real del impuesto de sociedades sea mayor en el caso de las pymes que en el de las supercorporaciones. O que el régimen fiscal de los autónomos no tenga parangón –por su notable exigencia– en buena parte de Europa. O que grandes defraudadores disfruten de modestas condenas, directivos de dudoso pelaje moral saqueen con su gestión entidades de todo tipo recibiendo a cambio al despedirse golosísimas indemnizaciones, y agentes sociales y administraciones públicas aprovechen millones finalistas (verbigracia: la formación, género pujante de la ciencia-ficción) para costear anhelos particulares.

Un relato dominante requiere asimismo de un feroz escudo antimisiles. Los discursos críticos, la denuncia o las alternativas audaces reciben de inmediato el fuego de la descalificación bajo múltiples pieles: la radicalidad, el anarquismo, la irresponsable bisoñez o el trasnochado romanticismo. La redistribución de la riqueza se expondrá entonces como una expropiación antes que como un reequilibrio de cargas y oportunidades, el mandato de la transparencia se verbalizará con los labios torcidos y los dientes entrecerrados, la promesa de rebajar los aparatos institucionales y burocráticos será sometida a sucesivas e inagotables prórrogas, el mapa macroeconómico tapará las miserias micro… Nadie moverá un dedo por el cambio porque no existe libertad en los sedosos capullos del privilegio. La catarsis es forzosamente un factor exógeno. Si algún día se materializa, pardiez, que los arquitectos recuerden lo obvio: sin ventanas que aireen, todo edificio, por nuevo que sea, acaba apestando como las ruinas sobre las que emerge.

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