Podemos (¿cambiar el capitalismo?)

Fede Durán | 16 de octubre de 2014 a las 17:36

MUCHAS de las cosas que plantea Podemos huelen a mayo del 68, a playa bajo los adoquines, y eso no es necesariamente un defecto sino tal vez la única medicina que le queda a España, o a la creciente España de los empobrecidos, para no convertirse en un país depresivo. Ha sido a partir del sentido común, de una transversalidad ideológica bien calculada y de la denuncia clara de las sombras del sistema donde ha sembrado su campo electoral, una extensión incierta de hectáreas que aterra a las viejas siglas, a las sempiternas fortunas y a los obedientes engrasadores de las puertas giratorias. Del flanco fuerte de la sociedad surgen diarios Batallones Olimpia con una misión clara: desmontar la expectativa de un revolcón histórico en esta tierra momificada.

Pero el núcleo duro de Podemos –Pablo Iglesias, Juan Carlos Monedero, Íñigo Errejón– vende también néctares de difícil o imposible digestión. La renta básica universal, por ejemplo, implicaría un desembolso terrorífico (76.800 millones anuales si beneficiase más o menos a una cuarta parte de la población con 640 euros al mes), que Iglesias propone compensar con más impuestos para las rentas de oro y las empresas corpulentas y con la recurrente caza al defraudador fiscal, invocada también por Montoro, o antes por Solbes, o antaño por quienquiera que ocupase la cartera (in)competente. Esa renta genera automáticamente otro problema no menor al de su sustento: en función de la diferencia entre la misma y el salario mínimo, un porcentaje nada desdeñable de infratrabajadores preferirá quedarse en casa y apañarse con la paga caída del cielo.

La intención de fijarle un techo al sueldo máximo –en la línea de las propuestas del movimiento Attac– multiplicando por equis el SMI, sin ser mala, destapa nuevamente objeciones. ¿Quién le dice a un empresario autoforjado, estoico, inteligente, paciente y finalmente exitoso que su propia constelación le generará sólo el salario que determine una ley? ¿No es mejor, por recurrir a la misma inspiración de Attac, ofrecer un panel de incentivos a las compañías que reinviertan parte de sus beneficios en el mecenazgo de cualquier naturaleza, dejando que el sector privado navegue con razonables libertades y capando únicamente aquellas conductas descaradamente punibles (los exagerados bonus de los banqueros pirómanos)?

Claro que es plausible aplicar un IVA superreducido a los productos de primera necesidad, o parir una agencia europea pública de rating que suponga un mínimo cortafuegos a las tres privadas que manipulan los mercados (Fitch, Moody’s, S&P), o redefinir –ensanchándolo– el rol del Banco Central Europeo, o eliminar los paraísos fiscales ubicados en la UE… La realidad es que Podemos aún no gobierna, ni ha gobernado jamás, ni se sabe si acabará gobernando. Si lo hace sufrirá la fiebre de cualquier revolucionario occidental, rapsoda antes, más o menos mesurado durante, ciertamente acomodado después. O no. Uno de sus pies ya toca la arena blanca. Necesita levantar otro adoquín para colocar el segundo. Necesita que otros seísmos filosóficamente similares sacudan los cimientos de la casta paneuropea para formar un campo de fuerza. Necesita demostrar lo que nadie ha demostrado hasta ahora: que existe una alternativa superior al capitalismo, o una manera de revestirlo sin todos sus lamparones.

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Molinos de viento, Artur

Fede Durán | 15 de octubre de 2014 a las 13:48

EL futuro ya es el presente y reafirma el pasado: Artur Mas ha sido fiel a la fullera tradición de CiU. No habrá consulta en versión original sino un remiendo y una salida adicional si la alternativa a la alternativa también falla. El remiendo es casi más tramposo que la doble pregunta del inciertísimo 9-N porque supone tirar del aparato nacionalista (del aparato institucional de la Generalitat, de sus edificios y, otra vez, de su propaganda) para facilitar al votante catalán unos colegios pseudoelectorales en los que pseudopronunciarse. CiU ha procurado canalizar lo que denomina pulsión democrática del pueblo a través de un circuito cerrado y constitucionalmente vetado al que sólo accederán los partidarios del derecho a la autodeterminación. Quienes asumen de partida que todo es una farsa no bajarán al barro del truco. Eso ya castraría cualquier atisbo de legitimidad. Si es que se vota.

La alternativa a la alternativa son unas elecciones plebiscitarias. Lo de plebiscitarias es un brindis al sol porque la legislación española no confiere a las urnas semejante efecto. Artur Mas pretende componer una lista unitaria junto a Esquerra donde la independencia sea el único verdadero orden del día. En los subterráneos de esa oferta huele nuevamente a veneno: la lista la encabezaría, cómo no, el propio Mas, un dirigente amortizadísimo que se dejó 12 escaños en las anteriores autonómicas y que perderá algunos más en las siguientes. Reglamentariamente, tal movimiento no impediría después configurar distintos grupos en elParlament.

La generosidad de ERC sobrepasa ya cualquier cálculo razonable. Oriol Junqueras quiere la independencia como los niños sueñan con su primera bici. Está dispuesto a darlo todo. Al revés que ICV y la CUP, los pequeños aliados que ya se han bajado del ruc (burro), su paciencia es infinita y su fe en la viabilidad de la secesión auténtica. Que Mas sea un trilero le importa menos que el escenario donde actuaría si el bloque CiU-ERC gana las elecciones. Entonces, Junqueras declararía unilateralmente el divorcio del todo hispano. Pero para lograrlo ha de medir con una precisión que aún no ha exhibido el paso previo, o sea, la arquitectura de la lista única, en la que habría de quedar fielmente reflejado el reparto de pesos (listas cremallera, por ejemplo: un convergente, un republicano, y así sucesivamente). Es su única garantía para eludir otro regate de Houdini-Mas.

En cualquier caso, la actitud de Mas y en menor medida la del mismo Junqueras son censurables. El primero micciona sobre el orden establecido con los aires de Fouché que no tiene, chuleando al Gobierno y explotando con descaro el recurso apolillado del pérfido enemigo mesetario. ¿Dónde está el programa de CiU, dónde sus políticas sociales o sus novedosos giros de tuerca para devolver la esperanza al maltrecho ciudadano medio? Junqueras en el fondo es fiel a su propia familia política. Macià y Companys, ya saben, intentonas que acabaron en nada gracias a los diversos modos de persuasión con los que contaba un Estado mucho más débil que el actual. Rajoy El Pasmado, la Momia Rajoy o Mariano a secas sigue donde estaba (en el butacón) porque el actor realmente temeroso no es Madrid sino Bruselas. Son molinos de viento, Artur.

Territorio no tan comanche

Fede Durán | 12 de octubre de 2014 a las 14:42

Ya saben que Oriol Junqueras es el líder de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC). Menos epidérmico que Josep Lluís Carod-Rovira, resulta a la vez más pasional que Joan Puigcercós, una suerte de término medio entre sus dos predecesores. Historiador, católico y dicen que cofrade, Junqueras ha apostado fuerte por la independencia y ha jugado aún más fuerte su baza de socio en la sombra para empujar a CiU hacia el objetivo, cuyo primer hito debiera ser la consulta del 9-N que no se celebrará. Es, sin duda, un tipo inteligente, culto y harto educado: un catalán de la vieja bella escuela. Para demostrarlo, Junqueras ha tejido una curiosa alianza, o más exactamente ha recogido un valiente guante. El martes viajó a Sevilla junto a Jordi Évole (Salvados) para explicar sobre el terreno (¿comanche?) su causa. Mañana sabrán el formato. Pero se puede adelantar el resultado.

En contra de la imagen trasladada desde determinados medios, la experiencia fue buena. Al equipo de Évole y al propio Junqueras les sorprendió la acogida andaluza. Por la calle, afirman, hubo muestras de respeto y hasta de cariño, e incluso constan defensas cerradas del derecho a decidir si España se quiebra o se recauchuta. Lo explica Enric Juliana en estas mismas páginas: a menudo el fragor de la batalla política y mediática se vacía ante el careo con la realidad social, menos crispada, más dispuesta a las muy británicas terceras vías.

Junqueras procura desmontar la idea de emergencia que esculpen historiadores y constitucionalistas (Ricardo García Cárcel y Roberto L. Blanco, por ejemplo), en la línea argumental que suscriben Artur Mas, Joan Herrera e incluso Pablo Iglesias. Quiere, simplemente, que el pueblo catalán vote con la naturalidad con que lo hicieron semanas atrás los escoceses. En su fortuito encuentro con el ex presidente andaluz José Rodríguez de la Borbolla, aseguró que “ahora es el momento”, pese a admitir en paralelo que “existen condicionantes externos”. Llamémoslos Unión Europea en general o Alemania, Francia, Italia y Bélgica en particular.

La aparición del jefe de ERC en Sevilla encierra quizás algunas de las claves del futuro escenario hispano, cada día más abocado a una reforma constitucional donde la Cataluña posibilista buscará fórmulas de cariño y dinero. La todavía suma necesaria de PP y PSOE tendrá que plasmarlas con delicadeza de neurocirujano. Tan cierto es que nadie en el club nacionalista aceptará una reedición de café para todos como que Andalucía buscará su siguiente peldaño federal. Junqueras viajó con Évole porque en su fuero interno, casi abisal, algo de eso intuye, y porque no hay mayor conexión sentimental y sanguínea entre CCAA que la que enlaza a catalanes y andaluces.

Es probable que el tótem del secesionismo (ANC y Òmnium Cultural aparte) sepa asimismo lo que sigue. Al fin y al cabo es su vocación original. La cruceta geográfica Cádiz-Sevilla, o sea, Atlántico-Mediterráneo-América-Europa, atrajo en los siglos XVII y XVIII a cientos de miles de paisanos suyos al epicentro de la riqueza ibérica, paisanos que adornan hoy nuestros callejeros y alumbran un pasado mestizo e inexorablemente común. Aristóteles volverá a tener razón. En breve.

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Por qué no habrá 9-N

Fede Durán | 8 de octubre de 2014 a las 18:11

Futbol 14/15

Roberto L. Blanco (La Estrada, Pontevedra, 1957), catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad de Santiago de Compostela, habla tan rápido como aquel bigotudo que anunciaba los Micro Machines. Disfruta explicándose y confiesa su admiración por la Carta Magna, apenas 35 años de vida frente a ancianitas como la degaullista (1958), la italiana (1947) o la estadounidense (1787). “Es sin duda la mejor de nuestra historia. El planteamiento no es qué hay que reformar en la Constitución para ponerla al día sino cuál de los problemas que tenemos no lo podemos resolver sin reformar la Constitución”.

El Laberinto Territorial Español (Alianza, 2014) es el título de su último libro, que formula por sí solo la primera pregunta.

–La descentralización ha ido siempre unida en España a la libertad. Cuando ha habido avances, en la I y II repúblicas y en 1978, se ha planteado el problema territorial. En la I República a través de una Constitución federal, en la II a través de un Estado integral que de hecho aprueba un Estatuto para Cataluña y en 1978 a través del Estado de las Autonomías.

–Nada es suficiente para el voraz nacionalismo.

–Siempre que ha habido descentralización, los partidos más directamente impulsores de la misma han sido un factor de inestabilidad política y constitucional. En 1978 se inicia un periodo de descentralización extraordinario que ha creado un Estado federal y sin embargo, contra toda lógica, esa profunda descentralización, que es comparable a la de los estados federales europeos, no resuelve el problema ni en el País Vasco, como demuestra el desafío secesionista de Ibarretxe, ni en Cataluña, que nos lleva a una situación insólita en la que se podría producir un motín contra el Estado, algo inédito en cualquier país de Europa en los últimos 50 años. Es la situación más grave producida en España desde el 23-F.

–¿Qué es fer país según CiU y ERC?

–Una labor de zapa, movilización y convencimiento a través de la escuela, con políticas lingüísticas absolutamente sectarias donde se tiende a eliminar el castellano, que es una lengua tan catalana como el catalán. Cataluña pretende decidir en un referéndum sobre cinco siglos de historia pese a su altísimo grado de descentralización, comparable a los de Alemania y Suiza y superior al de Bélgica. En realidad, la solución federal permite convivir a las distintas identidades de un territorio. La autodeterminación rompe eso. Si Cataluña se independizase, una parte de la población saldría claramente lesionada. La ruptura con España supondría la eliminación de esa pluralidad interna. La identidad de las personas no se puede decidir por mayoría. Dice un colega de Barcelona que en España todos somos mestizos de pura cepa, y es verdad.

–¿Es posible celebrar el 9-N con la Constitución en la mano?

–Ni siquiera el Gobierno central podría convocar ese referéndum. Sería vulnerar aquello de la indisoluble unidad de la nación española. Cualquier proceso que tienda a romper la unidad del Estado exige una previa reforma constitucional.

–El argumento nacionalista es que la voz del pueblo está por encima de la ley.

–Lo que evita el enfrentamiento a garrotazos es el respeto a la ley. ¿Por qué se puede jugar al fútbol? Porque hay árbitros. Podemos decidir que dar patadas en la boca en el área no es penalti, pero entonces tenemos que cambiar las reglas antes. Los países no se gobiernan midiendo cuántas personas asisten a las manifestaciones sino con instituciones representativas que tienen su ámbito competencial.

–Pero la desobediencia total o parcial de leyes estatales se ha puesto de moda en el país.

–El Estado ha sido mucho más leal con las CCAA con partidos nacionalistas que los partidos nacionalistas de esas CCAA con el Estado. Los Estados democráticos exigen que las instituciones actúen con lealtad constitucional, si no, no se puede funcionar. ¿Se puede condenar por prevaricación a un funcionario por adoptar un acuerdo con una relevancia mínima y no tomar medidas legales para impedir que una CCAA deje de emitir anuncios sobre un referéndum que ha sido suspendido por el Tribunal Constitucional? Es simplemente inadmisible.

–¿Tiene la Generalitat medios para implantar la maquinaria electoral del 9-N? Nunca lo hizo antes.

–No podrá seguir con la campaña ni adoptar medidas sobre el censo. Es ilegal, y los funcionarios que colaboren están presuntamente cometiendo delito. El conflicto político sigue ahí y veremos cómo lo arreglamos, pero el conflicto jurídico se acaba en la resolución del TC. Si no se acepta, nos colocamos por un lado en el terreno del Código Penal y por otro en el del artículo 155 de la Constitución.

–Artículo algo opaco.

–Yo creo que no permite la suspensión en su conjunto de una autonomía sino ir adoptando medidas cuya gravedad está en función de la importancia del desafío a la ley. Podría llegarse, quizás, a la suspensión del Gobierno catalán.

–¿Saldremos de ésta?

–Lo curioso es que las medidas que hay que adoptar van en la línea de una mayor colaboración. Se puede descentralizar muy poco más. Sí, se podría discutir si hay que dar un tratamiento asimétrico a las CCAA. Pero la reforma constitucional sólo es viable con el acuerdo de los dos grandes partidos. Y sólo sería verdaderamente importante si pudiese incluir a los nacionalistas, que hoy están en otra batalla.

–¿Cataluña ya no es seny?

–La sociedad catalana ha estado sometida a una durísima manipulación política. En el momento en que esa manipulación ceda, y debería hacerlo tras constatarse que el referéndum no se celebrará, se liberará de tensión a mucha gente incómoda con la situación. Entonces podríamos discutir con más calma. Dicen que los partidos han sido arrastrados por la sociedad. Mentira. Son los partidos los que han organizado todo. Sin dinero público y sin la colaboración de las autoridades no se concibe una manifestación de medio millón de personas con cartulinas y un orden perfecto.

¿Independencia sí o sí?

Fede Durán | 6 de octubre de 2014 a las 18:47

MADRID. 2-10-14. JOSE MONTILLA. FOTO: JOSE RAMON LADRA.

José Montilla (Iznájar, Córdoba, 1955) presidió la Generalitat entre 2006 y 2010, sufrió en sus carnes el recorte del Tribunal Constitucional al Estatut parido por su ex camarada Pasqual Maragall y dio a menudo la sensación de ser más papista (nacionalista) que el Papa (CiU). Hoy, desde el Senado, modera su discurso y aboga por una seducción desde el todo español hacia la parte catalana para reconducir un problema donde, afirma, “hay mucha propaganda pero poco debate”.

–Usted alertó antes que nadie del desapego catalán.

–En 2007 advertí de la desafección y de lo que ello podía comportar, de que podía ser el inicio de un proceso irreversible.

–Estamos justo en ese punto.

–El momento es tremendamente complicado y la perspectiva a medio plazo es que todavía lo sea más. Ni el Gobierno de España ni el de Cataluña apuestan por la negociación y el pacto, que es la única forma de avanzar. El PP y Rajoy niegan el problema amparándose en la Constitución y las leyes, que evidentemente se han de respetar. Pero no hablamos de un conflicto inventado. No habría entonces tantos miles de ciudadanos en la calle ni habríamos llegado donde hemos llegado. Lo primero que tendría que hacer el Gobierno es admitir la existencia del problema, reconocer que es un asunto catalán pero también español y tratar de buscar una solución sobre la base del diálogo. Ambas partes han de reconocer que ninguna de las dos tiene razón al 100%. La razón y las culpas están repartidas.

–Vamos a distribuir esas culpas. La cuota no catalana queda sintetizada en la sentencia del Tribunal Constitucional (TC) que recorta el Estatut.

–La sentencia marcó un antes y un después porque fue la primera vez en democracia que una ley votada por el pueblo de Cataluña, después de ser aprobada en el Parlament, en el Congreso y en el Senado, era tan mutilada. El TC estaba en aquellos momentos cuestionado, con magistrados que agotaron su mandato y no habían sido renovados y con una recusación desde el PP para apartar a uno de ellos. Aquello fue tomado por la inmensa mayoría de los catalanes como una afrenta. Pero no todo es la sentencia. El Gobierno del PP, en estos tres años, ha continuado una política de confrontación con Cataluña y también de laminación de las competencias autonómicas. Nunca hubo antes semejante nivel de conflictividad institucional y constitucional entre el Gobierno y las CCAA.

–¿En qué fallaron los políticos catalanes?

–En el proceso de elaboración de Estatut cometimos errores. Seguramente se lo pusimos demasiado fácil al PP para que se descolgase. Y el Govern actual piensa que es posible una secesión sobre la base de una ley catalana sin tener en cuenta ni el marco constitucional ni el comunitario. En la Europa del siglo XXI, este tipo de procesos sólo se puede dar si no los impone una parte.

–¿CiU se cree lo que hace o interpreta un papel?

–Hay quien se lo cree, quien asume ciertas dosis de estrategia y quien va a remolque de los acontecimientos y la presión de la calle. CiU es prisionera de decisiones que tomó hace dos años, cuando después de perder 12 diputados Artur Mas no sólo no dimitió sino que pactó con ERC un calendario y unas acciones entre las que se incluía la celebración de una consulta.

–¿Qué se le puede ofrecer a Cataluña que no tenga ya?

–En Cataluña hay mucha propaganda pero ningún debate de fondo. ¿Qué se puede ofrecer? Desde el Estado no ha habido ninguna oferta, sólo se ha invocado el muro de la Constitución. El respeto a las leyes es legítimo, pero hay que recordar que están al servicio de la convivencia, y por lo tanto están también para ser modificadas si es lo que beneficia a esa convivencia en común, que es lo que a pesar de todo una inmensa mayoría de los ciudadanos de Cataluña desea. La oferta debería solventar los problemas de encaje. Hay que retocar la Constitución. A Cataluña se le podría dar, entre otras cosas, reconocimiento y respeto, que es lo que el Gobierno de Rajoy no ha tenido en temas muy sensibles allá como la cultura, la lengua y la educación. También, por supuesto, un trato singular en lo referente a la fiscalidad y al respeto a sus instituciones de autogobierno. Se trata de seducir, de contraponerse a los que plantean una soberanía que hoy es muy cuestionable. La independencia está basada en mitos románticos del siglo XIX.

–Un pacto fiscal a la vasca sería imposible considerando el peso de Cataluña en el PIB. Se rompería el principio de igualdad.

–El concierto económico es legítimo: tiene bases históricas y reconocimiento constitucional. Otra cosa es el cupo, que no puede dejar de ser solidario. Yo estoy a favor de la solidaridad pero no a favor de ser tan solidario que al final el benefactor acabe teniendo más que el contribuyente. Ésa es una situación que desgraciadamente se da hoy en nuestro sistema, tal y como pone de relieve no sólo el Govern sino los últimos estudios de Fedea (Fundación de Estudios de Economía Aplicada) y del que es economista de cabecera de Montoro en estos temas, el señor Ángel de la Fuente. Ese desequilibrio no aparece en otros modelos federales.

–Ricardo García Cárcel, historiador de la Universidad Autónoma de Barcelona, afirma que la sociedad catalana ha perdido la noción de la realidad.

–Hay una parte de la sociedad que vive en un microcosmos y no es consciente de la complejidad de las sociedades. Mirarse en exceso al espejo comporta una distorsión de la realidad. Algunos ven la independencia como un proceso lineal y muy fácil.

–¿Le parece ecuánime el papel desempeñado por TV3 y Catalunya Ràdio?

–No lo es, y lo han puesto de relieve no sólo algunos grupos parlamentarios sino el propio sindicato de periodistas de Cataluña. Los medios públicos catalanes están al servicio de la causa, y la causa es la independencia. Así de claro.

–Las tensiones entre PSOE y PSC son recurrentes. ¿Se han agravado con la ola secesionista?

–No. Lo que hay, como siempre, son desencuentros puntuales.

–¿Es usted partidario del derecho a decidir?
–Estoy a favor de que cada pueblo decida su futuro. Pero ese derecho siempre se debe de ejercer dentro del respeto a las leyes.

–Es decir, que usted es partidario de eliminar la cláusula que atribuye la soberanía nacional al pueblo español. Y de traspasar a las CCAA la competencia para convocar referendos.

–Soy partidario del traspaso dependiendo de para qué temas. Para los que sean competencia autonómica sí. La reforma constitucional ha de profundizar en un Estado federal y en los mecanismos federales de relación para favorecer el encaje y el entendimiento, no la secesión.

–¿Cree que Mas respetará la suspensión de la consulta?
–No creo que CiU vaya a poner las urnas el 9-N como tampoco creo que tenga una actitud sumisa respecto a la decisión del TC. Bordeará la legalidad para mantener la tensión. En definitiva, esto ya forma parte de la precampaña de las elecciones anticipadas que tendremos en Cataluña dentro de poco.

–Bien. No se sacan las urnas. Hay elecciones anticipadas. Gana ERC. Junqueras propone una declaración unilateral de independencia.

–Eso es hacer política-ficción.

–Todas las encuestas auguran la victoria de Esquerra. Y Junqueras ha dicho lo que quiere hacer si gana.

–Habrá que ver cuándo son las elecciones y cuáles las candidaturas. Cabe la posibilidad de un frente nacionalista que englobe a CiU y ERC y que encabece el propio Mas. El president quizás trabaja ya con esa hipótesis. Los mapas políticos se fragmentan, es difícil afirmar qué pasará. Si hay una declaración unilateral de independencia, será llevar más a Cataluña a la fractura y la confrontación. Es un escenario grave que no descarto.

–El PSC está en una situación electoral delicada, ha ido a la baja en los últimos años. ¿Cómo puede remontar el vuelo?

–Cuando la dialéctica oscila entre quienes no ofrecen nada y aquellos que se quieren ir, los que decimos que existe el problema y que hemos de solucionarlo dialogando lo tenemos un poco complicado. Pero estos escenarios no duran para toda la vida. Ni Artur Mas será presidente siempre ni tampoco lo será Rajoy. La democracia facilita los cambios de escenario. El choque de trenes que hoy nos parece inevitable seguramente se acabará evitando. Los socialistas tenemos un proyecto para España y cataluña.

–Es curioso que con el referéndum escocés se haya destacado mucho la madurez democrática que ha supuesto aceptar la votación pero apenas se haya recalcado la victoria del no por 11 puntos de diferencia.

–Cada uno pone de relieve aquello que le interesa. El nacionalismo subraya que se ha podido celebrar el referéndum, no la derrota. Además, se ha celebrado con la aquiescencia y un papel muy determinante del Reino Unido y Cameron. Compararse con Escocia es tramposo, sobre todo cuando aquí se pretende hacer de manera unilateral. Son realidades muy diferentes: ni el nivel de autogobierno de Escocia es comparable al de Cataluña ni Reino Unido tiene siquiera una Constitución escrita, y la no escrita prevé la posibilidad de independizarse. Allí se ha respetado la legalidad.

–¿No es abonar la confusión pedirle un gesto a Rajoy? La Constitución la reforman las Cortes.

–El presidente del Gobierno es el líder del primer partido del país, y por lo tanto la solución depende mucho de él. ¿Está dispuesto a trabajar por el consenso? Si se niega, que lo diga. El inmovilismo de Rajoy en éste y otros temas es un enorme problema porque exacerba los ánimos del independentismo. El PP ha hecho más por la independencia de Cataluña que ERC en toda su trayectoria.

–Alex Salmond dijo una semana después de perder en Escocia que la secesión seguía viva. El nacionalismo es infinito.

–El nacionalismo no se acaba como tampoco se acaban los problemas y tensiones de cualquier sociedad. Pero incluso en los países donde ha habido consultas –Escocia o Quebec–, éstas sirven al menos para que durante unas décadas el tema no se vuelva a plantear.

–El socialismo andaluz aún piensa que un inmigrante del sur es un voto seguro para el PSC.

–En Cataluña ya no hay andaluces sino catalanes de raíces andaluzas. Las nuevas generaciones ya no tienen ese vínculo sentimental.

La deuda mata, la deuda libera

Fede Durán | 3 de octubre de 2014 a las 8:00

LOS Presupuestos Generales que maneja el Gobierno de Mariano Rajoy plantean de inicio un desfase ingresos/gastos de más de 49.000 millones de euros. Según los especialistas, la partida de ingresos es optimista. El Estado se nutre principalmente de la recaudación obtenida vía IRPF, IVA y Sociedades. El grosor del primer flujo depende en enorme medida de la salud del mercado laboral (el paro registrado aumentó de nuevo ayer: 17.920 inscritos adicionales en el ex INEM), en la misma medida en que el segundo está estrechamente asociado al consumo y el tercero, ay, al vigor del tejido empresarial, que por primera vez en 2012 y desde que se contabiliza este dato (2004) arrojó en conjunto pérdidas de 94.543 millones.

La reforma constitucional de 2011 reescribió el artículo 135 para consagrar el concepto de estabilidad presupuestaria. Más allá de lo que diga Bruselas en cada ejercicio (esa letra se la saltaron alegremente no sólo los países del Mediterráneo sino las conspicuas Alemania y Francia), la filosofía subyacente no es otra que gastar lo que se tiene, precepto ofensivamente utópico en una economía mundial que extrapola los desmanes de los mercados a la contabilidad de las administraciones, agrandando esa bola de nieve que únicamente atañe al ciudadano no nato.

La deuda pública española frisa el 94% del PIB. Puede alegarse que otras naciones andan peor. Italia, por ejemplo y por observar a un primo hermano, está en el 132%. Pero la visión es incompleta si no se añade al cuadro la periferia de la deuda privada, que en España actualmente dobla el PIB con mucha holgura y rebasa en unos ochenta puntos porcentuales la marca del país transalpino. Por si fuese poco, sólo EEUU acumula una deuda con acreedores extranjeros (deuda externa) superior a la nuestra (5,6 vs 1,4 billones de dólares al cierre de 2013).

El desfase, además de técnico, es moral. Cuando Gallardón deja el Ayuntamiento de Madrid para acariciar un ministerio que finalmente ha sido su tumba política, la huella de su gestión ya es indeleble: casi 7.000 millones de deuda, la más alta con diferencia en el mapa municipal, con consecuencias tan visibles como la suciedad callejera. Nadie debería perpetrar semejante dispendio, y menos que nadie ese tipo de dirigente adicto al proyecto faraónico (o sea, al fálico despliegue). El erial español está repleto de pirámides inacabadas.

En una cosa tienen razón los independentistas catalanes. Si nadie respeta un artículo de la Carta Magna tan crucial para el bienestar como el mentado 135, apartados primero y segundo, ¿por qué habrían de reverenciar ellos la indisoluble unidad de la nación española? Al fin y al cabo, las identidades e incluso la historia no dejan de ser nebulosas, nubes maleables, formulaciones tendentes a acolchar ambiciones cambiantes. Los números, sobre todo si son rojos, exhiben un poder de destrucción infinitamente superior. Son, por cierto, los mismos números que invocan quienes niegan a la secesión recorrido alguno fuera del club de los Cinco Siglos, números que se deslizan en los sumideros del olvido en el resto de ocasiones, porque un número es apenas una ficción, una broma, el hilillo de alquitrán que esconde la verdadera naturaleza del capitalismo, basado en el avance a partir de la deconstrucción.

El vago, el mesías y el aliñador

Fede Durán | 2 de octubre de 2014 a las 8:00

EN teoría, un sistema se reforma desde el sistema salvo que medie revolución, y las revoluciones siempre salpican sangre. Si Artur Mas no está dispuesto a asumir ese coste, sólo le queda regresar al carril cuerdo y fomentar una mayoría en las Cortes que permita un doble cambio constitucional. El primero consistiría en eliminar la idea de que la soberanía nacional reside en el pueblo español, traspasando esa nebulosa a las diferentes islas autonómicas para que hagan y deshagan a su antojo. El segundo implicaría transferir a esas mismas CCAA la capacidad de convocar referendos sobre cualquier tipo de materia, incluida la independencia.

Para lograr ese objetivo, y ateniéndonos a los últimos resultados electorales, CiU necesitaría el respaldo de PP y PSOE. Los conservadores no están dispuestos a retocar un texto al que atribuyen el don del equilibrio y el milagro de una prosperidad amasada en 35 años aunque en franca regresión. Los socialistas propugnan sin embargo una reinterpretación federal de la Carta Magna, como si España no fuese ya netamente federal, sin atender al discurso maximalista del cuarteto CiU-ERC-ICV-CUP y a la serpiente social que desde las calles reclama valentía y censura dilaciones.

La ley está por encima de los sentimientos, alega Rajoy. El pueblo rebasa a la ley, contraataca Mas. Hagamos una ensalada, intenta terciar Sánchez (Pedro). Todos tienen parte de razón y por lo tanto también se equivocan. El presidente del Gobierno recurre por defecto a la inacción, el de la Generalitat a los contratos de adhesión y el líder del PSOE a los malabares propios de quien dedica el tiempo libre a aprenderse lo que le chivan. Pero vamos con las cuotas de razón: efectivamente, la iniciativa hacia una revisión del engranaje hispano no la debe abrazar quien no cree en ella (Rajoy) sino quien lamenta carecer de alternativas a la secesión (Mas). O quien lamentaba. Porque nadie captura ya en las palabras de Mas pepitas de consenso con el aparato estatal: él quiere lo suyo, bajo sus condiciones y con sus compinches, y cualquier desvío será tachado de “inmovilismo” español, adjetivo del que el nacionalismo ha abusado hasta la saciedad inyectándole la connotación del insulto, de la cutrez, del robo que al final perpetraba el entrañable avi.

El problema de fondo sigue siendo el mismo. Al independentismo sólo le interesa la independencia. Cualquier encaje sobrevenido es un parche que apenas garantizará veinte años de serenidad. Sabiéndolo, apoltronarse es tentador (Rajoy), mesianizarse obligatorio (Mas) y templar gaitas superfluo (Sánchez). España en todo su esplendor.

El chiringuito

Fede Durán | 30 de septiembre de 2014 a las 8:00

ENTRE otros muchos males, el franquismo convirtió a España en la nación más acomplejada de Europa, la única donde una parte del Estado puede desafiar la legalidad sin que el Gobierno actúe con la contundencia exigible. Sería tan sencillo como invocar el artículo 155 de la Constitución, suspender la autonomía catalana e incluso procesar a los promotores de un referéndum descaradamente inconstitucional, adalides que se permiten desafiar desde su virreinato a todo aquel que no considere la suya una aspiración esencialmente divina y por lo tanto indiscutible.

La política catalana es el paroxismo del complejo dentro del complejo. La presión de la metafísica identitaria ha sido tan bestial en treinta años que hasta las siglas más netamente integradoras han de lanzarle guiños conscientes a esa tribu basada en la santísima trinidad del idioma (nada que objetar), la superioridad moral y la manipulación. El ejemplo reciente más clarificador de esta podredumbre se desarrolló la semana pasada en el Parlament, donde Oriol Junqueras, líder de ERC, se ausentó del equipo multisiglas que debía acorralar a Pujol por sus desmanes seculares y más bien agachó la cabeza como el alumno respondón que cuestiona al patriarca. Lo que Junqueras le ha dicho al mundo es obvio: la independencia está siempre por encima de la ética.

Mas quiere parecerse a Macià (1931) y Companys (1934), iconoclastas de la unidad que no obstante dejaron la puerta abierta, al menos nominalmente, al umbilical vínculo con el país. La diferencia es que el actual president, como toda CiU, es bastante más cobarde que aquellos, detalle que acredita una pista: los preparativos para organizar la consulta van tan despacio que no existiría tiempo para desplegarla aun si el TC la hubiese permitido.

La Generalitat ha tergiversado por sistema las referencias históricas, convirtiendo el pulso entre bandos (borbónicos y austracistas, o republicanos y fascistas) en una masa unitaria indiferenciada, y para ello ha contado con el inmenso brazo ejecutor de la radiotelevisión pública y el recurso a la subvención que compra voluntades y potencia el olvido. También emborrona el presente, y lo demuestra Escocia, que se toma alegremente como modelo sin que medien paralelismos: decisión consensuada con el conjunto del Reino Unido, debate admisiblemente constructivo y, sobre todo, victoria del no a la secesión por once puntos. A cambio, los escoceses ganarán ciertas cotas de autonomía que todavía quedarán ridículamente lejos del autogobierno catalán.

Lo que el ministro principal de Escocia, Alex Salmond, advirtió entonces pese a la derrota evidencia la verdadera naturaleza nacionalista: “¿Y quién dice que haya que esperar una generación para la independencia? Con una mayoría absoluta en 2016, estaríamos legitimados para lograrla”. Es decir, que el nacionalismo consiste en jugar una partida de póquer hasta ganarla, para cerrar el chiringuito inmediatamente después. ¿O acaso alguien cree que si algún día vence el sí los profetas de la singuralidad permitirán que sus administrados voten de nuevo? Artur Mas desgasta la palabra democracia siendo el primero en no comprender su significado. Pero su gente no cejará. Y el hartazgo crecerá. España hiede, pero no más que Europa. Ambas sufren la misma enfermedad.

Salvemos al soldado hipotecado

Fede Durán | 26 de septiembre de 2014 a las 8:00

JOHN Ralston Saul (Ottawa, 1947), escritor y filósofo, es uno de los principales azotes de la doctrina económica oficial predicada en las escuelas de negocios y ejecutada en las alcantarillas del capitalismo. La globalización, afirma, no es más que una fea estafa cuyas consecuencias visibles han sido la actual crisis y un demoledor desempleo, además de un sinnúmero de calamidades psicológicas donde cumbre sería la pena, una pena universal y pegajosa. El problema, ahonda, es que los gurús han antepuesto la macroeconomía a las personas, al bien común, la creatividad y la propia democracia. En Europa, el frenesí ha conducido a millones de ciudadanos a las tierras salvajes del austericidio, una tundra con silueta de tijera donde la sanidad, la educación y los servicios públicos en general se arrugan sin que en paralelo tiemblen las dachas de la casta multidisciplinar. España es un ejemplo perfecto: entre 2009 y 2012, la banca recibió para sanearse 107.914 millones, según el Tribunal de Cuentas, más del triple del presupuesto que la Junta maneja en todo un año. El planeta parece dominado por los replicantes de Blade Runner y la Tyrell Corporation, sucedáneos del ser humano cuyo único defecto –y vaya defecto– es la total ausencia de emociones y empatía.

Saul coincide con nuestra izquierda cuando propone la condonación de la deuda, la transparencia como dogma y la fiscalidad distributiva, aunque su contribución más audaz es quizás también la más polémica por cuanto consiste en viajar al pasado y enmendarle la plana al Gobierno en su generosa actitud hacia el sistema financiero. Lo que Saul entiende que Rajoy, Guindos y Montoro (el Triángulo del Miedo) tendrían que haber hecho es inyectar esos 107.914 millones (o probablemente una cantidad mucho menor) no a los bancos sino a los presos de las hipotecas firmadas cuando la cordura era de mala educación. Algunos de esos reos lograron escapar vendiendo los inmuebles por debajo del precio de compra o renegociando las condiciones con su entidad, pero un abigarrado ejército (216.418 desahucios y ejecuciones hasta el tercer trimestre de 2012, según la PAH) quedó atrapado en el barro y hoy paga con su ruina los excesos de aquella gran fiesta.

La idea tiene sentido. Dinero público (dinero de todos) para salvar a los derrotados, que así saldarían sus deudas, mejorando igualmente los balances bancarios. Con un recorrido algo más complejo, los millones habrían tapado dos agujeros en vez de uno (este segundo agujero, el de los bancos, puede haberse sellado pero no ha producido el efecto deseado, que era la reactivación del crédito a intereses razonables).

El flanco débil de la depuración saulista está en el limitado altruismo del contribuyente, al que paradójicamente podría molestar en mayor medida que su esfuerzo fiscal beneficie a las personas y no a las corporaciones habituadas a pisotearlas. El núcleo de la protesta sería más o menos el siguiente: ¿Por qué debo yo costear las operaciones kamikaze de otros compatriotas a los que nadie obligaba a comprar inmuebles a precio de mina de diamantes? ¿Y por qué, si se asume que la ayuda es inevitable, han de recibirla sólo quienes hayan perdido o estén a punto de perder sus casas y no quienes religiosamente desembolsan sus cuotas mes a mes y privación a privación? Las revoluciones, todas, encierran variables dosis de injusticia.

Sobre la resiliencia

Fede Durán | 22 de septiembre de 2014 a las 12:19

Fotos entrevista a Alfonso Ramirez

Alfonso Ramírez de Arellano (Sevilla, 1959) adentra al diletante en la psicología con un lenguaje cristalino y el campo de pruebas de esta crisis donde unos sucumben y otros se reinventan. Experto en drogadicción, sus últimos escritos inciden en la resiliencia, anglicismo que subraya la capacidad de superar las dificultades, y en la cuestión de si existe una “psicología del político”, un carácter modelado a partir de una actividad cada día más sospechosa, asunto ya tratado en su libro Manual de Supervivencia del Empleado Público o Cómo Defenderse del Político de Turno (Almuzara, 2007).

–“La dinámica social de las organizaciones autoritarias se basa en la gestión del miedo y la ira”. Suena a la Europa de la primera mitad del siglo XX pero también a la de hoy.

–Las opciones de corte autoritario siempre prosperan en climas emocionales de inseguridad o miedo. Miedo a elementos objetivos o subjetivos. Con la crisis es verdad que ha habido motivos para temer. Una organización de ese corte, desde el punto de vista emocional, ofrece seguridad, una actitud paternalista de acogimiento, y consigue proyectar la agresión, el miedo o la ira hacia el exterior, colocándolas en uno o dos tipos de enemigos que van cambiando pero que casi siempre acaban siendo los inmigrantes.

–En teoría, un político es una especie de facilitador de los cambios que anhela la sociedad. Ahora, sin embargo, el político se resiste a esa transformación.

–Hay periodos históricos instituyentes (orientados al cambio) como el de ahora y otros instituidos donde predomina el statu quo, el equilibrio. Antes de que en España estallase la burbuja inmobiliaria, nadie quería oír hablar de mejoras del sistema o problemas sociales. En esas dinámicas, los políticos entregados intentan ir por delante de la sociedad animándola a algún cambio. Ahora ocurre al revés. Si se echa un vistazo a las encuestas del CIS, no hay que ser un lince para saber qué quiere la gente: acabar con la corrupción, reforzar la transparencia, castigar a los corruptos y abrir las instituciones.

–Eso explicaría la irrupción de Podemos.

–Yo creo que sí. Cuando se produce un desfase entre las necesidades sociales emergentes y los que tienen la función de representarnos, se abre una brecha y surgen cosas nuevas.

–¿Qué es la indefensión aprendida?

–Es un concepto procedente de la psicología social, de experimentos con animales. A unos se les premiaba cuando asumían una determinada conducta; a otros no se les daba ningún refuerzo actuaran como actuasen. En estos casos, acababan desarrollando extrañas reacciones: una de ellas era la depresión, como si tuviesen la convicción de que hiciesen lo que hiciesen no iban a influir en el resultado. Eso es la indefensión aprendida, a la que también se ha llamado, cruelmente, pereza aprendida. Si muchas personas pasan por esta crisis terrible, intentan buscar trabajo o pierden sus casas y no encuentran solución, pueden caer en una desesperación que perdure incluso en el futuro.

–¿Por qué unos resisten la adversidad mejor que otros?

–Aaron Antonovski se encargaba de unos estudios rutinarios sobre población femenina menopáusica y se encontró con un grupo de mujeres en un estado de salud física y mental muy bueno. Resultó que la mayoría eran judías que habían estado en campos de concentración pero superaron ese trauma. Vendrían a confirmar el dicho de Nietzsche: lo que no te mata te hace más fuerte. Hablamos de la resiliencia, que es la capacidad de afrontar las situaciones difíciles de una manera incluso creativa. Lo interesante es que la resiliencia se aprende. Con los niños, son los padres los que les enseñan a serlo, pero cuando los adultos han sufrido situaciones duras, la terapia es similar y se basa en tres reglas básicas: que alguien confíe plenamente en nosotros, que nos quiera incondicionalmente y que nos invite a explorar.

–La capacidad de comprender y dar sentido a lo que nos ocurre.

–Recuerdo una anécdota que siempre relataba Montserrat Caballé. Una vez, cuando era pequeña, se quedaron en la calle. Supongo que sería un desahucio de la época. En vez de enfocarlo en negativo, el padre ordenó a los hermanos que se cogieran de la mano, les explicó el firmamento y les recalcó la suerte que tenían de poder dormir bajo las estrellas.

–La terna clave de la que usted habla es el apego seguro: amor, confianza y riesgo. ¿Falta algo de eso en los españoles?

–Mi impresión es que en España sí se ofrece mucho afecto y seguridad a los niños, pero no veo tan claro que se les anime a investigar. En ese sentido es una sociedad conservadora.

–El nido latino…

–Si se es más conservador psicosocialmente, se van a adoptar en el futuro conductas más conservadoras y habrá actitudes menos audaces en las ciencias y la empresa.

–Uno de los pulsos del siglo XXI es cooperación versus competencia.

–El capitalismo ha mitificado ese valor de la competencia en el peor sentido: la ley del más fuerte, el pez grande que se come al pez chico. El mundo no es así. La cooperación es muy positiva en todos los órdenes. El ser humano es tan social por naturaleza que es casi imposible que encuentre un equilibrio personal satisfactorio si a la vez no se ha socializado adecuadamente, y eso significa reconocer al otro como un igual. En nuestra cultura, lo que parece preocuparnos es el bienestar exclusivamente individual. De eso van la mayoría de libros de autoayuda. La autoestima se construye en relación con los demás.

–No me asuste. ¿Un solitario es un sociópata?

–No, no, ser solitario no significa ser antisocial. A veces, para mantener cierto grado de soledad hay que haber conseguido cierto grado de integración social.

–¿Abusamos del usar y tirar en las relaciones?

–Se ha tenido una idea demasiado utilitaria de las relaciones personales en todos los ámbitos. Cualquier aparente éxito que se consiga con una actitud así sólo lleva a lo peor.