Libertad laboral

Fede Durán | 19 de septiembre de 2014 a las 8:00

ESPAÑA nunca ha sido un dechado de movilidad geográfica. Adicta a la atomización, a las aldeas galas de la influencia, sus pobladores –ocupados o desempleados– sienten que la partida de los círculos cerrados dura lo mismo que una vida laboral. La convicción de que la silla es volátil es directamente proporcional al índice de cargos petrificados, blindados o apadrinados, curioso asincronismo entre el espíritu y la materia. Según el INE, los flujos se solidifican aún más desde 2010, reforzando una tendencia histórica. Datos: un tercio del afortunado ejército con trabajo (17,3 millones hoy) jamás ha cambiado de lugar de residencia desde la cuna. Sólo el 2,3% lo ha hecho durante el último año (2013). Un 88,1% de los ocupados lleva cinco o más años en la misma ciudad. Y apenas el 4,3% de la horquilla que incluye a los profesionales de 16 a 34 años ha hecho las maletas el pasado ejercicio. La mímesis es casi perfecta entre los parados, igual de refractarios a la alteración del sedimento.

El sistema productivo podría entenderse como un camaleón cuya piel se adapta al medio en función del interés. En el capitalismo, el interés significa ganancias y las ganancias, en última y no siempre visible instancia, cierto reparto de la riqueza, o al menos la asignación de un porcentaje variable de la misma a lo que Salvador Sostres llama turba. Para sobrevivir, el camaleón, aunque lentamente, se mueve. Sin movimiento sólo queda agua estancada, putrefacción, muerte.

En la conformación del fenómeno hispano concurren sin duda dos elementos: las sogas de la memoria (el romanticismo, el apego, la lealtad a un lugar) y la ya citada cultura del hermetismo fortknoxiano. La combinación es letal, pero con matices. Está el sector privado, donde los miedos, la envidia y los chascarrillos minarán la competencia en la medida de lo posible, rebajando, enmierdando o sencillamente silenciando el talento opuesto para preservar la mediocridad propia. Pase lo que pase, en esa partida, el empresario se reserva el voto de calidad. De él depende que uno o más secuestros lastren su cuenta de resultados, su prestigio o el frágil microcosmos en el que operan sus abejas.

Y está el sector público, sometido a la bicefalia funcionarios/personal laboral (con la coda de los interinos). La reflexión podría ser, pues, dual en este apartado: tampoco ahí, medien o no oposiciones y concursos de méritos, un cargo debiera ser tendencialmente vitalicio. Con el transcurso del tiempo, al servidor público se le agrieta el espíritu a fuerza de certezas y repeticiones, un grillete más en el peso muerto de la alergia endémica al desplazamiento. ¿Cuántas instituciones financiadas por el contribuyente existen en España, reino de las Administraciones Paralelas? ¿Y en cuántas de ellas los circuitos de acceso están prefijados (precintados) de mala y muy calculada manera? ¿Por qué resulta impensable, verbigracia, que una consejería busque en el mercado lo que requiere para dar el cien por cien al ciudadano? Posiblemente, porque el camaleón ibérico está momificado a pesar de la natural inclinación del observador a concederle el beneficio de la duda. En un mundo donde los poderes fácticos crean las apariencias más convenientes (Spengler), la más falsa de todas, la más burda en España, la que de veras nos hunde en el fango, es pensar que existe la libertad laboral.

Tres ideas para explicar tres vicios

Fede Durán | 17 de septiembre de 2014 a las 18:16

Tres ideas para intentar explicar por qué España es como es.

Jean-Christophe Cambadélis, primer secretario del Partido Socialista francés, sostiene que la prioridad (de las izquierdas, pero también podríamos extenderlo a las derechas) ya no es la igualdad sino la identidad. Verbigracia: Cataluña, País Vasco.

Alfonso Ramírez de Arellano, brillante psicólogo andaluz, explica que el reconocimiento del otro es básico para el desarrollo comunitario pero también para una adecuada integración personal. En el mundo (y en España), la competición gana el pulso a la cooperación. De ahí nacen las envidias, de ahí el imperio de la mediocridad.

Otro psicólogo, John Bowly, creó la teoría del apego seguro: que alguien confíe en nosotros, nos quiera incondicionalmente y nos aliente a explorar por nuestra cuenta. Es posible que aquí alguien te quiera e incluso que confíe en ti, pero desbrozar selvas no va con el espíritu hispano desde los tiempos de Núñez de Balboa. Torpedos al emprendimiento, talento bajo sospecha.

Pujol: el hombre que no miraba a los ojos

Fede Durán | 14 de septiembre de 2014 a las 18:53

Pujol y Borbolla.jpg

Queralbs (Gerona) es una recoleta aldea pirenaica con suelos de piedra tallada, casas bajas y un innegable aroma medieval. Es, también, el refugio espiritual de Jordi Pujol, el pater patriae, un átomo de la Cataluña profunda donde el anciano cura local inserta largas dosis de silencio, economía gestual y genuino respeto cuando habla de su Atatürk. Ese átomo montañés destapa la naturaleza pujoliana y quizás también la de la masa a la que representó durante 23 años: “Somos gente de fidelidades profundas. A nuestra lengua, obviamente, y a la tierra, sentimiento tan arraigado que nos lleva al defecto de que nos aterra salir de Cataluña”, confesaba el ex president al periodista José María Javierre en Sevilla allá por 1977.

Tal vez esa mezcla de morriña y ensimismamiento explique los recuerdos que José Rodríguez de la Borbolla, ex presidente de la Junta entre 1984 y 1990, guarda de su primer encuentro con Pujol en aquellos mismos días predemocráticos. “Nunca miraba a la cara, siempre llevaba una mano metida en el bolsillo, y gesticulaba, gesticulaba mucho”, arranca. Javierre, Manuel del Valle y el propio Borbolla compartieron mesa y mantel con el ex molt honorable en el desaparecido Hotel Lux de Sevilla. “Mi impresión es que se trataba de un tipo listo que tenía demasiadas ganas de agradar. Supe desde el principio que no me fiaría de él (a Tarradellas le ocurría exactamente lo mismo). A veces se quejaba de Madrid, pero nunca criticó el café para todos ni el régimen autonómico. En cualquier caso, su visión de Andalucía era demasiado epidérmica, basada sólo en lugares comunes”, afirma.

Joan Maragall (el abuelo de Pasqual) hablaba de Castilla La Muerta. Pujol, en referencia a Andalucía y en sus escritos de juventud (1958, 28 años), fue mucho más allá: “El hombre andaluz no es un hombre coherente, es un hombre anárquico, es un hombre destruido, es generalmente un hombre poco hecho que vive en un estado de ignorancia y miseria cultural, mental y espiritual (…). Si la fuerza del número llegase a dominar, destruiría Cataluña”. Mucho tiempo después, en 2012 y ante el destape de Ciutadans vía vídeo, acabaría pidiendo perdón: “Todos tenemos una frase desgraciada que nos persigue durante toda la vida”.

La madurez y el ejercicio del poder cambiarían la percepción despectiva de Pujol hacia la cosa andaluza. A finales de los ochenta, Borbolla, ya presidente autonómico, visitó la feria de Abril de Barberá del Vallés (Barcelona) junto a Macià Alavedra y Lluís Prenafeta, ambos miembros de CDC, el partido del pater y también de Artur Mas. Aquella masa frondosa crearía huella en el nacionalismo. “No podemos dejar pasar esto”, dijeron. Y no lo hicieron: Pujol subvencionaría desde entonces por sistema a la oscura Federación de Entidades Culturales Andaluzas en Cataluña (Fecac) y a su plenipotenciario y no menos oscuro ex líder, Francisco García Prieto.

Lamentaba Unamuno el desconocimiento mutuo que España y Cataluña habitualmente se han profesado. En plena Transición, Jordi Pujol esbozaba su hoja de intenciones. “A las demás regiones, podríamos ofrecer un modelo válido de autonomía. Sin agresividad, sin conflictos. Mostrando la eficacia de contar con una clase media: la célebre burguesía catalana, que constituye nuestro verdadero tesoro”. En realidad, nunca transformó en hecho la palabra. No hubo, en sus múltiples encuentros con dirigentes andaluces, ambiciosas proyecciones o audaces alianzas estratégicas. La única intentona al respecto -el eje catalanoandaluz- la formularon sin mayores consecuencias Manuel Chaves y Pasqual Maragall. Nadie recuerda ya aquello.

Pujol pensaba en manejar el foco para agrandar su figura. La empatía le quedaba lejos. En 1985 se creó la Asamblea de las Regiones Europeas: 47 de ellas, incluidas Andalucía y Cataluña, formaban el cogollo seminal. El president era el protegido del galo George Pierret, a su vez valido de Edgar Faure, que acabaría presidiendo el Consejo de Regiones de Europa. Quería un papel preponderante que nunca obtendría. Para él, Andalucía era simplemente sus votos. Tampoco los cazaría.

En otro sanedrín continental, Pujol sorprendió a sus colegas por sus suntuosas maneras. Cuando todos acudían al punto de encuentro en autobús, él llevaba su flota de coches blindados: uno para los asesores y compañeros, otro para los periodistas y el tercero para su eminencia. Cuando tocaba cumbre en Bruselas, mientras andaluces o vascos se alojaban en un más que solvente cuatro estrellas, don Jordi elegía un peldaño más.

Dos años después de la muerte de Franco, el jefe de la tribu catalana fantaseaba con la idea de ser ministro de Desarrollo Regional y advertía, en una frase extrapolable al presente, que “Cataluña corre el peligro de embriagarse con el restablecimiento de la Generalitat, pensando que soluciona de golpe todos sus conflictos”. Algunos, desde luego, resolvió, especialmente en lo referente a su temor a la demografía andaluza. En contra de sus vaticinios iniciales, la Andalucía catalana no se convertiría en una Quinta Columna. Hoy, los descendientes de aquellos primeros emigrados de los años cincuenta sienten tan en clave identitaria como cualquier veterano votante de Esquerra. Sin denostar su origen, abrazan una tierra que ya ni siquiera es de acogida sino de nacimiento. El PSOE-A, por ejemplo, todavía no lo ha entendido.

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Noticia de Cataluña

Fede Durán | 13 de septiembre de 2014 a las 8:00

ES curioso: cuando media España repudia a sus políticos, Cataluña sigue entregada a ellos. La presuntamente civil ANC no es más que un vástago del sistema cocinado a fuego lento durante tres décadas de democracia y un lustro de Transición. Y el sistema, mucho antes que en el culto a la identidad, se ha basado siempre en el apego a la exclusividad: yo (Pujol, CiU, el nacionalismo) manejo mi chiringuito a discreción, sin rendir cuentas, apelando al hacer país y considerando que todo aquel que ponga en duda el orden natural de las cosas perpetra un ataque frontal no contra la corrupción sino contra la sacrosanta nación y sus serrados símbolos. Es muy probable que Jordi Pujol jamás creyese en el país con que siempre se ha llenado la boca. Es muy posible que su visión fuese exclusivamente crematística. Pero las invenciones superan a menudo a sus inventores, y la comunidad autónoma -es verdad- superó la tutela de l’avi y propone hoy redefinirse, haya o no latrocinios de Estado, manipulaciones mediáticas y eternos complejos de inferioridad disfrazados de ombliguismo y seculares enemistades (arde, pérfida Castilla).

Cataluña alega que jamás se la ha querido como merecía, que su visión europeísta se ha topado con la miopía mesetaria, que su burguesía se asfixió ante el ogro feudalizante, que con ellos al mando nos habría ido mejor. La realidad es que reproduce con precisión de relojero suizo los vicios españoles, ahondando en el concepto del cacique, en la impermeabilidad de la tribu, en la arbitrariedad y el abuso del principio de autoridad.

“La invertebración de España de la que se lamentaba Ortega y Gasset procedía del marcado desequilibrio entre las estructuras económicas, sociales e ideológicas legadas por el siglo XIX (…). El ritmo de introducción y desarrollo del maquinismo y de la revolución industrial había sido distinto en los diferentes territorios del Estado, y había promovido, en algunos, una sociedad burguesa evolucionada, con una dinámica rápida -como en Cataluña y, luego, en el País Vasco- y, en otros, una fosilización del régimen agrario latifundista”, escribía Vicens Vives en Noticia de Cataluña (1954). Es decir, que no existe una ley natural que determine que el catalán es superior por su ingenio o su intelecto, ni tampoco más singular que cualquiera de los singulares pueblos de Europa. Pese al altísimo muro montañés (Pirineos), los catalanes miraron más a Francia y al Mediterráneo que un leonés o un extremeño. Es de cajón, como también lo es que Franco promocionase unas zonas en detrimento de otras y, en el caso de Andalucía, permitiese que los de siempre -el clero y los señores- taponasen cualquier atisbo de ilustración y modernidad.

La historia, en cualquier caso, es lo de menos. Lo de más es que dos millones de catalanes quieren dar el siguiente paso, que no es necesariamente la independencia sino el derecho a decidir. Por encima del orden constitucional, dicho sea de paso. Hay cinco millones largos más de catalanes. Convendría que ellos -perezosos, abstencionistas, federalistas y españoles convencidos- se expresen con la misma libertad que los demás. Pero CiU, primero con Pujol y luego con Mas, y el tripartito, primero con Maragall y luego con Montilla, se encargaron de imponer una versión de la región filmada por un puñado de iluminados, oportuninistas y acongojados. Los mismos que siguen al mando.

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Si España fuese Canadá

Fede Durán | 12 de septiembre de 2014 a las 8:37

Rime 2

NINGUNA de las industrias del ocio presenta los números del videojuego. Destiny, el título de Activision presentado el pasado martes, ha costado 380 millones de euros, 150 más que la película más cara de la historia (Piratas del Caribe 3) y 200 más que la segunda (Avatar). Los estudios pata negra, y Activision obviamente lo es, procuran atar cabos para cubrir gastos supersónicamente. Por eso recurren a estrellas que agranden la estrella: Paul McCartney y su exclusivo single o Peter Dinklage (Tiryon Lannister en Juego de Tronos) y su exclusiva voz. En septiembre de 2013, Rockstar Games lanzaba Grand Theft Auto V (201 millones de coste). Tres días después había vendido lo mismo que el sector musical en un mes. Ésa es la idea.

España vivió su década de oro en los 80, naufragó con el tránsito de los ocho a los 16 bits y recobra ahora el aliento gracias al trabajo de varias compañías de mediano tamaño. Cima, barro, cima. La facturación en 2013 fue de 313,7 millones, según la asociación DEV, se empleó a 2.630 personas y se alcanzó la respetable cifra de 330 empresas en activo. Los pronósticos son buenos: en 2017, las ventas superarán los 720 millones y las plantillas sumarán casi 5.300 efectivos. Andalucía es la cuarta productora autonómica. España, el cuarto país que más videojuegos consume de la UE. El nicho es obvio y enlaza con el mandala evocado pero poco ejecutado de la I+D.

Canadá lo ha visto claro. El Gobierno orienta sus políticas específicas a la captación del talento dondequiera que habite. Cuantos más estudios –razonan–, más empleo, movimiento y riqueza. Aquí, por ahora, domina la cortedad. El principal hito administrativo ha consistido en extender, desde el 1 de agosto, las deducciones por innovación a la animación y los juegos (12% de los gastos efectuados durante el periodo impositivo).

Pese a la proverbial aridez mesetaria, la Península progresa gracias a la nube. La desaparición del formato físico (cartuchos, dvd, blu-ray) a manos del formato descargable, que ya supone en el país un 78% de los ingresos, permite a equipos más pequeños soltar el lastre de la distribución, las cajas y las carátulas y centrarse en la magia del producto. Es, en realidad, la esencia que Apple implantó en su tienda cuando Apple era una verdadera revolución: cada golosina a tiro de clic.

Pyro Studios y Mercury fueron los Gasol del videojuego español, los más altos y fuertes, los que podían asumir retos como la saga Commandos o una de las últimas entregas de Castlevania. Ensanchados los contornos del campo, menudean las propuestas indies, vasta etiqueta que unos respetan con devoción y otros explotan sin miramientos. En el grupo virtuoso destacan dos diamantes, el ya estrenado y masivamente aclamado Gods Will Be Watching, de los valencianos Deconstructeam, y el misterioso, aduladísimo y muy esperado Rime, que los madrileños Tequila Works estrenarán el próximo año. Ambos casos acreditan la superioridad de la imaginación sobre los euros pero conducen inevitablemente al abismo de otra pregunta sin respuesta. ¿Qué ocurriría si contásemos con visionarios de la economía, los mercados y las industrias tendencialmente rentables? Vale, es lo mismo que preguntar cómo sería España si fuese Canadá. Nunca lo sabremos.

Siete pecados del catalanismo

Fede Durán | 8 de septiembre de 2014 a las 19:25

La médula del nacionalismo catalán es la tribu. Una tribu seminalmente xenófoba (ahí están los escritos de juventud de Pujol sobre los andaluces), en apariencia integradora después (CiU como gozne de la gobernabilidad española) y finalmente secesionista. Ese círculo cerrado se ha creado desde la política y a través de los medios de comunicación autonómicos. Los sentimientos, cimiento de cualquier ruptura, no pesan tanto como el monopolio del poder. Hasta finales del siglo XIX, según Álvarez Junco, no existió un movimiento político catalán, el hoy llamado catalanismo, en realidad hijo del corporativismo. Pero el virus de la independencia ha cuajado en la sociedad, aunque las encuestas difieran sobre su alcance. A continuación se exponen algunos de los pecados que han llevado a esta situación.

1. El Parlament -o sede de la soberanía popular a pequeña escala- está compuesto por 135 diputados. Cincuenta y dos tienen apellidos no catalanes. No es una proporción equiparable al peso demográfico de esa cuña poblacional fruto de la emigración generalizada a partir de los años 50 (busquen en el INE los apellidos más comunes en Barcelona, Gerona, Lérida y Tarragona). La tentación sería pensar que los blasones familiares todavía pesan. Incluso aunque un cordobés de origen, José Montilla (Josep allí), presidiese la Generalitat entre 2006 y 2010.

2. El primer pecado enlaza con el segundo: el síndrome de Estocolmo, asociado a su vez a los complejos, empuja a la mímesis. Dicen los sociólogos que el último en llegar siempre quiere cerrar la puerta. Ese fenómeno rompe el mito, aún defendido por el PSOE-A, de que los hijos (y ya los nietos) de emigrantes votan lo que votaban sus mayores. El hundimiento del socialismo catalán demuestra lo contrario.

3. Tal complejo ha generado una réplica en la cámara regional. Es curioso que un líder como Joan Herrera (ICV) defienda el derecho de autodeterminación aunque en privado se declare contrario a la independencia. Tampoco el PSC logra librarse de la inercia identitaria: sus discursos son siempre respuestas, matices o anexos a la hoja de ruta marcada por los independentistas. Por otra parte, el uso del castellano en las sesiones parlamentarias es absolutamente testimonial incluso entre quienes lo tienen como lengua materna (el propio José Montilla, por ejemplo). La clase política no es ni de lejos un fiel reflejo del pluralismo que sí alimenta a la masa social catalana.

4. Cuando el acomplejado abunda, el disidente es más fácil de localizar. Los pocos que se atreven a alzar la voz y cuestionar el modelo están condenados al exilio o la muerte civil, generándose en paralelo otro defecto estructural: la total ausencia de autocrítica. Espanya ens roba era un lema magnífico porque trasladaba la culpa de las miserias propias al ente (presuntamente) ajeno, pero la confesión a medias de Pujol y los datos que maneja la Policía (unos 1.800 millones irregularmente amasados) han destrozado el argumento más recurrente de CiU.

5. Sostenía recientemente el escritor Alfredo Amestoy que el experimento salvador consistiría en permitir que los catalanes gobiernen España para obtener el reconocimiento que anhelan y demostrar que su fórmula resucitaría al país con un enfoque tal vez más europeo y ambicioso. En realidad, el nacionalismo tuvo la oportunidad de implicarse en los gobiernos en minoría de González y Aznar. Nunca ha aceptado una cartera ministerial, ni siquiera con Duran Lleida en Madrid, el líder más dispuesto a asumirla.

6. La mixtificación de la historia ha agravado el sentimiento de agravio. La caída de Barcelona (1714) no fue fruto de una invasión sino de una derrota en la Guerra de Sucesión. Una parte relevante de Cataluña apoyaba al Archiduque Carlos (un Habsburgo) frente al Borbón Felipe V. ¿Por qué? Porque en la independencia parcial de 1640 (parcial porque no estuvo Tarragona ni toda Lérida), Cataluña se asoció a Francia. Y en Francia mandaban los Borbones. Y los Borbones decidieron hacer de Cataluña su sucursal de medio pelo. El Once de Septiembre o Diada reivindica pues un símbolo que poco tiene que ver con los hechos.

7. Tribu, complejos, cobardía, tergiversación, marginación civil y tacticismo componen el actual atolladero, culminado con un oxímoron de complicada digestión: negociar un contrato de adhesión (una de las pocas buenas frases de Rajoy) consistente en permitir una consulta fechada para el 9 de noviembre donde al votante se le empuje suavemente hacia el sí-sí de la independencia. A Artur Mas, president, le van fallando los cálculos, si es que tenía alguno: no hay apoyos internacionales (Alemania ha sido contundente en el no), los empresarios tiemblan, el Gobierno no se inmuta y Esquerra, el partido genuinamente rupturista, triunfa.

La marca Andalucía

Fede Durán | 5 de septiembre de 2014 a las 13:41

EL deterioro de la marca Andalucía en comparación con la tampoco demasiado boyante marca España fue bien explicado ayer por el profesor Aurioles, aunque quizás convenga pedir el testigo y prolongar la reflexión. Franco aprovechó los atributos paisajísticos y culturales de la región para vender al extranjero una imagen del todo basada en la parte. Andalucía era –y aún es– los toros, el flamenco, los pueblos blancos, la siesta y el pescaíto. Esa marca, tan simplista como costumbrista, es el imán del turismo, al que se han añadido átomos como el golf, los museos o los festivales.

Hay una segunda marca andaluza basada –más radical y malintencionadamente– en el estereotipo del ciudadano vulgar, inculto, graciosillo y “a medio hacer”, por emplear las palabras de aquel Pujol visionario de finales de los setenta. Los medios de comunicación de ámbito nacional, con las televisiones a la cabeza, son responsables principales de la caricatura.

La tercera marca Andalucía depende directamente de la clase política y el partido hegemónico. Más de treinta años ejecutando garantizan el deterioro, el descrédito y a menudo el escándalo, pero también una tupida red clientelar (bien descrita por Álvarez Junco respecto a la otra gran comunidad corrupta según Bruselas, Cataluña) que garantiza un colchón mínimo de votos y repele del escenario a nuevos actores, estén o no cargados de cambio.

Luego está la economía (la macro y la micro), implacable en el retrato y el careo con España: más paro, menos exportaciones, menor crecimiento del PIB y nulo efecto de las diferentes ayudas públicas en la reconducción de dichas magnitudes.

Ni las tres marcas descritas ni el efecto que sobre ellas ejercen los números presagian una transformación de los usos, vicios, servidumbres y lastres que impiden a la región apearse del vagón de cola aunque sea para instalarse en mitad de la tabla autonómica. Los factores históricos (latifundio, franquismo, analfabetismo endémico, regresión tras perder el monopolio del comercio americano, Iglesia) no pueden ser la eterna excusa. La Junta maneja casi 30.000 millones de presupuesto, el país suma casi nueve millones de habitantes, los fondos europeos han sido cuantiosos y la geografía es generosa (acceso al Atlántico y Mediterráneo, vigía del Estrecho, puerta de entrada a África) pese a la intrincada orografía peninsular y su relativo aislamiento continental.

Un espacio es al final la suma de sus circunstancias, y Andalucía es hija de su clima, su milenario mestizaje y sus contemporáneas demagogias. Entre el liberalismo salvaje y el Estado interventor y ultraplanificado se cuela nuestra verdadera tercera vía: una Administración asistencial y hormonada, interesada en preservar la estupidez (Canal Sur) y dispuesta a retener el poder a costa del porvenir de un pueblo. Pueblo, hay que añadir, que nunca se ha mostrado especialmente alarmado con esos pecados que en la liga de los serios cuestan puestos e imponen rejas.

La vía Vallcorba

Fede Durán | 29 de agosto de 2014 a las 10:38

CONOCÍ a Jaume Vallcorba hace seis años en su casa-editorial de Barcelona. Recientemente fallecido, el catalán representaba, a través de Acantilado y Quaderns Crema, el exotismo hispano de las cosas bien hechas. Como él siempre hubo pocos, y fueron (son) más sospechosos de quijotes que de excelentes. El modus operandi preponderante en el país es Madrid. Y Madrid, para los negocios y para los prejuicios, es eminentemente cutre. A la pretendida superioridad moral de una sociedad que nace de la nada, pues hay decenas de ciudades con más historia en España, se suma un gusto dudoso por la estética, la arquitectura, el fútbol y hasta el periodismo, entre otras muchas cosas. Y no es, obviamente, que en Madrid escaseen las almas brillantes. Se trata de que el canon de la belleza lo establecen los más mediocres, oscuros y zafios. Ellos son, además, la voz oficial de una nación que necesita otras voces para no desintegrarse (en Andalucía, por cierto, sabemos hablar, escribir, pensar e incluso desmontar estupideces mesetarias, aunque a veces ya nos dé pereza entrar al trapo).

Exasperado por el irregular funcionamiento de la industria doméstica, Vallcorba buscaba la tinta y el papel de sus libros en Francia. Era un perfeccionista patológico. Hagan una prueba: traten de buscar erratas en sus colecciones. Su origen no era humilde, pero supo encontrarse en un ámbito propio. A su manera, contribuyó a la diversificación económica de una sociedad donde el dinero ha estado por defecto en las mismas manos. Las familias con blasones manejan los grandes conglomerados empresariales, al arribista se le deja el caramelo envenenado del emprendimiento para que se pierda en laberintos burocráticos y acabe cosido a impuestos por esa inefable Hacienda española, quizás la primera institución que une ideológicamente a izquierda y derecha en la obsesión por subir tributos a todos menos a los multimillonarios.

España, admitámoslo, desprecia el sobresaliente y se abraza al insuficiente con fervor. Es su seña de identidad. Y la marca, su marca, no la construye a partir de la ciencia o las cada día más depauperadas letras sino desde el deporte, cuyas bondades nadie negará sin que quienes profesen un mínimo de seriedad dejen de alertar a la vez de la pobreza intelectual que subyace entre quienes exportan la idea con alegría de memo y codicia de traficante de opio.

El gran drama es que pese a todo, y respetando el neón del manidísimo tópico, éste sigue siendo un lugar óptimo para vivir. Ya lo decía Bismarck: España es el país más potente del mundo porque se ha dedicado desde el inicio de los tiempos a intentar autoaniquilarse, siempre sin éxito. El día en que decida unir fuerzas, ser serio, respetar la pluralidad, construir una marca (de verdad), aprender a hacer negocios, mimar el diseño, alentar a los mejores, redistribuir la riqueza y aparcar la religión, entonces, quizás, emerja el jazmín que palpita en sus insondables genes imperiales.

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El Desatascador (y VII)

Fede Durán | 28 de agosto de 2014 a las 8:00

Lo sabía. Todo era un mal sueño. Puedo demostrarlo: voy al volante de mi coche con las ventanillas bajadas, el olor a césped copa el habitáculo y la corriente me despeina. Siento mis manos aferradas al timón, los pies moviéndose en silencio entre los pedales, las lumbares apretadas al respaldo, el cinturón de seguridad abrochado. Intento encender la radio pero no lo consigo. Me inclino hacia la guantera en busca de algún cedé y sólo encuentro tacos de papeles desordenados. Cuando alzo la vista es demasiado tarde. En un cruce de calles embisto a un transeúnte. Me he saltado un semáforo. El transeúnte sale despedido varios metros, aterriza en el asfalto y sigue arrastrándose unos metros más. Escucho los gritos de una mujer. El cuerpo está lejos del coche. Me resisto a salir aferrándome de nuevo a la teoría del mal sueño. Esprintan los segundos. La mujer llora al hombre que yace. Nadie más aparece, las calles están desiertas. Desde aquí observo cómo crece el charco de sangre. Me reprocho la cobardía y salgo. Corro hacia ellos, busco un móvil en mis bolsillos para llamar a una ambulancia. La mujer burbujea por la nariz. Me fijo bien en su media luna en la mejilla, en sus ojos de gato, en su cabello de carbón. Es Enid Flynn. Hago un esfuerzo y me centro en el hombre muerto. Pese al agujero en la cabeza, los sesos desparramados y los anchos surcos de sangre que le camuflan el rostro, le reconozco. Soy yo. Corro hacia el coche. Tropiezo y me raspo la piel con el asfalto. Salto al asiento del conductor y me miro en el espejo retrovisor. Ni huella de mi nariz nórdica, de mis ojos grandes, de mi pelo cortado a cepillo, de mi eterna expresión de asombro. No soy yo. Pero el cuerpo que ocupo es superior: hombros anchos, piel tostada, hoyo en la barbilla, pómulos firmes y ojos azules de seductor. Debo medir al menos uno ochenta y cinco. Tenso los bíceps y dos montículos emergen de la camisa. Hablo como los locutores radiofónicos o los vendedores de milagros. Apesto a colonia cara.

Regreso junto al cadáver y tiro de Enid hacia mí. Ella me mira sin comprender. La beso en la boca y noto cómo sus dudas se disipan.

-¿No vas a llamar a una ambulancia? -dice a medio centímetro de mis labios. Peino la zona furtivamente. Ni un alma.

-¿Le has tocado?

-No.

-Pues vámonos.

Nos subimos al coche, que arranca tras un par de gruñidos y deja atrás la postal del atropello.

-Busca bien en la guantera. Quizás haya algo de música -digo.

-¿Estás seguro de lo que acabas de hacer? -ojos de gato, pestañas de Cleopatra, fulgor de cámara acorazada. Sus brazos finos trastean en la guantera.

-Nunca he estado tan seguro de algo.

-Ni siquiera sabes quién soy.

-Te sorprenderías.

Enid huele a romero. Hemos dejado atrás los bloques de acero y cristal de la ciudad, no sé dónde estamos.

-Has matado a un hombre -continúa.

-No lo entiendes.

-¿No?

-En el peor de los casos, me he matado a mí mismo.

-Pero esa verdad sólo la conoces tú. Has hecho trampas.

Doy un frenazo. El coche derrapa. Lo domino y lo coloco en el arcén con las luces de emergencia. La miro.

Enid empieza a dejar de ser Enid en una imparable transición nigromántica. Del interior del rostro original brota el rostro encapsulado de Satán.

-Dijiste que sólo los enfermos se interesan por la maldad -le reprocho, ya totalmente transformado.

-Pero nunca dije que sólo los enfermos interesados en la maldad vayan al Infierno. Confiaste demasiado rápido en mí.

-Me has tendido una trampa.

-Sí. Una trampa moral. Y has caído en ella. No eres tan puro como pensabas.

-Era yo quien había muerto. Creí que me dabas una segunda oportunidad. Huir de mi muerte no es tan horrible.

-Eres ateo. Quizás todo sea un montaje. O un mal sueño.

El Desatascador 7

Despierto en mitad de un pasillo de paredes muy altas sin techo. Me duelen las cervicales, hago crujir varias vértebras. Ha debido ser una borrachera terrible. Me incorporo. El pasillo es irregular: rectas, recodos, curvas y desniveles. Oigo pasos que se agrandan, conteniendo una amenaza cada vez más explícita. Instintivamente, me activo. Los pasos siguen creciendo, hasta que al final lo veo doblar la esquina. Es el Minotauro, furia sanguinolenta en los ojos, espuma en los belfos. Corro. Me persigue. Latidos de desesperado, pulmones de fugitivo. Me estoy quedando sin aliento, estoy a punto de desmayarme. Los pasos se empequeñecen hasta enmudecer. Algo remotamente parecido a la felicidad me invade. Me río a carcajadas, caigo de rodillas, escupo, resoplo.

Los pasos vuelven, primero amortiguados por la distancia, después expeditivos como una apisonadora. La cabeza al fondo del pasillo, los cuernos bruñidos, los ollares fabricando remolinos. Corro. Gritan los pulmones, blasfema el corazón, tiemblan las piernas. El Minotauro es tan terco como lento. Logro despistarle por segunda vez y tomo precauciones: mis oídos no detectan nada, así que me tumbo bocarriba para observar el cielo. Pero no hay cielo ni en realidad estoy bocarriba sino del revés. En lugar del cielo veo una cama amplia donde descansa un cuerpo de hombre flaco o de mujer. La cama está protegida por una mosquitera. Apenas distingo en la oscuridad el brillo petrolífero de dos ojos que se me clavan, recalcando, entre traviesos y sádicos, mi penitencia. Soy Umberto Mocasín, la presa del Minotauro, la víctima de Satán.

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El Desatascador (VI)

Fede Durán | 27 de agosto de 2014 a las 8:00

Satán se parece a Patti Smith: una nariz angulosa, ojos penetrantes como la noche, la piel pálida y el pelo a lo Keith Richards, un global bastante andrógino. Fuma sentado al borde de un risco y los pies le cuelgan como dos péndulos coriáceos. Le identifico tan rápido como a Dios. Me indica con un gesto que suba a su colina y me siente junto a él. A lo lejos, círculos anaranjados de fuego juguetean entrelazándose en el cielo, y en la tierra hay pastos y chivos que berrean. Es tan típico que me solivianta, pero estoy pensando en los Stones y los Purple, en The Kinks y los Zeppelin, pensando que en cualquier momento van a cruzarse en mi camino y van a ofrecerme un canuto o una canción. Pero no aparece nadie.

Me siento junto a Satán y me pasa el pitillo mientras me estudia. Sigo observando el horizonte, que esta vez es impermeable al motor de mis pinturas.

-¿Cómo me imaginabas? -pregunta al cabo de un rato.

-Más como eres que como dicen que eres. Ni rabo ni tridente. Bulgakov te clavaba.

-También clavaba a Jesús, aunque Jesús sea más fácil de recrear.

-¿Por qué os peleasteis, Dios y tú?

-Qué más te da. Eres ateo.

-Mi interés es literario.

-De acuerdo. Mi grupo de ángeles quería ser humano. Nos entusiasmaba la idea de rozar el límite. Por arriba y por abajo. Nos apasionaba el libre albedrío. Y renegábamos del principio de autoridad.

-No me ha gustado el Cielo.

-El Cielo es un bucle.

-¿Y el Infierno?

-Menos plástico que el Limbo pero infinitamente más interesante que esa ciudadela de seda y cócteles.

-¿Dónde están los demás?

-Por ahí. Aquí no controlamos a nadie, Mocasín. Vete amoldando.

-No sé si quiero. Quizás esto sea un montaje. O un sueño.

-¿Niegas que hayas visto a Dios o que estés hablando conmigo?

-Ya sabes lo que decía Sócrates.

El Desatascador 6 baja

Apuramos el cigarro y Satán saca otro par del bolsillo de su chaqueta. En contra de cualquier interpretación mayoritaria, transmite bondad y generosidad. Supongo que Robert Mappelthorpe no iba desencaminado cuando hablaba de su extraña sociedad. Son verdaderamente similares.

El humo nos llena los pulmones y alargamos el silencio mientras varias carrozas de nubes chocan y derraman sus cristales en la llanura. El rumor de la lluvia me hace entrecerrar los ojos y percibir la humedad en las pestañas.

-¿Echas algo de menos de tu anterior barrio? -digo. Él me observa otra vez, detenidamente. Sostenerle la mirada me permite ciertas extracciones: hay travesura en ella, marcas palpables de incomprensión, un deje de ambición y un pizco de maldad, pero también formidables pecios de honestidad e ilusión.

-El Cielo es un avispero de egos, y el gran ego es Dios. Los egos deterioran la empatía y dictaminan el recto camino. De alguna forma, Dios es una trama cerrada, y la única manera que tuvimos de romperla fue creando la nuestra. ¿Que nos condenaron? ¿Y en qué consiste la condena? En vivir según nuestras reglas, Mocasín. Un precio que pagamos gustosamente. Además, hay muchos matices en el atlas oficial del cristianismo. Mi relación con Dios es de igual a igual. Somos dos potencias separadas por el océano del Limbo. Esa distancia garantiza la paz. Y la libertad. No. No echo de menos nada de allá. Ven, acompáñame.

Buceamos en el aire hasta llegar a un bosque de pinsapos. Destaca uno con forma de chupón. Es su cabaña suspendida.

-Mi residencia artística -matiza mientras volamos a crowl.

De las paredes cuelgan lienzos y collares, collages y murales con objetos inanimados y minúsculas criaturas vivas que retozan en sus casilleros. En el centro de la habitación, amarillenta por los haces de luz que se cuelan desde los ventanales, destaca una cama amplia protegida por una malla de tela. En el centro, amarrado al techo, cuelga una especie de reloj cuyas agujas son en realidad un laberinto donde el Minotauro y Teseo corretean como pulgas amaestradas.

-Contra el insomnio -dice Satán, y me empuja tímidamente hacia su zona de trabajo, una mesa de madera tallada cubierta de portafolios, lápices y acuarelas, vinilos desgastados y un tocadiscos rojo que gira sin mercancía. Escuchamos a Tim Hardin y The Velvet Underground. Satán es un rayo que no cesa, va y viene sin treguas, colocándome poemas manuscritos en las rodillas y retratos de Hemingway y Dalí, sirviendo ginebra con rodajas de lima y limón, mostrando con orgullo su colección de joyas.

-¿Y los malos? -interrumpo al fin-. Gente como Manson, por ejemplo. ¿Dónde están?

-La maldad en un sentido puro sólo interesa a los enfermos. Los malos están en sus madrigueras.

Estamos sentados en el suelo, casi hombro con hombro, y Satán huele a romero. Me sorprende rodeándome la cintura y besándome en la boca. Luego se aparta de un brinco, me estudia por enésima vez, despliega socarronamente los labios, chasquea los dedos y me señala.

-Me caes bien. Eres la primera persona que aparece en el Infierno cargada de serenidad y despojada de prejuicios. No nos has asociado a la condena eterna. Como ves, aquí no hay ríos de lava ni bebés empalados. ¿Quieres cabezas apiladas? Vete a un osario. Esto no es la celda del fracaso ni el templo del aullido -hace una pausa, recorre el estudio de acá para allá, se acerca con los brazos cruzados y los labios aún desplegados-. Conservo ciertos poderes. Poderes de mago importante. Y voy a ayudarte.

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