Repetiré una vez más lo que tantas veces se ha repetido antes: estamos en crisis. Muy bien. Menuda novedad. Eres un plasta, tío. Paciencia, hermanos, paciencia. Coincidirán conmigo en que los tiempos duros deberían reforzar la autoexigencia. A menor demanda, mayor perfección del producto para que quien sí gaste tenga al menos la sensación de que la suya es una inversión sabia/justificada/coherente.
Pues bien: he estrenado casa. No me entretendré en resumir sus numerosas virtudes (plasticidad, armonía zen, luz) sino en desglosar la ominosa letra pequeña. Como dice uno de mis jefes, toda mudanza es potencialmente un proceso aniquilador. La ilusión del traslado, del cambio de entorno pierde fuelle ante la calamidad del trabajo mal hecho.
Luché por conseguir luz y agua, pero la cosa se alargó. La licencia expedida por el ayuntamiento era provisional y por lo visto insuficiente para convertir un cubo frío en un hogar acogedor. Luego llegaron los flujos energéticos y todo pareció cambiar. Abrí la llave del agua y vi correr un buen chorro en la cocina. Magnífico… hasta que detecté el rumor de una corriente en el cuarto de baño. La pared supuraba. Charco. Fregona. Corte del suministro. Consulta al fontanero. Diagnóstico: al colocar la mampara de cristal taladraron la tubería. Olé. Menos mal que existe un mapa con las conexiones de la casa que el aparejador y sus esbirros debieran siempre tener grabado en la mente.
El gas. Esencial en mi caso porque significa agua caliente. Un error informático de Gas Natural retrasó el alta dos semanas largas (muy largas… de hecho, ducharse en invierno en estas condiciones es equiparable a la peor de las torturas de la Inquisición). Tropecientas llamadas después, negocio resuelto.
Internet. Llega el técnico de Telefónica, comprueba con satisfacción que el teléfono suena y las clavijas encajan y, oh, ah, sorpresa, a alguno de sus compañeros se le olvidó instalar la caja central que canaliza, permite y entronca las conexiones del edificio. Demora mínima prevista: un mes (ya ha pasado medio y sigo sin noticias).
Aire acondicionado. Tengo uno de esos aparatos que Mitsubishi anuncia en la tele. Ya saben, silencio absoluto, o casi, apenas el suave aleteo de una brisa reparadora… tampoco en este caso la felicidad llegó siquiera a estrenarse. El aparato zumba como un grillo. Es incansable. Incluso cerrando todas las puertas, incluso aislando la máquina, un aguijoneo traspasa las maderas y golpea mi oído por las noches. Llamadas varias al servicio técnico. Respuesta: ya vendrán (han pasado dos semanas).
Cocina. Instalación del lavavajillas y la lavadora. Las traen. Bichean bajo el fregadero. Coño, detecto malas caras. Otra vez. Me dicen que falta una pipeta doble, o un codo, o qué sé yo… además, el desagüe está cegado. Se van como vinieron, aunque más ligeros de peso porque los mastodontes quedan en casa despatarrados, a sus anchas y con una sonrisa socarrona. Viene el fontanero (comienza a ser un desconocido habitual) y me hace el apaño. Vuelven (días después, of course) los instaladores y me comunican que la pipeta triple no está sellada y que ellos no pueden resolverlo. Al final, en un arranque de altruismo que aún agradezco, lo resuelven.
Asunto frigorífico. El hueco de la cocina es aparentemente estándar (80 cm de ancho): lo metemos. Queda precioso, la verdad. Rojo en contraste con el acero de la repisa. Abro la puerta para admirar el interior y escucho un roce. Mierda. Las paredes raspan la puerta. Los cajones de la cocina también. El frigo está rodeado. Compro fieltro adhesivo y me olvido. Al fin y al cabo, los arañazos no se ven. Llegados a este punto, admito que la ilusión ha dejado un hueco considerable en el sofá a la resignación, un invitado bastante cenizo. Juntos veríamos la tele por las noches si la antena funcionara.
Humedades. Algún despistado se dejó abiertas las ventanas que dan al patio antes de que me mudara. Llovió. El agua se filtró y estropeó la madera del rodapié. El jefe de obra intenta culparme. Bufo, comprende que no cuela y manda a alguien que lo arregle a regañadientes.
Armarios. Las puertas no encajan bien. Tampoco tienen topes.
Friso de la cocina. Despegado por la ridícula cantidad de silicona empleada en la adhesión.
Telefonillo. Según la memoria de calidades, venía con pantalla. En realidad, apenas ocupa el equivalente a una bolsa de pipas tamaño XL.
No sigo para no cansarles, pero me despido con una reflexión furibunda: la gente aquí no sabe trabajar, o trabaja con desgana, o entiende que te hace un favor aunque le pagues (y bien, por cierto). ¿Profesionalidad, eficacia, mimo al cliente? Váyanse a Alemania.