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Empezar de nuevo

Fede Durán | 18 de diciembre de 2014 a las 19:51

FELIPE GONZALEZ EN ALBOX 1982.jpg

Pensar que España la componen personas mayoritariamente indignas es una tentación pero también una inexactitud. Lo que viene cambiando desde el 15-M es la reformulación del papel de la sociedad civil, tan convenientemente invertebrada para el poder hasta hace un lustro. Podemos, diana de críticas furibundas sin parangón en esta democracia de 35 años y disfuncionalidades varias, ha capitalizado un descontento antaño atomizado en opciones menores (IU, UPyD, Ciudadanos, Equo, el levísimo y hoy casi olvidado Partido X) que no han sabido conectar con una masa suficientemente potente como para perturbar al estamento. Ese momento ha llegado, y por eso los obreros de los aparatos se afanan en hurgar en el pasado en busca de basura: declaraciones de juventud, hilillos de discurso desde los que construir gigantescas mentiras, deslices ciertos pero leves elevados a la categoría de crimen de Estado.

La política es un juego sucio donde al final triunfan los amorales, los serviles y los conspiradores. Hay ejemplos obvios a lo largo y ancho de la Península. Es doloroso comprobar cómo el bien común apenas emerge en las citas cuatrienales, entonces todos son Espartaco, todos demuestran la empatía que jamás han sentido ni ejercido, todos apagan la consola de los tejemanejes para cantarle mentiras al pueblo. Las urnas son la lavadora, programa de una hora y cuarto, tejidos delicados, un pitido que anuncia el final del proceso y una colada aparentemente limpia y a punto de oxigenarse al sol del patio blanco. Otra trola: el olor a sobaco vuelve a los cinco minutos, el tiempo de calzarse la camisa y los pantalones y volver a lo de siempre, que no es disponer para progresar sino para eternizarse.

Negarle a esa indignada e ilustrada minoría creciente la expectativa de una regeneración es mentirle a medias. La regeneración sólo llegará cuando la minoría deje de serlo y la sociedad asuma en casa la belleza que predica fuera, y eso implica mejorar el sistema sin tener aún los mimbres para hacerlo (sistema educativo, plan de rescate cívico) o, tal vez, confiar en una catarsis exógenamente inducida (instinto de supervivencia, negación del pesimismo inherente a los contratos sociales). En paralelo, la regeneración desde la política, aunque timidísimamente, ya se está produciendo, y no por un arranque de virtuosismo sino simple y llanamente por el terror que genera una postal sin poltrona, A8 blindados ni cuadros de Antonio López. Imaginen qué sería de Mariano Rajoy o Susana Díaz sin la política. Jamás se han dedicado a otra cosa. Y retirarse tras décadas de monocultivo no tiene mérito en el Imperio de las Puertas Giratorias.

Promulgar el gobierno de los mejores no es elitismo sino justicia. Los mejores no siempre nacen del currículo prepolítico (Antonio Romero es un excelente ejemplo), pero un currículo es a menudo garantía de excelencia (otra cosa es que el CV se haya convertido en un género literario). Aterrizar sin experiencia no es un pecado, es un aval de ilusión y potencia, quizás las mismas que Felipe y su equipo tenían cuando ganaron sus primeras elecciones apenas siete años después de morir Franco y tras cuatro de Constitución. ¿El pasado? El pasado es un hito empequeñecido por el transcurso del tiempo: Josep Piqué era comunista, Mitterrand colaboracionista, Aznar avaló aquello del Movimiento Vasco de Liberación Nacional, Maragall fue un día español, Sabino Arana renegó en sus últimos días de su propia iconografía nacionalista, Obama fue mestizo y hasta el protopérfido Hitler quiso ser pintor.

Cuando Marx advertía por carta al pretendiente de su hija Laura, Paul Lafargue, que para ingresar en la familia debía labrarse primero una carrera (y acreditar el sedimento tras la fogosidad), demostraba otra verdad cósmica: uno quiere lo mejor para los suyos. El día en que ese pensamiento se instale en la política y se aplique al conjunto de España, habrá esperanza. Confiar en los que han fallado tantísimo y de tan variadas maneras no es un pecado aunque parezca idiota. Hacerlo en quienes aterrizan sin pecados ejecutivos es cuando menos razonable. Satanizar la segunda opción sin atacar la primera es inadmisible.  Confiar en que el cambio lo traiga el verdugo, arriesgado. Toda organización humana es falible, sí, pero cualquier país, incluida España, se merece empezar de nuevo, sin sábanas viejas.

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Los deberes de Rajoy

Fede Durán | 28 de septiembre de 2011 a las 14:22

Cuando se presume la materialización de un hecho (en este caso la victoria del PP en las próximas generales), el mérito no está tanto en refrendarlo como en ajustarlo a su dimensión potencial. Si Rajoy no logra la mayoría absoluta, su victoria será una pequeña derrota, y su porvenir un camino de cabras en cuyos flancos, agazapados, esperarán los socialistas para atracarle y derrotarle tras cuatro años de curas, privatizaciones, rojigualdas y polos lacoste.

Rajoy debe pues minimizar el efecto Rubalcaba, que no es necesariamente una herramienta vencedora sino de jibarización del batacazo. Para ello, cuenta con la fidelidad del votante conservador, que dicen que jamás se mueve de su casilla, y descuenta a la suma el efecto del bloque ideológico opuesto (cada vez me creo menos este tipo de dicotomías; en el capitalismo, la gente no es de una u otra rama filosófica sino del universal equipo de la pasta). Tendrá que buscar la absoluta, pues, en el centro, que en realidad no engloba a los apátridas o a los mercenarios sino a aquellos ciudadanos felizmente nacidos sin la orejera del partido político como equivalente al equipo futbolero del alma. Dicho centro incluye, sin embargo, a las gentes del 15-M, que no quieren a Rajoy ni a Rubalcaba ni probablemente a ningún otro, aunque IU no lo vea así. Si el 15-M anula, absorbe o colapsa ese nicho de votos traduciéndolo en abstención, el PP se autoabastecerá hasta alcanzar el objetivo. Y habrá rodillo y deconstrucción, como siempre que alguien en España golea al rival.

¿Qué debe hacer Rajoy para asegurarse la mejor butaca del palco de honor en la temporada 2011-2014? Parecer menos rancio de lo que probablemente es. Renunciar a una subida de impuestos. Pelotear al votante periférico (al andaluz y al catalán, pues suyas son las circunscripciones decisivas). Prometer, como de hecho hace, fórmulas mágicas contra la crisis basadas no en la ciencia económica sino en el traspaso de poderes. No fotografiarse con Camps y sucedáneos. No fotografiarse con Aznar. Cabrear al 15-M. Montar en bicicleta. Fotografiase con niños y abuelos. Evitar a Arenas. Evitar concretar su programa. Evitar hablar como un trovador (o como un registrador de la propiedad). Evitar los carteles electorales sin photoshop.

Parece una lista complicada, pero Mariano puede con ella.

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22-M

Fede Durán | 22 de mayo de 2011 a las 23:50

Arrasa el PP, muere por hemorragia el PSOE. Bildu revienta el ecosistema político vasco. Los votantes premian a presuntos corruptos como Camps. Fernández Vara pierde en Extremadura y Monago le da a los populares un castillo histórico del socialismo (al menos simbólicamente… porque FV puede pactar con IU con el 88% del escrutinio). Trias vence en Barcelona, donde el PSC también se marchita. Zapatero comparece con una excelente lección de autocrítica y caballerosidad pero sin intención de abandonar la nave (o el pecio) antes de tiempo. Esperanza y Gallardón son eternos. Zoido destroza a Espadas y ahora flota en el aire la amenaza de una Sevilla rebobinada (no todo ha sido malo en el mediocre mandato de Monteseirín). Sin menciones en TVE a la abstención o el voto en blanco/nulo. Ahora más que nunca, democracia real ya: espero que de este movimiento nazca un partido. El sistema sólo se cambia desde dentro.

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Periodismo sumiso

Fede Durán | 20 de mayo de 2011 a las 20:08

La pequeña pero creciente revolución hispana de los indignados también cuestiona el papel de los medios de comunicación. Y es lógico que lo haga. Existen quizás dos sectores que, por inercia, costumbre y necesidades informativas (tú me das una exclusiva y yo te trato bien), cargan con la roca de la culpa: uno es el periodismo político; otro el económico. Especialmente sangrante es el segundo caso. Un periódico (o una emisora o un canal de TV) no deja de formar parte de un engranaje empresarial cuyo objetivo permanente y legítimo es el beneficio. Los esfuerzos se centran por tanto en la caza de la publicidad. Y en cultivar unas excelentes relaciones con toda aquella institución que en mayor o menor medida garantice la sostenibilidad financiera del negocio. Yo siempre he creído que existen (o existían, el pasado retrata mejor la realidad) un par de vías para captar recursos: el prestigio o la sumisión. Un anunciante acudirá al New York Times (o a su edición digital, por adaptarnos a los tiempos que vienen) no porque considere que las informaciones referentes a su compañía gozarán del beneficio del peloteo sino porque aparecer en sus páginas implica glamour y, sobre todo, una considerable repercusión a través de los miles de pares de manos que cada día examinan sus páginas en el bus o ante un café.

En España, los periodistas económicos (también los analistas políticos o deportivos) nos hemos habituado a aceptar el engendro dictatorial de las ruedas de prensa sin turno de preguntas. Lo normal sería vetar convocatorias de este tipo. Las empresas y los anunciantes saben asimismo que, al haber renunciado los editores a la calidad como canal recaudatorio, acceder a la página es infinitamente más sencillo. Y también mucho más descarado, porque afortunadamente el lector no es imbécil y detecta determinadas formas de encubrimiento publicitario. A menudo se acepta el truco del publirreportaje clandestino disfrazado de información cuando probablemente la audiencia agradecería una advertencia clara de la propuesta a la que se enfrenta.

Hay otros ejemplos sangrantes: cuando un consejo de administración equis anuncia bonus millonarios para sus directivos en plena crisis y con casi cinco millones de parados, el acto reflejo del redactor no es ya la crítica o siquiera el razonamiento constructivo sino la derrota de una información estampada en página sin grietas en la versión original. Piden una reforma del sistema. Nosotros también formamos parte de él. Es una lástima que en este país no haya suficiente valentía para intentar darle la vuelta a la tortilla. Los políticos, cuando se inflaman de patriotismo responsable, hablan de pactos de Estado. ¿Por qué no un pacto nacional por la libertad informativa, concepto en absoluto incompatible con el diseño y ejecución de una determinada línea editorial?

Como diría Dani El Rojo

Fede Durán | 20 de mayo de 2011 a las 9:08

PERO qué quieren estos tíos?, pregunta un compañero. “Estos tíos” son los del #yeswecamp, la #spanishrevolution o el #notenemosmiedo. Son los de Democracia Real Ya. Son los de la Plaza del Sol y la Encarnación, los de las primeras páginas de la prensa y las primeras imágenes de los telediarios. Respecto al “qué quieren”, en la web flota su par de folios de propuestas, la esencia de una exigencia de revisión donde los lemas fáciles dejan paso a un esfuerzo motivador que ya los sitúa en un nivel superior al de otros movimientos menos serios y sinceros.

El documento, hijo inesperado de esta crisis brutal, tiene pues una alta carga económica [las cinco medidas propuestas para o contra la clase política son tan razonables que fastidia no poder resumirlas aquí]. Y, aunque está abierto a discusión según sus promotores, que no son tres tíos sino una masa efervescente como las olas de Hawaii, pocos añadidos requiere. Tal vez algunos retoques: se cuestiona, por ejemplo, el retraso paulatino de la edad de jubilación sin atender a la tiranía de la pirámide demográfica. Un tipo de 67 años aún en el tajo no es un tapón para un recién licenciado: ambos son necesarios para sostener el sistema de pensiones.

También se pide “el restablecimiento del subsidio de 426 euros para todos los parados de larga duración”. Zapatero cometió un error al crear esta ayuda porque, sin dudar que justo ahora el país cobija a más desempleados que nunca, en España siempre ha prevalecido la cultura del fraude laboral, consentido por la Administración impulsora como una forma poco sutil de soborno al ciudadano. Más caramelos implican, para muchos, más trampas (y mayor déficit público).

Otro objetivo es la “financiación pública de la investigación para garantizar su independencia”, obviando que lo público, si funciona como siempre lo ha hecho, no ofrece sino que resta libertad. La aportación del sector privado es además vital para igualar las marcas de I+D a las de la competencia internacional.

La legitimidad del paquete entre paréntesis (más médicos, cuidadores y profesores) choca asimismo con la austeridad impuesta por la tiranía ingresos/gastos. Los recortes son tan urgentes y necesarios que, incluso si los políticos, en un acceso de honestidad, decidieran eliminar sus privilegios y desterrar el derroche de la estructura estatal, autonómica y local -y éste es el paso previo hacia las otras conquistas-, seguiría faltando dinero para mejorar. Lo demás es coherente y posible: la eliminación de las sicav (o una fiscalidad infinitamente más dura); la prohibición de los rescates bancarios; las sanciones para la especulación; el aumento del tipo impositivo para los que más ganan; la flexibilidad laboral (no en el despido sino en la conciliación); las bonificaciones a las empresas con menos de un 10% de contratos temporales; la entrega de la vivienda para zanjar la hipoteca… Como diría Dani El Rojo si no fuera eurodiputado, debajo de los adoquines está la playa, incluso si vives en Madrid y acampas en Sol.

#yeswecamp

Fede Durán | 20 de mayo de 2011 a las 9:07

PROFESIONALES de la demagogia, los políticos no han podido esta vez raptar un mensaje, el del 15-M, que nadie teledirige y que no busca hogueras sino una severa depuración del sistema. Muchas son las propuestas -la mayoría razonables- que bucean a través del ombligo común de un solo mensaje: más racionalidad social y económica, menos desvergüenza. Esta ola necesita consistencia y persistencia, y justo en lo contrario confían dirigentes, banqueros y cínicos de diverso pelaje. Rajoy apurará su purito soñando con La Moncloa y agitando de vez en cuando la mano como quien espanta a una mosca cojonera. Zapatero dejará sin pilas su calculadora electoral temeroso de que este #yeswecamp le reste votos a la izquierda. Pero esas interioridades no afectan al ejército de los cabreados de España, cuyo reto es apretar hasta que los que mandan no tengan más remedio que ceder y reconvertirse (o decir adiós). Problema: la reforma exigida depende, en gran medida, de los grises miembros del circo, que también incluye a los medios de comunicación, la única pata del poder que, tímidamente, parece haber reaccionado.