Archivos para el tag ‘Administración paralela’

Nave Espacial

Fede Durán | 9 de agosto de 2013 a las 10:58

CUANDO Griñán mandaba, solía repetir que en España, como país rico, hay dinero de sobra para cubrir el núcleo irrenunciable del Estado del bienestar -educación, sanidad-. Lo hay, efectivamente, siempre que el resto del circulante no se emplee justo en conservar lo que nuestros políticos conservan: el pulpo. Pulpo es una palabra menos peyorativa que chiringuito expresando exactamente lo mismo, una maraña, una enredadera, un complejo mosaico de favores y colocaciones, una fregona cuyo cabezal es la Junta (o el ayuntamiento de turno, o la Administración General).

Las reticencias a desmontarlo son tan rocosas que han podido incluso con el oleaje de la crisis. Porque la autoridad prefiere prescindir de interinos, abarrotar las aulas y alargar las listas de espera a cerrar organismos de escasa utilidad al frente de los cuales suelen estar personas de dudosa hoja de servicios e impoluto carné de partido. Se castiga al funcionario para mantener al director, al asesor y al chófer. Se empobrece al ciudadano a costa de conservar una estructura de país heredada del complejo de inferioridad frente a los nacionalismos, pero también del microchovinismo español, un defecto que evidencia escaso mundo, notable miopía y una férrea convicción en el aniquilamiento de la sociedad civil mediante una tutela implícitamente dictatorial. Se compra al sindicalista a través del turbio mecanismo de las subvenciones para formación. Se amordaza al empresario con licencias y concursos que bien valen una donación (caso Bárcenas) y un prolongado silencio. Se compra a los medios de comunicación con ayudas y publicidad. Y sobre todo se tacha de radical al discordante, al individuo o colectivo no alineado, al que lucha por crear un marco justo y vigoroso de convivencia social, política, cultural, burocrática y económica.

Cualquiera en su sano juicio estaría en contra de gastar más de lo que ingresa. Cualquiera menos los gestores de lo público, porque lo público, en España, en vez de parecer de todos parece de nadie, y todo lo que cae en el círculo de la incertidumbre es, como las Américas al ser descubiertas, digno de saqueo.

Es sencillamente vergonzoso que a estas alturas todo siga igual. Es indignante que nadie, desde dentro del sistema, empujado por la ética, haya planteado las medidas más inmediatas que el país requiere para superar la partitocracia y funcionar con un panel de mandos donde se incluyan los botones de Limitación de Mandatos, Control de las Cuentas de los Partidos, Supervisión Real del Gasto Público; Creación de un Verdadero Cuerpo de Funcionarios Independientes de la Contingencia Política; Eliminación de Organismos Duplicados; Expulsión de los Corruptos; Autofinanciación de Patronales y Sindicatos; Prohibición de las Prácticas Fraudulentas de la Banca y de los Salarios Desmesurados de sus Gerifaltes; o Exilio de los Periodistas de Parte, que ya tienen suficiente trabajo con la telebasura. Manejar semejante nave espacial ya disuadiría a la mayoría de intentarlo. Y así, al final, sólo lo intentarían los buenos.

La crisis dentro de la crisis

Fede Durán | 17 de mayo de 2013 a las 8:00

En España siempre ha parecido que lo público no es de todos sino de nadie. Tal convicción era infinitamente más potente en los tiempos de auge y abundancia, y aunque todavía quede el sedimento de conductas que van de la tibia dejadez al vandalismo –lo primero más al norte y lo segundo más al sur–, la escasez potencia el apego del ciudadano al control de los fondos que manejan las administraciones, los partidos y los sindicatos. Pese a que la opacidad sigue siendo una verruga enorme, ninguna fuerza gremial resiste a la larga la erosión del pueblo cuando el pueblo toma una decisión. Y hoy exige una transparencia que no se limite al simbolismo de un par de declaraciones de la renta o a la publicación en internet de las retribuciones de diputados, senadores, ministros, consejeros, presidentes y quizás bedeles. La sociedad española, espoleada por la indignación de sus propias penurias, quiere contención en el gasto, pero con una partitura diferente a la que interpretan los gobiernos de Rajoy, Griñán, Mas y el últimamente célebre Monago.

Porque el problema nace de la austeridad impuesta por Berlín-Bruselas, una misión donde hay meta sin que exista camino. Mientras cumplas, haz lo que quieras. Y los dirigentes españoles han preferido subir brutalmente los impuestos, abaratar el despido, endurecer las pensiones y destripar los cimientos del bienestar –sanidad y educación– en lugar de meterle mano al impresionante chiringuito policéfalo que gestionan y del que se alimentan. Se trata pues de un asunto de prioridades: los poderes políticos prefieren embridar el déficit aumentando los ingresos tributarios (apuesta arriesgada cuando hay 6,2 millones de parados y 16,6 millones de ocupados), recortando cosméticamente y confiando en que la teoría de los ciclos económicos salve los muebles tarde o temprano.

El país tenía la oportunidad de reinventarse y no la está aprovechando. Una bajada de impuestos y una revalorización asumible de las pensiones sostendrían el consumo y las labores asistenciales y solidarias de quienes reciben un flujo mensual de dinero. Redimensionar el aparato administrativo trasladaría a la población un mensaje de compromiso y seriedad. Dotar a las cámaras de cuentas de poderes ejecutivos permitiría elevar a la categoría de ley sagrada el rigor en la manipulación de los fondos públicos. Convertir el principio de confianza que rige la designación de altos cargos en un principio de eficacia y mérito profesionalizaría la maquinaria del Estado, las CCAA y los ayuntamientos y exterminaría la política como sinónimo de escuela de jerarquías, intrigas, malversaciones y demagogias.

España afronta una crisis singular dentro de la crisis del sistema. Dobla la rodilla ante el yugo del capitalismo sin bozal, como todo el planeta, pero también ante el monstruo creado en 1978: el Estado autonómico es un ejemplo perfecto de libertad mal entendida. Porque las CCAA han jugado a ser pequeños países miméticos con los mismos excesos que la madre que los parió.

Convivencia sin amor

Fede Durán | 24 de marzo de 2013 a las 10:57

Con la excepción de Cataluña y sus tripartitos I (Maragall) y II (Montilla), quizás nunca IU había tenido en España la oportunidad de tocar tanto poder como en Andalucía tras el 25M. Sobre Diego Valderas, hoy vicepresidente de la Junta, recaía la responsabilidad de cerrar un acuerdo equilibrado en consejerías (obtendría tres, ninguna de ellas pata negra) y compatible con la ética que en teoría distingue a la federación de un partido, el PSOE, que lleva más de tres décadas en el Gobierno.

Lo segundo ha sido más difícil: la comisión de investigación de los ERE fue apenas una opereta frente a la gran liga del proceso judicial; la Administración paralela y el enchufismo aún manchan el currículum de los gestores autonómicos. Afirma Juan Ignacio Zoido que IU tapa y los socialistas regalan. En realidad, Valderas, Elena Cortés (Fomento) y Rafael Rodríguez (Turismo) han procurado aplicar en sus ámbitos de competencia el listón deontológico que no pueden asegurar al conjunto del Ejecutivo. Las encuestas dicen por ahora que la experiencia no les quema. Izquierda Unida sigue creciendo.

En cualquier caso, el reto, el otro reto de todo matrimonio de conveniencia, era la armonía, o al menos la tolerancia. Este Gobierno de dos se parece poco hoy a una intriga florentina, aunque las sensaciones de cada socio difieren. Donde el PSOE ve “un clima de absoluta confianza”, en palabras de uno de sus líderes, IU habla de “cero deslealtad pero bastantes reservas”.

La Biblia es el acuerdo de 75 páginas firmado el 18 de abril de 2012, tan maximalista y ambiguo como cualquier programa electoral. Cuando hay dudas, regates o conflictos, las partes se remiten inevitablemente al documento, un árbitro inanimado, un pacifista de papel.

El esquema es el siguiente: Griñán ejerce de hombre de Estado. Está por encima del bien y del mal. La rutina no le salpica. La dama de hierro es Susana Díaz, consejera de Presidencia e Igualdad, dura, ambiciosa y temperamental. Valderas es la hormiguita, el correcaminos, un hombre conciliador que releva solícito al presidente en la tediosa noria de los viajes oficiales. Díaz y Valderas llevan el pulso de la coalición, teóricamente cada 15 días, en reuniones a las que también asisten Mario Jiménez, número dos del PSOE-A, y José Antonio Castro, portavoz del grupo parlamentario de IU. Díaz sería una especie de Robespierre; Valderas algo parecido a Sieyès. La mezcla, aparentemente, funciona.

Existe un segundo nivel de relaciones bilaterales. Junto a cada delegado provincial de la Junta, IU, a través del departamento de Valderas, endosa un coordinador, una sombra, un Fouché fiscalizador e invisible. La temperatura asciende en este caso. “Hablaríamos de tolerancia razonable”, explican desde el PSOE.

El primer año de coexistencia no ha sido demasiado productivo. En el horizonte asoman un puñado de leyes, pero todavía no se ha aprobado ninguna de las contempladas en el pacto de intenciones. Unos y otros lo justifican por la propia dinámica de toda legislatura -arranques lentos, finales trepidantes- y por el alto grado de participación ciudadana con que la Junta procura aliñar los textos.

Era difícil pronosticarle a priori más o menos latidos a este corazón híbrido, que de momento late puntualmente gracias al acertado reparto de roles, al respeto imperante, al beneplácito provisional de la militancia (la de IU, básicamente), a una Biblia de 75 páginas, a los sondeos, y a la descafeinada oposición de un PP que unos días percute con los ERE -un arma de destrucción masiva si se usa hábilmente- y otros se pierde en la intrascendencia.

¿Y el escenario de una crisis de Gobierno? IU respinga -“sería una locura”-, el PSOE tranquiliza: “Ellos mantendrán sus tres carteras bajo cualquier circunstancia”. Si hay cambios, los socialistas se centrarían en sus negociados, dejando en manos de IU la decisión de mantener o cambiar los cromos que obtuvieron en la puja.

Año uno, entendimiento sin amor; supervivencia sin odio.

Cirugía estética

Fede Durán | 26 de octubre de 2012 a las 10:22

ANTES de la crisis, el sistema solar de la Junta funcionaba como un cementerio de elefantes para los señores con carné del PSOE, que pasaban de la política oficial (diputados, alcaldes, consejeros) a la política oficiosa de los cargos directivos en la generosísima Administración paralela. Los elefantes acababan muriendo más gordos, o más gordas sus cuentas corrientes, y Andalucía lo pagaba en términos de eficiencia y frustración. Porque un funcionario no es necesariamente, ni siquiera a menudo, un cero a la izquierda. Un funcionario tiende simplemente a desconfiar y desmotivarse cuando por encima sólo observa mediocridad y consignas más próximas al bien particular que al común.

Ahora, con la plasta de los recortes, el paro, los impuestos, la prima, el rescate simple o doble y la desintegración de España bien pegada a la cara, la coalición PSOE-IU se aferra a un lema que no es precisamente popular: la defensa a ultranza del empleo público, casi 260.000 puestos entre funcionarios y laborales, el 9,1% del trabajo en la comunidad (la media nacional es del 7,4%). Y lo hace bajo la tremenda amenaza del Tribunal Supremo, que de confirmar la postura del TSJA dejaría en el limbo a entre 22.000 y 25.000 personas fichadas sin observarse (aún presuntamente) los principios de mérito, igualdad, capacidad y publicidad.

En febrero de 2011, la Junta aprobaba, bajo la atenta supervisión del Ministerio de Hacienda, su plan de reordenación del sector público. Amputaba, sí, pero más por estética que por ética: las huestes siguen ahí, intocables, y las empresas, agencias y fundaciones de antes quedan hoy sumergidas en otras instituciones. Los equipos de dirección con carné también sobreviven mayoritariamente, y sólo en casos excepcionales un verdadero técnico, o experto, o brillante cerebro orienta la orquesta y da instrucciones independientes o profesionales, como ustedes prefieran.

Pero la disfunción es además orgánica. ¿Cuántas divisiones tienen más directivos que trabajadores, duplican el cometido de las consejerías o permanecen ancladas en la parálisis como esos tanques que poco a poco se come el desierto? ¿Para qué sirven las agencias de Obra Pública, Suelo o Puertos si ya existe un departamento de Fomento? ¿Por qué sigue en pie una Agencia de la Competencia con 49 empleados y 2,5 millones de presupuesto cuando desde Madrid se puede cubrir ese flanco funcional y otras CCAA -la propia Madrid y Valencia, por ejemplo- la han suprimido? El socialismo andaluz ha renunciado a la purga que le propone la crisis, aunque aún queda la duda del camino escogido por IU en sus escasas áreas competenciales. Quizás una acción a pequeña escala donde el ciudadano identifique la cotizada y hasta la fecha ausente vocación de honestidad retrate por contraste y de manera más cruda la postura de sus socios. O puede que no. Puede que la política confíe en que su divorcio con la sociedad acabe cuando la economía se recupere, las familias y empresas respiren y el cacique de turno sea visto (de nuevo) como un mal necesario.

¿Cuál es el verdadero tamaño de la Junta?

Fede Durán | 21 de octubre de 2012 a las 13:48

Complejo preparar este repor por la opacidad del tema mismo. La sensación: nadie sabe nada, no al menos exactamente. Un buen punto de partida para el debate de la austeridad selectiva: ¿Tiene sentido recortar servicios sociales cuando el aparato de la Junta es tan inmenso y emplea a tantos directivos pata negra, a tanta gente ociosa en agencias vacías de contenido? ¿Qué indica que una Administración desconozca su propio tamaño? ¿Cuánto nos cuestan esas pirámides de Keops? Algo de luz, aquí.