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Lo que Rajoy y Mas piensan en privado

Fede Durán | 14 de noviembre de 2014 a las 11:10

Para entender la España que viene hay que descifrar la España que se va. El 9-N es quizás el estertor de una etapa amortizada que dará paso a una reforma constitucional, y así lo entienden tanto Mariano Rajoy como Artur Mas, según fuentes de su entorno. El amago de consulta, sin interventores ni carácter vinculante, destapa una curiosa unidad de destino. Apenas un tercio del censo electoral acudió a votar en Cataluña. Rajoy interpreta el silencio de los dos tercios restantes como el mejor aval de su negacionismo. Mas confirma en papeletas lo que siempre admite en privado: él tampoco quiere la independencia.

El reto urgente es el punto de encuentro. Remozar (que no retocar) la Carta Magna exige un refrendo colectivo sólo factible si el entendimiento entre el Gobierno y la Generalitat es absoluto. CiU quiere un cesto de competencias blindadas, a salvo de injerencias ministeriales; un pacto fiscal que reequilibre el flujo fiscal que producen los canales solidarios; y una Agencia Tributaria cogestionada con el Estado. Además, busca cariño, y la transmutación aproximada en artículo sería un reconocimiento más explícito de su singularidad.

Rajoy es consciente de que debe mover ficha, pero su virtud cardinal es la templanza. El gallego ve esta función como una partida de dominó: primero el movimiento del oponente, después su jugada, por fin la negociación, estación definitiva el consenso.

Este cronograma, trazado sobre el folio de la teoría, topará en la práctica con importantes obstáculos. El PP observa de reojo a su electorado más recalcitrante, el núcleo duro, esa bolsa de apoyos que constituye los pilares sobre los que (a veces) se asienta el ciudadano de centro para concertar mayorías absolutas. Actuar antes de tiempo significaría perder la batalla de las apariencias y con ella la imagen de fortaleza -trufada de inmovilismo- que el presidente dejará en la memoria casi como único activo.

La otra piedra en el zapato es endógena y sólo se asimila si queda encuadrada en esta película de apariencias. Se llama Fiscalía y se apellida delitos de prevaricación y desobediencia, recogidos los dos en la querella que en breve y supuestamente presentará el Ministerio Fiscal tras los quiebros de Mas y su vicepresidenta, Joanna Ortega, a la triple suspensión decretada por el Tribunal Constitucional. Judicializar la pelea política reventaría el puente que sutil y subterráneamente uno y otro han comenzado a desplegar.

Artur Mas y su Govern en precario lo tienen aún más complicado. El empuje de ERC es formidable demoscópicamente hablando. A rebufo de esa expectativa compone Oriol Junqueras un maximalismo que pasa por elecciones plebiscitarias (figura que el ordenamiento jurídico español no recoge) y declaración unilateral de independencia en sede parlamentaria. Cuesta dar crédito a semejante menú vistos los frutos del 9-N y el retrato más o menos real del secesionismo en la comunidad. Junqueras lo sabe. Aunque parezca un Polichinela, él también invierte grandes sumas de gestualidad en el mercado de los votos, con la mirada pendiente de las municipales y las autonómicas.

Esta cronología es vital y dilucidará la jerarquía de los estrategas en liza. A CiU le conviene un anticipo por una sencilla razón: si ERC sella su superioridad en los ayuntamientos y Junqueras pasa de la pose al hecho, esa galaxia de átomos puede ser el comienzo de la rebeldía contra el sistema institucional vigente. Josep Rull, número dos de CDC, ha sido al respecto más claro que Ramon Espalader, número dos de la matriz CiU: si el Ejecutivo no negocia, como ya ha anunciado, los comicios son la opción A.

Volvamos pues al puente en camino. Elecciones anticipadas, victoria de Esquerra, CiU como segunda fuerza en el Parlament y la incógnita del PSC, debilitado por una indefinición que nace de sus complejos. Aquí el entorno del president es contundente y rompe el mito unitario: si Junqueras no alcanza la mayoría absoluta (68 escaños), ERC podría ser víctima de la casi mitológica sociovergencia, la suma de CiU y PSC, una mezcla políticamente más correcta que la resultante de sustituir a socialistas por populares en una tierra donde éstos no han logrado averiguar (salvo con Josep Piqué) el código de acceso al catalanismo. CiU se servía con Pujol de la muleta del PPC en la trastienda, sin alianzas explícitas por mutua vergüenza.

La concatenación de hitos fundamentales para cerrar este episodio de tensión territorial es imponente: Rajoy domando a sus fieras, CiU resurgiendo -como en tantas otras ocasiones- de sus cenizas, ERC perdiendo fuelle en el tránsito del fuego dialéctico a la aspereza de la gestión y el PSC salvando los trastos sobre la campana. Apasionante.

9-N: The Walking Dead

Fede Durán | 10 de noviembre de 2014 a las 17:55

JORNADA DE PARTICIPAICÓN

A veces un conflicto se reduce a un asunto de perspectiva. Siempre obsesionada con Europa, Rusia ha despreciado históricamente su extremo oriental, apenas poblado por 27 millones de habitantes y aislado por la inmensa cuña siberiana. El San Petersburgo de los zares miraba a París y Berlín, igual que el Moscú comunista, que también tiraba de luces largas para atravesar el Atlántico y enfocar a Washington. Sólo hoy los rusos comienzan a entender que el futuro, sin dejar de estar cerca del Viejo Continente, quizás pase a la vez por explotar la zona económicamente más potente del planeta, compuesta por Tokio, Seúl, Pekín, Shanghái y Hong Kong. Vladivostok debería incorporarse a esa liga.

La Cataluña política y cada día más la Cataluña civil –un tercio actualmente– han preferido mirar hacia dentro, ensimismarse y construir un fabuloso relato de heroicidades propias y culpas ajenas, gracias en gran parte a los medios de comunicación, trajeados de cipayos; a un sistema educativo que poco a poco ha olvidado su mandato transversal; y a una masa social asqueada con la crisis y dispuesta a comprar ceguera a cambio de atardeceres ámbar.

Por sus propios flujos de poder, esa Cataluña política propiedad de CiU se ha decantado por facilitar las mayorías precarias de PSOE y PP en el Congreso a cambio de conquistas competenciales y silencios judiciales (caso Pujol), pero nunca ha ensayado una fórmula de verdadera implicación en la agenda global del país. Esa vía, cuyo éxito o fracaso es corresponsabilidad del Gobierno central, era el Vladivostok catalán.

Las cosas han seguido otro camino. España, sin matices, es el enemigo. Cataluña ansía “la libertad”, la democracia, una realidad sin techo donde desaparecerán el paro, la corrupción y todos esos otros vicios tan hispanos. Para lograr el objetivo, ha optado por sortear las leyes, enarbolar un contrato ya cerrado, culpar a Rajoy de inoperancia, presionar a sus ciudadanos para que salgan a la calle, ahondar en el manual del buen catalán y aclarar que se saldrá con la suya caiga quien caiga. El resto simplemente observa, entre perplejo y hastiado, un relato que corta lazos sentimentales y en cierta forma asusta. Una tierra donde los matices son marginales, la autocrítica pobre y el clamor popular tan unívoco es una tierra zombi.

Iñaki Anasagasti, senador y cromo clásico del PNV, comentaba hace años a un observador internacional el modus operandi del nacionalismo vasco. Empezamos pidiendo, y un día nos dieron, así que seguimos, y siguieron dándonos, y entonces vimos lo fantástico que era todo esto. El problema es que CiU se ha saltado varias paradas y ha aparecido directamente en la estación final, envalentonando a ERC, anulando por acomplejado al PSC y empujando a muchos dirigentes no secesionistas a un rocambolesco juego de equilibrios dialécticos para no parecer enemigos de la tribu (Duran Lleida, Herrera). Lo que en adelante debe plantearse España –incluidas las Españas extrapolítica y catalana– es si merece la pena insistir en la unión teniendo en cuenta que este pulso es tendencialmente infinito. Aun integrándose transitoriamente, aun con más protagonismo en Madrid, el ex nacionalismo catalán –verdadero capo de esta historia– encontraría tarde o temprano exigencias no atendidas cuyo corolario serían de nuevo las islas utópicas unilaterales. Lo que piense la mayoría de Cataluña sólo importará cuando coincida con el guión oficial. Qué pena. Y qué estafa.

Coda 1: 1,8 millones de catalanes sobre un censo de 6,2 han votado sí (a un Estado propio) y sí (a la independencia). No llega al 30% del total. Pese al panfletismo. Pese a la maquinaria. Mas debería dimitir. Ya debió hacerlo en 2012, cuando perdió 12 escaños. Pero el hombre es terco.

Coda 2: complejidades. CiU secuestra la vida política catalana, teledirigiéndola hacia donde más le conviene, y la sociedad difiere de su última apuesta pero sigue votando soberanismo cuando llegan las elecciones. Eso significa que el PSC ha muerto por ambiguo y sólo resucitará si recupera su discurso integrador y plural sin miedo al qué dirán. Una parte importante de Cataluña anhela terceras vías. Fiel a su tradición marciana, el PP sigue fuera de juego, incapaz de tejer seducciones más allá del binomio Madrid-Valencia.

La muerte del proceso catalán

Fede Durán | 20 de octubre de 2014 a las 19:21

ORIOL JONQUERAS

El proceso catalán está muerto. O más concretamente su dinamo política. Rajoy se ha revelado el mejor especialista por omisión, y en este caso la fórmula ha sido óptima. El posnacionalismo ha construido un castillo que parecía imponente al recortarse contra el horizonte de esta España mórbida, pero el castillo era netamente español (cimientos de plastilina) y se ha desbaratado solo, a lo bonzo.

Artur Mas lo ha hecho todo: reinventarse, proyectarse, endiosarse, ridiculizarse y suicidarse. La no consulta del próximo 9 de noviembre es una derrota mayor que cualquier prohibición, pero CiU ya sabía a lo que jugaba: ningún país del mundo ha sido capaz de organizar unas elecciones sin un margen razonable de tiempo. El cromo que se exhibía en los quioscos de la propaganda no era una victoria de la democracia (tal y como ellos la entienden) sino un amago sin convicción, un mal simulacro. Pese a todo, casi hasta el final, el president ha contado con un respaldo inaudito a la izquierda y a la izquierda de la izquierda. Ha sido un activo dilapidado del que quizás no vuelva a disfrutar.

Cataluña no tiene aliados fuera de Cataluña. Bruselas niega carrete a la independencia si no media pacto con el Estado (y aunque medie). Las cartas de Mas a la diplomacia explicando su causa han acabado como aquellos papeles de Enron. 

Siempre nos quedará Junqueras, Oriol, pensábamos. Un tipo auténtico, un verdadero idealista. Pero tampoco. Un político que solloza en un programa de radio es un político que se autodestruye. Un político que se ausenta del intento de juicio parlamentario a Pujol a cambio de la mercancía metafísica es un político indigno. Un político que acude a Sevilla y muestra semejante debilidad de argumentos es un político incapaz (Jordi Évole, Salvados, 19/10/14).

Ahora a la secesión le queda una bala, que es la que acaricia ERC en las noches de luna llena para protegerse del hombre lobo hispano, tan feo y tan peludo: victoria electoral con la independencia como programa (país zombi, podría ser la definición) y declaración unilateral de divorcio. Rajoy, probablemente contrariado al principio, no tendría más remedio que actuar, supongo que inhabilitando a Junqueras como president y suspendiendo determinados atributos de la Generalitat hasta tanto las aguas volvieran a su cauce con (por ejemplo) una gran coalición de aroma germano con CiU y el PSC y apoyos en la sombra del PPC (no se escandalicen, eso ya ocurría sistemáticamente bajo el Pujolato). Por si no se habían dado cuenta, CiU es inmortal.

En toda esta tira cómica (raíz: cómic), Cataluña ha demostrado ser una hipérbole de España. Más corrupción, más ridículo, más mentiras y mucha más fantasía. Esto último no sería pésimo si no se basase en la idea, cincelada a fuerza de repetición, de que la independencia abre las aguas y limpia el ingreso al paraíso, un paraíso que los catalanes se han negado desde la política autonómica, no desde la opresión estatal.

Molinos de viento, Artur

Fede Durán | 15 de octubre de 2014 a las 13:48

EL futuro ya es el presente y reafirma el pasado: Artur Mas ha sido fiel a la fullera tradición de CiU. No habrá consulta en versión original sino un remiendo y una salida adicional si la alternativa a la alternativa también falla. El remiendo es casi más tramposo que la doble pregunta del inciertísimo 9-N porque supone tirar del aparato nacionalista (del aparato institucional de la Generalitat, de sus edificios y, otra vez, de su propaganda) para facilitar al votante catalán unos colegios pseudoelectorales en los que pseudopronunciarse. CiU ha procurado canalizar lo que denomina pulsión democrática del pueblo a través de un circuito cerrado y constitucionalmente vetado al que sólo accederán los partidarios del derecho a la autodeterminación. Quienes asumen de partida que todo es una farsa no bajarán al barro del truco. Eso ya castraría cualquier atisbo de legitimidad. Si es que se vota.

La alternativa a la alternativa son unas elecciones plebiscitarias. Lo de plebiscitarias es un brindis al sol porque la legislación española no confiere a las urnas semejante efecto. Artur Mas pretende componer una lista unitaria junto a Esquerra donde la independencia sea el único verdadero orden del día. En los subterráneos de esa oferta huele nuevamente a veneno: la lista la encabezaría, cómo no, el propio Mas, un dirigente amortizadísimo que se dejó 12 escaños en las anteriores autonómicas y que perderá algunos más en las siguientes. Reglamentariamente, tal movimiento no impediría después configurar distintos grupos en elParlament.

La generosidad de ERC sobrepasa ya cualquier cálculo razonable. Oriol Junqueras quiere la independencia como los niños sueñan con su primera bici. Está dispuesto a darlo todo. Al revés que ICV y la CUP, los pequeños aliados que ya se han bajado del ruc (burro), su paciencia es infinita y su fe en la viabilidad de la secesión auténtica. Que Mas sea un trilero le importa menos que el escenario donde actuaría si el bloque CiU-ERC gana las elecciones. Entonces, Junqueras declararía unilateralmente el divorcio del todo hispano. Pero para lograrlo ha de medir con una precisión que aún no ha exhibido el paso previo, o sea, la arquitectura de la lista única, en la que habría de quedar fielmente reflejado el reparto de pesos (listas cremallera, por ejemplo: un convergente, un republicano, y así sucesivamente). Es su única garantía para eludir otro regate de Houdini-Mas.

En cualquier caso, la actitud de Mas y en menor medida la del mismo Junqueras son censurables. El primero micciona sobre el orden establecido con los aires de Fouché que no tiene, chuleando al Gobierno y explotando con descaro el recurso apolillado del pérfido enemigo mesetario. ¿Dónde está el programa de CiU, dónde sus políticas sociales o sus novedosos giros de tuerca para devolver la esperanza al maltrecho ciudadano medio? Junqueras en el fondo es fiel a su propia familia política. Macià y Companys, ya saben, intentonas que acabaron en nada gracias a los diversos modos de persuasión con los que contaba un Estado mucho más débil que el actual. Rajoy El Pasmado, la Momia Rajoy o Mariano a secas sigue donde estaba (en el butacón) porque el actor realmente temeroso no es Madrid sino Bruselas. Son molinos de viento, Artur.

Inevitablemente, es cosa de dos

Fede Durán | 8 de abril de 2014 a las 19:54

EL PLENO DEL CONGRESO DEBATE LA CONSULTA SOBERANISTA DEL PARLAMENTO DE CATALUÑA

 

LA mayoría del Parlament considera que, tras las últimas elecciones autonómicas (2012), el pueblo exige la independencia. Para constatar tan crucial mandato, la Generalitat propone al Estado un referéndum aclaratorio. Celebrarlo consagraría la vía Quebec, consistente en acumular noes hasta alcanzar el liberador.

Los promotores de la secesión tienen parte de razón, igual que la tiene Madrid. Ni conviene negarle al ciudadano la posibilidad de reorientar su futuro, ni tampoco procede que una parte condicione al todo con planteamientos que afectan a esa secular suma. “No hay retorno”, advertía ayer la comitiva catalana. Curiosa forma de apelar al diálogo. “Inicien los trámites para una reforma de la Constitución”, agregaba Rajoy. Su alergia habitual a cualquier tipo de liderazgo.

Es cierto que Cataluña tiene su hemeroteca de miserias y glorias, como la tiene cualquier otro país sobre la faz de la tierra. Mucho antes de que el concepto de Estado-nación flotase en la conciencia de la ciencia política, los catalanes marcaban un camino diferenciado por su condición fronteriza (ejemplo: imperio carolingio) o por su bravura militar y comercial (fue más bien Aragón la región beneficiaria en los albores de la fusión).

Ya muy cerca de Westfalia y por tanto de la conceptualización, Cataluña vivió la mala experiencia de una independencia parcial: en 1640, el mismo año en que Portugal hace el petate tras su breve matrimonio peninsular y uno antes de la intentona del duque de Medina-Sidonia, parte del territorio (ni Lleida ni íntegramente Tarragona) pasó a la órbita francesa. Los borbones utilizaron al satélite catalán en el peor sentido del término. Un puñado de años después, Cataluña regresaba a sus viejas alianzas. Lo de 1714 fue distinto: hubo dos bandos, no una conquista española –tal y como falsea la iconografía nacionalista– y un castigo posterior del bando vencedor al sector vencido.

Con Utrecht, Gran Bretaña crea una puerta trasera para comerciar con las Américas. En ese mismo siglo XVIII, Sevilla y Cádiz pierden el monopolio ibérico comercial (excluida Portugal), y Cataluña aprovecha la ocasión. Tampoco les fue mal durante el Imperio: el músculo militar lo aportaba Castilla; y aunque España doblase a menudo los cabos de la bancarrota, la cuña del noreste podía parecerse más a Flandes o Génova que a los tercios y los capitanes alatristes. Que se lo pregunten al conde-duque de Olivares.

Cataluña, con los matices expuestos y otros muchos omitidos, ha estado siempre conectada al resto de España. Los voceros del adiós cabalgan a lomos de un bisonte sin bridas: quieren lo más porque entienden que vivirán mejor. Lo quieren por encima de la ley y el pacto constitucional. Mezclan razón y fantasía. Culpan al otro. Utilizan los medios de comunicación para alimentar al monstruo. Pero condicionan al resto, así que es legítimo que el resto se pronuncie, facilitando en la medida de lo viable una revisión del todo o, incluso, ese divorcio en apariencia tan anhelado.

 

Todos piden la cabeza de Duran

Fede Durán | 10 de enero de 2013 a las 14:13

El caso Pallerols es la última prueba de la arraigada tendencia a la corrupción de la clase política catalana, pero encierra además una importante vertiente política. Josep Antoni Duran Lleida, líder de Unió y cabeza visible de CiU en Madrid desde hace años, ha sido víctima, como tantos otros, de sus promesas. Sujetas siempre a la interpretación, ni las suyas ni las de IU (ningún sospechoso de corruptela en las listas), el PP de la regeneración democrática (Baltar, Fabra, el paroxismo de la trama Gürtel)) o el PSOE-PSC de la alternativa transparente (los ERE en Andalucía, Bustos en Sabadell, el caso Alcorcón) han podido con la demoledora realidad. El político toma lo que cree suyo.

Duran dijo que se iría si su partido robaba. Bien, su partido ha robado, pero Duran no se irá. Ayer pidieron su cabeza todas las fuerzas de la oposición catalana y algunas voces del PP nacional con intenciones diversas. Unos buscan simplemente erosionar con el eterno y siempre difícil juego del contraste comparativo, que en España no arroja vencedores y vencidos sino diversos grados de corrupción. Otros, como Esquerra, tratan subterráneamente de eliminar el último dique de contención soberanista de CiU, que ni siquiera es Unió en su integridad sino Duran en primera instancia y algunos de sus lugartenientes después, pero poco, cada vez menos, la sangre de la nueva militancia, tan nacionalista y rupturista como los cachorros de Convergència Democràtica.

El rol de Duran Lleida, el hombre que quiso ser ministro, es actualmente una incógnita. Como los socialistas catalanes, es víctima de la presunta superioridad moral del nacionalismo en su vertiente menos integradora. Su voz queda sepultada bajo los tambores batientes del proceso independentista, liderado sin sombras (internas) por Artur Mas y tutelado desde un estadio de superior compromiso político por el presidente de ERC, Oriol Junqueras, al que muchos atribuyen ya mayores y mejores dotes de mando a pesar de su subsidiariedad.

En realidad, la patria ha sido siempre el parapeto perfecto para los prohombres de la nación catalana. Nadie ha podido nunca derribar a Pujol, ni siquiera cuando la autopsia de Banca Catalana dejó meridianamente claras las maldades que arrastraba el muerto. El caso Palau le ha costado a CDC embargar su sede para cubrir la fianza de 3,2 millones impuesta por el juez, pero jamás amenazó a la planta noble del partido. Unió cuenta con sus propios regates -los casos Turismo y Treball, por ejemplo- y anota ahora su primer gol en contra sin que el guión vaya a variar una coma.

Y eso no es necesariamente negativo. Porque cuando el Plan Mas-Junqueras rompa contra los arrecifes del Estado, Duran tendrá que trabajar duro para reconducir la situación desde y con Madrid. Siempre que el plan encalle, claro.

Porque al dirigente español se le adjudican en abstracto atributos no necesariamente reales. Parece mentira que el primer mandato de José Luis Rodríguez Zapatero, o tal vez no su mandato sino el ambiente institucional del momento, transmitiera más firmeza ante los rebeldes. El Plan Ibarretxe fracasó y nadie mentó al Ejército ni el PNV levantó barricadas. Mariano Rajoy, presidente, de fuerte gen gallego y en consecuencia ambiguo y oscilante, ha consentido por la vía del silencio o la pusilanimidad una escalada de desafíos impensable en un país guiado por el imperio de la ley y con procedimientos políticos bien definidos.

Artur Mas ya no pide, exige; ya no saluda, bufa; ya no anuncia intenciones sino que amenaza con hechos que no caben en el marco constitucional ni en los mecanismos elementales del espíritu pactista. Tampoco templa gaitas, por prolongar la onda Rajoy. Ningún gesto ajeno a su hoja de ruta será bien recibido o siquiera estudiado. El pacto fiscal se le ha quedado corto. Pero el Gobierno central, y con él lo que quede de oposición, deberían recuperar la iniciativa y plantear un horizonte de mejoras factibles para Cataluña.

Descontaminar a la opinión pública catalana no es tarea fácil. El “España nos roba” sólo puede diluirse con una radiografía rigurosa de las balanzas fiscales, es decir, del verdadero balancín económico entre el Estado y la región (la diferencia entre lo aportado y lo recibido por Cataluña). Si el flujo es descaradamente negativo, habrá que encajar mejor la doble naturaleza catalana -por una parte, comunidad rica; por otra, y por ello, contribuyente neta a la equiparación de los servicios básicos entre CCAA- en el entramado español. Lo decía Muñoz Machado semanas atrás: descapullar la Constitución no es pecado. En esta imponente acción de construcción de la alternativa al menú CiU-ERC, Duran es un alfil crucial. Unos lo llamarían deslealtad, otros simplemente inteligencia.

Mas se estrella, CiU tiembla

Fede Durán | 26 de noviembre de 2012 a las 10:40

Por primera vez, CiU afrontaba las elecciones catalanas con una apuesta inequívoca aunque progresivamente suavizada hacia la independencia. Era un punto histórico de inflexión en sus relaciones con el resto de España. El seny dejaba paso a la rauxa, y la aspiración de un nuevo comienzo borraba cualquier rastro de mala gestión, de latrocinio o de tijeretazo. Eso creía, al menos, Artur Mas, presidente en funciones de la Generalitat, cuando se enfundó el traje de padre de la patria y empapó todas sus intervenciones del aura de los elegidos. Pero las urnas le han jugado una mala pasada: no sólo no ha logrado los 68 escaños de la mayoría absoluta; ha perdido 12 respecto a 2010, dificultando mortalmente el futuro más inmediato del Parlamento catalán. Razones para afirmarlo hay varias: 1. La vía de la secesión sigue viva, pero implica entenderse con Esquerra (21 diputados), un partido tradicionalmente alejado de la contención de CiU y situado en el arco ideológico opuesto, igual que la CUP (3). 2. Mas exigía una mayoría contundente que avalase su proyecto. No la ha obtenido, así que debería incluir en el “periodo de reflexión” que anoche mismo pidió a todos los partidos la posibilidad de dar por zanjada su trayectoria política. 3. Pronto se alzarán voces autocríticas que exigirán que CiU vuelva a su proverbial mesura, y entonces llegará el momento de medir la verdadera temperatura de la apuesta independentista en las calles.

Mas aclaró que no se bajará del burro del cargo. “Todas las combinaciones pasan por un Gobierno liderado por CiU”. El problema es cómo se concreta eso. Porque las tres opciones aparentemente factibles con la calculadora en la mano son descabelladas desde el corazón convergente: ERC selló dos legislaturas con el PSC de Maragall, primero, y Montilla, después. Sus latidos son de izquierdas, aunque esta vez jugaría a su favor el sacrosanto reto de la ruptura con España. Su líder Oriol Junqueras, no oculta su voluntad de entendimiento con Mas. Cree que juntos pueden. Lo que piense Mas ya es harina de otro costal. La segunda opción es optar por un Ejecutivo en minoría con el respaldo puntual del PP de Alicia Sánchez-Camacho, que fijó el récord del PP en 19 escaños, uno más que hace dos años. El precio de CiU sería aparcar su hoja de ruta y volver a lo de siempre, posiblemente con el pacto fiscal como resucitado eje estratégico. La tercera vía, inédita hasta la fecha, pasa por tirar de un depauperado PSC (20 escaños con 30.000 votos más que ERC) vía alianza formal o informal. Muy improbable escenario.

Circunspecto y arisco, Mas atribuyó el bajón de CiU a la dureza de la crisis y los consecuentes recortes aplicados. A su lado, en el clásico y chamánico Majestic, comparecían, ceñudos o abatidos, el líder de Unió, Josep Antoni Duran, y el ex president Jordi Pujol, salpicado, como Mas, por la polémica de unas presuntas cuentas fraudulentas en Suiza. Queda en la atmósfera la sensación de que CiU ha desbrozado un camino incómodo y ERC ha recogido los frutos. Se confirma asimismo la debacle sin paliativos del PSC, que como consuelo mínimo queda por delante del PP pero constata que sus competidores por la izquierda exhiben mayor proyección: ERC, ICV y la CUP (que debuta en la cámara regional) suben; sólo el socialismo baja.

El frente soberanista sumaría 87 escaños, siempre que en ese saco se incluya a ICV, partidaria de la consulta de autodeterminación pero no -al menos claramente- de la independencia. La contraparte de ese bloque la conforman los 39 diputados que suman PSC y PP y los nueve que aporta Ciutadans, el partido de Albert Rivera, que triplica los asientos de 2010 y registra 164.000 votos más. En la batalla de los pequeños, Rivera y los suyos -apadrinados en su día por los Boadella, De Carreras, Ovejero y otras voces enemigas del nacionalismo y la corriente identitaria- fueron los grandes vencedores.

Podría parecer que la iniciativa a partir de ahora corresponde a Artur Mas. Pero muchos ojos virarán hacia Junqueras. Su acercamiento a CiU y la respuesta de la federación retratarán la sinceridad con que el president concurrió a las urnas. Si la independencia era un señuelo para el pacto fiscal, la jugada ha sido un fracaso. Y si querían un holgado margen de maniobra para negociar cara a cara en Madrid, Esquerra será, por derecho propio, un celoso vigilante del proceso.

La catarsis afectará paralelamente al PSC, que o se reinventa o se muere. Ni José Montilla ni Pere Navarro están a la altura mediática de Pasqual Maragall, y la pata más ilustrada del socialismo catalán ha renegado o reniega de las siglas en un goteo implacable. Curiosamente, han sido los partidos más fieles a su discurso convencional los que salen reforzados. Esquerra siempre ha propugnado exactamente lo mismo. El PP, aunque con formas más refinadas en la época de Piqué, también. Lo mismo cabe decir de ICV o Ciutadans. Sólo CiU, con su órdago maximalista, y el PSC, atrapado en su crisis de identidad, han sido acribillados por el elector.


Por votos, CiU superó el millón y el PSC los 500.000, lejos de aquellos años de gloria (1999 y 2003) en los que perdía en escaños lo que le ganaba en papeletas al eterno enemigo. Esquerra y PP se movieron en la franja alta de los 400.000, ICV alcanzó los 355.000 y Ciutadans se plantó en 273.000. Cataluña vuelve a tener un Parlamento complejo, bien nutrido de opciones y muy difícil de embridar. Si Mas llega a saberlo, quizás habría preferido quedarse como estaba. 62 escaños parecen hoy una barbaridad. Y 50 una sonora, histórica, contundente decepción.

La participación roza el 70% y marca un máximo histórico 

Un total de 3,56 millones de catalanes de los 5.257.252 llamados a las urnas ejercieron su derecho al voto, lo que supone una participación del 69,5% y 10,7 puntos más que en las elecciones al Parlament celebradas el 28 de noviembre del 2010, cuando CiU recuperó la Generalitat tras siete años de tripartito. En una comparecencia en el Parlamento autonómico, la vicepresidenta del Gobierno catalán, Joana Ortega, confirmó que se trata de “la participación más alta de las últimas siete elecciones” celebradas en Cataluña.

La participación superó el récord que ostentaban los comicios de 1984, con un 64,3%, y los de 1995, con un 63,6%; en 1980 la participación fue del 61,34%. Ortega destacó la “normalidad de la jornada, en la que no ha habido ningún incidente que obstaculizara el derecho a voto”, y ha agradecido el trabajo a todas las personas que han contribuido para que fuera posible. Los catalanes optaron por acudir masivamente a las urnas ante unos comicios en los que se planteaba el debate de un nuevo encaje territorial de Cataluña con España, con la posibilidad de celebrar un referéndum o consulta sobre el futuro de la comunidad. Esta participación supera también la de los últimos comicios al Parlamento en 2010, cuando, superando los peores augurios de escepticismo motivados por la crisis económica, la participación se situó en un 58,78%.

En la circunscripción de Gerona la participación fue del 70,68%, con un total de 334.832 votos, más de 11 puntos por encima de la cifra de 2010. En la provincia de Barcelona votaron 2.663.982 personas, lo que supone un 69,84% de participación, nueve puntos por encima de 2010. En Lleida fueron a las urnas 197.868 personas, un 69,32% de personas, más de 10 puntos por encima de los comicios de 2010, y en Tarragona la participación fue del 66,35%. La participación en estas elecciones también contrasta con la de los municipales en mayo de 2011, cuando votaron el 54,93% de los electores catalanes, 1,07 puntos por encima de 2007 cuando se marcó un récord absoluto de abstención en todas las convocatorias de comicios locales, autonómicos y generales desde 1979. En las últimas generales, Cataluña registró la segunda menor participación de la historia en unas elecciones en este ámbito, después de que acudieran a las urnas el 66,84% de los ciudadanos con derecho a voto, a la par que el voto nulo y el blanco alcanzó registros máximos -el voto nulo se triplicó hasta el 1,58% del censo y el blanco llegó al 1,85%-.

Miopía

Fede Durán | 23 de octubre de 2012 a las 20:14

La manipulación de los medios públicos de comunicación no es exclusiva de unas siglas, pero es cierto que el PP se ha cargado, en apenas unos meses, el oasis de periodismo cualificado que ZP había instaurado en RTVE. Sí, sí, las comunidades autónomas demuestran que esta tendencia es universal: ahí están Canal Sur desde un flanco y Telemadrid desde el otro. Pero la cosa central, o estatal, parecía salvada. Error.

Los Desayunos de TVE son el ejemplo más evidente. La (sana) tensión del programa conducido por Ana Pastor (no entremos en lo que cobraba, hoy no toca) ha dado paso al templo del valium. La presentadora, María Casado, no alcanza la rapidez necesaria para acorralar a sus invitados, o al menos para sacarles jugo más allá de la obviedad y la consigna, y el plantel de tertulianos se ha vuelto completamente azul: cuando acude alguien de El País, es para subrayar su extremo aislamiento frente a colegas de La Razón, ABC, El Mundo o la Cope. Lo cual me lleva a otra conclusión: el panorama mediático español es claramente de derechas, y más desde el sepelio de Público.

Me han impresionado los últimos análisis del cuarteto azulón anteriormente descrito. Nadie dice ver amenaza alguna en el nacionalismo vasco, como si Urkullu fuese de repente un hombre de Estado dispuesto a renunciar a la soberanía. Tarde o temprano disparará esa bala, y lo hará una vez observe qué ocurre con CiU, que hoy es ese desbrozador hispano a la conquista de El Dorado. Tampoco fomenta mi fe en el oficio la lectura común sobre las elecciones gallegovascas: si la victoria de Feijóo en Galicia se interpreta como un triunfo de Rajoy, ¿por qué la caída hasta el cuarto puesto en el País Vasco no es una horrible derrota?

El mal momento del PSOE da para más sorpresas. La Razón lo acusa de aliarse con la extrema izquierda. ¿Cuál es exactamente la extrema izquierda si tenemos en cuenta que la Falange (por ejemplo) es la extrema derecha? ¿Izquierda Unida? ¿Esquerra Republicana? ¿Es una broma? El socialismo ha cavado su tumba, ciertamente, sobre dos errores conocidos: las alianzas con partidos sin vocación nacional y su desastrosa y ya proverbial gestión económica. Pero son pecados que también comete el PP, aliado en más de una ocasión de los nacionalismos conservadores cuando las matemáticas no le alcanzaban o sólo le permitían ser comparsa (Aznar en 1996 en el Congreso; Sánchez-Camacho ahora en el Parlament) e igualmente torpe en la búsqueda de soluciones a la crisis actual. El mito del curandero Rato murió con Bankia y tras las generales del 20-N. La diferencia entre PSOE y PP, lo que explica que unos se desangren y otros aguanten, es que en España la izquierda siempre ha estado fragmentada mientras la derecha aprovechaba la forzosa fusión franquista (carlistas, alfonsinos, Falange, las JONS) para reforzar, ya en democracia, su vocación granítica.

También me perturba la candidez con que se afronta la cuestión catalana. Nadie en la división azul está leyendo entre líneas. Artur Mas ha dejado claro, para quien quiera entenderlo, que su Govern estaría dispuesto a recular si alguien en La Moncloa les invita a negociar un nuevo sistema de financiación y algunas golosinas federales o de Estado. No hay señales de que existan otras soluciones. España, con sus fronteras actuales, es una eterna cuenta atrás, y contentar a los nacionalistas es la única manera de ganarle segundos al reloj de la historia. Muchos renegarán de este planteamiento, y será legítimo que lo hagan, pero la integridad territorial exige concesiones en un país tan sometido a las fuerzas centrífugas.

Cierro como abrí, con una crítica. El periodismo arrostra su doble crisis como puede, o sea mal. Precariedad, despidos y cierres apenas encuentran un contrapunto en frágiles proyectos digitales. Es la hora del rigor y la calidad, de la honestidad y la independencia. La visión de unos profesionales alineados y complacientes con sus amos es la antesala del peor futuro posible.

España: renovarse o morir

Fede Durán | 15 de octubre de 2012 a las 19:25

Esta mañana viajaba en el aerobús que conecta Barcelona con la T-1 aún bajo las sombras de la madrugada y la plancha del sueño de acero. El chófer escuchaba Catalunya Ràdio. La palabra Cataluña sonó al menos veinte veces en menos de cinco minutos. De la Transición a esta parte, la identidad catalana se ha forjado desde la política (nacionalista), pero sobre todo desde los medios de comunicación.

Rajoy enfoca mal el problema. Es la silueta perfectamente definida por Dionisio Ridruejo en 1955: “El español lo espera todo de un milagro, lo que unido a su poca imaginación y a su falta de libertad interior nos da su incapacidad para la vida de convivencia”.

En el fondo, cree que Mas va de farol. Y se sabe arropado por el marco constitucional y comunitario. Su táctica: no, no, no (y perdonen si me acuerdo justo ahora de la Winehouse). Pero quizás haya llegado la hora de barajar opciones. La sangre no debería ser del siglo XXI ni de Europa o España, que ya vertieron suficiente en el XX. La simple negación tampoco: no deja de ser gasolina en la hoguera. Toca negociar, y ahí caben dos opciones. O se negocia el mapa de la independencia a lo british, civilizadamente, previa autorización de la consulta y siempre que ésta refleje un posicionamiento masivo; o se negocia un nuevo Estado.

Negociar un nuevo Estado es difícil. Requiere altura de miras, característica poco común en la política contemporánea. Y exige valentía para: A. Vertebrar un sistema de financiación donde las compensaciones interterritoriales no mermen la competitividad de las regiones más productivas (es lo que reclamaba al fin y al cabo CiU hasta cambiarse a la chaqueta, más radical, de la secesión). Ya es hora de que los más pobres (Extremadura, Andalucía, Canarias) se desprendan del jergón del victimismo (victimismo históricamente justificado en bastantes casos, cierto) y aprendan a pelear por sí solos, con generosa ambición y sujetos a una sociedad infinitamente más fiscalizadora de la gestión política. B. Tocar los párrafos de la Constitución necesarios para convertir el Senado en otra cosa; reformar el sistema electoral; jubilar la Monarquía; acabar con los fueros vascos y navarros; y garantizar un mínimo tronco común que dé sentido, aunque sea livianamente, a la siempre discutida idea de España.

La España federal, o más federal (el Estado autonómico ya ensaya esa fórmula), encierra peligros bien conocidos. El principal es la profundización en las miniestructuras de país, las duplicidades, la amenaza del mercado único, la segmentación al fin y al cabo irreversible e ineficaz. En Bélgica, flamencos y valones firmaron la sentencia del muerte del entendimiento cuando decidieron dejar de concurrir bajo las mismas siglas políticas (socialistas, conservadores) para diferenciarse por ideas pero también por idiomas.

El sábado almorcé en El Raval con un buen amigo catalán e independentista. Creo que el tono del debate fue modélico, una muestra de cómo podrían ser las cosas en esta España tan habitualmente vehemente y espumosa. Él, periodista como yo, admitía que Cataluña no necesita inexorablemente la independencia sino un marco más adaptado a sus aspiraciones. Incluso con independencia, me decía, España y Cataluña deberían caminar juntas. Una especie de asociación entre iguales. No sé si comparto el enunciado de la fórmula a lo Puerto Rico, pero me temo que no existen alternativas realistas: o Cataluña gana poder o Cataluña se marcha.

Otra cosa es que nos guste más o menos que se marche. Objetivamente no creo que existan dudas: en el corto plazo, las consecuencias serían pésimas para España, que perdería el 20% de su PIB y casi ocho millones de habitantes (importantes, por ejemplo, en la asignación de eurodiputados), y tampoco coserían y cantarían los catalanes, abocados de primeras a un aislamiento internacional y sometidos al imprevisible factor emocional de la economía en sus intercambios comerciales con sus ex compatriotas.

PP y PSOE tienen dos problemas casi irresolubles. No crearán una posición común (uno) porque sus dirigentes, sus bases y sus canteras son mediocres (dos). Rajoy transmitirá de Rubalcaba la imagen de un vendepatrias. Rubalcaba endosará a Rajoy el monigote de la parálisis. Y entretanto el problema se enquistará. Observen a Cameron y Salmond, cordialmente discrepantes pero a la vez suficientemente maduros como para pactar las condiciones de un referéndum y aceptar el consiguiente resultado sea cual sea.

Posiblemente Ortega tuviese razón. Posiblemente el caso catalán no sea solventable sino tan solo soportable. Si así fuera, convendría exhibir la misma madurez que ingleses y escoceses, compartir mesa, cerrar los términos del acuerdo y encarrilarlo lo menos lesivamente posible. Nadie quiere amar a quien no le ama. Eso se lo dejamos a los antiguos reyes.

España según el New York Times

Fede Durán | 8 de octubre de 2012 a las 19:40

Cuando empezábamos en esto, muchos periodistas españoles teníamos dos grandes referencias. Una, en casa, era El País; la otra, fuera, The New York Times. Respecto a la primera, la accesibilidad a su hoja de servicios en los últimos tiempos, la vejez, los testimonios de ex compañeros y la trayectoria sinuosa de Prisa, la empresa matriz, me hicieron recalibrar el listón y admitir, con pesar, que ningún medio escrito supera hoy la altura prescrita. Quizás El País siga siendo el mejor diario de España (siempre es mi primera lectura), pero me divierte más, con la carga polisémica que el verbo divertir encierra, El Mundo, y me resultan más imprevisibles y por lo tanto apetecibles sus firmas de opinión y algunas de sus aproximaciones a la actualidad. Para no cerrar este párrafo enviando una impresión equivocada, matizaré que, como conjunto, la cabecera de Pedro J. Ramírez recurre en mi opinión demasiado a menudo a las trampas periodísticas. Cualquier colega de profesión sabrá a qué me refiero.

El santo que parecía intocable en el altar neoclásico de cualquier iglesia de la Gran Manzana era el NYT, un periódico con siglo y medio de historia, planteamientos liberales (en el mejor sentido del término) y un ojo clínico en general certero, envuelto todo además en el halo de seriedad del periodismo anglosajón. Era un mito que hoy arde en la pira de la superficialidad. Tres reportajes sobre España y su crisis multiplataforma han bastado para convencerme. El primero retrataba el todo a partir de la parte: quienes buscan comida en la basura se han convertido en una imagen de marca y en un ejército creciente que ya no distingue entre obreros, bohemios y ex acomodados. Era el posicionamiento del reportaje firmado por Suzanne Daley, acompañado por una ristra de fotografías de indudable calidad artística pero discutible imparcialidad: quien no conozca España y las vea, podría concluir fácilmente que esto es el Brasil minero de Sebastiao Salgado o cualquier pueblo de Vietnam después de unas toneladas de napalm. La segunda jugada fue menos elegante (se publicó tras una visita del damnificado a la cúpula del NYT) pero más rigurosa: Doreen Carvajal y Raphael Minder explicaban pulcramente los problemas del Rey Juan Carlos para lavar su imagen en un momento en que los españoles están para pocas bromas y menos cacerías. La pega, nada irrelevante, es que la información tasa en 2.300 millones de dólares la fortuna amasada por el monarca sin especificar fuentes y añadiendo acto seguido que la cifra no es exacta porque incluye propiedades del Estado cedidas a la Casa Real para su uso y disfrute. Pocos días después, era un editorial el que atizaba a Rajoy y Merkel por su obsesión con la disciplina fiscal y la alarmante falta de imaginación de la clase política europea para estimular la economía sin renunciar a la exterminación del despilfarro. La mano inspiradora de Krugman se notaba entre bambalinas. No encuentro objeciones en este caso.

La tercera mancha, la más reciente, es en realidad un posicionamiento claro a favor de las voces que reclaman la independencia de Cataluña (entrevista a Artur Mas, testimonios sobre el hartazgo catalán por el “expolio español”), sin que sorprendentemente nadie en el NYT se haya molestado en ofrecer visiones o versiones contrapuestas, un principio básico del periodismo.

Lo cierto es que las grandes marcas de este oficio no son ya los medios en sí mismos sino las firmas que los habitan o aquellas otras que brillan en el desierto de conglomerados mucho menos poderosos. La escuela anglosajona exhibe innumerables virtudes: la premisa del “un párrafo, una idea”, la sobriedad estilística, el carácter incisivo o la vocación de universalidad. Se me ocurren varios ejemplos de excelencia periodística: William Shirer, John Lee Anderson, Gay Talese, Robert Kaplan… Pero conviene descolgar de toda noticia procedente de esa factoría la presunción de infalibilidad.

España pasa por un muy mal momento, sí; sus fronteras pueden revisarse a medio plazo, también; la Monarquía es una institución cuestionada, de acuerdo; nuestros dirigentes carecen de la audacia necesaria para enmendar las cosas y ofrecer al país una autopista de esperanza, absolutamente. Lo que no cuela es comprar sin condiciones los retratos manufacturados desde el prejuicio, la falta de hondura y un aroma amarillento que la industria reservaba hasta ahora a los clásicos de la telepredicación.