Archivos para el tag ‘austeridad’

La crisis dentro de la crisis

Fede Durán | 17 de mayo de 2013 a las 8:00

En España siempre ha parecido que lo público no es de todos sino de nadie. Tal convicción era infinitamente más potente en los tiempos de auge y abundancia, y aunque todavía quede el sedimento de conductas que van de la tibia dejadez al vandalismo –lo primero más al norte y lo segundo más al sur–, la escasez potencia el apego del ciudadano al control de los fondos que manejan las administraciones, los partidos y los sindicatos. Pese a que la opacidad sigue siendo una verruga enorme, ninguna fuerza gremial resiste a la larga la erosión del pueblo cuando el pueblo toma una decisión. Y hoy exige una transparencia que no se limite al simbolismo de un par de declaraciones de la renta o a la publicación en internet de las retribuciones de diputados, senadores, ministros, consejeros, presidentes y quizás bedeles. La sociedad española, espoleada por la indignación de sus propias penurias, quiere contención en el gasto, pero con una partitura diferente a la que interpretan los gobiernos de Rajoy, Griñán, Mas y el últimamente célebre Monago.

Porque el problema nace de la austeridad impuesta por Berlín-Bruselas, una misión donde hay meta sin que exista camino. Mientras cumplas, haz lo que quieras. Y los dirigentes españoles han preferido subir brutalmente los impuestos, abaratar el despido, endurecer las pensiones y destripar los cimientos del bienestar –sanidad y educación– en lugar de meterle mano al impresionante chiringuito policéfalo que gestionan y del que se alimentan. Se trata pues de un asunto de prioridades: los poderes políticos prefieren embridar el déficit aumentando los ingresos tributarios (apuesta arriesgada cuando hay 6,2 millones de parados y 16,6 millones de ocupados), recortando cosméticamente y confiando en que la teoría de los ciclos económicos salve los muebles tarde o temprano.

El país tenía la oportunidad de reinventarse y no la está aprovechando. Una bajada de impuestos y una revalorización asumible de las pensiones sostendrían el consumo y las labores asistenciales y solidarias de quienes reciben un flujo mensual de dinero. Redimensionar el aparato administrativo trasladaría a la población un mensaje de compromiso y seriedad. Dotar a las cámaras de cuentas de poderes ejecutivos permitiría elevar a la categoría de ley sagrada el rigor en la manipulación de los fondos públicos. Convertir el principio de confianza que rige la designación de altos cargos en un principio de eficacia y mérito profesionalizaría la maquinaria del Estado, las CCAA y los ayuntamientos y exterminaría la política como sinónimo de escuela de jerarquías, intrigas, malversaciones y demagogias.

España afronta una crisis singular dentro de la crisis del sistema. Dobla la rodilla ante el yugo del capitalismo sin bozal, como todo el planeta, pero también ante el monstruo creado en 1978: el Estado autonómico es un ejemplo perfecto de libertad mal entendida. Porque las CCAA han jugado a ser pequeños países miméticos con los mismos excesos que la madre que los parió.

Vuelva usted mañana

Fede Durán | 24 de abril de 2013 a las 14:04

La secuencia es más o menos como sigue: cada año, el Gobierno lanza su pronóstico macroeconómico, los organismos internacionales del ramo lo modifican a la baja y un portavoz de Rajoy, normalmente De Guindos, admite con varios meses de retraso que sí, que los demás tienen razón, que España seguirá en el hoyo. Cada año, la zanahoria de la recuperación se sitúa en el siguiente ejercicio, como si un obstinado voluntarismo pudiera doblegar la mente del especulador. Es una zanahoria móvil, pícara, capaz de mantener siempre la misma distancia con el esperanzado, el desesperado y el derrotado. La superación de la crisis es el vuelva usted mañana de la economía.

Cada año, puntualmente desde 2008, la neurosis del guarismo se repite. La prima de riesgo vive en los salones de provincias, en los palacios presidenciales y en los periódicos serios, que cada día se parecen más a los deportivos. Ayer, el diferencial con el bund toqueteaba los 300 puntos básicos, el Tesoro colocaba letras a tres meses a un fantástico 0,15% y el Íbex 35 repuntaba hasta los 8.289 puntos. Serían buenos números si no fuesen tan malos. Pagar tres puntos porcentuales más por el bono a diez años supone, traducido al lenguaje del inversor, que Alemania todavía se financia mucho más barato porque no corre peligro, cuando su suerte está ligada a las de España e Italia. Esto sólo lo vemos nosotros, así que toca rascarse el bolsillo. Con la Bolsa sucede lo mismo: en Madrid operan valores muy sólidos cuyos resultados dependen cada vez menos del mercado nacional, pero sus acciones están regaladas. 8.200 puntos parecen el súmmum, pero a finales de 2010 un analista de pedigrí vaticinaba en la tele que el Íbex superaría los 11.000 en 2011. El Banco de España se apunta también a este falso optimismo al anunciar que casi se nos acabó la recesión. En realidad, el PIB se contrajo nuevamente en el primer trimestre (-0,5%), pero la balanza pronto se equilibrará, según el supervisor, por la pujanza de las exportaciones (salvo que Alemania flaquee) y una caída del consumo menos triste de lo habitual.

Esta batalla se juega en realidad en el terreno de las ideas. Merkel ensancha su soledad en la defensa de la austeridad a ultranza y hasta Bruselas le da la razón a sus opuestos cuando concede a Rajoy dos años más para cumplir el objetivo del 3% de déficit. El FMI, EEUU y su Reserva Federal, los Brics y hasta el Parlamento Europeo se inclinan por recetas mixtas donde las políticas expansivas (las del efecto multiplicador) convivan con la racionalidad del gasto público, una premisa que nadie en su sano juicio niega a estas alturas.

Lo del Parlamento Europeo llama la atención: con una mayoría claramente conservadora y muchas otras sensibilidades presentes en el hemiciclo, su voz es única en este debate. Pese a las presiones del Consejo, pese al inmenso poder de intimidación de Alemania, los eurodiputados, menos sometidos a las servidumbres políticas que sus ministros compatriotas, han acabado entrando en razón. A este paso el euro sobrevive a la Merkel.

Miedo al recorte inteligente

Fede Durán | 22 de junio de 2012 a las 11:26

AUSTERIDAD versus estímulos. Plantearlo como dilema ya es un error. Ambos conceptos son compatibles por más que muchos gobiernos, con Alemania a la cabeza y España de perrito faldero, no lo vean. El gasto público ha de ser inteligente. ¿Cuánto ahorraría el país si recortase de donde debe y no de donde es más cómodo? Porque eliminar administraciones implica profundos conflictos de intereses vinculados a la gestión del poder. Y no se trata sólo de las diputaciones, el miembro más amputable sin temor a un levantamiento periférico, sino de las comunidades autónomas entendidas como miniestados plenipotenciarios y derrochadores. Montoro amenazaba con intervenciones, pero, ¿cuáles serían las víctimas ahora que se anuncian 100.000 millones a la banca condicionados al reforzamiento de los compromisos contra el déficit? Valencia (PP, fuego amigo) o Andalucía (PSOE+IU o, según la mitología de la derecha, impericia y ruina económica) han aparecido en los titulares, pero nunca Cataluña, con similares problemas aunque blindada por el nacionalismo.

España tiene la oportunidad y casi la obligación de reinventarse. Quizás sea el momento de redefinir fronteras y despedir con cariño a quien quiera marcharse. Los que permanezcan han de comprender que nos han pillado. Aquí no hubo milagro sino milagrillo, y éste lo empañaron las trampas de la burbuja inmobiliaria, del crédito hiperfácil, de la prevalencia de lo simple sobre lo audaz.

Aunque por el número de asesores que lo acompañan y aleccionan parezca increíble, no queda claro que Rajoy aprenda algo. Si lo hiciese, advertiría diversas líneas de mejora: rectificaría la subida del IRPF (o la mantendría sólo para las capas más potentes) porque castigar a la clase media y baja penaliza el consumo, y sin consumo no hay círculo virtuoso. Dejaría el IVA como está precisamente por la misma razón. Atacaría el entramado burocrático que entorpece los nuevos negocios e ideas. Premiaría más decididamente el emprendimiento con incentivos fiscales visibles y permanentes. Lanzaría un plan de infraestructuras público-privado que reactivase parcialmente el empleo y rellenase los agujeros que el país aún tiene en distintos sectores y regiones (la red de Cercanías es un buen ejemplo en Andalucía). Replantearía su posición sobre las primas a las renovables para compatibilizar el rigor en las concesiones con una expansión que es estratégica y vital. Reformularía vía pacto de Estado la educación a fin de contar con un sistema de excelencia donde pasen los mejores y no haya amnistías con los mediocres. Respetaría la sanidad, una de las escasas marcas del prestigio español en el exterior. Y convertiría en vaca sagrada la I+D, convenciendo a las empresas de que también ellas suban el listón inversor. Esta pequeña lista de estímulos es compatible con los recortes inteligentes, esos que tanto miedo dan.

El cerebro y la tijera

Fede Durán | 9 de marzo de 2012 a las 10:32

LA virtud de la austeridad suena más que el pecado del desempleo sencillamente porque, para el político, lograr aquella meta es mucho más fácil que combatir esta lacra. Las administraciones públicas han crecido a rebufo de una cultura de la abundancia sustentada no en el fondo de un progreso con cimientos sino en los gases de una burbuja. Incluso sin grandes dotes estratégicas, un dirigente equis sería capaz de adaptarse al guión de los tiempos que marca Alemania destruyendo triplicidades, prescindiendo de buena parte del personal laboral al servicio del aparato, exterminando organismos autónomos y fundaciones, o mermando la flota de vehículos oficiales, asesores, guardaespaldas y hagiógrafos/pelotas tipo Goebbels.

Lo del paro es distinto. Científicamente probada la desconexión entre reformas y empleo, desmitificada la teoría de la varita mágica, sólo queda la percha del discurso sesudo, el estudio minucioso, la audacia y las buenas ideas. Un panorama imponente para el político español medio. Y, sin embargo, una oportunidad perdida por falta de talento o ganas.

El próximo 25 de marzo se celebran las elecciones andaluzas. La suspensión de las primas a las renovables debería estar en el ojo del debate porque éste es un sector donde la comunidad, por una vez, se había posicionado bien. Turismo y agricultura, los puntales clásicos, también tendrían que constar más a menudo: está el modelo aparentemente agotado de sol más playa, está el problema de la competencia marroquí, está la inteligente alternativa del producto ecológico, donde la región es una potencia. Tampoco se toca lo suficiente el rescate de la construcción, o al menos la reinterpretación de un área económica que, con un enfoque más hábil -rehabilitaciones, eficiencia energética- podría fabricar puestos de trabajo.

En un inocuo ángulo marginal de la discusión se mantiene (se respeta) a la banca, actriz esencial para la recuperación. Francisco Verdú, consejero delegado de Bankia, recordaba esta semana cómo las agencias de calificación amenazaban con rebajas de rating a las entidades que, en pleno ciclo expansivo, no aumentaban sus préstamos bastante por encima del 20% anual. Así llegó la fiesta del crédito dudoso. Y así se fraguó la excesiva cautela actual, un no me fío obsesivo que bloquea los proyectos de la clase media-baja emprendedora. La Junta, por citar el ejemplo más próximo, será en sí misma una cáscara de nuez en el océano. Con subvenciones y ayudas iniciáticas a la baja (la crisis manda) no se sostiene ni se reconstruye el tejido empresarial necesario para generar riqueza y crear empleo. No por conocida dejó de ser curiosa la segunda afirmación de Verdú: “Nosotros vivimos de prestar”. Entonces, si ya no prestan, ¿de qué viven ahora? Y, ya de paso, ¿qué papel ha jugado y juega en toda esta parálisis el Estado?

Sí pero no

Fede Durán | 27 de enero de 2012 a las 10:32

EL Gobierno tiene tres voces económicas. La de Cristóbal Montoro, ministro de Hacienda y poli bueno; la de Luis de Guindos, ministro de Economía y poli malo; y la del propio presidente, Mariano Rajoy, lo más parecido a Dios que ha parido la política española en los últimos tiempos por cuanto sonríe desde las alturas sin decir prácticamente nada o, quizás por eso mismo, prácticamente todo. Esta hidra mermada (la original tiene siete cabezas) se reparte la difusión de un discurso que, globalmente considerado, encierra contradicciones. Montoro, por ejemplo, ha prometido bajar los impuestos justo después de haberlos subido. También ha aclarado, como De Guindos y Rajoy antes, que los objetivos de déficit son sagrados aunque su mirada parezca suplicar lo contrario. Y anuncia, por último, que el Ejecutivo español no se mojará nunca más con previsiones macro sino que asumirá como propias las del FMI y Bruselas. Según el Fondo, España cerrará 2012 con un déficit público del 6,8%. Si el objetivo oficial e inamovible está en el 4,4% pero el Gobierno sacraliza a la vez los vaticinios del FMI, la broma es tan obvia que ofende.

Vamos con De Guindos en tres tiempos. Uno: “Sólo la austeridad no es la receta que nos va a llevar a la salida de la crisis. Se necesitan reformas”. Dos: “El gasto público ya no funciona como estímulo”. Y tres: “Gastar más de la cuenta afecta a la generación de confianza, sobre todo cuando un país tiene problemas de financiación”. El ministro sugiere primero combinar los recortes y los incentivos, da marcha atrás después y culmina con la muy discutible conclusión de que estimular consiste obligatoriamente en “gastar más de la cuenta”, como si fuese imposible racionalizar el esfuerzo para mantenerlo allí donde produce economía y riqueza o suprimirlo cuando sostiene estructuras idiotas de gasto corriente (con independencia de que estimular signifique no sólo invertir -gastar- sino también dejar de ingresar por la vía tributaria).

En un discreto segundo plano y varios metros por encima de sus ministeriales cabezas se alza Rajoy el Prudente, un hombre parco en palabras y apariciones cuya cima (o mejor cita) con Merkel queda a años luz de esas explosiones de color diplomático tan propias del dúo que la alemana forma con Sarkozy. El presidente, cuya comparecencia apenas dio para un par de párrafos, explicó ayer que “las reformas estructurales no producen efectos en tres meses”. Zapatero, curiosamente, decía lo mismo cuando gobernaba. El tránsito de la oposición a La Moncloa produce a menudo extrañas coincidencias.

Sólo un traductor político-económico permite salvar estos oscuros laberintos y sacar alguna idea en claro: el Gobierno creía tener un plan, pero un mes después del debut confía su suerte a los demás. A lo que prevean Bruselas y el FMI. A lo que sugiera la Merkel. A lo que exijan los mercados. Eso sí, confundir, este equipo confunde de maravilla. Rajoy ha creado escuela.

España la triste

Fede Durán | 26 de enero de 2012 a las 14:27

Conclusiones por contraste: Malasia, mi último viaje, versus España. O sudeste asiático contra vieja Europa. La principal diferencia es espiritual, aunque tras todo espíritu más o menos mediocre subyacen razones económicas. España es hoy un país gris, paulatinamente entristecido por una crisis que se siente más potente que las otras crisis vecinas si se atiende al indicador más repetido (el paro) o a la vigilancia envidiosa de gotas (malayas) menos agresivas (Francia, Bélgica, Reino Unido, ¿Alemania?).

La eficacia del rodillo es incuestionable y se basa en la acumulación de datos extremadamente luctuosos cuyo impacto redobla un hecho insólito en la nación: la economía interesa hoy casi tanto como el fútbol; los conceptos más básicos se han universalizado. Déficit y deuda públicos, prima de riesgo, Íbex, inflación, efectos de comercio impagados, PIB, concurso de acreedores o morosidad son palabras más accesibles que nunca, más cercanas, mucho más amenazantes. Nos las han inyectado en sangre, comparten con nosotros el plato y la almohada, la película del fin de semana y las cervezas de las camarillas y los corros criptoalcohólicos de cualquier ciudad.

El pesimismo es una mala droga porque se impregna con la misma terquedad que el alquitrán. Al joven (50% de paro) le invitará a marcharse. Al ingeniero (5.000 quieren fichar en Alemania) a reorientarse. Al emprendedor le hará refrenarse. Y al empresario consolidado acobardarse. Al estudiante le sugerirá eternizarse (mejor repetir que internarse en la selva equipado con una cuchilla de afeitar a guisa de machete). Y al muchachito engañarse (querrá ser futbolista o euromillonario porque no verá otra forma de construir esa vida ideal tan propia de quien no sabe lo que viene después).

Malasia vs España, decía. Un príncipe luminoso y atiborrado (nuevos rascacielos, coches recién estrenados, infraestructuras más que decentes) frente a un reyezuelo (el mismo que iba a ser mejor que Francia y hasta que Alemania en un plis plas) que de repente nota que sus propias ropas cantan a podrido.

El otro día me comentaba un amigo que parte de la culpa es nuestra, de los periodistas. “Sólo publicáis malas noticias”, lamentó. No estoy demasiado de acuerdo. Por una parte están los datos, que son como son y, sin más, quedan reflejados en los medios de comunicación. Si el PIB se contrae en el último trimestre de 2011, se contrae y punto. No es interpretable. Si la EPA dice que en España hay 5,4 millones de parados (por ahí andará la cifra mañana), sólo queda tragarse el sapo y esperar que el próximo sepa mejor. Cierto que quizás hemos dado voz (y los políticos y agentes económicos excesiva relevancia) a sospechosos habituales como las agencias de calificación. Luego están las líneas editoriales, y es cierto que unos tenderán (en función de la brisa política) a subrayar lo malo mientras otros procuran rescatar milagros como la audacia empresarial, las historias de éxito, los brotes verdes y los nichos con mayor porvenir. Pero creo que el periodismo, en este ámbito, cumple más o menos bien con su a menudo olvidada vocación objetiva.

España necesita toneladas de prozac. Porque convencer al Gobierno de que la austeridad ultraortodoxa que se le impone como dogma es un enorme error parece imposible. Toneladas de prozac para pasar el rato. Y para después: el riesgo es que cuando la crisis haya pasado, ya sólo queden pellejos y hueso, y a ver quién se levanta y se casca un maratón en esas condiciones.