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La España inminente

Fede Durán | 25 de noviembre de 2014 a las 19:06

ACTO DE CLAUSURA DE LA ASAMBLEA CIUDADANA "SÍ SE PUEDE"

Siempre que concedamos a las encuestas el poder predictivo que a veces las urnas les niegan, España está al borde de su mayor convulsión política desde 1978. No se trata de un seísmo, ni mucho menos de una revolución robespierrana. El peso de Podemos quedará, en el escenario más exquisito para ellos, lejos de la mayoría absoluta, salvo que la teoría de las bolsas de voto fijas reviente y las transversales y permanentes campañas del miedo y el desprestigio ejerzan el efecto contrario al deseado por la oligarquía que las auspicia.

Lo más pasmoso es que ninguno de los miembros de las élites sea capaz de leer lo que el país exige a gritos. Incluso si las luces cerebrales se les iluminan, incluso si la exégesis clarividente acaba imponiéndose, la inercia de lustros de corrupción seguirá devastando cualquier amago cosmético. A cada juramento de redención acompañará en las portadas otra trama ladrona. No es necesario facturar millones en asesoramiento para comprender que la parálisis de Rajoy o el goteo de ocurrencias de Sánchez son fruto de sus respectivas deficiencias intelectuales y de la incompetencia de quienes componen los esqueletos de sus partidos. Ambos siguen profesando la fe bipartidista con el mismo fervor con que Torquemada alimentaba sus hogueras. La mejor prueba es que el socialismo apela al diálogo sólo con el PP para reformar la Constitución, cuando ni unos ni otros reflejan el sentir emergente de la masa española, que reclama simple y llanamente un horizonte limpio de nubes.

Demografía menguante, desfalcos, escepticismo, indignación, emigración forzosa, precariedad laboral, insuficiencia neuronal de la política actual, austeridad, pérdida de soberanía, debate territorial y necesidad de una estación llamada esperanza juegan a favor de Podemos, un partido surgido de todo lo anterior cuyo núcleo duro procede casi exclusivamente de la universidad y donde el principal y muy efectivo machete es la retórica. Pero Podemos, incluso pese a ese monopolístico cogollo ejecutivo, trasciende a sus promotores. Es el voto protesta, la devolución parcial de las riendas al ciudadano, la playa bajo los adoquines del 68 y, más relevante de lo que parece, una sintonía o empatía descarada entre quienes han tenido la visión para hilar un discurso rompedor y todos esos españoles ultraformados, frustrados y atrapados en la cárcel de un sistema que reparte pésimamente la riqueza. Ese grupo no es el pueblo. Es el equivalente a Podemos en la vida civil.

Hasta ahora, el viento ha soplado a favor de un bergantín en vías de convertirse en portaaviones. Pablo Iglesias es un caníbal del debate a cara de perro, y a esa circunstancia ha contribuido también la sorprendentemente escasa preparación de muchos periodistas del mainstream. Transmutado el espíritu primaveral en promesa cuasitangible, con la incógnita de las municipales y la certeza de las generales, Podemos jugará desde ya en una liga más dura, la del acoso mediático, la persecución del desliz (caso Errejón) y la entrevista uno contra uno, áspera y reveladora cuando el entrevistador sí está pertrechado y hace bien su trabajo, que es incidir en las zonas oscuras y exigir explicaciones razonables (Ana Pastor en La Sexta, Miguel Ángel Belloso y Miguel Ors en Actualidad Económica).

El equipo B de Iglesias, es decir, el consejo ciudadano (82 miembros incluyendo a los aún inexistentes secretarios generales autonómicos) trabaja actualmente en el tránsito del programa europeo al nacional, triplemente exigente por la limitación presupuestaria, las dictaduras del déficit y el ojo escrutador de los posibilistas. Alberto Montero, de facto economista en jefe del partido, advertía semanas atrás que las cuentas han de rehacerse porque Bruselas permite los brindis al sol que la menos pudiente España deniega. Descender de los cielos no es tan negativo: más vale un compromiso humilde que una grandiosa mentira.

En teoría, no habrá elecciones generales hasta finales de 2015. PP y PSOE tienen dos vías hacia la salvación, y son combinables. La primera es demasiado utópica: purga radical teledirigida por quienes forman parte del problema. La segunda es demasiado azarosa: confiar en que la corrosión inherente al paso del tiempo, unida a los engranajes indagadores/difamadores, unida a la opción probable de los errores de Podemos (inexperiencia, egolatrías) conforme una pelota de acero que castigue la cosecha de escaños final.

Nadie sabe qué ocurrirá en España en los próximos cuatro-ocho años. Nuestro código genético es fatalista y nuestra cultura del progreso blanda en lo sustantivo. La sociedad ha sido parte de la enfermedad porque ha consolidado las opciones que actualmente tanto decepcionan. En tiempos de bonanza es más fácil perdonar tales pecados; cuando el pastel se acaba afloran los rencores y con ellos un virtuosismo que tal vez sólo sea el reflejo de demasiadas carencias materiales. Es increíble que ni siquiera Podemos, lo más similar a la pureza en este juego de máscaras, descargue ganchos y directos sobre la gran lacra hispana de la podredumbre moral, asociada a la ausencia de valores, de civismo, de letras y de debate y pensamiento crítico. Un país sin humanidades es una cadena de montaje. Los brazos mecanizados de arriba roban sin el peso de la conciencia porque son máquinas. La ovejas eléctricas de Philip K. Dick (o de abajo) balan por las facilidades perdidas, no por la virtud que nunca han exigido ni ejercido. Podemos tiene la oportunidad de aparcar sus últimamente demasiado clericales eslóganes (Su Odio es Nuestra Sonrisa, Mensajeros de la Voluntad del Cambio) para afrontar el reto de mejorar aquello que jamás aparece en los programas electorales, utilizando paralelamente su formidable potencia de fuego para dirigir al resto hacia esa misma meta.

El laberinto

Fede Durán | 21 de mayo de 2013 a las 11:15

España vive atrapada entre la resistencia de Rajoy y la debilidad de Rubalcaba. Aunque el bipartidismo pasará una temporada en la reserva según las últimas encuestas, los emergentes -IU y UPyD- no aportan nada que no exista ya. Cayo Lara mama del vetusto y trasnochado PCE, y Rosa Díez no es precisamente una outsider. Una vez más, nuestra invertebrada sociedad civil se muestra incapaz de articular un movimiento transversal que absorba el descontento popular y ofrezca al votante una alternativa despojada de los vicios de la militancia y, sobre todo, de la errónea creencia de que las ideologías democráticas del siglo XX son el único jarabe contra los problemas del siglo XXI.

De no cambiar las inercias políticas, en el mejor de los casos, el Congreso se atomizará y la cultura del consenso será parcialmente rescatada, porque el consenso en España no es sinónimo de unidad de convicción o conveniencia sino de mayoría parlamentaria interpartidista. Con el brío del bisoño Madina o del curtido López, los socialistas salvarían los muebles y pactarían con IU y, quién sabe, UPyD. Crucificado por la gestión de la crisis y la subida de impuestos más fiera de la historia, el PP tal vez conserve suficiente aliento como para volver al regazo nacionalista -si el regazo nacionalista no se independiza antes-.

Pero, ahondando en la filosofía yiddish, que es la filosofía del pesimismo congénito, aún existe un escenario peor. Porque es factible que el 15-M y sus satélites de indignación sí se transmuten en una lista electoral. Y entonces comprobaríamos cómo el español es un tipo de natural inmovilista, poco dado a experimentar con camisetas de otros equipos. Italia desmontó su mala fama con la eclosión del M5S, aunque después lo estropeara al malgastar tantísimos votos en pro de la antipolítica, curioso camino hacia ninguna parte si se atiende a la indiscutible verdad de que sólo ateniéndose a las reglas del juego se transforma el juego mismo.

Creer que el pueblo tiene el poder para mejorar un país es utópico. Al menos aquí. El hispano, por continuar con la autopsia sociológica, siempre ha preferido la voz autoritaria al peso de la libertad. Contar con un líder, sea héroe, villano o santo, exime de la responsabilidad del pensamiento propio y enriquece la cultura del quejido por el error ajeno, que es lo que mejor se nos ha dado desde que somos nación. España desperdicia su enésima bala y lo hace con culpabilidades concurrentes: culpables son los políticos y sus asentamientos; los malos empresarios del pelotazo y la estafa; esa Iglesia católica que languidece en Europa a golpe de escándalos y mensajes oxidados; los ciudadanos y su arcoiris de defectos: envidia, abulia, miopía, conservadurismo e individualismo, por citar algunos de los colores habituales.

Otra España es posible, claro. Sólo habría que recuperar la frase que Machado dedicaba a los sevillanos y adaptarla a todos los españoles. E incluso así, dos o tres siglos después, lavada la sangre y fagocitados los apellidos originales, todo volvería a ser igual. Pura magia. De la negra.