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Burlando al carcelero

Fede Durán | 2 de agosto de 2013 a las 11:53

EL Banco Malo (Sareb) ha filtrado a Bloomberg que quizás demuela algunas de las promociones inmobiliarias heredadas de los bancos ex buenos. Filtrar a un medio extranjero es muy de ahora: recubre las grietas de la actualidad nacional de cierto barniz prestigioso o, mejor, vocacionalmente serio. 160 de los 650 proyectos incluidos en la dote del funesto matrimonio forzoso están ahora en el limbo, aguardando al bulldozer o al albañil en una dicotomía que bien podría expresar la encrucijada moral del país español.

El bulldozer, en contra de su prístina actividad, representa la filtración de las aguas contaminadas, el propósito de enmienda, la admisión de un error que fue marca nacional y engendró capas de corrupción más voluminosas y potentes que aquellas sobre las que se asentaron, como verrugas colonizadoras en un pellejo quebrado. El albañil es justo lo contrario: la persistencia de un modelo agotado que destruye el paisaje y crea casas, urbanizaciones y ciudades fantasma a pie de autovía o páramo, núcleos desmadejados donde ya nadie quiere vivir (y no necesariamente porque no lo pueda pagar).

Si el duque de Lerma era el valido de Felipe III, el Banco Malo ejerce el mismo rol sustitutivo a instancias de Merkel (iba a escribir De Guindos), acarreando en consecuencia los mismos defectos de sumisión (o no: al final el buen duque manejaba a su antojo). El bulldozer podría ser una epifanía del mañana, pero probablemente sólo sea una cirugía contable del hoy. Si España reduce a escombros sus castillos de cartón piedra no será por convicción sino por conveniencias dinerarias. Debajo de los adoquines no está la playa.

No, el BM no es un superhéroe financiero. Su misión consiste en minimizar daños sin mosquear a los mercados: se traga la basura tóxica de la banca enferma, reúne los activos inmobiliarios adjudicados por impagos (vivienda nueva, promociones en curso y suelo), los préstamos morosos con o sin garantía real y los créditos sobre vivienda terminada, en curso o suelo. Al final de la cena quedan 89.000 viviendas y 13 millones de metros cuadrados que deben venderse con descuentos enormes sobre el valor original. Era una de las condiciones de Bruselas para conceder a España el rescate bancario.

Pero la Sareb podría respetar el trazo grueso del mandamiento suscrito con sus carceleros sin renunciar a la tentación de un espíritu duquedelermista. Podría revisar el mapa urbanístico, reduciendo sus contornos, repintando esa línea blanca que envolvía a los cadáveres de las películas cincuenteras para que el país apeste menos a podrido, para que los dedos color ladrillo toqueteen lo justo y necesario. Podría ganar euros reformulando usos, reverdeciendo espacios, renegociando vocaciones. ¿Se imaginan a un Pocero de los bosques; a un Sandokán o un Portillo del turismo rural y de aventura? Más disparatado parecía trasladar la Corte de Madrid a Valladolid (1601-1606). Ese paréntesis de un lustro funcionaría como una buena dosis de optimismo anfetamínico. Justo lo que España necesita.

El dragón chino huele a muerto

Fede Durán | 15 de marzo de 2013 a las 11:49

EL distrito Este de Zhengzhou presenta bajo el prisma de la CBS un aspecto fantasmagórico: es una ciudad tan gigantesca como vacía. Todo nuevo, todo perfectamente delineado, todo rigurosamente inerte. En 30 años, China logró convertirse en la segunda potencia económica del planeta sólo por detrás de EEUU. Parte del milagro, igual que en España, se alimentó de la construcción, que en su fase álgida llegó a suponer hasta el 30% del PIB. La emergente clase media del país siempre fue ahorradora. En 2006 asistí en el Ensanche barcelonés a una compra inolvidable: una familia pagaba a tocateja por un buen piso de 140 metros cuadrados. Sin bancos, sin intermediarios.

Quince años atrás, Pekín dio aire a esas rentazas eliminando algunas de las limitaciones a la inversión que hasta entonces constreñían a los menos menesterosos. Enhorabuena, anunció el otrora régimen rojo, puede usted convertirse en propietario. Aupados por el primordial mecanismo de la burbuja -la expectativa de un crecimiento ilimitado de los precios-, todos compraron, a veces hasta diez apartamentos de una tacada. China se envalentonó: era capaz de levantar desde el cero del polvo y los arrozales entre 12 y 24 ciudades nuevas cada año. Por ejemplo, la célebre Thames Town, réplica de cualquier pueblecito inglés cuyo único uso hoy es el de servir de marco a los retratos de los recién casados.

Wang Shi es el constructor más poderoso del papá dragón. La empresa que dirige vale, siempre según la geometría variable de los mercados, alrededor de 53.000 millones de dólares. En una entrevista para la cadena estadounidense pronuncia frases sorprendentes en alguien que forma parte del sistema: burbuja, protestas, drama, Primavera Árabe en ciernes. Y el broche de una descripción muy sencilla de nuevo exportable a España: “only quantity, not quality“.

China arrasó el campo para convertirlo en asfalto. Fabricó rápido, demasiado rápido, e implicó a la población. Después quiso recular: en 2011, el Gobierno decretó que nadie podría comprar más de un piso en las grandes ciudades. Los precios cayeron entonces en picado. Y las constructoras frenaron en seco. Sin la rampa de los precios crecientes, el invento se venía abajo.

Así se creó el fantasma, el esqueleto, el sarcófago sin tesoro. Las cámaras meten el hocico en un centro comercial de cualquiera de estos cementerios. Hay carteles de Nike, Starbucks, H&M y, por supuesto, Zara. Eran simples reclamos para inversores. Eran falsos.

Si las cosas empeoran y la burbuja estalla de verdad, 50 millones de trabajadores perderán sus empleos, el patrimonio de hasta tres generaciones se evaporará, nacerá una bestial crisis de deuda y se multiplicará el descontento. Quizás es la medicina que requiere esta dictadura para abandonar su molde de doble moral: comunismo para el pueblo, capitalismo para las élites. Dos dólares al día para la clase baja; limusinas, jets, compañías, palacios y oro para la alta. Y en medio, como la mortadela del sandwich, la misma desdichada clase media, la misma panda de engañados que en Sudeuropa vive cada día peor.

El miedo

Fede Durán | 1 de junio de 2012 a las 17:57

El Gobierno lo está haciendo fatal. Quizás nunca antes quedase tan claro como ahora que los dirigentes de nuestro país no están preparados por sí solos para manejarse en tiempos tan fieros. César es la única excepción de la historia: además del mejor militar de la época y tal vez de todos los tiempos, era un gran arquitecto y un enorme ingeniero naval y militar. Pero nosotros tenemos a Rajoy, un ser de natural indeciso y melindroso, y con él a De Guindos, Montoro y Báñez. Ninguno queda bien retratado tras cinco meses de mandato, y en todos es común la misma cara de despiste. No se trata obviamente de un problema de siglas; es un asunto de endémica incompetencia. Clinton, por ejemplo, contaba en su equipo económico con un grupo ideológicamente heterogéneo de asesores, desde Sheila Bair a Joseph Stiglitz pasando por Robert Rubin o Larry Summers. Formaban el Council of Economic Advisors (Consejo de Asesores Económicos), y trataban de rellenar el discurso político de las necesarias tripas técnicas en que cualquier estrategia económica debe sustentarse. Sus decisiones nos gustarán más o menos, pero había ideas de fondo (acabaron imponiéndose las peores, por cierto, y Obama no ha hecho mucho por enmendarlo al contar básicamente con el sanedrín heredado de Bush jr).

Un equipo de expertos tampoco hará milagros, pero dotará de coherencia a la estrategia, cualquiera que sea. Los enunciados pendulares inquietan a los mercados y mosquean al contribuyente, pero sobre todo retrasan las decisiones más cruciales y bizarras. Rajoy necesita ponerse en manos de un especialista. Es muy factible que su receta le guste, o al menos le guste más que a nosotros: pasará por inyectar cantidades industriales de dinero a la banca (mucho más industriales que hasta ahora, se entiende), aunque a la vez podría dar con las teclas que el Ejecutivo no ve: vale, han pasado 35 años, pero nunca es tarde para tallar el bastidor de un modelo basado en utilizar la pasta para generar más pasta, pasta pata negra, se entiende. A diferencia de la pasta color arcilla, cimentada en una burbuja (burbuja: la expectativa de que los precios suban indefinidamente), la pasta pata negra la constituyen la industria (cada vez menos: las deslocalizaciones llevan a potencias como EEUU a virar hacia la mina del sector servicios), las energías renovables, la innovación y el valor añadido en general.

La gran pega es que la solución ideal queda increíblemente lejos porque implica que nuestros dirigentes dejen de pensar como suelen hacerlo. Casi todos los columnistas coinciden estos días en esta premisa que disocia la técnica de la mercadotecnia. Pedirle a un político que otros decidan por él en aquello que sus conocimientos no abarcan, incluso si su firma redentora aparece estampada en los documentos oficiales, es como querer convencer a un vidente de que no mienta. Un político es una persona habituada a la gestión del chiringuito, incluso cuando pretende noblemente el bien común. El chiringuito es la espina dorsal del poder, que incluye asimismo órganos accesorios como la clarividencia, el talento o las ganas de trincar.

Creo que la reacción llegará cuando de verdad haya miedo. No entre la muchedumbre, que ya lo siente en vena propia o en la adyacencia de los amigos y familiares. No, el miedo tiene que amenazar los pilares de mármol del chiringo. Será entonces cuando se imponga el sentido de Estado, esa cosa que se perdió con la Transición y jamás se ha vuelto a recuperar.

Los pisos superfluos

Fede Durán | 14 de diciembre de 2010 a las 2:15

Muchos de los muchachos que se masacraron en la Gran Guerra llevaban en el macuto Así Habló Zaratustra, el clásico de Nietschze, que para referirse a las masas descontroladas y amorfas hablaba de “los seres superfluos”. Irlanda tiene poca masa –4,5 millones de habitantes–, pero mucho ladrillo –300.000 viviendas sin vender–, así que quizás el filósofo hubiese cambiado el sujeto si pensara en el ya jubilado Tigre Celta. Comparen con España para medir la burbuja: el stock de casas es aquí de 700.000… pero para una población de 46 millones.

Entre el segundo trimestre de 2007 y el mismo periodo de 2010, los precios en Irlanda cayeron un 35%. Hasta septiembre, y en términos interanuales, se dejaron otro 14,94%, el peor dato de entre los 35 países elegidos por Standard & Poor’s para su Guía Global de la Propiedad. La constitución de hipotecas también se arrastra por el lodo (-73% en dos años), y S&P no proyecta mejoras hasta 2012.

Irlanda, igual que España, parecía un tigre –o un lince, por adaptar la metáfora al entorno–, pero no lo era. Con la adopción del euro en 2002, los precios, que crecían a ritmo constante desde 2000, intensificaron su repunte por un motivo: los tipos de interés eran mayores que en la UE y el consumidor, sencillamente, acababa pagando más porque su hipoteca era mayor. La inversión extranjera (también en el sector inmobiliario), abundaba atraída por un goloso impuesto de sociedades (12,5%). Se vendió el mito del I+D. Se atribuyó a un presunto baby boom la explosión de la construcción. Y, ya en plena sequía, el NAMA –el banco malo irlandés– planteó la demolición de promociones por su espectacular pérdida de valor.

Reveladora es la imagen de la sede inconclusa del Anglo Irish Bank a las afueras de Dublín, un bastidor de acero y hormigón desnudo y destripado que retrata lo que queda de Irlanda después de Irlanda y lo que puede ocurrir en España si se empeña en seguir siendo España. Como reconfortante contraste, la teoría del reputado gurú Jeremy Grantham: “Una burbuja ocurre cara 40 años”. A ver si acaba ésta.

El dragón que caga en el convento

Fede Durán | 22 de octubre de 2010 a las 9:20

El afán planificador del comunismo es todo un clásico de nuestras pesadillas recientes. Planificas los derechos del pueblo, las torturas del paria, la cosecha del azúcar o el exterminio de media Ucrania sin que el viento del remordimiento agite un solo pelo de tu iluminada cabeza de líder, ya seas un analfabeto georgiano o un zapatero rumano. Raspando el mapa del mundo descubres el pecio de aquel viejo y feo gigantón: una isla enferma (y pese a todo endiabladamente talentosa) en el Caribe, el cuento más temible de Orwell (o Lovecraft) en la Península de Corea y, oh cielos, la versión pragmática, millonaria y depredadora del paraíso proletario que pudo ser y nunca será. China, todo quisqui lo sabe, es la expresión geopolítica del travestismo económico. Nada para el pueblo pero con el pueblo. Originales son, los muy jodidos. Y planificadores también, para no faltar a la costumbre.

El New York Times, que además de ser el mejor periódico del mundo es el más entretenido, publicaba esta semana un reportaje de disección del dragón asiático en aquella faceta que mejor conoce España: el ladrillo. China, como Dubai o incluso como El Pocero en Seseña, delinea desde un butacón aterciopelado las hechuras de su inabarcable imperio. Debe tratarse un proceso parecidísimo a aquel mítico juego de estrategia, Sim City, donde plantabas a golpe de ratón centrales nucleares, aeropuertos o escuelas infantiles con esa obsesión tan humana por la impronta urbanística, que es una forma cutre de inmortalidad. La ciudad se llama Ordos, colinda con Mongolia y acumula un buen puñado de virtudes que deberían convertirla en un buen partido a ojos del ciudadano: grandiosas reservas de gas natural y carbón, temperaturas macroeconómicas propias del mejor enclave turístico y un mercado inmobiliario engrasado y rutilante donde los carteles de en venta le duran a las casas apenas un parpadeo.

Sólo hay una pega. En Orbos falta gente. La idea del Partido era magnífica. Construyes urbanizaciones de inspiración ligeramente victoriana, asfaltas las mejores carreteras, plantas los arbolitos más cucos y obligas a tu división de burócratas, gobernantes y militares a poblar la zona con entusiasmo y fidelidad. Pero, ay, China es tan enorme que ni contando con aparato tal logras darle color al paisaje sin la colaboración del pueblo, más cómodo por ahora en el downtown que en las gloriosas promociones descritas. La autoridad tardó cuatro años y un billón de dólares en ejecutar el proyecto, y calculó que unos 300.000 habitantes se alojarían en el nuevo distrito de Kangbashi, pero las cuentas abofetearon al profeta: 28.000 chinos y gracias. Ordos podría ser la punta del iceberg. Otras once ciudades sufren el mismo problema. Y las flechas subrayan ya la definición técnica de la enfermedad: burbuja inmobiliaria. Quizás viéndole las orejas al lobo, China subió el martes los tipos de interés. Escasa medicina frente a la firma fácil del político nativo, más propenso al reto del enésimo megaproyecto que al raciocinio sostenible.

En cierta forma, China se parece a España. Marca los mismos récords de crecimiento (en otra división, por supuesto, y en otra época o fase o tiempo) y comete errores similares. Sus dirigentes son probablemente igual de incompetentes y adictos al poder y el dinero, y su voracidad repercutirá, como aquí, en el patrimonio y el paisaje. Como dijo hace poco un reputado economista fuera de micro, quizás “China es un país de mierda”, pero, ¿a quién le importa? Su función es otra, y consiste en fabricar pasta y hacerla circular, que es lo que los americanos hacen desde siempre, aunque con un importante matiz diferenciador: mientras el dragón caga dentro del convento, Estados Unidos conserva increíblemente impoluto el patio de su casa, que es la metáfora perfecta para englobar sus bosques, costas y recursos naturales en general… Ya los gastarán cuando no haya más remedio.