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Monarquía mejor que República

Fede Durán | 2 de junio de 2014 a las 12:56

Me cuesta entender que los defensores de la República no vean el gran problema que plantearía la abolición de la Monarquía: si Juan Carlos fuese el último rey de España, la figura del jefe de Estado quedaría completamente politizada. Los partidos lo dominan todo; ésta, la urna real, es una de las pocas instituciones todavía libres de esa mala influencia. ¿Se imaginan la lista de candidatos al puesto? ¿Acaso creen que no se postularían personas como Felipe González o José María Aznar? Peor aún (vistos los recientísimos antecedentes), ¿a alguien le cabe la menor duda de que Susana Díaz querría abrazar tarde o temprano ese butacón?

A veces es mejor optar por la solución menos mala. Los cargos hereditarios provocan suspicacias y sarpullidos. Es lo lógico. Pero la lógica hispana se desdobla en este caso de la lógica universal básicamente por las enormes deficiencias de su democracia. Felipe VI, sin adscripciones ideológicas confesables, siempre representará mejor a los españoles, o a los que queden bajo ese título de aquí a unos años, que los mismos tipos que nos gobiernan, ningunean y roban desde principios de los ochenta.

Firmado: un republicano.

Coda 1: quien piense que PP y Pecio-Psoe están por la labor de facilitar un referéndum es que aún ignora el carácter profundamente estático del bipartidismo español.

Coda 2: si fuese posible tal consulta, Felipe debería presentarse. A lo Simeón.

España: renovarse o morir

Fede Durán | 15 de octubre de 2012 a las 19:25

Esta mañana viajaba en el aerobús que conecta Barcelona con la T-1 aún bajo las sombras de la madrugada y la plancha del sueño de acero. El chófer escuchaba Catalunya Ràdio. La palabra Cataluña sonó al menos veinte veces en menos de cinco minutos. De la Transición a esta parte, la identidad catalana se ha forjado desde la política (nacionalista), pero sobre todo desde los medios de comunicación.

Rajoy enfoca mal el problema. Es la silueta perfectamente definida por Dionisio Ridruejo en 1955: “El español lo espera todo de un milagro, lo que unido a su poca imaginación y a su falta de libertad interior nos da su incapacidad para la vida de convivencia”.

En el fondo, cree que Mas va de farol. Y se sabe arropado por el marco constitucional y comunitario. Su táctica: no, no, no (y perdonen si me acuerdo justo ahora de la Winehouse). Pero quizás haya llegado la hora de barajar opciones. La sangre no debería ser del siglo XXI ni de Europa o España, que ya vertieron suficiente en el XX. La simple negación tampoco: no deja de ser gasolina en la hoguera. Toca negociar, y ahí caben dos opciones. O se negocia el mapa de la independencia a lo british, civilizadamente, previa autorización de la consulta y siempre que ésta refleje un posicionamiento masivo; o se negocia un nuevo Estado.

Negociar un nuevo Estado es difícil. Requiere altura de miras, característica poco común en la política contemporánea. Y exige valentía para: A. Vertebrar un sistema de financiación donde las compensaciones interterritoriales no mermen la competitividad de las regiones más productivas (es lo que reclamaba al fin y al cabo CiU hasta cambiarse a la chaqueta, más radical, de la secesión). Ya es hora de que los más pobres (Extremadura, Andalucía, Canarias) se desprendan del jergón del victimismo (victimismo históricamente justificado en bastantes casos, cierto) y aprendan a pelear por sí solos, con generosa ambición y sujetos a una sociedad infinitamente más fiscalizadora de la gestión política. B. Tocar los párrafos de la Constitución necesarios para convertir el Senado en otra cosa; reformar el sistema electoral; jubilar la Monarquía; acabar con los fueros vascos y navarros; y garantizar un mínimo tronco común que dé sentido, aunque sea livianamente, a la siempre discutida idea de España.

La España federal, o más federal (el Estado autonómico ya ensaya esa fórmula), encierra peligros bien conocidos. El principal es la profundización en las miniestructuras de país, las duplicidades, la amenaza del mercado único, la segmentación al fin y al cabo irreversible e ineficaz. En Bélgica, flamencos y valones firmaron la sentencia del muerte del entendimiento cuando decidieron dejar de concurrir bajo las mismas siglas políticas (socialistas, conservadores) para diferenciarse por ideas pero también por idiomas.

El sábado almorcé en El Raval con un buen amigo catalán e independentista. Creo que el tono del debate fue modélico, una muestra de cómo podrían ser las cosas en esta España tan habitualmente vehemente y espumosa. Él, periodista como yo, admitía que Cataluña no necesita inexorablemente la independencia sino un marco más adaptado a sus aspiraciones. Incluso con independencia, me decía, España y Cataluña deberían caminar juntas. Una especie de asociación entre iguales. No sé si comparto el enunciado de la fórmula a lo Puerto Rico, pero me temo que no existen alternativas realistas: o Cataluña gana poder o Cataluña se marcha.

Otra cosa es que nos guste más o menos que se marche. Objetivamente no creo que existan dudas: en el corto plazo, las consecuencias serían pésimas para España, que perdería el 20% de su PIB y casi ocho millones de habitantes (importantes, por ejemplo, en la asignación de eurodiputados), y tampoco coserían y cantarían los catalanes, abocados de primeras a un aislamiento internacional y sometidos al imprevisible factor emocional de la economía en sus intercambios comerciales con sus ex compatriotas.

PP y PSOE tienen dos problemas casi irresolubles. No crearán una posición común (uno) porque sus dirigentes, sus bases y sus canteras son mediocres (dos). Rajoy transmitirá de Rubalcaba la imagen de un vendepatrias. Rubalcaba endosará a Rajoy el monigote de la parálisis. Y entretanto el problema se enquistará. Observen a Cameron y Salmond, cordialmente discrepantes pero a la vez suficientemente maduros como para pactar las condiciones de un referéndum y aceptar el consiguiente resultado sea cual sea.

Posiblemente Ortega tuviese razón. Posiblemente el caso catalán no sea solventable sino tan solo soportable. Si así fuera, convendría exhibir la misma madurez que ingleses y escoceses, compartir mesa, cerrar los términos del acuerdo y encarrilarlo lo menos lesivamente posible. Nadie quiere amar a quien no le ama. Eso se lo dejamos a los antiguos reyes.

El mundo de mañana

Fede Durán | 20 de abril de 2012 a las 9:39

EN El Mundo de Ayer, Stefan Zweig describe aquellos años de finales del siglo XIX y principios del XX como la era dorada de la seguridad, el optimismo y el arte. El imperio austrohúngaro no entendía de guerras, política o deportes. Lo que unía a todos los estratos sociales era el teatro, la ópera, las letras. Un actor o un poeta generaban en Viena más admiración que el emperador Francisco José o que cualquier magnate o cortesano. El propio Zweig comprobó en sus carnes cómo al colaborar con la Neue Freie Presse de Theodor Herzl su estatus y su prestigio se multiplicaron por cien. Después llegó la Gran Guerra y ese sueño humanista quedó reducido a cenizas con el fuego del odio y el miedo.

España también despierta abruptamente tras su luna de miel. Se casó con el progreso más veloz y pensó que duraría para siempre. Hoy tiene en frente a un adefesio llamado crisis. La pareja coincide en el desayuno, la comida y la cena. Ven juntos el telediario, comparten catre y almohada, interfieren en sus respectivas cotidianeidades. Un manto grueso de pesimismo y angustia revienta las metas de las clases medias y bajas, testigos atónitos de un hundimiento global que se come los cimientos de la sanidad, la educación y las infraestructuras de primera. El país viaja al pasado y nadie sabe hasta cuándo, si hasta principios de los noventa o, peor aún, comienzos de los ochenta.

Los políticos tienen una obligación. O, mejor, dos. La primera es renovar sus propias estructuras. La segunda, irse. Ambos son mandatos casi utópicos. La sociedad ha de depurarse: que los conformistas y los abúlicos dejen paso a los inquietos. Los jueces, empresarios y futbolistas, la Casa Real, los periodistas, abogados, químicos y arquitectos, todos deben hacer autocrítica. España necesita ver muy de cerca el drama para reaccionar. Ese momento ha llegado. Necesitamos olvidarnos de las envidias, la pereza y la fullería. Necesitamos trabajar, pensar mejor. Necesitamos el optimismo de otros tiempos o de otras naciones. No hace falta viajar a la Viena de Stefan quedando EEUU a un océano de distancia.

La confianza es un músculo. Ejercitándolo, crece. Ejercicios recomendados: reducir la burocracia a la mínima expresión, acabar con la sensación de que la Administración y las grandes compañías abusan del ciudadano/consumidor, primar el talento sobre el pedigrí, rendir culto a la innovación como los vieneses lo rendían a las humanidades, cambiar el no por el sí, copiar de los americanos eso que los europeos consideran candidez cuando en realidad sólo es audacia, visión, pura y bella osadía. La oportunidad de la transformación está ahí. Sólo hay que revolucionar el sistema. Otras veces, ante escenarios no menos pavorosos, se ha conseguido. Y una verdad como un templo emerge hoy y siempre: las buenas ideas acaban prosperando.