Micromemorias I (el contexto)
Qué importante es el maldito contexto. Comienzas en esto del periodismo y no reparas en él. El optimismo del bisoño, supongo. Mis primeros pasos puramente políticos los di en el Parlament catalán, unas viejas cuadras reconvertidas en democrática casa del pueblo. Bonito sitio. Algo lóbrego, pero bien situado, Parque de la Ciutadella, loros ex presidiarios y olor a hierba por las mañanas. Era el único andaluz; el resto de colegas, de la tierra. El subdirector te firma una autorización, los administrativos tramitan el permiso y te presentas allí algo desorientado, con acento del sur, pidiendo muy amablemente tu acreditación y asegurando al mismo celoso bedel que meses después será tu compinche que no te has equivocado de sitio.
Subes las escaleras forradas de alfombra roja ( a veces también hay flashes, como en Hollywood) y te paseas por allí en busca del faristol. Lo encuentras. Están todos los demás. Te miran extrañados. Un intruso. Un rival (uno más). Coges sitio, abres la libreta, compruebas que el boli funciona y acabas contando ovejas hasta que aparece, siempre impuntual, el primer portavoz parlamentario.
El catalán se incrustó en mi cerebro a empellones, sin periodos de adaptación, en bruto. Oía a esos tíos y entendía la mitad. Por la noche, en casa, ponía a Buenafuente. Su programa en TV3 era mil veces mejor que el de ahora. Me eché una novia nativa. Mejoré un montón, hasta el punto de que a los tres años cambiaba de emisora sin ser perfectamente consciente de qué idioma escuchaba. Integración por supervivencia, se llama.
Cada día daba un paseo hasta las cuadras reconvertidas y buscaba información. Es complicado. Por definición, el periodista, sobre todo el político, se cree el rey del mambo. Nadie te echa un cable. Es un círculo cerrado, como en el cole. Al nuevo no se le habla, aunque los años pasen y se convierta no sé si en veterano pero sí al menos en un decente conocedor de la selva. Te acabas acostumbrando. Mantienes la sonrisa, saludas educadamente y construyes tu propio mundo.
Esas ansias de ostracismo tienen quizás una explicación. Para aguantar mucho en esto o te conviertes en un pelota o te consolidas como marciano. Los pelotas, que también son el pelotón, necesitan relaciones de exclusividad con sus fuentes. Y lo exclusivo, es obvio, no casa con el trabajo en comandita. Yo siempre he ido por libre, así que reivindico con orgullo mi condición de marciano. Los periodistas no somos estrelllas; tan sólo asalariados. Y en la vida, me lo enseñaron un par de antepasados, mejor conducirse con nobleza. Que la cara de limón la muestren otros.
Por cierto, los políticos catalanes me hicieron caso. Ellos sí me hablaban.

