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Todos piden la cabeza de Duran

Fede Durán | 10 de enero de 2013 a las 14:13

El caso Pallerols es la última prueba de la arraigada tendencia a la corrupción de la clase política catalana, pero encierra además una importante vertiente política. Josep Antoni Duran Lleida, líder de Unió y cabeza visible de CiU en Madrid desde hace años, ha sido víctima, como tantos otros, de sus promesas. Sujetas siempre a la interpretación, ni las suyas ni las de IU (ningún sospechoso de corruptela en las listas), el PP de la regeneración democrática (Baltar, Fabra, el paroxismo de la trama Gürtel)) o el PSOE-PSC de la alternativa transparente (los ERE en Andalucía, Bustos en Sabadell, el caso Alcorcón) han podido con la demoledora realidad. El político toma lo que cree suyo.

Duran dijo que se iría si su partido robaba. Bien, su partido ha robado, pero Duran no se irá. Ayer pidieron su cabeza todas las fuerzas de la oposición catalana y algunas voces del PP nacional con intenciones diversas. Unos buscan simplemente erosionar con el eterno y siempre difícil juego del contraste comparativo, que en España no arroja vencedores y vencidos sino diversos grados de corrupción. Otros, como Esquerra, tratan subterráneamente de eliminar el último dique de contención soberanista de CiU, que ni siquiera es Unió en su integridad sino Duran en primera instancia y algunos de sus lugartenientes después, pero poco, cada vez menos, la sangre de la nueva militancia, tan nacionalista y rupturista como los cachorros de Convergència Democràtica.

El rol de Duran Lleida, el hombre que quiso ser ministro, es actualmente una incógnita. Como los socialistas catalanes, es víctima de la presunta superioridad moral del nacionalismo en su vertiente menos integradora. Su voz queda sepultada bajo los tambores batientes del proceso independentista, liderado sin sombras (internas) por Artur Mas y tutelado desde un estadio de superior compromiso político por el presidente de ERC, Oriol Junqueras, al que muchos atribuyen ya mayores y mejores dotes de mando a pesar de su subsidiariedad.

En realidad, la patria ha sido siempre el parapeto perfecto para los prohombres de la nación catalana. Nadie ha podido nunca derribar a Pujol, ni siquiera cuando la autopsia de Banca Catalana dejó meridianamente claras las maldades que arrastraba el muerto. El caso Palau le ha costado a CDC embargar su sede para cubrir la fianza de 3,2 millones impuesta por el juez, pero jamás amenazó a la planta noble del partido. Unió cuenta con sus propios regates -los casos Turismo y Treball, por ejemplo- y anota ahora su primer gol en contra sin que el guión vaya a variar una coma.

Y eso no es necesariamente negativo. Porque cuando el Plan Mas-Junqueras rompa contra los arrecifes del Estado, Duran tendrá que trabajar duro para reconducir la situación desde y con Madrid. Siempre que el plan encalle, claro.

Porque al dirigente español se le adjudican en abstracto atributos no necesariamente reales. Parece mentira que el primer mandato de José Luis Rodríguez Zapatero, o tal vez no su mandato sino el ambiente institucional del momento, transmitiera más firmeza ante los rebeldes. El Plan Ibarretxe fracasó y nadie mentó al Ejército ni el PNV levantó barricadas. Mariano Rajoy, presidente, de fuerte gen gallego y en consecuencia ambiguo y oscilante, ha consentido por la vía del silencio o la pusilanimidad una escalada de desafíos impensable en un país guiado por el imperio de la ley y con procedimientos políticos bien definidos.

Artur Mas ya no pide, exige; ya no saluda, bufa; ya no anuncia intenciones sino que amenaza con hechos que no caben en el marco constitucional ni en los mecanismos elementales del espíritu pactista. Tampoco templa gaitas, por prolongar la onda Rajoy. Ningún gesto ajeno a su hoja de ruta será bien recibido o siquiera estudiado. El pacto fiscal se le ha quedado corto. Pero el Gobierno central, y con él lo que quede de oposición, deberían recuperar la iniciativa y plantear un horizonte de mejoras factibles para Cataluña.

Descontaminar a la opinión pública catalana no es tarea fácil. El “España nos roba” sólo puede diluirse con una radiografía rigurosa de las balanzas fiscales, es decir, del verdadero balancín económico entre el Estado y la región (la diferencia entre lo aportado y lo recibido por Cataluña). Si el flujo es descaradamente negativo, habrá que encajar mejor la doble naturaleza catalana -por una parte, comunidad rica; por otra, y por ello, contribuyente neta a la equiparación de los servicios básicos entre CCAA- en el entramado español. Lo decía Muñoz Machado semanas atrás: descapullar la Constitución no es pecado. En esta imponente acción de construcción de la alternativa al menú CiU-ERC, Duran es un alfil crucial. Unos lo llamarían deslealtad, otros simplemente inteligencia.

“España necesita un Gobierno de concentración nacional”

Fede Durán | 24 de septiembre de 2012 a las 13:14

José Rodríguez de la Borbolla (Sevilla, 1947), presidente de la Junta entre 1984 y 1990, pide que la entrevista se celebre en su domicilio, donde muestra con el mismo orgullo su biblioteca personal y su terna de gatos caseros (dos rubios, uno negro, todos machos). Lomos de derecho, filosofía y política; de Cataluña, el País Vasco y Andalucía; de Sefarad y el judaísmo; de economía y ornitología ocupan sin piedad rincones y anaqueles. Habla suelto, sin cortesías de partido, con una tinta de profesor que delata su regreso a las aulas y al laboralismo.

-¿Qué le pasa a España? 

-Que la crisis económica ha generado una crisis institucional y otra de liderazgo político.

-¿Se desintegra el Estado de bienestar? 

-Los problemas se están abordando desde una visión neoliberal a ultranza, y se pretende que los ajustes recaigan sobre los costes laborales y los derechos sociales. Eso es un ataque no ya contra el Estado de bienestar sino contra la dignidad de las personas hecho desde la derecha.

-Pero Rajoy es un mandado de Bruselas. O eso insinúa él. 

-Yo no hablo sólo de la derecha política española. Impera en el mundo una ideología de economistas que orientan el pensamiento ya sea de la cúpula dirigente china, ya de la europea. Están jugando a perpetuar su dominio y generar a medio plazo un nuevo mundo en el que las reglas cambien totalmente y no haya organizaciones sociales sino cenáculos donde los poderosos decidan por todos los demás.

-¿Leyó usted el artículo de César Molinas sobre el chiringuito intocable de los políticos? 

-Molinas dice cosas en las que estoy de acuerdo y otras en las que exagera. No se puede hablar de la clase política como una clase homogénea. No se puede querer identificar a todos con lo mismo. Las circunstancias de España no son sólo consecuencia de la política sino de otros factores. Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, entre otras cosas, porque la banca alemana y holandesa ha estado ganando dinero prestándole a los bancos españoles para que éstos a su vez concediesen créditos y la gente gastase por encima de sus posibilidades.

-Sin embargo, el ciudadano tiene la sensación de que el político no se está ajustando el cinturón como el resto de la sociedad. 

-Sin política no es posible la democracia y sin políticos no es posible la vida en sociedad, porque alguien tiene que elegir las reglas de esa vida. El problema no es ése; el problema es la talla de los políticos. Lamentablemente, estamos en la parte baja de la curva de la calidad política en España, Alemania, Italia, Francia, Inglaterra… los políticos actuales no son comparables con los de hace dos decenios.

-La cantera de los partidos tampoco invita al optimismo. Aunque haya recambios, no hay brillantez, sólo una cultura de progresión mediocre hacia el pico del poder. 

-La cantera es endogámica. Los políticos tienden a la autorreproducción. Ya lo explicaron Robert Mitchell y Max Weber.

-¿Cómo lo está haciendo Rajoy? 

-Mal. Sin paliativos. Rajoy va de acomplejado por la vida política mundial, y sin sacar pecho ni plantear alternativas. Regatea en corto para procurar que las medidas que se le plantean a España sean lo menos dolorosas posibles no para los españoles sino para su partido.

-Pensar a largo plazo en España es contracultural. 

-No lo hace ningún dirigente de ningún partido.

-Si hay rescate, ¿le conviene a España más un Monti (un tecnócrata) que un Rajoy o un Rubalcaba? 

-No tiene por qué. Podemos ir a un Gobierno de concentración nacional.

-¿PP y PSOE juntos? Suena muy marciano hoy por hoy.

-En todos los territorios de España hay personas solventes que saben de política y economía, y que tienen cuerpo, prestancia y responsabilidad, además del respeto ajeno, para servir de interlocutores en Europa o el G-20. Los actuales, cuando salen fuera y hablan con sus iguales, van pidiendo perdón. A Alemania hay que decirle lo que está haciendo mal.

-En un artículo para La Vanguardia propuso al trío Felipe-Fainé-Mario Fernández para gobernar. 

-Era una manera de provocar, de decir que hace falta gente que tenga ascendiente y no piense en clave electoral.

-Fainé sería un buen ministro. 

-Sería un ministrazo. Y Mario Fernández me parece una de las personas que mejor podrían servir a los intereses de España.

-¿Le decepciona la evolución del Estado autonómico? 

-La Constitución del 78 estuvo bien diseñada. Logró el consenso de todos menos de los nacionalistas vascos, que van siempre a lo suyo. Tenía unos desarrollos posibles y se llegó a un Estado prácticamente federal. La Carta Magna prevé dos asimetrías: la de la identidad y la historia de cada territorio; y la de la solidaridad. El Estado español ya es por tanto doblemente asimétrico, porque la solidaridad es que alguien ponga más para que otros puedan llegar a un sitio. Desde Cataluña, con la reforma del Estatut, lo que se ha pretendido es cambiar las reglas del juego. Eso es trampa. ¿La Constitución se puede reformar? Evidentemente. ¿Con acuerdo? Necesariamente. La diferencia respecto a 1978 es que entonces pactaron los partidos nacionales y nacionalistas y ahora se requiere el acuerdo de ellos y de los territorios organizados en autonomías. La Constitución no se puede reformar si no están de acuerdo Cataluña y Andalucía. Y Andalucía no debe ni puede estar de acuerdo en una reforma acometida mediante subterfugios como el pacto fiscal, que va en contra de la igualdad de los ciudadanos en todo el Estado.

-¿Va de farol CiU con la amenaza de la independencia? 

-Parece como si estuvieran jugando a las casitas. El nacionalismo catalán, ya desde antes de la República, ha intentado siempre el doble juego de mandar mucho en Madrid y escaparse desde Cataluña. Irán midiendo hasta dónde llega su rupturismo dependiendo del día a día.

-Una opción es retocar el sistema de financiación para acomodar las aspiraciones catalanas. 

-Ahora habría que seguir los consejos de san Ignacio de Loyola: en tiempos de consternación, no hacer mudanza. Convendría un gran pacto entre el Gobierno y las autonomías para garantizar por un periodo transitorio la financiación de los servicios públicos básicos. Hoy no se puede modificar el sistema de financiación. Además, hay que negociar acuerdos para redimensionar las instituciones del Estado, todas, no sólo las autonómicas. Hay que aligerar los procedimientos administrativos. Y hay que establecer mecanismos de cooperación solventes y transparentes, no en clave bilateral sino plural. Aunque duela a algunos, todas las comunidades tienen el mismo rango.

-¿Y desintegrar el Estado de las autonomías como sugería indirectamente Esperanza Aguirre? 

-Madrid no es ya la corte de los milagros, coño, hay otras voces en España. Echo en falta, y lo digo con todo mi cariño y disponibilidad, una actitud más proactiva tanto del Gobierno andaluz como del PSOE-A. Desde aquí no hay que estar sólo vigilante con lo que se negocia, no sólo informado de lo que se dice, no sólo en defensa del Estatuto andaluz. Aquí hay que ser protagonistas en el conflicto español actual, porque somos el otro platillo de la balanza.

-¿Por qué Andalucía no activa ese poder de presión? 

-Yo añoro la tripleta Chaves-Zarrías-Pizarro. Chaves planteó la reforma del Estatuto no sólo como una operación para Andalucía sino para España, para contrapesar los impulsos de otros territorios. Y mira que yo no creía en esa reforma. Hay que hacer propuestas para España. Tenemos que decir cómo creemos que podría ser el país, cuál es nuestra opinión como andaluces.

-¿Qué diferencias detecta entre su añorado Chaves y Griñán?

-Chaves es como un vehículo diésel, seguro y fiable, motorizado por Mercedes. A Griñán lo veo como un híbrido, más moderno y quizás más brillante, motorizado por Toyota.

-¿La Junta no está a la altura de las circunstancias?

-Creo que no. El Gobierno andaluz podía haber sido de serenidad en la gestión de los servicios y de alegría en la disponibilidad financiera. Le falta la conciencia de la importancia que tiene ser representante de Andalucía en un momento en el que está en juego el equilibrio de los territorios. Le falta un poquito de imaginación, conocimiento y coraje.

Entrevista a Ángel de la Fuente

Fede Durán | 21 de septiembre de 2012 a las 17:10

Si agitamos en una coctelera el verde de Asturias (o su fabada) y la estampa africana de Andalucía (o el jamón, las gambas y los boquerones), nos sale Ángel de la Fuente (Gijón, 1962), prestigioso economista contracultural en la Cataluña nacionalista de CiU y el pacto fiscal. Nieto de andujareño, tras casi 20 años en Barcelona chapurrea el catalán, aunque generalmente no le dé la gana. Para compensar, este miembro del CSIC y del IAE domina el inglés como muchos compañeros de gremio (es doctor por la Universidad de Pensilvania).

-Si uno atiende a las cifras que esgrime CiU para avalar la necesidad del pacto fiscal, parecería que el Estado “expolia” a la comunidad.

-CiU se apoya fundamentalmente en las estimaciones que ha hecho la Generalitat del déficit fiscal de Cataluña, esto es, de la diferencia entre los impuestos estatales que se pagan en la comunidad y lo que la Administración central gasta en ella. Según sus cálculos, el déficit  fue de unos 16.400 millones en 2009, lo que supone un 8,4% del PIB.

-Pero…

-Esta estimación tiene trampas. La principal es que sólo considera el dinero que vuelve físicamente a Cataluña y no los beneficios que llegan en especie, es decir, la parte que le toca a Cataluña del coste de los servicios generales que el Estado nos presta a todos pero que no se producen físicamente en la región. Ese paquete incluye muchísimas cosas: las embajadas españolas en el extranjero, casi todas las bases militares del país, la contribución española a la UE, el coste de los servicios de los ministerios que llevan temas de interés general desde Madrid, etcétera. Si quitamos la parte que le toca a Cataluña del coste de estos servicios comunes de acuerdo con el propio Gobierno catalán, el déficit fiscal de la comunidad se reduce en un tercio y se queda en unos 11.000 millones o un 5,8% del PIB.

-O sea, que sí hay agujero.

-Sí, Cataluña tiene un déficit fiscal considerable, aunque no tan grande como afirman los nacionalistas. Sin embargo, tratándose de una comunidad rica, es lo lógico. Lo preocupante sería que no lo tuviera, que es lo que pasa en el País Vasco y Navarra gracias al concierto. El déficit fiscal catalán refleja fundamentalmente la redistribución de la renta a nivel individual, esto es, el hecho de que la gente que más tiene paga más impuestos y recibe menos a través de ciertas prestaciones sociales. El tamaño de este déficit, correctamente medido, está en línea con lo que cabría esperar dado el nivel de renta de Cataluña dentro de España. Además, el déficit de Madrid y Baleares es mayor proporcionalmente y ambas CCAA lo llevan bastante mejor.

-No hay pues nada excepcional en que Cataluña reciba menos de lo que da.

-No, no es un caso raro a nivel internacional. Es difícil encontrar datos homogéneos, pero no veo cómo la situación puede ser distinta en países que cuentan con impuestos más o menos progresivos y un sistema de protección social a la europea. Algún listo se ha inventado que en Alemania existe un tope máximo del 4% a los déficits fiscales regionales y todo el mundo lo repite en la prensa local, pero no es verdad.

-Imaginemos que Cataluña logra el pacto fiscal. ¿Cuáles serían las consecuencias para el resto del país?

-Habría menos dinero que repartir entre los demás. ¿Cuánto? Dependería de las condiciones que se fijasen, incluyendo la valoración de las competencias estatales no cedidas y la cuota de cooperación interterritorial que Cataluña tendría que pagar. Por otra parte, y esto es quizás más importante, se abriría un proceso de reivindicaciones similares en otras regiones ricas que no querrían ser menos. El resultado sería un Estado disminuido y asimétrico, muy difícil de gestionar y seguramente sin los recursos necesarios para ejercer sus competencias constitucionales, incluyendo la de garantizar una cierta igualdad entre todos los españoles en términos de su acceso a los servicios públicos fundamentales.

-Habla de cooperación interregional, no de solidaridad.

-La solidaridad tiene connotaciones de ayuda voluntaria al necesitado que no tienen nada que ver con el tema del que estamos hablando. La Constitución dice que todos tenemos los mismos derechos y deberes y de eso se trata: ¿vamos a poder tener colegios y hospitales parecidos en toda España o tendremos que emigrar a las regiones ricas si queremos tener buenos servicios?

-¿Cuál es la alternativa razonable al pacto fiscal?

-Revisar el sistema de financiación que tenemos, que es enormemente  complejo, nada transparente y muy mejorable. Entre otras cosas porque genera desigualdades grandes y difíciles de explicar. Algunas regiones ricas están bien tratadas y otras mal. Lo mismo sucede con las pobres. Extremadura, por ejemplo, siempre ha estado muy bien tratada, pero Andalucía ha salido muy mal parada de la última reforma y ahora está claramente por debajo de la media. Cataluña se siente maltratada porque está entre las regiones que más impuestos pagan, pero no entre las que mejor financiación tienen. Al menos en parte, tiene razón. Hay margen para una reforma del sistema que, sin dinamitarlo como hace la propuesta de pacto fiscal, incorpore la parte razonable de las reivindicaciones catalanas.

-¿Qué parte de culpa tiene la Generalitat en la actual bancarrota de la región?

-Toda, pero no es un problema sólo catalán. Las autonomías han gastado temerariamente en los últimos tiempos. Han consolidado en gasto recurrente ingresos no sostenibles ligados a la burbuja inmobiliaria y a la parte alta del ciclo, y ahora pasa lo que pasa.

-¿Cuál sería el impacto económico de la independencia de Cataluña?

-En principio quedaría excluida de la UE y tendría que solicitar su entrada, lo que exigiría la aprobación de España. Aunque fuera sólo unos pocos años, las consecuencias de no ser socio del club podrían ser desastrosas para su economía. Pero incluso aunque se quedase en la UE, los efectos adversos sobre el comercio entre la región y el resto de España serían muy significativos.

-¿Por qué? ¿Entraría el juego el factor emocional?

-Aun sin aranceles, la existencia de fronteras desincentiva mucho el comercio. Los estados del norte de EEUU tienen una relación comercial mucho más intensa con otros estados del sur del país que con sus vecinos canadienses, aunque los segundos están mucho más cerca, hablan el mismo idioma y tienen una cultura muy similar. Y, por supuesto, las cosas serían peores si entra en juego el factor cabreo.

Cataluña-España

Fede Durán | 16 de septiembre de 2012 a las 11:22

Adjunto el enlace al reportaje de este domingo sobre la cosa catalana. Opinan políticos y académicos andaluces.

La independencia no es tan sencilla, obviamente: el ejercicio económico necesario para desvincularse es casi laberíntico, y no está claro que Cataluña saliese ganando.

¿Cataluña o Catalunya?

Fede Durán | 14 de diciembre de 2009 a las 19:28

El titular es, como casi siempre, engañoso: Cataluña celebra su consulta independentista con enorme éxito (de síes sobre noes) y escasa participación (un 27% del censo electoral).

Matices:

  1. Las grandes ciudades han quedado fuera del referéndum. Sant Cugat, en manos de CiU, es la más corpulenta de las auscultadas (60.000 habitantes). Barcelona, por ejemplo, es un bastión socialista y engulle, si se le suma el cinturón metropolitano, la mitad de la población de la comunidad. Lo que no queda tan claro es que el PSC siga siendo federal, así que dejaremos el sentido de su voto en la estantería del interrogante.
  2. Un 94,88% de los ciudadanos dijo sí a la secesión; un 3,21% se inclinó por el no. La elevadísima abstención empuja a una sospecha de cajón: se movilizó precisamente el electorado más identificado con la causa independentista. Los autonomistas, centralistas o federalistas prefirieron invertir el domingo en otro tipo de diversiones.

Personalmente, la tierra objeto de debate siempre me ha entusiasmado. Si se puede amar un pedazo de planeta, proclamo abiertamente mi amor a Cataluña. Admiro el nervio de su sociedad, ese aroma permanente de inconformismo (no confundir con chantaje, un concepto mucho mejor manejado por los políticos), su enjambre cultural, sus museos, su naturaleza, su comida y, sobre todo, sus gentes, tan cerradas al principio, tan nobles después. Si Cataluña se fuera algún día, yo la echaría de menos como el hombre que de repente despierta sin su amante tras inmumerables noches de calor y compañía. Si se fuera, le desearía suerte aunque a la vez le reprochara su distancia. Al fin y al cabo, la historia se reinventa. Hubo un tiempo en que España no existió. Existe ahora. Como Italia, como Francia, como EEUU e incluso como Myanmar. ¿Hasta cuándo? Sólo los astros (y los políticos) lo saben.

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Micromemorias I (el contexto)

Fede Durán | 29 de marzo de 2008 a las 13:03

Qué importante es el maldito contexto. Comienzas en esto del periodismo y no reparas en él. El optimismo del bisoño, supongo. Mis primeros pasos puramente políticos los di en el Parlament catalán, unas viejas cuadras reconvertidas en democrática casa del pueblo. Bonito sitio. Algo lóbrego, pero bien situado, Parque de la Ciutadella, loros ex presidiarios y olor a hierba por las mañanas. Era el único andaluz; el resto de colegas, de la tierra. El subdirector te firma una autorización, los administrativos tramitan el permiso y te presentas allí algo desorientado, con acento del sur, pidiendo muy amablemente tu acreditación y asegurando al mismo celoso bedel que meses después será tu compinche que no te has equivocado de sitio.

Subes las escaleras forradas de alfombra roja ( a veces también hay flashes, como en Hollywood) y te paseas por allí en busca del faristol. Lo encuentras. Están todos los demás. Te miran extrañados. Un intruso. Un rival (uno más). Coges sitio, abres la libreta, compruebas que el boli funciona y acabas contando ovejas hasta que aparece, siempre impuntual, el primer portavoz parlamentario.

El catalán se incrustó en mi cerebro a empellones, sin periodos de adaptación, en bruto. Oía a esos tíos y entendía la mitad. Por la noche, en casa, ponía a Buenafuente. Su programa en TV3 era mil veces mejor que el de ahora. Me eché una novia nativa. Mejoré un montón, hasta el punto de que a los tres años cambiaba de emisora sin ser perfectamente consciente de qué idioma escuchaba. Integración por supervivencia, se llama.

Cada día daba un paseo hasta las cuadras reconvertidas y buscaba información. Es complicado. Por definición, el periodista, sobre todo el político, se cree el rey del mambo. Nadie te echa un cable. Es un círculo cerrado, como en el cole. Al nuevo no se le habla, aunque los años pasen y se convierta no sé si en veterano pero sí al menos en un decente conocedor de la selva. Te acabas acostumbrando. Mantienes la sonrisa, saludas educadamente y construyes tu propio mundo.

Esas ansias de ostracismo tienen quizás una explicación. Para aguantar mucho en esto o te conviertes en un pelota o te consolidas como marciano. Los pelotas, que también son el pelotón, necesitan relaciones de exclusividad con sus fuentes. Y lo exclusivo, es obvio, no casa con el trabajo en comandita. Yo siempre he ido por libre, así que reivindico con orgullo mi condición de marciano. Los periodistas no somos estrelllas; tan sólo asalariados. Y en la vida, me lo enseñaron un par de antepasados, mejor conducirse con nobleza. Que la cara de limón la muestren otros.

Por cierto, los políticos catalanes me hicieron caso. Ellos sí me hablaban.