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Bienvenidos al desierto

Fede Durán | 21 de abril de 2014 a las 21:16

parlamento de lamadrid 22.

Aunque el Parlamento andaluz no ha sido nunca un gran campo de batalla ni por paisajes ni por generales, algunos cañonazos retumban aún en la caja torácica del recuerdo. Chaves y Arenas (porque ésa fue la principal, la más longeva contienda) supieron odiarse con cierto sentido del espectáculo, enroscado uno en la leyenda de su invencibilidad, aferrado el otro al milagro de la derrota. Ésta se produjo, sin embargo, ya con Griñán y en marzo de 2012, pero la victoria del PP fue pírrica y por lo tanto indigerible: Arenas se fue a Madrid y Zoido llegó de Sevilla. Ambos repartieron los bofetones del primer tramo parlamentario de 2013 en lo que muchos observadores, alineados o no, veían como un intercambio desigual.

Porque Griñán subía los peldaños de la oración como agasajado por Vivaldi, seguro de su tracería retórica, convencido de una superioridad intelectual de la que en realidad nadie dudaba y ante la que Zoido, alcalde metido con calzador a opositor, respondía con la inconsistencia del tutti frutti: un poco de todo (corrupción, parálisis, desempleo, derroche) sin ahondar en nada. Así transcurrían las sesiones de control y así prolongaba sus días una cámara siempre crepuscular, enfrascada en la pose partidista, alérgica a las alturas, hija del copy paste tal y como siempre acreditará el Estatuto que quiso ser Estatut.

ZOIDO DICE QUE LA JUNTA COGE EL DINERO E INCITA A CONFRONTAR CON EL GOBIERNO

Aquella gran frase de Lineker sobre el fútbol y Alemania contó durante esos meses con una conversión aproximada en clave andaluza: “Los debates del Parlamento autonómico son un deporte de uno contra uno donde siempre gana Griñán”. Tal vez por eso, pero sobre todo por el ponche lisérgico de los ERE, el presidente, más ojeroso y asaeteado que nunca, decidió retirarse a su Yuste particular, dejando como herencia un engendro de primarias y un dedazo casi al estilo Aznar: Susana Díaz aterrizó para quedarse. Zoido insistía en largarse. La lente pública enfocaba un nuevo combate entre boxeadores sin el pedigrí de las urnas pero con roles perfectamente definidos. Él, asiduo del ring en la legislatura, parecía el Patterson perdedor de Gay Talese; ella, obsesionada con la coronación, botaba sobre la lona como el mismísimo Ali.

Díaz no vive sincronizada a los maestros de la música clásica, ni siquiera es probable que desmenuce sus lecturas nocturnas con una copa de coñac caro bajo la chimenea, pero pega más duro que Griñán porque ella sí es un animal político, es decir, una persona que mamó desde pequeña de las tetas del partido, aprendió el arte de la demagogia y sobreexplotó el recurso a la promesa contundente y al y yo más. Zoido a su lado es un azucarillo nervioso, un colibrí trémulo cuyas plumas escupe el viento de los discursos que el PSOE asume en Andalucía no tanto por inquebrantable adhesión al progreso como por el empuje que ejercen los socios de IU y por la excusa que brindan los contrastes fáciles con las políticas neoliberales del Madrid central.

DEBATE DE INVESTIDURA DE SUSANA DÍAZ

Puede que Zoido sea como Patterson, pero desde luego Díaz no es como Ali. Si el discurso pudiera medirse como se miden las extremidades, el litoral o los círculos árticos, el que flota en las Cinco Llagas apenas alcanzaría el tamaño de un guisante. Ni los protagonistas hacen mejores a sus secundarios, ni los secundarios se esfuerzan en hacer sombra a los protagonistas, empeñados a su vez en quedar lo más lejos posible de sus antecesores recientes o remotos. El culto a la mediocridad ha convertido el jardín en páramo y el páramo en desierto. Bienvenidos a la desolación más absoluta.

*Artículo publicado en el Anuario del Grupo Joly.

Sábanas sucias

Fede Durán | 11 de noviembre de 2013 a las 11:13

Treinta y un años de autonomía en Andalucía apenas han deparado cuatro siglas en el Parlamento frente a las siete que actualmente alberga el Parlament, las cinco de la Cámara vasca o incluso las cuatro de la madrileña. Dos de ellas, PSOE y PP, siempre han pegado más fuerte porque evocan -al menos teóricamente- las almas antagónicas de la tierra, el aparcero y el latifundista. El otro par vive situaciones dispares: IU forma por primera vez parte de la Junta y asciende en todas las encuestas; el PA bordea el precipicio de la desaparición elección tras elección. No ha habido espacio para más: ni para la pujante UPyD, ni para propuestas de corte ecologista como Equo, ni para plataformas desintegradas sin descendencia (Andaluces Levantaos). La política andaluza es un círculo cerrado dentro de un círculo cerrado.

Para Manuel Chaves, presidente andaluz entre 1990 y 2009, la comunidad, como España, practica un “bipartidismo imperfecto”. “Se puede concluir que a mayor número de partidos representados, mayor pluralidad política. Pero quizás sea más positivo, desde la perspectiva de la estabilidad, que haya pocos y sean potentes. Casi todos los sistemas del mundo premian a las formaciones más votadas”, recuerda.

Concha Caballero fue portavoz de IU en el Parlamento entre 2004 y 2008. En su opinión, el fenómeno “se corresponde con la falta de pluralidad de la sociedad andaluza y con la dificultad de articular alternativas en un territorio tan grande, disperso y complejo como Andalucía, que sí está vertebrada política y culturalmente. Tampoco el sistema facilita la vida a las fuerzas emergentes”. El ex vicepresidente del PA, Pedro Pacheco, señala directamente al PSOE: “Como nosotros parecíamos la yenka, ellos hegemonizaron aquel incipiente nacionalismo andaluz. Nadie se creía que el andalucismo del PSOE no fuese de verdad. Y el fracaso del PA produjo un páramo mesetario. UPyD y Ciudadanos viven de los restos de otros. Y les costará meter cabeza”.

“Yo veo dos matices importantes -sostiene Ana María Corredera, vicesecretaria de Organización del PP-A-: uno es el que andaluz se siente muy español y se ve identificado con los partidos de ámbitos estatal; el otro es que PP, PSOE e IU tienen un discurso muy andaluz”.

El granítico dominio socialista, ininterrumpido incluso tras su única derrota, ha evitado uno de los grandes males nacionales: las leyes duran lo que quiera el legislador porque el legislador es siempre el mismo. Los demás defectos de país se han reproducido a pequeña escala. Para empezar, la corrupción, inevitable cuando el poder no rota; inherente a su ejercicio y al aterrizaje de miles de millones grapados al boom urbanístico y al presunto ingreso en el ático de Occidente vía fondos de cohesión, inversiones nacionales y extranjeras y expansión de empresas locales. El caso ERE es el clímax de una novela negra firmada en comandita por unos y otros, tal y como siempre ha demostrado la enfangada vida municipal. Sólo Cataluña y Valencia presentan quizás un bodegón del robo todavía más nítido. El circuito de distribución del dinero público -instituciones, agentes sociales, partidos- nunca ha dejado de ser opaco. La ley de Transparencia es el penúltimo intento por parchear las fugas del sistema.

“La lucha contra la corrupción requiere de un conjunto integrado de reformas que toque la financiación de los partidos, la ley electoral, la transparencia, la Constitución y las redes sociales”, propone Chaves. “A los políticos nos ha perjudicado ser el pelele de los poderes económicos. Nos han convertido en el chivo expiatorio de la crisis, y eso impide ver a otros culpables”, reflexiona Caballero. “El votante ha perdonado al infractor repetidamente, éste ha vuelto a ganar elecciones y al final se ha envalentonado. La corrupción apenas ha influido en las urnas”, remacha Pacheco.

Tampoco existió, más allá del proceso constituyente del Estatuto de Carmona (1981) y su segunda parte (2007), un espíritu del bien común que puliese diferencias y alentase coincidencias en beneficio de aspiraciones compartidas. Confluyen en este resultado los tres factores anteriores: la ausencia de biodiversidad parlamentaria (y por lo tanto, de una cultura del pacto); el antagonismo ideológico, con raíces seculares y amplio arraigo en la población; y la avaricia de la gestión como centralita del tráfico de influencias (compartir no es amar). Muñoz Molina recogía en su ensayo más reciente (Todo lo que Era Sólido) la única y sorprendente afinidad de los ritos católicos: España celebra más a sus santos en democracia que con Franco.

“Las comisiones parlamentarias sacan adelante muchas iniciativas. Hay cultura del pacto cuando de verdad existe voluntad. Ocurrió al designar al Defensor del Pueblo (Jesús Maeztu). Y también ofrecimos ayuda para que los socialistas aprobasen los Presupuestos sin las exigencias de IU”, explica Corredera. “Aquí se impuso un cainismo que todavía perdura, en contraste con el mundo anglosajón. El pacto siempre se ha visto como sinónimo de traición”, se desmarca Pacheco. “En política, cuando quieres machacar al adversario, le propones un pacto”, ironiza Caballero.

Resta igualmente la obsesión por tutelar desde lo público hasta el más ínfimo resquicio de la esfera privada, tanto económica como social. Ahí está el ciempiés de la Administración paralela de la Junta, con agencias, observatorios y consorcios para todo. Ahí el afán intervencionista de los ayuntamientos cada vez que un grupo de ciudadanos apuesta por la autogestión de espacios y eventos. Ahí la red de los sindicatos para cazar y controlar cualquier contienda laboral, cualquier negociación colectiva.

Ambos círculos, el cerrado y el cerradísimo, han permanecido impermeables. Tiene sentido: a mayor tutela, menor posibilidad de prestar el micro a la sociedad. El andaluz es un simple administrado en situación de permanente indefensión (prueben a intentar recuperar el importe de una multa mal cobrada, por ejemplo). Reforma 13, la propuesta de democracia directa del hispanosuizo Daniel Ordás, se ve poco menos que como una extravagancia. El modelo islandés o las experiencias de Rio Grande do Sul son bromas de mal gusto. Incluso si se orquestara una revolución (la ley de Participación que prepara IU no llega a tanto), el globo chocaría con los límites del ordenamiento jurídico nacional. El líder considera al liderado un sujeto pasivo. Lo contrario conllevaría una pérdida de poder. De nuevo la contracultura.

“Ha habido un único Gobierno pero no hemos sido tuteladores; hemos jugado con un poder político fuerte que ha defendido lo público y lo ha puesto en valor”, reivindica Chaves. “Gran parte del funcionamiento de la sociedad civil depende de las ayudas de gobiernos locales y autonómicos, y eso condiciona su trabajo”, concede Corredera. “El PSOE puso en marcha el clientelismo y aplicó el tinte público a todos los niveles. Este régimen ha intentado copiar al PRI mexicano”, percute Pacheco.

Ha faltado y falta, finalmente, el tridente respeto-formación-excelencia. Discursos elevados que presagien miras a la misma altura; mandatos de duración razonable (ocho años en vez de 15 ó 20, tanto para presidentes como para diputados); trayectorias profesionales previas; apuesta por perfiles independientes; rivalidades sin mala baba; valentía y generosidad… La Andalucía política es como era, pero peor. Donde antes había catedráticos hoy despachan licenciados. El diputado ha perdido lecturas, vivencias y genio, convirtiéndose en una especie de siniestro oficinista. “Echo de menos políticos con más grandeza de miras”, confiesa Caballero. “Hay muy bien nivel, en parte gracias a la información que facilita internet”, asevera Corredera. “Nosotros proveníamos de la lucha antifranquista, y el foco se creó fundamentalmente en la universidad. Hoy prima la vocación política sobre la formación porque las trabas para dedicarse a esto son mucho menores”, concluye Chaves.

Cataluña-España

Fede Durán | 16 de septiembre de 2012 a las 11:22

Adjunto el enlace al reportaje de este domingo sobre la cosa catalana. Opinan políticos y académicos andaluces.

La independencia no es tan sencilla, obviamente: el ejercicio económico necesario para desvincularse es casi laberíntico, y no está claro que Cataluña saliese ganando.

1994-1996: la pinza

Fede Durán | 20 de mayo de 2012 a las 19:10

La política fabrica extraños compañeros de cama. Un buen ejemplo fue la II República, presidida en 1931 por el hijo de un terrateniente (Niceto Alcalá Zamora), gestionada por un liberal en el buen sentido del término (Manuel Azaña) y completada con un collage de ministros de todos los colores (Miguel Maura, Francisco Largo Caballero) que fue aún mayor durante el gobierno provisional de un año antes (Alejandro Lerroux, Diego Martínez Barrio, Lluís Nicolau d’Olwer). Salvando las enormes distancias y reduciendo la escala nacional a la autonómica, Andalucía se topó con un retrato parecido tras los comicios de 1994. Manuel Chaves había ganado su segunda cita electoral con 1.395.131 votos, unos 150.000 más que el PP de Javier Arenas. En escaños, la diferencia era mínima: 45 contra 41. En una cámara con 109, la mayoría absoluta está en 55, lejos, muy lejos de aquél lanzamiento de jabalina. De la mano de Luis Carlos Rejón y con sus mejores resultados bajo el brazo (20 diputados), IU se iba a convertir en el actor esencial de una película que duraría menos de dos años y produciría uno de los títulos más recordados de la trama autonómica andaluza: la Legislatura de la Pinza, un thriller que aún genera preguntas. ¿Hubo verdadera sintonía entre Arenas y Rejón? ¿Qué papel jugó desde Madrid Felipe González? ¿Y Julio Anguita? ¿Cómo recuerda el propio Chaves aquel bienio frenético, plagado de reprobaciones y debates a cara de perro?

Versión A (Rejón). El domingo 12 de junio de 1994, pasada la medianoche y completado el escrutinio, el ex presidente de la Junta supo perfectamente cuál sería su primera llamada telefónica. Necesitaba el respaldo de Izquierda Unida y estaba dispuesto a ser generoso. Pensaba en un gobierno de coalición parecido al actual y con un papel aún más protagonista para la federación de Izquierdas. Chaves convocó a Rejón una semana después. Su oferta era, en términos de poder, mareante: la vicepresidencia que hoy ocupa Diego Valderas y cuatro consejerías. Rejón sonrió, pero no dio el sí. Su respuesta estaba condicionada por un contexto políticamente salvaje. Era la época de los GAL, de Luis Roldán, de Juan Guerra, de la hemorragia de Santana Motor. IU no quería poder sino programa. El tardofelipismo había sido una de sus banderas de batalla y no estaba dispuesta a empeñarla. “Recuerdo perfectamente que le pregunté a Manolo por los contenidos y él me contestó que la gobernabilidad era para el PSOE, que si pensaba que una parte de nuestras recetas era aplicable estaba totalmente equivocado”, relata Rejón.

Versión B (Chaves). Nunca existió oferta alguna a Rejón e IU. En la federación triunfaba la teoría del sorpasso. Izquierda Unida vivía sus mejores momentos en Madrid y Sevilla. Rebasar al PSOE era sólo cuestión de tiempo y de un matrimonio de conveniencia celebrado discretamente entre José María Aznar y Julio Anguita bajo el mecenazgo de Pedro J. Ramírez. Los contactos con Rejón se limitaron a un frustrado intento de cerrar los presupuestos de la comunidad para 1995 (al final, se acabarían prorrogando los de 1994).

Reconstrucción del resto de la historia. Chaves calibró desde el inicio la verdadera dimensión del problema. Era consciente de que el mandato sería bacheado, sabía que habría que negociar párrafo a párrafo cada texto legal, cada iniciativa o designación. ¿Imaginar una entente Arenas-Rejón era ir demasiado lejos? Quizás, sobre todo si se atiende a los primeros pasos en sede parlamentaria, donde IU optó por el voto nulo para permitir la elección de Manuel Chaves como presidente.

Previamente había llegado la primera gran pista de lo que se cocinaría después: Valderas lograba la Presidencia de la Cámara regional con el ok del PA de Pedro Pacheco… y del PP-A. “¿Que por qué nos apoyaron? Eso habría que preguntárselo a Arenas”, dice Rejón. Antes incluso de ese nombramiento, IU y PP habían acercado posturas. Aunque el entonces secretario general de los populares andaluces, Juan Ojeda, desmienta “que se firmara documento alguno”, Rejón confirma lo contrario. “Eran un par de folios que Arenas y yo firmamos en una sala de comisiones y lo único que contemplaba era una apuesta por la regeneración democrática y un respeto de las proporciones en los organismos públicos y parlamentarios”. La leyenda en torno a ese par de folios -el mal llamado pacto del Hotel Inglaterra- creció exageradamente. Se habló de un gobierno en la sombra, de una especie de gabinete en el exilio de la oposición, pero las alianzas fueron “todas de forma, jamás de fondo”, según Rejón. Chaves admite que no llegó a leer el documento misterioso, pero difiere de su ex rival: “Contenía muchísimos puntos que desde luego iban más allá de las formas”. Pacheco, convidado de piedra en la legislatura con sus tres escaños, considera simple y llanamente que “PP e IU tendrían que haber formado un Ejecutivo de coalición”. “Había un acuerdo de cooperación cooperativa”, zanja Ojeda. “Fue un ejemplo de tolerancia”, concluye Rejón.

El socialismo andaluz leyó una seria advertencia en esa doble rúbrica. Chaves se reafirmó en su convicción de que tendría que picar piedra para garantizar la paz. Los problemas no se limitaban al frente externo de la entente, también eran intestinos. “El presidente estaba en una situación de extrema debilidad -analiza Ojeda- porque en su grupo parlamentario mandaban los guerristas (Enrique Linde, Antonio María Claret). Pero fue listo: recuperó a Zarrías, a Pizarro y a Ceballos y reconquistó el poder en el partido”.

Para contentar a Arenas, Chaves disponía de una buena carta: la elección del sustituto de Manuel Melero al frente de la Radio Televisión Andaluza (RTVA). Entre bambalinas, además, Gaspar Zarrías y Luis Planas (rescatado actualmente por Griñán como consejero de Agricultura) eran los hombres encargados de garantizar, junto a Ojeda, la estabilidad de los puentes, del entendimiento forzoso, de la negociación a hurtadillas. Con Rejón no era tan sencillo. Chaves quería incluirlo también en el debate y posterior pacto sobre el nuevo director de la RTVA, pero necesitaba más fuegos artificiales. Y la deuda histórica era un pastel de incalculable valor teniendo en cuenta que la cuantía que se fijase en Andalucía sería avalada sin demasiadas pegas por el Gobierno amigo de Madrid.

El asunto número uno (RTVA) parecía encaminado. Juan Teba, “un señor aparentemente cercano al PSOE” a juicio de Rejón, era el hombre del consenso. Pero no. “Iba de viaje en tren a Bilbao y me enteré por los medios de comunicación de que finalmente PP y PSOE habían optado por otra persona”, señala el ex dirigente de IU. Esa persona era Joaquín Marín Alarcón. La federación recibía así el primer bofetón.

El asunto número dos (deuda histórica) era más complejo. Chaves y Rejón pretendían incluir la cuantía en los presupuestos de 1995, aquellos que nunca se aprobarían, y le dedicaron muchas tardes al cálculo. De nuevo, las posturas parecían cercanas. Se habló de 51.000 millones de las antiguas pesetas (más de 300 millones de euros), y Rejón creyó cobrada la pieza. Pero tampoco. “Felipe González jodió toda la vida política andaluza -lamenta-. Jodió el acuerdo en RTVA y jodió la deuda histórica, cuya cifra yo ya había firmado con Chaves. Manolo me llamó y me dijo que le habían tumbado el pacto en Madrid, que Felipe decía que ninguna comunidad autónoma le iba a marcar las cuentas públicas. A él no le interesaba mantener relaciones con IU”.

Chaves, otra vez, difiere: “Nunca nos comprometimos con cifra alguna. Es cierto que barajamos los 51.000 millones, pero yo tenía que ver a Felipe y a Solbes, que entonces era ministro de Economía, para tomar la decisión final. Y Pedro decía que era mucho dinero, demasiado. Rejón tenía el listón reivindicativo tan alto que parecía que no quería alcanzar ningún acuerdo”.

Desde entonces, la fractura fue absoluta. El Parlamento se convirtió en un hervidero. La tensión podía masticarse como un chicle. Los socialistas eran como Ali antes de irse a la lona por primera vez en aquel combate fatal contra Frazier: creyeron tanto en su dominio que no estaban preparados para cambiar el alma de punisher por la de un simple fajador. “La pinza nos sorprendió por la actitud infantil de Arenas y Rejón, que jugaban al gato y al ratón con Chaves. Siempre ganaba la pinza, y nosotros a veces nos uníamos, pero hubo un exceso de bronca, las sesiones eran interminables y estaban repletas de reprobaciones a todos los consejeros”, visualiza Pacheco.

Arenas se frotaba las manos. Era un escenario idóneo para salir reforzado. La agonía de Chaves podía convertirse en el prólogo de su primera y enorme victoria. Aznar asentía en la distancia. ¿Y Anguita? “Julio siempre me daba su opinión, siempre, y coincidían con las mías en el 95% de los casos, pero yo me sentí siempre totalmente libre”, subraya Rejón. “Nunca se planteó un Gobierno de coalición con Arenas. Nunca. Aunque hubo gente en mi partido que en los sótanos del Hotel Los Lebreros (nuestro lugar habitual de reunión) me pedía mociones de censura con candidatos a la Presidencia de la Junta ajenos al Parlamento. Tuve que frenar varios intentos en esa dirección. Y lo curioso es que muchos de los defensores de esas mociones aplauden ahora la alianza entre PSOE e IU”.

A finales del 95, transcurrido apenas año y medio de mandato, estalló la bomba (ver apoyo). Se debatían los presupuestos para el ejercicio siguiente y Chaves no estaba dispuesto a prorrogar por segunda vez los de 1994 “por razones de higiene democrática”. Si las negociaciones fracasaban, adelantaría las elecciones. Ojeda y Arenas habían lanzado una tímida oferta: respaldarían las cuentas de la Junta si el Gobierno accedía a anticipar la cita con las urnas en una fecha distinta a las generales. Chaves no tragó. Y sonó la campana del final de clase.

Aquella andadura contrasta con un presente donde Griñán y Valderas se abrazan y se quieren (por ahora). Pacheco vaticina una “ruptura traumática” en menos que canta un gallo. Ojeda opina que “los desencuentros y la bisoñez de IU en el ejercicio del poder no van a ser suficientes para acabar con este Ejecutivo”. Rejón advierte que “IU puede destrozarse internamente si la gente no percibe un giro a la izquierda en las políticas de la Junta”. Y Chaves confiesa que “las experiencias del PSOE con IU no han sido muy buenas en el pasado”. Caducó el sorpasso, se retiraron Aznar, González y Anguita, y sigue Valderas, que fue siempre propacto, también durante el pinzarato. Arenas dormita amortizado en el sillón de la oposición, así que todo encaja. Pero de aquellos lodos brotan valiosas lecciones, y la principal es que los viejos amores se enfrían pero no necesariamente mueren.

El eje que nunca funcionó

Fede Durán | 13 de mayo de 2012 a las 18:28

La Real Academia de la Geopolítica (RAG), entidad ficticia creada ad hoc para esta crónica, establece una verdad casi irrefutable: Norte y Sur suelen ser coordenadas antagónicas. Arriba, progreso y orden; abajo, retraso y anarquía. Alemania versus Grecia. Estados Unidos en oposición a México. La pianura padana y Sicilia. ¿Cataluña y Andalucía? La regla se cumple en términos económicos y viene de largo, de hace más de un siglo. Pese a que la revolución industrial arrancó en España no sólo desde Barcelona sino también en el triángulo Cádiz-Málaga-Sevilla, el sur tuvo alma latifundista mientras el norte diversificaba (el carbón asturiano, el emporio textil catalán, la siderurgia y los astilleros vascos). Ya saben cómo acabó el trienio bolchevique. Y lo que vino después de la II República. Pero muchos años después, en democracia, se han registrado algunos fenómenos que desmontan o cuando menos matizan la contundencia de aquella división al menos desde una perspectiva sociopolítica. Entre 1950 y 1970, millón y medio de andaluces emigró, escogiendo casi sistemáticamente Cataluña como tierra de acogida. Aún hay barrios del cinturón metropolitano de Barcelona donde se oyen acentos meridionales. El socialismo ha sido, además, una fuerza motora tanto en una región como en la otra. En 1980, el Parlament llegó a contar con los diputados del PSA. Incluso la Generalitat ha tenido un presidente de origen andaluz, José Montilla, nacido en Iznájar (Córdoba) y emigrado con su familia en 1971.

Francisco Hidalgo, uno de los parlamentarios del PSA en aquella primera legislatura catalana, explicaba hace unas semanas que Josep Tarradellas, quien cedía el trono a Jordi Pujol, fue comprensivo y respetuoso al recibirlo: “Sabía que no éramos lerrouxistas”. De hecho, Pujol, autor de uno de los mandatos más dilatados de la democracia española (1980-2003), siempre se caracterizó por una corrección exquisita y un interés sincero por el caso andaluz.

El hito más importante, sin embargo, llegó en 1999. Manuel Chaves, timonel de la Junta entre 1990 y 2009, y el entonces ex alcalde de Barcelona y diputado autonómico Pasqual Maragall, idearon una alianza norte-sur para liderar la reforma de los estatutos, resideñar el modelo de financiación, dotar a las comunidades de voz en Bruselas y potenciar redes de comunicación e infraestructuras alternativas al esquema radial proyectado desde Madrid. Maragall, tan talentoso como imprevisible en la oratoria, proclamó entonces la construcción de “una de las columnas vertebrales de la España moderna”, aunque ya advertía que el abrazo sería “progresivo, no instantáneo”. En realidad, se equivocaba. El plan se mantuvo mientras el catalán sufría en la oposición la imbatibilidad (en escaños, que no en votos) del ogro Pujol. Pero el 16 de noviembre de 2003, las matemáticas le dieron la oportunidad de parir, junto a ERC e ICV, el primer tripartito. Y el eje con Andalucía daría paso, poco a poco, a la metafísica identitaria, un discurso exigido por Esquerra y secundado por los ecosocialistas de Joan Saura que finalmente le apartaría de Chaves, del resto del PSOE y del cacareado eje. Paradójicamente, los estatutos catalán y andaluz acabarían pareciéndose bastante. Pero el PSOE-A sintió que había algo más, una deriva implícitamente soberanista imposible de aceptar. La entente fue archivada en las carpetas polvorientas de la historia y Andalucía se dispuso a interpretar un papel que nuevamente debe ensayar ahora: el de muro de contención ante los “nacionalismos insolidarios”, el de garantía de un desarrollo homogéneo del Estado autonómico. CiU recuperó la Generalitat en diciembre de 2010 y Artur Mas avanzó su voluntad de lograr un concierto económico similar al vasco o al navarro. Pero no será sólo un muro. La Junta de la coalición Griñán-Valderas funcionará también como alcazaba porque los grandes nombres del PP -desde Esperanza Aguirre hasta Mariano Rajoy- han pedido una “reflexión” sobre la viabilidad de un modelo territorial que Madrid, Bruselas y los mercados asocian al despilfarro. Las CCAA que incumplan los objetivos de déficit, se ha llegado a decir, podrían ser intervenidas por la Administración central.

En una entrevista con este periódico, Chaves explica los vaivenes del eje. “No diría que no tuvo éxito sino que no cumplió con las expectativas marcadas. Muchos de nuestros planteamientos se recogieron después en la Declaración de Santillana (diciembre de 2004), que configuró el nuevo modelo autonómico, aunque después Maragall se lo saltaría un poco a la torera”, comienza. “La filosofía del pacto estaba clara: Cataluña creía que aportaba demasiado al Estado [era y es contribuyente neto equilibrio territorial] y Andalucía sabía que era perceptora de esa solidaridad. Si nos poníamos de acuerdo, podíamos dar una visión de integración de Cataluña en el país”.

Maragall nunca planteó el concierto económico que hoy defiende Mas. José Montilla lo recuerda desde su oficina de ex president en Barcelona: “Con la financiación, Cataluña tiró del carro. Ahí estaban las balanzas fiscales para reforzar nuestra postura. En esa negociación nos quemamos todos, podríamos haberla zanjado antes, pero el PSC nunca defendió lo que tiene el País Vasco sino una cierta aproximación a los resultados de esos otros regímenes fiscales. La diferencia con los nacionalistas es que lo que queremos para nosotros no se lo negamos a los demás”. Como si se tratase del salvaje oeste, cada región acabaría fijando en sus estatutos las fórmulas personalizadas de inversión del Estado. Un rompecabezas que la crisis y los recortes han demostrado irresoluble. Andalucía exigiría, en la Disposición Adicional Tercera del texto, una inversión equivalente al peso de su población sobre el conjunto del Estado “para un periodo de siete años”.

Pero volvamos al eje. “Partíamos de una premisa realista. Cargar el peso del avance autonómico en una sola comunidad era difícil. Nos parecía lógico que Cataluña y Andalucía creasen esa alianza por razones de peso económico y demográfico, por las afinidades que comparten PSC y PSOE-A, por los foros, la literatura de los historiadores, las publicaciones y sobre todo la emigración de mitad del siglo pasado”, reconstruye Montilla.

“Maragall era para echarle de comer aparte -retoma Chaves-. Cuando debuta el tripartito ya no se puede hablar del eje; se difuminó mucho antes”. Entre 2004 y 2005, sin embargo, ambos líderes se reunieron un puñado de veces para intentar desatascar la estrategia comúnmente dispuesta. “En la medida en que Pasqual perdía apoyos en Cataluña, acentuó sus rasgos identitarios por encima de las políticas sociales. Los techos del Estatut no los podíamos aceptar fácilmente. Todo ello desembocó en el acuerdo final entre Zapatero y Mas [Maragall quedó devastadoramente fuera de la foto] y en la sustitución de Pasqual por José Montilla”, añade el ex jefe de la Junta.

Chaves subraya en su última frase la verdadera causa del hundimiento: los debates sobre la reforma estatutaria en el Parlament se disparataron a ojos del socialismo más posibilista. El chicle se estiraba, el articulado crecía y la exhaustividad e hiperregulación se convertían en la tónica dominante. Maragall, que siempre fue federalista, acabó pareciendo esencialmente nacionalista. Su discurso debía rivalizar no sólo con el de Artur Mas, sino también con el de Josep Lluís Carod Rovira. Y ahí estuvo justo la otra puntilla al eje. A finales de 2003, Carod, conseller en cap del recién inaugurado tripartito, se reunió con ETA en Perpiñán. Maragall no había sido informado. La banda decretó una tregua que beneficiaba sólo a Cataluña. En aquel momento, el PSOE-A dio casi por perdida la sociedad con el PSC. Carod acabaría dimitiendo. Pero eso importaba poco. “EL Estatut significó costes electorales para el PSOE”, admite Chaves, que añade a las complicaciones estrictamente políticas otras derivadas del carácter de Maragall. “Era difícil de tratar. Con Montilla las cosas fueron mucho más fluidas. Él era más claro, de origen andaluz y del sector del PSC menos catalanista. Quería más medidas sociales y menos debate identitario, justo lo contrario de lo que ocurrió con Maragall”. “Mi relación con Manolo [Chaves] era buena y se forjó durante años”, corrobora Montilla.

Velado el cadáver del eje e incinerado su cuerpo, el tripartito II (el de Montilla) dio paso, tras dos legislaturas de pausa, a la CiU de Mas y Duran. Y el panorama, claro, se ha transformado. Donde antes había complicidad hoy existen prejuicios. Mas se burló del acento de los andaluces y habló de una región permanentemente subvencionada y habituada a existir por encima de sus posibilidades. Los choques con Griñán han sido más frecuentes de lo deseable. “Pujol era mucho más respetuoso que Duran o Mas. Ellos tienen el chip nacionalista más acentuado, deben dar a entender que vivimos de la sopa boba y que ellos pagan más de la cuenta. Es una discriminación que subyace en la ideología nacionalista. Pero Andalucía no se va a olvidar del flanco social, ni del autonómico, ni de la defensa de la Constitución”, advierte Chaves. “Podemos jugar un papel a la contra, similar al del 28-F, impidiendo un retroceso del Estado de las autonomías y favoreciendo que se repita la posibilidad del café para todos”, concluye. El reto es formidable. La pugna será contra el País Vasco y Cataluña, pero también contra Madrid. Esta vez, Andalucía puede quedarse sola. En cualquier caso, el tiempo ha dado la razón a la RAG. Norte y Sur mezclan mal.

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La cuota mediática andaluza

Fede Durán | 11 de abril de 2011 a las 14:04

Tradicionalmente, la política andaluza ha tenido poco peso en el conjunto nacional. País Vasco y Cataluña han sido las grandes canteras informativas por el factor nacionalista. Madrid, a veces, también ha contado por su naturaleza central y presuntamente vertebradora. Aquí las cosas eran sencillas. Como diría Lineker: Andalucía es una comunidad donde siempre gana Chaves. Pero Chaves se fue y llegó Griñán, un perfil radicalmente diferente a los mandos de un mismo partido. Bajo su reinado, por azar o por divino mandato, han aflorado los escándalos. Escándalos que, por otra parte, siempre han existido en la comunidad. Pero ahora es distinto: ahora, Arenas, tres veces derrotado, cree de veras que tiene una enorme oportunidad. Y, con el pulso nacional PSOE-PP de fondo, Andalucía, quién lo iba a decir, monopoliza editoriales y portadas en la prensa española de primer nivel. Las generales podrían decantar al PP hacia la mayoría absoluta si las distancias electorales se reducen o transforman en la región. Rajoy está abonado: viene siempre que puede y alguna vez más, y protagoniza junto a Arenas una colección de instantáneas de lo más variopinto: visten monos de trabajo, batas de científico y camisa + jersey de domingo desenfadado de centroderecha, todo con tal de dejarse ver junto al pueblo, que sigue siendo para mi gusto algo sumamente abstracto.

Andalucía ha logrado a través de la corrupción el protagonismo de otra forma negado en la factura mediática del país. El siguiente paso debería ser lograr esas mismas cuotas de atención a través de la seriedad, el progreso (gastadísima palabra) y una clase política que empuje a la sociedad andaluza al más y mejor desde sus propios listones de autoexigencia, que debieran colgar infinitamente por encima de los que hoy predominan.

Vivir para morir solo

Fede Durán | 6 de abril de 2011 a las 14:35

Griñán es un tipo formado y cultivado. Cita a Voltaire en sus discursos y sabe vender lo imposible (que Andalucía va bien justo ahora). Su figura es más de salón y pipa que de barrio y palmada en el hombro. Habla mil veces mejor que Chaves, y con conocimiento de causa, y tampoco le llegan al talón sus otros predecerores en la Junta, pero con eso no basta. Griñán es teoría en un patio de prácticas donde abundan los demonios. Chaves era el fontanero, the peacemaker, y el PSOE-A se las apañaba para repartirse los pastelitos del poder sin que nadie pasara hambre. Pero Griñán no ha comprendido los entresijos de esta casa de muñecas donde todos los vecinos se vigilan y recelan, ha pretendido imponer su criterio de ser jerárquicamente superior y ahora se encuentra en mitad de un arrozal vietnamita de finales de los sesenta donde el napalm es el olor predominante y las balas sustituyen al canto de los pájaros. Dicen que esta batalla descompone al PSOE-A. Quizás no sea para tanto: los socialistas serán lo suficientemente listos como para aparcar cualquier hemorragia si así retienen ese reino treinta años manoseado. Ésa es la única esperanza de Griñán. Que le dejen vivir hasta que muera (electoralmente) solo. Siempre que Valderas no lo evite. El hombre está deseando.

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Lo perverso de un país atomizado

Fede Durán | 18 de agosto de 2009 a las 19:11

En circunstancias normales, lo obvio no debería ser noticia. Obvio es que la sede de la futura gran caja andaluza esté en Málaga al ser malagueña Unicaja, la entidad que comandará la operación con Cajasur y Caja de Jaén. El consejero de la Presidencia de la Junta, Antonio Ávila, debe verlo de otra forma cuando ayer empalmó una sarta de obviedades. Pero él no tiene la culpa. Un solo hombre no forja una idiosincrasia. Y la idiosincrasia andaluza se basa en la atomización.

Éste es un país de ciudades, y si se extrema el concepto, incluso de pueblos, aldeas y barrios. No existe la fuerza colectiva. El lastre fomenta situaciones de corte kafkiano como la intrincada subdivisión orgánica a la que se someterá Unicajasur (¿dónde encaja Jaén en este feo juego de palabras?). Durante un tiempo, las marcas diferenciadas coexistirán. También se respetará la singularidad de cada obra social. Las cuotas serán la filosofía. Buen retrato de la colmena andaluza, buen prólogo para una ristra de cuestiones tan molestas como inalterables: ¿Por qué ningún Gobierno andaluz, es decir, ningún Gobierno del PSOE, ha batallado en Madrid espoleado por la fuerza demográfica de la comunidad y su importancia en el mapa electoral? ¿Por qué una multinacional de la tierra no es andaluza en vez de gaditana, sevillana o almeriense? ¿Por qué es directamente implanteable contar con una cabecera única en la región al más puro estilo de La Vanguardia? Tal vez porque aquí no existe una auténtica sociedad exigente, ambiciosa y dinamizadora. Los matrimonios entre cajas, sus negociaciones entre bastidores no responden para la Junta a un objetivo verdaderamente estratégico, salvo que la estrategia consista en consagrar la pátina de la politización en todos los ámbitos posibles. El discurso de Ávila, que es el mismo de Griñán ahora o Chaves y Zarrías antes, ahonda en nuestra perenne estupidez autonómica. Y abusa, por cierto, del supuesto halo de objetividad con que el Ejecutivo socialista dice afrontar la reestructuración financiera que tanto requiere el país. Pero ésa no deja de ser una obviedad como la copa de un pino.

¿Chaves vicepresi?

Fede Durán | 6 de abril de 2009 a las 11:31

¿Chaves de vicepresidente? ¿Es una broma? No, es Zapatero, tan obsesionado con los golpes de efecto que vacía de sentido cualquier movimiento político. Chaves, ya lo escribí una vez, es una manta apolillada, cargada de alientos pasados y bacterias perennes. Me da igual su filiación política: la distorsión proviene en su caso de la extensión del mandato. Ahora (¿quién dijo crisis?) nos lo quieren colocar de tercer vicepresidente y habrá que suponer que con berlina, dietas y hasta sueldo. ¿Es compatible que un presidente autonómico se integre en otro Gobierno? ¿Es simplemente ético? La ley deja claro que no hay opciones de duplicidad. Pero, por si acaso, que conste en acta. La tentación puede más que la higiene.

Quizás a ZP le puede su sentido de la justicia histórica: Manolo abandonó mosca su remoto Ministerio de Trabajo y asumió el encarguito andaluz como quien debuta en las minas de sal. Ahora tendrá lo que merece: un cargote tras 20 años de cargazo, círculo definitivamente cerrado en vísperas de una jubilación dorada por una generosa pensión, y todo en función de su incuestionable hoja de méritos. ZP es el mejor. Está en otra dimensión, en otra galaxia… puede incluso que sea de otra raza. Si Obama le llama amigo, pensará, todo es posible. Yes he can.

Por cierto, compatriotas, prepárense para disfrutar de nuestro andaluz (bueno, ceutí) presi. No lo olvidarán fácilmente. Sobre todo si habla. Y disculpen si una sonrisa malvada se perfila en mi jeta: Andalucía, país obsesionado con la inercia, se libra por fin de una cadena. A costa del resto de España.

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Dispuesto a batir el récord

Fede Durán | 25 de marzo de 2008 a las 13:42

Manuel Fraga, 15 años de presidente autonómico. José Bono, 21. Jordi Pujol, 23. Juan Carlos Rodríguez Ibarra, 24. Si Manuel Chaves cumple su propósito de repetir como candidato a la Junta en 2012 y además gana (cosa probable en la monolítica Andalucía), establecerá el listón en la muy estratosférica cifra de 26 años. Imagínense tanto tiempo con el mismo jefe. O con el mismo coche. O con las mismas sábanas. Escalofriante.

Parece que el propio Chaves no tiene claro si sirve para otra cosa. Como jurista no se le conocen grandes méritos. Lo suyo es mandar, que no decidir, pues para esta tarea ya cuenta con un notable séquito encabezado por Zarrías. Mandar, pues, viene a ser para el líder algo así como constar. A lo grande, se entiende. Con una tele que lo mima y mitifica su mensaje y sus cualidades. Foco y maquillaje, palio y peloteo.

Todos sabemos que los políticos odian que les toquen sus mecanismos de poder. Nada de cambiar las reglas. Si los ciudadanos me votan, me quedo hasta la muerte. O casi. ¿Por qué no una limitación de mandatos? Hugo Chávez, casi tocayo del nuestro, quiso eliminar esa restricción y Occidente poco más y se lo come. La indignación está bien cuando uno es consecuente, pero en España ni el tato está por la labor. Nuestro único ejemplo es Aznar, tan chungo en tantas cosas: el tío será insoportable, pero se comprometió a estar ocho años en Moncloa y cumplió su palabra. Zapatero, por cierto, no ha dicho ni mu. Apuesto el pescuezo a que se postula también en 2012, aunque sólo sea por conservar ese bello paralelismo hispanoandaluz.

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