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Bienvenidos al desierto

Fede Durán | 21 de abril de 2014 a las 21:16

parlamento de lamadrid 22.

Aunque el Parlamento andaluz no ha sido nunca un gran campo de batalla ni por paisajes ni por generales, algunos cañonazos retumban aún en la caja torácica del recuerdo. Chaves y Arenas (porque ésa fue la principal, la más longeva contienda) supieron odiarse con cierto sentido del espectáculo, enroscado uno en la leyenda de su invencibilidad, aferrado el otro al milagro de la derrota. Ésta se produjo, sin embargo, ya con Griñán y en marzo de 2012, pero la victoria del PP fue pírrica y por lo tanto indigerible: Arenas se fue a Madrid y Zoido llegó de Sevilla. Ambos repartieron los bofetones del primer tramo parlamentario de 2013 en lo que muchos observadores, alineados o no, veían como un intercambio desigual.

Porque Griñán subía los peldaños de la oración como agasajado por Vivaldi, seguro de su tracería retórica, convencido de una superioridad intelectual de la que en realidad nadie dudaba y ante la que Zoido, alcalde metido con calzador a opositor, respondía con la inconsistencia del tutti frutti: un poco de todo (corrupción, parálisis, desempleo, derroche) sin ahondar en nada. Así transcurrían las sesiones de control y así prolongaba sus días una cámara siempre crepuscular, enfrascada en la pose partidista, alérgica a las alturas, hija del copy paste tal y como siempre acreditará el Estatuto que quiso ser Estatut.

ZOIDO DICE QUE LA JUNTA COGE EL DINERO E INCITA A CONFRONTAR CON EL GOBIERNO

Aquella gran frase de Lineker sobre el fútbol y Alemania contó durante esos meses con una conversión aproximada en clave andaluza: “Los debates del Parlamento autonómico son un deporte de uno contra uno donde siempre gana Griñán”. Tal vez por eso, pero sobre todo por el ponche lisérgico de los ERE, el presidente, más ojeroso y asaeteado que nunca, decidió retirarse a su Yuste particular, dejando como herencia un engendro de primarias y un dedazo casi al estilo Aznar: Susana Díaz aterrizó para quedarse. Zoido insistía en largarse. La lente pública enfocaba un nuevo combate entre boxeadores sin el pedigrí de las urnas pero con roles perfectamente definidos. Él, asiduo del ring en la legislatura, parecía el Patterson perdedor de Gay Talese; ella, obsesionada con la coronación, botaba sobre la lona como el mismísimo Ali.

Díaz no vive sincronizada a los maestros de la música clásica, ni siquiera es probable que desmenuce sus lecturas nocturnas con una copa de coñac caro bajo la chimenea, pero pega más duro que Griñán porque ella sí es un animal político, es decir, una persona que mamó desde pequeña de las tetas del partido, aprendió el arte de la demagogia y sobreexplotó el recurso a la promesa contundente y al y yo más. Zoido a su lado es un azucarillo nervioso, un colibrí trémulo cuyas plumas escupe el viento de los discursos que el PSOE asume en Andalucía no tanto por inquebrantable adhesión al progreso como por el empuje que ejercen los socios de IU y por la excusa que brindan los contrastes fáciles con las políticas neoliberales del Madrid central.

DEBATE DE INVESTIDURA DE SUSANA DÍAZ

Puede que Zoido sea como Patterson, pero desde luego Díaz no es como Ali. Si el discurso pudiera medirse como se miden las extremidades, el litoral o los círculos árticos, el que flota en las Cinco Llagas apenas alcanzaría el tamaño de un guisante. Ni los protagonistas hacen mejores a sus secundarios, ni los secundarios se esfuerzan en hacer sombra a los protagonistas, empeñados a su vez en quedar lo más lejos posible de sus antecesores recientes o remotos. El culto a la mediocridad ha convertido el jardín en páramo y el páramo en desierto. Bienvenidos a la desolación más absoluta.

*Artículo publicado en el Anuario del Grupo Joly.

Con la mente en otra parte

Fede Durán | 10 de abril de 2014 a las 20:32

Pleno en el Parlamento de Andalucía con Susana Díaz.

Sí, había sesión de control en el Parlamento, pero la Andalucía política no miraba al hemiciclo sino a la trastienda, donde las fuerzas especiales de PSOE e IU trataban de arrancar el motor bicilíndrico de la Junta tras la primera verdadera crisis de gobierno entre socios que se respetan pero no se piropean ni se quieren.

José Antonio Castro, el portavoz de IU, tenía la oportunidad de marcar (otra vez) perfil propio. Esta vez debía andarse con ojo. Él mismo negociaba junto a Diego Valderas y Antonio Maíllo la paz con los socialistas, y además IU había probado (y encontrado) el límite de Susana Díaz, cero temblores de pulso, después del lío de la Corrala Utopía. Así que optó por el mismo tirón de orejas de hace dos semanas: la cadencia legislativa, hasta ahora más propia de un vespino que de la potencia que se le supone a 59 diputados. Díaz hizo después lo de siempre: contestó en parte y con desgana. Su mente estaba en otras batallas. La de Castro también. Es como intentar tararear a la Carrà mientras se calcula la raíz cuadrada de ciento nueve.

Era curioso observar a la dupla Díaz-Valderas. Dos compañeros de pupitre conscientes sin embargo de que sus caminos e intereses son diversos. El PSOE ha convencido a Valderas de que es un hombre de estado, y Valderas está encantado de creérselo. Cuando Susana hablaba, Diego asentía, sonreía, animaba. Él es uno de los grandes cortafuegos de este desencuentro. Lo malo es que le ocurra como a Rosa Aguilar y una mañana amanezca con la camiseta equivocada.

Carlos Rojas quería aprovechar el chaparrón para devolverle a la presidenta sus habituales burlas sobre la interinidad del PP-A. Sus palabras venían cargadas esta vez de bilis más que de cifras, describiendo una escena muy de los Hermanos Marx, con entradas y salidas del camarote, doncellas descocadas y culos al aire, botellas vacías de champán y un par de pasajeros con una resaca espantosa (vale, ha sonado más a Benny Hill). Planteó bien las cosas: si Fomento (¿y Vivienda?) cometió una irregularidad, Díaz debería cesar a la consejera, Elena Cortés. [Coda al párrafo: al equipo popular debería preocuparle el bajísimo perfil mediático de Moreno Bonilla. Si Díaz es una cinco estrellas en el manejo del circo mediático, El Candidato no pasa de panorámica naif de la Gran Manzana].

Es poco probable que tal cese se produzca. Aun así, Díaz fue muy contundente en su respuesta aclaratoria: respeto a los principios de igualdad, justicia y legalidad. La colleja a IU sonó lejos de las Cinco Llagas: desigualdad significa que Cortés ha optado por beneficiar a unos andaluces en detrimento de otros en idéntica situación. Injusticia es básicamente lo mismo. E ilegalidad implica mayores cotas de drama, canciones metaleras hacia el abismo de la prevaricación.

Por primera vez desde que SD debutó en las alturas, el Parlamento autonómico no fue un muermo. Sus señorías estaban inquietas, gritaban, abucheaban y se retrepaban en sus ilustres butacas. Flotaba en el aire cerrado del hemiciclo la nube de la intriga, que implica golpes de efecto, que a menudo implican elecciones. Y ahí es cuando la película se interrumpe, los ojos se acristalan y las garras se crispan porque se atisba la eterna posibilidad de redistribuir el poder.

[Segunda coda al conjunto de la crónica: un adelanto electoral podría 1) beneficiar al PSOE si el PSOE vende esta historia como un pulso entre demócratas y radicales 2) beneficiar a IU si traslada el mensaje de que está con los más débiles y no con los poderes fácticos y universales del capitalismo mal entendido 3) beneficiar al PP si retrata la experiencia del bipartito como el caos que siempre ha creído que es. Potencialmente, todos salen beneficiados, así que emerge alegremente la paradoja: lo que a todos beneficia deja las cosas como estaban].

[En realidad, el intercambio de guantazos cansa terriblemente al elector. La perspectiva de unas elecciones -otras-, también. Pero se ha creado un precedente de violencia política, y los recelos entre PSOE e IU serán ya una constante más o menos empolvada].

 

La extraña pareja

Fede Durán | 31 de marzo de 2014 a las 19:35

La alusión es pastelosa pero viene al pelo. En Grease (1978), Travolta y la Newton-John luchan por el premio escolar a la mejor pareja de baile, pero todo evento organizado colinda con el caos, y el guaperas italoamericano acaba ganando, sí, pero con otra pareja. La vida es así: nunca aprecias el margen de afinidad hasta que mueves el esqueleto, y ayer, en el Parlamento, lo sacudieron con sorprendente sincronía IU y PP. La crítica a Susana Díaz era el hilo musical. José Antonio Castro (IU) estuvo sembrado. Escupió sus reivindicaciones disfrazándolas de cordialidad y se guardó lo mejor para el final. “Sin querer meterle bulla, señora presidenta, sin nada de estrés, le pedimos rapidez en el cumplimiento de nuestro acuerdo de Gobierno”. Ironía, sutileza y firmeza, un buen trébol. La banca pública espera. Y la ley integral de soberanía alimentaria. Y otras que no se mencionaron pero en las que IU trabaja (participación, renta básica). Díaz contestó la parte fácil (habrá recurso contra el presunto suelo urbanizable sobre el que, según el TSJA, descansa El Algarrobico) pero calló en las cuestiones vitales. Quizás no sea la mejor bailarina.

Sin el corsé de las alianzas, Carlos Rojas (PP) estuvo más bien volcánico. “Es la economía, es el empleo… ahí tiene que centrarse (le faltó el “estúpido” que Bill Clinton añadió aquella gloriosa tarde a esa frase)”, sintetizó. El portavoz popular combinó golpes al cuerpo (al todo) y al mentón (a la parte: corrupción) sin ceder ni un milímetro a la inconsistencia que caracterizaba a su predecesor. Merece la pena reproducir su juego de pies. Paso uno. “No nos creemos sus propuestas, usted nos trae otra vez sólo propaganda”. Paso dos. “Un ejemplo: nos vende la misma ley de simplificación administrativa que Chaves trajo al Parlamento en 1995″. Paso tres. “Hasta ahora no se ha ganado el puesto que ocupa. ¿Dónde está su lucha contra la corrupción?”. Paso cuatro (los directos al mentón). Referencias a los escándalos de la Faffe y los ERE, a llamadas al señor Zarrías, al papel del supuestamente oscuro Carmelo Gómez. Y paso cinco (aquí es cuando Travolta se marca un solo y demuestra su increíble juego de cintura y piernas). “Míreme a la cara, levante la mirada y explíquele a los andaluces la corrupción. Es usted presidenta por los ERE y puede dejar de serlo por el mismo motivo”.

SD no levantó la mirada. Estaba tomando notas o consultando papeles. Necesitaba una intervención a la altura de la somanta. Increíblemente, arrancó como en el par anterior de duelos: mofándose del carácter interino de Rojas. Más que falta de imaginación, evidencia falta de seriedad. Después le acusó de llegar a la Cámara “cargado de radicalismos”, recurrió -otra vez- al y tú más al sugerirle al PP que se preocupe por sus propios mangoneos y ensayó una suerte de derribo por contraste. Es la Junta la que defiende el corredor atlántico, mantiene comedores, refuerza las becas que Madrid recorta y convoca oposiciones. “¿Sabe usted lo que me dijo Rajoy hace poco? Gracias, presidenta, porque al cumplir Andalucía su objetivo de déficit en 2013 lo cumple también España”.

En el segundo round los contendientes perdieron fuelle. “Dijo que no se podía gobernar mirando al Íbex 35″, le afeó Rojas después de sus instantáneas con Fainé y Botín. “Yo le tiendo la mano a todo aquel que quiera invertir en Andalucía”, contestó Díaz, que a la segunda sí levantó la mirada porque se siente arropada por la Cámara y con el micro del pueblo andaluz bien agarrado. “Póngase a trabajar: en estos seis meses ha demostrado que el PSOE lo puede hacer peor que en 32 años. Si se pone, le vamos a ayudar”, prometió él. “Usted confunde la inactividad del PP con la realidad de Andalucía”, replicó ella.

Y es verdad que a veces conviene husmear esa realidad, a ser posible con datos oficiales, para saber de qué estamos hablando. En la región hay 1.446.660 parados, una tasa global del 36,32% y otra juvenil del 63,95%, según la EPA del último trimestre de 2013. Andalucía cuenta con el menor presupuesto sanitario por habitante de España: 978 euros frente a una media de 1.214. El SAS ha perdido a más de 7.000 profesionales. En la enseñanza pública hay 865 profesores menos que hace un lustro y 139.224 alumnos más, según la Consejería de Educación. Por poner algunos ejemplos.

La gira por las Españas

Fede Durán | 28 de febrero de 2014 a las 10:31

EL triángulo de la influencia política y la subsiguiente repercusión mediática lo formaron en España siempre Madrid, Cataluña y el País Vasco. Hasta el caso ERE, Andalucía jamás estuvo en primera línea. Conforme las antenas dedican parte de su tiempo a descifrar los usos y costumbres de la Bética, la comunidad ha ganado relevancia por la confluencia de dos fenómenos que a menudo soterran la trama anteriormente referida: una suerte de estrategia alternativa a la austeridad y la mayor irrupción nacional desde que el desconocido Zapatero ganase aquellas sorprendentes primarias del PSOE.

“Hemos conseguido abrir los puentes del crédito”, proclamó ayer en el Parlamento la presidenta de la Junta, Susana Díaz. Ésa es la gasolina que permite al sur administrar sus recursos y sus deudas con un tono diferente al del Gobierno central, aunque la influencia de IU haya sido decisiva. Afirmaba esta semana Antonio Maíllo que la federación hace lo que puede con lo que tiene (12 escaños). No es poco empujar al socialismo, a veces a regañadientes, hacia esa izquierda real que confía en lo público como factor igualador frente al darwinismo de lo privado.

El rutilante álbum de fotos de Díaz incluye en un lapso de pocos meses al Rey, el Príncipe, Fainé (La Caixa), Alierta (Telefónica), Botín (Santander), Prado (Endesa), Rajoy y Mas. Ella se siente cómoda en el papel de conseguidora: “Nuestra obsesión es la creación de empleo. Los jóvenes andaluces dispondrán de 5.000 becas más y las pymes contarán con 2.000 millones de euros”, explicó. Su mensaje no eran sólo las cifras sino una crítica directa al PP por “manchar la imagen de Andalucía” y asumir la doblez como regla cuando exige desde Sevilla pero niega desde la Meseta.

Pocos han caído en lo complejo del equilibrismo que asume la jefa de la Junta. Defender las esencias del modelo originalmente escandinavo del bienestar casa mal con las alianzas que Díaz propugna con el Íbex 35. Ser supuestamente de izquierdas (en realidad, el PSOE dejo de serlo lustros atrás en el sentido más fiel del término) tampoco ha sido nunca muy compatible con los guiños a la Casa Real. Pero bajo la aparente incoherencia de esta fea pareja de tréboles se esconden inercias que superan con mucho cualquier cálculo. Andalucía, como el resto del planeta, vive del crédito, es decir, del dinero que no tiene, y ese dinero lo maneja la banca, que es la única que gana incluso cuando pierde. “El consumo no es el objetivo sino la consecuencia [del ahorro]”, reflexiona con sencilla brillantez el economista Juan Manuel López Zafra.

Parece que Carlos Rojas (PP) asumirá finalmente las labores de oposición en la Cámara tras la segunda ausencia consecutiva de Juan Ignacio Zoido. Su argumentario enlazó ayer, en vísperas del 28-F, las esencias del Estatuto a la “traición” del Ejecutivo regional. “Ustedes traicionan todos los días el Estatuto con una política que ha desembocado en un 36% de paro y unos índices de pobreza diez puntos por encima de la media nacional”, atacó. “Se traiciona el Estatuto cuando se desvían fondos públicos para ganar elecciones o cuando se emplean en cocaína, ferias virtuales y líneas aéreas que no llevan a ningún sitio”, continuó.

Díaz reaccionó con un órgado de los que tanto gasta. “A transparencia no me gana nadie. Ni tampoco a legitimidad [lo dijo en alusión al acceso de Rojas a la Alcaldía de Motril]”. Enseguida enseñó su carta, al invitar al PP a presentar sus números en la Cámara de Cuentas, compromiso que, dijo, los socialistas están preparados para asumir ya. Como telón de fondo, la guasa del caso Bárcenas y los millones en Suiza. Mucho más efectivo y efectista habría sido que SD hubiese enseñado el recibí de la Cámara y las siglas de su partido.

Abusó otra vez la lideresa del caos en que en su opinión se mueven los populares desde que Zoido accediese al liderazgo, declarase sus alergias y esperase, con escasa paciencia, la sucesión. Rojas no es un “meritorio” sino el diputado encargado de apretarle las tuercas al partido hegemónico y a la figura emergente del panorama político hispano. Sería catártico, o al menos de primera utilidad, que el PSOE exhibiese algo de autocrítica a la vista del cuadro macroeconómico andaluz, el lamentable estado de su clase media y una presión fiscal que no siempre justifica la dudosa calidad de algunos servicios públicos.

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Cómo podría haber sido y no fue

Fede Durán | 18 de febrero de 2014 a las 8:00

LA torpeza de una decisión es más evidente cuanto mayor es el contraste entre la situación bajo ese influjo y una vez rotas las cadenas. En apenas cinco minutos, Carlos Rojas, portavoz del PP en el Parlamento andaluz, desnudó a su todavía superior, Juan Ignacio Zoido, y también a la presidenta de la Junta, Susana Díaz, por distintos motivos y en distinta medida. A Zoido lo troceó involuntaria pero necesariamente con un discurso -al fin- estructurado, trufado de números, porcentajes y recuerdos de fracasos históricos y rémoras hiperpresentes, la hoja de servicios del PSOE andaluz en tres décadas, una teleserie de derroches, nepotismo, arbitrariedades y latrocinio institucionalizado con algunos oasis casi siempre procedentes de entidades ajenas (España y la solidaridad, Europa y los fondos de cohesión).

A Díaz no le tenía preparada ninguna novedad sencillamente porque no hace falta: basta con echarle un vistazo al cuadro estadístico andaluz para calcular el diámetro del agujero negro. Es cierto que en todo ejercicio político opera el sesgo ideológico, como cierto es que tanto socialistas como neocomunistas aprovechan cualquier oportunidad para demostrar que ese sesgo tiene plena vigencia a este lado de la Península con efectos presuntamente terapéuticos -privatización versus servicios públicos; bancos contra desahuciados; ladrillo a secas frente a ladrillo sostenible-. Pero la mancha no es menos negra: casi 1,5 millones de parados, 64% de paro juvenil (menores de 25 años), cargas burocráticas insoportables, ineficacia de la Administración en sus relaciones generales con el administrado; ausencia de los proyectos estrella (leyes de transparencia y participación) que deben teletransportar a la comunidad al siguiente estadio al menos en términos éticos, etcétera.

Rojas trazó el retrato más fiel hasta la fecha de su ayer rival, embarcada en una gira nacional y europea que promociona servilmente el socialismo español más huérfano de la historia, adicta al álbum de fotos, dispuesta a negociar con Cataluña no sé sabe muy bien en nombre de quién, esbelta en palabras grandilocuentes pero muy avara hasta ahora en acciones masticables. Donde Zoido se perdía, incapaz de combinar evidencias y articularlas con pericia, Rojas hilvanó como un sastre de Hoi An. La presidenta contaba con una buena oportunidad de aparcar su vocación pastoral (heredada de Griñán con suerte dispar) para entrar al detalle de su plan de ataque anticrisis. En vano. Arrancó con la broma del portavoz meritorio, como si uno debiera disculparse por el trabajo bien hecho, prosiguió con la nube del liderazgo popular y remató con las culpas del otro (reforma laboral vía Gobierno central), la mesa de la construcción que se iniciará el 21 de este mes y la alianza que persigue con el tejido empresarial. Palabras, postureo de Estado, sensación de déjà vu.

Tras la epifanía, es inevitable preguntarse por el funcionamiento orgánico de los partidos. Las cuasiprimarias del PSOE-A demostraron que la alergia al pluralismo, el debate y esa libertad de pensamiento que no implica una traición a las siglas no es patrimonio de la derecha. Susana Díaz ganó antes siquiera de presentarse, avalada por el aparato, que es lo mismo que un rodillo pero suena menos estalinista. A Zoido lo eligió Arenas, y punto. ¿De qué sirve entonces que el PP-A cuente con 159.000 afiliados? La travesía del alcalde hispalense ha sido corta e infructuosa. Le ha faltado rigor, le ha sobrado dispersión y jamás ha encontrado la retórica propia de los grandes conquistadores simplemente porque no está a su alcance lograrla. Que Rojas sea infinitamente mejor como espadachín parlamentario deja a Arenas y a la organización en pésimo lugar. La democracia española está en manos de fuerzas adictas al yo dispongo y al señor, sí, señor. Sin discrepancias, sin valentía, el capricho y la mediocridad campan a sus anchas. Como en tantas otras cosas, Andalucía es el peor ejemplo. Doble dedazo y chitón.

Julie Smith protagoniza un relato del muy talentoso David Foster Wallace. Irrumpe en Jeopardy!, el concurso donde se adivinan preguntas y no respuestas, y se hace eterna. Setecientos y pico programas después, Merv Griffin, el productor ejecutivo, decide sacrificar al mito para explorar nuevos alicientes. A Susana le ocurrirá algún día. Y a Moreno (Bonilla). Mejor que sea por tráfico de ideas. Los yugos pertenecen al Medievo.

El B52, el socio fiero y el amigo invisible

Fede Durán | 29 de noviembre de 2013 a las 10:33

TRES acontecimientos de cierto relieve concurrieron ayer en el Parlamento andaluz. Juan Ignacio Zoido se puso a los mandos de un rutilante B-52, con todo el poder de destrucción asociado a este tipo de bombardero; José Antonio Castro marcó más alto y claro que nunca distancias con el PSOE; y Mario Jiménez redebutó como portavoz socialista en sustitución de Francisco Álvarez de la Chica. El primer fenómeno sorprendió porque esa violencia verbal no es típica en el aún jefe del PP-A; el segundo no sorprendió nada; y el tercero pasó totalmente desapercibido.

castro

El foco se detendrá unos instantes en Castro. A IU se le ha reprochado a menudo, desde dentro y desde las gradas, que apenas sepa conciliar el legítimo interés del socio por la convivencia con el todavía más legítimo interés por aplicar su programa. La cortesía dio paso a la firmeza igual que un CEO entra al despacho de otro sin llamar. Si la presidenta, Susana Díaz, advertía el fin de semana que el PSOE aspira a gobernar sin hipotecas, Castro recordó que IU aspira a hipotecar todavía más a un aliado aritméticamente imprescindible hoy y en futuras legislaturas. Los bocados más sociales de este Ejecutivo los ha dado la federación, aunque los aplausos de Valderas a Díaz inviten a veces a pensar lo contrario. Son bocados de tiburón que asustan al PSOE casi tanto como al PP. Y en la bandeja de salida ya han colocado el siguiente: la renta básica. “La queremos. Vamos a solicitar la creación de un grupo de trabajo en el Parlamento para fijar su alcance y sus condiciones. El debate debe producirse en este periodo de sesiones”, anunció Castro. Una exhortación como la copa de un pino a la que SD prefirió (nuevamente) no contestar.

Vaticinio obvio: la temperatura de la convivencia PSOE-IU crecerá conforme mengüe la legislatura, haya o no voluntad de agotarla, consistiendo el corolario o cúspide de la contradicción en una alianza entre enemigos que luchan por metas antagónicas, la mayoría absoluta (SD) y la conquista de nuevos territorios o consejerías (Maíllo).

Zoido observaba la escena entre divertido y motivado. Dibujar los últimos trazos de su despedida le ha permitido soltarse en las artes de la lucha grecorromana: presas al cuello y pisotones en el estómago llovieron con la intensidad de un desastre natural. La cabina de un B-52 ha de ser golosa. Cada botón conecta con una ojiva nuclear. Y ver las deflagraciones desde el cielo, sin peligro, motiva sin duda más que disparar desde la trinchera y mascar sangre y barro. “Usted llegó a presidenta de la Junta gracias a la corrupción (¡boom!)”. “Su interés por recuperar los fondos defraudados es nulo (¡boom!)”. “Usted vive de la política y yo para la política (¡boom!)”. “Se desvive por escalar en su partido (¡boom!)”. “¿Está del lado de la vergüenza o de los sinvergüenzas (doble, triple ¡boom!)?”.

Y, claro, Susana se cabreó, sacó la artillería pesada y machacó con sus eslóganes favoritos -tolerancia cero ante la corrupción aunque de momento no haga nada-; con la teoría de la conspiración -“algo ha pasado en las últimas 72 horas para que el Gobierno amenace con nocturnidad a Andalucía”-; la prosopopeya de la comunidad a su imagen y semejanza (o la sinécdoque, que también); y la levedad eterna de Zoido, quien sin irse lleva yéndose año y medio. “Yo estoy aquí porque quiero”, zanjó. A nadie le cabe la menor duda.

Díaz y Zoido han convivido milésimas de segundo en el global de la historia parlamentaria. Sus pulsos no quedarán grabados en mármol, pero ambos retratan una tendencia que es nacional e imparable: el tránsito del fondo a la superficie, del rigor a la simpleza, de la responsabilidad y el consenso al teatro y el maniqueísmo. La política hispana no es de contenidos sino de siglas, y la misión del que vence y dispone está más enfocada a la deconstrucción interesada que a la estabilidad (a ver cuánto dura la Lomce de Wert, sorda a cualquier cesión; a ver cuánto la que la sustituya cuando mande el PSOE). Cuando la presidenta promete defender a todos los andaluces, miente: es como decir que la Junta prioriza en su superestructura el mérito sobre la afiliación. Cuando Zoido sostiene que el PP defiende a todos los andaluces, miente igualmente: es como decir que Rajoy respeta a todos los españoles aunque vistan con capucha, rodeen el Congreso y para colmo no vayan a misa.

Susana is on fire

Fede Durán | 15 de noviembre de 2013 a las 9:56

CAL Stephanides, el protagonista de Middlesex, huye al San Francisco gamberro y abigarrado de los años setenta al descubrir su condición de hermafrodita. Lejos del manto protector de la familia pero también de las miradas torvas o crueles del segundo círculo social, comienza a trabajar en una casa de dudosa reputación y peor clientela. Desde su pequeño escenario, Cal representa la secuencia de la mitología griega donde Hermafrodito, el hermoso vástago de Afrodita y Hermes, se funde con la náyade Salmácide en las profundidades de un lago. La gente, mientras, echa monedas para testificar esa inquietante combinación genital. Ahí reside la esencia de un peep show: pagas por el derecho a una mirilla hacia un monólogo hermético, blindado, inmune al debate, sólo permeable a la mirada. Igual que la política. Igual que las sesiones de control.

Hay una cabina para la presidenta de la Junta, Susana Díaz. En su sala circular flotan los efluvios del Estado de bienestar, de la socialdemocracia, del acribillamiento de la derecha hacia lo público. Sus palabras despegan impregnadas de cierto halo zapateril: la cultura del pacto, la sonrisa amplia, la mano tendida y la subterránea imitación de aquellos juegos florales de las civilizaciones amigas, con la corrupción como sujeto y Rajoy como destinatario. De sus frases gotean los jugos de un ego creciente, rampante, tendencialmente inacabable: “A mí me escuchan en España cuando a usted no le escuchan ni en su partido”, le dijo al único contrincante del Parlamento autonómico, Juan Ignacio Zoido. En su espíritu se dibuja una mistificación propia de césares, aníbales, alejandros o napoleones: Andalucía soy yo. Su rostro retrata la inmensa satisfacción del anhelo cumplido: el poder en primera línea de playa, sin contaminación visual, con un yate amarrado al pantalán de la purpúrea influencia y a tiro de piedra de Ferraz. A Díaz ya le han bosquejado el futuro personajes como Belloch o Bono: el partido se le rendirá algún día porque ella es Obama en blanca y trianera. Sólo falta la canción de Alicia Keys: Susana is on fire.

Zoido se aplica en la cabina número dos con la chulería torera del interino. Por si quedaba alguien sin saberlo, su pasión es Sevilla. Lo del liderazgo del PP-A le cayó más como un rayo que como un reto, y lo recuerda cada vez que puede, igual que el carnero que marca su territorio a cornadas, aunque en este caso sean cornadas contra su propia manada, lentísima en la digestión de los vacíos ejecutivos y aún más desnortada en la materialización de los relevos. Si SD está on fire, el alcalde hispalense sigue on ice. Pero da igual. Introduzcan esos euros en la rendija y observen su singularidad: se trata, probablemente, del único diputado andaluz capaz de formular el inicio de su pregunta en términos económicos -crecimiento y empleo- para salpimentar la cola con la trama ERE y una descripción digna de Los Soprano. Zoido es como el niño travieso al que dan un micro en mitad del bautizo. “Usted está en la carrera de las primarias del PSOE”. Y luego a echar unas risas, recuperar la seriedad para el segundo turno y airear unos papeles inculpatorios que nadie puede leer en lontananza. Un Zoido sin papeles es tan inimaginable como un alto cargo sin chófer, dietas y otras chucherías propias de la dignidad del puesto.

La tercera cabina, más pequeña y menos transitada, cobija al portavoz de IU, José Antonio Castro, quien ayer no se limitó a tararear la canción proveniente de la cabina número uno o cabina principal. Sin olvidar el fantasmagórico yugo del Gobierno central, tapiz eterno de la Cámara, obsesión fija de unos y otros para ensartarle loas o reproches, Castro deslizó de puntillas, casi al final, una modesta exigencia a los socialistas: que la Junta rinda cuentas por sus políticas de empleo. Que las explique, las tase y las diseccione. Tal vez poco habituada a que un aliado le pida cosas en público, la presidenta ni siquiera estimó necesario contestar.

No se vayan todavía. Al fondo del pasillo, levemente a la izquierda, existe una cabina más. Es espaciosa pero está mal ventilada. El techo muestra un elaborado sombrero de telarañas. En medio, un hombre de mediana edad llamado Francisco Álvarez de la Chica señala con el dedo a un ausente altamente presente en la vida política española: José Ignacio Wert. El reclamo es potente, pero ni un solo céntimo tintinea en las bolsas capturadoras.

En busca de la sustancia perdida

Fede Durán | 26 de octubre de 2013 a las 8:00

EN Busca del Arca Perdida (1981). Dirección: Steven Spielberg. Producción: George Lucas. Escena: En un pueblo del Magreb, un guerrero con cimitarra, túnica y turbante reta a Indiana Jones. Los curiosos forman un corro. El retador sonríe: sus aspavientos son como fuegos artificiales. Al cabo de unos segundos, Indy se cansa y dispara, reduciendo el juego floral a una simple payasada. Juan Ignacio Zoido fue ayer, como tantas otras veces, ese fiero malogrado. Su pregunta hacía referencia en teoría a la racionalización del gasto en los entes instrumentales de la Junta, pero habló de las víctimas de ETA, del caso ERE, de auditorías, pasividad y comparaciones macroeconómicas entre Andalucía y España. Es su forma de atacar, y es suficientemente conocida. Más que de bombas de racimo, podríamos hablar de bandejas de tutti frutti.

La pistola de Susana Díaz, como la de Harrison Ford, estaba cargada. La presidenta sólo aguardaba el final de la coreografía para disparar. Sus respuestas -su tiro- fueron aceptables: “¿Los parados de España son de Rajoy y los de Andalucía míos?”. “Racionalizar no consiste en fusionar dos agencias para que el gerente cobre el doble”. “Ustedes también van a recortarle complementos a los funcionarios en Murcia o Valencia”. Con los datos del paro se hizo un lío (desde luego no es Griñán). Y de la racionalización del gasto no dijo nada a la primera pero sí a la segunda: sostiene Díaz que Montoro afirma que Andalucía es la segunda comunidad autónoma que menos recursos necesita para atender sus necesidades. Que tiene 13 entes por cada millón de habitantes frente a los peores registros de un puñado de regiones. Que destina apenas el 11,2% del gasto no financiero a estos organismos. Etcétera.

Algunos esperaban un fogonazo en forma de anuncio. El viejo estilo Chaves. Apenas hubo petardillo: el informe sobre transferencias de financiación exigido por la Intervención será incluido en los próximos presupuestos. Al ciudadano medio le sonará a mandarín. La traducción aproximada es más transparencia.

Como el Julian Sorel de Stendhal, Díaz ha tenido tiempo de observar y estudiar a sus superiores para igualarlos cuando llegase el momento. El momento ha llegado, antes quizás de lo que ella misma preveía, pero la presidenta no está en el peldaño del renunciante Griñán. Compensa sus carencias con una fiereza más efectiva que la de Zoido y la muleta de la política nacional, acaparada por un PP obcecado con las privatizaciones, los crucifijos y el darwinismo. Rajoy es el mejor aliado de la Junta.

El resto de la sesión de control fue como solía ser. Los portavoces de IU y PSOE exponen las maldades del Gobierno central, lanzan sus flechas a la bancada popular y propician, gracias a los menús precocinados, una intervención más o menos lúcida de la persona a la que se supone deben controlar. Hay que insistir en la idea de que este formato parlamentario carece por completo de sentido. Sería mucho más honesto enfrentar directamente a la responsable del Ejecutivo con el líder de la oposición. Andalucía paga, en cualquier caso, su escasísima biodiversidad política. Ni los nuevos movimientos y partidos han logrado escaño alguno; ni los más clásicos (PA) afrontan horizonte diferente al de la desaparición.

Esta suerte de texto predictivo dio lugar a dos amenazas. La Junta alargará la lista de agravios que cruza con el Estado ante el árbitro del Tribunal Constitucional en dos cuestiones importantes: la reforma local y la educativa. El mensaje está claro: Andalucía seguirá siendo la aldea gala contra el austericidio, el vaciado del colchón social, los repartos competenciales fijados en la Carta Magna y el Estatuto, y los espasmos conservadores de toda naturaleza.

Ayer, al caer el telón, Díaz lucía ceño fruncido. Ha interiorizado el cargo. Quiere devorar a Zoido en cada batalla. Utiliza la primera persona del singular para hablar de su Gobierno (“he pedido a Rajoy que me ayude”). Disimula a duras penas la irritación que le producen los avisos de Manuel Gracia cuando rebasa el crono y debe alejarse del micro. Ha venido para quedarse; Zoido vino para irse. Maragall piropeó una vez a Piqué en el Parlament: “Usted eleva el tono de este debate”. Díaz y Zoido, la que se queda y el que se va, lo han situado en mínimos históricos.

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Capítulo II: la película de siempre

Fede Durán | 5 de septiembre de 2013 a las 20:17

DEBATE DE INVESTIDURA DE SUSANA DIAZ. PARLAMENTO

A Susana Díaz hay que reconocerle la fiereza, la habilidad y la demagogia del buen político. Porque así es un buen político en términos políticos. En términos humanísticos concurrirían las virtudes de la formación, la carrera profesional previa, la generosidad ideológica, la altura de miras y la idea de un país sin siglas ni servidumbres a un aparato de tres décadas. A ella le basta con el colmillo afilado, el recurso a sus orígenes humildes y el guante volador de la transparencia. Ayer se subió al estrado, nuevamente, con dos mensajes en bandolera: el cambio que llega y la corrupción que se va. Los mismos que aireó José Antonio Griñán cuando relevó a Manuel Chaves en 2009.

El cambio que llega se basa, según la particular mente del político español, en un mero traspaso de poderes, una entrada y salida de consejeros, un par de nuevos organismos y planes estratégicos y, quizás, algún órdago normativo adicional que pinte a la Junta de izquierdas como el Robin Hood de los andaluces desharrapados. En las cuatro intervenciones de Díaz no hubo ni rastro de esa reinterpretación del viejo sistema que reclama una creciente cuña ciudadana. Ni limitación de mandatos (podría haber aclarado cuánto tiempo piensa quedarse si las urnas le acompañan); ni listas abiertas; ni por supuesto exigencia de una ocupación para que la política sea un complemento y no el principal.

La corrupción que se va descansa en un imposible: ningún ser humano, por sobresalientes que sean sus cualidades de mando, podrá jamás domar la naturaleza de otros seres humanos, genéticamente tramposos y egoístas, máxime cuando pisan los predios del poder. La Junta se ha convertido en un palacio tan intrincado y descomunal, tan blindado contra sí mismo, tan adicto al servilismo y tan escrutador del disidente que reformarlo sin condenar a miles de almas amigas es sencillamente utópico. La Junta es una versión sutil del Gran Hermano de Orwell. Y la corrupción consiste no sólo en detraer, también puede basarse en intimidar, o en congelar carreras por políticamente neutrales, o en primar la fidelidad sobre el talento. Esta semana hubo directores generales que invitaron a sus subordinados a seguir, en horario laboral, las intervenciones “históricas” de Díaz en riguroso streaming. Vivan los nuevos tiempos.

Lo de ayer no fue una sesión de investidura sino la primera sesión de control a la presidenta. Nadie la votó en unas elecciones, como tampoco nadie votó a su interino opositor, Juan Ignacio Zoido, tan disperso como siempre desde la tribuna y a la vez tan coherente consigo mismo: aclaró, por si quedaban dudas, que su vocación no está en el Parlamento sino en el Ayuntamiento de Sevilla, utilizó las mismas estadísticas que Díaz para interpretarlas en sentido contrario, pagó la demagogia con (menos) demagogia y echó una capa de yeso sobre el muerto de su sucesión, un asunto sorprendente por la torpeza con que se gestiona. “Ustedes conocerán el nombre de nuestro candidato cuando convoquen elecciones”. Vale.

Todavía habituado al estilete de Griñán, Zoido le dedicó a Díaz menos de la mitad de su acero. Al replicarle, la jefa evidenció su carácter: “Me llamo Susana Díaz, y ésta es mi sesión de investidura”. Un alarde del mismo espíritu patrimonialista que ha asfixiado a los políticos en su propia burbuja de influencias y egolatrías.

La Andalucía institucional ha tocado fondo tras destrozar las formas. Detrás no existe una sociedad mayoritariamente educada con mejores valores que le apriete las clavijas y la transforme por amistosa coerción (permítaseme semejante oxímoron). Esa Andalucía de mil tentáculos, palabras huecas, posados presuntamente míticos, mensajes contradictorios, golpecitos en la espalda, trucos contables y trampas semánticas, esa Administración tan omnipresente y tan implacable ha secuestrado al civil y no lo va a soltar. Cada promesa, cada plan, cada “he venido a hablar de mi libro” es una miga más en el sendero hanselgreteliano hacia el siguiente patio de la cárcel común en que vivimos.

Susana Díaz, capítulo I

Fede Durán | 5 de septiembre de 2013 a las 9:55

La frontera entre los grandes oradores y los simples reproductores de frases mejor o peor hilvanadas está en la capacidad de combinar el discurso escrito con la improvisación que se nutre del abono intelectual propio. Sin sedimento, claro está, no hay improvisación. Veamos algunos casos de talento latente, talento evidente y talento ausente.

Si Edward Cecil hubiese confiado más en su criterio y menos en las instrucciones del rey Carlos, quizás su expedición a Cádiz al mando de la armada británica (1625) no hubiese sido tan nefasta. Nieto del primer ministro de la reina Isabel, Cecil se había forjado una sólida reputación como oficial tras servir durante muchos años a los holandeses. Tuvo como maestro a Mauricio de Nassau, que plantó cara ni más ni menos que a Felipe II y sus tercios de Flandes. Cecil es un perfecto ejemplo de talento latente.

Talentos evidentes hay decenas. Por seguir la estela militar, ahí están Aníbal y Julio César, que no era sólo estratega sino también ingeniero, arquitecto, escritor y hábil negociador; o el eterno Napoleón, al que sólo perdió su osadía en la caza del gran oso ruso (lo mismo le sucedió a Hitler siglos después); o, en clave doméstica, nuestros Churruca, Daoiz y Velarde.

En el frontispicio del talento ausente están, finalmente, los paroxismos de la batalla de Annual (cuya responsabilidad adjudicaremos al general Fernández Silvestre) o del desastre de las Lomas de San Juan (general Linares).

La inminente presidenta de la Junta, Susana Díaz, no se parece a Cecil, ni desde luego a Julio César o Napoleón (o a sus Cleopatras y Josefinas), ni tampoco, por ahora, afortunadamente, a Linares o Silvestre. Porque Díaz, que ayer leía su discurso de investidura, hizo precisamente eso: leer. Y quien lee no suele cometer errores conceptuales, si acaso alguno de dicción, sobre todo cuando son otros quienes escriben el discurso con tiempo y recursos. Díaz, Susana, leyó 33 páginas con exquisita concentración, sin saltarse renglones ni entregarse a extravagancias rapsodas sólo al alcance de dinamiteros como Pasqual Maragall, hoy ya retirado.

En la primera presidenta andaluza de la historia no se adivina talento. Es una figura plana, o si lo prefieren, ajena al elitismo que desprendía Griñán. Sus palabras, sin embargo, sonaron bien al comienzo: puso el foco en la corrupción, en el descrédito de lo público y en la necesidad de reforzar los mecanismos de control y transparencia. Por momentos, sus ideas sonaron casi revolucionarias en esta España del nepotismo y la desvergüenza.

Díaz no hizo bandera de su juventud pero sí, nuevamente, de su condición de mujer, como si un hecho objetivo fuese per se una gran virtud. Es cierto: entre las seis diputadas de 1982 y las más de cincuenta de la presente legislatura media un trecho. Era un avance necesario. Y lo es que el género deje de ser relevante en el desempeño de un cargo tan crucial como la Presidencia autonómica. Pero agitar ese cartelón supondrá en adelante simplemente un acto más de los miles que tejen la demagogia política.

Volvamos al discurso. Transparencia y leña a la corrupción. Su ventaja competitiva respecto al jefe al que dice ciao es su oficialmente inmaculada hoja de servicios. Las siglas más famosas de Andalucía (ERE) no le salpican, y ésa es una buena carta de presentación para proponerle al votante la regeneración del sistema sin que éste esboce una sonrisa socarrona. Su mensaje ha sido contundente: tolerancia cero. Tendrá pronto la oportunidad de demostrarlo. El poder es un deporte de tramposos.

Habló también de la Ley de Participación que prepara IU y que estará lista a finales de año, de cómo la Administración abrirá sus entrañas al peatón, de la cogobernanza y otros preciosos voluntarismos. Habló, con seseo trianero, de comparecer cada seis meses para debatir con los grupos parlamentarios en función de la actualidad; de la decepción y el escepticismo; de la economía del optimismo; del papel vertebrador de Andalucía.

Conforme avanzaba, su texto perdió fuelle. Los compromisos más rutilantes dieron paso a ese afán omnisciente y acaparador tan presente en este tipo de ocasiones. Relató las virtudes estratégicas de la tierra; el austericidio decretado desde las más altas instancias europeas y mansamente secundado por Madrid; la evolución del desempleo; las prioridades del Presupuesto para 2014; el electrocardiograma del tejido empresarial; el ciempiés de las infraestructuras; la posibilidad de un nuevo/presunto/posible Pacto por Andalucía bis; la creación de un ICO-A o de un (otro) observatorio; la eliminación de trabas burocráticas; su intención (pese a IU) de no elevar la presión fiscal; o la necesidad de reforzar la simbiosis pyme-universidad. Sobraron la mitad de los folios.

Las carencias de Susana Díaz son palmarias y han sido recopiladas en innumerables ocasiones desde que Griñán iniciase su largo adiós. Sus virtudes en el proscenio, frente a la orquesta y con la batuta son una incógnita. La excelencia de su antecesor no ha significado progreso alguno en Andalucía, ni desde el punto de vista estadístico ni desde la perspectiva institucional ni tan siquiera conforme al termómetro superficial de las formas. Díaz tiene ante sí la inmensa oportunidad de sorprender a muchos. Deberá demostrar que se cree lo que dice. Que el carné de partido ya no es importante. Que ese suntuoso chiringuito llamado Junta puede ser más útil desperdiciando menos recursos.