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Juego de mapas

Fede Durán | 22 de diciembre de 2014 a las 17:42

LA recientemente reeditada crisis europea revaloriza la física y simbólica pared de los Pirineos. Pese a colocar más del 60% de sus exportaciones en la UE y casi la mitad en la Eurozona (Francia es el gran socio), España podría aprovechar la recesión que asoma para formalizar no un cambio sino una ampliación estratégica que recupere lazos con Iberoamérica y los consolide con Asia, donde Corea del Sur y la pequeña pero muy productiva Taiwán nos compran cada vez más aunque persista la asignatura de China y Rusia. El puerto de Algeciras, tan incomprensiblemente ninguneado por el Gobierno central pese a su potencia, es clave en esta jugada.

Pero no hay que perder de vista las Américas y lo que puede pasar con ellas en los próximos lustros. Se observan dos bloques y un bloque dentro del bloque. El cubo número uno lo conforman Canadá, EEUU, México y Centroamérica. La intratrama es obvia: canadienses y estadounidenses comparten una frontera aleatoria y blanda que no penaliza la fluidez de sus intercambios comerciales. México, otro enorme socio de los EEUU, debe resolver primero su drama con el narcotráfico y las zonas oscuras donde opera para convertirse en el tercer aliado clave. Para lograrlo, ha de contar con la atención y el respaldo de Estados Unidos, más pendiente de Oriente Medio (Iraq, Afganistán) que de un vecino con 111 millones de habitantes y una importantísima proyección demográfica: es el principal contribuyente de la emigración al norte y también de una amalgama de gentes con el broche común del castellano, lengua que en 2050 hablará un tercio de la población yanqui. Si México acaba siendo un Estado real (idéntico reto afronta Colombia), España contará con un objetivo mucho más perfilado: la zona de confort de la dupla EEUU-Canadá y la imparable mejoría económica de un México que se beneficiará de la estabilidad, la seguridad y el músculo del Imperio y de sus antiguas posesiones en él: California, Arizona, Texas y Nuevo México.

El otro bloque es una Suramérica comandada por Brasil y con economías que ya presentan registros sostenidos de progreso como Chile, Perú o la misma Colombia. Hablamos a la vez de Atlántico y Pacífico, o del doble tiro asiáticoamericano vía Panamá, y también de países irregulares (Venezuela, Argentina) que tal vez un día atraigan mejores inversiones.

España debe repensarse con grandeza y aprender a colocar mejor sus productos en el extranjero. Su marca sigue siendo netamente inferior a la francesa o la italiana, por comparar con el entorno, y el salto exportador aún se antoja intimidatorio para muchas empresas (los sectores vinícola o aceitero son buenos ejemplos disfuncionales). Es una lástima que las dinámicas seculares de la Península –nacionalismos, ombliguismo, corrupción y antaño también terrorismo– gripen sin piedad el motor de la clarividencia y dejen en mal lugar a los desbrozadores de mercados de primera línea. Ni Mariano Rajoy tiene talla para entender que sus visitas a Hispanoamérica no pueden limitarse a cantar las falsas verdades de la recuperación, ni el nuevo Rey la soltura para cubrir ese hueco institucional y diplomático. Como dijo un día José Mujica, las Américas de abajo ven hoy con recelo a Europa y a esa España sin magia ni fuelle. En todos los sentidos.

Suecia, España y un saco de euros

Fede Durán | 31 de octubre de 2014 a las 8:00

SUECIA, recurrente musa, baliza en la noche eterna de la crisis, paradigma de la buena socialdemocracia. Suecia, el espejo en que se miran quienes en el sur insisten en inyectarle esperanza al cuerpo social moribundo, quienes confían en la bonhomía, quienes sostienen que la idiosincrasia no es un código climático y genético.

Y más allá de la filosofía y el voluntarismo, Suecia: 9,5 millones de habitantes, tercer país más extenso de la UE, segundo del mundo en calidad de vida según la OCDE, tercero menos corrupto según Transparencia Internacional, ajeno al euro, orgulloso de su pasado rural y del formidable estirón económico operado en apenas un siglo.

La presión fiscal es alta sobre las rentas del trabajo y los contribuyentes lo aceptan porque saben cuál es la contrapartida y hasta dónde llega la diligencia. Ejemplo de lo primero: sanidad gratuita, desayuno y comida a cuenta del Estado en el colegio a partir de los seis años, eficaz sistema de préstamos universitarios (se devuelven cuando se encuentra trabajo a un interés aproximado del 6% y con fecha límite en los 68 años o la muerte; en tal caso la deuda la asume la Administración). Ejemplo de lo segundo: Hacienda es una de las instituciones más valoradas por los ciudadanos; las agencias y organismos públicos son rigurosamente independientes, están a salvo de las garras del señor ministro.

Se trata, además, de la nación con mayor natalidad de Europa (1,9 hijos por mujer, quizás porque fija ayudas muy superiores al fenecido cheque-bebé de ZP y otorga a los padres 16 meses de permiso a repartir casi libremente), goza de una envidiable red de apoyo a la dependencia y aprovecha las nuevas tecnologías para minimizar la siempre insufrible burocracia.

La web de la OCDE permite comparar los índices de calidad de vida. España supera a Suecia en vivienda, red de apoyo social, seguridad y equilibrio entre la vida personal y laboral. Sucumbe, por el contrario, en salarios, trabajo, educación, medio ambiente, compromiso con la democracia, salud y satisfacción existencial (how happy you are).

Cuando un partido –Podemos– muestra su programa y aclara que aspira a recopilar las mejores aportaciones de cada lugar (Pablo Iglesias ha hablado de Suecia, pero también de Suiza, Francia o Islandia), ignora a la vez los límites geográficos, culturales y epidérmicos del conjunto que aspira a gobernar. España siempre ha sido como es (Rinconete y Cortadillo, o El Lazarillo de Tormes, o La Vida del Buscón, o La Escopeta Nacional, o los sublimes episodios de Pérez Galdós), y cuesta pensar que vaya a dejar de serlo. Tal vez la respuesta al mal endémico esté en la meteorología (¿son distintos los españoles descendientes de aquellos alemanes que se trajo Carlos III, o de aquellos genoveses seducidos por el comercio con las Américas?). Tal vez se encuentre en una sociedad donde el núcleo lo conforma no el individuo (como en Suecia) sino la familia, con la carga tribal que a menudo ello implica, con el proteccionismo que arrastra, con esa clásica idea subyacente: robar por los míos (clan Pujol como punta del iceberg) no es robar.

Es hermoso imaginar el cuadro perfecto. Incluso trasladarle al administrado el cariño que cree merecer. Pero la prueba del algodón es un cuarto sin cámaras, un saco de dinero y un hombre frente a él. España será Suecia cuando esa escena no termine como usted y yo sabemos.

¿Utopía? Compromiso

Fede Durán | 24 de octubre de 2014 a las 12:31

HASTA la fecha nadie ha opuesto una alternativa que mejore el capitalismo, como tampoco existen sistemas infalibles desde el instante en que son construcciones humanas, basadas en sus ideas y sus conocimientos pero también en sus conductas. El capitalismo de hoy, con diferentes gradaciones, muestra al mundo terribles heridas: la desigualdad, la voracidad de las enormes y a la vez invisibles corporaciones, el declive de lo público, el altar del consumismo salvaje y una superficialidad imparable que destruye poco a poco el espíritu, el civismo y el humanismo.

Tampoco hay que ser miope. Marx y Gramcsi son tan musas como Krugman o Stiglitz. Las reparaciones parten muy a menudo del sentido común, de las sabias combinaciones, del diagnóstico adecuado, un destino al que se llega mejor sin bilis. España es un país muy imperfecto. Flaca ha sido su experiencia democrática, traumáticos sus intentos de distanciamiento de casas reales y dictaduras, escasa su proyección económica más allá del trile del ladrillo, nula su apuesta por la diferenciación innovadora, insufrible su articulación territorial… A la vez, el español es catedrático en resiliencia, generoso en la escasez y a menudo más capacitado que sus superiores administrativos. La política ha contagiado sus males a otros sectores sociales, cargándose la meritocracia, y ésa es la primera labor de rescate. Ahí reside el gran activo de Podemos, una fuerza todavía metafísica que genera miedos y empuja a cribas que de otra manera jamás se producirían.

España, la España no alineada, bastante indignada y obstinadamente granítica debería plantearse las siguientes preguntas si llega a ser mayoritaria: ¿Es posible mejorar la sanidad y la educación -las dos grandes partidas del gasto- recortando aparato burocrático y privilegios palaciegos? ¿Está al alcance de la mano reformar de una vez la universidad? ¿Y potenciar la I+D sin concesiones? ¿Y rebajar la burocracia? ¿Y revisar las cargas fiscales? ¿Y suprimir el Senado? ¿Y ejercer de Estado laico? ¿Y promover una suerte de nueva ilustración? ¿Y prohibir que los carnés de partido determinen los puestos de mando en la Administración? ¿Y fomentar un periodismo libre? ¿Y alimentar el pensamiento autónomo, sin gregarismos? ¿Y el emprendimiento? ¿Y un código ético que empape no sólo a los dirigentes sino a los empresarios?

Quizás contestar afirmativamente en todos los casos sea un ejercicio de candidez. A mí, sin embargo, me parece un ejercicio de prioridades (y esfuerzos). La escuela pública fue un día decente, igual que la sanidad. En la universidad española comenzó a romperse el franquismo. Nuestros investigadores no son necesariamente inferiores, sólo más frustrados y emigrantes. La burocracia se derriba con esas leyes que tan poco cuesta aprobar en asuntos tan banales. Los impuestos no pueden coser a las clases medias y bajas y venerar a las élites. El Senado no es una cámara territorial sino una réplica sin poder del Congreso. De la aconfesionalidad al laicismo hay centímetros. Ilustrarse es leer, escribir, consumir arte, proteger la cultura, dar los buenos días. EEUU ya separó la Administración de la política; así construyó un buen pedazo de su prestigio. El periodismo es libre cuando no depende de ayudas públicas. Etcétera. ¿Utopía? Compromiso.

Libra por libra

Fede Durán | 16 de mayo de 2014 a las 12:45

CUANDO charla, Louis Wanderlust te clava dos ojos de zorro que son como cepos de alta tecnología. Aunque sonría, maldiga, susurre o declame, al fondo de esos ojos azules palpita la sabiduría de la antropología callejera y comercial. Wanderlust es un hombre espabilado, inteligente y sensato, así que su motor combina los caballos de las buenas ideas con el chasis de las ideas factibles.

En Nueva York compiten aproximadamente trescientos trillones de restaurantes. Algunos posiblemente sólo alimenten a las familias de los propietarios. Aun admitiendo que destacar sea relativamente fácil, lo difícil es mantenerse cuando desaparece la efervescencia de los inicios. El mayor enemigo de un negocio mal concebido es el paso del tiempo. Wanderlust ha estado en mil batallas: zapador de la venta a domicilio, pinche, propietario de una tienda de discos de segunda mano, promotor musical y asesor inmobiliario, su epifanía brotó una tarde de octubre, cuando Brooklyn se enfría y los cielos se agrisan, cuando el café comienza a ejercer su función calefactora, cuando la abulia del verano deja paso a la meditación parcialmente melancólica del otoño.

“Siempre quise montar un restaurante. Uno de esos que la gente recuerda cuando elabora su top 5, cuando aconseja a un amigo o quiere invitar a sus padres tras un ascenso laboral”, explica desde el otro lado de la mesa, golpeando tres veces con el índice un cigarrillo americano después de cada calada. Louis disponía de unos buenos ahorros gracias al ladrillo; sólo tenía que arremangarse, y eso fue lo que hizo, aprovechando además sus contactos en cada peldaño del pasado. Conocía a músicos, promotores, cocineros de primer nivel y distribuidores. Básicamente, conocía a medio Brooklyn, una ciudad del tamaño de Madrid. Pagó un plan de negocio. Rehabilitó un fabuloso (por enorme, luminoso y bien insonorizado) local a un suspiro de Bedford Avenue. Apostó por las materias primas (agricultura ecológica, carnes sin hormonas, pescado ultrafresco) y la fusión. Adiestró machaconamente al servicio: camareros profesionales, nada de estudiantes de paso, y un maître carismático, “el verdadero jefe de operaciones”. Incluso se permitió contar con una agencia que por una módica tarifa se encargaría de la comunicación durante el despegue (redes sociales, guías turísticas). El rosetón fueron los precios: Wanderlust se encerró cuatro días con su par de ojos perforadores y la auditora del proyecto para someter la carta a un régimen radical de adelgazamiento y desintoxicación. Sabía que de nada serviría el esfuerzo previo si fallaba ahí. Y no falló.

Louis no descubrió la pólvora. De hecho, es probable que cientos de miles de seres humanos hayan imaginado secuencias casi idénticas con resultados dispares. La diferencia está en los matices, en el libra por libra del boxeo. Si despedazas la idea sin romanticismos, si la sometes a las implacables matemáticas, si derrochas profesionalidad y celo y obsesión por el detalle (y el sentido común), entonces tendrás una oportunidad de sobrevivir en la jungla y gritar como Tarzán.

De lombriz a anaconda (y viceversa)

Fede Durán | 9 de mayo de 2014 a las 12:30

EN 36 años, apenas media vida, España ha mudado de piel política y económica para dejar de ser lombriz y convertirse en anaconda. El inicio de la democracia fue ilusionante aun con la alargada sombra militar empañando parte de la foto. Las recetas de Fuentes Quintana, el exitoso aterrizaje capitalista y el ingreso en la CEE convirtieron por momentos al país en un cohete cuyo hito fueron los dorados años falsos (1996-2008), excesivamente inspirados en el ladrillo y el pladur del pelotazo.

Adolfo Suárez, hoy santificado pero antaño despreciado (Fraga, Areilza), apuñalado (González) o marginado (don Juan Carlos), se olvidó de intrigas y se entregó al pueblo hasta plantar los cimientos del edificio actual. Fueron sus arquitectos constitucionalistas los que más fallaron, tal y como demuestran hoy los quistes vasco y catalán y el generalizado clima de agravio y localismos que caracteriza a España, quizás con permiso de Bélgica el Estado europeo menos ducho en la gestión de las tensiones territoriales.

El principio de solidaridad/igualdad incordia más cuanto menor es la bonanza. Seis años de crisis han bastado para contaminar las aguas del proyecto común, colocando a Cataluña en un escenario cuasisedicioso de imprevisibles consecuencias para el todo y la parte. El caso vasco es diferente (plan Ibarretxe, 2004) porque el País Vasco, igual que Navarra, es una especie de ducado libre asociado: cuenta con las ventajas de pertenecer a España sin padecer sus lastres –e incluso así muestra periódicamente el colmillo de la insatisfacción–.

Los pilares de Suárez se derritieron en gran parte porque no existen ya dirigentes de su talla y con su vocación. Si a un país se le pudiesen atribuir voluntades, Cataluña –la oficial y la promocionada– quiere independizarse bajo un viento legítimo: la convicción de que en solitario mejorará su bienestar. Esa aspiración ha generado un combate esquizofrénico. Las balanzas fiscales han acabado convirtiéndose en un género de autor, con émulos de Kaurismäki en Extremadura, Madrid, el frente levantino y la principal región implicada.

De producirse, los divorcios han de afrontarse con frialdad de sicario. Hasta la fecha, parafraseando a Rajoy, Artur Mas simplemente ha ofrecido un “contrato de adhesión”, una partida con las cartas marcadas, un elige tu propia aventura unidireccional. De nada sirve agotar el manantial de las explicaciones históricas o sociológicas. Pero cuando Cataluña vote, y tarde o temprano votará salvo que el Gobierno decida recurrir a la violencia, Rajoy, o quien mande tras él, tendrá que negociar un adiós equilibrado, un cómputo justo donde se reflejen las condiciones que la ex nación precisa para que sus ciudadanos no pierdan más de lo estrictamente imprescindible: qué pasa con la telaraña estatal delegada, con la deuda catalana, con las inversiones compartidas (El Prat, por ejemplo) y con los cientos de miles de catalanes que querrían conservar sus vínculos administrativos con la vieja, cansada, escasamente imaginativa y siempre procelosa España.

No es el sol

Fede Durán | 1 de mayo de 2014 a las 20:02

EL triángulo español lo acotan tres vértices: la realidad estadística, la realidad política y la realidad social. La estadística y la política son realidades íntimamente cosidas puesto que la primera sirve de altavoz a la segunda. El Gobierno (los gobiernos) no lanza a los ciudadanos sus cifras sino sus jeroglíficos, confiando en el eterno prejuicio elitista de la ignorancia de las masas. No hay mejor espejo que el mercado laboral: si el paro baja, la ministra Báñez o el consejero de turno desplumarán todo indicio de coyuntura para pincelar el retrato con los colores del éxito, de la decisión correcta o la receta mágica. Si sube, los zapadores de palacio buscarán y encontrarán las zonas muertas, interpretables o directamente manipulables, de manera que Mariano Rajoy siempre pueda decir que está “satisfecho”.

La EPA es una estimación. Si fuese una ciencia, España ardería, o se parecería a Kabul, o estaría ya fuera de todo circuito de progreso y respeto. Pero es difícil que sólo la economía sumergida explique este increíble estoicismo. En la atmósfera o en la tierra ha de anidar un gen dominante cuyas espirales codificadas declinan la triple R: resistencia, resiliencia y resurrección. Porque algún día, tras lustros de escasez y sufrimiento, daremos de nuevo con la tecla del dinero fácil, prorrogando otra vez la tarea (estructural) de hacer las cosas bien.

Y luego está la realidad social. Un defecto de la escasísima clase media andaluza es juzgar a los demás desde el egocentrismo. Nuestros políticos y la mayoría de nuestros prebostes no superan ese listón mínimo de valores académicos, profesionales e incluso morales que insistimos en adjudicarles más por su posición que por una despiadada autopsia de guante blanco. Si la economía funciona mal es precisamente porque quienes tienen el poder de transformar las inercias jamás han querido trabajar para el bien común. Y eso crea distorsiones y sedimenta actitudes nefastas.

El carácter asistencial de la Junta, por ejemplo, una Administración que tutela sin límite ni disimulo y siempre ha comprado voluntades con subsidios de distinto pelaje, apostando por fidelidades que destrozan cualquier intento serio de edificar una cultura de la competitividad. Desbaratemos un eslogan manido: si Andalucía es la California de Europa, ¿por qué nadie nunca ha proyectado aquí un Mountain View o un Palo Alto?

La CEA es otro triste cromo representativo: bajo la alfombra de la anterior cúpula se han descubierto no ya pelusones sino cadáveres. Por no hablar de la UGT. O de la formación y los ERE, gargajos que salpican a todo el reparto. Con semejante holograma, ¿quién en su sano juicio está dispuesto a desembarcar en Andalucía? No es el sol, estúpido. Son los actores con los que vas a relacionarte.

Seguro que en su barrio conoce a un par de sospechosos habituales, señores curtidos sin oficio conocido que menguan sin marchitarse. Es la gran esperanza andalusí: en el peor de los escenarios, un cheque público pagará nuestras cervezas.

Monos del Peñón

Fede Durán | 18 de abril de 2014 a las 8:24

LA economía española podría perfectamente ser un animal, y en tal caso la cazaríamos para tantearla, diseccionarla y trepanar su filosofía subyacente. Como en todo organismo, junto a las piezas de función más obvia (el corazón, el cerebro, los pulmones o la vejiga, es decir, las estadísticas) nos toparíamos con otras en apariencia insondables (quizás el bazo fuese entonces lo más similar a una idiosincrasia). Ya sabemos que España padece un vergonzoso problema de desempleo que se ceba mayoritariamente con la fuerza laboral menos cualificada, esa que vivió su particular fiesta subprime al socaire de una banca igualmente festiva. Sabemos asimismo que los jóvenes más audaces y/o desesperados se marchan a otros países donde no siempre se les trata mejor; que la I+D es pobrísima y apenas genera adhesiones en el sector privado; que la burocracia carga las cervicales del emprendedor; que los préstamos (ahora sí) se conceden a elevado interés; que la inversión en los servicios sociales que sostienen el busto del Estado del bienestar se resienten cada año un poco más; sabemos, en fin, que la demanda interna lleva un lustro grogui, que la temporalidad le pisa el cuello a la contratación fija, que la formación es un coladero digno de Rinconete y Cortadillo, y que la desigualdad se traduce no sólo en una brecha creciente entre ricos y pobres sino también en datos tan tristes como el que, según Cáritas, sitúa al país como el segundo por la cola en pobreza infantil de la UE-28.

Pero también deberíamos fijarnos en el bazo. Captaríamos mejor las arritmias del corazón, los atascos respiratorios y los marasmos intestinales. Si el bazo es la idiosincrasia, nada mejor que los recursos humanos para reflejarla. No se trata sólo de cuestionar las políticas salariales a la baja tan alentadas desde la troika sino de advertir que el patrón atribuye al empleado demasiado a menudo la extraña cualidad de crecer sin agua ni abonos. Luego está el eterno y muy denunciado desfase entre la vida de oficina europea y nacional. Aquí nadie acaba temprano porque marcharse tras cumplir objetivos está mal visto. La trampa es vieja: a veces es imposible cumplir objetivos en los horarios estipulados porque la empresa vende un producto bajo condiciones fantásticas. Se le llama productividad cuando es ciencia-ficción.

No nos engañemos: nos gusta el trile. ¿Cuántos empresarios buscan el beneficio inmediato en detrimento de la longevidad sostenible? ¿Cuántos el atajo en la ley? Churchill dijo una vez que la democracia universal se le caía de las manos tras cinco minutos de charla con la plebe. Con el animal económico hispano ocurre más o menos lo mismo: bajo la alfombra pulida de las multinacionales del Íbex 35 se esconden a menudo miserias propias de esas repúblicas bananeras con las que tanto comparan a Andalucía. Lo peor no es eso: lo peor es que quienes siguen el sendero del taoísmo empresarial (la virtud como brújula) jamás pierden ese zumbido de mosquito que es la sospecha de estar jugando una partida con las cartas marcadas.

¿Y qué animal seríamos? Definitivamente, un mono de Gibraltar.

El sobaco imperial

Fede Durán | 14 de abril de 2014 a las 8:00

CÁRITAS no engrosa las listas de la subversión por más que a Montoro no le gusten sus conclusiones. La Iglesia apenas aporta el 2% de su presupuesto, así que se trata de una de esas organizaciones felizmente independientes, centradas en el objetivo de paliar la pobreza. Sus dos últimos informes (20 y 27 de marzo) derriban dos mitos: el primero es de confección nacional y reza que España ha doblado con audacia el Cabo de Hornos y mira ya hacia archipiélagos más caribeños. El segundo es paneuropeo, está avalado por el FMI, y observa como única receta contra la crisis la austeridad que tanto gusta a esa Alemania atávicamente temerosa de la inflación.

Ni el país ni el continente han mejorado. Pero es difícil verlo desde la realidad paralela y hermética de la oficialidad. Ahí dentro huele a colonia cara, no a comedor social. La diferencia entre los ingresos mayores y menores se ha ensanchado un 30% en España desde que arrancase la crisis. Pobrezas relativas y extremas se solapan. Cinco millones de personas están en situación de exclusión social “extrema”. Se ha perdido una década a nivel de rentas. Crece la fractura entre castas. Sólo Rumanía presenta en la UE un índice superior de pobreza infantil. Entre los menores de 18 años, el riesgo de la escasez es ocho puntos y medio superior al promedio comunitario. Seis millones de parados. Emigración. Precariedad. Burocracia. Y la aventura (mucho más cabohorniana) del autoempleo.

Bien, las recetas impuestas por los sabios del capitalismo han fracasado, con el agravante de que las voces minoritarias de ese mismo sistema siguen arrinconadas. Los pastores del rebaño creen que el rey está desnudo. No es que las estadísticas les convenzan a ellos, es que ellos convencen a las estadísticas. Subimos como la espuma. Es una orden.

España, entretanto, mantiene a medias la sonrisa. Podríamos llamarlo idiocia pero lo llamaremos estoicismo. Somos como ese fajador de origen irlandés nacido en Brooklyn acostumbrado a encajar ganchos al hígado sin besar la lona, un tipo feo, levemente alopécico y con michelines cuyo objetivo no es mejorar sino sobrevivir. Tras el combate y la tunda, el hombre sabe que, cada noche, su familia le espera en casa. Una sopa evita el colapso, una almohada le permite conciliar el sueño. El problema es que un día sus padres morirán y nadie podrá cuidarle. Será él quien se deba a sus hijos con el ancla de unos horizontes profesionalmente restringidos y presupuestos domésticos de risa. España es ese boxeador. Uno de los pocos lugares first class del mundo donde el empeoramiento es tendencialmente infinito.

EEUU creó al monstruo voraz. Bajo el brazo, quizás en el sobaco, el monstruo propició algunas virtudes (toda destrucción sanea): la osadía en los negocios, el arte de la comunicación, la inmensa apertura mental que conduce a la cremación de los límites autoimpuestos. En vez de mirarse el ombligo (ah, los nacionalismos), España podría mirarle el sobaco al Imperio Menguante. Aprendería una barbaridad.

Tan fea como siempre

Fede Durán | 4 de abril de 2014 a las 8:50

España debe su desfase con el entorno no sólo a sus pifias seculares. La economía, como la política o la cultura, es un fiel reflejo de otros defectos que las estadísticas, tan totales, apenas rastrean. Resulta verdaderamente difícil cuantificar el afán innovador que se esconde tras el impulso inicial a la obtención de una subvención que a menudo es el fin más que el medio, por ejemplo. Este país siempre ha carecido de imaginación y valentía, y ahí está su verdadero lastre, su drama perenne.

Si el panorama se trocea por sectores y nichos, las conclusiones son devastadoras. Las instituciones fundamentales del Estado están en manos de arribistas, medradores, paniaguados y amantes de lo gris. En las empresas, en muchas empresas, sobran listos y faltan comprometidos. El emprendedor, el de verdad, es hoy un sol ficticio en el horizonte, una proyección virtual condenada a la frustración de su propia inexistencia. La construcción regresa cada pocos meses como ese jarabe contra la tos al que tanto nos hemos aficionado aunque nunca nos cure. La universidad ni siquiera es el pecio de lo que fue: únicamente quedan pavesas, partículas en suspensión cargadas de miedo y mediocridad, líneas endogámicas por encima del talento y los fichajes que tanto marcan el ritmo en EEUU o Gran Bretaña. Stop.

Lo que en el fondo ocurre es que España vive de la gasolina de la envidia. No existe un combustible más unánime: cada día, en los despachos, las salas de juntas, los hospitales y las escuelas vuelan dardos envenenados, despechos, cinismo y estupidez. Es el culto a la doblez, pero sobre todo al infantil y a la vez tan maduro truco del doble rasero: lo que en ti es imperdonable, en mí es invisible. Si la envidia es la gasolina, la parálisis es la consecuencia. ¿Por qué los informes Pisa nos sacan las vergüenzas? ¿Por qué la marca España apenas caracolea cuando otras marcas esprintan? ¿Por qué los mejores se marchan? Por el pavor que provocan el esfuerzo y la genialidad combinados. Destacar es pecado. Diferir es condena. Aquí, uno sólo habla bien de los muertos porque los muertos ya no son una amenaza (verbigracia: la semana pasada parecía que todos en su día votaron a Suárez).

Si tan acomplejados somos, quizás haya que importar a mercenarios desacomplejados capaces de revertir la situación. En vez de gastar dinero en organismos inútiles, campañas propagandísticas o dietas abusivas, los hombres de negro, los jefes, los presidentes y sus ministros podrían fichar a estadounidenses, australianos, indios, suecos y alemanes para que nos enseñen a construir organizaciones, cumplir objetivos sin faltar a la seriedad, premiar al singular y pensar con ambición y optimismo. Cada nación tiene en gran parte lo que se merece, sobre todo si pertenece a Occidente y ha gozado del capote de la solidaridad europea. España está donde está por deméritos propios. Y lo peor es que tras la careta de la depuración postcrisis se agita el rostro de siempre. Un rostro de caspa y viruela.

La pirámide flotante

Fede Durán | 10 de marzo de 2014 a las 18:36

HAY dos formas de relacionarse activamente con el mercado laboral: cotizando o engordando las listas del paro. En el terreno del matiz curvean otras tres opciones: las élites salariales, los cuadros medios y los aprendices. En total, cuatro caminos, todos igualmente matizables. Para explicar el batacazo español, Alemania expuso el contraste de su fórmula: aquí los salarios crecieron alegremente hasta 2009, en plena crisis y con Zapatero en el púlpito, mientras que allí, bajo la severa mirada de Merkel y gracias a la precarización diseñada en tiempos de Schröder, la contención fue la melodía.

Más dura será la caída, habría mascullado Bogart. La pérdida de poder adquisitivo ha sido una constante desde entonces en España, aunque el Gobierno suavice la estadística y el Banco de España redimensione crudamente el problema (algo más del -2% en 2012). Las cargas fiscales también han subido, y todo el mundo sabe que IRPF e IVA están encadenados al consumo, y que sin consumo no hay vida en un planeta diseñado para engullir. Ganamos poco, pero el FMI y la Comisión Europea quieren aún más (o sea, todavía menos).

Existe otro problema poco reflejado en las radiografías de rutina pero extraíble de ese yacimiento estadísticamente extraordinario que es la EPA: el gollete se estrecha. Los profesionales con menos de seis meses en la empresa pasan del 13,7% en 2006 al 9,1% en 2012. Quienes llevan entre medio y dos años bajan del 18,5% al 12,3%. La franja que se mueve entre dos y tres años se contrae del 7% al 5,6%. Y aquí destaca el contrapunto: los que suman más años en la firma repuntan del 60,8% al 73%.

El fenómeno se repite por edades. Los ocupados entre 16 y 34 años se desploman del 40,1% de 2006 al 29,3% de 2012, pero hay alzas en el resto de tramos, incluidos los mayores de 55 años (11,1% vs 14,1%).

El acceso a un trabajo está cada día más caro, y se encarece más cuanto menor es el bagaje previo, produciéndose una suerte de sedimentación de las unidades consolidadas, especialmente si esas unidades tienen estudios universitarios (22,7% en 2006, 28,2% en 2008; aquellos con estudios de nivel bajo retroceden en el mapa de la ocupación). Tiene sentido que los curtidos y a la par bien formados conserven sin problemas sus cargos y expectativas y divulguen hacia abajo sus conocimientos y experiencia. Menos sentido tiene que abajo, en las bases piramidales, no haya hoy casi nadie, convirtiéndose la base paradójicamente en vértice. Los jóvenes llamados a regenerar las plantillas -esos organismos vivos tratados desde hace un lustro como simples cadáveres- se enfrentan en el mejor de los casos a un microsueldo, y a partir de ahí, en descendente curva, a altas tasas de temporalidad y desempleo. Salvo que decidan emigrar, decisión que tampoco les garantiza nada. Y si lo hacen y les va bien, serán otras las economías beneficiarias. Gravísimo es el caso de la investigación, gravísimo y sintomático: el país suspende allá donde debiera buscar las mejores notas de la clase.