Prueben desde el cómic
Siempre he pensado que al cómic sólo le falta la música para convertirse en la disciplina artística definitiva. Tiene imagen, prosa y poesía. Y es tan versátil que toca de lleno la política hasta convertirla en algo mucho más simpático. Cuando sondeo a amigos y conocidos, la respuesta es invariable: se trata de la sección más aburrida del periódico. Bien, pues también aquí existen vías de escape para llegar a la misma estación desde trenes tan estimulantes como el de Viaje a Darjeeling (Wes Anderson, 2007).
Quizás el fenómeno más célebre de los últimos tiempos lo represente Persépolis, de la iraní Marjan Satrapi, quien explica con humor y altas dosis de ironía la transformación de su país tras la caída del Sha y la irrupción de la revolución. Su prisma es tan lúcido que logra retratar sin excesivo dramatismo el paulatino desencanto de todos aquellos compatriotas más próximos a los valores occidentales que al fanatismo religioso. Aunque ahora, acostumbrados a Almadineyah, cueste creerlo, representaban un importante trozo del pastel social.
Tenemos también al dibujante-reportero Joe Sacco, autor de obras descarnadas, sin concesiones a la lírica, como Palestina o Gorazde. El texto, y a través de él la información, adquieren un peso enorme. Para enfrentarse a su trazo es mejor elegir un día soleado sin ex novias rondando el ánimo.
El clásico entre los clásicos es Maus, de Art Spiegelman, hijo de un judío polaco que sobrevivió al exterminio nazi. Conviene ser flexible antes de abrir el tomo porque dentro no encontrarán hombres sino ratones (las víctimas) y gatos (los verdugos). El relato no se limita a recrearse en la truculencia sino que añade el trasfondo psicológico del protagonista y del propio autor, enmarañado en el extraño vínculo que surge entre quien besa la muerte antes de esquivarla y quien nace y se cría lejos del drama (aunque lo lleve en los genes).
Mi favorito, sin duda, es el canadiense Guy Delisle. Su trabajo de director de animación le ha permitido conocer medio mundo y un par de lugares políticamente especiales: Shenzhen (China) y Pyongyang (Corea del Norte). La paradoja es que la faceta industrial le permitió alimentar su vertiente creativa con dos historias entrañables y brillantes. Recuerdo que un amigo me sugirió Shenzhen justo antes de viajar a Pekín. No le hice caso porque lo leí a la vuelta, pero me impresionó la facilidad con que Delisle dibujada-relataba el abismo que separa las mentalidades de un blanco y un asiático. Lo mejor es que además el tipo es tan rematadamente gracioso que te permite disfrutar esa magnífica sensación de la risa a carcajadas en el Metro o el bus ante la mirada inquieta del pasaje. En Pyongyang, finalizado dos años después, logra superarse. Es probable que no existan muchos documentos con retratos tan fieles de uno de los regímenes más herméticos del mundo. Y el drama deja de nuevo un generoso hueco a la sonrisa, así que no teman acongojarse.
Sin conexión política el universo de la historieta se multiplica por mil, pero entrar en una tienda por vez primera y atreverse a comprar algo tiene una ventaja: el nivel es altísimo; es difícil equivocarse. Ahí tienen, por ejemplo, a un par de españoles que rozan la estratosfera: el andaluz Miguel Brieva, joven luchador que ha logrado salirse con la suya tras años de autoedición con su filosófico e iconoclasta Bienvenido al Mundo, y el veterano Max, padre de Bardín el Superrealista. En ellos y en su obra se concentra la grandeza del género: toneladas de cultura, ausencia de prejuicios, talento pulido a base de empeño.
Uno de los míticos en EEUU es Daniel Clowes, una especie de David Lynch del cómic. Su ascendencia es tal que incluso le encargan las portadas de algunas pelis (Happyness). Siempre me engancha, aunque si he de recomendar una sola lectura, propongo Como Guante de Seda Forjado en Hierro. Saboreen ese mal sueño. La escuela francesa, o mejor francófona, no se agota con el quebequés Delisle sino que añade dos perlas a la corona: Manu Larcenet y Frederik Peeters. Para el primero, el mérito de haber ideado la serie más próxima a la idiosincrasia del treintañero europeo estándar (hipocondría, inmadurez, miedo al compromiso) a través de Los Combates Cotidianos. Para el segundo, el honor de una apabullante versatilidad que le lleva a firmar piezas maestras como Lupus (una suerte de psicotrópico Blade Runner) o Píldoras Azules (basado en su experiencia con una novia seropositiva) o prestar su lápiz a otros para lucirse (RG, con Pierre Dragon, es la última prueba). Antes de despedirme (yo también tiendo al infinito cuando pienso en el cómic), una pieza distinta y distinguida para la estantería, Macanudo, de Liniers, o el preciosismo suave pero sesudo.

