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La España inminente

Fede Durán | 25 de noviembre de 2014 a las 19:06

ACTO DE CLAUSURA DE LA ASAMBLEA CIUDADANA "SÍ SE PUEDE"

Siempre que concedamos a las encuestas el poder predictivo que a veces las urnas les niegan, España está al borde de su mayor convulsión política desde 1978. No se trata de un seísmo, ni mucho menos de una revolución robespierrana. El peso de Podemos quedará, en el escenario más exquisito para ellos, lejos de la mayoría absoluta, salvo que la teoría de las bolsas de voto fijas reviente y las transversales y permanentes campañas del miedo y el desprestigio ejerzan el efecto contrario al deseado por la oligarquía que las auspicia.

Lo más pasmoso es que ninguno de los miembros de las élites sea capaz de leer lo que el país exige a gritos. Incluso si las luces cerebrales se les iluminan, incluso si la exégesis clarividente acaba imponiéndose, la inercia de lustros de corrupción seguirá devastando cualquier amago cosmético. A cada juramento de redención acompañará en las portadas otra trama ladrona. No es necesario facturar millones en asesoramiento para comprender que la parálisis de Rajoy o el goteo de ocurrencias de Sánchez son fruto de sus respectivas deficiencias intelectuales y de la incompetencia de quienes componen los esqueletos de sus partidos. Ambos siguen profesando la fe bipartidista con el mismo fervor con que Torquemada alimentaba sus hogueras. La mejor prueba es que el socialismo apela al diálogo sólo con el PP para reformar la Constitución, cuando ni unos ni otros reflejan el sentir emergente de la masa española, que reclama simple y llanamente un horizonte limpio de nubes.

Demografía menguante, desfalcos, escepticismo, indignación, emigración forzosa, precariedad laboral, insuficiencia neuronal de la política actual, austeridad, pérdida de soberanía, debate territorial y necesidad de una estación llamada esperanza juegan a favor de Podemos, un partido surgido de todo lo anterior cuyo núcleo duro procede casi exclusivamente de la universidad y donde el principal y muy efectivo machete es la retórica. Pero Podemos, incluso pese a ese monopolístico cogollo ejecutivo, trasciende a sus promotores. Es el voto protesta, la devolución parcial de las riendas al ciudadano, la playa bajo los adoquines del 68 y, más relevante de lo que parece, una sintonía o empatía descarada entre quienes han tenido la visión para hilar un discurso rompedor y todos esos españoles ultraformados, frustrados y atrapados en la cárcel de un sistema que reparte pésimamente la riqueza. Ese grupo no es el pueblo. Es el equivalente a Podemos en la vida civil.

Hasta ahora, el viento ha soplado a favor de un bergantín en vías de convertirse en portaaviones. Pablo Iglesias es un caníbal del debate a cara de perro, y a esa circunstancia ha contribuido también la sorprendentemente escasa preparación de muchos periodistas del mainstream. Transmutado el espíritu primaveral en promesa cuasitangible, con la incógnita de las municipales y la certeza de las generales, Podemos jugará desde ya en una liga más dura, la del acoso mediático, la persecución del desliz (caso Errejón) y la entrevista uno contra uno, áspera y reveladora cuando el entrevistador sí está pertrechado y hace bien su trabajo, que es incidir en las zonas oscuras y exigir explicaciones razonables (Ana Pastor en La Sexta, Miguel Ángel Belloso y Miguel Ors en Actualidad Económica).

El equipo B de Iglesias, es decir, el consejo ciudadano (82 miembros incluyendo a los aún inexistentes secretarios generales autonómicos) trabaja actualmente en el tránsito del programa europeo al nacional, triplemente exigente por la limitación presupuestaria, las dictaduras del déficit y el ojo escrutador de los posibilistas. Alberto Montero, de facto economista en jefe del partido, advertía semanas atrás que las cuentas han de rehacerse porque Bruselas permite los brindis al sol que la menos pudiente España deniega. Descender de los cielos no es tan negativo: más vale un compromiso humilde que una grandiosa mentira.

En teoría, no habrá elecciones generales hasta finales de 2015. PP y PSOE tienen dos vías hacia la salvación, y son combinables. La primera es demasiado utópica: purga radical teledirigida por quienes forman parte del problema. La segunda es demasiado azarosa: confiar en que la corrosión inherente al paso del tiempo, unida a los engranajes indagadores/difamadores, unida a la opción probable de los errores de Podemos (inexperiencia, egolatrías) conforme una pelota de acero que castigue la cosecha de escaños final.

Nadie sabe qué ocurrirá en España en los próximos cuatro-ocho años. Nuestro código genético es fatalista y nuestra cultura del progreso blanda en lo sustantivo. La sociedad ha sido parte de la enfermedad porque ha consolidado las opciones que actualmente tanto decepcionan. En tiempos de bonanza es más fácil perdonar tales pecados; cuando el pastel se acaba afloran los rencores y con ellos un virtuosismo que tal vez sólo sea el reflejo de demasiadas carencias materiales. Es increíble que ni siquiera Podemos, lo más similar a la pureza en este juego de máscaras, descargue ganchos y directos sobre la gran lacra hispana de la podredumbre moral, asociada a la ausencia de valores, de civismo, de letras y de debate y pensamiento crítico. Un país sin humanidades es una cadena de montaje. Los brazos mecanizados de arriba roban sin el peso de la conciencia porque son máquinas. La ovejas eléctricas de Philip K. Dick (o de abajo) balan por las facilidades perdidas, no por la virtud que nunca han exigido ni ejercido. Podemos tiene la oportunidad de aparcar sus últimamente demasiado clericales eslóganes (Su Odio es Nuestra Sonrisa, Mensajeros de la Voluntad del Cambio) para afrontar el reto de mejorar aquello que jamás aparece en los programas electorales, utilizando paralelamente su formidable potencia de fuego para dirigir al resto hacia esa misma meta.

La marca Andalucía

Fede Durán | 5 de septiembre de 2014 a las 13:41

EL deterioro de la marca Andalucía en comparación con la tampoco demasiado boyante marca España fue bien explicado ayer por el profesor Aurioles, aunque quizás convenga pedir el testigo y prolongar la reflexión. Franco aprovechó los atributos paisajísticos y culturales de la región para vender al extranjero una imagen del todo basada en la parte. Andalucía era –y aún es– los toros, el flamenco, los pueblos blancos, la siesta y el pescaíto. Esa marca, tan simplista como costumbrista, es el imán del turismo, al que se han añadido átomos como el golf, los museos o los festivales.

Hay una segunda marca andaluza basada –más radical y malintencionadamente– en el estereotipo del ciudadano vulgar, inculto, graciosillo y “a medio hacer”, por emplear las palabras de aquel Pujol visionario de finales de los setenta. Los medios de comunicación de ámbito nacional, con las televisiones a la cabeza, son responsables principales de la caricatura.

La tercera marca Andalucía depende directamente de la clase política y el partido hegemónico. Más de treinta años ejecutando garantizan el deterioro, el descrédito y a menudo el escándalo, pero también una tupida red clientelar (bien descrita por Álvarez Junco respecto a la otra gran comunidad corrupta según Bruselas, Cataluña) que garantiza un colchón mínimo de votos y repele del escenario a nuevos actores, estén o no cargados de cambio.

Luego está la economía (la macro y la micro), implacable en el retrato y el careo con España: más paro, menos exportaciones, menor crecimiento del PIB y nulo efecto de las diferentes ayudas públicas en la reconducción de dichas magnitudes.

Ni las tres marcas descritas ni el efecto que sobre ellas ejercen los números presagian una transformación de los usos, vicios, servidumbres y lastres que impiden a la región apearse del vagón de cola aunque sea para instalarse en mitad de la tabla autonómica. Los factores históricos (latifundio, franquismo, analfabetismo endémico, regresión tras perder el monopolio del comercio americano, Iglesia) no pueden ser la eterna excusa. La Junta maneja casi 30.000 millones de presupuesto, el país suma casi nueve millones de habitantes, los fondos europeos han sido cuantiosos y la geografía es generosa (acceso al Atlántico y Mediterráneo, vigía del Estrecho, puerta de entrada a África) pese a la intrincada orografía peninsular y su relativo aislamiento continental.

Un espacio es al final la suma de sus circunstancias, y Andalucía es hija de su clima, su milenario mestizaje y sus contemporáneas demagogias. Entre el liberalismo salvaje y el Estado interventor y ultraplanificado se cuela nuestra verdadera tercera vía: una Administración asistencial y hormonada, interesada en preservar la estupidez (Canal Sur) y dispuesta a retener el poder a costa del porvenir de un pueblo. Pueblo, hay que añadir, que nunca se ha mostrado especialmente alarmado con esos pecados que en la liga de los serios cuestan puestos e imponen rejas.

Inocencia Perdida

Fede Durán | 12 de febrero de 2013 a las 10:09

EUROPA perdió la inocencia durante la Primera Guerra Mundial, pero si la perdió es que alguna vez la tuvo. Tras el asesinato del príncipe Francisco Fernando en Sarajevo, nadie dudó de las razones del viejo emperador para embarcarse en un duelo que acabaría siendo fatal para el Imperio y para el continente. El poder, igual que los medios, decía la verdad. Existía una presunción de honestidad.

España no participó en esa guerra, pero fabricó la suya menos de veinte años después. También fue inicialmente una batalla romántica, al menos desde la perspectiva del extranjero simpatizante de la República. Un modelo de regeneración y justicia social se oponía a las viejas cacicadas latinas personificadas en Franco, Sanjurjo o Mola. Los buenos perdieron. Y el poso de la inocencia se evaporó.

La Transición fabricó una ilusión sobre la base del perdón y/o el olvido. Nuestras figuras tenían lustre: Suárez, González, incluso el Rey. Después de muchas, muchísimas estupideces intestinas, el país remontaba el vuelo y apuntaba al ingreso en la Europa próspera, la del Estado del bienestar, las infraestructuras futuristas y las empresas de vocación universal.

Todo era un espejismo. Crecimos, sí, pero sobre la base de unos pilares podridos. La política española -y la empresa a veces también- podría nutrirse de las tramas de Graham Greene salvo por un detalle: las novelas negras del británico encerraban complejos mapas existenciales. El mejor paralelismo es Edward Bunker, ex convicto y quizás por ello aficionado a una prosa cruda, polvorienta y anfetamínica donde no cabe la miel del estilo. Los personajes de Bunker no tienen escrúpulos. Golpean, disparan, persiguen cuando toca. Y ése es el problema que se traslada a la realidad política: la ausencia de una ética, o incluso de un código deontológico, aunque la deontología mezcle mal con la política porque implica que ésta es una profesión cuando debiera ser un acto de servicio al bien común limitado en el tiempo.

Los políticos españoles se han oficializado, y al hacerlo interiorizan la actividad como una suerte de propiedad exclusiva. Pocos son los fichajes y a menudo fallidos (Piqué, Pizarro, Garzón); el mejor currículum es el del espécimen criado en la cantera y dedicado en cuerpo y alma, desde el comienzo, a la causa de unas siglas cuya superioridad ideológica nadie discute. Este circuito cerrado predispone al mal camino, sublimando el sentido de la jerarquía, la endogamia, el abuso en el ejercicio del poder, el narcisismo y los complejos de superioridad indisimulados. Los medios de comunicación han agravado dócilmente el fenómeno, a pesar de que la crisis les haya empujado al cambio. El buen periodismo de investigación es la última tabla de salvación.

Rajoy y Rubalcaba surgieron del mismo molde. La depuración no vendrá con ellos, ni con los suyos de presente o proyección. Y ahí surge el auténtico agujero negro de la democracia española: ¿Qué voces guiarán la renovación de un sistema agotado?

Banderas de Andalucía

Fede Durán | 5 de febrero de 2013 a las 19:27

La desintegración de España la canalizan hoy tres frentes. Uno es Madrid, entidad física y política igual que Cataluña (segundo frente) y en menor medida Andalucía (tercer frente).

Madrid compendia todos los males nacionales. Los de la corrupción, el ejercicio mediocre del poder, el descrédito multiplataforma (empresas, instituciones, monarquía) y la crisis irreversible del milagro español. Allí residen dos líderes terroríficos: Rajoy, el peor comunicador español desde Franco, y Rubalcaba, el mejor manipulador también desde entonces.

Cataluña es una España en miniatura. Reproduce miméticamente todas sus crisis, contando además con un agravante: su ratio de corruptos por cada mil habitantes es superior al promedio y la monopolizan los tradicionales defensores de la patria.

 Andalucía es caso aparte. Aquí mandan los de siempre, y lo hacen a sus anchas y avalados por el doble rasero moral del presunto progresismo. Parece que cuando roba el PP el robo es más doloroso, como si la trama de los ERE no fuese mucho más explícita y mucho más directamente vinculada al mal uso de los fondos públicos. Hay manifestaciones teóricamente espontáneas ante las sedes populares, pero a nadie se le ocurrió en su día mostrar de la misma manera su indignación con los socialistas. Griñán exige responsabilidades a Rajoy por lo de Bárcenas, pero ningún peso pesado del PSOE-A cayó cuando tocaba (aún toca). Andalucía es un país mediocre donde apenas han cambiado las cosas: la planta alta de la Administración autonómica sigue rigiéndose por los principios de carné e incapacidad. El Gobierno está cómodo protestándole a Madrid pero jamás hace valer allí su peso territorial, ora por aquello del presidente amigo (Zapatero) ora por la excusa del bloqueo enemigo (Aznar, Rajoy). Ahora hablamos de la corrupción como si no fuese con nosotros: como si el SAE funcionase a las mil maravillas; como si no hubiese ayuntamientos de alarmante tendencia caciquil; como si lo del tamaño de la Administración paralela se hubiese resuelto; como si las empresas libres compitiesen en igualdad de condiciones con las adjudicatarias del régimen. Se inventan la estupidez del pacto por Andalucía y creemos que se cuece algo importante, un cambio respecto a la dinámica mesetaria, un propósito de enmienda y diferenciación.

Andalucía es quizás el peor de los tres frentes porque exhibe todos los defectos de los otros dos y añade su basura endémica, con un Valderas que hace de Junqueras sin serlo ni de lejos, porque IU, la tercera vía, queda a menudo diluida bajo el bulldozer socialista, porque sus a veces loables iniciativas de regeneración quedan relegadas a la inviolabilidad del pacto con Griñán. Y no hay más. No hay andalucismo ni centro ni vías alternativas que expresen mejor lo que un pequeño pero creciente grupo de ciudadanos quiere. Andalucía no se transformará hasta que se transforme España, si es que se transforma. Su especialidad es cerrar el pelotón también en las cuestiones catárticas y filosóficas. Entretanto, parece cuando menos ridículo que enarbole banderas diferentes a las que ondean en Madrid o Cataluña. Las suyas están igual de sucias.

El colapso del sistema español

Fede Durán | 4 de febrero de 2013 a las 10:45

LLAMÓ la atención Rajoy no sólo por su superficialidad discursiva (“es falso”) sino porque en ningún momento defendió al PP de la telaraña Bárcenas. El sábado sólo parecía preocupado por salvar su honorabilidad. Rubalcaba ha entrado al trapo en dos fases: con la boca pequeña primero y con el viejo cliché de la dimisión después. Es probable que el PSOE haya analizado cuidadosamente su exposición potencial a nuevos escándalos antes de hacer suya la indignación ciudadana. Ambos partidos y ambos líderes empatan hoy a una cosa: el elector no confía en ellos. El descrédito subsiguiente suele ser amigo de dos fenómenos diversos. Uno es la expectativa de crecimiento de los pequeños -IU y UPyD- y otro el surgimiento, sobre la misma ola, de movimientos radicales o populistas dispuestos a pescar en río descontento.

Al morir Dios, los marxistas plantearon un doble problema: el mundo necesitaba una ética secular y una escatología o sucedáneo de la salvación. En España muere poco a poco la política posfranquista, y el país necesita una nueva ética (una refundación del ejercicio del poder de raíz democrática) y una nueva salvación (la esperanza de una nación que sobreviva a la actual crisis poliédrica).

Ni PP ni PSOE parecen en condiciones de reinventarse. Desde Suárez y Calvo Sotelo, unos y otros se han repartido los cromos, reproduciendo el vicio recurrente del potentado. Su tibieza ante la corrupción es la gran prueba de su inviabilidad catártica. España necesita discutir a fondo el modo en que funcionarán las instituciones en los próximos lustros, limitando los mandatos para suavizar la tentación del pecado, exigiendo brillantez y formación a quienes decidan participar en el circo de lo público, prohibiendo las juventudes de los partidos e inoculando en los cerebros de todos -votados y votantes- la exigencia de servicio al bien común que debe presidir siempre la política.

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Política crony

Fede Durán | 2 de febrero de 2013 a las 12:27

EL capitalismo de amiguetes o crony capitalism interpreta una banda sonora sobradamente conocida en Occidente. La componen conceptos como valor añadido, productividad, innovación, emprendimiento, responsabilidad social corporativa, compromiso, sostenibilidad, competitividad, transparencia, pleno empleo, formación, reciclaje, nuevas tecnologías, eficiencia o sociedad del conocimiento. Cualquier programa electoral los recoge, cualquiera proyecta en el panel del futuro una comunidad casi perfecta de seres trabajadores y honestos, protegidos por el manto del Estado del bienestar y por la certeza del buen uso de sus impuestos, dinero herméticamente destinado al bien colectivo, al mandato ineludible del progreso, dinero al fin y al cabo fiscalizado, monitorizado, despiojado de malas influencias o manos extrañas.

Ésa es la banda sonora oficial, pero, ¿quiénes la interpretan? En España, sobre todo, políticos, banqueros y magnates, justo quienes sólo se sienten vinculados a la fragilidad de la palabra, jamás al hierro del hecho. A menudo se ha criticado el papel bipolar -juez y parte- de las agencias de calificación de riesgo, aves carroñeras que alimentan la desgracia ajena en provecho del cliente especulador. Hasta hace poco, la élite ejecutiva (de ejecutar) del país clamaba al cielo: si cumplimos los deberes, si somos gente seria, ¿por qué nos machacan? Quizás el sindicato del rating jugase sólo a forrar a sus patrocinadores; quizás era clarividente. En tal caso, captó antes que nadie que España es el paradigma de la corrupción, una tierra donde toda inversión conlleva una mordida, una pérdida inherente que ha de sumarse al complejo entramado de las autonomías, las diputaciones y los ayuntamientos chupópteros.

El mensaje crony es cristalino: las clases medias y bajas son las únicas sometidas al imperio de la ley y a la soga de la contribución fiscal. Quienquiera que supere los umbrales mínimos del privilegio campará a sus anchas. Es imposible subestimar a esta tribu: la componen políticos y tiburones en indisoluble unidad. Se llama tráfico de favores y es un fenómeno bidireccional. Una parábola perfecta sería la de la alcazaba. Es infinitamente más fácil mantener la posición cuando el atacante está abajo y tú permaneces arriba.

Ahora piensen en un inversor dubitativo. España es una de sus opciones. Pide un informe a sus asesores. Una semana después, le entregan una lista: Pallerols, Nóos, Liceu, Bárcenas, Amy Martin, los ERE, Sabadell, Marbella y Lloret son neones sobre un folio nítidamente blanco. ¿Qué harían ustedes en su caso?

El trasfondo es inquietante, porque aunque aquí exista un sistema de castas, las superiores no dejan de ser un reflejo de las inferiores, y esa afirmación plantea el problema de la catadura moral de nuestra sociedad. La encuesta más útil actualmente sería aquella capaz de responder a la siguiente pregunta: ¿Cuántos españoles procederían de manera distinta a como lo hacen quienes viven en la alcazaba? La respuesta explica como mínimo nuestro último siglo de Historia.

¿Qué le pasa a esta generación?

Fede Durán | 6 de marzo de 2011 a las 19:35

Soy andaluz y vivo en Sevilla. Me crié en Córdoba y vengo de Cádiz. Di algunos de mis primeros pasos en Granada. Amo mi tierra por su color, sus paisajes y sus sabores, pero también por la subjetividad de mis recuerdos y mi presente. Cada mañana, cuando me levanto y repaso los titulares de prensa, descubro algún nuevo mal dato. El paro más elevado (con permiso de Canarias), el Gobierno más corrupto (con permiso de Valencia), la sociedad más indolente (sin permiso de nadie). Empresas que cierran, compañeros amenazados por la crisis, despilfarro de fondos públicos, vandalismo urbano, robo y violencia… y nadie levanta la voz. Ese nadie me incluye a mí. Nos incluye a todos. ¿Qué nos pasa? ¿Ésta es nuestra conciencia democrática, éste nuestro pensamiento del progreso? Bahía de Cádiz, Linares, Córdoba. Inversores que huyen tras el correspondiente escarmiento. Políticos que pagan periódicos en la autopromoción más descarada y burda que yo logre recordar en ésta u otras regiones. Plazas mastodónticas que duplican el presupuesto inicial, calles con socavones del tamaño de Pekín, mierdas de perro, meadas en las esquinas. ¿Somos nosotros la imagen de ese espejo? Eso me temo. Procuramos sobrevivir, inventar pequeños proyectos, conservar lo que tenemos (a ver quién se atreve ahora a pedir más). Algunos emprenden y luchan más que el promedio. Mi hurra para ellos. Pero, en el debate político, económico y social, la abulia nos iguala. Heredamos el esfuerzo de nuestros padres. Algunos sí que doblaron esquinas más rápido que esos grises a caballo con bigote y mala ostia. Algunos lucharon por el sistema actual, por la pluralidad, por la equiparación a Occidente y al continente sin pensar, quizás, que los otros, es decir, nosotros, acabaríamos siendo tan conformistas, tan planos, tan lamentables. ¿Por qué no elevamos la voz y aclaramos a los políticos que en verdad ellos mandan por nosotros? ¿Por qué no colapsamos el sistema poco a poco, golpe a golpe, con la carga plúmbea de lo simbólico y lo fáctico? ¿Por qué no se disculpan y dimiten? ¿Por qué nos toman por gilipollas? Tal vez porque, en el fondo, lo somos. Te deslomas de lunes a viernes y llega la noche y ves a tus amigos como siempre: felices y borrachos (dos estados perfectamente legítimos y sumamente recomendables de cuando en cuando). El problema es que suman, sumanos años, y ya no hablamos de 20, ni siquiera de 25 ó 30. Hablamos de hombres y mujeres hechos y derechos que viven como muchachos huecos, sin ideas ni discurso. Es muy bonito sentarse en una tasca y arreglar el mundo con una botella de vino y una ración de carrillada (cuando los tertulianos logran debatir sin arrancarse los ojos, claro, que aquí el grito equivale a la razón). Es muy bonito pero no transforma nada. No es una catarsis sino nuestra forma de justificar la indolencia. Y eso, si es que decidimos pensar, porque es muchísimo más cómodo contar un chiste o tomarle el pelo a alguien. ¿Necesitamos el grado de podredumbre moral y social del Magreb para reaccionar? ¿Alguien piensa que de verdad estamos tan lejos de un escenario dictatorial? Nosotros somos los culpables. Tú y yo. Por nuestro pobrísimo nivel de autoexigencia. Por acatar la indignidad de un 30% de paro sin levantar el culo del sofá ni exigir a los cuentistas y a los mandamases que espabilen. La sociedad civil, aunque cueste creerlo, todavía existe. Levantémonos, utilicemos los medios a nuestro alcance: internet, el boca a boca, nuestros propios cargos profesionales. Escribamos. Opinemos. Provoquemos. Instruyámonos. Ilustrémonos. Aún hay tiempo, pero, ¿queremos?

Cabezas de turco

Fede Durán | 18 de junio de 2008 a las 11:27

Lo que más me escama de la corrupción urbanística no es el cabeza de turco, siempre expuesto al escarnio público y sobre todo judicial, sino la sensación de que al final sólo se ve en la tele uno de los cabos del entramado. Aquí roban todos, sin siglas distintivas. Lo de Andratx se lo cocinó el PP; lo de Estepona el PSOE; lo de Marbella un poco entre todos. La Policía asesta el golpe, los fotógrafos captan la escena (seres cabizbajos preferentemente canosos y esposados rodeados de agentes de porte recio), los periodistas la describen y los jefes de los partidos a los que pertenecen los culpables se lamentan y escandalizan.

Es curioso que un aparato tan celoso a veces (miren la prisa que se dio Rajoy por absorber voluntades para que nadie le hiciera sombra) sea simultáneamente tan blando y ciego. Se supone que el urbanismo es un deporte de espabilados, así que supondremos también que es el listo quien se lo lleva calentito, sin compartirlo con nadie. Con nadie de más arriba, claro. Chaves en Andalucía, Camps en Valencia, Touriño en Galicia y Zapatero y Rajoy a escala nacional deberían ponerse serios o parecer menos bobos. Algo deben olerse cuando visitan esas localidades y despachan con sus alcaldes y con el rabillo del ojo detectan ese cofre de oro y esos colmillos de elefante. O no. Quizás piensan que España es tan rematadamente próspera que lo de los cofres y los colmillos es lógico y hasta obligatorio. ¿No viajan ellos en berlinas de 60.000 euros, en aviones de primera, en yates de amigos millonarios?

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