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Sobre el periodismo, desde el periodismo

Fede Durán | 3 de diciembre de 2013 a las 20:41

MADRID. 20-11-13. MIGUEL ANGEL BASTENIER. FOTO: JOSE RAMON LADRA.

Hay una apuesta que probablemente perderían si el oponente fuese Miguel Ángel Bastenier (Barcelona, 1940): la guerra de la memoria, el microcultivo del dato, las conexiones supersónicas entre fechas, personalidades, territorios, razas e Historias. Analista de política internacional, estandarte de El País, cazador de licenciaturas, profesor de periodismo y políglota, Bastenier es capaz de recordar los cuarenta nombres (a veces con sus apellidos) de un aula, bailarse una rumba o despachar con altísimos moradores de Estado, conduciéndose siempre con ese hilillo apenas perceptible de humor e ironía propio de los más grandes.

–¿Se está perdiendo la figura del animal periodístico, del hombre genéticamente diseñado para dedicarse a esto?

–Existirá siempre, pero es cierto que abunda menos. El animal periodístico es el que sólo se concibe a sí mismo como periodista. Yo no he trabajado nunca en ningún sitio que no fuera un diario.

–En Primera Plana, la película de Billy Wilder, se clava esa esencia de la ambición por la exclusiva.

–Hay un momento maravilloso en el que esconden al condenado a muerte en una dependencia del juzgado mientras redactan la información para que nadie se la pise. Y Jack Lemmon, el periodista estrella, que está a punto de casarse y dejar la profesión, lleva escritos un par de párrafos cuando Walter Matthau, que es el director, le coge el papel, lo lee y le dice estas bellísimas palabras: ¿dónde sale aquí el News Chronicle? Es una exclusiva bestial y el nombre del periódico tiene que aparecer en el primer párrafo.

–Con la crisis, determinados gremios tienen peor imagen que nunca. Los políticos, los banqueros… y los periodistas.

–La nuestra es un profesión que está en el centro de muchas cosas. Tiene aristas con el mundo de la política; menos con el mundo de la banca, aunque desde un punto de vista informativo también. Por una ínfima minoría que pueda estar relacionada de una manera poco grata con esas profesiones que tanto caen en la imagen del público, por esa conexión inevitable que obviamente es perfectamente legítima y honrada, puede ser verdad que la imagen de los periodistas haya sufrido algún deterioro, pero no creo que sea realmente grave, y en cualquier caso no es comparable al descrédito de la clase política o de la realidad bancaria.

–Un periodista ha de ser una especie de enciclopedia andante, ¿no?

–Algunas veces digo que el periodista es alguien que, como el caracol, lleva encima, en la giba, toda una serie de informaciones inútiles hasta el momento en que se descubre que son útiles. Es verdad que en la era de internet esto es menos necesario porque tenemos Google y la posibilidad de comprobar prácticamente todo en un segundo, pero puede haber muchas situaciones en las que el periodista no pueda echar mano de esa facilidad tecnológica y tenga que surtirse por sí mismo. El conocimiento siempre es útil, aunque lo sea menos que hace 20 años.

–¿Nos hemos alejado del lugar de la noticia?

–La tecnología tiene un lado no exactamente malo pero sí peligroso, y es el de una cierta pereza. Internet te lo ofrece casi todo. Eso crea periodistas que no van a los sitios y utilizan esos nuevos recursos como sustituto de la labor presencial, que es esencial. Cada año, el Palacio Matignon organiza un aperitivo con el primer ministro francés. Invitan a los corresponsales de los periódicos más destacados de París. Todo lo que tiene que decir el primer ministro lo cuelgan de inmediato en la red, y hay quien afirma: “ya no tiene ventajas el periódico que acuda sobre los demás porque disponemos de la misma información”. Y no es verdad. Aunque tengas el texto perfecto, completo, absoluto, lo presencial nunca será sustituible.

–En España se han puesto de moda las ruedas de prensa sin preguntas.

–Es una vergüenza que no merece nombre. Diré más: en el mundo civilizado no se publican las ruedas de prensa, salvo que se trate de Obama. Tony Blair ofrecía una conferencia de prensa mensual en Downing Street y eso era novedad porque los políticos británicos jamás las dieron, con preguntas o sin ellas. Es una especie de obra de teatro en la que el convocante manda su mensaje. No se trata de contestar a preguntas realmente complicadas o interesantes. ¿Significa esto que los periódicos no deben ir a ruedas de prensa? Deben ir a todas ellas, lo que no está demostrado es que tengan que publicar cosas que interesan muchas veces sólo a quien convoca.

–¿Qué le parece Twitter?

–Es muy útil. Pero la cantidad de analfabetos y maleducados a los que cobija es apabullante.

 

–¿Cuáles son sus periódicos de referencia?

–Le Monde es el primer diario internacional no español que he leído asiduamente desde muy jovencito, desde cuando Escarpit hacía su columnita en primera página; y más adelante el New York Times, que es un grandioso periódico; y el que yo diría que es el mejor, The Guardian, de menor envergadura industrial incluso que El País, pero escrito con una chispa y una capacidad de innovación tremendas. El NYT y The Guardian han comprendido hace bastante tiempo que lo que aguanta a la prensa tanto en papel como en digital es la agenda propia, aquello que lees en un periódico determinado y en ningún otro sitio.

–Ha mencionado la innovación. Ahí está quizás la clave.

–En la facultad de Periodismo de Saint Louis (EEUU), predican más que secciones lo que llaman clusters, racimos, equipos de periodistas que lo tienen todo (reporteros, diseñadores, fotógrafos) y a los que se asigna trabajo diario pero cambiante. Esto tiene mucho más sentido en periódicos locales. Uno de alcance mundial ha de tener una gran sección de internacional, por fuerza. Y ahí sí hablamos de compartimentos más estancos.

–El periodismo es uno de los pocos oficios donde la discusión ha de ser compatible con la jerarquía.

–Una redacción es una curiosa combinación entre una asamblea popular de extrema izquierda y una monarquía absoluta, lo que significa que hay un plazo en que debe discutirse todo. Pero al final alguien tiene que decir basta.

Pagar por trabajar

Fede Durán | 10 de marzo de 2013 a las 17:18

Hace no demasiado, medio en serio medio en broma, le comentaba a un compañero (hoy ex: fue víctima de los recortes) que pronto las empresas nos pedirían dinero por ir a trabajar. Es la evolución de muchos negocios y especialmente del periodismo. A nuestros bajos salarios, a la precariedad inherente al oficio se suma un nuevo fenómeno, el de los miles de periodistas parados que se ofrecen a publicar gratis, apostando por que la firma pese algo y les permita, cuando el huracán se desactive, conseguir un salario y una dignidad. Pero ese mecanismo es inmoral para quien lo acepta (el periódico) y tóxico para quien lo ofrece. El esfuerzo gratuito fue el mayor error que cometió el sector tiempo atrás, un error por el que todavía paga: regalar las cosas no sólo desprestigia, también destroza las cuentas de resultados (internet gratis vs papel de pago). En este particular caso, el desprestigio sigue intacto, pero las cuentas de resultados podrían mejorar. Los editores aceptan esa medicina venenosa de la gratuidad para orquestar boicoteos intestinos que extingan el valor añadido y consoliden la mediocridad y el empobrecimiento como única fórmula válida. ¿Qué mensaje transmite una cúpula editorial que cuenta con cuatro, cinco o diez colaboradores sin cargo al presupuesto? Que llegará un día en que la redacción apenas necesitará a cuatro o cinco coordinadores, posiblemente los más sumisos, los de perfil más bajo. Que lo demás es baratísimo. Que el esfuerzo periodístico no vale nada. Que una plantilla desmantelada es la mejor salida para sobrevivir porque el siglo XXI es el siglo de las plantillas virtuales, sin sede ni sueldo, sin nada más que un nombre y unos apellidos.

Lo más grave es que los filtros de calidad se han reblandecido. Muchos de los que nunca tuvieron oportunidad de encadenar siete u ocho años en una redacción aparecen ahora como corresponsales sin experiencia, como expertos en materias que no dominan no porque ellos sean incapaces sino porque el dominio requiere tiempo, ensayo-error-corrección, flujos permanentes de debate con los redactores jefes, las mesas de cierre, los maquetadores, los fotógrafos, los directores, etcétera… ¿Quién va a frenar esta tendencia? Vaticinio obvio: nadie.

Que no cuenten conmigo cuando llegue el momento de pagar por trabajar. El periodismo vale dinero. Malo cuando ni siquiera quien debería verlo lo ve. O, peor aún, tristísimo cuando lo ve y se frota las manos  al saberse capaz de aprovechar una época de escasez para hacer que la máquina funcione sin gasolina.

Los padres y nuestra crisis

Fede Durán | 8 de noviembre de 2012 a las 18:47

A menudo nos comparamos con nuestros padres en una especie de búsqueda personal por contrastes y afinidades. Ellos viven esta crisis de otra forma porque ya vivieron otras antes, y tal vez peores. Pero las vistas desde el infierno (Franco) revalorizaban el horizonte: ahí detrás, superados los Pirineos, había cosas mejores que quizás algún día se les contagiasen. Y así ocurrió. Crearon un país nuevo donde el cero implicaba la enorme ventaja de poder alcanzar el cien. Hubo un pacto del olvido. Muchos de los cómplices de la dictadura tuvieron también su oportunidad. Estructuras diferentes implicaban enormes oportunidades: se inventaron las comunidades autónomas, se instauró la libertad de mercado, las fronteras se abrieron y los emprendedores tuvieron la oportunidad de probarse sin tutelas políticas (vale, algunos medraron a la sombra del generalísimo e igualmente sin él; en todas las clases hay alumnos que huelen a matarratas). Mis padres progresaron a golpe de esfuerzo, voluntad y talento. Progresaron y acabaron alcanzando sus metas, o un buen puñado de ellas. Sabían que podían aterrizar en la Luna y allí aterrizaron, rebajando siete veces su peso terrestre.

Nuestro caso es diferente. Nacimos en el ochenta, fuimos adolescentes rozando el cien y ahora, en nuestra primera madurez, descendemos año a año hasta aproximarnos al cero. Esa progresión inicial nos ha hecho daño: nos tragamos aquello de que nunca habría más techo que el de los desastres naturales y las limitaciones de la propia inteligencia. Nos lo creímos y no aprendimos a sufrir o, mejor explicado, a sufrir sin quejarnos, sin protestar, sin cuestionar las decisiones que debilitan nuestro futuro. Un amigo siempre me repite esta frase: “Somos rehenes de una generación amortizada”. Es la generación de nuestros padres, desbrozadora y arrojada pero actualmente letal. Porque son sus coetáneos los que dirigen el Gobierno y la banca, las multinacionales y las constructoras, las administraciones públicas, los partidos políticos y los medios de comunicación. España necesita una transfusión. Porque cuando ellos ya no estén nosotros seguiremos aquí. Y es conveniente aprender a tomar ya las decisiones. Hoy sólo hay dos: la rendición, que significa marcharse a otro país y asumir ese reto como una realidad distópica y no floral (al menos en el arranque); o la rebeldía, que no consiste en quemar cajeros sino en buscar la autarquía. Ser nuestros jefes, nuestros empresarios, nuestros líderes, nuestros inspiradores. Diseñar un mundo paralelo donde no haya que pedir permiso para apartar lo que no funciona y arriesgar como arriesgaron ellos. ¿Bruselas va a rescatar a los bancos de nuestros padres? Que esos bancos se fijen entonces en nosotros cuando el dinero llegue. No les pediremos ningún favor. Les pediremos que nos presten y les pagaremos por ello.

Hay días en que descuelgo el teléfono y escupo buscando el desahogo. Mis padres, claro, están al otro lado, aguantando, aconsejando, callando cuando no les dejo hablar. Es una de sus impagables funciones, y somos cientos de miles los que recurrimos a ella. En realidad, nos malgastamos. Ya que no podemos crearla ni destruirla, invirtamos la energía en transformar.

Dos amigos

Fede Durán | 6 de noviembre de 2012 a las 23:13

Dos amigos han perdido hoy su trabajo. Y no se me ocurren demasiadas palabras de consuelo, ni suficientes frases que no parezcan prefabricadas. Tan sólo les puedo ofrecer estas líneas porque son fruto de lo único que sé hacer medio bien: escribir. Con ambos he convivido durante años, de ambos he aprendido cosas, junto a ambos he bebido y comido, reído y bromeado, incluso soñado y maldecido, teorizando sobre el ayer, el hoy y el mañana de un negocio que se va al carajo. Quizás el periodismo sobreviva. Quizás. Pero no se me ocurre parche que tapone tanto talento desperdiciado, tantas firmas que se van, tanto amor no correspondido por un oficio que es ingrato y marciano, nocturno, obsesivo y a veces etílico y conspirativo, un oficio que algunos insisten en desprestigiar pero la mayoría echará de menos si la muerte se certifica algún día. Somos listas decrecientes de efectivos, listas negras crecientes. Y yo tengo la sensación de que seguir es sólo comprarle tiempo al corredor de la silla eléctrica. Todos hemos admitido las cosas que se han hecho mal, incluso las hemos denunciado, hemos buscado alternativas, nos hemos encomendado a internet y hemos trabajado más duro y con más generosidad que nunca. A veces parece que no sirve de nada. Y tampoco es siempre culpa de alguien. Nuestro negocio es ya cadáver. El papel no va a sostenerlo. ¿Qué nos muestra el horizonte? El periódico digital para una minoría, la reconversión forzosa para el resto. Haremos cosas que no nos gustan aunque sirvamos para lo que nos gusta. Serviremos copas, venderemos libros, tal vez demos clase en algún instituto o universidad. Pero AMAMOS esto. Nunca encontraremos algo más intenso, más bello, más encajable en nuestros espíritus y nuestras personalidades. A mis amigos les deseo fuerza y optimismo. Me la suda que sean conceptos casi de mal gusto en esta España descompuesta y en este oficio arruinado. Fuerza y optimismo a los dos. Sois grandes y atesoráis más conocimientos que un buen puñado de libros juntos. Sois inteligentes. Estáis curtidos en no pocas batallas. Y sois capaces de salir adelante. Igual que muchos otros colegas desahuciados. Ánimo a todos y cada uno de ellos. Ánimo a vosotros.

Notas

Fede Durán | 6 de noviembre de 2012 a las 11:48

PP y PSOE se comprometen a pactar una solución al problema de los desahucios para que la banca no gane siempre. Porque la banca gana siempre. A veces con su negocio; otras, cuando su negocio falla, con el dinero del contribuyente.

Parece mentira pero es cierto: el poder judicial se revela, en plena crisis y con sus sempiternos claroscuros, como el gran conductor de algunos de los cambios clave en España.

El fin de semana arranca la campaña electoral catalana. Mas megafavorito, aunque sin mayoría absoluta según todos los sondeos. Ojo: los de verdad y los tendenciosos. A CiU no le interesa aparecer como triunfadora aplastante antes de tiempo y por eso ha pedido a los directores de diversos medios catalanes que suavicen la predicción de victoria.

Bruselas destroza las previsiones económicas del Gobierno. Rajoy asegura que en 2014 comienza la recuperación.

Merkel sorprende a todo quisqui con una medida aparentemente machista y alejada de su obsesiva pasión por el control del déficit: 150 euros mensuales para las parejas que prefieran criar en casa a sus hijos de 1 a 3 años. En vigor desde el 1 de enero de 2013.

Obama vs Romney, o cómo el periodismo político en y para EEUU deja en pelotas a los demás en cuestiones interpretativas, vueltas de tortilla, sorpresas de última hora y meteduras de pata.

La prensa muere poco a poco. Menos ventas, menos plantillas, peores condiciones laborales, insistencia en el error del cobrar en papel/regalar en internet. Sin una reacción rápida y arriesgada (sin riesgo no hay ganancia), el invento se apagará ya mismo. Factor agravante: la gente ya no quiere destinar un euro a leer malas noticias que inevitablemente hay que contar.

 

Renacimiento

Fede Durán | 26 de julio de 2012 a las 14:25

Cuando vivíamos en plena burbuja (1996-2006, según explicó MAFO en el Congreso esta semana), te levantabas por la mañana y te ibas a la facultad sin pensar demasiado en el futuro. Sabías que habría un hueco para ti prácticamente en la ciudad que eligieses. A diferencia de tus padres, dominabas el inglés gracias a su esfuerzo económico y al estandarte imperial de los USA (cine, música, prensa, deportes), así que tampoco existían límites si te daba por cruzar la frontera. Ah, la vida era fácil. Estudiar, ligar todo lo posible, viajar con los amigos y gestionar sabiamente esas pagas semanales que hoy, en la era euro, parecen sencillamente ridículas. Con ellas desayunabas molletes con aceite, tomate y jamón; pasabas un fin de semana en Portugal; y hasta te daba para comprarte un par de libros de Carver y Ford o el último disco de Pearl Jam.

Trabajé dos años como abogado. Aquello no era lo mío: chaqueta y corbata, consignación de todas tus horas de trabajo (media hora para cagar, cuarenta minutos para comer, una hora para repasar el BOE, etc), estrictos horarios de entrada y enorme flexibilidad (por lo alto) de salida, sábados currados y no retribuidos, clientes corruptos, auditorías poco rigurosas y ese tufo malsano de cualquier multinacional. Me pasé al periodismo. Y ya saben que es un oficio de mierda, precario, mal pagado y peor reconocido desde fuera. Del espíritu original de esta bella actividad apenas quedan una raspa de pescado y dos alpargatas agujereadas. Pero había esperanza, como la había en otros sectores, y eras consciente de que tendrías nuevas oportunidades, de que el mercado se movía, de que el corredor medía mil kilómetros y no cien metros.

Supongo que esta sensación se reproduce hoy en todas las oficinas (y universidades y escuelas de oficios y familias) de España. Y supongo que pasará y volveremos a aspirar a algo más que a resistir. El problema es que existir atribulado cansa. Frustra. Corroe. Manoseas entonces dos opciones clásicas: convertirte en empresario (qué lástima que no nos inculcasen ese chip desde el cole; es difícil ser viejo y no sentir miedo), evitando en la medida de lo posible las cloacas sin valor añadido; o hacer el petate. A veces no me aclaro con el segundo punto. Demasiadas ramificaciones reflexivas: sin el bilingüismo siempre partirás en desventaja; ningún país te tratará como el tuyo propio; el agujero de los queridos ausentes; el frío del norte, el calor sofocante del trópico, los vaivenes del cono sur, donde el planeta se ve del revés.

Me gustaría que España se curase pronto. Incluso creo que nosotros, los que venimos detrás de los que mandan, podemos rellenar algunas de las lagunas del discurso nacional, de su pulso económico e intelectual. Quienes nos han conducido al cráter desde el que unos alemanes dudan si disparar (perdón) deberían echarse a un lado. Y nosotros, los que pedimos la vez, haríamos bien en aplicar un poco de eugénesis social, descartando a los émulos de la morralla, a los tripitidores, a los cachorros de la política endogámica y sectaria, a los jetas, a los chorizos y a los descerebrados. El país tal vez reduciría en un 50% su población, pero renaceríamos limpios e ilusionados.

Morir tecleando

Fede Durán | 27 de febrero de 2012 a las 15:02

Cierra Público. Un periódico menos y un buen puñado de compañeros sometido a la presión de lograr otro trabajo justo en la peor coyuntura posible. Algunos no volverán a pisar una redacción. Es una afirmación durísima, como durísimos son los tiempos que corre el oficio, sacudido por los errores de sus rectores (nunca debió regalarse en la web lo que se cobra en papel) y por sus estrechas conexiones con esta crisis global y otras subcrisis endémicas. Un profesional muy veterano siempre procura tranquilizarme cuando se nos informa de la enésima ronda de despidos en esta o aquella cabecera: “El periodismo nunca desaparecerá”. Yo no lo tengo tan claro. No tengo claro que la gente esté dispuesta a pagar por lo que escribimos. La hipervelocidad de estos tiempos irá a más, como también proliferarán las fuentes alternativas de información vía redes sociales (teóricamente, al menos a veces, el testimonio de primera mano sin aditivos, sin relecturas ideológicas), y ése es un contexto pésimo para revalorizar nuestro trabajo, que no consiste en la ubicuidad ni en la omnisciencia sino en buscar temas concretos, diferentes, cocidos a veces a fuego lento para aportar la profundidad que de otra manera es imposible obtener. La habilidad para contar las cosas, para añadir cuando quepa una fina película literaria, para entrevistar y recopilar, para sintetizar y condesar, jerarquizar y editar, diseñar, fotografiar o investigar está demasiado infravalorada. Y se trata de una misión bellísima. Nuestro privilegio es poder dedicarnos a algo que, generalmente muy mal pagado, nos llena y contribuye a enriquecer a la sociedad, a dotarla de distintos puntos de vista, a veces también a ilustrarla. Pero, ¿hacia dónde vamos? O, peor aún, ¿qué será de nosotros cuando hayamos muerto? No se me ocurren otras vocaciones. Yo sólo sé escribir.

El todo gratis nos matará. Nos empeñamos en abrazarnos al papel, pero el papel será pronto un objeto fetichista, como los vinilos o los soldaditos de plomo. A un libro siempre le quedará la virtud de la permanencia física. Pero un periódico es un bulto al día siguiente. Y los bultos pillan polvo. El gremio ha de luchar en bloque por su porvenir. Los grandes periódicos de este país y todos esos otros equipos UEFA deberían acordar, copiándolas o adaptándolas, nuevas fórmulas de negocio. Y no me refiero a regalar sartenes. Vale, existen ya algunos inventos y algunos ejemplos (The Economist, The Guardian, el New York Times o el New Yorker). Pero no son suficientes. Ni en general ni para España, un país que a pesar de ser la cuarta potencia editorial del mundo se lee menos que en Europa. Los jefazos saben que nadie ha dado por ahora con la tecla ganadora: sobre sus mesas están los datos de facturación.

Parte de la culpa es también nuestra, de los redactores de a pie, por no haber luchado incondicionalmente ante las servidumbres que fabrica la escasez. Hoy manda más que nunca el banco que te presta, la empresa que se anuncia, el político que te subvenciona. Esa debilidad ha minado nuestra credibilidad. Llevo en esto mucho menos que los más grandes. En este diario y en los demás del grupo Joly todavía quedan unos cuantos tipos de los que aprender todos los días. Volvamos al origen antes de tener que dedicarnos a otras cosas. No nos hagamos funcionarios.

Hace unos días descubría que John Lee Anderson tiene una cuenta en twitter. ¿Saben cómo se presenta? “Escritor de plantilla del New Yorker”. Esas pocas palabras bastan en EEUU. Allí, escribir aún genera respeto, aún prestigia al firmante. Y mira que Anderson tiene galones. Nuestra misión en España es ésa. Trabajar con honestidad y ambición, demostrar que somos imprescindibles en una sociedad democrática, recuperar poco a poco el terreno que la sumisión al poder nos ha robado. Cada firma es una marca. Convirtamos cada marca en un sello de calidad. Y si hay que morir, que sea por teclear en exceso, no por callar demasiado.