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El bienestar según Rajoy

Fede Durán | 25 de febrero de 2014 a las 21:00

DEBATE NACIÓN

EL peor error posible es analizar el discurso de Rajoy desde la perspectiva del ciudadano de clase media-baja. A Rajoy hay que interpretarlo en clave elitista, en onda financiera, en sintonía casi especulativa porque su radiografía apunta únicamente al cuerpo macroeconómico, y no a todo sino a aquellos órganos que encajan con su teoría de la recuperación. Al ciudadano de clase media-baja, al poblador mayoritario de España, la fanfarria del presidente le suena sencillamente a insulto por una contundente y constatable razón: sigue sin notar en su bolsillo el más mínimo indicio de mejora.

Pero Rajoy vino a hablar de su libro y se subió al estrado titulares de esa prensa extranjera que, a tenor de sus propias confesiones (“yo sólo leo el Marca”), deben recortarle sus afanados asesores para lucimientos esporádicos y poco sentidos. Su concienzudo repaso a las reflexiones editoriales del trienio ominoso 2011-2013 avalan en su opinión el acierto de unas recetas que podríamos compendiar más o menos así: recortes de servicios sociales, pensiones y salarios públicos; inyecciones multimillonarias a coste cero a la banca; descenso de las becas; abaratamiento del despido; y subidas de impuestos al núcleo duro de la población, que no es precisamente el que más ingresa.

Los medios –especialmente los anglosajones, es decir, los vinculados a la City y Wall Street–, tampoco piensan en la clase media-baja española. Son los inversores, estúpido, exclamaría probablemente Ben Bernanke ante la maliciosa sonrisa de Jordan Belfort. Pero ellos son al parecer los jueces del bienestar y los causantes de algunas de las frases más hilarantes pronunciadas jamás por Rajoy. “Hoy se percibe a España como parte del motor de Europa”. O “no es que el árbol vaya bien y prometa, es que está dando sus primeros frutos”. Incluso “no reivindico el mérito del Gobierno; éste es un triunfo de los españoles, de sus sacrificios y su confianza”. Desde que el PP llegó al poder se han perdido un millón de puestos de trabajo, la deuda pública roza ya el 100% del PIB, la privada el 200% y el crédito a pymes y familias se ha contraído en 250.000 millones.

Como la vida no es únicamente dinero, convendría recordar que la alucinógena España de Rajoy retrocede a pasos kilométricos y al socaire de la mayoría absoluta en el cualitativo terreno de lo social, con una reforma de la ley del aborto que ha escandalizado a media UE, proyectos cuando menos arriesgados en relación a la libertad y la seguridad, una tasa Google que podría condicionar la independencia del periodismo, y una reforma educativa contestadísima casi artículo por artículo, entre otros frentes. La misma Constitución reformada para acomodar la sacralización del déficit cero (un objetivo legítimo y hasta saludable en un planeta habituado a crecer desde el endeudamiento y no desde el ahorro) podría introducir una cláusula que exija al menos un 75% de los escaños en las Cortes para pactar aquellas iniciativas que tocan el núcleo funcional de una nación.

Bala perdida

Fede Durán | 21 de febrero de 2013 a las 10:25

Mariano Rajoy tiene un problema: no expone, lee. Su primera intervención fue previsible, plomiza, cero audaz y catártica. Dejó la corrupción para el final cuando tendría que haber sido lo primero, ignoró -como también hizo Alfredo Pérez Rubalcaba- el debate sobre la Casa Real y tampoco citó el problemón de los desahucios. El gallego recuerda al general Paulus, que se creía brillante sólo por ejecutar -con aparente éxito al principio- las maniobras que Hitler le dictaba desde el búnker berlinés. Su VI Ejército sería el antidéficit de hoy. Nuestro presidente aplica el recetario de Bruselas y acuña el “España irá bien” porque considera que la austeridad a secas dará resultados algún día. Ya se sabe cómo acabó Stalingrado.

Decepcionó Rajoy al ser incapaz de romper el guión de lo previsible, al hablar de la realidad desde una urna de cristal, al rechazar la autocrítica y abusar del recurso a la herencia recibida. Decepcionó por la misma sospecha endémica que persigue a Rubalcaba y al PSOE: por pertenecer a un partido que sigue empeñado en el ejercicio tradicional de la política. La escenografía de los buenos y los malos debe dejar paso a un ejercicio no alineado del poder. ¿Es ello posible en un país tan endogámico, tan apegado a las siglas, los amigotes y los favores? Posiblemente no.

La situación exigía un planteamiento de refundación nacional pero derivó en lo de siempre: el narcisismo, el enfrentamiento, la belleza del discurso y de las cifras convenientemente interpretadas a favor. No hubo rastro de la generosidad que informa la acción de los grandes gobernantes, no hubo sombra de esa valentía de otros tiempos (el venceréis pero no convenceréis de Unamuno a Millán Astray, por ejemplo), no hubo -ni de lejos- altura de miras o verdaderos propósitos de enmienda.

Rubalcaba se abrió paso al revés, a machetazos, leyendo menos, mirando más. Su debut machacó al presidente con las palabras que muchos españoles querían oír. Es la habilidad esencial que desarrolla todo político para la empatía, siempre durante el periodo electoral y a veces, aunque ésta sea una tendencia a la baja, en plena rutina. El líder de la oposición sabía lo que debía decir y lo dijo (sí, se llama demagogia), aunque esté desactivado por su dilatada hemeroteca y la desastrosa gestión económica del penúltimo Gobierno, el de Zapatero, la negación de la crisis y los regalos de inspiración escandinava a la población.

Es obvio que la maquinaria del estrellato envenena. La reconstrucción del círculo vicioso requiere de asesores, intérpretes, coches oficiales, cumbres con retratos de familia, cenas cinco estrellas con comensales de idéntica categoría, pelotas profesionales, omnipresencia en los medios de comunicación y soledades monclovitas (o ferrazianas) que alejan a la víctima de la humildad y el sentido común. Pero España merecía ayer, cuando menos, una disculpa en bloque, una aceptación de que la política lleva años desmadrada, por arriba y por abajo, en las principales instituciones pero también en los organismos territoriales secundarios y en la Administración paralela. Y no sólo porque se robe más o menos, sino porque se ha priorizado casi por sistema la fidelidad al designador en innumerables puestos clave, despreciando el principio de capacidad y fomentando el gregarismo. Los jefes supremos de la nación no pueden alegar la ceguera como excusa. Ellos disponen en última instancia.

She’s got stickers on her locker, canta Jack White en su último disco. Exactamente es lo que le ocurre al dúo Ra-Ru. Sus taquillas acumulan tantas pegatinas del pasado que ubicarlos en el futuro es harto complicado. Están en cualquier caso blindados gracias a la nula tradición de la dimisión en el país, una disciplina que sería bueno importar de la tan observada Alemania, donde una tesis falseada puede acabar con la más prometedora carrera en cuestión de segundos.

El Debate del estado de la Nación fue una bala perdida, la enésima, y constató verdades ya conocidas. Que la generación de los años 50-60 tapona a la “mejor preparada de la historia”. Que España está lejísimos de la cohesión que la hace funcionar como un reloj cuasi suizo (referencia: 1992). Que Rajoy no conecta con la calle. Que Rubalcaba tiene reflejos (algo bueno le queda). Que la política seguirá viviendo en su grisáceo caparazón.

Ni Wallace ni Guilbeaux

Fede Durán | 20 de febrero de 2013 a las 9:38

HENRI Guilbeaux fue uno de los antibelicistas más activos y prominentes de la Primera Guerra Mundial. En la Suiza neutral y repleta de espías de la época conoció a artistas como Rolland o Zweig y a futuros superlíderes como Lenin. Todos apadrinaron su furia, su independencia y el indiscutible mérito de fundar Demain, una revista donde confluyeron las voces contrarias a la aniquilación europea, escasas y marginadas al principio, aplaudidas y demandadas conforme el conflicto se enquistaba y la población perdía el fuelle patriotero seminal.

El problema de Guilbeaux era en realidad de estructura, de personalidad. El francés nunca supo vivir sin oponerse al sistema, fuera cual fuese y lo liderara quien lo liderase. Así se distanció de sus amigos, así se le sentenció a muerte en su Francia natal, así escapó a Rusia, donde Lenin le regaló inicialmente la nacionalidad y le condenó al ostracismo cuando se le acabó la paciencia. Indultado finalmente en casa, murió en París en 1938 sin fama ni dinero.

España no necesita un Guilbeaux. Tampoco un William Wallace. España necesita nuevos líderes que sepan jugar con las viejas reglas para cambiarlas. Un discurso de transformación planteado en negativo generaría más frustración y alimentaría esos monstruos a los que el país se ha abonado en distintos y fatídicos momentos de su historia.

Hoy arranca el Debate del estado de la Nación. Probablemente sea el retrato definitivo de un colapso. Hay varias razones para apoyar esta afirmación. Primera. Rajoy y Rubalcaba se proclamarán dispuestos a acabar con la corrupción pero no atacarán la raíz del problema: la financiación de los partidos; la concepción de la política como una profesión y no como un servicio público; la pervivencia de una Monarquía que ha demostrado lucrarse ilícitamente; el irrompible hilo que cose los intereses de los políticos a los de los banqueros en un interminable intercambio de favores; el agujero negro de las comisiones y los contratistas; la corporatocracia. Segunda. Ambos líderes, así como algunos otros dirigentes (sobre todo nacionalistas), carecen de autoridad moral para patrocinar la catarsis salvadora. Tercera. Los políticos del primer nivel viven de espaldas a la realidad. Un porcentaje creciente de ciudadanos supera poco a poco la idiosincrasia latina del perdón al robo y la ineptitud y exige una reformulación de la democracia que encierre interacciones más hondas que la papeleta en la urna cada cuatro años. Si la casta acepta, el chiringuito se cierra. Al fin y al cabo, su poder emana de su hermética protección a los controles externos.

Ni Wallace ni Guilbeaux. Corrientes de acción y pensamiento que procesen el escenario surgido del lodo de la crisis bajo la única condición de aceptar las normas vigentes. Porque ésa es desgraciadamente una barrera infranqueable, al menos mientras no haya violencia, y nadie la quiere en el Occidente del siglo XXI, tan curado a espantos. El modelo sólo se transformará desde sus entrañas.