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España, Italia y el caos

Fede Durán | 4 de agosto de 2011 a las 15:03

Resumen del editorial de hoy del Financial Times (cuyo enlace no puedo colgar porque uno debe registrarse -gratis- para acceder a la información). O, más bien, resumen de mi interpretación sobre lo que piensan en FT del lío de la eurodeuda.

España ha hecho sus deberes como un alumno aplicado. Notable alto, pero no sobresaliente porque:

  1. La batalla por la contención del déficit público se gana en el terreno estatal pero se pierde en el autonómico.
  2. La reforma laboral ha vivido más de la voluntad que de la eficacia (ahí están la EPA y el paro registrado para demostrarlo).
  3. La reforma financiera aún genera dudas sobre cuántos cadáveres quedan en el armario tras los pestilentes descubrimientos de la CCM, Cajasur y la CAM.

Italia no va tan bien. Su deuda pública es enorme (119% del PIB), su disciplina fiscal mórbida y sus últimos presupuestos generales decepcionantes, porque trasladan a después de las próximas elecciones (2013) el esfuerzo reformista y de austeridad que los mercados reclaman ahora. Tampoco ayudan el histrionismo de Silvio, la superburocracia (¿recuerdan las 12 Pruebas de Astérix?) o el magro crecimiento del Producto Interior Bruto.

En realidad, y aquí viene la parte chunga, FT cuenta con una intensificación de los esfuerzos hispanoitalianos pero asume que por sí solos no son suficientes. Es urgente que la Eurozona se disfrace de superhéroe (sin síndromes bilopares, tripolares y sucesivos, a ser posible) y ejecute ya las tareas acordadas tras sellar el segundo rescate griego (básicamente, permitir que la facilidad europea de estabilidad financiera, menudo bautismo, compre deuda en los mercados secundarios).

Cero menciones, curiosamente, al rol del BCE.

Y una lúgubre reflexión final: más vale estar preparados por su el frente sur de la Eurozona vuela en mil pedazos. Glups.

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De la civilización al navajeo

Fede Durán | 12 de julio de 2011 a las 14:33

One more time: la prima de riesgo (PR) mide el diferencial a diez años entre el interés que paga España (o cualquier otro país) por colocar deuda soberana en comparación con el bono (bund) alemán, tomado como referencia por su presunta solidez. Un diferencial de 350 puntos básicos significa que España le añade un 3,5% de interés al que ya paguen los alemanes. Si Grecia ronda los 1.300 puntos (13%), pueden hacerse una idea del bestial coste que supone financiar las deudas estatales en esta orgía de los mercados, la especulación y la madre que parió al rating.

Por cierto, ahora dice Bruselas que es urgente:

  1. Exigir más transparencia a las agencias de calificación dado el impacto de sus notas en la evolución de la citada PR. Si esta vez la UE no se pierde en infinitas discusiones, cuando una agencia otorgue una nota a un Estado miembro, las autoridades comunitarias deberán tener acceso a los informes internos en los que dicha nota se basa.
  2. Promover la competencia frente al oligopolio de Moody’s, S&P y Fitch (el trío calavera del rating) mediante la creación de pequeñas y mediadas agencias ¿independientes?.
  3. Prohibir las calificaciones destinadas a los países que hayan sido rescatados (como Grecia, Irlanda o Portugal).

Italia y España las están pasando canutas. ¿Caerán ambas? Si la respuesta es negativa, ¿quién tiene más papeletas para pegársela y acudir con el rabo entre las piernas a Bruselas? Argumenta con buen criterio mi compañero José Luis Benayas que lo que cuenta es la deuda pública: Italia, 120%; España, 62,3%; además de la capacidad de devolverla/refinanciarla. Vale, es cierto, pero el trío calavera sigue ahí y en cualquier momento hará de las suyas. ¿Nos dará en la boca a nosotros? ¿Preferirá merendarse a nuestros primos latinos? Se supone que estos tíos emiten sus veredictos en función de muchos otros parámetros macro. Tenemos el doble de paro (8,1% Italia; más del 20% España), exportamos la mitad y estamos mucho menos industrializados. ¿Qué pasará? Ni idea. Pero el asunto es crucial. De la civilización al navajeo made in Mad Max apenas hay unos metros.

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Nadie conoce a nadie

Fede Durán | 19 de noviembre de 2010 a las 16:54

En el club de los países del primer mundo hay gigantes y gigantillos. Estados Unidos originó la supercrisis mundial que aún devora, también por sus propias patochadas, a España. Las hipotecas subprime y demás golosinas financieras quedarán talladas en la memoria colectiva como antes ocurrió con el esquema Ponzi y otros entrañables timos. Pero el Imperio sigue ahí, carburando, y sus gentes ya no hablan de recesión sino de las dificultades aritméticas de Obama, del big three de los Miami Heat y del presunto nuevo trabajo discográfico del fallecido Jacko. Japón, que parece sumido en un eterno bache, tampoco abandona el primer furgón macro aunque las estadísticas ya adelanten que China es mejor en algunas cosas. Alemania también se moja cuando llueve, pero tener enormes multinacionales le permite aplicar la teoría del tentáculo (repliegue de los apéndices exteriores para conservar intacta la matriz y el mercado de trabajo). Sarkozy recorta y Francia se echa a la calle, aunque a nadie se le ocurriría excluirla del G-8. Inglaterra palidece pero todavía es dueña de la City y la libra (que según sople el viento es buena, mala o simplemente regulera). Italia coloca todo el talento de su norte aunque el sur le rebaje los rating. Y luego están Grecia, Portugal, España… e Irlanda.

En realidad, el mundo anglosajón habría querido recudir esa lista tóxica a las tres primeras naciones, los auténticos cerdos del continente y el eslabón débil del euro. Grecia cocinó su caída porque quiso: falseó sus estadísticas comunitarias, se endeudó muy por encima del listón del Pacto de Estabilidad y vio como de repente su prima de riesgo volaba mucho más allá de sus posibilidades, con la consiguiente parálisis. No sin el característico titubeo marxista (de los Hermanos Marx, no de Carlos) de los socios de la UE, llegó el rescate, que no es gratis sino al 5% de interés, y con él los lamentos y los reproches. Grecia, país mediterráneo de alegres tradiciones (la historia ya no le sirve de aval), era el perfecto ejemplo del derroche meridional, extensible, claro está, a Portugal y España. Ambos fueron pronto el centro de todas las suspicacias internacionales. Si los griegos habían mentido e inflado sus cuentas, ¿por qué no habrían de hacerlo también los tramposos latinos?

El Gobierno de Zapatero se sintió, menos mal, exigido desde fuera, presentó su carta de buenas intenciones y superó la criba de la viabilidad. Sus bancos, por cierto, parecían incluso más en forma que los mejores bancos de los mejores vecinos. Aun así, puntualmente, la sospecha de un rescate vuela en círculos sobre suelo hispano como el buitre ante el ser vivo en trámites hacia la carroña. Portugal está al borde del abismo. Su ministro de Finanzas repite que es el conjunto de los países torpes el que se somete a examen y que la situación irlandesa embarra también a España. Añade, como una queja más o menos soterrada, que las cosas serían distintas si no pertenecieran a la Eurozona (cómo cambia la vida). Italia, adicta a la tragicomedia, permanece por ahora en un segundo plano. Quizás la mierda no le salpique.

Y queda Irlanda, que rompió el maléfico plan anglo aunque más de un político inglés sonría en la intimidad del hogar ante sus calamidades oficiales: el Ejecutivo irlandés ha aceptado la ayuda de la UE y el FMI, pero no porque sea incapaz de rebajar su déficit o porque haya mentido con los números, sino porque sus bancos, éstos sí, están tiesos como la mojama. Ah, Irlanda, ejemplo reciente de crecimiento bien apuntalado, poema del I+D, envidia de tantos hace tan poco… Un caso curiosamente parecido al de Islandia, el edén del que nadie nunca querría marcharse, el paraíso terrenal, el paradigma de la buena economía. En verdad, ni FMI, ni Moody’s, ni comisarios, ni gurús. Desgraciadamente, en este ámbito, nadie conoce a nadie.

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Efecto Terciopelo

Fede Durán | 13 de julio de 2010 a las 10:25

Quizás no se trate tanto de medir el impacto de una victoria deportiva en el campeonato de la economía -mucho más largo y exigente-. Quizás, simplemente, se trate de recuperar la autoestima y reafirmar la vieja y abandonada máxima de la unión como factor de fuerza. España es, en la correlación habitantes-éxitos, la primera potencia del mundo. Colecciona triunfos en las principales disciplinas por equipos (fútbol, baloncesto, balonmano) y también en la romántica y racial toma individual del deporte (Nadal, Lorenzo, Contador). Sea por cuestiones genéticas, ambientales, psicológicas o alimentarias, el país cuenta con un producto líder que el resto del globo a menudo envidia y alaba. Y ésa es probablemente la veta del mejor paralelismo posible: si el talento y el esfuerzo propician un producto tan salvajemente ganador, y añadimos como vector adicional la inspiración, parece claro que España debe aspirar a más en todo aquello que no ha sabido hacer tan bien. Y el económico, ay, es hoy un campo de minas donde los inspectores rivales (el bloque anglosajón más Alemania, básicamente) procuran desgastarnos cada vez que pueden.

Con una buena red bajo el trapecio, es decir, con una Administración decidida a eliminar burocracia y facilitar aventuras emprendedoras, el sector privado podría asumir el reto del campeonato del mundo. Las excepciones pasarían a ser norma. Irrumpiría la marca-país, esa cantera tan ridículamente explotada en comparación con Italia (diseño), Alemania (motor) o Francia (moda) -y fíjense que en los tres casos los ejemplos son perfectamente intercambiables-. Aprenderíamos a hacer dinero sin renunciar a la calidad, como Terciopelo Rojo suma estrellas sobre el escudo sin soltarle el cepo al jogo bonito. Definitivamente, los empresarios han de ser como Del Bosque, un hombre preocupado por la felicidad del colectivo, el equilibrio entre artistas y currelas, el prestigio, la memoria colectiva y el resultado sin resultadismo. O quizás pedimos demasiado. Quizás nuestros genios del deporte sólo sean el envés de nuestros míseros de la economía.

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Terciopelo Cojo

Fede Durán | 17 de junio de 2010 a las 17:46

Neurosis: 1. f. Med. Enfermedad funcional del sistema nervioso caracterizada principalmente por inestabilidad emocional.

Forofo: 1. adj. coloq. Partidario entusiasta de un equipo deportivo. U. t. c. s.

España: la ~ de pandereta. 1. f. U. para aludir a una visión que en el extranjero se tiene a veces de España, basada en lo llamativo y folclórico. cierra, ~. 1. loc. interj. Era u. en la antigua milicia para animar a los soldados y hacer que acometiesen con valor al enemigo.

Mundial: 1. adj. Perteneciente o relativo a todo el mundo. 2. adj. ant. Perteneciente o relativo al mundo humano. 3. m. Dep. Campeonato en que pueden participar todas las naciones del mundo.

Si mezclan las palabras anteriormente referidas, se harán una idea del estado anímico del país en una fase, polvorienta y achacosa, donde tendríamos que estar pendientes de negocios más importantes. La reforma laboral, por ejemplo, bien camuflada por Zapatero entre vuvuzelas, cantadas y críticas feroces a Perro-Pachón Del Bosque. Yo me declaro víctima de su táctica, porque es cierto que ayer, viendo, o sufriendo el España-Suiza, me olvidé de las cajas de ahorros (la madre que las parió), los sueldos de coña, el paro, las agencias de calificación y los berrinches de la Merkel. Lo que le achaco a la selección es que no nos haya dado una alegría ante un rival menor, porque el drama de la eliminación redoblaría nuestra sensación de ser una nación ruinosa en todos los sentidos. Espero que estos tíos, que van a cobrar 600.000 euros por barba (el salario de muchos trabajadores juntos) si levantan la copa (harto improbable como ya hemos intuido) suden la zamarra y nos hagan al menos traspasar la puerta de la primera y penosa ronda.

Por otra parte, agradecería al entorno, y creo que me lo agradecería también a mí mismo con idéntico entusiasmo, dejar de pensar en la derrota, los cruces, las matemáticas y la ilustre opinión de la prensa patria y extranjera. Se trata de una pelota que, entre o no, difícilmente cambiará nuestras rutinas, frustraciones y sueños.

PD: eso sí, a Honduras ni agua. Y a Chile menos.

El derrotismo hispano

Fede Durán | 18 de junio de 2008 a las 12:02

Estos días sigo la Eurocopa a trancas y barrancas. Si juega España, me fabrico el hueco como puedo; si no, una minitele cortesía de la sección de Economía nos permite espiar las evoluciones del resto de equipos. La tortícolis es lo de menos.

Me quedo, obviamente, con los partidos de La Roja. Cierto que provocan una elevada cuota de tensión en su doble vertiente euforia-depresión, pero no me viene mal reencontrarme de cuando en cuando con el adormecido yo visceral. Describamos la escena. Salón de casa o de algún amigo, cervezas frías y productos basuriles. Televisión de tamaño respetable (como no entiendo de pulgadas no me arriesgo a dar una cifra), aire acondicionado y volumen a tono con el ambiente. Y, la clave, concentración fluctuante. El seguimiento del duelo es a la vez una sesión de psicoanálisis. Afloran alternativamente los miedos y las esperanzas edulcoradas. Te ves fuera a las primeras de cambio. Te ves en cuartos, en semis, en la final. Planeas tu promesa ante un supuesto triunfo. Y vuelves a empezar.

Ayer lo hablaba con un amigo. Entre la ensalada de sensaciones destaca un ingrediente: el pesimismo. Ganamos a Suecia con ese gol de Villa que nos hace desgañitarnos y regresar cinco minutos después a la normalidad algo avergonzados e irrumpen las cábalas, puntuales y tenaces, taladradoras. ¿Nos toca Francia? ¿Italia? No, por favor, mejor Rumanía. Es el primer síntoma de nuestro proverbial complejo futbolístico de inferioridad. Lo escribe Pedro Barthe en La Vanguardia. Para ser los mejores hay que ganar a los mejores. Suena perogrullesco y sin embargo no lo asimilamos.

El caso es que bailaremos con Italia. Ya sabemos lo que nos espera. Nada de danzas delicadas como el vals sino más bien algo de la salvaje sensualidad del tango. El problema es que Piazzola es argentino de origen italiano. Mal comienzo.

¿Qué pasará el domingo? Seguro, que se disputará el partido. En cuanto al resultado, tengo una teoría. Entre aficionados y jugadores se crea un campo de fuerza mental. Somos vasos comunicantes. Si España se caga de miedo, sus futbolistas también. Por eso algunos se compran la camiseta y deciden sudarla, para amplificar así la sintonía, ensanchar la moral y disipar las dudas. Por eso otros transmiten la serenidad que nadie tiene. Vamos a ganar. Lo escribo y por tanto lo proclamo. Somos mejores. Es mi humilde contribución contra ese bucle histórico que nos amarga y sacude. Sería injusto eternizar el problema. Mi generación, o la de mis hijos, o más allá aún la de mis nietos se merece unas semis. Nuestra salud mental depende de ello.

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