Cadena perpetua
El regreso de Iñaki De Juana Chaos a la vida exterior tras dos décadas de condena no ha servido para cumplir el mandato constitucional de la rehabilitación social. Asesino de gesto fiero, mirada penetrante y españolísimos padres, afirma siempre que puede que no se arrepiente de nada (vocablo que incluye a sus 25 muertos). Ahora resulta que su mujer, una abertzale prototípica (fea, morena y de espaldas preferentemente anchas), ha pedido una hipoteca para comprar un nidito de amor en San Sebastián, justo en el mismo bloque donde residen algunas víctimas del terrorismo. No existen mecanismos legales que permitan por ahora impedir tamaña humillación. La congoja se multiplica además por las circunstancias: no se trata de un ser redimido y depurado.
Nuestro sistema penal falla. A los 40 años de condena máxima aprobados tras la última reforma del Código les crecen los enanos. Hagan cuentas. Con rebajas y subterfugios, a De Juana sus bombas y/o tiros en la nuca le han salido baratos: 19 años por 25 vidas, pese a que en su caso el tope jurídicamente aplicable todavía era de 30 años. ¿Cómo se puede corregir el defecto? Hay dos opciones. La primera es la pena de muerte para todos los terroristas, pero Ani Difranco lo canta y yo lo suscribo: responder a un crimen con otro crimen nos conduciría a un callejón sin salida, al menos desde una perspectiva ética. Nadie tiene derecho a disponer de la existencia de otro. Y que conste que se trata de pensamientos en frío. No quiero imaginar qué pasará por la cabeza (y el corazón) de los familiares de las víctimas de ETA. La segunda vía es la cadena perpetua para quien no demuestre arrepentimiento. Suscribo esta opción con el siguiente silogismo:
a) Quien no se arrepiente no se rehabilita.
b) Quien no se rehabilita desmonta la lógica del paso por la cárcel tal y como lo concibe nuestra Carta Magna.
c) Si el mecanismo deviene ilógico, mejor cambiar el mecanismo.
Pienso asimismo en la naturaleza de los crímenes terroristas. A diferencia de un ladrón o un yonqui, el etarra delinque por motivos ideológicos, y encauzar las ideas (las ideas que implican matar, ni más ni menos) no siempre es tarea sencilla. El observador puede añadir otros supuestos comparativos. El violador o el pedófilo, por ejemplo, espectros envilecidos a menudo por una tara psíquica. ¿Son enfermos los etarras? ¿Lo son los guerrilleros de las FARC? ¿Lo eran Franco, Hitler o Pol Pot? En la medida en que sus delirios imponían garrotes y hornos crematorios, claro que sí. ¿Les libraba la fantasía psicopática de sus responsabilidades? Nunca. Aunque los tres murieran, con distintos matices, por sus propios medios.
¿Recuerdan precisamente Cadena Perpetua, la peli protagonizada por Tim Robbins y Morgan Freeman? Con la tenacidad que TVE y Canal Sur demuestran al reponerla al menos dos veces al año y teniendo en cuenta que se estrenó en 1994 (el cálculo acongoja: 28 apariciones como película de la semana como mínimo), seguro que sí. Cada equis tiempo, una comisión de expertos analizaba cada caso y decidía si el preso estaba o no preparado para el regreso a la calle. Sería una forma de matizar el alcance de la condena eterna: también ésta sería revisable; también el etarra conservaría una última esperanza de ver la luz sin la celosía de las rejas. Y tendría que ser muy buen actor o mejor persona para trasladar al minitribunal el brillo de su nuevo espíritu. Por optimismo que no quede.

