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La aritmética de las relaciones (entrevista de Braulio Ortiz)

Fede Durán | 27 de abril de 2012 a las 10:46

Desde que dibujaba cómics en el colegio, Fede Durán (Cádiz, 1977) habitaba esa dimensión paralela de quien se dedica a contar historias. Este periodista del Grupo Joly desembarcó en 2009 en las librerías con un prometedor libro de relatos, Guantes negros, al que sigue ahora La mirada de Monica Vitti, una novela publicada por la editorial Almuzara que habla, desde una aproximación libre al género negro y una singular estructura, de temas tan reales como la incomunicación de la pareja, la búsqueda de las raíces y la importancia de la bondad en un mundo marcado por la violencia.

-En su novela, Monica Vitti se erige como símbolo del jeroglífico que es la otra persona en una pareja.

-También es el homenaje a esa época que muchos hemos tenido de pasión por Antonioni, por ese cine donde se dan silencios e imágenes más que diálogos. Y la Vitti representa, con su misterio, esa perfección de la frialdad y esa frialdad de la perfección. Dado que los personajes comparten ese origen oscuro, desconocido, de la falta de raíces, la editorial y yo pensamos que ella era una buena forma de presentar la novela ante el lector.

-El personaje de Francesco toma como esposa una mujer manipulada genéticamente. Pero aunque ella sea perfecta, el error está dentro de él…

-Si tú entiendes el amor como una historia matemática, lo más probable es que te equivoques. En las relaciones dos y dos no suelen sumar cuatro. Las circunstancias en las que él conoce a Monica le hacen presuponer a este hombre que su amor está garantizado, un grave error, como se comprueba luego. La incomunicación de la pareja es un tema muy productivo, del que se pueden extraer muchas historias. Yo aún no he encontrado una mina mejor.

-Ocurría también en Blade Runner. Las criaturas artificiales que retrata acaban siendo más complejas que otros personajes.

-Sí. Los hombres que empiezan una vida con esas mujeres deducen que esa perfección es una garantía, que no va a haber sobresaltos, que las emociones van a ser constantes, que la lealtad está asegurada, pero no es así.  Incluso el personaje de Cynthia, que parece que representa bien el papel de esposa cariñosa, tiene una relación con la hija muy complicada…

-Usted descubrió hace poco sus orígenes judíos. ¿La preocupación por las raíces que se detecta en los personajes viene de ahí?

-No lo creo, había otras  heridas que no estaban cicatrizadas del todo y en las quería ahondar. Cuando estás peor de ánimo, es cuando más productivo eres y más ganas tienes de sentarte delante del papel. Escribir es curativo. No creo que tenga que ver lo de mis orígenes judíos, pero sí es un tema que me apasiona. Voy en mayo a Israel y tengo muchas ganas de ver cómo se tratan allí unos y otros y cuánto queda de ese misticismo del que muchos hablan cuando regresan.

-Ha apostado por una estructura curiosa… 

-Estoy empezando y me gusta experimentar, no quiero encasillarme en ningún género. Es una novela negra, pero no es incompatible con ello que intercale pasajes más divertidos o más ácidos. Y tener tantos personajes y una historia coral me permitía variar un poquito los registros, los tiempos verbales, los ritmos. Era divertido hacer ciertos cambios a mitad de la novela. Tengo mucha curiosidad por saber la reacción de los lectores.

-Hay, sobre todo en el capítulo del policía, una reflexión sobre la bondad. Parece que quería darle una carga moral al relato.

-La relación que tienen el padre y el hijo de La carretera, de Cormac McCarthy, me inspiró el trato entre Hilario y su hija. Él permite construir un doble personaje: de puertas afuera es un titán, un tipo duro, un policía hermético y disciplinado, pero luego tiene esa parte tierna que representa su familia, y todos los miedos asociados a perderla. El hecho de que se enfrente todos los días a situaciones devastadoras le obliga, como contrapartida, a reafirmar su fe en el hombre y en el amor, porque si no se volvería loco.

-Retrata a un alcalde cínico que encarga asesinatos. ¿Tan mala es su visión de la clase política?

-No quiero pensar que todos sean así, aunque en este país tenemos ejemplos de que esas cosas han pasado, a un nivel más elevado incluso que el de una alcaldía. Lo que quería era construir un personaje tenebroso que supusiera una puerta entreabierta a las entrañas del sistema, no plantear una crítica feroz de la clase política. Esta vez no, ya habrá tiempo de hacerlo más adelante…

-En su futuro nadie accede al contenido de los libros. ¿Augura poca vida a la letra impresa?

-Creo que sobrevivirá. Ahí están los vinilos. Los dimos por muertos y ves tiendas impresionantes en Williamsburg (Brooklyn), la gente se compra otra vez tocadiscos… Yo voy a compatibilizar el papel con un Kindle, he encargado uno, pero en mi escena final de cada día, eso de irme a la cama a leer, no me veo con él; me lo imagino más yendo de viaje y teniendo que facturar poco. No creo que el papel vaya a desaparecer. Se convertirá en un producto gourmet, y como tal siempre tendrá su nicho.

-Hablando de vinilos, para Francesco Charlie Parker es Dios. Y usted, ¿a quién rinde culto?

-Al jazz al completo, porque es la música con la que me gusta escribir. Pero toco todos los palos. Podría citar a Lana del Rey, tan repudiada ahora, pero también podría hablar de un infinito número de grupos: me gustan The Rapture, Yeasayer, Bon Iver, Kanye West, Hola a Todo El Mundo, LCD Soundsystem, el rap, la electrónica, el flamenco. Mis gustos son un batiburrillo, pero la música es esencial, la oportunidad que tenemos todos de construir nuestra banda sonora cada día.

-Sorprende que le guste el flamenco. Uno de sus personajes dice que le pone “de los nervios” eso de “un tío que empalma alaridos”.

-Ésa es la magia de la ficción: puedes poner en boca de tus personajes lo que quieras y recorrer caminos que a ti mismo te chirrían. Hablamos de una frase puntual, pero el reto de todo escritor es meterse en situaciones incómodas, que tú no piensas vivir en tu existencia real. Recuerdo cuando vivía en Barcelona o en Nueva York: el flamenco era esa manera de sentirte siempre en casa, esa casa etérea  de la tierra.

-Ya que es periodista, ¿quiere hacerse alguna pregunta que vea que falte en este cuestionario?

-Me preguntaría algo que quiero cuestionarle a todo el que escribe: qué siente cuando lee algo que ha creado. Para mí es horrible, envidio a los autores que se saben buenos y están encantados de sí mismos. Es como ese fragmento de la película Cómo ser John Malkovich, esa escena en que John Malkovich se mete en Malkovich y todo se distorsiona. Esa distorsión, ese sufrimiento, es lo que siento yo, lo que me llevó a no leerme nunca más. Una cosa es cuando estás repasando, pero una vez que el libro existe me olvido, sólo genera dolores de cabeza.

Funeral Yid (I)

Fede Durán | 11 de octubre de 2011 a las 10:14

Un mercedes atraviesa decidido la carretera comarcal de dos carriles y dos sentidos. Es un coche negro sometido a la reverberación del sol de verano. La gasolinera lo ve venir como quien observa el vuelo de un banco elegante de aves migratorias. El mercedes se acerca, aminora y traza elegantemente la curva de acceso a la estación de servicio, dejando ver su costado, dando pistas definitivas sobre su verdadera naturaleza. Un yid corpulento se apea del vehículo y suelta un bufido. Tiene calor y su indumentaria negra y blanca no ayuda. Recoloca su kipá, le da un par de bofetones a sus tirabuzones pendulares y comprueba, más por curiosidad comparativa que por verdadera necesidad, la tabla de precios que cuelga junto a los surtidores. Ha parado porque tiene ganas de cagar. Un apretón sórdido y traicionero, una lámina de acero al rojo vivo que le obliga a doblar las rodillas y concentrarse en acorralar y reducir el dolor. Su cerebro se convierte en una pasarela de sensaciones desagradables. Náuseas, debilidad, cobardía, angustia, desconcierto. Hay un par de clientes alimentando la panza de sus propios vehículos. Le miran un rato debatiéndose entre la curiosidad y la desconfianza, pero es el coche fúnebre el que al poco absorbe su morbo. Como todos los seres humanos, odian esa figura metálica, acristalada y rectangular, pero son incapaces de renunciar a echar un vistazo dentro en busca del ataúd y de un muerto anónimo al que pueden imaginarle la pinta y circunstancias que quieran. El yid está jodido. Intuye el comienzo del desastre ahí abajo, una cabeza de tortuga cuya auténtica dimensión es una incógnita venenosa. Como todos los seres humanos, odia cagar en un retrete sucio y ajeno, abierto al público y a sus peores perversiones contra la higiene. La taza de una gasolinera ocuparía en un escalafón hipotético de Los Peores Lugares Del Mundo Para Evacuar una posición oscilante entre el oro y la plata en dura disputa con el aseo de cualquier sala de conciertos underground. Dos gotas de sudor premonitorias lanzan al judío gordo al vacío del asco y el hedor. Cierra la puerta del mercedes hipertrofiado y deja al muerto crepitando en el invernadero no sin admitir cierta sensación de culpa, igual que el padre que pierde de vista al hijo unos segundos para disfrutar del trasero duro y joven de aquella otra madre que empuja del carrito y sonríe cansada a su querubín rubio de ojos azules. Instintivamente, da la vuelta al edificio principal en busca de la doble puerta salvadora. Ahí está. Una hoja oxidada y sacudida por el viento seco del páramo, coronada por la silueta estándar de un varón sin orejas ni pelo ni ropa ni nada más que un tronco fino y recto y una extremidades angulosas y demasiado rígidas incluso para su pobre muerto en combustión. La tímida sonrisa de su triunfo por la intuición confirmada deja paso a la realidad de sus temores más oscuros. Al empujar la puerta se topa con un charco del tamaño de los dos metros cuadrados de cuartucho. No es agua, no lo es en absoluto, pero el yid procura no pensarlo. Luego está la peste, una peste maciza y penetrante, producto de la contribución desinteresada de camioneros, agentes de servicio, clientes desesperados y algún yonqui avispado sin ganas de rascarse el culo con una piedra. El apretón se hace fuerte, la tortuga emerge impasible, pero el hebreo abre la puerta nuevamente, sale al exterior y respira tan hondo como puede, convencido de que quizás sus pulmones jamás sean ya lo mismo. Lucha contra un impulso primitivo, el mismo del que huye cuando puede el yonqui avispado. ¿Por qué no cagar en el campo, apenas a veinte metros de la gasolinera, entre hierbajos y matorrales? ¿Por qué no recuperar ahora mismo la espontaneidad del niño audaz que fue? No, no puede hacerlo. Sería una afrenta al muerto, y por añadidura a su propia dignidad sefardita, bajarse los pantalones y exponer su gesto de fiereza y alivio a la madre naturaleza. Su solideo, sus rizos, su traje negro y sus medias merecen cierta intimidad, cierto porte señorial.

Piensa en aquellos campamentos de convivencia con otros jóvenes yids, la dorada inmadurez bajo la batuta de un puñado de rabinos impacientes y autoritarios. Una vez, Isaac y él mearon en la enorme olla donde los cocineros preparaban las natillas de toda la expedición, una masa plastificada en reposo y sin vigilancia. Mearon y no comieron, pero experimentaron esa sensación dual de la abyección y la euforia al ver cómo sus compañeros, niños cafres como ellos, sorbían el líquido amarillo sin la menor sospecha. Piensa en las jugarretas de las duchas, tres cubículos en paralelo donde el central, más hundido que los laterales, hacía de sumidero y condenaba a su desgraciado usuario al tormento de la meada ajena. Mear era entonces un símbolo de vitalidad y desafío, y se supone que tendría que haberle inmunizado contra los escrúpulos. Pero no. Josef Penka sobreestima el adiestramiento de su adolescencia y permanece junto a la puerta sibilante, debatiéndose entre el horror del pozo negro y la mácula del acto silvestre. Una nueva punzada acaba abruptamente con el dilema. Nota la dilatación del ano y la debilidad de las rodillas. Las sienes le chorrean. Piensa en mamá y en una cama de madera de pino con sábanas limpias y los juguetes apilados frente a la pared. Aprieta los puños, sus nudillos palidecen, la marca de unas uñas mordidas antes que cortadas tatúa las palmas de sus manos. Prueba el límite de los silos de sus pulmones. Inspira. Espira. Un par de veces, tres, hasta que se siente preparado para el zarpazo definitivo. Se hincha y entra, torpe como un oso borracho, histérico como un ciego en la mediana de una autopista. Decide, en verdad nunca lo ha dudado, cagar sin apoyarse en la taza, trufada de marcas que viajan del verde al negro pasando por el marrón y el rojo, algunas recientes, otras petrificadas. Da la espalda al váter y se desabrocha el pantalón cuidadosamente, consciente de que cualquier descuido, cualquier confianza, por mínima que sea, puede empujarle a una situación aún más desagradable. Agarra con una mano la cintura de los pantalones y el cinturón de cuero negro y hebilla plateada, tantea con una maniobra forzada los dominios del agujerito evacuador y se agacha lo que sus maltratadas fibras le permiten. Josef Penka es un hombretón pecoso y rubio con una nariz afilada y puntiaguda bastante alejada del canon hebreo. Su barriga prominente ejerce de contrapeso en esta aparatosa maniobra; sus hombros de leñador estonio le embuten en la estrecha pared del aseo. Prueba a descargar, pero la curva que trazan su espalda y su trasero, tan grande como una paellera para diez personas, le oprime algún pliegue del recto y le obliga a apretar con tanta fuerza que una uve doble a punto de explotar se le planta en la frente blanca y arrugada. Se le ha acabado el oxígeno, así que intenta respirar metiendo la nariz en el cuello abierto de la camisa. La criba purificadora del algodón no sirve. Tuerce la boca, siente otra ráfaga nauseabunda, amaga una especie de arcada, un gritillo sordo similar a la canción de un sapo con traqueotomía. El trance desajusta su sistema de seguridad y nubla su visión del cuadro de mandos. El talón de una pernera ha entrado en contacto con el lago de orín. La humedad primero y el flujo después penetran la ridícula resistencia de su media ritual y curiosean el interior del zapatón. ¡No!, maldice en voz alta, haciendo retumbar la garita fecal. ¡No!, repite como un flagelo, por si le quedaba alguna duda de su perenne estupidez. Intenta recomponerse. Se exige sangre fría. Sangre hebrea, sangre de superviviente. Regresa a la postura semifetal y concentra todo su poder mental en el tramo corto de recto que separa su mierda fiera del parto. Ahora sí, un primer envío que choca contra la pared de la taza y acaba en el fondo con un movimiento espiral. Es sólo la punta del iceberg. Sin transiciones, irrumpe el segundo paquete, voluminoso como una colección de manjares que el ausente hijo pródigo recibe en su modesto nido de ratas compartido justo el día de navidad.

Josef Penka siente la ingravidez del alivio largamente anhelado. Cierra los ojos. Puntitos blancos traspasan la película de sus párpados y revolotean en su mente en negro. Ya ha pasado lo peor, se dice. Gira el cuello en busca del culpable de su sufrimiento y atisba una plasta deforme y bicolor cuyo aroma, propio y por tanto reconocible, es incapaz de superponerse al que reina allí desde hace siglos. El asco retrocede a su madriguera y deja solo al yid, tibiamente escocido y despreocupado, bautizado al fin en la fosa séptica de los seres curtidos. Tras una breve y muy íntima celebración, procede a rematar la faena. Busca el papel higiénico, pero no hay rastro de soportes en las paredes o de rollos sobre el precario lavabo, tan pequeño casi como su tosca, sudorosa y mugrienta mano. Otra ola de indignación le colorea la cara. ¡Puta mierda!, brama, convencido de que fuerzas misteriosas sombreadas y con cara de duende sonríen en alguna esquina del cosmos pagano. La pernera humedecida le recuerda que debe darse prisa. En cuestión de minutos la situación será irreversible. Frunce el ceño, resopla y rebusca un pensamiento apto. Ya está. Plantará el trasero en el lavabo, abrirá el grifo y procurará lavarse a tientas, guiado sólo por la seda del tacto digital. Después le chorreará el culo, pero eso es lo de menos. Tras unos segundos de tregua en los que focaliza el objetivo como los grandes atletas antes del pistoletazo, procede según lo planeado. Acerca sus posaderas, un amasijo de pellejo, protuberancias y cráteres sin patrón, y busca ese chorro débil que es una metáfora de la purificación. Sus manos aletean ciegas, rascan la mugre de la porcelana, chocan con las infinitas marcas de guerra de la pared, un Te Quiero Paqui a bolígrafo, grabados crípticos a navaja, manchas de origen insondable. Un par de dedos engancha la rueda y la acciona. El chorro está lejos del epicentro de la masacre. Josef Penka se exige un esfuerzo de contorsión, desafía los límites de la física y le gana unos centímetros a la brecha que le separa de la redención.

Suena la puerta. No es un golpe de nudillos pidiendo permiso sino los goznes que chirrían. La mole hebrea tapona los noventa grados del recorrido original y los deja en cuarenta y cinco raspados. De repente, una cabeza que asoma extrañada por el obstáculo, dos rostros que se observan, una de las manos del hebreo en alto, diciendo stop, o tal vez pidiendo clemencia, y un churrete viscoso que desciende y conquista sin miramientos primero las falanges y luego la palma impía.

-Jodido pervertido –censura el mirón antes de largarse.

-¡Eh, eh! –Josef Penka reclama su presencia, quiere darle una explicación convincente e incluso echar unas risas cuando la verdad se restablezca y el mundo gire como siempre, aunque renunciará a estrecharle la mano por razones obvias. Nadie contesta al otro lado. Mejor, mejor así, ¿quién podría creer la versión edulcorada de un paquidermo con tirabuzones entregado al placer sodomita en la sordidez de un cagadero público?

Fuera hace calor. Se levanta un viento áspero, cargado de grados y polvo. Las espaldas de la gasolinera esconden una versión cutre de El Álamo. A cien metros, detrás de la opción b de los matorrales, el pecio de un tractor aniquilado por el orín. Un destello. Una herida abierta. Josef regresa precipitadamente a la realidad del coche y el muerto, su misión, el deber inexcusable. Mira el reloj. Son las ocho cuarenta de la mañana de un día cualquiera de agosto. Un yid ha muerto durante la madrugada y los onen, fieles a la tradición, han pedido un entierro rápido, hoy mismo, después de que los parientes más cercanos tengan tiempo de pasar por la residencia Nissim para honrarle y despedirle. La velocidad es el primer mandamiento de Josef Penka. Y su traicionero apretón le ha hecho perder unos preciosos segundos. Manos a la obra. Se frota la barriga, remete el faldón rebelde de su camisa blanca y se ajusta la kipá, exhausta por la lucha espaciointestinal. El coche sigue donde estaba, a dos cuerpos de distancia de la fila de surtidores, pegado a la acera de la tienda multiusos donde los clientes desfilan junto al escaparate y enganchan con los ojos la caja de madera y el halo omnipresente de sus propias muertes. Josef Penka mira adentro y dibuja en la cara un gesto tranquilizador, un estribillo feliz para una canción triste. Ya me lo llevo, chicos. Soy vuestro salvador. No hay de qué. Camina con el ademán de un Mister Marshall antitético cuya obra social consiste en retirar en vez de ofrecer, chasquea los dedos mientras recuerda una secuencia rasgada del gran Django y se palpa los bolsillos de los pantalones en busca del mando a distancia, un triángulo negro con dos botones y la estrella afilada del mercedes.

Desde pequeño, Josef ha sido un chaval despistado. La insistencia de sus padres y su apego a la disciplina le permitieron, con el transcurso de los años, desarrollar un complejo sistema de reglas nemotécnicas en su interminable partida contra el olvido. Notas manuscritas en lugares estratégicos, modernos despertadores de triple llamada combinados con la alarma del móvil, carteras con cadena, portafolios adhesivos. Todo, para esquivar lo que por naturaleza sería inevitable. Todo, para burlar bretes como éste, agujeros negros, recordatorios de su tendencia a autohumillarse. Josef saca sus manazas de los bolsillos y vuelve a introducirlas despacio, como si la mera repetición bastara para enmendar un veredicto inamovible. Desaparece el garbo, se agrieta la sonrisa, la montaña humana que es mengua hasta convertirse en una puta colina de basura coronada por las gaviotas de sus remordimientos. Ha perdido las llaves. El pánico se le adhiere al corazón y la boca. Un ligero temblor de labios, taquicardia. La mecha de los reproches prende rápido. Se fustiga con un pase de episodios antiguos, momentos destacados de su incompetencia que le estallan en plena jeta con una acidez desconocida, quizás producto de una sospecha creciente: Pavlov no tendría nada que hacer con él. Un caso perdido. Josef Penka se aproxima al coche y lo ausculta. Las puertas están cerradas y la llave dentro, en la base del asiento del copiloto, junto al móvil y la cartera, valija vital con su carné, la tarjeta de crédito, una foto recortada de su primera y única amante, y el trozo plastificado de papel que acredita su pertenencia a la Bolera 2001, alias El Templo De La Diversión. Reprime un sollozo y mira alrededor. La gasolinera y sus satélites mantienen la rutina. Un tipo introduce una moneda en la máquina lavacoches y se pelea con la pistola de agua nada más desenfundarla. Una procesión de sombras entra y sale de la multitienda con extractos bancarios, refrescos isotónicos y chocolatinas mutantes. Al fondo, junto al poste del aire para las ruedas, sombras diminutas y mucho más rápidas se disputan el botín de dos contenedores abiertos y saturados. Un enjambre de plástico vuela animado por el viento machacón, la fauna del siglo veintiuno, gorriones y mariposas sin peligro de extinción. El judío grande, el judío gordo sabe que debe luchar contra la humillación. Sabe, joder que si lo sabe, que tendrá que confiar en la solidaridad del prójimo, dar pena, ponerle algo de teatro al asunto para que los Nissim reciban en tiempo y forma al fallecido y lo despidan como merece. Su empleo, y éste es un extremo doblemente importante, también depende de ello. No quiere ni imaginarse en una cola del paro, menuda vulgaridad, rodeado de laicos y parias de todo pelaje. Se amputaría la mano izquierda antes que soportar la diatriba del señor Loeb, el propietario de las pompas fúnebres, tan adicto a la puntualidad y la excelencia como ajeno a la piedad y las segundas oportunidades. Se arrancaría los rulos a bocados, renunciaría a la liga de bolos, recién comenzada y con buenas perspectivas para la dupla que forma con Ariel Benamú, empeñaría su colección de cartones de helado si hallara la forma de obtener otra llave, una copia, un pasaporte al alivio y el resoplido.

Tras una vacilación infantil, accede a la multitienda, donde doscientos estantes ofrecen la mayor variedad de porquerías al precio más inflacionista. Las golosinas le distraen, tarda un rato en reaccionar, nuevamente el olvido, su olvido a prueba de bombas, hasta que garabatea en un post-it imaginario la principal tarea del día, tengo que entregar un fiambre. Decide guardar cola religiosamente, esperar su turno para implorar ayuda, pero el tiempo vuela y las orejas se le calientan, la gente es lenta, el pueblo está ocioso, nadie paga hasta la última milésima de la última centésima del último segundo. A sus espaldas, la presión de un runrún imaginario que será real tan pronto como hable y le escuchen, porque indudablemente le escucharán, y el pueblo renacerá entonces, recobrará su brío y participará de sus aventuras y desventuras con consejos sabios, refranes premonitorios y teorías conspirativas. Una anciana precede a Josef Penka. Es como aquellas judías de Sam Peckard que cuentan los céntimos, interrogan al dependiente sobre las ofertas y descuentos y sus posibles combinaciones o incompatibilidades y al final rescatan de algún recoveco de sus mastodónticos bolsos una tarjeta azul de Iberia que quizás, con un poco de suerte, les sume tres puntos y recorte la distancia, jamás intimidante para una ahorradora profesional, que las separa de un vuelo gratis a Cuba. La señora, que no es judía ni aparece en American Splendor, se da por satisfecha tras cinco minutos de estudio y debate, paga al contado y enarbola feliz a través del cristal el comprobante que permitirá a su marido llenar hasta la mitad el depósito de aquel R5 blanco de la esquina cuyo frontal parece un rostro torcido por la edad.

-Verá… -dice Josef Penka.

-Buenos días –le interrumpe el dependiente. De sus ojos se desprende una advertencia. Sea usted cortés o me convertiré en su peor pesadilla. Josef Penka, profundamente receloso del universo ateo, se aplica el cuento.

-Buenos días.

-Así está mejor –la sonrisa triunfal del dependiente muestra una dentadura de tinta de calamar.

-Verá…

-Eso ya lo ha dicho, amigo. ¿Sin plomo, súper, unos bollitos rellenos de chocolate?

-No tengo dinero en estos momentos –anuncia compungido Josef Penka.

-¿Entonces qué quiere? ¿Una bendición de san Cristóbal? –Josef Penka es incapaz de apartar la vista de esos piños de carbón. Le ha tocado el dependiente oficialmente gracioso. Maldita sea.

-Me gustaría hacer una llamada. Olvidé las llaves dentro del coche. El móvil, la cartera ya sabe.

-¿Usted es el del mercedes con el muerto? Qué mala suerte, tío. El ambiente debe estar bien cargadito ahí dentro. Hoy han anunciado cuarenta y cinco grados. Como no se dé prisa, va a tener que intervenir el ejército, sí, esos mulos con mascarillas y metralletas que se cuelan por las ventanas y nunca reciben un puto tiro –Josef Penka aguarda en silencio. Necesita una respuesta positiva porque no hay tiempo ni alternativas a la simpatía de ese lunático. –Ah, claro, la llamada, sí, hombre, puede usar nuestro teléfono tantas veces como quiera, ya sabe, tarifa plana de fijo a fijo, nosotros nos pasamos el día dale que te pego, que si la novia, que si papá, que si el camello, jeje.

-¿Es usted musulmán? –interviene el siguiente eslabón de la cola, un veterano de metro cincuenta dispuesto a traspasar los límites de la horterada más mítica jamás perpetrada. Calza chanclas amarillo chillón, bermudas floreadas y una de esas camisetas de tirantes diseñadas para destacar cualquier prominencia, sea o no estética. En la cabeza rasurada y calva, sin una utilidad justificable, una cinta para el pelo rosa que le cubre la mitad superior de las orejas y le da un aire de alpinista amateur. –Salam Alaikum. No quisiera verme en su situación. Menuda putada –se inclina y practica una reverencia que bien podría confundirse con algún baile recién importado de Estados Unidos.

Josef Penka sonríe sin contestar, abrumado por la perenne estupidez del ateo medio, y pasa al otro lado del mostrador, donde le espera un teléfono inalámbrico blanco manchado por millones de huellas dactilares. Marca de memoria el número de la funeraria El Amanecer Esplendoroso y se topa al otro lado del hilo telefónico con la señorita Spielman, cuyo tono de voz denota una intensa actividad de pedicura, repintado y pulido.

-Pásame al señor Loeb, Emma –ordena Josef Penka entre dientes, casi masticando las palabras. Le enfurece el permanente agravio del azar. Emma simplemente descuelga teléfonos y pasa llamadas; él trajina con muertos a los que accidentalmente abandona en una cámara sellada a cuarenta y cinco grados por culpa de un apretón.

-¿Josef? ¿Josef Penka? Reconozco tu voz de pillo –acierta a decir Emma en mitad de una maniobra delicada y trascendental para su estética digital. Una tijera de hojas microscópicas intenta reducir a la mínima expresión un padrastro localizado a primera hora, seis en punto, en el pulgar de la mano izquierda.

-Es un asunto crucial, estúpida –Josef Penka mira alrededor. El dependiente ha renunciado a toda actividad ajena a la contemplación, provocando la parálisis de la cola de clientes y una espontánea proliferación de mirones cuyos ojos confluyen en la silueta pesada, angustiada y sudorosa del hebreo con tirabuzones y yamulke. –Pásamelo ya o destrozaré tu colección de pintauñas cuando vuelva –masca con un bufido nasal que pretende ser intimidatorio.

-Eres un grosero y un bruto, Josef. Espero que alguien, Dios o quién sea, te castigue cuando llegue el momento –una melodía abrasiva de las que las empresas utilizan para rellenar los interludios telefónicos se cuela en los tímpanos de Josef Penka, atribulado ante la perspectiva de encontrar una explicación que calme al señor Loeb y, más complicado aún, despierte su faceta compasiva. Pasan un par de minutos hasta que una voz áspera, como de tuberías rasgadas, percute desde las oficinas de El Esplendoroso Amanecer.

-¿Qué le pasa a tu madre, Josef, también ha olvidado cambiarte los pañales hoy? –el traductor simultáneo de Josef Penka decide que se trata de un buenos días con un matiz de buen humor que invitaría a cualquier hombre optimista a pensar inevitablemente en su salvación. Lástima que Josef pertenezca a la estirpe de los cenizos. Está nervioso y lo nota. Toquetea el auricular como si fuera una bratwurst, revisa el panel, sus dedos se deslizan anárquicamente entre la maraña de botones y presionan accidentalmente el altavoz.

-Buenos días, señor Loeb –balbucea Josef Penka. –Tenemos un problema.

-¿Tenemos? ¡Qué coño tenemos! –La parálisis física y una especie de idiocia sobrevenida impiden al cetáceo judío caer en la cuenta de que el cada vez más numeroso público de la estación de servicio puede escuchar la conversación con su jefe. Penka versus Loeb. Entradas agotadas. –Dispara, capullo, y más vale que te des prisa, estoy a tiempo de despedirte –Alter Loeb fue criado con una partitura de dureza extrema, la de un padre ditero habituado a bregar con las infinitas vías de escape del moroso y del fraudulento. En un certamen retrospectivo, el pobre Alter habría hecho notar a la audiencia el progresivo aumento del antebrazo paterno, curtido con una cuidadosa dieta de bofetones, pellizcos y tirones de patilla. Alter Loeb, empresario y superviviente, siempre se considerará un blando al lado de semejante espectro.

-El muerto, ejem, el fallecido señor Nissim, esto, está atrapado.

-¿Atrapado? ¿De qué cojones estás hablando? –murmullo colectivo en la multitienda.

-El coche, señor Loeb. Me dio un apretón. Tuve que parar a cagar en una gasolinera y me dejé las llaves dentro, aparte de todos mis objetos personales, claro. Ya sabe cómo son los mercedes. Cierre de seguridad a los dos minutos –un silencio de plomo envuelve el ambiente hasta asfixiarlo. Todos, desde Josef Penka hasta el último recién llegado, se retuercen sometidos al picor de la incertidumbre. -¿Me cree, verdad?

-Deja que te explique algo –Alter Loeb utiliza ahora un nuevo registro, un híbrido entre la parquedad forjada en hierro de Clint Eastwood y la verborrea venenosa de Samuel L. Jackson. –La verdad es lo de menos. El problema se llama familia Nissim. Para que nos entendamos, el problema es la clientela. Y a través de ella nuestra, mi reputación. No sé qué coño ha pasado, ni si te has cagado vivo o te la has machacado en un burdel de carretera o en la granja escuela de Los Molinitos. Me importa una mierda. Aquí manda el contrato, ¿lo captas? Un contrato que estipula a las claras que te quedan dos horas, tres a lo sumo si tiramos de diplomacia, para entregar el féretro y contentar a esos onen poderosos cuyo mero pestañeo podría llevarnos la ruina con un lacito al cuello –tras unos instantes de duda, la grada aplaude incendiada por la concatenación de frases más vistosa en veinte kilómetros cuadrados. -¿Qué coño es ese ruido? –Josef agita las manos pidiendo calma y el aplauso se degrada en rumor y después en cuchicheo.

-¿Y cómo lo hago? –no habla un hombre de metro ochenta y cinco y cien kilos sino el eco trémulo de un niño inseguro tras destrozar de una patada fortuita la mesa de metacrilato del salón de papá y mamá.

-Creo recordar que aquí el jefe soy yo. Pago a mis subalternos para que se encarguen de todo aquello que directamente prefiero no gestionar. La sala de máquinas, por ejemplo. Las minas de carbón. El corazón de las galeras o el ataúd del viejo señor Nissim. Tú solito, Josef, te has metido en el laberinto. De ti depende salir. Yo haré como que no has llamado, me reclinaré en mi preciosa butaca de cuero repasando gastos e ingresos, mandaré a Emma que me traiga un café bien cargado y se olvide de una puta vez de esas uñas de actriz porno que tiene y, sobre todo, esperaré tu regreso como el pastor que aguarda a su perro ovejero, confiado y tranquilo. No hay más que hablar. Por ahora.

El altavoz recoge fidedignamente el clic de la conversación abortada. Josef mira al público y el público le devuelve la mirada. Silencio, de nuevo silencio, un velo espeso que ensombrece las gargantas y demuestra que sí, que el ser humano todavía se compadece, todavía participa de la desgracia ajena aunque lo haga con una vocación más mórbida que filantrópica.

-Bueno –resucita al fin Josef Penka. –Hay que actuar.

Su determinación es un pistoletazo de salida a una constelación de sugerencias que se superponen y anulan, inyectando en el aire un gas de confusión y urgencia. Josef se rasca el culo, el rastro de la cagada aún palpitante, y sale de la multitienda sin saber cuál ha de ser el siguiente paso. La masa expone, ciega y sorda, una ristra de piedras filosofales que se cuelan en oído del yid como mosquitos kamikaze. Una voz anónima traspasa el cordón de seguridad y propone, con timbre experto, la solución mágica, basada a la vez en la sencillez y la audacia.

-Tendremos que romper el cristal.

Romper el cristal. Puro simbolismo contra el tirano, con la pega de que después de la subversión Josef Penka pagará de su propio bolsillo los desperfectos. La idea corre como la pólvora y gana adeptos irresistible y tenazmente. ¿Por qué no? ¿Por qué no descargar la frustración acumulada en las lunas del mercedes del jefe? Sin saberlo, Josef Penka está destapando el frasco de sus esencias genéticas, la combatividad del gueto de Varsovia, un puñado de hombres refractarios a la idea del yugo nazi. Su abuelo disparó y mató a algunos. Matar al verdugo. Romper el puñetero cristal y sentir cada molécula esparcida como la señal de una victoria no tan remota. Porque Josef Penka, el mullido y timorato chófer, el cartero de la muerte, tiene grandes planes. No descarta progresar en la bolera y optar al campeonato nacional. Después, quién sabe, quizás un salto a la palestra mundial, durísimos, épicos enfrentamientos con polacos, venezolanos y canadienses, una portada en el International Bowling Tribune, incluso una audiencia presidencial que repare el ostracismo al que su pueblo ha sido meticulosamente condenado en éste y otros rincones del globo. Tampoco le haría ascos a montar su negocio, tal vez una versión ambiciosa de las pompas fúnebres de Alter Loeb, un concepto que disocie muerte y pena, que transforme la despedida en una fiesta, o al menos en un trance amable donde los aturdidos allegados puedan ver una selección de los mejores momentos de la Liga de Bolos, abrir una cerveza helada o participar en un taller de apoyo psicológico que en realidad sería una tapadera para una red de contactos entre viudos, huérfanos y caraduras.

-Vale –dice bien alto Josef Penka para que los demás capten su intrepidez. La primera opción es la más rudimentaria. –Dadme una piedra. –Al escuchar la orden sin destinatario, el enjambre se disipa. Cada abeja vuelve a sus asuntos, el Golem se queda solo. –Joder, lo haré yo mismo, que nadie se estrese –Josef vuelve al trasero de la gasolinera y se dirige al descampado sin atreverse a mirar la puerta roída del zulo radioactivo. A las moscas les trae sin cuidado que sea temprano, localizan al gordo móvil y se entregan al incordio. Huele a animal podrido, a goma de condón, a flores que su terca cultura urbana le impide identificar. Entre los matojos y la basura, una piedra decente, tal vez tres kilos de poros y vetas. Josef Penka vuelve al coche y es entonces cuando nota el peso redoblado de cien miradas. Desde la cabina del dependiente tarado le llega un pulgar en alto, ánimo, tú puedes. Se acerca al coche y le pasa la palma de la mano por el capó. Carrocería alemana. El gueto. La rebelión. Alza la piedra vetada y porosa como el hijo que osa enseñarle el puño al progenitor en la escena que marca el final de la inocencia infantil y el inicio de la adulta perversión. Un titubeo, el corazón bullanguero, las encías secas y finalmente un trazo parabólico, la piedra que desciende desde sus más de dos metros de envergadura, un golpe decepcionante que apenas enturbia la superficie bruñida del cristal.

-Sin miedo, esas cosas se hacen sin miedo –grita un adolescente en dialecto mientras ojea su destartalada moto robada. Duda si comprar una lata de un litro de aceite o robarlo de otra moto de las afueras también probablemente robada.

Josef Penka gruñe. Detesta ser el centro de atención en cualquier lugar que no sea la bolera. Se acuerda de su bolo negro mate con estrellas doradas y reprime un ataque de añoranza. Cervezas Miller y el bueno de Ariel. Desodorante para los pies, ceniceros saturados, mujeres de generosas proporciones con culos planetarios y respingones, el canon del deseo, las puertas hacia la eternidad de una cópula sin protección ni miedo. Repite el tobogán y la piedra percute. Toc. Luna impertérrita. Toc toc. Toc toc toc. Josef Penka enrojece. Sin saberlo, pierde paulatinamente la compostura. Es su orgullo varonil el que porfía contra la película de cristal, poder y jerarquía. El subalterno mojigato queda sepultado bajo el peso del gigante vengador, que va y viene como un péndulo con patas con piedras gruesas, lisas, afiladas o melladas; con rocas y palos, con tubos de metal, con restos del tractor convertido en pecio, tapacubos y cilindros. Golpea con saña, castiga el centro de la luna, los costados, los bordes superior e inferior sin arrancar una sola concesión, un susurro entrecortado de clemencia y esperanza.

-¡Puta mierda! –su canto concentra el sinsabor de generaciones y generaciones de perseguidos, supura mala fortuna, conspiraciones seculares y una brizna de reproche a la juguetona mente del creador. Consulta su reloj de pulsera Zimmerman y se muerde la lengua y se aferra al doble michelín frontal y se mira las manos lastimadas y maldice al condenado Samuel Nissim por haber muerto la pasada madrugada en vez de, por ejemplo, el jueves, su día de descanso, el paraíso de la bola que se desliza sobre el parquet en busca de las cabezas de jíbaro de sus débiles oponentes. Puta mierda es su ruego al salvador. Un mojón, piensa durante la tregua del aporreo, no debe condenarle a semejante calvario. No, un mojón no es motivo.

-¡Josef, llamada! –anuncia el dependiente por megafonía.

-¿Yo? –Josef se autoinculpa con un índice amoratado.

-¿Quién va a ser, tío? ¿Conoces a algún otro musulmán de la funeraria por los alrededores? –las palabras del dependiente reverberan excesiva, vergonzantemente.

-Ese tío no es musulmán, pringado –advierte un negro con sonotone mientras rellena el depósito. Su acompañante blanco corrobora la sentencia con espasmos afirmativos. –Jodido pringado. ¡Ese tío es metodista! –murmura antes de dirigirse al obeso blasfemador. -¿Necesitas ayuda, tío? –habla como los personajes del primer Spike Lee. Su sitio está en el Bronx, pero una sucesión de casualidades, los trenes guasones de la vida, le ha trasladado a la estación equivocada.

-Sí, tío, dinos que la necesitas porque estamos dispuestos a ayudarte –el blanco quiere participar. Habla como su colega aunque no sepa quién es Spike Lee ni dónde coño está el Bronx.

-¡Mueve ese culo de marsopa, Josef! –insiste el dependiente.

-Disculpadme –Josef se despide momentáneamente del par de buenos samaritanos y entra en la tienda multiusos. Pasa directamente al lado noble del mostrador y se pega el auricular a la sonrosada oreja. -¿Quién es? –pregunta sin molestarse en parecer amable.

-¿Cómo van tus aventuras, Josef?

-¿Emma? ¿A qué juegas?

-Estoy agotada, ¿sabes? Ese viejo cabronazo me ha pedido que le traiga un café. ¿En qué parte del contrato dice que esté obligada a humillarme? –mientras ella habla, Josef distingue nítidamente la febril actividad de sus tijeritas de podar.

-¿Te arreglas las uñas?

-Qué pillo. Cómo me conoces, pájaro. Quiero estar guapa, nunca se sabe quién aparecerá tras la puerta de El Esplendoroso Amanecer.

-Pues deja que te aclare en qué momento me encuentro. Mientras tú te pules y adecentas en una oficina con aire acondicionado e hilo musical de Leonard Coen, yo sudo en mitad de un desierto de mala muerte, rodeado de escoria analfabeta –Josef mira de reojo al dependiente, que no se da por aludido – y tremendamente preocupado por la suerte de un fiambre apellidado Nissim cuya familia, al parecer, es experta en cortar pelotas. ¿Lo pillas?

-Menuda emoción. A veces pienso que debería apuntarme a una de tus escapadas. ¿Qué me dices?

-Vete a la mierda.

-¿Cómo?

-Y no se te ocurra volver a llamar.

-Bien dicho –le anima el dependiente.

Josef Penka rumia entre dientes. Le gustaría ser un superhéroe y fulminar la hectárea entera, el negocio del señor Loeb y todo el cargamento de pintauñas y limas de Emma La Mujer Más Imbécil de la Galaxia. Un momento. Esos dos tipos, los primos retrasados de Spike Lee, forcejean con la ventanilla del mercedes. El odio y la amargura dan paso a ese otro sentimiento de comunidad que blinda al pueblo hebreo en sus numerosos pulsos con la historia. Josef, el yid bovino, se pone la capa de Josef, el yid iracundo.

-¿Queréis que os parta el alma? –La sombra de Josef Penka se alarga empapada del espíritu de Nosferatu en una noche de cacería.

-Eh, eh, tío, para el carro –dice el blanco.

-Somos profesionales, hermano metodista –añade el negro. Ambos cargan con ligeros cinceles de acero y martillos de doble cabeza. –Cacos. Mangantes. Nuestro coche, por ejemplo –señala un citroën con tres mil mordiscos en la chapa. –Claro que, técnicamente, no nos pertenece.

-¿Lo habéis abierto?

-Por supuesto. Lo abrimos la semana pasada. Nos hemos recorrido toda la ciudad. Como en esa peli –relata el blanco, sometido por segunda vez a los rigores del tic muscular y masivo.

-Easy Rider –apunta el negro con sonotone. Sus frases son chillidos desencajados que en otra vida, sin las limitaciones de una sordera tan feroz, habrían aspirado a la normalidad.

-No, joder, me refiero al mío. A mi puto coche –interrumpe Josef Penka.

-Imposible, tío.

-Sí. Imposible.

-¡Puta mierda! ¡Putísima mierda de mierda! ¡Me cago en todo lo que se mueve! ¡Me cago en vosotros, y en aquél hijoputa de allí, y en el de más allá, sí tú, qué cojones miras, cabronazo!

Los cacos retroceden horrorizados. Una bestia anda suelta y está justo enfrente, enseñando sus colmillos, vaticinando su sed de sangre. La masa, recompuesta a pequeña escala tras el incidente de la piedra, vuelve a dispersarse, más atolondrada esta vez, bien aprendida la lección de los peligros que entraña merodear una central nuclear con tirabuzones. Un matrimonio sesentón arranca en su huida la manguera de un surtidor de gasolina sin plomo. Las trillizas adoptadas de una pareja gay rompen a llorar como si las autoridades hubieran anunciado el fin de los juguetes y las chucherías. Ruido de cristales en la cabina. Un citroën destartalado que se larga sin despedidas. Josef Penka y el caos del titán furibundo.

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Manías desde el catre

Fede Durán | 13 de julio de 2010 a las 14:26

Honestamente, no me considero un maniático. Es sólo que necesito unas pautas orientativas. Ahora, por ejemplo, me revuelvo en la cama porque no sé qué hacer con mi brazo izquierdo. Si duermo bocabajo, procuro acercarlo a la almohada, pero entonces me duele el codo. Si trazo una línea paralela al tronco, también me molesta el hombro. No soy maniático, pero necesito saber cómo colocar mis brazos cuando duermo. Ahora, por ejemplo, me revuelvo en la cama pensando en la final del Mundial. Sueño que la hemos ganado aunque no me quede claro, en este velo nebuloso de la subconsciencia, si la hemos jugado siquiera. Pienso en Piqué y en Iniesta, canto un gol de Villa, me imagino al Santo sacando una mano de oro y fuego. No soy maniático, pero prefiero colocar mi nueva cámara de fotos en la mesa del comedor, despiezada e inerte, hasta saberme capaz de leer las instrucciones. Pienso en primeros planos y retratos en blanco y negro. Pienso en ella bien encuadrada, guasona y con la nariz pequeña porque su nariz jamás será grande, menuda ocurrencia, vaya mal gusto. A veces, incluso, pienso que pienso. Y procuro pensar una historia suficientemente buena, una que toque la tecla y me abra las puertas del sistema. Pero no me considero un maniático, así que a veces dejo de pensar en ello y tan solo me dedico a improvisar y a calcular cómo sonarían mis palabras si fueran notas musicales y alguien tuviera a tiro una trompeta. No me considero un maniático, pero aquí sigo, revolviéndome, ligeramente peleado con las sábanas, y atento, muy atento al zumbido del aire acondicionado, que no sé si me envenena o me resfría o me abate o tan sólo me distrae. Aquí sigo, en la cama, primera fila, sección espectáculos transversales, antología de lo híbrido. Pienso en un patio zen y en un ryokan en Nagano y en la percusión oriental de un jardín nevado donde dos mujeres se rebanan la cabellera. Pienso en un indio con ojos de mapache que me llama estúpido hombre blanco antes de escupir hierbajos en mi herida. Pienso en una esquina oscura de Harlem y unos zapatos de charol. Como no soy en absoluto maniático, me olvido por unos instantes de mi codo doliente y proyecto en el techo (recuerden que sigo en la cama) un mapa tridimensional de Portugal. Sagres, Carrapateira, Zambujeira. Como para nada soy maniático, bebo agua de un biberón de ciclista, camino descalzo, compruebo la temperatura ambiente y apago la luz con la izquierda (soy diestro salvo cuando se me olvida). Vaya. Me duele el brazo. Por debajo de la almohada no sirve. Quizás si trazo una uve. O lo enrollo bajo el pecho. A todo esto, ¿por qué siempre me molesta el mismo brazo? ¿Qué pasa con el derecho? Por razones puramente democráticas, considero imprescindible que ambos brazos intercambien equitativamente sus roles en la balanza del placer y el sufrimiento. Si no llegan a un acuerdo, tendré que hablar con ellos. Sí, sí, sigo en la cama. Miro el despertador y aún quedan dos horas. Se lo agradezco a quien corresponda: al tiempo, al dios de la pereza. Pienso en un montón de banderas y en un pulpo y en un galgo negro que se acerca y me mira sin mirarme, tímido y dócil, un atleta tranquilo sin ganas de revivir problemas. Pienso en una pasarela flotante, y en un monasterio capturado por una chica de ojos rasgados, y en la textura de aquel salmorejo, y en un Wallander alcohólico y putero que tiene que reaccionar, joder, reacciona, amigo, te necesitamos. Pliego en cuatro tiempos las servilletas, evito las calles estrechas, hablo en catalán cuando tengo prisa y en italiano cuando me enfado, lanzo conjuros, canto baladas, plancho camisas, robo cerillas, colecciono tallos de coliflor, me muerdo las uñas, vuelo como si buceara, me rasco los ojos, me lavo las manos, camino rápido, calculo despacio, informo e invento, doblo los brazos, extiendo las piernas, beso sin ver, abrazo sin respirar, pero, honestamente, no me considero un maniático.

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Wang al cubo

Fede Durán | 6 de julio de 2010 a las 21:22

Les puedo contar la versión A o la versión B. La versión A diría, detalle arriba o abajo, que soy una periodista danesa que vive en Londres desde hace seis meses y comparte piso con un mexicano y un chino. La versión A añadiría que pago 400 libras mensuales, que mi apartamento está en Candem Town y que mis compañeros se llaman José David y Wang. La versión A incluiría un predecible informe de rutinas: saludos por las mañanas, desayunos compartidos antes del trabajo, televisión y sofá, alguna fiesta de borrachos hacinados e interminables turnos de ducha. La versión B me disgusta algo más, porque Wang no es Wang. Y lo afirmo por triplicado. Wang no es Wang, ni mucho menos Wang. O, por simplificarlo, Wang es tres hombres a la vez. No me tomen por lunática. José David comparte mis sospechas. Él es latino, yo soy blanca, pero nuestros ojos funcionan básicamente igual. Hemos debatido, José David y yo. ¿Se trata en realidad de racismo? Es decir, ¿piensan los tres Wang, o el Wang al cubo, que no nos damos cuenta? Todos los chinos son iguales. Es una frase tan estúpida como prejuiciosa. Soy una chica nórdica, recuerden. Leo a Mankell. Seré una madre joven, me divorciaré cuatro veces (disculpen si eludo el número tres) y reuniré a todos mis hijos y ex maridos junto a un pino sintético en Navidad sin que a nadie se le ocurra pensar que la idea es desafortunada o directamente macabra. Verán, en la versión B, Wang mide uno setenta los lunes y los miércoles, uno setenta y cinco los martes y los jueves, y uno ochenta y tres los fines de semana. Ocasionalmente, Wang cambia de talla varias veces al día. Por ejemplo, cuando se amontonan sus necesidades fisiológicas. O cuando montamos una party. Wang es un beodo, y en eso se parece bastante a sí mismo. A menudo, sufre terribles cambios de humor. Su mandarín oscila entre la balada de crooner asiático y una especie de llanto disléxico. Wang puede oler bien o mal indistintamente, eructar a traición o sonreír como una monjita, devorar un tabloide o consumir discos de Mozart y Bach. Se preguntarán si, conforme a la versión B, José David y yo hemos tratado el asunto con Wang. O al menos con el Wang original, que por cuestiones organizativas y de proceso es quien primero nos mostró su rostro, no quien primero usó el horno o el váter. Pues bien, sí hemos hablado con Wang. Lo hemos tenido de frente, le hemos explicado la situación con exquisita sutileza y sólo hemos obtenido a cambio una enigmática sonrisa. Añadiré que también hemos hablado con Wang. Y con Wang. Y jamás la reacción ha sido diferente. Una sonrisa. Es lo que hay. Barajábamos alternativas, José David y yo. La principal era planificar un allanamiento de habitación. Porque, mientras un Wang ocupa los espacios comunes, los otros dos deben pasar el rato allí, en ocho metros cuadrados, apurando quizás los turnos de cama, planchando las segundas y terceras unidades de camisas y pantalones idénticos, entrenando la memoria para que el discurso que uno nos suelta tenga continuidad en la garganta asimétrica del siguiente. La invasión, no obstante, suena dura. Insisto: soy nórdica y leo a Mankell. Nuestros son Kierkegaard y Andersen. Cultivamos la mente, instalamos saunas en nuestros sótanos, comemos salmón ahumado y contemplamos la aurora boreal. Finalmente, me he opuesto. Y Wang sigue multiplicándose por tres, y nosotros alargamos la mentira a sabiendas de que lo es y de que él, o ellos, también lo saben. Ninguno vivirá en ese apartamento dentro de unos años. Lo convertirán en una residencia de ancianos. Una regresa a veces a sus recuerdos, y siente la tentación de hablar de ellos, pero sabe que nadie la creerá cuando rescate esta historia, y entonces recuperará la versión A, mucho más convencional y aseada, y la tarareará como ese viejo estribillo aprendido en el coche de papá y mamá camino de Helsinborg, un estribillo con el que jamás pudieron identificarse los hijos, aunque, caprichosamente, irrumpa mañana, por sorpresa, y te arranque una risa y te haga pensar que todos, incluidos los tres Wang, José David y yo, estamos rematadamente locos.

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La carta invisible

Fede Durán | 6 de julio de 2010 a las 10:40

No dejo de darle vueltas al asunto. Mi carta era transparente, casi translúcida, si no fuera porque entonces nada podría leerse. Una carta escrita con el corazón en un puño y en cada párrafo. Mientras la escribía, con cada nuevo renglón, pensaba que ése era el camino. Todo saldría bien, me dije. Creo recordar que incluso me permití una sonrisa de esas que anteceden al triunfo. Por más que la machaque, aunque ya la haya memorizado, la carta era clarísima. Señor. Clarísima. Me lo repetí una y otra vez antes de sentarme y descorchar el bolígrafo. Nada de jueguecitos de palabras, nada de dobles o triples sentidos, nada de metáforas o perífrasis. Acota el tablero, me dije. Y lo acoté. Quise plantearle el dilema tal cual yo lo veía: conmigo o sin mí. Y date prisa. Señor. Date prisa. Detesto cuando los pensamientos de descontrolan y la cabeza cabalga sin bridas. ¿Lo ven? Pienso una metáfora y aparecen John Wayne y su maldito caballo y hasta una escopeta que mira al suelo y aquel borracho desgraciado y el viejo desdentado que reía como una hiena. Conmigo o sin mí, era el lema del dilema. Y date prisa. Señor. Yo no sé si se ha dado prisa. No ha contestado, así que quizás sea mejor pensar que no, que no se ha dado puñetera prisa. Pero esa respuesta ausente también podría ser una maravillosa señal. La señal de su propio dilema con lema: contigo o sin ti. Necesita tiempo. Tiempo para madurar una respuesta más profunda, más sólida que la anterior. Y yo necesito otra cabeza, una más plana, una que invierta en pensamientos rentables y no en basura subprime. No, no, no. No contestará nunca. Dará por zanjado el asunto. Está en su derecho, claro. Ya me dijo que no. Ya se despidió. Ya me abrazó con esa furia adherente del último baile de salón. Vigila esas metáforas, palurdo. Ya me abrazó y se despidió y se dio la vuelta y enfiló ese pasillo extraño que a veces parece un corredor de la vida y otras uno de la rendición más absoluta. Pero ella no contaba con la carta. Y yo confío en su contenido, que es un salivazo de amor incipiente y por lo tanto razonablemente incierto. Y si ella necesita pensar, que piense. Y entonces es posible que conteste (fíjense: posible, no probable ni seguro). Y a lo mejor me da una sorpresa y dejo de liar cigarrillos cuando el reloj marca las horas de los solitarios insomnes. Sería perfecto, porque ahora ni siquiera me entra Billy Wilder. Y no quiero ver ni en pintura a Peckinpah, me amargaría casi tanto como Antonioni. Señor. ¿Cómo he podido tener esos gustos? Yo creo sinceramente que no contestará la carta. Además, ¿qué carta? ¿La he escrito o la he imaginado? Sospecho que hay veces en que el destino te ahorra parte del trabajo: una carta que no tiene que llegar no llega, aunque la hayas escrito escupiendo y empeñando las sobras de tu corazón. Me interesa este enfoque: si la carta no existe, es una victoria del silencio. ¿Sirve para algo, el silencio? Quién sabe. Quizás no hacía falta ningún gesto. El lenguaje lo estropea todo. Traiciona, manipula, maltrata. Me arrepiento en este mismo instante de haberle escrito y confío, oficialmente, en que la carta no haya existido nunca. Porque si el silencio es la respuesta, las frases que lo generaron no valían la pena. Y una frase hueca es una frase muerta. Espero al menos que piense en mí. Alguna vez, de alguna forma. Paradójicamente, yo deseo pensar cada vez menos en ella. Ojalá desaparezca. Significará que fue una más, la penúltima de una suma tendente al infinito. Los fracasos pueden ser eslabones. Así suena menos patético. Y, por favor, a ver si aprendo a no escribir cartas que nunca existieron. Las cartas son una ingeniería demasiado preciosa, demasiado sutil como para correr la suerte de las cloacas. Señor. Sé que aún se me cuela. Está ahí, a la vuelta de la esquina, latiendo indiferente. A lo mejor me da una sorpresa y responde y escucho de nuevo su voz y huelo su piel y borro su sudor con la mía. A lo mejor, después de todo, aún me ama.

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Cucarachas en la Niebla

Fede Durán | 5 de julio de 2010 a las 21:00

No se lo van a creer. Son las dos de la mañana y acabo de ver una cucaracha. Es decir, la habitación está oscura y es muy complicado distinguirla, pero estoy casi seguro. Se movía como una cucaracha, no como una pelusa o un extracto bancario. No tiene por qué molestarme, lo de la cucaracha. Es decir, no va a matarme ni a contagiarme una enfermedad irreversible. Pero, todavía tumbado en la cama, me planteo algunos problemas. El primero es que mi amante duerme a mi lado, de espaldas, con esa silueta de contrabajo tan femenina. No la quiero despertar. Y, si me levanto, si empuño la chancla, si busco a la cucaracha hasta acorralarla, la asustaré, volverá de su sueño y pensará que toda la noche, o lo que vino antes de esta otra fase automática de la noche, fue un verdadero desastre. Y yo quiero que mis besos perduren, como ustedes comprenderán. Que mi olor se impregne en sus labios y todas esas ñoñerías que se dicen cuando uno merodea un cuerpo cálido. Así que sigo aquí, en calzoncillos, con un calor de muerte y los ruidos insondables de las horas muertas. Hay crujidos y chirridos que no entiendo. Pero la cucaracha sigue ahí, arrastrándose y moviendo sus antenas y quizás comiendo polvo o migas de pan, porque en realidad no tengo ni idea de qué comen las cucarachas. He visto algunas pelis de James Bond. Como todo hijo de vecino. Me gustan los espías en general, sobre todo si reciben de cuando en cuando un buen sopapo. El sopapo del héroe es la credibilidad del villano. Pues bien, Bond lo haría. Es decir, saldría de la cama sigilosamente, con esa sonrisa pícara de tres martinis después, y encontraría al malo, o sea, a la cucaracha. Les ruego ahora que repasen las líneas quinta y sexta de esta crónica espontánea. Algunos problemas. Es decir, más de uno. Es decir, que a la cucaracha hay que matarla. Y eso requiere un esfuerzo. ¿Han matado antes? A una cucaracha, me refiero. Como la jerga insondable de la noche, las cucarachas crujen si se las aplasta. Evoquen el crujido. Y, sobre todo, estudien sus consecuencias: un cuerpo viscoso, una pata temblona, una marca contra el suelo. Alguien tiene que hacerse cargo, por supuesto. Yo no me veo. Porque, ahora que lo pienso, James Bond y yo tenemos estilos bastante distintos. No bebo martini. Ni batido ni revuelto. Y soy pacifista en un sentido amplio. Supongo que esa cucaracha será lista y se largará. Porque los bichos, vuelvo a suponer, tendrán también instinto de supervivencia. Es un buen pacto que transmito telepáticamente a la cucaracha. Lárgate y los dos viviremos mejor. Personalmente, prefiero seguir aquí, pegado al contrabajo, reconfortado con su vaivén respiratorio. Escuchen. Escuchen su respiración. No dice nada pero en realidad lo dice todo. Es una partitura. No, ni de coña quiero que se despierte por una condenada cucaracha. Que se despierte sedienta, que me busque y me encuentre, que me pregunte la hora y sonría y se desvanezca. Vaya. Llevo un folio hablando de cucarachas y pisotones, y a mí el que me llena es Carver, Raymond. Qué difícil es titular bonito, ¿verdad? Carver, o su traductor, sabría moverse en este terreno. Caballos en la Niebla. Es el primer relato que me viene a la cabeza. Precioso, ¿no creen? Entonces, a modo de homenaje, finalizaré con escaso glamour pero tremenda admiración. Cucarachas en la Niebla. Un contrabajo que se gira sudoroso y te mira sin verte, tan espeso es el velo de las sombras, y sonríe como si nada hubiera sucedido, como si no existiera la noticia, como si jamás hubiera recibido esa carta fatídica donde cierto sentido de la decencia obliga a una confesión moral. Cucarachas en la Niebla. Deslizantes, ladronas de guante negro, culebreras. Son las dos y cuarto. Quince minutos de dilema. Espero que se haya largado ya.

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Flashes en la residencia

Fede Durán | 4 de julio de 2010 a las 20:13

Tengo ochenta y tres años. A veces, cuando despierto por la mañana, la espalda deja de dolerme y entonces tengo cincuenta. Me gusta tener cincuenta. Tener cincuenta es tener más posibilidades. Cuando tengo cincuenta, pienso en María. También cuando tengo ochenta y tres, claro, pero ahí me fallan las fuerzas. No logro ilusionarme como debiera. Y soy muy exigente para estas cosas. El caso es que han montado una exposición. En la residencia. Unos artistas, nos han dicho. Y me motiva saber que esto se va a llenar de gente nueva. Quizás pueda hablar con alguien de libros o del Gobierno. Quizás aparezca María con sus vestidos de colores y su pelo de muñeca. Conservo un traje elegante. Podría probar. Alguien me planchará una camisa blanca y yo me pondré los gemelos de plata con forma de ancla. Me queda suficiente pelo para peinarlo hacia atrás, como Humphrey. En el cajón de la mesilla guardo un bote de colonia Atkinson, mi favorita. Aún queda la mitad. Sí, podría intentarlo. Quiero bajar al salón y pasearme entre los demás dignamente. Quiero irradiar caballerosidad. Yo soy un caballero, por si no lo sabían. Uno a la vieja usanza, con sus reverencias y sus juramentos y un sentido muy sólido del saber estar. Un hombre de palabra, un guardián del honor. A María le prometería muchas cosas. Le prometería una cena con velas o un disco de Gardel. Le prometería una rosa, o muchas, y un crucero por el Nilo. Hasta le prometería tener siempre cincuenta años y despertar sin dolores ni canas. Habrá hombres y mujeres en el salón. Personas curiosas y jóvenes, curiosas por jóvenes y jóvenes por curiosas. Estoy bastante seguro de que querrán charlar conmigo. Tengo buena conversación. Sé escuchar, además. Nadie quiere escuchar. Yo sí. Rogaría a quien lea estas líneas que convoque a los jóvenes. Me gustan sus caras luminosas, sin arrugas, y sus ojos brillantes no de llanto sino de vida. Sus figuras rectas, su garbo. Aquí, quien más quien menos, todos nos encorvamos. Odio esa curva, es como una metáfora de la derrota, del vencimiento. Quizás mañana me levante con cincuenta y pida permiso para salir a dar una vuelta. ¿Quién me dice que no pueda toparme con María? Me van a perdonar, pero nadie tiene ni idea del destino. Puedo tropezarme con ella y darle los buenos días y sonreír sin que se note demasiado que me faltan algunos dientes. Tengo cincuenta años. Llevo cincuenta sin ir al dentista. Iría peinado como Humphrey y no llevaría sombrero. Ya nadie lleva sombrero, y yo no quiero sentirme tan distinto. Le daría un beso en la mano y esperaría su rubor. No me malinterpreten. Un rubor emocionado, porque los caballeros no importunan, tan sólo aman. Por las mañanas, cuando despierto, me quedo un rato en la cama. Echo atrás las sábanas con los pies y permanezco ahí, pensativo, mirando al techo porque el blanco ayuda a la concentración. Intento recordar cómo es un beso, cuántos he dado, quién recibió el último. No sé si sabría hacerlo. Besar, digo. Me pone nervioso pensarlo. Es mejor un beso en la mano. María lo entenderá. También he barajado la posibilidad de tener ochenta y tres el día de la exposición. Si tengo ochenta y tres será más difícil. Disimularé, ¿no? Disimularé para que nadie lo note y me cruce con María y ella piense en Casablanca y en un tocadiscos y un tango. Tendré que asumir la posibilidad de bailar, aunque bailen más bien mis huesos. Tampoco sé si recuerdo cómo se baila. Ni tan siquiera si con cincuenta bailaba apenas dos pasitos. Y habrá canapés. Y flashes. Y las enfermeras cambiarán sus batas por vestidos. Y no sabré a quién mirar porque todos tendrán algo distinto, todos sugerirán. Lo más inteligente es despertar con cincuenta. Sin duda. Trataré de conseguirlo. La noche de la víspera, hablaré con mi mente. La mente es fuerte y a menudo engaña al cuerpo. Lo conseguiré. Me levantaré de la cama con cincuenta años y no recogeré las sábanas del suelo ni miraré al techo. Me peinaré hacia atrás, como Humphrey, y me echaré unas gotas de colonia Atkinson, mi preferida. Me pondré la camisa, que estará planchada y todavía caliente. Los gemelos con forma de ancla. Hago buenos nudos de corbata. El alfiler. La flor en el ojal. Bajaré despacito, paso a paso, agarrado a la baranda, sin ningún miedo, olvidando que el pulso crepita. El ascensor es para viejos. El ascensor es otra caja, como el ataúd. Cuando baje me apretaré la corbata. Habrá mucha gente en el salón y yo distinguiré el brillo de María, que estará en medio, como enfocada, y cruzaremos nuestras miradas, y sabremos de qué hablar.

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Guantes Negros

Fede Durán | 12 de febrero de 2009 a las 11:37

Se ha hecho esperar, pero ya está aquí. Familiares y amigos han sufrido en primer término la incertidumbre y los retrasos, la larga batalla hasta la imprenta y el diseño definitivo. Ahora sólo me queda darles las gracias e invitarles a que disfruten (o sufran) con el producto: Guantes Negros, un libro de 11 relatos escritos entre 2006 y 2008.

Primero, la parte práctica: Saymon es la editorial. Ha transformado su apariencia en busca de una estética más atrayente y yo creo que lo ha logrado. La presentación será en la Fnac de Sevilla (Avenida de la Constitución) el martes 10 de marzo a las 20.00. Jon Juaristi será el maestro de ceremonias. Luis Sábat, editor jefe, le acompañará.

El libro estará a la venta la semana del 2 de marzo.

Después, una sinopsis deliberadamente incompleta para no reventar mi propia intervención futura. He agrupado los relatos en tres partes en función de la atmósfera y el estilo. La primera pata, Guantes Negros, da su nombre al título y se alimenta de lecturas tipo Zweig, Kundera o Bodor (salven siempre las distancias). La tercera, Batería Aérea, es más ácida y cercana: no se trata de atmósferas irrespirables en países lejanos sino de escenas de Las Palmas, Barcelona o Cádiz donde personajes terriblemente perdedores luchan o se integran en la mediocridad en función de sus naturalezas humanas. En medio, Gafas de Pasta, isla equidistante, tres historias que según mi editor recuerdan el universo Woody Allen (sea o no cierto, la comparación me honra).

Espero que con esto tengan suficiente. Si quieren más, inviertan sabiamente su parné y echen de paso un cable a este pobre autor. Y, recuerden, según Babelia (El País), “el relato vuelve a estar de moda” [me lo creo: es una modalidad fácilmente adaptable a nuestro ritmo de vida porque se amolda al trayecto de metro o bus, a los 40 minutos del AVE Sevilla-Córdoba y hasta a esos diez segundos de lectura previos al sueño].

Actualizo el post con la entrevista que publican hoy los diarios del grupo Joly.

Y añado, hoy 13 de abril, aún horrorizado por el regreso a la rutina, una crítica recientemente publicada en internet.