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Escribiendo

Fede Durán | 17 de octubre de 2012 a las 20:42

Aunque todavía cuantitativamente ridículas, cada vez son más frecuentes esas conversaciones escritor-lector en las que recibes sugerencias, críticas y preguntas y sientes que aprendes. El elogio no aporta demasiado, y el periodismo te entrena para lo contrario: en la diferencia (respetuosa) está la riqueza.

Nadie opina exactamente lo mismo de un relato o una novela. Ahí está la llave del intercambio.

Una cuestión habitual es la metodología. Y la verdad es que no sé exponer más casos que el mío. Supongo que la variedad de sistemas es infinita. Otros autores me comentan sus manías, o leo esquemas de producción en entrevistas o reportajes, o procuro imaginar el trabajo de mis colegas como una extensión del oficio del reportero o el investigador.

Hace un par de meses comencé mi segunda novela, un feto aún sin nombre. La aproximación es diferente a La Mirada de Monica Vitti o incluso a los relatos de Guantes Negros. Recuerdo ambos casos como escupitajos o solos de trompeta o carreras de resistencia sin una distancia definida. Venía de Kerouac, y Kerouac escribía como si tocase en una banda de jazz. Me gustó esa filosofía, y me sigue gustando. Decides el núcleo y dejas que el planeta se desarrolle por intuición, a empujones, colonizando desiertos, concediendo libertad a unos personajes que tú creas pero no controlas, como si fuesen hojas salvajes de un aloe. Mi feto es una canción más pausada. Sin renunciar a la improvisación, intento imaginar mejor cada escena, cada viñeta, cada foto. Intento intensificar ese envoltorio de cómic de La Mirada, plasmando tomas en un mapa inventado de una ciudad que no existe. Mis elecciones han sido esta vez más enrevesadas: el peso de la historia descansa en un protagonista complejo al que a veces temo. Pero lo intentaré. Escribir consiste en superar miedos.

La estructura es siempre esencial. Disfruto mucho troceando y desordenando las líneas a priori rectas de cualquier guión. Me motiva plantearle al lector continuos quiebros, a veces estilísticos, otras simplemente espaciales o temporales.

La imaginación, en mi opinión, está sobrevalorada. No creo que tenga mérito inventar mundos, es más duro recrear fidedignamente otros que existieron, y ahí me quito el sombrero ante el género histórico, ante el policíaco, ante cualquiera que implique considerables horas de lectura y entrenamiento. Mi gasolina no es ningún milagro: se basa en la gente que me rodea, en las ciudades que vivo, en los viajes y libros y películas que saboreo.

Sinceramente, ignoro si algún día llegaré a vender en condiciones, si podré recibir una mínima satisfacción económica por el trabajo desempeñado. Aunque vivir de la literatura sea un sueño, no es el objetivo. La meta es seguir escribiendo, hacerlo hasta el final, hasta la ceguera y la demencia senil, hasta que se acaben las palabras y se seque el proyector y se muera la memoria.

Ah, el resultado. Ahí me pierdo. Gustarás a unos y enfadarás a otros, pero cualquiera de las dos opciones es mejor que la indiferencia. Cada lector es un honor y una caja de conocimientos y avances. Ellos son el verdadero motor. Porque escribir es un verbo de claroscuros (obsesión, frustración, droga, alimento) que se diluye si no navega.

La aritmética de las relaciones (entrevista de Braulio Ortiz)

Fede Durán | 27 de abril de 2012 a las 10:46

Desde que dibujaba cómics en el colegio, Fede Durán (Cádiz, 1977) habitaba esa dimensión paralela de quien se dedica a contar historias. Este periodista del Grupo Joly desembarcó en 2009 en las librerías con un prometedor libro de relatos, Guantes negros, al que sigue ahora La mirada de Monica Vitti, una novela publicada por la editorial Almuzara que habla, desde una aproximación libre al género negro y una singular estructura, de temas tan reales como la incomunicación de la pareja, la búsqueda de las raíces y la importancia de la bondad en un mundo marcado por la violencia.

-En su novela, Monica Vitti se erige como símbolo del jeroglífico que es la otra persona en una pareja.

-También es el homenaje a esa época que muchos hemos tenido de pasión por Antonioni, por ese cine donde se dan silencios e imágenes más que diálogos. Y la Vitti representa, con su misterio, esa perfección de la frialdad y esa frialdad de la perfección. Dado que los personajes comparten ese origen oscuro, desconocido, de la falta de raíces, la editorial y yo pensamos que ella era una buena forma de presentar la novela ante el lector.

-El personaje de Francesco toma como esposa una mujer manipulada genéticamente. Pero aunque ella sea perfecta, el error está dentro de él…

-Si tú entiendes el amor como una historia matemática, lo más probable es que te equivoques. En las relaciones dos y dos no suelen sumar cuatro. Las circunstancias en las que él conoce a Monica le hacen presuponer a este hombre que su amor está garantizado, un grave error, como se comprueba luego. La incomunicación de la pareja es un tema muy productivo, del que se pueden extraer muchas historias. Yo aún no he encontrado una mina mejor.

-Ocurría también en Blade Runner. Las criaturas artificiales que retrata acaban siendo más complejas que otros personajes.

-Sí. Los hombres que empiezan una vida con esas mujeres deducen que esa perfección es una garantía, que no va a haber sobresaltos, que las emociones van a ser constantes, que la lealtad está asegurada, pero no es así.  Incluso el personaje de Cynthia, que parece que representa bien el papel de esposa cariñosa, tiene una relación con la hija muy complicada…

-Usted descubrió hace poco sus orígenes judíos. ¿La preocupación por las raíces que se detecta en los personajes viene de ahí?

-No lo creo, había otras  heridas que no estaban cicatrizadas del todo y en las quería ahondar. Cuando estás peor de ánimo, es cuando más productivo eres y más ganas tienes de sentarte delante del papel. Escribir es curativo. No creo que tenga que ver lo de mis orígenes judíos, pero sí es un tema que me apasiona. Voy en mayo a Israel y tengo muchas ganas de ver cómo se tratan allí unos y otros y cuánto queda de ese misticismo del que muchos hablan cuando regresan.

-Ha apostado por una estructura curiosa… 

-Estoy empezando y me gusta experimentar, no quiero encasillarme en ningún género. Es una novela negra, pero no es incompatible con ello que intercale pasajes más divertidos o más ácidos. Y tener tantos personajes y una historia coral me permitía variar un poquito los registros, los tiempos verbales, los ritmos. Era divertido hacer ciertos cambios a mitad de la novela. Tengo mucha curiosidad por saber la reacción de los lectores.

-Hay, sobre todo en el capítulo del policía, una reflexión sobre la bondad. Parece que quería darle una carga moral al relato.

-La relación que tienen el padre y el hijo de La carretera, de Cormac McCarthy, me inspiró el trato entre Hilario y su hija. Él permite construir un doble personaje: de puertas afuera es un titán, un tipo duro, un policía hermético y disciplinado, pero luego tiene esa parte tierna que representa su familia, y todos los miedos asociados a perderla. El hecho de que se enfrente todos los días a situaciones devastadoras le obliga, como contrapartida, a reafirmar su fe en el hombre y en el amor, porque si no se volvería loco.

-Retrata a un alcalde cínico que encarga asesinatos. ¿Tan mala es su visión de la clase política?

-No quiero pensar que todos sean así, aunque en este país tenemos ejemplos de que esas cosas han pasado, a un nivel más elevado incluso que el de una alcaldía. Lo que quería era construir un personaje tenebroso que supusiera una puerta entreabierta a las entrañas del sistema, no plantear una crítica feroz de la clase política. Esta vez no, ya habrá tiempo de hacerlo más adelante…

-En su futuro nadie accede al contenido de los libros. ¿Augura poca vida a la letra impresa?

-Creo que sobrevivirá. Ahí están los vinilos. Los dimos por muertos y ves tiendas impresionantes en Williamsburg (Brooklyn), la gente se compra otra vez tocadiscos… Yo voy a compatibilizar el papel con un Kindle, he encargado uno, pero en mi escena final de cada día, eso de irme a la cama a leer, no me veo con él; me lo imagino más yendo de viaje y teniendo que facturar poco. No creo que el papel vaya a desaparecer. Se convertirá en un producto gourmet, y como tal siempre tendrá su nicho.

-Hablando de vinilos, para Francesco Charlie Parker es Dios. Y usted, ¿a quién rinde culto?

-Al jazz al completo, porque es la música con la que me gusta escribir. Pero toco todos los palos. Podría citar a Lana del Rey, tan repudiada ahora, pero también podría hablar de un infinito número de grupos: me gustan The Rapture, Yeasayer, Bon Iver, Kanye West, Hola a Todo El Mundo, LCD Soundsystem, el rap, la electrónica, el flamenco. Mis gustos son un batiburrillo, pero la música es esencial, la oportunidad que tenemos todos de construir nuestra banda sonora cada día.

-Sorprende que le guste el flamenco. Uno de sus personajes dice que le pone “de los nervios” eso de “un tío que empalma alaridos”.

-Ésa es la magia de la ficción: puedes poner en boca de tus personajes lo que quieras y recorrer caminos que a ti mismo te chirrían. Hablamos de una frase puntual, pero el reto de todo escritor es meterse en situaciones incómodas, que tú no piensas vivir en tu existencia real. Recuerdo cuando vivía en Barcelona o en Nueva York: el flamenco era esa manera de sentirte siempre en casa, esa casa etérea  de la tierra.

-Ya que es periodista, ¿quiere hacerse alguna pregunta que vea que falte en este cuestionario?

-Me preguntaría algo que quiero cuestionarle a todo el que escribe: qué siente cuando lee algo que ha creado. Para mí es horrible, envidio a los autores que se saben buenos y están encantados de sí mismos. Es como ese fragmento de la película Cómo ser John Malkovich, esa escena en que John Malkovich se mete en Malkovich y todo se distorsiona. Esa distorsión, ese sufrimiento, es lo que siento yo, lo que me llevó a no leerme nunca más. Una cosa es cuando estás repasando, pero una vez que el libro existe me olvido, sólo genera dolores de cabeza.

La Mirada de Monica Vitti

Fede Durán | 13 de abril de 2012 a las 9:57

 

Ahí os dejo la sipnosis de mi primera novela, editada por Almuzara y a la venta desde la última semana de abril. Tras Guantes Negros (Saymon, 2009), un bonito premio. Y pronto a por la siguiente.

http://www.editorialalmuzara.com/editorial.php?idioma=1&libro=683

Ésta será la miniagenda:

Firmas en la Feria el Libro de Sevilla. Viernes 18 de mayo de 19.00 a 21.00. En la caseta de Almuzara.

Presentación en la Casa del Libro (C/Velázquez) el 21 junio a las 19.30.

 

Lo mejor y lo peor de 2009

Fede Durán | 30 de diciembre de 2009 a las 12:34

Todos los años de nuestras vidas proyectan luces y sombras. Sin esas variaciones, la cosa sería infumable. Así que como acaba 2009, toca recopilar. Lo peor, para mí, ha sido el estado de ánimo derivado de la crisis. Quizás extiendo mis propias sensaciones a un conjunto de personas que no las comparte, pero es como lo siento. La nube gris ha estado ahí, martilleando con datos de todo tipo (paro, PIB, la decadencia del Imperio del Ladrillo) y agrandando la sospecha de que nuestra profesión periodística está en franco declive. El mercado ha muerto de la mano de la publicidad y cada día es más difícil mantener una posición independiente sea cual sea el medio para el que se trabaje. Las sombras incluyen, claro, bofetones de todo tipo: desde los desperfectos de una casa de nueva construcción hasta los sinsabores sentimentales de nuestra Gerenación Nebulosa.

La parte buena le roba centímetros a lo feo: esa misma casa es un regalo, el primer hogar propio; todas las calamidades económicas permiten aprender y comprender la disciplina algo mejor que doce meses atrás; publiqué Guantes Negros, mi primer libro, aunque a la vez la crisis le haya cerrado momentáneamente las puertas al segundo, Desarraigo (paradójicamente mejor narrado y con más potencial, creo).

Y, claro, tenemos los momentos culturales del año, esos regalos de la creación humana que siempre alegran y estimulan e invitan a sacudirse el polvo de la rutina. He descubierto a Michael Chabon (El Sindicato de Policía Yiddish; Las Asombrosas Aventuras de Kavalier & Clay) gracias a un regalo de cumpleaños; He vibrado con mi mejor disco del año (Veckatimest, de Grizzly Bear) y con el maravilloso poder del jazz cuando suena en el tocadiscos de la vecina experta. Me he reencontrado con Barcelona, o Barcelona se ha reencontrado conmigo, o ambas cosas a la vez. Sigo nadando. Tengo buenas referencias culinarias en el barrio (Casa Rafita, El Contenedor, Bobo). Tarantino se ha inventado una masacre a Hitler que me obligó a botar en la sala (y a avergonzarme de mi revanchismo). Y hoy hasta parece que el sol piensa quedarse un rato para desmentir una transmutación londinense que muchos considerábamos ya inevitable.

Guantes Negros

Fede Durán | 12 de febrero de 2009 a las 11:37

Se ha hecho esperar, pero ya está aquí. Familiares y amigos han sufrido en primer término la incertidumbre y los retrasos, la larga batalla hasta la imprenta y el diseño definitivo. Ahora sólo me queda darles las gracias e invitarles a que disfruten (o sufran) con el producto: Guantes Negros, un libro de 11 relatos escritos entre 2006 y 2008.

Primero, la parte práctica: Saymon es la editorial. Ha transformado su apariencia en busca de una estética más atrayente y yo creo que lo ha logrado. La presentación será en la Fnac de Sevilla (Avenida de la Constitución) el martes 10 de marzo a las 20.00. Jon Juaristi será el maestro de ceremonias. Luis Sábat, editor jefe, le acompañará.

El libro estará a la venta la semana del 2 de marzo.

Después, una sinopsis deliberadamente incompleta para no reventar mi propia intervención futura. He agrupado los relatos en tres partes en función de la atmósfera y el estilo. La primera pata, Guantes Negros, da su nombre al título y se alimenta de lecturas tipo Zweig, Kundera o Bodor (salven siempre las distancias). La tercera, Batería Aérea, es más ácida y cercana: no se trata de atmósferas irrespirables en países lejanos sino de escenas de Las Palmas, Barcelona o Cádiz donde personajes terriblemente perdedores luchan o se integran en la mediocridad en función de sus naturalezas humanas. En medio, Gafas de Pasta, isla equidistante, tres historias que según mi editor recuerdan el universo Woody Allen (sea o no cierto, la comparación me honra).

Espero que con esto tengan suficiente. Si quieren más, inviertan sabiamente su parné y echen de paso un cable a este pobre autor. Y, recuerden, según Babelia (El País), “el relato vuelve a estar de moda” [me lo creo: es una modalidad fácilmente adaptable a nuestro ritmo de vida porque se amolda al trayecto de metro o bus, a los 40 minutos del AVE Sevilla-Córdoba y hasta a esos diez segundos de lectura previos al sueño].

Actualizo el post con la entrevista que publican hoy los diarios del grupo Joly.

Y añado, hoy 13 de abril, aún horrorizado por el regreso a la rutina, una crítica recientemente publicada en internet.