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Lo que Rajoy y Mas piensan en privado

Fede Durán | 14 de noviembre de 2014 a las 11:10

Para entender la España que viene hay que descifrar la España que se va. El 9-N es quizás el estertor de una etapa amortizada que dará paso a una reforma constitucional, y así lo entienden tanto Mariano Rajoy como Artur Mas, según fuentes de su entorno. El amago de consulta, sin interventores ni carácter vinculante, destapa una curiosa unidad de destino. Apenas un tercio del censo electoral acudió a votar en Cataluña. Rajoy interpreta el silencio de los dos tercios restantes como el mejor aval de su negacionismo. Mas confirma en papeletas lo que siempre admite en privado: él tampoco quiere la independencia.

El reto urgente es el punto de encuentro. Remozar (que no retocar) la Carta Magna exige un refrendo colectivo sólo factible si el entendimiento entre el Gobierno y la Generalitat es absoluto. CiU quiere un cesto de competencias blindadas, a salvo de injerencias ministeriales; un pacto fiscal que reequilibre el flujo fiscal que producen los canales solidarios; y una Agencia Tributaria cogestionada con el Estado. Además, busca cariño, y la transmutación aproximada en artículo sería un reconocimiento más explícito de su singularidad.

Rajoy es consciente de que debe mover ficha, pero su virtud cardinal es la templanza. El gallego ve esta función como una partida de dominó: primero el movimiento del oponente, después su jugada, por fin la negociación, estación definitiva el consenso.

Este cronograma, trazado sobre el folio de la teoría, topará en la práctica con importantes obstáculos. El PP observa de reojo a su electorado más recalcitrante, el núcleo duro, esa bolsa de apoyos que constituye los pilares sobre los que (a veces) se asienta el ciudadano de centro para concertar mayorías absolutas. Actuar antes de tiempo significaría perder la batalla de las apariencias y con ella la imagen de fortaleza -trufada de inmovilismo- que el presidente dejará en la memoria casi como único activo.

La otra piedra en el zapato es endógena y sólo se asimila si queda encuadrada en esta película de apariencias. Se llama Fiscalía y se apellida delitos de prevaricación y desobediencia, recogidos los dos en la querella que en breve y supuestamente presentará el Ministerio Fiscal tras los quiebros de Mas y su vicepresidenta, Joanna Ortega, a la triple suspensión decretada por el Tribunal Constitucional. Judicializar la pelea política reventaría el puente que sutil y subterráneamente uno y otro han comenzado a desplegar.

Artur Mas y su Govern en precario lo tienen aún más complicado. El empuje de ERC es formidable demoscópicamente hablando. A rebufo de esa expectativa compone Oriol Junqueras un maximalismo que pasa por elecciones plebiscitarias (figura que el ordenamiento jurídico español no recoge) y declaración unilateral de independencia en sede parlamentaria. Cuesta dar crédito a semejante menú vistos los frutos del 9-N y el retrato más o menos real del secesionismo en la comunidad. Junqueras lo sabe. Aunque parezca un Polichinela, él también invierte grandes sumas de gestualidad en el mercado de los votos, con la mirada pendiente de las municipales y las autonómicas.

Esta cronología es vital y dilucidará la jerarquía de los estrategas en liza. A CiU le conviene un anticipo por una sencilla razón: si ERC sella su superioridad en los ayuntamientos y Junqueras pasa de la pose al hecho, esa galaxia de átomos puede ser el comienzo de la rebeldía contra el sistema institucional vigente. Josep Rull, número dos de CDC, ha sido al respecto más claro que Ramon Espalader, número dos de la matriz CiU: si el Ejecutivo no negocia, como ya ha anunciado, los comicios son la opción A.

Volvamos pues al puente en camino. Elecciones anticipadas, victoria de Esquerra, CiU como segunda fuerza en el Parlament y la incógnita del PSC, debilitado por una indefinición que nace de sus complejos. Aquí el entorno del president es contundente y rompe el mito unitario: si Junqueras no alcanza la mayoría absoluta (68 escaños), ERC podría ser víctima de la casi mitológica sociovergencia, la suma de CiU y PSC, una mezcla políticamente más correcta que la resultante de sustituir a socialistas por populares en una tierra donde éstos no han logrado averiguar (salvo con Josep Piqué) el código de acceso al catalanismo. CiU se servía con Pujol de la muleta del PPC en la trastienda, sin alianzas explícitas por mutua vergüenza.

La concatenación de hitos fundamentales para cerrar este episodio de tensión territorial es imponente: Rajoy domando a sus fieras, CiU resurgiendo -como en tantas otras ocasiones- de sus cenizas, ERC perdiendo fuelle en el tránsito del fuego dialéctico a la aspereza de la gestión y el PSC salvando los trastos sobre la campana. Apasionante.

9-N: The Walking Dead

Fede Durán | 10 de noviembre de 2014 a las 17:55

JORNADA DE PARTICIPAICÓN

A veces un conflicto se reduce a un asunto de perspectiva. Siempre obsesionada con Europa, Rusia ha despreciado históricamente su extremo oriental, apenas poblado por 27 millones de habitantes y aislado por la inmensa cuña siberiana. El San Petersburgo de los zares miraba a París y Berlín, igual que el Moscú comunista, que también tiraba de luces largas para atravesar el Atlántico y enfocar a Washington. Sólo hoy los rusos comienzan a entender que el futuro, sin dejar de estar cerca del Viejo Continente, quizás pase a la vez por explotar la zona económicamente más potente del planeta, compuesta por Tokio, Seúl, Pekín, Shanghái y Hong Kong. Vladivostok debería incorporarse a esa liga.

La Cataluña política y cada día más la Cataluña civil –un tercio actualmente– han preferido mirar hacia dentro, ensimismarse y construir un fabuloso relato de heroicidades propias y culpas ajenas, gracias en gran parte a los medios de comunicación, trajeados de cipayos; a un sistema educativo que poco a poco ha olvidado su mandato transversal; y a una masa social asqueada con la crisis y dispuesta a comprar ceguera a cambio de atardeceres ámbar.

Por sus propios flujos de poder, esa Cataluña política propiedad de CiU se ha decantado por facilitar las mayorías precarias de PSOE y PP en el Congreso a cambio de conquistas competenciales y silencios judiciales (caso Pujol), pero nunca ha ensayado una fórmula de verdadera implicación en la agenda global del país. Esa vía, cuyo éxito o fracaso es corresponsabilidad del Gobierno central, era el Vladivostok catalán.

Las cosas han seguido otro camino. España, sin matices, es el enemigo. Cataluña ansía “la libertad”, la democracia, una realidad sin techo donde desaparecerán el paro, la corrupción y todos esos otros vicios tan hispanos. Para lograr el objetivo, ha optado por sortear las leyes, enarbolar un contrato ya cerrado, culpar a Rajoy de inoperancia, presionar a sus ciudadanos para que salgan a la calle, ahondar en el manual del buen catalán y aclarar que se saldrá con la suya caiga quien caiga. El resto simplemente observa, entre perplejo y hastiado, un relato que corta lazos sentimentales y en cierta forma asusta. Una tierra donde los matices son marginales, la autocrítica pobre y el clamor popular tan unívoco es una tierra zombi.

Iñaki Anasagasti, senador y cromo clásico del PNV, comentaba hace años a un observador internacional el modus operandi del nacionalismo vasco. Empezamos pidiendo, y un día nos dieron, así que seguimos, y siguieron dándonos, y entonces vimos lo fantástico que era todo esto. El problema es que CiU se ha saltado varias paradas y ha aparecido directamente en la estación final, envalentonando a ERC, anulando por acomplejado al PSC y empujando a muchos dirigentes no secesionistas a un rocambolesco juego de equilibrios dialécticos para no parecer enemigos de la tribu (Duran Lleida, Herrera). Lo que en adelante debe plantearse España –incluidas las Españas extrapolítica y catalana– es si merece la pena insistir en la unión teniendo en cuenta que este pulso es tendencialmente infinito. Aun integrándose transitoriamente, aun con más protagonismo en Madrid, el ex nacionalismo catalán –verdadero capo de esta historia– encontraría tarde o temprano exigencias no atendidas cuyo corolario serían de nuevo las islas utópicas unilaterales. Lo que piense la mayoría de Cataluña sólo importará cuando coincida con el guión oficial. Qué pena. Y qué estafa.

Coda 1: 1,8 millones de catalanes sobre un censo de 6,2 han votado sí (a un Estado propio) y sí (a la independencia). No llega al 30% del total. Pese al panfletismo. Pese a la maquinaria. Mas debería dimitir. Ya debió hacerlo en 2012, cuando perdió 12 escaños. Pero el hombre es terco.

Coda 2: complejidades. CiU secuestra la vida política catalana, teledirigiéndola hacia donde más le conviene, y la sociedad difiere de su última apuesta pero sigue votando soberanismo cuando llegan las elecciones. Eso significa que el PSC ha muerto por ambiguo y sólo resucitará si recupera su discurso integrador y plural sin miedo al qué dirán. Una parte importante de Cataluña anhela terceras vías. Fiel a su tradición marciana, el PP sigue fuera de juego, incapaz de tejer seducciones más allá del binomio Madrid-Valencia.

La muerte del proceso catalán

Fede Durán | 20 de octubre de 2014 a las 19:21

ORIOL JONQUERAS

El proceso catalán está muerto. O más concretamente su dinamo política. Rajoy se ha revelado el mejor especialista por omisión, y en este caso la fórmula ha sido óptima. El posnacionalismo ha construido un castillo que parecía imponente al recortarse contra el horizonte de esta España mórbida, pero el castillo era netamente español (cimientos de plastilina) y se ha desbaratado solo, a lo bonzo.

Artur Mas lo ha hecho todo: reinventarse, proyectarse, endiosarse, ridiculizarse y suicidarse. La no consulta del próximo 9 de noviembre es una derrota mayor que cualquier prohibición, pero CiU ya sabía a lo que jugaba: ningún país del mundo ha sido capaz de organizar unas elecciones sin un margen razonable de tiempo. El cromo que se exhibía en los quioscos de la propaganda no era una victoria de la democracia (tal y como ellos la entienden) sino un amago sin convicción, un mal simulacro. Pese a todo, casi hasta el final, el president ha contado con un respaldo inaudito a la izquierda y a la izquierda de la izquierda. Ha sido un activo dilapidado del que quizás no vuelva a disfrutar.

Cataluña no tiene aliados fuera de Cataluña. Bruselas niega carrete a la independencia si no media pacto con el Estado (y aunque medie). Las cartas de Mas a la diplomacia explicando su causa han acabado como aquellos papeles de Enron. 

Siempre nos quedará Junqueras, Oriol, pensábamos. Un tipo auténtico, un verdadero idealista. Pero tampoco. Un político que solloza en un programa de radio es un político que se autodestruye. Un político que se ausenta del intento de juicio parlamentario a Pujol a cambio de la mercancía metafísica es un político indigno. Un político que acude a Sevilla y muestra semejante debilidad de argumentos es un político incapaz (Jordi Évole, Salvados, 19/10/14).

Ahora a la secesión le queda una bala, que es la que acaricia ERC en las noches de luna llena para protegerse del hombre lobo hispano, tan feo y tan peludo: victoria electoral con la independencia como programa (país zombi, podría ser la definición) y declaración unilateral de divorcio. Rajoy, probablemente contrariado al principio, no tendría más remedio que actuar, supongo que inhabilitando a Junqueras como president y suspendiendo determinados atributos de la Generalitat hasta tanto las aguas volvieran a su cauce con (por ejemplo) una gran coalición de aroma germano con CiU y el PSC y apoyos en la sombra del PPC (no se escandalicen, eso ya ocurría sistemáticamente bajo el Pujolato). Por si no se habían dado cuenta, CiU es inmortal.

En toda esta tira cómica (raíz: cómic), Cataluña ha demostrado ser una hipérbole de España. Más corrupción, más ridículo, más mentiras y mucha más fantasía. Esto último no sería pésimo si no se basase en la idea, cincelada a fuerza de repetición, de que la independencia abre las aguas y limpia el ingreso al paraíso, un paraíso que los catalanes se han negado desde la política autonómica, no desde la opresión estatal.

Por qué no habrá 9-N

Fede Durán | 8 de octubre de 2014 a las 18:11

Futbol 14/15

Roberto L. Blanco (La Estrada, Pontevedra, 1957), catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad de Santiago de Compostela, habla tan rápido como aquel bigotudo que anunciaba los Micro Machines. Disfruta explicándose y confiesa su admiración por la Carta Magna, apenas 35 años de vida frente a ancianitas como la degaullista (1958), la italiana (1947) o la estadounidense (1787). “Es sin duda la mejor de nuestra historia. El planteamiento no es qué hay que reformar en la Constitución para ponerla al día sino cuál de los problemas que tenemos no lo podemos resolver sin reformar la Constitución”.

El Laberinto Territorial Español (Alianza, 2014) es el título de su último libro, que formula por sí solo la primera pregunta.

–La descentralización ha ido siempre unida en España a la libertad. Cuando ha habido avances, en la I y II repúblicas y en 1978, se ha planteado el problema territorial. En la I República a través de una Constitución federal, en la II a través de un Estado integral que de hecho aprueba un Estatuto para Cataluña y en 1978 a través del Estado de las Autonomías.

–Nada es suficiente para el voraz nacionalismo.

–Siempre que ha habido descentralización, los partidos más directamente impulsores de la misma han sido un factor de inestabilidad política y constitucional. En 1978 se inicia un periodo de descentralización extraordinario que ha creado un Estado federal y sin embargo, contra toda lógica, esa profunda descentralización, que es comparable a la de los estados federales europeos, no resuelve el problema ni en el País Vasco, como demuestra el desafío secesionista de Ibarretxe, ni en Cataluña, que nos lleva a una situación insólita en la que se podría producir un motín contra el Estado, algo inédito en cualquier país de Europa en los últimos 50 años. Es la situación más grave producida en España desde el 23-F.

–¿Qué es fer país según CiU y ERC?

–Una labor de zapa, movilización y convencimiento a través de la escuela, con políticas lingüísticas absolutamente sectarias donde se tiende a eliminar el castellano, que es una lengua tan catalana como el catalán. Cataluña pretende decidir en un referéndum sobre cinco siglos de historia pese a su altísimo grado de descentralización, comparable a los de Alemania y Suiza y superior al de Bélgica. En realidad, la solución federal permite convivir a las distintas identidades de un territorio. La autodeterminación rompe eso. Si Cataluña se independizase, una parte de la población saldría claramente lesionada. La ruptura con España supondría la eliminación de esa pluralidad interna. La identidad de las personas no se puede decidir por mayoría. Dice un colega de Barcelona que en España todos somos mestizos de pura cepa, y es verdad.

–¿Es posible celebrar el 9-N con la Constitución en la mano?

–Ni siquiera el Gobierno central podría convocar ese referéndum. Sería vulnerar aquello de la indisoluble unidad de la nación española. Cualquier proceso que tienda a romper la unidad del Estado exige una previa reforma constitucional.

–El argumento nacionalista es que la voz del pueblo está por encima de la ley.

–Lo que evita el enfrentamiento a garrotazos es el respeto a la ley. ¿Por qué se puede jugar al fútbol? Porque hay árbitros. Podemos decidir que dar patadas en la boca en el área no es penalti, pero entonces tenemos que cambiar las reglas antes. Los países no se gobiernan midiendo cuántas personas asisten a las manifestaciones sino con instituciones representativas que tienen su ámbito competencial.

–Pero la desobediencia total o parcial de leyes estatales se ha puesto de moda en el país.

–El Estado ha sido mucho más leal con las CCAA con partidos nacionalistas que los partidos nacionalistas de esas CCAA con el Estado. Los Estados democráticos exigen que las instituciones actúen con lealtad constitucional, si no, no se puede funcionar. ¿Se puede condenar por prevaricación a un funcionario por adoptar un acuerdo con una relevancia mínima y no tomar medidas legales para impedir que una CCAA deje de emitir anuncios sobre un referéndum que ha sido suspendido por el Tribunal Constitucional? Es simplemente inadmisible.

–¿Tiene la Generalitat medios para implantar la maquinaria electoral del 9-N? Nunca lo hizo antes.

–No podrá seguir con la campaña ni adoptar medidas sobre el censo. Es ilegal, y los funcionarios que colaboren están presuntamente cometiendo delito. El conflicto político sigue ahí y veremos cómo lo arreglamos, pero el conflicto jurídico se acaba en la resolución del TC. Si no se acepta, nos colocamos por un lado en el terreno del Código Penal y por otro en el del artículo 155 de la Constitución.

–Artículo algo opaco.

–Yo creo que no permite la suspensión en su conjunto de una autonomía sino ir adoptando medidas cuya gravedad está en función de la importancia del desafío a la ley. Podría llegarse, quizás, a la suspensión del Gobierno catalán.

–¿Saldremos de ésta?

–Lo curioso es que las medidas que hay que adoptar van en la línea de una mayor colaboración. Se puede descentralizar muy poco más. Sí, se podría discutir si hay que dar un tratamiento asimétrico a las CCAA. Pero la reforma constitucional sólo es viable con el acuerdo de los dos grandes partidos. Y sólo sería verdaderamente importante si pudiese incluir a los nacionalistas, que hoy están en otra batalla.

–¿Cataluña ya no es seny?

–La sociedad catalana ha estado sometida a una durísima manipulación política. En el momento en que esa manipulación ceda, y debería hacerlo tras constatarse que el referéndum no se celebrará, se liberará de tensión a mucha gente incómoda con la situación. Entonces podríamos discutir con más calma. Dicen que los partidos han sido arrastrados por la sociedad. Mentira. Son los partidos los que han organizado todo. Sin dinero público y sin la colaboración de las autoridades no se concibe una manifestación de medio millón de personas con cartulinas y un orden perfecto.

¿Independencia sí o sí?

Fede Durán | 6 de octubre de 2014 a las 18:47

MADRID. 2-10-14. JOSE MONTILLA. FOTO: JOSE RAMON LADRA.

José Montilla (Iznájar, Córdoba, 1955) presidió la Generalitat entre 2006 y 2010, sufrió en sus carnes el recorte del Tribunal Constitucional al Estatut parido por su ex camarada Pasqual Maragall y dio a menudo la sensación de ser más papista (nacionalista) que el Papa (CiU). Hoy, desde el Senado, modera su discurso y aboga por una seducción desde el todo español hacia la parte catalana para reconducir un problema donde, afirma, “hay mucha propaganda pero poco debate”.

–Usted alertó antes que nadie del desapego catalán.

–En 2007 advertí de la desafección y de lo que ello podía comportar, de que podía ser el inicio de un proceso irreversible.

–Estamos justo en ese punto.

–El momento es tremendamente complicado y la perspectiva a medio plazo es que todavía lo sea más. Ni el Gobierno de España ni el de Cataluña apuestan por la negociación y el pacto, que es la única forma de avanzar. El PP y Rajoy niegan el problema amparándose en la Constitución y las leyes, que evidentemente se han de respetar. Pero no hablamos de un conflicto inventado. No habría entonces tantos miles de ciudadanos en la calle ni habríamos llegado donde hemos llegado. Lo primero que tendría que hacer el Gobierno es admitir la existencia del problema, reconocer que es un asunto catalán pero también español y tratar de buscar una solución sobre la base del diálogo. Ambas partes han de reconocer que ninguna de las dos tiene razón al 100%. La razón y las culpas están repartidas.

–Vamos a distribuir esas culpas. La cuota no catalana queda sintetizada en la sentencia del Tribunal Constitucional (TC) que recorta el Estatut.

–La sentencia marcó un antes y un después porque fue la primera vez en democracia que una ley votada por el pueblo de Cataluña, después de ser aprobada en el Parlament, en el Congreso y en el Senado, era tan mutilada. El TC estaba en aquellos momentos cuestionado, con magistrados que agotaron su mandato y no habían sido renovados y con una recusación desde el PP para apartar a uno de ellos. Aquello fue tomado por la inmensa mayoría de los catalanes como una afrenta. Pero no todo es la sentencia. El Gobierno del PP, en estos tres años, ha continuado una política de confrontación con Cataluña y también de laminación de las competencias autonómicas. Nunca hubo antes semejante nivel de conflictividad institucional y constitucional entre el Gobierno y las CCAA.

–¿En qué fallaron los políticos catalanes?

–En el proceso de elaboración de Estatut cometimos errores. Seguramente se lo pusimos demasiado fácil al PP para que se descolgase. Y el Govern actual piensa que es posible una secesión sobre la base de una ley catalana sin tener en cuenta ni el marco constitucional ni el comunitario. En la Europa del siglo XXI, este tipo de procesos sólo se puede dar si no los impone una parte.

–¿CiU se cree lo que hace o interpreta un papel?

–Hay quien se lo cree, quien asume ciertas dosis de estrategia y quien va a remolque de los acontecimientos y la presión de la calle. CiU es prisionera de decisiones que tomó hace dos años, cuando después de perder 12 diputados Artur Mas no sólo no dimitió sino que pactó con ERC un calendario y unas acciones entre las que se incluía la celebración de una consulta.

–¿Qué se le puede ofrecer a Cataluña que no tenga ya?

–En Cataluña hay mucha propaganda pero ningún debate de fondo. ¿Qué se puede ofrecer? Desde el Estado no ha habido ninguna oferta, sólo se ha invocado el muro de la Constitución. El respeto a las leyes es legítimo, pero hay que recordar que están al servicio de la convivencia, y por lo tanto están también para ser modificadas si es lo que beneficia a esa convivencia en común, que es lo que a pesar de todo una inmensa mayoría de los ciudadanos de Cataluña desea. La oferta debería solventar los problemas de encaje. Hay que retocar la Constitución. A Cataluña se le podría dar, entre otras cosas, reconocimiento y respeto, que es lo que el Gobierno de Rajoy no ha tenido en temas muy sensibles allá como la cultura, la lengua y la educación. También, por supuesto, un trato singular en lo referente a la fiscalidad y al respeto a sus instituciones de autogobierno. Se trata de seducir, de contraponerse a los que plantean una soberanía que hoy es muy cuestionable. La independencia está basada en mitos románticos del siglo XIX.

–Un pacto fiscal a la vasca sería imposible considerando el peso de Cataluña en el PIB. Se rompería el principio de igualdad.

–El concierto económico es legítimo: tiene bases históricas y reconocimiento constitucional. Otra cosa es el cupo, que no puede dejar de ser solidario. Yo estoy a favor de la solidaridad pero no a favor de ser tan solidario que al final el benefactor acabe teniendo más que el contribuyente. Ésa es una situación que desgraciadamente se da hoy en nuestro sistema, tal y como pone de relieve no sólo el Govern sino los últimos estudios de Fedea (Fundación de Estudios de Economía Aplicada) y del que es economista de cabecera de Montoro en estos temas, el señor Ángel de la Fuente. Ese desequilibrio no aparece en otros modelos federales.

–Ricardo García Cárcel, historiador de la Universidad Autónoma de Barcelona, afirma que la sociedad catalana ha perdido la noción de la realidad.

–Hay una parte de la sociedad que vive en un microcosmos y no es consciente de la complejidad de las sociedades. Mirarse en exceso al espejo comporta una distorsión de la realidad. Algunos ven la independencia como un proceso lineal y muy fácil.

–¿Le parece ecuánime el papel desempeñado por TV3 y Catalunya Ràdio?

–No lo es, y lo han puesto de relieve no sólo algunos grupos parlamentarios sino el propio sindicato de periodistas de Cataluña. Los medios públicos catalanes están al servicio de la causa, y la causa es la independencia. Así de claro.

–Las tensiones entre PSOE y PSC son recurrentes. ¿Se han agravado con la ola secesionista?

–No. Lo que hay, como siempre, son desencuentros puntuales.

–¿Es usted partidario del derecho a decidir?
–Estoy a favor de que cada pueblo decida su futuro. Pero ese derecho siempre se debe de ejercer dentro del respeto a las leyes.

–Es decir, que usted es partidario de eliminar la cláusula que atribuye la soberanía nacional al pueblo español. Y de traspasar a las CCAA la competencia para convocar referendos.

–Soy partidario del traspaso dependiendo de para qué temas. Para los que sean competencia autonómica sí. La reforma constitucional ha de profundizar en un Estado federal y en los mecanismos federales de relación para favorecer el encaje y el entendimiento, no la secesión.

–¿Cree que Mas respetará la suspensión de la consulta?
–No creo que CiU vaya a poner las urnas el 9-N como tampoco creo que tenga una actitud sumisa respecto a la decisión del TC. Bordeará la legalidad para mantener la tensión. En definitiva, esto ya forma parte de la precampaña de las elecciones anticipadas que tendremos en Cataluña dentro de poco.

–Bien. No se sacan las urnas. Hay elecciones anticipadas. Gana ERC. Junqueras propone una declaración unilateral de independencia.

–Eso es hacer política-ficción.

–Todas las encuestas auguran la victoria de Esquerra. Y Junqueras ha dicho lo que quiere hacer si gana.

–Habrá que ver cuándo son las elecciones y cuáles las candidaturas. Cabe la posibilidad de un frente nacionalista que englobe a CiU y ERC y que encabece el propio Mas. El president quizás trabaja ya con esa hipótesis. Los mapas políticos se fragmentan, es difícil afirmar qué pasará. Si hay una declaración unilateral de independencia, será llevar más a Cataluña a la fractura y la confrontación. Es un escenario grave que no descarto.

–El PSC está en una situación electoral delicada, ha ido a la baja en los últimos años. ¿Cómo puede remontar el vuelo?

–Cuando la dialéctica oscila entre quienes no ofrecen nada y aquellos que se quieren ir, los que decimos que existe el problema y que hemos de solucionarlo dialogando lo tenemos un poco complicado. Pero estos escenarios no duran para toda la vida. Ni Artur Mas será presidente siempre ni tampoco lo será Rajoy. La democracia facilita los cambios de escenario. El choque de trenes que hoy nos parece inevitable seguramente se acabará evitando. Los socialistas tenemos un proyecto para España y cataluña.

–Es curioso que con el referéndum escocés se haya destacado mucho la madurez democrática que ha supuesto aceptar la votación pero apenas se haya recalcado la victoria del no por 11 puntos de diferencia.

–Cada uno pone de relieve aquello que le interesa. El nacionalismo subraya que se ha podido celebrar el referéndum, no la derrota. Además, se ha celebrado con la aquiescencia y un papel muy determinante del Reino Unido y Cameron. Compararse con Escocia es tramposo, sobre todo cuando aquí se pretende hacer de manera unilateral. Son realidades muy diferentes: ni el nivel de autogobierno de Escocia es comparable al de Cataluña ni Reino Unido tiene siquiera una Constitución escrita, y la no escrita prevé la posibilidad de independizarse. Allí se ha respetado la legalidad.

–¿No es abonar la confusión pedirle un gesto a Rajoy? La Constitución la reforman las Cortes.

–El presidente del Gobierno es el líder del primer partido del país, y por lo tanto la solución depende mucho de él. ¿Está dispuesto a trabajar por el consenso? Si se niega, que lo diga. El inmovilismo de Rajoy en éste y otros temas es un enorme problema porque exacerba los ánimos del independentismo. El PP ha hecho más por la independencia de Cataluña que ERC en toda su trayectoria.

–Alex Salmond dijo una semana después de perder en Escocia que la secesión seguía viva. El nacionalismo es infinito.

–El nacionalismo no se acaba como tampoco se acaban los problemas y tensiones de cualquier sociedad. Pero incluso en los países donde ha habido consultas –Escocia o Quebec–, éstas sirven al menos para que durante unas décadas el tema no se vuelva a plantear.

–El socialismo andaluz aún piensa que un inmigrante del sur es un voto seguro para el PSC.

–En Cataluña ya no hay andaluces sino catalanes de raíces andaluzas. Las nuevas generaciones ya no tienen ese vínculo sentimental.

El vago, el mesías y el aliñador

Fede Durán | 2 de octubre de 2014 a las 8:00

EN teoría, un sistema se reforma desde el sistema salvo que medie revolución, y las revoluciones siempre salpican sangre. Si Artur Mas no está dispuesto a asumir ese coste, sólo le queda regresar al carril cuerdo y fomentar una mayoría en las Cortes que permita un doble cambio constitucional. El primero consistiría en eliminar la idea de que la soberanía nacional reside en el pueblo español, traspasando esa nebulosa a las diferentes islas autonómicas para que hagan y deshagan a su antojo. El segundo implicaría transferir a esas mismas CCAA la capacidad de convocar referendos sobre cualquier tipo de materia, incluida la independencia.

Para lograr ese objetivo, y ateniéndonos a los últimos resultados electorales, CiU necesitaría el respaldo de PP y PSOE. Los conservadores no están dispuestos a retocar un texto al que atribuyen el don del equilibrio y el milagro de una prosperidad amasada en 35 años aunque en franca regresión. Los socialistas propugnan sin embargo una reinterpretación federal de la Carta Magna, como si España no fuese ya netamente federal, sin atender al discurso maximalista del cuarteto CiU-ERC-ICV-CUP y a la serpiente social que desde las calles reclama valentía y censura dilaciones.

La ley está por encima de los sentimientos, alega Rajoy. El pueblo rebasa a la ley, contraataca Mas. Hagamos una ensalada, intenta terciar Sánchez (Pedro). Todos tienen parte de razón y por lo tanto también se equivocan. El presidente del Gobierno recurre por defecto a la inacción, el de la Generalitat a los contratos de adhesión y el líder del PSOE a los malabares propios de quien dedica el tiempo libre a aprenderse lo que le chivan. Pero vamos con las cuotas de razón: efectivamente, la iniciativa hacia una revisión del engranaje hispano no la debe abrazar quien no cree en ella (Rajoy) sino quien lamenta carecer de alternativas a la secesión (Mas). O quien lamentaba. Porque nadie captura ya en las palabras de Mas pepitas de consenso con el aparato estatal: él quiere lo suyo, bajo sus condiciones y con sus compinches, y cualquier desvío será tachado de “inmovilismo” español, adjetivo del que el nacionalismo ha abusado hasta la saciedad inyectándole la connotación del insulto, de la cutrez, del robo que al final perpetraba el entrañable avi.

El problema de fondo sigue siendo el mismo. Al independentismo sólo le interesa la independencia. Cualquier encaje sobrevenido es un parche que apenas garantizará veinte años de serenidad. Sabiéndolo, apoltronarse es tentador (Rajoy), mesianizarse obligatorio (Mas) y templar gaitas superfluo (Sánchez). España en todo su esplendor.

El chiringuito

Fede Durán | 30 de septiembre de 2014 a las 8:00

ENTRE otros muchos males, el franquismo convirtió a España en la nación más acomplejada de Europa, la única donde una parte del Estado puede desafiar la legalidad sin que el Gobierno actúe con la contundencia exigible. Sería tan sencillo como invocar el artículo 155 de la Constitución, suspender la autonomía catalana e incluso procesar a los promotores de un referéndum descaradamente inconstitucional, adalides que se permiten desafiar desde su virreinato a todo aquel que no considere la suya una aspiración esencialmente divina y por lo tanto indiscutible.

La política catalana es el paroxismo del complejo dentro del complejo. La presión de la metafísica identitaria ha sido tan bestial en treinta años que hasta las siglas más netamente integradoras han de lanzarle guiños conscientes a esa tribu basada en la santísima trinidad del idioma (nada que objetar), la superioridad moral y la manipulación. El ejemplo reciente más clarificador de esta podredumbre se desarrolló la semana pasada en el Parlament, donde Oriol Junqueras, líder de ERC, se ausentó del equipo multisiglas que debía acorralar a Pujol por sus desmanes seculares y más bien agachó la cabeza como el alumno respondón que cuestiona al patriarca. Lo que Junqueras le ha dicho al mundo es obvio: la independencia está siempre por encima de la ética.

Mas quiere parecerse a Macià (1931) y Companys (1934), iconoclastas de la unidad que no obstante dejaron la puerta abierta, al menos nominalmente, al umbilical vínculo con el país. La diferencia es que el actual president, como toda CiU, es bastante más cobarde que aquellos, detalle que acredita una pista: los preparativos para organizar la consulta van tan despacio que no existiría tiempo para desplegarla aun si el TC la hubiese permitido.

La Generalitat ha tergiversado por sistema las referencias históricas, convirtiendo el pulso entre bandos (borbónicos y austracistas, o republicanos y fascistas) en una masa unitaria indiferenciada, y para ello ha contado con el inmenso brazo ejecutor de la radiotelevisión pública y el recurso a la subvención que compra voluntades y potencia el olvido. También emborrona el presente, y lo demuestra Escocia, que se toma alegremente como modelo sin que medien paralelismos: decisión consensuada con el conjunto del Reino Unido, debate admisiblemente constructivo y, sobre todo, victoria del no a la secesión por once puntos. A cambio, los escoceses ganarán ciertas cotas de autonomía que todavía quedarán ridículamente lejos del autogobierno catalán.

Lo que el ministro principal de Escocia, Alex Salmond, advirtió entonces pese a la derrota evidencia la verdadera naturaleza nacionalista: “¿Y quién dice que haya que esperar una generación para la independencia? Con una mayoría absoluta en 2016, estaríamos legitimados para lograrla”. Es decir, que el nacionalismo consiste en jugar una partida de póquer hasta ganarla, para cerrar el chiringuito inmediatamente después. ¿O acaso alguien cree que si algún día vence el sí los profetas de la singuralidad permitirán que sus administrados voten de nuevo? Artur Mas desgasta la palabra democracia siendo el primero en no comprender su significado. Pero su gente no cejará. Y el hartazgo crecerá. España hiede, pero no más que Europa. Ambas sufren la misma enfermedad.

Siete pecados del catalanismo

Fede Durán | 8 de septiembre de 2014 a las 19:25

La médula del nacionalismo catalán es la tribu. Una tribu seminalmente xenófoba (ahí están los escritos de juventud de Pujol sobre los andaluces), en apariencia integradora después (CiU como gozne de la gobernabilidad española) y finalmente secesionista. Ese círculo cerrado se ha creado desde la política y a través de los medios de comunicación autonómicos. Los sentimientos, cimiento de cualquier ruptura, no pesan tanto como el monopolio del poder. Hasta finales del siglo XIX, según Álvarez Junco, no existió un movimiento político catalán, el hoy llamado catalanismo, en realidad hijo del corporativismo. Pero el virus de la independencia ha cuajado en la sociedad, aunque las encuestas difieran sobre su alcance. A continuación se exponen algunos de los pecados que han llevado a esta situación.

1. El Parlament -o sede de la soberanía popular a pequeña escala- está compuesto por 135 diputados. Cincuenta y dos tienen apellidos no catalanes. No es una proporción equiparable al peso demográfico de esa cuña poblacional fruto de la emigración generalizada a partir de los años 50 (busquen en el INE los apellidos más comunes en Barcelona, Gerona, Lérida y Tarragona). La tentación sería pensar que los blasones familiares todavía pesan. Incluso aunque un cordobés de origen, José Montilla (Josep allí), presidiese la Generalitat entre 2006 y 2010.

2. El primer pecado enlaza con el segundo: el síndrome de Estocolmo, asociado a su vez a los complejos, empuja a la mímesis. Dicen los sociólogos que el último en llegar siempre quiere cerrar la puerta. Ese fenómeno rompe el mito, aún defendido por el PSOE-A, de que los hijos (y ya los nietos) de emigrantes votan lo que votaban sus mayores. El hundimiento del socialismo catalán demuestra lo contrario.

3. Tal complejo ha generado una réplica en la cámara regional. Es curioso que un líder como Joan Herrera (ICV) defienda el derecho de autodeterminación aunque en privado se declare contrario a la independencia. Tampoco el PSC logra librarse de la inercia identitaria: sus discursos son siempre respuestas, matices o anexos a la hoja de ruta marcada por los independentistas. Por otra parte, el uso del castellano en las sesiones parlamentarias es absolutamente testimonial incluso entre quienes lo tienen como lengua materna (el propio José Montilla, por ejemplo). La clase política no es ni de lejos un fiel reflejo del pluralismo que sí alimenta a la masa social catalana.

4. Cuando el acomplejado abunda, el disidente es más fácil de localizar. Los pocos que se atreven a alzar la voz y cuestionar el modelo están condenados al exilio o la muerte civil, generándose en paralelo otro defecto estructural: la total ausencia de autocrítica. Espanya ens roba era un lema magnífico porque trasladaba la culpa de las miserias propias al ente (presuntamente) ajeno, pero la confesión a medias de Pujol y los datos que maneja la Policía (unos 1.800 millones irregularmente amasados) han destrozado el argumento más recurrente de CiU.

5. Sostenía recientemente el escritor Alfredo Amestoy que el experimento salvador consistiría en permitir que los catalanes gobiernen España para obtener el reconocimiento que anhelan y demostrar que su fórmula resucitaría al país con un enfoque tal vez más europeo y ambicioso. En realidad, el nacionalismo tuvo la oportunidad de implicarse en los gobiernos en minoría de González y Aznar. Nunca ha aceptado una cartera ministerial, ni siquiera con Duran Lleida en Madrid, el líder más dispuesto a asumirla.

6. La mixtificación de la historia ha agravado el sentimiento de agravio. La caída de Barcelona (1714) no fue fruto de una invasión sino de una derrota en la Guerra de Sucesión. Una parte relevante de Cataluña apoyaba al Archiduque Carlos (un Habsburgo) frente al Borbón Felipe V. ¿Por qué? Porque en la independencia parcial de 1640 (parcial porque no estuvo Tarragona ni toda Lérida), Cataluña se asoció a Francia. Y en Francia mandaban los Borbones. Y los Borbones decidieron hacer de Cataluña su sucursal de medio pelo. El Once de Septiembre o Diada reivindica pues un símbolo que poco tiene que ver con los hechos.

7. Tribu, complejos, cobardía, tergiversación, marginación civil y tacticismo componen el actual atolladero, culminado con un oxímoron de complicada digestión: negociar un contrato de adhesión (una de las pocas buenas frases de Rajoy) consistente en permitir una consulta fechada para el 9 de noviembre donde al votante se le empuje suavemente hacia el sí-sí de la independencia. A Artur Mas, president, le van fallando los cálculos, si es que tenía alguno: no hay apoyos internacionales (Alemania ha sido contundente en el no), los empresarios tiemblan, el Gobierno no se inmuta y Esquerra, el partido genuinamente rupturista, triunfa.

Instinto básico

Fede Durán | 2 de agosto de 2014 a las 11:31

EL nacionalismo siempre se ha alimentado del doble juego amenaza-lealtad, conceptos que se anulan y acreditan el nihilismo subyacente al negocio. Cataluña, la comunidad más corrupta de España según Bruselas, se ha desprendido poco a poco de sus restos de lealtad para dedicarse plenamente a la amenaza. Incluso así, Artur Mas se presenta ante Rajoy con 23 peticiones adicionales al derecho de autodeterminación que la doctrina internacional sólo reconoce a las colonias. Se supone que el presidente, a menudo tan pachorrón, debería hacer algo.

Se supone desde la parte contraria, desde el PSOE y desde cualquier partido con una idea de nación menos clara que sus pares filosóficos de Alemania, Francia o incluso la siempre polarizada Italia. Pero por una vez la táctica de Rajoy funciona. Por pura coherencia, ante el chantaje sólo cabe la pasividad. El tiempo es un formidable ácido sulfúrico cuando todo está en contra. Y el Govern tiene como enemigos a Bruselas, Merkel y Hollande (Valls), entre otros. Incluso Viviane Reding, la número dos de Barroso en la Comisión Europea, tuvo que meter en el cajón sus simpatías catalanistas para adaptarse al rígido molde de la geopolítica contemporánea: nadie en el viejo continente permitirá que el jersey comunitario se deshilache desde la Península Ibérica.

Mas es un tipo antipático y prepotente. Su expresión de asco cuando se le formulaba una pregunta en castellano en el Palau de la Generalitat era tan elocuente que no necesitaba contestar en catalán para explicitar su desprecio. Su equipo y él venden la imagen de una convivencia fantástica con España cuando Cataluña se separe, una pirueta curiosísima si se anota que lo que cultivan desde sus medios y sus discursos es el desprecio. ¿Cuántas veces hemos leído, escuchado y visto el lema del Espanya ens roba? Y sin embargo robaba Jordi Pujol. A espuertas y embutido en la senyera. Cataluña está por encima de un individuo, sostienen ahora sus herederos. Ya era hora: un individuo ha estado por encima de Cataluña durante 34 años.

Al pueblo catalán le sucede exactamente lo mismo que a sus compatriotas ibéricos. Ha padecido a una clase política muy por debajo de las exigencias inherentes al Estado de bienestar en que el país se había instalado. España ha progresado pese a sus dirigentes, pese al under the table, pese a la kafkiana ralentización de las mejores ideas y al masoquista castigo a los mejores cerebros. El verdadero hecho diferencial es que no hay hecho diferencial. Al fin lo vemos claro.

Rajoy dejará que Mas se hunda solo. Ya está ocurriendo aunque no le falten salvavidas y aguadores. Quizás sea su único verdadero éxito en dos años de mandato marcados por reformas de corte alucinógeno (educación, aborto, tasas judiciales, fiscalidad) y palabras triunfales sobre la salud de un paciente (España) que no se cura ni a tiros. Si se anota el triunfo y también manda a paseo a Urkullu (un señor que pide el poder que ya tiene), es capaz hasta de ganar en 2016. El hombre vive de placeres básicos.

España se pudre

Fede Durán | 13 de mayo de 2014 a las 14:12

La clase política española viene demostrando, con la excepción primigenia de Suárez (hablemos sólo a partir del 75-76), que la democracia le viene grande. España es una dictadura de partidos: las Cortes se someten a la disciplina de las siglas, el poder judicial está contaminado por un sistema de designaciones extrajudicial, las connivencias son antes con la banca y las grandes corporaciones que con el pueblo, y el sentimiento de casta o corporativismo es tan obvio que avergüenza.

No hay altura en el debate, ergo jamás la habrá en las soluciones. La disciplina de partido elimina la divergencia en favor de la jerarquía (franquismo puro a menor escala). Mentir es costumbre (ahí quedan los programas electorales). Y la corrupción se ha convertido en un titular habitual y universal (ERE, Gürtel, Bárcenas, Filesa, ITV).

Hay quien, como Susana Díaz, considera su dedicación exclusiva a la política el mejor aval de su capacidad. Otros socialistas más veteranos (Chaves, Borbolla) justifican la ausencia de currículum con el relleno de la experiencia y los intangibles del carisma y el liderazgo. Excusas de mal pagador: un gran político ha de cultivarse y experimentar previamente en la esfera privada, esté o no afiliado a unas ideas, para cumplir su misión sin haberse criado en una pecera y sabiendo retirarse en un plazo nunca superior a los ocho años.  A pueblo se le sirve, no se le aburre.

Moreno Bonilla (PP) falseó sus méritos nada más relevar a Zoido. Valenciano hizo lo propio al apuntar a Bruselas. Díaz ni siquiera se molestó porque no tiene nada que maquillar. Rajoy y Rubalcaba llevan en esto toda la vida. Digámoslo claro: por supuesto que el poder corrompe. No necesariamente empujando a la malversación o la prevaricación, sino intoxicando el ego, alejando el espíritu de la realidad, entrenando la mente para contentar a todos sin contentar a ninguno y acostumbrando al cuerpo a la sobremesa cinco estrellas con séquito y contertulios poderosos.

Los medios de comunicación no ayudan. La información declarativa pesa demasiado. Hay un seguimiento exhaustivo a los partidos por falta de imaginación. Se les registra hasta el bostezo y se les permite la humillación de las ruedas de prensa sin preguntas. Fíjense en los telediarios: entre la política y el fútbol apenas se cuelan las novedades de la sangre.

Muchos opinan que Zapatero fue el peor presidente de la democracia. Rajoy quizás le supere. ZP avanzó al menos en la senda social, modernizando por ley a un país tendencialmente conservador, pero Mariano, con su pasividad envuelta en volutas de puro caro, va camino de romper cinco siglos de sociedad con Cataluña. Es probable que incluso si Rajoy fuera más proactivo la tensión fuese idéntica: su proactividad estaría limitada por sus creencias. Tampoco ayudan Mas y Junqueras. Lo del contrato de adhesión es cierto. Y por favor, que nadie recurra a la Historia para salvar el presente. Esa tecla sólo activa el pasado.

La única solución contra la partitocracia y el adiós catalán impone un reto bestial. La sociedad debe despertar para que no le pase como al protagonista de Monterroso: al dinosaurio hay que ahuyentarlo, o echarlo, u obligarlo a transformarse en mamífero. Aunque parezca increíble, España cuenta por primera vez en su historia con una clase media aceptablemente solvente. De ahí ha de partir la solución. Como pese a todo encomendarse a ese deseo sigue pareciendo insensato, la conclusión más realista es también la más aterradora: PP y PSOE gobernarán ad eternum (ahora pensarán que Fraga tenía razón en el 76: un sistema electoral mayoritario, a la inglesa, habría consagrado la ley del péndulo, eliminando el prurito de las alianzas), Cataluña se independizará tanto si al Estado le parece bien como si decide recurrir a las armas (el ejército está tranquilo, advierte sutilmente Morenés), el País Vasco seguirá sus pasos y la vieja y gloriosa nación quedará reducida al adefesio de una mezcla artrítica sin dos de sus almas. Entretanto, la clase alta pagará menos impuestos que la media-baja, el tipo real de Sociedades seguirá demostrando que tener una pyme es hacer el primo, cientos de miles de autónomos se habrán rendido, el paro se sedimentará en los seis millones, las universidades serán cotos cerrados sin competencia ni fichajes, apenas un 1% de la población hablará inglés en condiciones, la I+D únicamente aparecerá en los discursos de los candidatos, y todavía alguno soñará con recurrir a los anabolizantes del ladrillo.

Pienso en Machado, Ortega o Vives. Pienso en los Balcanes o la URSS. Pienso que nos estamos acabando, esta vez sí, para vivir peor.