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De lombriz a anaconda (y viceversa)

Fede Durán | 9 de mayo de 2014 a las 12:30

EN 36 años, apenas media vida, España ha mudado de piel política y económica para dejar de ser lombriz y convertirse en anaconda. El inicio de la democracia fue ilusionante aun con la alargada sombra militar empañando parte de la foto. Las recetas de Fuentes Quintana, el exitoso aterrizaje capitalista y el ingreso en la CEE convirtieron por momentos al país en un cohete cuyo hito fueron los dorados años falsos (1996-2008), excesivamente inspirados en el ladrillo y el pladur del pelotazo.

Adolfo Suárez, hoy santificado pero antaño despreciado (Fraga, Areilza), apuñalado (González) o marginado (don Juan Carlos), se olvidó de intrigas y se entregó al pueblo hasta plantar los cimientos del edificio actual. Fueron sus arquitectos constitucionalistas los que más fallaron, tal y como demuestran hoy los quistes vasco y catalán y el generalizado clima de agravio y localismos que caracteriza a España, quizás con permiso de Bélgica el Estado europeo menos ducho en la gestión de las tensiones territoriales.

El principio de solidaridad/igualdad incordia más cuanto menor es la bonanza. Seis años de crisis han bastado para contaminar las aguas del proyecto común, colocando a Cataluña en un escenario cuasisedicioso de imprevisibles consecuencias para el todo y la parte. El caso vasco es diferente (plan Ibarretxe, 2004) porque el País Vasco, igual que Navarra, es una especie de ducado libre asociado: cuenta con las ventajas de pertenecer a España sin padecer sus lastres –e incluso así muestra periódicamente el colmillo de la insatisfacción–.

Los pilares de Suárez se derritieron en gran parte porque no existen ya dirigentes de su talla y con su vocación. Si a un país se le pudiesen atribuir voluntades, Cataluña –la oficial y la promocionada– quiere independizarse bajo un viento legítimo: la convicción de que en solitario mejorará su bienestar. Esa aspiración ha generado un combate esquizofrénico. Las balanzas fiscales han acabado convirtiéndose en un género de autor, con émulos de Kaurismäki en Extremadura, Madrid, el frente levantino y la principal región implicada.

De producirse, los divorcios han de afrontarse con frialdad de sicario. Hasta la fecha, parafraseando a Rajoy, Artur Mas simplemente ha ofrecido un “contrato de adhesión”, una partida con las cartas marcadas, un elige tu propia aventura unidireccional. De nada sirve agotar el manantial de las explicaciones históricas o sociológicas. Pero cuando Cataluña vote, y tarde o temprano votará salvo que el Gobierno decida recurrir a la violencia, Rajoy, o quien mande tras él, tendrá que negociar un adiós equilibrado, un cómputo justo donde se reflejen las condiciones que la ex nación precisa para que sus ciudadanos no pierdan más de lo estrictamente imprescindible: qué pasa con la telaraña estatal delegada, con la deuda catalana, con las inversiones compartidas (El Prat, por ejemplo) y con los cientos de miles de catalanes que querrían conservar sus vínculos administrativos con la vieja, cansada, escasamente imaginativa y siempre procelosa España.

Inevitablemente, es cosa de dos

Fede Durán | 8 de abril de 2014 a las 19:54

EL PLENO DEL CONGRESO DEBATE LA CONSULTA SOBERANISTA DEL PARLAMENTO DE CATALUÑA

 

LA mayoría del Parlament considera que, tras las últimas elecciones autonómicas (2012), el pueblo exige la independencia. Para constatar tan crucial mandato, la Generalitat propone al Estado un referéndum aclaratorio. Celebrarlo consagraría la vía Quebec, consistente en acumular noes hasta alcanzar el liberador.

Los promotores de la secesión tienen parte de razón, igual que la tiene Madrid. Ni conviene negarle al ciudadano la posibilidad de reorientar su futuro, ni tampoco procede que una parte condicione al todo con planteamientos que afectan a esa secular suma. “No hay retorno”, advertía ayer la comitiva catalana. Curiosa forma de apelar al diálogo. “Inicien los trámites para una reforma de la Constitución”, agregaba Rajoy. Su alergia habitual a cualquier tipo de liderazgo.

Es cierto que Cataluña tiene su hemeroteca de miserias y glorias, como la tiene cualquier otro país sobre la faz de la tierra. Mucho antes de que el concepto de Estado-nación flotase en la conciencia de la ciencia política, los catalanes marcaban un camino diferenciado por su condición fronteriza (ejemplo: imperio carolingio) o por su bravura militar y comercial (fue más bien Aragón la región beneficiaria en los albores de la fusión).

Ya muy cerca de Westfalia y por tanto de la conceptualización, Cataluña vivió la mala experiencia de una independencia parcial: en 1640, el mismo año en que Portugal hace el petate tras su breve matrimonio peninsular y uno antes de la intentona del duque de Medina-Sidonia, parte del territorio (ni Lleida ni íntegramente Tarragona) pasó a la órbita francesa. Los borbones utilizaron al satélite catalán en el peor sentido del término. Un puñado de años después, Cataluña regresaba a sus viejas alianzas. Lo de 1714 fue distinto: hubo dos bandos, no una conquista española –tal y como falsea la iconografía nacionalista– y un castigo posterior del bando vencedor al sector vencido.

Con Utrecht, Gran Bretaña crea una puerta trasera para comerciar con las Américas. En ese mismo siglo XVIII, Sevilla y Cádiz pierden el monopolio ibérico comercial (excluida Portugal), y Cataluña aprovecha la ocasión. Tampoco les fue mal durante el Imperio: el músculo militar lo aportaba Castilla; y aunque España doblase a menudo los cabos de la bancarrota, la cuña del noreste podía parecerse más a Flandes o Génova que a los tercios y los capitanes alatristes. Que se lo pregunten al conde-duque de Olivares.

Cataluña, con los matices expuestos y otros muchos omitidos, ha estado siempre conectada al resto de España. Los voceros del adiós cabalgan a lomos de un bisonte sin bridas: quieren lo más porque entienden que vivirán mejor. Lo quieren por encima de la ley y el pacto constitucional. Mezclan razón y fantasía. Culpan al otro. Utilizan los medios de comunicación para alimentar al monstruo. Pero condicionan al resto, así que es legítimo que el resto se pronuncie, facilitando en la medida de lo viable una revisión del todo o, incluso, ese divorcio en apariencia tan anhelado.

 

España contra Cataluña (III): la reinvención

Fede Durán | 22 de diciembre de 2013 a las 19:15

Una conclusión empírica separaba por defecto a la Cataluña política, de natural protestón, de su sociedad civil: la tensión demandante del nacionalismo era una cosa y el afecto (o el sentimiento de pertenencia, o las identidades corales) otra. Esa sociedad mediterránea sintetizada en la figura del botiguer representaba la cultura del pacto en contraposición a la vehemencia, por ejemplo, del movimiento identitario vasco. Donde aquellos tenían al federalista Almirall, éstos oponían al secesionista Arana. Donde unos exhibían un frente proconstitucionalista (el Pacto Democrático por Cataluña), los otros (PNV) propugnaban la abstención en la votación de la Carta Magna de 1978. Si Terra Lliure duró 13 años y nunca gozó del favor popular, ETA enraizaría sólidamente en diferentes trenzas de la hidra vasca y todavía hoy existe con respiración asistida.

El “motor del sur de Europa” ha votado tres estatutos. El de Núria (1931) cosechó un respaldo casi estalinista (99,45% de síes) con una participación cercana al 75%; el de Sau (1980) perdió adhesiones (88,15%) y poder de convocatoria (59,7%); y el del Tripartito I (2006, sin bautismo geográfico) se desinfló sin contemplaciones, tal y como avala el porcentaje asociado al evento: apenas un tercio largo del electorado depositó la papeleta afirmativa. Resulta sorprendente que en ese prolijo e intervencionista texto descanse la semilla de la discordia, como llamativo es, igualmente, que en la trastienda de aquellos tiempos parpadeen los cuatro nombres clave del momento actual: José Luis Rodríguez Zapatero, Mariano Rajoy, Pasqual Maragall y Artur Mas, cuatro presidentes de distinto rango.

Zapatero se rebeló como el tonto útil de un Maragall a su vez estafado por Mas, hábilmente colocado en la foto final del acuerdo Estado-Cataluña pese a que la reforma estatutaria partió del PSC y contó con la notable aportación de ERC. Rajoy hizo el resto trasladando el asunto al Tribunal Constitucional, que aplicó la podadora en 2010 y dio alas al discurso de la afrenta. Desde entonces nadie estuvo cómodo. A la sonrisa bovina de ZP sucedió el laissez faire mariano. Ambos son tal vez los peores presidentes de la democracia, y han empalmado sus mandatos. A la ambición inicial de un Maragall finalmente decepcionado prosiguió el iluminado mandato popular de un Mas parecido antes a tenebrosas figuras de la Historia continental que a aplaudidos libertadores del pensamiento y las naciones.

Quizás la atribución de responsabilidades no tenga demasiado sentido si se atiende al fin último del nacionalismo, perfectamente expresado hace unos años por Duran Lleida ante la pregunta del millón: ¿Cuándo se acaba el discurso de la reivindicación? “Nunca. No se acaba nunca”. En realidad, Duran se equivocaba porque la meta definitiva supera con creces el discurso tradicional de CiU. Las exigencias terminan con la independencia. Políticamente, ya no hay vuelta atrás. Ni el concierto económico, inasumible para el resto del país atendiendo al peso de Cataluña en el PIB, ni la ampliación del techo competencial saciarán una sed que no está sólo en los despachos. Uno de los pulmones catalanes y parte del otro viven hoy enamorados de una idea a la que confían su redención monetaria y su eclosión tribal.

Es difícil medir las pulsiones de un país, calibrar el consenso en torno a la secesión y registrar el grado de frialdad con que el maremoto social abraza el caramelo del adiós. Reina allende el Ebro la sensación de que el president Mas ha roto involuntariamente con la virtud más sagrada del pater patriae Pujol: escapismo desde Barcelona pero estadismo desde Madrid, siempre con el aristotélico resultado del equilibrio entre los suspiros y el pragmatismo. CiU no puede recular porque ha invocado al Leviatán, una criatura tan colosal que apenas necesita tutelas.

Diseccionémosla brevemente: basa su entidad en cierto optimismo infantil y en una llamativa ausencia de autocrítica. Las corruptelas secularmente fraguadas en los fogones de la Generalitat, o más exactamente en las entrañas de la coalición hegemónica, se han volatilizado de la memoria colectiva ante las dimensiones de la empresa nacional. Pujol es el padre (tal y como demostró el caso Banca Catalana), Mas el hijo y CiU el espíritu santo. Son intocables. Pertenecen al santoral. El nuevo catalán independentista confía en un horizonte limpio e ilimitado donde no caben ni la expulsión de la UE ni la prolija letra pequeña derivada: aranceles, restricción de movimientos, huida del sector privado o efecto boicot a sus productos. Cuando se vayan, si se van, tendrán que lidiar con un sentimiento novedoso: aprender a vivir sin culpar de sus males a los demás. Y ni con ésas. Inevitablemente, la deseuropeización sería a sus ojos una maniobra ladina del pérfido Estado español. Al folletín le quedan cientos de episodios.

El proceso adolece en Cataluña de carencias que no se observan en la carrera paralela de Escocia, donde la consulta nace del acuerdo entre la parte y el todo y donde, además, se ha hecho un esfuerzo pedagógico por tasar, con criterios más o menos objetivos, las consecuencias del divorcio (El Libro Blanco de la Independencia: 670 páginas). Por contraste, aquí ni siquiera se conocen las balanzas fiscales, criaturas más cercanas al parecer a Tolkien que a la ciencia contable. La Generalitat ha optado por recrudecer la vía del alunizaje, y para muestra los botones del polémico y victimista simposio España contra Cataluña: una mirada histórica celebrado la semana pasada, el rol proselitista seguido hasta hace poco por La Vanguardia desde sus púlpitos de opinión, la escasísima repercusión de las voces discordantes en TV3, Catalunya Ràdio y los otros satélites del pesebre público, o el balbuceo acomplejado que el discurso maximalista provoca en la derecha no catalanista (PP) y el socialismo nacionalista (PSC).

Sostenía Ortega y Gasset que el problema catalán era sólo cuestión de cincuenta años de administración honrada, aunque sin aclarar a qué administrador se refería. Como ambos, el estatal y el autonómico, han fallado largamente en la gestión, vale más retomar las dos Españas y el corazón helado de Machado. Y aquí entra en juego una incertidumbre de carácter: conocemos al catalán pactista pero no al catalán rebelde. La referencia contemporánea es el Plan Ibarretxe, un órdago que acabó en nada, convirtiendo al vasco guerrero en vasco razonable en virtud del sencillo y universal principio de legalidad. Sería paradójico que el catalán del siglo XXI haga el camino a la inversa.

Ocurra lo que ocurra, los temblores septentrionales se dejan notar en la Meseta, generando un interesante y a veces tenebroso movimiento de fichas. El Gobierno del PP, fiel a su minimalismo expresivo, ha abandonado sin embargo la abulia. No habrá referéndum, Artur Mas convocará elecciones plebiscitarias y Cataluña entrará de hecho en una fase de redundancias al necesitar que la previsible mayoría en favor de la independencia moldee algún tipo de acción superior (de nuevo la consulta; de nuevo la movilización). Entretanto, el bloque ministerial tendrá que tirar de flema, con Pedro Morenés (Defensa), Jorge Fernández Díaz (Interior) y Alberto Ruiz-Gallardón (Justicia) a la cabeza. Una escena tan grotesca como legal (la prohibición de la consulta por la fuerza; el encarcelamiento de Mas; la suspensión de la Autonomía) santificaría la causa secesionista.

La trama cuenta asimismo con un ingrediente andaluz. La presidenta de la Junta, Susana Díaz, embarcada en una intensa campaña de autopromoción y aclamada por el PSOE más desnortado y mediocre que se recuerda, reclama su cuota de protagonismo invocando una fórmula descatalogada. Hacer las cataluñas para catequizar a los refractarios es actualmente inútil porque: 1) el millón de andaluces que emigró lleva tiempo integrado en todas las tipologías del voto, incluido el prístino independentismo de Esquerra. 2) La Federación de Entidades Culturales Andaluzas en Cataluña (Fecac), ya sin el eterno y bastante oscuro Francisco García Prieto al frente, no luce ni una cuarta parte del peso que sí tenía bajo el pujolismo. 3) El PSC atraviesa su peor racha desde el inicio de la democracia: las encuestas le aproximan cada día más a la intrascendencia política, por debajo en intención de voto de CiU, ERC e incluso Ciutadans y a la altura del PP e ICV.

Thomas Pynchon creó en Vineland un hermoso matrimonio de palabras, los crujidos estructurales, perfecto fresco del porvenir español si Cataluña logra su objetivo. El País Vasco más abertzale desde el nacimiento de ETA en los años sesenta observa plácidamente la evolución del conflicto con la esperanza de poder aprovechar el trabajo de desgaste de ese otro nacionalismo que nunca ha sido ni primo ni hermano. Para Rajoy, imaginar la ruptura territorial quizás sea una memez, pero no hay que subestimar los quiebros de la Historia. Es probable que Hungría nunca pensase antes de Trianón que perdería Transilvania. Si Cataluña se marcha, España estaría escribiendo su epílogo por la magnitud del efecto llamada: Navarra, Baleares, Valencia y Galicia son imitadoras potenciales. Incluso si sólo se marcha Cataluña, el edificio quedaría destartalado: ¿alguien se imagina a la Comunidad de Madrid asumiendo en solitario el grueso del principio de igualdad (solidaridad suena más chusco aunque sea más cierto)?

Por su propia complejidad, Europa asiste al espectáculo reservándose una opinión oficial. Cataluña, más que Escocia, será el modelo exportable e inspirador. Y, si cuaja lo que Mas llama, no sin elevadas dosis de mesianismo, el mandato del pueblo, habrá otro efecto dominó, esta vez internacional e intracomunitario: Francia, Italia, Bélgica, Reino Unido (por Irlanda del Norte) e incluso Alemania cargan con sus propias dosis de centrifuguismo. La paradoja sería endiablada y estaría muy alejada de las tesis que Bruselas maneja en la actualidad: la UE tendría que elegir entre cortar el ingreso al club comunitario a esos nuevos miniestados o facilitar su permanencia para no acabar padeciendo la misma deconstrucción a la que España parece predestinada.

La Constitución de 1978 está clínicamente muerta, y no sólo por el modelo territorial. Definir qué cirugía requiere para alargar su esperanza de vida y cuántas alternativas reales a la secesión se ofrecen desde el Estado será en los próximos dos o tres años la tarea de los estadistas con que España desgraciadamente no cuenta. Ningún marco jurídico es intocable ni inmortal. Se vea como chantajista, romántico, ultrajante o sencillamente posibilista, el neoindependentismo catalán coloca al país ante la obligación de reinventarse. Si se pulsa el botón del Estado asimétrico, habrá ganado una o dos décadas de paz (recuerden la frase de Duran). Si se toca el de la despedida (el mutuo acuerdo existe: Checoslovaquia es un ejemplo), España asumirá por primera vez el fracaso de su propia idea y un descenso de categoría: sin Cataluña, será una nación más pobre. En todos los sentidos.

España contra Cataluña (II)

Fede Durán | 13 de diciembre de 2013 a las 8:00

El problema del nacionalismo catalán es que ha endurecido tanto el mensaje que apelar ahora a la concordia chirría. Su concepto del entendimiento no es ni remotamente parecido al que maneja el Gobierno: se basa en que el Estado acepte transferir a la comunidad autónoma la competencia para convocar un referéndum cuyo objetivo es la independencia. Es lógico que las fuerzas centrípetas sonrían con malicia y aclaren que tal concesión jamás tendrá lugar. Pero entre la posición maximalista sostenida por CiU e ERC y el inmovilismo mesetario caben soluciones intermedias. O eso llevan diciéndonos una buena temporada.

Es mentira. El nacionalismo digerirá cualquier concesión como una victoria parcial, básicamente porque nunca antes ha tenido tan clara la meta de la secesión. Y quien quiere lo más desprecia lo menos. El federalismo que patrocinan PSOE y PSC no se entiende demasiado: ¿No es ya España un país federal? ¿Qué son las CCAA sino miniestados?

La Cataluña identitaria ha trabajado bien la propaganda, desde la escuela pero también desde los medios afines, que han sido muchos y no sólo públicos. Y el eslogan ha calado. Hablamos ya de una realidad que está en la sociedad, así que tampoco tiene demasiado sentido tratar de refutar su origen. Sólo cabe una vía: autorizar la consulta. En tal caso, las dudas son otras. ¿Qué ocurre si se impone el no? ¿Estarían los promotores del sí dispuestos a aceptar el resultado o volverían a la carga en diez o quince años, cuando se hubiesen amontonado suficientes nuevos agravios? ¿Cómo se replantearía una Cataluña fuera del sistema internacional (UE, OTAN), una Cataluña sin culpables a los que endosar todos los defectos de su futuro? Y, si gana el sí, ¿quién y en qué medida garantizará los derechos de esa minoría mayoritaria que previsiblemente florecerá en torno a statu quo?

Que sólo quepa una vía no significa que vaya a materializarse. Porque Rajoy entiende que existe otra consistente en no hacer nada o, llegado el caso, hacer demasiado. Recuerden la frase de Pedro Morenés, ministro de Defensa, cuando la cosa catalana comenzaba a tomar cuerpo. “El Ejército está muy tranquilo”. Salvo para los miopes, encerraba una nítida amenaza a la que se han unido acciones recientes contra la línea de flotación de la democracia española: la muy discutible ley de seguridad o la reforma del Código Penal son pavorosos ejemplos. Parece como si el Gobierno se estuviera pertrechando.

Escribía Goethe que toda separación significativa genera un átomo de demencia. Esa separación ya se ha producido, al menos espiritualmente, y el átomo de demencia es en realidad todo un sistema solar. Sin darse cuenta, España está reeditando su historia, su destino, su mal hado, el de un país asfixiado bajo el yugo de las dictaduras durante medio siglo XX, licenciado en la autodestrucción y absolutamente adicto al maniqueísmo.

.Cat (la esperanza)

Fede Durán | 16 de octubre de 2013 a las 12:47

Una nube tóxica envuelve las relaciones Cataluña-resto del país (vascos aparte). Los dioses griegos recurrían a la niebla para proteger a los hombres. Nuestra niebla es diferente: en lugar de preservar, encadena y asfixia. Es la cúpula del trueno.

Las culpas de la facción nacionalista se diseccionan día a día en los medios no catalanistas. Pero pocos reparan en las responsabilidades del Gobierno central (PP) y en la borrosa y mórbida contribución de PSOE e IU a solucionar el problema. Se echan en falta gestos de generosidad y palabras de amor hacia una tierra hondamente mezclada con las colindantes. Sevilla, por ejemplo, está plagada de apellidos catalanes (en el callejero y en el DNI), por aludir a la misma historia que justifica a ojos de otros diferencias menos determinadas por la raza que por el clima o la geografía.

¿Cuánto costaría admitir la existencia del marrón y la amenaza del divorcio? ¿Por qué no se elabora un plan no sólo basado en el dinero sino también en la cultura, la lengua, la fraternidad y, en general, el espíritu constructivo? Y, a todo esto, ¿dónde está ahora la sociedad civil española, ésa que debería ser capaz de construir puentes sin tutelas políticas?

Muchos catalanes incómodos con la situación desearían una tercera vía, una voz amable, un alejamiento de la crispación. Quizás fuese sólo el incierto pilar sobre el que construir otra estructura, pero al menos sería un comienzo.

Miopía

Fede Durán | 23 de octubre de 2012 a las 20:14

La manipulación de los medios públicos de comunicación no es exclusiva de unas siglas, pero es cierto que el PP se ha cargado, en apenas unos meses, el oasis de periodismo cualificado que ZP había instaurado en RTVE. Sí, sí, las comunidades autónomas demuestran que esta tendencia es universal: ahí están Canal Sur desde un flanco y Telemadrid desde el otro. Pero la cosa central, o estatal, parecía salvada. Error.

Los Desayunos de TVE son el ejemplo más evidente. La (sana) tensión del programa conducido por Ana Pastor (no entremos en lo que cobraba, hoy no toca) ha dado paso al templo del valium. La presentadora, María Casado, no alcanza la rapidez necesaria para acorralar a sus invitados, o al menos para sacarles jugo más allá de la obviedad y la consigna, y el plantel de tertulianos se ha vuelto completamente azul: cuando acude alguien de El País, es para subrayar su extremo aislamiento frente a colegas de La Razón, ABC, El Mundo o la Cope. Lo cual me lleva a otra conclusión: el panorama mediático español es claramente de derechas, y más desde el sepelio de Público.

Me han impresionado los últimos análisis del cuarteto azulón anteriormente descrito. Nadie dice ver amenaza alguna en el nacionalismo vasco, como si Urkullu fuese de repente un hombre de Estado dispuesto a renunciar a la soberanía. Tarde o temprano disparará esa bala, y lo hará una vez observe qué ocurre con CiU, que hoy es ese desbrozador hispano a la conquista de El Dorado. Tampoco fomenta mi fe en el oficio la lectura común sobre las elecciones gallegovascas: si la victoria de Feijóo en Galicia se interpreta como un triunfo de Rajoy, ¿por qué la caída hasta el cuarto puesto en el País Vasco no es una horrible derrota?

El mal momento del PSOE da para más sorpresas. La Razón lo acusa de aliarse con la extrema izquierda. ¿Cuál es exactamente la extrema izquierda si tenemos en cuenta que la Falange (por ejemplo) es la extrema derecha? ¿Izquierda Unida? ¿Esquerra Republicana? ¿Es una broma? El socialismo ha cavado su tumba, ciertamente, sobre dos errores conocidos: las alianzas con partidos sin vocación nacional y su desastrosa y ya proverbial gestión económica. Pero son pecados que también comete el PP, aliado en más de una ocasión de los nacionalismos conservadores cuando las matemáticas no le alcanzaban o sólo le permitían ser comparsa (Aznar en 1996 en el Congreso; Sánchez-Camacho ahora en el Parlament) e igualmente torpe en la búsqueda de soluciones a la crisis actual. El mito del curandero Rato murió con Bankia y tras las generales del 20-N. La diferencia entre PSOE y PP, lo que explica que unos se desangren y otros aguanten, es que en España la izquierda siempre ha estado fragmentada mientras la derecha aprovechaba la forzosa fusión franquista (carlistas, alfonsinos, Falange, las JONS) para reforzar, ya en democracia, su vocación granítica.

También me perturba la candidez con que se afronta la cuestión catalana. Nadie en la división azul está leyendo entre líneas. Artur Mas ha dejado claro, para quien quiera entenderlo, que su Govern estaría dispuesto a recular si alguien en La Moncloa les invita a negociar un nuevo sistema de financiación y algunas golosinas federales o de Estado. No hay señales de que existan otras soluciones. España, con sus fronteras actuales, es una eterna cuenta atrás, y contentar a los nacionalistas es la única manera de ganarle segundos al reloj de la historia. Muchos renegarán de este planteamiento, y será legítimo que lo hagan, pero la integridad territorial exige concesiones en un país tan sometido a las fuerzas centrífugas.

Cierro como abrí, con una crítica. El periodismo arrostra su doble crisis como puede, o sea mal. Precariedad, despidos y cierres apenas encuentran un contrapunto en frágiles proyectos digitales. Es la hora del rigor y la calidad, de la honestidad y la independencia. La visión de unos profesionales alineados y complacientes con sus amos es la antesala del peor futuro posible.

Entresijos del caso Reding

Fede Durán | 20 de octubre de 2012 a las 12:03

El pasado 26 de septiembre, la vicepresidenta de la Comisión Europea, Viviane Reding, concedía una entrevista a Diario de Sevilla en un generoso despacho del Parlamento andaluz. La agenda de la luxemburguesa quemaba, pero en media hora larga dio tiempo a todo, incluida, casi al final del intercambio, una doble pregunta sobre el futuro de Cataluña en la UE si finalmente logra la independencia. Ésta es la transcripción:

-Cataluña plantea actualmente la posibilidad de independizarse. Pero si lo hace debería abandonar la UE y negociar su ingreso. Desde su salida habría un agujero en la libertad de circulación de personas y bienes en la Unión.

-No querría inmiscuirme en asuntos de política española, pero no pienso ni por un segundo que Cataluña quiera dejar la UE. Conozco a los catalanes desde hace mucho tiempo, he sido una de las pocas personas no catalanas en recibir la Cruz de Sant Jordi, y sé que su sentimiento es profundamente europeo.

-No le pregunto por la posibilidad de que Cataluña quiera o no ser parte de la UE, sino por el proceso que se abre cuando dejen de serlo. Lo dice la Convención de Viena: el Estado resultante de un Estado matriz abandonará todos los organismos internacionales en los que la matriz esté representada.

-Vamos, hombre, la legislación internacional no dice nada que se parezca a eso. Por favor, resuelvan sus problemas de política interna en España. Yo confío en la mentalidad europea de los catalanes.

Las palabras de Reding provocaron una reacción en cadena. Prensa, radio, televisión e internet hicieron circular la noticia y editorializaron al respecto. Madrid llamó a Bruselas y exigió explicaciones ante lo que consideró una peligrosa aproximación al problema del secesionismo. José Manuel Durao Barroso, el jefe de la vicepresidenta y comisaria, contactó con la oficina de la Comisión en Madrid, que a su vez se acogió al derecho de réplica y publicó en los mismos nueve diarios una aclaración bastante tibia. En realidad -vino a decir-, lo que la dirigente comunitaria sugirió es que interpretar la normativa internacional es harto complicado.

El látigo periodístico siguió sacudiendo, y distintos medios extranjeros se interesaron por el asunto. Normal: Gran Bretaña, Italia, Francia, Bélgica o Alemania arrostran similares complejidades territoriales. La Comisión inició entonces una segunda fase. Ya no se trataba de rectificar (con trampas) a Reding sino de censurarla. Su portavoz, Meena Andreeva, aseguraba al portal escocés newsnetscotland.net que la respuesta a la segunda pregunta fue: “Vamos, resuelvan los problemas internos de España en España. Yo confío en la mentalidad europea de los catalanes”. Paralelamente, el representante de la Comisión en Madrid, Federico Fonseca, iba más allá: “Leo con sorpresa que se atribuye a la vicepresidenta una frase que nunca dijo”.

Pero el ataque estaba mal planeado por una sencilla razón: el periodista grabó la entrevista. La frase (real) estaba ahí. Reding dijo lo que dijo, no lo que Rajoy le dijo a Barroso que debería haber dicho. Y el independentismo catalán lo ha celebrado como una victoria, o al menos como un avance esperanzador. Porque lo cierto es que si Bruselas no define su postura sobre el fenómeno es porque no tiene claro el ordenamiento jurídico internacional. Las Convenciones de Viena, tal y como explica el reportero escocés Martin Kelly, son un conjunto de tratados auspiciados por la ONU pero no incorporados a la legislación de la UE. “Ni el Reino Unido ni España ratificaron la convención de 1978″, explica Kelly. En ella se recoge la previsión de que el nuevo Estado resultante de la independencia salga de los organismos internacionales en los que estuviese representado el Estado matriz.

Nadie sería capaz de aclarar si la polémica frase de Viviane Reding fue fruto de la sinceridad, del dominio de la ley o de su total ignorancia. Pero son muchos los ojos puestos en la opinión oficial de la UE al respecto. La Generalitat que preside el convergente Artur Mas adelantó hace unos días que Cataluña “internacionalizará el conflicto” si el Ejecutivo central impide un referéndum sobre la separación. Escocia celebrará el suyo en 2014 tras pactar civilizadamente sus términos con el Gobierno británico. El independentismo flamenco ha ganado terreno en las recientes municipales belgas. Y hasta el tecnócrata Mario Monti, primer ministro interino en Italia, ha sugerido la convocatoria de una cumbre europea informal para analizar cuidadosamente el auge del secesionismo en la UE.

En cualquier caso, Bruselas se boicotea cuando maquilla la realidad. Su problema es humano: tiene tantas voces como sensibilidades nacionales, territoriales y étnicas. Unificar el discurso sólo es asequible si antes se unifica -a todos los niveles- la institución. Reding ha acabado pidiendo disculpas y la Comisión afirmando que dará a conocer su actitud hacia Cataluña cuando España lo reclame. Así, sí.

El caso Reding

Fede Durán | 18 de octubre de 2012 a las 21:07

Por la honestidad demostrada, por el cable que me echa y porque la verdad queda definitivamente clara, os dejo el enlace al artículo del periodista escocés Martin Kelly sobre la entrevista que hice a Viviane Reding, el formidable revuelo que sus declaraciones causaron en Madrid, Barcelona y Bruselas, y el intento de manipulación orquestado desde la Comisión Europea.

http://www.newsnetscotland.com/index.php/scottish-news/6071-exclusive-european-commission-changes-vice-presidents-catalonia-remarks-after-pressure-from-madrid

España: renovarse o morir

Fede Durán | 15 de octubre de 2012 a las 19:25

Esta mañana viajaba en el aerobús que conecta Barcelona con la T-1 aún bajo las sombras de la madrugada y la plancha del sueño de acero. El chófer escuchaba Catalunya Ràdio. La palabra Cataluña sonó al menos veinte veces en menos de cinco minutos. De la Transición a esta parte, la identidad catalana se ha forjado desde la política (nacionalista), pero sobre todo desde los medios de comunicación.

Rajoy enfoca mal el problema. Es la silueta perfectamente definida por Dionisio Ridruejo en 1955: “El español lo espera todo de un milagro, lo que unido a su poca imaginación y a su falta de libertad interior nos da su incapacidad para la vida de convivencia”.

En el fondo, cree que Mas va de farol. Y se sabe arropado por el marco constitucional y comunitario. Su táctica: no, no, no (y perdonen si me acuerdo justo ahora de la Winehouse). Pero quizás haya llegado la hora de barajar opciones. La sangre no debería ser del siglo XXI ni de Europa o España, que ya vertieron suficiente en el XX. La simple negación tampoco: no deja de ser gasolina en la hoguera. Toca negociar, y ahí caben dos opciones. O se negocia el mapa de la independencia a lo british, civilizadamente, previa autorización de la consulta y siempre que ésta refleje un posicionamiento masivo; o se negocia un nuevo Estado.

Negociar un nuevo Estado es difícil. Requiere altura de miras, característica poco común en la política contemporánea. Y exige valentía para: A. Vertebrar un sistema de financiación donde las compensaciones interterritoriales no mermen la competitividad de las regiones más productivas (es lo que reclamaba al fin y al cabo CiU hasta cambiarse a la chaqueta, más radical, de la secesión). Ya es hora de que los más pobres (Extremadura, Andalucía, Canarias) se desprendan del jergón del victimismo (victimismo históricamente justificado en bastantes casos, cierto) y aprendan a pelear por sí solos, con generosa ambición y sujetos a una sociedad infinitamente más fiscalizadora de la gestión política. B. Tocar los párrafos de la Constitución necesarios para convertir el Senado en otra cosa; reformar el sistema electoral; jubilar la Monarquía; acabar con los fueros vascos y navarros; y garantizar un mínimo tronco común que dé sentido, aunque sea livianamente, a la siempre discutida idea de España.

La España federal, o más federal (el Estado autonómico ya ensaya esa fórmula), encierra peligros bien conocidos. El principal es la profundización en las miniestructuras de país, las duplicidades, la amenaza del mercado único, la segmentación al fin y al cabo irreversible e ineficaz. En Bélgica, flamencos y valones firmaron la sentencia del muerte del entendimiento cuando decidieron dejar de concurrir bajo las mismas siglas políticas (socialistas, conservadores) para diferenciarse por ideas pero también por idiomas.

El sábado almorcé en El Raval con un buen amigo catalán e independentista. Creo que el tono del debate fue modélico, una muestra de cómo podrían ser las cosas en esta España tan habitualmente vehemente y espumosa. Él, periodista como yo, admitía que Cataluña no necesita inexorablemente la independencia sino un marco más adaptado a sus aspiraciones. Incluso con independencia, me decía, España y Cataluña deberían caminar juntas. Una especie de asociación entre iguales. No sé si comparto el enunciado de la fórmula a lo Puerto Rico, pero me temo que no existen alternativas realistas: o Cataluña gana poder o Cataluña se marcha.

Otra cosa es que nos guste más o menos que se marche. Objetivamente no creo que existan dudas: en el corto plazo, las consecuencias serían pésimas para España, que perdería el 20% de su PIB y casi ocho millones de habitantes (importantes, por ejemplo, en la asignación de eurodiputados), y tampoco coserían y cantarían los catalanes, abocados de primeras a un aislamiento internacional y sometidos al imprevisible factor emocional de la economía en sus intercambios comerciales con sus ex compatriotas.

PP y PSOE tienen dos problemas casi irresolubles. No crearán una posición común (uno) porque sus dirigentes, sus bases y sus canteras son mediocres (dos). Rajoy transmitirá de Rubalcaba la imagen de un vendepatrias. Rubalcaba endosará a Rajoy el monigote de la parálisis. Y entretanto el problema se enquistará. Observen a Cameron y Salmond, cordialmente discrepantes pero a la vez suficientemente maduros como para pactar las condiciones de un referéndum y aceptar el consiguiente resultado sea cual sea.

Posiblemente Ortega tuviese razón. Posiblemente el caso catalán no sea solventable sino tan solo soportable. Si así fuera, convendría exhibir la misma madurez que ingleses y escoceses, compartir mesa, cerrar los términos del acuerdo y encarrilarlo lo menos lesivamente posible. Nadie quiere amar a quien no le ama. Eso se lo dejamos a los antiguos reyes.

España según el New York Times

Fede Durán | 8 de octubre de 2012 a las 19:40

Cuando empezábamos en esto, muchos periodistas españoles teníamos dos grandes referencias. Una, en casa, era El País; la otra, fuera, The New York Times. Respecto a la primera, la accesibilidad a su hoja de servicios en los últimos tiempos, la vejez, los testimonios de ex compañeros y la trayectoria sinuosa de Prisa, la empresa matriz, me hicieron recalibrar el listón y admitir, con pesar, que ningún medio escrito supera hoy la altura prescrita. Quizás El País siga siendo el mejor diario de España (siempre es mi primera lectura), pero me divierte más, con la carga polisémica que el verbo divertir encierra, El Mundo, y me resultan más imprevisibles y por lo tanto apetecibles sus firmas de opinión y algunas de sus aproximaciones a la actualidad. Para no cerrar este párrafo enviando una impresión equivocada, matizaré que, como conjunto, la cabecera de Pedro J. Ramírez recurre en mi opinión demasiado a menudo a las trampas periodísticas. Cualquier colega de profesión sabrá a qué me refiero.

El santo que parecía intocable en el altar neoclásico de cualquier iglesia de la Gran Manzana era el NYT, un periódico con siglo y medio de historia, planteamientos liberales (en el mejor sentido del término) y un ojo clínico en general certero, envuelto todo además en el halo de seriedad del periodismo anglosajón. Era un mito que hoy arde en la pira de la superficialidad. Tres reportajes sobre España y su crisis multiplataforma han bastado para convencerme. El primero retrataba el todo a partir de la parte: quienes buscan comida en la basura se han convertido en una imagen de marca y en un ejército creciente que ya no distingue entre obreros, bohemios y ex acomodados. Era el posicionamiento del reportaje firmado por Suzanne Daley, acompañado por una ristra de fotografías de indudable calidad artística pero discutible imparcialidad: quien no conozca España y las vea, podría concluir fácilmente que esto es el Brasil minero de Sebastiao Salgado o cualquier pueblo de Vietnam después de unas toneladas de napalm. La segunda jugada fue menos elegante (se publicó tras una visita del damnificado a la cúpula del NYT) pero más rigurosa: Doreen Carvajal y Raphael Minder explicaban pulcramente los problemas del Rey Juan Carlos para lavar su imagen en un momento en que los españoles están para pocas bromas y menos cacerías. La pega, nada irrelevante, es que la información tasa en 2.300 millones de dólares la fortuna amasada por el monarca sin especificar fuentes y añadiendo acto seguido que la cifra no es exacta porque incluye propiedades del Estado cedidas a la Casa Real para su uso y disfrute. Pocos días después, era un editorial el que atizaba a Rajoy y Merkel por su obsesión con la disciplina fiscal y la alarmante falta de imaginación de la clase política europea para estimular la economía sin renunciar a la exterminación del despilfarro. La mano inspiradora de Krugman se notaba entre bambalinas. No encuentro objeciones en este caso.

La tercera mancha, la más reciente, es en realidad un posicionamiento claro a favor de las voces que reclaman la independencia de Cataluña (entrevista a Artur Mas, testimonios sobre el hartazgo catalán por el “expolio español”), sin que sorprendentemente nadie en el NYT se haya molestado en ofrecer visiones o versiones contrapuestas, un principio básico del periodismo.

Lo cierto es que las grandes marcas de este oficio no son ya los medios en sí mismos sino las firmas que los habitan o aquellas otras que brillan en el desierto de conglomerados mucho menos poderosos. La escuela anglosajona exhibe innumerables virtudes: la premisa del “un párrafo, una idea”, la sobriedad estilística, el carácter incisivo o la vocación de universalidad. Se me ocurren varios ejemplos de excelencia periodística: William Shirer, John Lee Anderson, Gay Talese, Robert Kaplan… Pero conviene descolgar de toda noticia procedente de esa factoría la presunción de infalibilidad.

España pasa por un muy mal momento, sí; sus fronteras pueden revisarse a medio plazo, también; la Monarquía es una institución cuestionada, de acuerdo; nuestros dirigentes carecen de la audacia necesaria para enmendar las cosas y ofrecer al país una autopista de esperanza, absolutamente. Lo que no cuela es comprar sin condiciones los retratos manufacturados desde el prejuicio, la falta de hondura y un aroma amarillento que la industria reservaba hasta ahora a los clásicos de la telepredicación.