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Anatomía de la crisis islandesa

Fede Durán | 27 de abril de 2013 a las 12:56

El frío de Islandia y sus vientos ásperos equivalen a algo parecido al formol, porque el 1966 de Elvira Méndez parece como mínimo un vigoroso 1975. Residente desde hace 11 años en Reikiavik, la madrileña expresa una moderada consternación por las camadas con las que trata diariamente en las aulas tanto en inglés como en islandés, chavales sin una cultura del esfuerzo, mentes multitarea que nunca rascan la superficie de los hechos, vikingos alérgicos a la concentración. Uno diría que la catedrática habla en realidad de España.

-Islandia, cuatro años después.

-Aprendimos que la crisis abría una ventana de oportunidad. En este tiempo se han hecho muchas reformas y se ha preservado en la medida de lo posible el Estado nórdico del bienestar, pero no se ha abordado lo fundamental, que es el sistema financiero y la creación del dinero. Eso sigue siendo intocable. Mientras no se determine cómo se crea la moneda y cómo funciona la banca, no vamos a solucionar nada.

-¿Tiene el pueblo suficiente fuerza para doblegar a un dúo tan poderoso como el que forman políticos y banqueros?

-Como decía Sampedro, el poder político actual caerá. Los ciudadanos nos hemos dado cuenta de que, lamentablemente, nuestros dirigentes europeos han perdido la soberanía económica. Son incapaces de reconocerlo, y eso lo entiendo. Imagínese a la UE afirmando que carece de las herramientas para darle la vuelta a la situación. La clave, a 15 años vista, pasa por el trabajo para despertarse y concienciarse y entonces reclamar a todos los niveles -europeo e internacional, FMI, Banco Mundial, G20- un nuevo sistema financiero que regule la capacidad de los bancos para crear dinero desde la nada y limite la economía de la especulación, que es un agujero negro del universo que se lleva por delante toda la economía de lo real.

-Esta crisis demuestra que la economía es una magnífica novela negra. Es decir, ficción.

-Cuando creas una moneda, el interés crece exponencialmente y hay un momento en que la producción de bienes y servicios de un país y su capacidad de devolver préstamos se agota.

-¿Dónde estaban los activos en Islandia?

-No existían. Eran nubes de humo que desaparecieron, y de repente no hubo actividad económica suficiente para pagar esa deuda pero quedó la reclamación. Y entonces caen primero las familias, luego las empresas y finalmente el Estado. Rajoy lo está haciendo muy bien en España al no pedir el rescate. A las multinacionales lo que más les gustaría es que se solicitase porque eso crearía estabilidad y además la factura pasaría a los ciudadanos. El Gobierno está resistiendo a la socialización de una deuda privada. No podemos orientar toda la sociedad, como dicen Nussbaum y Stiglitz, a la brújula de este interés financiero. Necesitamos un desarrollo más humano y sostenible que ponga a las personas y los números en el centro del interés económico. Mientras no haya una actuación jurídica que diga que ha habido un cambio de circunstancias y que no se va a pagar, no avanzaremos.

-A veces da la sensación de que estamos inmersos en una nueva guerra donde las víctimas siguen siendo las mismas (el pueblo) aunque esta vez no mueran.

-En la historia de la humanidad la liberalización de los deudores ha llegado siempre a través de una guerra, que es lo único que convence a los acreedores de que esa deuda es impagable. Luego se acuña una nueva moneda, pero al cabo de 25 ó 30 años los intereses de los préstamos creados con ese dinero ficticio sobrepasan la capacidad de pago y vuelta a empezar. Vivimos una batalla financiera que no utiliza munición ordinaria sino otra distinta que es la deuda.

-Uno de nuestros mejores periodistas, John Carlin, visitó Islandia en 2008 y la describió como un paraíso en la tierra.

-Cuando vino Carlin habló con la Administración y los representantes económicos y financieros, llegando a la conclusión de que este país era casi perfecto, pero era una impresión errónea. Estamos muy aislados geográficamente y sufrimos un clima muy difícil seis meses al año, pero a cambio nuestra sociedad es mucho más humana y pequeña, y los niños son la prioridad número uno. A Carlin le faltó hablar con la ciudadanía y con movimientos y asociaciones críticos. Ellos ponen las puntillas a las declaraciones oficiales. El problema es que esos grupos están ocupados en sus batallas internas con los poderes del país, y esas discusiones se desarrollan en islandés y no tienen eco en la prensa extranjera. A Europa le llega sólo una parte de la historia. Con las finanzas pasó lo mismo. Hay pocas voces disidentes en Islandia, pero ésas y otras de fuera avisaban de que el sistema era insostenible. Danske Bank criticó en un duro informe el modelo de banca islandesa en 2006 y alertó de la burbuja, pero entonces contraatacaron los poderes nacionales, que decían: no entendéis el modelo islandés.

-… Que se basaba en la macrocefalia.

-Cuando un sector financiero crece el equivalente a tres o cuatro veces el PIB de un país, todavía el país puede gestionar el proceso de reordenación desde el interés común. Cuando se crece nueve o diez veces el PIB, la situación se invierte y es el poder financiero el que toma las riendas.

-¿Por qué cayeron los tres grandes bancos islandeses?

-En 2006 se les cierra el acceso al crédito internacional y el propio FMI les aconseja que busquen más depósitos, y por eso se abren sucursales en el Reino Unido y Holanda. Cuando llega la crisis de Lehman y cuando en 2008 las perspectivas se vuelven tan sombrías para los bancos, están cerrando balances y se dan cuenta de que no podrán afrontar los pagos del siguiente semestre. En ese momento, ya hay una gran preocupación entre británicos y holandeses, que empiezan a retirar sus depósitos. En Islandia se nos dice que todo está bajo control. Pero estos bancos se encuentran de la noche a la mañana en una situación de quiebra técnica, como sucedió en España con las cajas, y entonces acuden al Banco Central de Islandia, que también está en bancarrota.

-…Y se aprueba una ley de emergencia.

-Que consistió en asumir que esa deuda de diez veces el PIB no se podía trasladar a la ciudadanía porque significaba la bancarrota del país. Fueron los tres bancos, no el país, los que se declararon en quiebra. El Gobierno rescata en primer lugar a los depositantes. Luego se criticará que se rescata sin límite: los contribuyentes hacen un esfuerzo desproporcionado para salvar a un 5% de la población que vive a una escala privilegiada, porque el resto tiene ahorros de entre 60.000 y 70.000 euros. Los que sufren las pérdidas son los tenedores de bonos y acciones y los inversores. En este caso, los bancos alemanes, pero lo pudieron asumir porque aquello era entonces una gota de aceite en el océano de sus beneficios.

-¿Y el ahorrador extranjero?

-La metodología para rescatar a los depositantes extranjeros fue distinta. En Islandia se hace una recapitalización de los bancos, pero el Gobierno hace una declaración política diciendo que están garantizados e inmediatamente se prohíbe comprar divisas y se devalúa la corona. Los ahorradores islandeses no sacaron su dinero porque era absurdo esconderlo debajo del colchón. La divisa ya se había devaluado, y meterlo en una caja fuerte implicaba el riesgo de perderlo si se emitía una nueva moneda. A los ahorradores extranjeros sí se les rescata, pero no con dinero público sino con los activos de los bancos. Los islandeses no se negaron a pagar a secas, se negaron a pagar esa deuda externa como deuda soberana de la nación. La obligación moral del deudor nunca se negó. La ley de emergencia estableció que esa deuda no se iba a socializar porque la habían creado los bancos, no la gente. Gran Bretaña y Holanda no quisieron esperar, devolvieron los depósitos y presentaron a Islandia la factura con los intereses. El tribunal de la EFTA nos dio la razón en enero de 2003: no existe ninguna norma en derecho europeo o internacional que diga que existe la obligación de convertir la deuda privada de los bancos en deuda soberana del Estado.

-Ésa es una afirmación casi revolucionaria.

-Lo que me hizo abrir los ojos es fue un curso que la ONU imparte para las nuevas élites de los países emergentes. Uno de los monográficos se centraba en la deuda soberana, y ahí Naciones Unidas les dice: aprended, porque este tema puede dar lugar a una responsabilidad incluso criminal. Cuando se trata de la deuda soberana de las próximas generaciones tenéis que elegir a los mejores y ser conscientes de que el país va detrás. Se les dice que lo primero que van a intentar organizaciones como el FMI es convertir deuda privada en deuda del país. Se les insta a resistir ante esas presiones porque en caso contrario se destruye a generaciones enteras. Lo hemos visto en Argentina. Vivir para pagar el interés del interés del interés. En los Presupuestos españoles de 2013 el pago de intereses se come un 25% del total. La lección islandesa es que no existe una obligación legal para meterse en ese laberinto y que atención con asumir el riesgo.

-Islandia ha sido un ejemplo de democracia directa. Diseñó una nueva Constitución desde internet que aún no se ha estrenado.

-La reforma constitucional se pidió desde la calle y el Parlamento que se formó en 2009 aceptó darle la palabra a los ciudadanos. La reforma exige un sí en dos legislaturas: el Parlamento aprueba la reforma por mayoría simple, se disuelve y pasa la pelota a los siguientes legisladores, que deben avalarla para que comience a funcionar. El proyecto había sido aprobado por dos tercios de los islandeses. La participación en el referéndum fue del 50%, muy elevada teniendo en cuenta que los partidos no se inmiscuyen en este debate ni hacen campaña. A pesar de ello, en el último momento, los líderes de los tres partidos más importantes deciden que no es conveniente aprobar la Constitución en esta legislatura. La han retrasado cuatro años porque es contraria a sus intereses.

On the road

Fede Durán | 8 de marzo de 2013 a las 11:58

EN una de sus innumerables crisis, Japón perdió una década (años noventa). El país, sin embargo, nunca dejó de ser rico. Islandia, la isla semidesierta, ventosa y áspera que John Carlin describió como un milagro de la humanidad, sucumbió a la burbuja financiera(2008-2009). Sus 330.000 habitantes tronaron contra la clase política y bancaria y escupieron sobre los blasones de Gran Bretaña, Suecia y Dinamarca, sus malditos socios habituales. Hoy, la isla recupera el aliento. En 2007, EEUU lanzó al mundo un muerto descomunal: la bolsa negra de las hipotecas subprime, con tantas ramificaciones que acabó afectando incluso a la pujante y casi mitológica España. Esta semana, Wall Street, con su casillero por encima del último gran récord (9 de octubre de 2007), dio por zanjadas las dificultades (ustedes ya saben que los mercados siempre creen tener la razón; la realidad deberá confirmar ese triunfalismo).

¿Y Europa, qué ocurre en Europa? En Europa ocurre, como todo el mundo sabe, que hay una división norte-sur nacida no sólo de los datos macroeconómicos sino también del prejuicio. Hans-Werner Sinn, presidente del Instituto Económico Alemán, explicaba hace unos días en El País que, siguiendo las recetas germanas, a España le queda por delante, cuando menos, otra década de sufrimiento. ¿En qué consisten esas recetas? Básicamente, en el equilibrio de las cuentas públicas, la lucha contra el déficit, la subida de impuestos, la bajada de salarios, la devaluación interna, la palidez progresiva.

¿Funciona esa táctica sólo porque en Alemania lo haya hecho? Ahí están Grecia y Portugal para negarlo. Pero, ¿funciona de verdad en Alemania? Si el termómetro es el paro, afirmativo. Si la brújula es el ahorro, correcto. Pero si la clave es la calidad del empleo o la evolución de la balanza comercial, entonces, ay, ya surgen dudas razonables.

¿Tiene España alternativas? Las tiene. Italia es un buen doble ejemplo, tal y como demuestran la vía Monti -Gobierno tecnócrata con suficiente independencia para planear el cronograma de reformas salvadoras- y la vía MS5 -salvar la nación convirtiendo la política en un permanente ejercicio plebiscitario y de transparencia-. El presidente Rajoy podría haber optado por ambas, pero no lo ha hecho. Su capitulación al norte fue inmediata e incondicional, creando a la vez un escenario perfecto para definirse como incapaz: cada medida impopular no es fruto de mi crueldad sino de un guión preestablecido. Sus reticencias a la autopsia del sistema, al veredicto y a la resurrección son, por otra parte, comunes a nuestra clase política. Reformulemos la pregunta anterior. ¿Tiene España alternativas pese a Rajoy? No. Rajoy es como Franco: lento, cobarde, dubitativo y exasperantemente rocoso. Cargamos con cinco años de crisis (2008-2012). No habrá en principio elecciones hasta finales de 2014. Y entonces la solución tampoco serán el PSOE, IU, UPyD o un Gobierno de coalición. La solución consistirá en que cristalice como papeleta y voto una nueva vía, una vía que aún no existe, la vía de la audacia, la autarquía, la justicia social y el sentido común.

La bestia durmiente

Fede Durán | 23 de diciembre de 2012 a las 13:00

EL neón de la crisis hace parpadear dos palabras, recortes y reformas, aplicadas discriminadamente porque afectan al núcleo del Estado del bienestar -educación, sanidad, pensiones, salarios de la función pública, impuestos, tasas judiciales- pero no a quienes lo tutelan. Rajoy desde el centro y los virreyes autonómicos desde las periferias ibéricas han amputado a las clases medias y bajas lo que ellos, y los poderosos del círculo económico, todavía retienen: un estatus inmutable que consolida la brecha entre ricos y pobres, o entre protagonistas y comparsas, y liquida de paso la aspiración mesocrática de España.

Los poderosos del círculo económico son definitivamente los banqueros y, en menor medida, un puñado de empresarios a los que el mérito cierto sitúa a menudo, o a veces, en un nivel moralmente superior. Porque la banca no ha pagado su factura ni parece que la vaya a pagar mientras el capitalismo funcione como lo hace: con una desregulación perversa en EEUU y una regulación deficiente en Europa que convergen en idéntica conclusión -hasta la victoria siempre, que rotularían en la Cuba del Che- con independencia de la calidad de la gestión, el grado de corrupción y los desfalcos a una clientela no siempre capaz de calibrar el riesgo del producto que adquiere.

La otra tarea ignorada es más grave y puede conducir, como advertía esta semana el sociólogo Manuel Castells, a un estallido de violencia. Porque los políticos han envuelto al país en un lazo lampedusiano -aquel que todo cambie para que todo siga igual- en lo que respecta al ejercicio de sus funciones y la retención de sus privilegios. En su menú de debut, Rajoy incluía una discreta reforma de la Administración Pública que contemplaba la reducción del tamaño de los ayuntamientos (un 30% menos de concejales), una fiscalización mayor de sus cuentas y la elaboración de un mapa competencial sin duplicidades. Se obviaban, no obstante, cirugías a vida o muerte como la eliminación de las diputaciones, la reformulación del Senado, el reenfoque de la ley electoral o las estrategias de gasto suntuoso (protocolo, asesores, flota de vehículos, dietas, residencias oficiales, organismos superfluos o extravagantes, iPhones e iPads de uso público, viajes en primera clase, etc), todas ellas importantes a ojos del ciudadano por cuanto le transmiten cierta sensación de solidaridad en el esfuerzo.

La cosmética encierra en este caso una buena dosis de ética. Admitiendo que España no es Islandia, y que aquí, por desorden mediterráneo, es impensable una macrorreforma participativa y una expulsión en bloque de la clase política, no existen más soluciones. Visto que el ciclo económico no depende de la acción aislada de un gobierno -ni siquiera de varios: Wall Street, la City y Fráncfort disponen-, el recurso a la estética es la única salida para evitar un estallido social. Los españoles mantienen aparentemente la calma, incluso desde fuera se les observa con incredulidad por contraste con los beligerantes griegos, pero que nadie se engañe: ésta es una raza sanguinaria, como todas las razas conquistadoras. Sólo hace falta despertarla.

Islandia: apuntes

Fede Durán | 11 de agosto de 2009 a las 12:38

He vuelto de Islandia sano y salvo, que no es poco. La emergente rutina le mete distancia al asunto, y la distancia significa habitualmente objetividad. Si tuviera que darles un consejo, les diría que vayan, que organicen sus propias rutas (sobre todo por el interior) y se dejen llevar por la fuerza brutal de los paisajes y sus contrastes y la armonía de la soledad.

En cualquier caso, y movido por un espíritu siempre crítico, enumeraré algunos de los inconvenientes de la isla, menores en todo caso si uno la visita exclusivamente como viajero, pero necesarios para despejar parte del mito que la considera uno de los mejores y más felices lugares del mundo.

Comida: Reykjavik se salva por la variedad que implica una ciudad de 150.000 habitantes. Muy buena la carne de ballena. El resto es otra cosa: hamburguesas, mantequilla, (dignas) sopas de día, la combinación nacional predilecta (trucha-cordero) y, con suerte, carne de reno en alguna granja perdida. Acabé echando en falta el estilo mediterráneo.

Clima: Ni siquiera en verano las inclemencias aflojan. Las cumbres, en general modestas, permanecen nevadas todo el año. El sol es un tesoro administrado con cuentagotas. Las temperaturas tienen aquí algo de reto permanente: es posible pasar de la camiseta al forro polar o de la calidez a la tormenta en cuestión de minutos. Otra cosa es el reloj solar: entre julio y agosto, las noches son muy cortas, tres o cuatro horas, y el cielo jamás llega a teñirse por completo de índigo. Ejemplo práctico del espíritu traicionero: caminata de dos kilómetros hasta un doble lago entre montañas negras y blancas (arena de lava; nieve; la piel de una orca), cielo aceptable a la ida, niebla y nieve a la vuelta. Casi me pierdo buscando el coche.

Densidad: Sentirse acompañado es difícil en las entrañas de Islandia, nación casi desierta. Mejor así. Se te incrusta una calma muy sana que los españoles se encargan de destrozar en cuanto pisas el aeropuerto a la vuelta. Para los más urbanitas, éste es un destino vetado. La segunda ciudad, Akureyri, apenas alcanza los 10.000 habitantes. Cuando me puse a recorrerla, se me acabó sin darme cuenta.

Tolkien: Quizás con permiso de Nueva Zelanda, este escenario es el más parecido a la Tierra Media, aunque sin bosques. A muchos les entusiasmará la combinación desierto-campo de lava-glaciares-icebergs-páramo-géiser-acantilado brutal… otros se sentirán terriblemente desesperados. Me incluyo obviamente en el primer grupo. Ojo a las rocas, de todos los tipos y colores, tan plásticas y barrocas que es fácil imaginarles cara. Muchas de ellas representan para los islandeses a los trolls, esos bigardos a los que se enfrentaba Bilbo.

Cámping: Si quieres conocer, debes sufrir. Parece un aforismo chino, pero es real como la vida misma. Los hoteles son caros y están lejos de muchos de los enclaves más míticos. Toca acampar, y no es tan duro cuando te pillas un aislante hinchable y compartes tienda-zulo (el calor humano, divino y económico tesoro). Medalla de oro en el capítulo higiénico. Islandia se suma a Japón como campeón entre los países limpios. España, a años luz.

PD: En el 95% de los casos, los corderos van de tres en tres y siempre repiten una segunda pauta: dos son blancos, uno negro. Prometo investigar el fenómeno.

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Atrapados en Mordor

Fede Durán | 30 de julio de 2009 a las 11:51

En toda regla: atrapados hasta las trancas camino de Langmannalaugar (intentaré escribirlo mejor cuando vuelva a Espanha; las enhes portuguesas también). Somos ocho amigos y estamos en Islandia. Hoy se cumple nuestra primera semana de viaje, y mentiría si dijera que esto es aburrido, previsible o terriblemente europeo. La isla es otra cosa. Riesgo de oriente, riesgo africano en occidente. Las hemos visto de todos los colores, y lo mejor es que queremos más. Langcomosigue es una enorme extensión de desierto y riscos y ríos, muchos ríos. Intentamos atravesarlo de noche para llegar a una de esas piscinas de agua caliente tan míticas y mágicas, pero no hubo forma. Claro, uno se envalentona cuando comprueba que sortea los elementos y es entonces cuando la naturaleza, esa madre poderosa, sonríe socarronamente y te la mete doblada. Uno de nuestros 4×4 quedó atrapado en un barrizal (ojo, aquí también hay arenas movedizas, pero ese testimonio lo reservo para otro capítulo) a eso de las 01.00 a.m. Lo mejor es que no perdimos la calma. A menos de un kilómetro había un pueblucho al que acudimos para pedir ayuda en el otro coche. La primera escena nada más parar fue premonitoria: un vikingo beodo meando en mitad de la nada. Ese mismo muchacho, junto a su hermano, nos siguió hasta el resto de la expedición, ató junto a Aitor (El Último Superviviente, la brújula del grupo) una cuerda en los bajos de nuestro carro y tiró a lo bestia desde su propio coche sin éxito. No logró mover la máquina ni un milímetro. Lo extranho es que no la destrozara. Solución de emergencia: una superficie seca donde instalar el campamento base hasta la manhana siguiente. En mi vida he pasado tantísimo frío allí, en mitad de Mordor, entre rocas y tormentas de arena. Pero todo mejora siempre. Amaneció y descubrimos que a escasos cien metros habían acampado tres suecos robustos con un par de monstruosos 4×4. Ellos lo arreglaron todo. A cambio, nos desprendimos de uno de nuestros más cotizados tesoros: una barra de salchichón ibérico.

Han pasado mil cosas más. Mi pluma está torpe porque me siento de vacaciones y no hilo ni me preocupo, pero esta bitácora es necesaria para que sepan que aquí arriba se esconde un auténtico paraíso árido y camaleónico donde los contrastes son la norma: pasas del polvo al verde en mil metros. Venga y vean, please.

Cuando encuentre el siguiente ordenador, más.

Un abrazo.

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La felicidad de Islandia

Fede Durán | 11 de abril de 2008 a las 17:23

John Carlin es uno de los mejores reporteros de El País. Buena pluma, mejor perspectiva. Como canta El Gincho (Alegranza!, 2007, disco obligatorio), de lejos se ve mejor. Coloquen a su altura sólo a unos pocos elegidos: Enric González, Soledad Gallego, Ramón Besa. Hace un par de veranos, Carlin publicó una serie de historias sobre Islandia. Era un precioso y minucioso retrato de la isla. Sus palabras transmitían admiración y esa clase de amor aplicable no a las personas sino a la geografía. La semana pasada, el periodista británico desempolvó su idilio cuasiártico con un extenso reportaje para el dominical del diario. Su tesis: Islandia es el mejor país del mundo por un buen puñado de razones. Por ejemplo, la cantidad de nacimientos, la esperanza de vida, la economía, el sistema educativo y sanitario, el concepto hiperflexible de la familia -con divorcios que no implican dramas sino uniones más amplias y heterogéneas- y, especialmente, la felicidad que impregna cada islandés poro.

Contra los argumentos cuantitativos poco cabe objetar. ¿Su sistema financiero arrasa? Me lo creo. ¿Su bilingüismo típicamente nórdico permite soñar con una de las mejores redes universitarias? Factible. ¿Son unos hachas en el I+D? Enhorabuena. Pero, ¿de verdad es posible calibrar la felicidad? ¿Cómo se hace? Carlin se basa en un estudio cuya credibilidad sustenta en parte la conclusión de que los rusos son los más desgraciados. Sí, seguro que se trata de una nación repleta de adictos al vodka cuyo principal objetivo vital consiste en: 1. Engrosar el círculo de protegidos de Putin; o 2. Sobrevivir a las mafias, estatales o no, y largarse a las primeras de cambio para no acabar como Litvinenko o Jodorkovski… Y los chinos, ¿no podrían competir por ese puesto? ¿Qué me dicen de los paupérrimos indios (de India y de las indias)? ¿Y de África, siempre expoliada, siempre olvidada?

Vale, hoy nos ocupa la dicha. Los islandeses proclaman a los cuatro vientos la suya y lo hacen sinceramente, sin atisbo de prepotencia o chovinismo. Es indiscutible que si uno se cree feliz tiene todas las papeletas para serlo. Ésa es la clave. Pero no por ello deja de tratarse de un subjetivísimo tema. Habrá que ver cómo aguantan allí el lóbrego invierno. Y el frío. Y el síndrome del aislamiento. Y la ausencia de una cultura culinaria como la mediterránea. Y el hecho de verse obligados a exportar casi cualquier cosa. Si Carlin le preguntara a un andaluz sobre su estado espiritual, probablemente le diría que gana un asco, que el Ayuntamiento es de lo más chapucero, que cada mañana la esquina del portal de su casa huele a orina y que el divorcio le ha chafado su fe en el amor, aunque a la vez admitirá que disfruta de una de las mejores primaveras del mundo, de la cultura callejera a ella asociada, del placer del ritmo suave, del Atlántico y el Mediterráneo. Y, todo ello, pese a la desidia de nuestros políticos, empeñados en eternizarnos en la mediocridad. Quizás se trate sólo de distintos tipos de felicidad. Así uno aparca más fácilmente sus sospechas sobre la medición de conceptos tan etéreos.

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