La felicidad de Islandia
John Carlin es uno de los mejores reporteros de El País. Buena pluma, mejor perspectiva. Como canta El Gincho (Alegranza!, 2007, disco obligatorio), de lejos se ve mejor. Coloquen a su altura sólo a unos pocos elegidos: Enric González, Soledad Gallego, Ramón Besa. Hace un par de veranos, Carlin publicó una serie de historias sobre Islandia. Era un precioso y minucioso retrato de la isla. Sus palabras transmitían admiración y esa clase de amor aplicable no a las personas sino a la geografía. La semana pasada, el periodista británico desempolvó su idilio cuasiantártico con un extenso reportaje para el dominical del diario. Su tesis: Islandia es el mejor país del mundo por un buen puñado de razones. Por ejemplo, la cantidad de nacimientos, la esperanza de vida, la economía, el sistema educativo y sanitario, el concepto hiperflexible de la familia -con divorcios que no implican dramas sino uniones más amplias y heterogéneas- y, especialmente, la felicidad que impregna cada islandés poro.
Contra los argumentos cuantitativos poco cabe objetar. ¿Su sistema financiero arrasa? Me lo creo. ¿Su bilingüismo típicamente nórdico permite soñar con una de las mejores redes universitarias? Factible. ¿Son unos hachas en el I+D? Enhorabuena. Pero, ¿de verdad es posible calibrar la felicidad? ¿Cómo se hace? Carlin se basa en un estudio cuya credibilidad sustenta en parte la conclusión de que los rusos son los más desgraciados. Sí, seguro que se trata de una nación repleta de adictos al vodka cuyo principal objetivo vital consiste en: 1. Engrosar el círculo de protegidos de Putin; o 2. Sobrevivir a las mafias, estatales o no, y largarse a las primeras de cambio para no acabar como Litvinenko o Jodorkovski… Y los chinos, ¿no podrían competir por ese puesto? ¿Qué me dicen de los paupérrimos indios (de India y de las indias)? ¿Y de África, siempre expoliada, siempre olvidada?
Vale, hoy nos ocupa la dicha. Los islandeses proclaman a los cuatro vientos la suya y lo hacen sinceramente, sin atisbo de prepotencia o chovinismo. Es indiscutible que si uno se cree feliz tiene todas las papeletas para serlo. Ésa es la clave. Pero no por ello deja de tratarse de un subjetivísimo tema. Habrá que ver cómo aguantan allí el lóbrego invierno. Y el frío. Y el síndrome del aislamiento. Y la ausencia de una cultura culinaria como la mediterránea. Y el hecho de verse obligados a exportar casi cualquier cosa. Si Carlin le preguntara a un andaluz sobre su estado espiritual, probablemente le diría que gana un asco, que el Ayuntamiento es de lo más chapucero, que cada mañana la esquina del portal de su casa huele a orina y que el divorcio le ha chafado su fe en el amor, aunque a la vez admitirá que disfruta de una de las mejores primaveras del mundo, de la cultura callejera a ella asociada, del placer del ritmo suave, del Atlántico y el Mediterráneo. Y, todo ello, pese a la desidia de nuestros políticos, empeñados en eternizarnos en la mediocridad. Quizás se trate sólo de distintos tipos de felicidad. Así uno aparca más fácilmente sus sospechas sobre la medición de conceptos tan etéreos.

