Obama sólo hay uno
Julián Álvarez quería ser otro Obama. La gran nueva esperanza de la política andaluza, hundida en sus propias miserias desde tiempos inveterados. Cierto, es una persona con ideas, buen verbo y cierta bondad difícil de ver en otros compañeros del gremio. El tipo creía en sus posibilidades. Pero Andalucía no es EEUU ni Álvarez pertenece a una maquinaria tan poderosa y engrasada como el Partido Demócrata. Su estrategia para preparar la campaña partía del propósito, logrado al fin, de unificar las diversas corrientes del nacionalismo medirional. El hermanamiento entre ex hermanos llegó tarde. Había, asimismo, un elemento de riesgo en su concepción de la partida del 9-M: el flanco oriental de la comunidad (Almería sigue siendo rara avis, como si el efecto del referéndum de autonomía fuese imborrable) quedaba totalmente descuidado. Quiso centrarse en sus feudos tradicionales. Feudos de baja intensidad, se entiende, porque jamás soñaría Coalición Andalucista con lograr más de un escaño por provincia. Y el desenlace ha sido el conocido. Cero diputados. Declive imparable. Un Parlamento regional empobrecido por la ausencia de una cuarta opción política en tiempos de bipartidismo. ¿Ocurrirá lo mismo con IU? Da la sensación de que las fuerzas de segundo nivel corren contra el tiempo. Objetivamente es pésimo que el espectro ideológico se recorte. PSOE y PP aún conservan diferencias sustanciales, pero tienden desde hace años al mimetismo. Álvarez habrá cometido sus errores, exactamente igual que Chaves, Arenas, Valderas o cualquier otro líder, pero también paga por los que cometieron sus antecesores andalucistas. Remontar el vuelo será casi imposible, aunque siga entonando el yes we can de su admirado Barack.

