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Sucesiones: un impuesto polémico

Fede Durán | 12 de noviembre de 2012 a las 10:19

El señor Equis, 63 años, es un ingeniero de reconocido prestigio. Su trayectoria profesional fue siempre ascendente. Comenzó en una modesta empresa de Zamora, lo ficharon en Madrid, progresó en Londres y, ya curtido, regresó a España para gestionar su propio negocio y aplicar los conocimientos y habilidades acumulados en años de abnegación. Previsor, habilidoso en el manejo de las cuentas y reacio al derroche, este ciudadano ha logrado ahorrar un millón de euros. Temeroso de los vaivenes de la deuda soberana, el rescate a la banca y el riesgo cierto de quiebra nacional, convertirá el dinero en patrimonio e invertirá en cuatro pisos de nueva construcción. La cifra no es casual: tiene cuatro hijos a los que legará cada una de las viviendas para asegurarles un mínimo porvenir frente al caos.

Si los vástagos del señor Equis tienen la mala suerte de vivir en Andalucía, se enfrentarán al recibir la herencia a un cálculo sospechoso de partida. A efectos del Impuesto de Sucesiones (y Donaciones), sus pisos -que serán la base imponible- tendrán que tasarse por el mayor de estos tres valores: el catastral, el de mercado o el efectivamente pagado. El padre pagó 250.000 por unidad, y el mercado se ha mantenido estable, así que ésa será la cifra clave para liquidar. Mala suerte: al no tratarse de la vivienda habitual del fallecido, los hijos no podrán beneficiarse de la bonificación del 99,9% contemplada por la normativa autonómica. En principio, pues, al cuarto de millón recibido en especie se le aplicará un tipo del 25,50%: 63.750 euros por barba.

Lo discutible no es sólo ese notable desembolso. Lo discutible es que esos cuatro pisos ya pasaron por las manos de Hacienda de varias formas: al abonarlos, el señor Equis pagó el IVA correspondiente; y tampoco se libró del Impuesto sobre Bienes Inmuebles, o los de Actos Jurídicos Documentados, Transmisiones, Patrimonio o incluso IRPF, donde las viviendas no habituales se imputan como renta por un porcentaje de su valor catastral. Nótese que todas las administraciones públicas participan del festín: ayuntamientos (IBI, licencia de obra si procede); Junta de Andalucía (Actos Jurídicos y Transmisiones, Patrimonio, IRPF) y Estado (IVA).

La Junta y sus agencias administrativas recaudaron 13.245 millones en el ejercicio 2011, según consta en la página web de la Consejería de Hacienda. El tramo autonómico del IRPF reportó 4.617 millones; el IVA otros 4.076; los Impuestos Especiales de Fabricación 2.247; y Transmisiones Patrimoniales 677. Sucesiones y Donaciones aparece entre los tributos de clase media y aportó a las arcas andaluzas 326 millones, un 5,49% más que en 2010 y el 2,46% del total. Parece un monto discreto comparado con el rendimiento de los grandes imanes del euro, pero no lo es tanto. Con esos 326 millones se cubre el presupuesto para 2012 del Instituto Andaluz de la Juventud (39,4 millones), el de la Mujer (34,5) y el de Enseñanzas Artísticas Superiores (1,5); de los consejos Audiovisual (5,9) y Consultivo (3,8); de la Agencia de Evaluación Educativa (5) o de la de Defensa de la Competencia (3,5). Incluso así sobrarían 232 millones.

No se trata sólo de un problema de doble (o múltiple) imposición. La figura también provoca distorsiones comparativas en el mercado autonómico. El Gobierno de Artur Mas, por ejemplo, eliminó Sucesiones en plena oleada de recortes. CiU cumplía así una vieja aspiración, pues suya fue, en septiembre de 2009, una proposición de ley que pretendía tumbar esta figura a escala nacional y que el Congreso rechazó. Al presidente extremeño, José Antonio Monago (PP), tampoco le tembló el pulso. En Madrid, País Vasco, Navarra, La Rioja, Baleares, Comunidad Valenciana, Murcia, Galicia, Castilla y León y, más recientemente, Cantabria y Aragón hay bonificaciones tan generosas que suponen, de hecho, la supresión en los casos de herencias entre parientes cercanos y otros supuestos (la adquisición mortis causa de empresas es el más habitual).

¿Consecuencias? Fundamentalmente: 1. (el anverso) Como el impuesto se liquida únicamente donde el fallecido tenga su residencia habitual, independientemente de dónde estén ubicados los bienes que componen la herencia, quien viva en Andalucía quizás se plantee moverse a una región donde el tratamiento fiscal sea menos lesivo para los herederos. 2. (el dorso) Para evitar deslocalizaciones patrimoniales, en los casos de adquisición de una empresa familiar, Andalucía (ley 12/2006, artículo 4) y otras siete CCAA condicionan la aplicación de determinadas reducciones al mantenimiento del domicilio fiscal y/o social en la comunidad durante un periodo de tiempo, infringiendo la libertad de establecimiento recogida en el artículo 139.2 de la Constitución.

El bando de los detractores es tan amplio como el de los defensores. Sobre la diversidad impositiva se ha pronunciado en varias ocasiones el Tribunal Constitucional, que atribuye al Estado la carcasa legislativa -el mínimo común denominador- y a las CCAA su desarrollo, de manera que a sus ojos los principios de unidad e igualdad no peligran aunque Madrid dispense un trato más favorable que Andalucía a donaciones y herencias. El problema, según los mismos partidarios del impuesto, es que las comunidades han extendido sus competencias hasta los aspectos definitorios. Y ése es el origen del desequilibrio territorial y de los 63.750 euros que los hijos del finado señor Equis se ahorrarían en otra región.

El tema de la hucha es controvertido y conduce a los teóricos al dilema del samaritano: Versión A. El impuesto no desincentiva el ahorro o la inversión porque la certeza de tener que pagarlo en un futuro invitará a los perceptores a emplear mejor sus recursos productivos y a amasar un colchón de euros lo más grande posible. Versión B. ¿Por qué el señor Equis paga tantísimo a Hacienda por sus cuatro pisos tras décadas de disciplina fiscal mientras paralelamente el señor Hache, compañero de trabajo en Madrid, ha vivido a todo trapo y pagado a sus hijos una educación de lujo en Oxford sin ahorrar un penique? ¿A quién penaliza la Agencia Tributaria en esta comparación?

Sucesiones y Donaciones fue la primera figura tributaria de la imposición personal en España. Los cuatro tributos que gravan el caudal patrimonial supusieron en 2008 una recaudación estatal de 14.378 millones, según la Inspección General del Ministerio de Economía y Hacienda. SyD representa todavía, pese a la plaga de bonificaciones autonómicas, unos ingresos nada desdeñables, 2.730 millones, que permiten costear administraciones paralelas de dudosa utilidad o servicios sociales imprescindibles (el destino siempre es discutible y depende de cada región). En 1982, eran 23 millones; en 1987, 244; en 1992, 480; en 1997, 921; y entre 2002 (1.405) y 2007 (2.745) las cifras no dejaron de crecer. En 1989, por cierto, España entera recaudaba apenas nueve millones menos de lo que hoy capta la Junta en un territorio bastante más modesto. El negocio es redondo.

No obstante, incluso los partidarios de que suceder o donar cueste dinero exigen una reforma en profundidad de la ley. Ahí van algunas de sus sugerencias. 1. Exigir la continuidad de la actividad económica heredada después del fallecimiento del causante y limitar las reducciones a las pymes y a los activos estrictamente profesionales, tal y como aconseja la UE. 2. La excesiva progresividad del gravamen, por la aplicación de coeficientes multiplicadores, invita a reducir o suprimir éstos en función del patrimonio preexistente y del grado de parentesco. 3. Para evitar los excesos de las CCAA, debería corresponder sólo al Estado la fijación de los criterios de valoración de los bienes recibidos. No existe ninguna norma en el ordenamiento jurídico español que atribuya a la Junta la capacidad de establecer la base imponible. Andalucía, por ejemplo, utiliza el valor catastral para la estimación del valor de los inmuebles, pero se autoconcede competencias para aprobar los coeficientes multiplicadores sobre esos valores catastrales. 4. Establecer límites a las competencias autonómicas. Y 5. Aplicar a los ciudadanos no residentes los mismos beneficios con que cuentan los españoles.

Espesas son las sombras que proyecta este impuesto. Pero a ver quién convence a la Junta de que renuncie a 326 millones.

Yes, sir, Andalucía

Fede Durán | 1 de noviembre de 2012 a las 10:46

IMAGINEN que cinco mentes sanas, ajenas a la política, sus pellizcos y sus servidumbres, dedican un mes de sus vidas a preparar una estrategia económica para Andalucía. Provienen de la empresa privada, tienen al menos diez años de experiencia, hablan idiomas y se han pateado el mundo. Si analizasen fortalezas, lo primero que subrayarían es la potente red de infraestructuras de la comunidad. En kilómetros de autopista y autovía, supera ampliamente la media europea. Remachando el entramado del ferrocarril (mercancías, Cercanías), emisarios del país podrían plantarse en Estados Unidos y desplegar con orgullo un mapa donde explicarse: “Sus productos pueden llegar hasta este aeropuerto vacío, se lo regalamos, o por mar hasta Algeciras, y desde ahí sepa que podrá conectar vía carretera o tren con el resto de la Península, igualmente equipada, y con Europa, que es su principal socio comercial”. Los mister Marshall de Texas, California o Florida asentirían a medias, con una sombra de duda en sus bronceados pellejos. “Bien, vale, pero, ¿y el clima?”. Los emisarios sonreirían entonces. “Señores, pueden elegir: tienen Málaga y su termómetro constante; Cádiz y su tapiz africano; Sevilla y su primavera de azahar; Granada y sus cumbres nevadas. Tienen seis meses de calidez, dos de transición y apenas cuatro de ese frío a medias que un londinense consideraría ridículo”.

“A propósito del clima, me interesa mucho el negocio de las renovables”, intervendría uno de los tycoons. “¿Ha dicho renovables? Ésta es nuestra lista de empresas especializadas. Como puede observar, es extensa. Y me gustaría añadir que también bastante internacional. Muchas de ellas venden tecnología en su país, señor, y el Gobierno español se ha comprometido a encontrar una solución satisfactoria e inminente al tema de las primas”, explicaría la misión andaluza.

“Ok, ok, pero yo quiero una casa en condiciones”, resoplaría JR Smith, el más escéptico de los magnates convocados. “¿Una casa, señor? Nuestro stock es infinito y los precios cada día más asequibles. España ha sido el gigante mundial de la construcción, y las empresas del ramo saben manejarse y cuentan con un enorme tejido auxiliar (muebles, ventanas, tejados, suelos, calefacción verde) de compañías especialistas”.

Aprovechando un instante de silencio, los emisarios retomarían la iniciativa: describirían el éxito de las leyes pro mercado único (nada de 17 regiones, 17 mundos), alabarían el acierto de la ventanilla única y la agilidad de los trámites burocráticos, recordarían la ventajosa fiscalidad de la CCAA (sociedades, IVA, IRPF), subrayarían el bilingüismo de la Administración de la Junta y los organismos de asesoramiento y enlace, presumirían de la potencia exportadora de las compañías locales -compañías de ida y vuelta en un planeta interconectado- y dejarían para el final el broche hedonista: un patrimonio histórico-artístico al alcance de pocos, la agroindustria (el proceso) y la cocina (el resultado), la variedad del paisaje y las campañas de recuperación de los mejores entornos naturales, el culto endémico a la buena vida. “Andalusia? Yes, sir, Andalucía”.

Cirugía estética

Fede Durán | 26 de octubre de 2012 a las 10:22

ANTES de la crisis, el sistema solar de la Junta funcionaba como un cementerio de elefantes para los señores con carné del PSOE, que pasaban de la política oficial (diputados, alcaldes, consejeros) a la política oficiosa de los cargos directivos en la generosísima Administración paralela. Los elefantes acababan muriendo más gordos, o más gordas sus cuentas corrientes, y Andalucía lo pagaba en términos de eficiencia y frustración. Porque un funcionario no es necesariamente, ni siquiera a menudo, un cero a la izquierda. Un funcionario tiende simplemente a desconfiar y desmotivarse cuando por encima sólo observa mediocridad y consignas más próximas al bien particular que al común.

Ahora, con la plasta de los recortes, el paro, los impuestos, la prima, el rescate simple o doble y la desintegración de España bien pegada a la cara, la coalición PSOE-IU se aferra a un lema que no es precisamente popular: la defensa a ultranza del empleo público, casi 260.000 puestos entre funcionarios y laborales, el 9,1% del trabajo en la comunidad (la media nacional es del 7,4%). Y lo hace bajo la tremenda amenaza del Tribunal Supremo, que de confirmar la postura del TSJA dejaría en el limbo a entre 22.000 y 25.000 personas fichadas sin observarse (aún presuntamente) los principios de mérito, igualdad, capacidad y publicidad.

En febrero de 2011, la Junta aprobaba, bajo la atenta supervisión del Ministerio de Hacienda, su plan de reordenación del sector público. Amputaba, sí, pero más por estética que por ética: las huestes siguen ahí, intocables, y las empresas, agencias y fundaciones de antes quedan hoy sumergidas en otras instituciones. Los equipos de dirección con carné también sobreviven mayoritariamente, y sólo en casos excepcionales un verdadero técnico, o experto, o brillante cerebro orienta la orquesta y da instrucciones independientes o profesionales, como ustedes prefieran.

Pero la disfunción es además orgánica. ¿Cuántas divisiones tienen más directivos que trabajadores, duplican el cometido de las consejerías o permanecen ancladas en la parálisis como esos tanques que poco a poco se come el desierto? ¿Para qué sirven las agencias de Obra Pública, Suelo o Puertos si ya existe un departamento de Fomento? ¿Por qué sigue en pie una Agencia de la Competencia con 49 empleados y 2,5 millones de presupuesto cuando desde Madrid se puede cubrir ese flanco funcional y otras CCAA -la propia Madrid y Valencia, por ejemplo- la han suprimido? El socialismo andaluz ha renunciado a la purga que le propone la crisis, aunque aún queda la duda del camino escogido por IU en sus escasas áreas competenciales. Quizás una acción a pequeña escala donde el ciudadano identifique la cotizada y hasta la fecha ausente vocación de honestidad retrate por contraste y de manera más cruda la postura de sus socios. O puede que no. Puede que la política confíe en que su divorcio con la sociedad acabe cuando la economía se recupere, las familias y empresas respiren y el cacique de turno sea visto (de nuevo) como un mal necesario.

¿Cuál es el verdadero tamaño de la Junta?

Fede Durán | 21 de octubre de 2012 a las 13:48

Complejo preparar este repor por la opacidad del tema mismo. La sensación: nadie sabe nada, no al menos exactamente. Un buen punto de partida para el debate de la austeridad selectiva: ¿Tiene sentido recortar servicios sociales cuando el aparato de la Junta es tan inmenso y emplea a tantos directivos pata negra, a tanta gente ociosa en agencias vacías de contenido? ¿Qué indica que una Administración desconozca su propio tamaño? ¿Cuánto nos cuestan esas pirámides de Keops? Algo de luz, aquí.

Andalucía desde el corresponsal

Fede Durán | 15 de octubre de 2012 a las 11:59

Con sus 8,5 millones de habitantes y sus 87.268 kilómetros cuadrados, Andalucía es un gigante de los asuntos domésticos. Políticamente, sin embargo, nunca ha estado al nivel de Cataluña y el País Vasco, regiones más complejas, con lengua propia y nacionalismos dominantes. Tampoco económicamente su tamaño se ha traducido en poder. Con un 17,8% de la población española, apenas representa un 14% del PIB nacional. Su impacto mediático en la esfera internacional es pues limitado. Los catalanes, con su recién estrenado proceso independentista, y los vascos, con los rescoldos de ETA aún a tiro de retrovisor, copan portadas y análisis. Pero ese oligopolio ofrece algunas grietas, y rotativos de la primera división mundial como The New York Times, Le Monde, The Guardian, Corriere della Sera o The Wall Street Journal sostienen de cuando en cuando su lupa sobre la comunidad.

Las dificultades para embridar el déficit público, las elecciones autonómicas del 25-M, los atracos supuestamente simbólicos de Juan Manuel Sánchez-Gordillo a distintas cadenas de distribución o el agotamiento del manido cóctel del sol y playa han merecido reflexiones y titulares en los últimos tiempos. Hasta cinco cabeceras de renombre describieron el creciente protagonismo del SAT y su comandante, el alcalde de Marinaleda, un viejo conocido para los andaluces. Sandrine Morel, corresponsal de Le Monde, lo llegó a llamar Robin Hood. “Me pareció muy atípico y original que exista un pueblo medio revolucionario. Es una especie de sueño con problemas, pero funciona mejor que los de alrededor”, opina. Gian Antonio Orighi, de la italiana La Stampa, también entrevistó al diputado andaluz. “Literalmente, es un personaje. Independientemente de su posición política y sin tener en cuenta lo de los supermercados, ha ocupado tierras vacías, en su municipio no hay grandes diferencias salariales y puedes conseguir un alquiler por 15 euros al mes. Marinaleda parece Novecento, la película de Bertolucci, allí hay menos paro que en Salzburgo (que es el lugar con menos desempleo de Europa)”, explica. Giles Tremlett, de The Guardian, advierte que el discurso de Sánchez Gordillo gozará de más predicamento cuanto mayor sea la crisis “porque dice que el problema es de los bancos y los gobiernos, y ésas son palabras sólidas a ojos del ciudadano en estos momentos”.

Raphael Minder, suizo de nacimiento, trabaja para The New York Times en Madrid. En apenas dos semanas ha entrevistado a Artur Mas, el presidente de la Generalitat, y coescrito un reportaje sobre Juan Carlos I. Al menos en una docena de ocasiones ha bajado al sur para informar de temas variados: desde la economía sumergida de Barbate hasta las minas de Río Tinto pasando por la visita de Gran Rabino de Jerusalén a Granada. “Andalucía es una parte de España espectacular a todos los niveles, pero no es una mina de noticias. La complejidad social que deriva de la crisis ha quedado clara de muchas maneras, con la PAC, por ejemplo, o con la pesca, la emigración y el formidable nivel de paro”, resume.

“Piense -añade Minder- que el interés del lector americano hacia una autonomía o un land es el mismo que pueda tener el lector europeo por un Estado federado”. En realidad, tiene sentido. Andalucía es más grande que un puñado de estados -Carolina del Sur, New Jersey, Maryland, Connecticut- y socios de la UE -Bélgica, Países Bajos, Irlanda, Austria, Chequia-, pero las venas de la España político-económica no cruzan Despeñaperros. Lo confirma el delegado del Wall Street Journal, Santiago Pérez: “No hay una imagen tan granular de las regiones. Cuenta el país en general. El modelo autonómico resulta interesante no tanto porque detrás esté el problema del control del déficit -eso es debatible-, sino porque es obvio que entre España y las CCAA la tensión es creciente”.

Una semblanza clásica a cuenta de Andrea Nicastro, del Corriere della Sera: “Andalucía se asemeja mucho al sur de Italia por distintas causas: el gasto autonómico, el problema de la política clientelar y la intervención del sector público para suplir la iniciativa privada en una región tan grande y preparada pero a la vez con tantas lagunas económicas”, resume. “Pero también hay importantes diferencias: una es que Andalucía no tiene mafia y esto procura un ambiente económico, social y político más sano; la otra es que el relativo despilfarro de fondos europeos ha producido infraestructuras y un desarrollo urbanístico y arquitectónico maravilloso”.

Del 20 de noviembre de 2011 al 25 de marzo de 2012 pasó suficiente tiempo como para que la relevancia de las elecciones andaluzas se multiplicase. Mariano Rajoy arrasó en las generales, y las encuestas daban al PP-A una victoria sin precedentes en el gran feudo del socialismo. Las matemáticas, mala suerte, fueron nuevamente implacables y permitieron una coalición PSOE-IU que salvaba los muebles de la izquierda. El fenómeno fue seguido con interés. “La impresión que se tiene desde fuera es que Andalucía resiste frente a las políticas del Gobierno central pero a la vez necesita el dinero de Madrid para evitar la quiebra, así que, de hecho, las diferencias entre unas y otras recetas quedan anuladas”, razona Graham Keeley, corresponsal en The Times. “El Ejecutivo andaluz es un laboratorio de la resistencia socialista española. El PSOE no puede mostrar a Europa un incremento de la deuda, pero a la vez tiene que dejar claro que puede hilar soluciones diferentes a las del PP. Hasta el 25-M, los políticos andaluces no lo hicieron bien. Ahora tienen un estímulo enorme para cambiar y mejorar”, añade Nicastro.

Ninguno de los entrevistados lanza una sola crítica sin contraponer una alabanza. La bolsa de pecados es siempre parecida: los ERE, el caso Malaya, la brutalidad del ladrillo, el monopolio del socialismo, el nepotismo. “Andalucía concentra muchos de los males de España, aunque haya polémicas que no entiendo, como la del PER, que es una subvención a agricultores como otras que existen en la UE”, expone Morel. “Las infraestructuras aquí son de primer nivel, aunque en comparación con Francia echo de menos más movimientos de recuperación de la tierra, poniéndola en valor a través del turismo rural y de jóvenes urbanitas que aporten su talento. El desarrollo urbanístico ha conllevado poca innovación”.

Keeley mete el dedo en la llaga. “El modelo turístico andaluz está agotado. Ya no está de moda el sol y playa, a los británicos les gusta cada vez menos. Ésa es la razón por la que Barcelona se ha convertido en un destino líder: combina playas, cultura y vida nocturna. Creo que Andalucía sufre un problema de marca, porque en realidad sí destaca en algunos ámbitos como la aeronáutica y la industria solar, pero nadie conoce esas ventajas. Desgraciadamente, el escándalo de los ERE refuerza el peor tópico de Andalucía, el de la corrupción y la ineficacia”.

Orighi también da una de cal y otra de arena. “Conozco Andalucía mejor que el sur de Italia, y está mucho más adelantada. Si uno pasea por el centro de sus capitales, le cuesta creer que haya tanto paro. Andalucía era el reflejo de una sociedad medieval tutelada por los famosos caciques. Tras Franco, con el PSOE, la cosa ha cambiado poco. Ha sido la comunidad autónoma peor tratada de todas”, arguye. El italiano se desmarca de la mayoría al hablar del clima. “El calor es un freno a la calidad de vida y a la creación de una buena red industrial. Y luego están los efectos de la burbuja inmobiliaria: hay playas increíbles demasiado llenas de cemento, y es una pena. Llegar desde Doñana a Matalascañas es un puñetazo en la cara brutal. Aquí los políticos han optado por el pan para hoy y hambre para mañana”.

Tremlett utiliza el discurso de CiU y Mas sobre el expolio y las balanzas fiscales para resaltar las sospechas habituales. “He estado varias veces en Cádiz, y va mal, muy mal. Cuando aparece la cuestión catalana es cuando empiezas a preguntarte para qué sirve el dinero del Estado que acaba en Andalucía. ¿Hasta qué punto permite transformar el tejido productivo? ¿O es sólo una especie de subsidio territorial?”. Y acto seguido el matiz: “No creo que sea una cuestión de idiosincrasia. En algunos sitios, por razones históricas, donde la gente no tenía tierras y se trabajaba por peonadas, difícilmente una sociedad es capaz de cambiar. Para cambiar hace falta la emigración, que es lo acabó ocurriendo”, sostiene. “Luego echas un vistazo a los polideportivos, los teatros, la alta velocidad o las carreteras y la CCAA sale bien parada incluso comparada con el Reino Unido. Ha aprovechado bien los fondos recibidos hasta llegar a la paradoja de que, siendo relativamente pobre, está mejor dotada que otras regiones ricas”, concluye.

Andalucía resume en la retina del corresponsal el estado de la actual España: una vieja tierra mágica que, pese a ser regada con el elixir de la solidaridad europea, no ha sido capaz de inventar un modelo de país viable, sólido y diferenciado.

Andalucía castrada

Fede Durán | 27 de septiembre de 2011 a las 12:44

Cualquier país registra diferencias en función de la geografía. La correspondencia desarrollo/retraso puede responder a las coordenadas norte/sur, o este/oeste, y así sucesivamente. El esquema en esta España contemporánea siempre estuvo claro. Andalucía, puntera en los primeros centímetros de la película (fenicios, cartagineses, romanos, musulmanes, etc) perdió fuelle poco a poco, como las aves migratorias que de repente comprenden que, por viejas o por enfermas, no llegarán a la calidez de destino. Franco se encargó de rematar la faena desmantelando la industria que quedaba (la textil en Málaga, por ejemplo) a favor de los polos nacionalistas vasco y catalán, sin duda menos protestones con la panza llena. Y así llegamos al presente, donde la Junta habla (o hablaba, ya no se atreve) de modernizaciones, talento e innovación en una tierra que, más bien al contrario, pierde metros de altura conforme el pájaro se pudre en su libre caída.

Sociólogos, historiadores, antropólogos, políticos y hasta periodistas autocríticos serían capaces de tejer una lista de razones convincentes. La sociedad civil andaluza es clásica, indolente, conformista, improductiva y excesivamente folclórica. Con multitud de matices, podría estar parcialmente de acuerdo porque hablamos de un retrato robot del todo, no de cada individuo o de cada pequeña ciudadela de diferentes. Porque entonces emerge como excepción, o como minoría mayoritaria, una mezcla de talento, energía, visión y ambición que nada debe envidiar a cualquier otro conjunto catalogable (por razones de origen) de ciudadanos.

¿Por qué Andalucía no recorta la distancia que la separa de las ricas? ¿Por qué no lo hace Silicia en Italia? ¿O Chiapas en México? Porque, además de todo lo expuesto, hay realidades subterráneas que nunca se incluyen en la tinta del discurso, realidades bastante feas e implacables, como que una empresa equis, pongamos que sevillana o cordobesa, con igual genio que otra catalana o madrileña, quizás incluso más galardonada por los árbitros de la industria, no recibe del mercado el ok al precio fijado (un precio equiparable al de sus rivales) sencillamente por la procedencia de la marca. Si eres andaluz, debes asumir que cobrarás menos por tu producto. Eres más pobre, ¿recuerdas? Ah, y no nos gusta la competencia.

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El voto

Fede Durán | 8 de marzo de 2011 a las 14:45

En los últimos tiempos, harto ya de esta crisis y de la podredumbre andaluza, vengo pensando posibles soluciones al entuerto, soluciones domésticas, individuales, apenas mi cuota de esfuerzo a un todo desmembrado que ni siquiera sé qué coño quiere. Yo sí lo tengo claro: quiero que el PSOE-A abandone la Junta en bloque, cabizbajo, como un zar Nicolás al que un febrero del 17 le patease (como de hecho le pateó) el culo sin piedad. No, no hay muchas formas de lograrlo, en verdad sólo hay una, y es el voto, ese bien tan codiciado entre políticos y tan etéreo, estúpido y extraño para nosotros. El voto NO es ideología. No para mí en estas circunstancias. En la comunidad no ganará un partido de extrema derecha, ni uno de extrema izquierda, ni tampoco una parida independentista (¿cómo se llama ahora Nación Andaluza?), así que las diferencias de gestión quizás haya que medirlas por el grado de corrupción que implican. Tras 30 años ejerciendo y contaminando, desmantelando y mangoneando, amenazando y sobornando, el cupo socialista está cubierto al menos para cuatro años, que es lo que dura una legislatura (y me quedo corto; mi deseo secreto es que la expulsión, como para Boabdil, fuese vitalicia en tanto el partido no llore y depure su indignidad). ¿Y qué queda como alternativa? En plata: sólo el PP, o sea, sólo Javier Arenas, un tipo que nunca me ha gustado y que, en mi opinión, tampoco ha sabido o querido rodearse de gente especialmente brillante o visionaria. ¿Votar a Arenas es ser un facha? No lo creo: un voto no compromete unas ideas, ni un sentido de la justicia social o del papel de la Administración en la vida del ciudadano. Un voto, en este caso, gestualiza el estupor de un hombre que ha decidido decir basta y que con su acción no vende (en absoluto) fidelidades políticas sino, quiero creerlo así, madurez democrática.

¿Qué le pasa a esta generación?

Fede Durán | 6 de marzo de 2011 a las 19:35

Soy andaluz y vivo en Sevilla. Me crié en Córdoba y vengo de Cádiz. Di algunos de mis primeros pasos en Granada. Amo mi tierra por su color, sus paisajes y sus sabores, pero también por la subjetividad de mis recuerdos y mi presente. Cada mañana, cuando me levanto y repaso los titulares de prensa, descubro algún nuevo mal dato. El paro más elevado (con permiso de Canarias), el Gobierno más corrupto (con permiso de Valencia), la sociedad más indolente (sin permiso de nadie). Empresas que cierran, compañeros amenazados por la crisis, despilfarro de fondos públicos, vandalismo urbano, robo y violencia… y nadie levanta la voz. Ese nadie me incluye a mí. Nos incluye a todos. ¿Qué nos pasa? ¿Ésta es nuestra conciencia democrática, éste nuestro pensamiento del progreso? Bahía de Cádiz, Linares, Córdoba. Inversores que huyen tras el correspondiente escarmiento. Políticos que pagan periódicos en la autopromoción más descarada y burda que yo logre recordar en ésta u otras regiones. Plazas mastodónticas que duplican el presupuesto inicial, calles con socavones del tamaño de Pekín, mierdas de perro, meadas en las esquinas. ¿Somos nosotros la imagen de ese espejo? Eso me temo. Procuramos sobrevivir, inventar pequeños proyectos, conservar lo que tenemos (a ver quién se atreve ahora a pedir más). Algunos emprenden y luchan más que el promedio. Mi hurra para ellos. Pero, en el debate político, económico y social, la abulia nos iguala. Heredamos el esfuerzo de nuestros padres. Algunos sí que doblaron esquinas más rápido que esos grises a caballo con bigote y mala ostia. Algunos lucharon por el sistema actual, por la pluralidad, por la equiparación a Occidente y al continente sin pensar, quizás, que los otros, es decir, nosotros, acabaríamos siendo tan conformistas, tan planos, tan lamentables. ¿Por qué no elevamos la voz y aclaramos a los políticos que en verdad ellos mandan por nosotros? ¿Por qué no colapsamos el sistema poco a poco, golpe a golpe, con la carga plúmbea de lo simbólico y lo fáctico? ¿Por qué no se disculpan y dimiten? ¿Por qué nos toman por gilipollas? Tal vez porque, en el fondo, lo somos. Te deslomas de lunes a viernes y llega la noche y ves a tus amigos como siempre: felices y borrachos (dos estados perfectamente legítimos y sumamente recomendables de cuando en cuando). El problema es que suman, sumanos años, y ya no hablamos de 20, ni siquiera de 25 ó 30. Hablamos de hombres y mujeres hechos y derechos que viven como muchachos huecos, sin ideas ni discurso. Es muy bonito sentarse en una tasca y arreglar el mundo con una botella de vino y una ración de carrillada (cuando los tertulianos logran debatir sin arrancarse los ojos, claro, que aquí el grito equivale a la razón). Es muy bonito pero no transforma nada. No es una catarsis sino nuestra forma de justificar la indolencia. Y eso, si es que decidimos pensar, porque es muchísimo más cómodo contar un chiste o tomarle el pelo a alguien. ¿Necesitamos el grado de podredumbre moral y social del Magreb para reaccionar? ¿Alguien piensa que de verdad estamos tan lejos de un escenario dictatorial? Nosotros somos los culpables. Tú y yo. Por nuestro pobrísimo nivel de autoexigencia. Por acatar la indignidad de un 30% de paro sin levantar el culo del sofá ni exigir a los cuentistas y a los mandamases que espabilen. La sociedad civil, aunque cueste creerlo, todavía existe. Levantémonos, utilicemos los medios a nuestro alcance: internet, el boca a boca, nuestros propios cargos profesionales. Escribamos. Opinemos. Provoquemos. Instruyámonos. Ilustrémonos. Aún hay tiempo, pero, ¿queremos?

El jetómetro nunca miente

Fede Durán | 5 de marzo de 2011 a las 21:35

EN el mundo de los medidores imaginarios, un jetómetro calcularía el grado de desvergüenza de la sociedad sometida a análisis. Como sería un instrumento de alta precisión, el usuario podría perfeccionar los términos de búsqueda recurriendo, por ejemplo, a dos parámetros: Andalucía y PSOE. Para afilar del todo el veredicto, cabría añadir un tercer factor enriquecedor al escrupuloso motor del citado aparato: ERE. ¿Resultado? Un 100% de jeta sin dimisiones en el horizonte pero con demasiado maquillaje para tapar costurones y demás achaques.

La imagen sí importa. Volemos ahora de Sevilla, Casa Rosa, a la City, Londres. Imaginemos un despacho suntuoso, volutas de habano caro y un busto pálido y pecoso cuya respiración irradia miles, millones de libras esterlinas deseando ser invertidas en negocios y regiones atractivas y fiables. El tipo en cuestión, buena planta, colonia cara, corbata de seda italiana, debate con sus asesores un posible destino. La baraja incluye tres nombres, tres lugares. Supongamos que Andalucía fuera uno de ellos. Supongamos, además, que el lord descubrió en internet el jetómetro y encargó uno para solventar laberintos dialécticos como éste. Hastiado, lo saca del cajón –madera de roble doblemente barnizada y con un ligero aroma a Virginia– y lo acciona. Implacable, el jetómetro lanza su veredicto, que el lord se resiste a acatar. Tenía un feeling, una intuición inconscientemente ligada al pasado xerry de su abuelo colono.

Ordena a sus sabuesos un rastreo pormenorizado de la hemeroteca andaluza, sección política autonómica, y entonces descubre el pastel de un partido hegemónico, dictatorializado, adicto a la endogamia y el peloteo, carente de talento y, sobre todo, corrupto, muy corrupto, tanto que ni siquiera advierte la dimensión de su (pen)último pecado, unos ERE falseados de nada, dinero público para los amiguetes, bah, sólo lo de siempre.

Unión de Repúblicas Socialistas Andaluzas

Fede Durán | 14 de julio de 2009 a las 19:28

Si Andalucía fuera un Estado, cada día se parecería más a la Unión Soviética. El peso de la Junta en la vida profesional de esta tierra es asfixiante y también desalentador. Pruebe a fabricar una encuesta sobre la marcha: ¿Cuántos amigos y conocidos trabajan para ella? ¿Cuántos para la empresa privada? Los porcentajes serían aterradores, sobre todo para quien no está dispuesto a transigir o a ingresar en el Partido (con mayúsculas, para que se note su poderío). La Junta extiende además su red allende sus consejerías: Alestis, Santana, Sadiel o el más reciente caso de Avánzit son cuatro buenos ejemplos.

La telaraña es complejísima: si usted quiere montar una empresa, debe optar a las subvenciones autonómicas salvo que sea descendiente directo de Rockefeller (o Madoff). ¿Quién las otorga? Si usted quiere estudiar en el extranjero un posgrado, debe optar a las becas talentia. ¿Quién las otorga? ¿Con qué criterios? ¿Con cuántas plazas previamente adjudicadas? Esta tierra necesita menos tutelas y más nervio emprendedor. Ejemplos hay, aunque me niegue a citarlos por temor a despertar la inexacta pero frecuente sospecha del patrocinio. La Junta, ese ente compuesto por tantos y tantos políticos, funcionarios y simpatizantes socialistas (el resto, por desgracia, consta pero no cuenta; no esperen progresiones espectaculares en el escalafón basándose sólo en los méritos profesionales), olvida que la costeamos nosotros, todos los andaluces de nacimiento, corazón o residencia. Menos humos y más humildad (me viene a la mente Pizarro, no sé por qué). Menos motos y más libertad. Si pensaban que con Chaves se acababa la función, despierten de la pesadilla y empálmenla con la siguiente, tan vivita y coleante como la anterior.

PD: ayer, martes 11 de agosto, Expansión publicó una hermosa radiografía del asunto. Andalucía es la comunidad que más dinero gasta en alimentar a su nutrido (256.115 personas) cuerpo de funcionarios: 9.710 millones de euros frente a los 7.011 de Cataluña o los 6.506 de Madrid. El coste del funcionariado per cápita se eleva a 1.200 euros cuando la media nacional se sitúa en 1.160… y lo mejor de todo es que, en tiempos de crisis y con el cartel de la extravagancia asociado a las subidas salariales, la Junta premia a los suyos con un incremento del 3,6%.

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