Ser periodista (político) en Andalucía
No me atrevo a pronosticar cuánta gente tiene arrestos para seguir la política andaluza. Su nivel es tan bajo que, más que asustar o aburrir, deprime. Si uno es excesivamente sensible, le entran ganas de exiliarse. La culpa es de todos, claro, pero dejen que me centre una vez más en quienes gobiernan y en la conexión que establecen con la prensa. Siempre he pensado que el periodismo es suficientemente poderoso como para azuzar a los mandamases. Azuzar es tanto irritar como estimular. Valen ambos significados. Aquí, la sensación es que se irrita algo (depende de cada línea editorial) pero se estimula cero. Entiendan el estímulo como las ganas de mejorar. Echar un vistazo al Parlamento regional es demoledor. Parece un patio de colegio. La desgana es tan evidente que avergüenza. Los cuchicheos son la banda sonora. La guasa también campa a sus anchas. Se les olvida a sus señorías que el pueblo, es decir, el contribuyente, es decir, nosotros les pagamos para arremangarse y sacar a esta comunidad del maldito y eterno furgón de cola, oficialmente rebautizado como décimo séptima modernización.
Chaves. Su influencia es tan gigantesca que cualquier informador con poca imaginación se colocará a rebufo y tirará de agenda, de la agenda oficial, se entiende. Aquí ya no existen las exclusivas, sólo los planes de la Junta y sus calendarios de cumplimiento. Las cifras, los programas, los anexos y las palabras vacías sepultan los debates de fondo. Es fácil quedarse embobado, parpadear un par de veces y pedir ayuda a las estrellas para saber cuál es el camino adecuado ante tantísimo dato-señuelo. ¿Por qué cuesta tanto incomodar al jerifalte? ¿Es democráticamente censurable? Si la prensa vigila, el de arriba se espabila. John Reed, Rebecca West, Benito Pérez Galdós, Carl Bernstein y Bob Woodward, Arcadi Espada, Ryszard Kapuscinski, Anna Politkovskaya… todos demostraron que el secreto o el escándalo existen, que sólo (¡sólo!) hacen falta cabezonería y honestidad para destaparlos.
Sí, sí, admito que la vida es maravillosa sin quebraderos de cabeza. Que le zurzan a la ética, que en periodismo equivale en gran medida al mismísimo espíritu profesional. Con lo bien que se está en la redacción, espalda acolchadita, trasero caliente. Con lo aventurera que es una rueda de prensa, o la observación de una proyección triunfalista en la Casa Rosa, o el estudio del último tocho hagiográfico. ¿Qué diablos vamos a investigar si ya está todo dicho? Tal vez soy demasiado optimista en mi empeño detectivesco y aquí la vida política es recta y pulcra y equidistante. Tal vez Chaves, su corte y la plebeya oposición me consideren un desgraciado por dudar de su integridad. Se equivocan. Sólo dudo de su calidad. O, si prefieren leerlo de otra forma, de su afán de superación.

