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Ser periodista (político) en Andalucía

Fede Durán17 de abril de 2008 a las 6:37 pm

No me atrevo a pronosticar cuánta gente tiene arrestos para seguir la política andaluza. Su nivel es tan bajo que, más que asustar o aburrir, deprime. Si uno es excesivamente sensible, le entran ganas de exiliarse. La culpa es de todos, claro, pero dejen que me centre una vez más en quienes gobiernan y en la conexión que establecen con la prensa. Siempre he pensado que el periodismo es suficientemente poderoso como para azuzar a los mandamases. Azuzar es tanto irritar como estimular. Valen ambos significados. Aquí, la sensación es que se irrita algo (depende de cada línea editorial) pero se estimula cero. Entiendan el estímulo como las ganas de mejorar. Echar un vistazo al Parlamento regional es demoledor. Parece un patio de colegio. La desgana es tan evidente que avergüenza. Los cuchicheos son la banda sonora. La guasa también campa a sus anchas. Se les olvida a sus señorías que el pueblo, es decir, el contribuyente, es decir, nosotros les pagamos para arremangarse y sacar a esta comunidad del maldito y eterno furgón de cola, oficialmente rebautizado como décimo séptima modernización.

Chaves. Su influencia es tan gigantesca que cualquier informador con poca imaginación se colocará a rebufo y tirará de agenda, de la agenda oficial, se entiende. Aquí ya no existen las exclusivas, sólo los planes de la Junta y sus calendarios de cumplimiento. Las cifras, los programas, los anexos y las palabras vacías sepultan los debates de fondo. Es fácil quedarse embobado, parpadear un par de veces y pedir ayuda a las estrellas para saber cuál es el camino adecuado ante tantísimo dato-señuelo. ¿Por qué cuesta tanto incomodar al jerifalte? ¿Es democráticamente censurable? Si la prensa vigila, el de arriba se espabila. John Reed, Rebecca West, Benito Pérez Galdós, Carl Bernstein y Bob Woodward, Arcadi Espada, Ryszard Kapuscinski, Anna Politkovskaya… todos demostraron que el secreto o el escándalo existen, que sólo (¡sólo!) hacen falta cabezonería y honestidad para destaparlos.

Sí, sí, admito que la vida es maravillosa sin quebraderos de cabeza. Que le zurzan a la ética, que en periodismo equivale en gran medida al mismísimo espíritu profesional. Con lo bien que se está en la redacción, espalda acolchadita, trasero caliente. Con lo aventurera que es una rueda de prensa, o la observación de una proyección triunfalista en la Casa Rosa, o el estudio del último tocho hagiográfico. ¿Qué diablos vamos a investigar si ya está todo dicho? Tal vez soy demasiado optimista en mi empeño detectivesco y aquí la vida política es recta y pulcra y equidistante. Tal vez Chaves, su corte y la plebeya oposición me consideren un desgraciado por dudar de su integridad. Se equivocan. Sólo dudo de su calidad. O, si prefieren leerlo de otra forma, de su afán de superación.

Libros vitales para un curioso

Fede Durán24 de marzo de 2008 a las 6:39 pm

Cada cierto tiempo me propongo sugerir la lectura de algunos libros no necesariamente vinculados a la política. Un poco de aire siempre sienta bien. Ahí va el (modesto) listado.

Cualquier buen periodista les hablará inexorablemente de Ryszard Kapuscinki (1932-2007). Es fácil comprender por qué se trata de un tótem. Vivió en África no como un europeo sino como un oriundo más, mezclado, no implantado, y aprendió a comprender el continente. Ébano recoge sus casi dos décadas de viaje africano y es, para mí, el ejemplo más plástico y ameno de su obra. Descuiden, no se enfrentarán a las típicas memorias tostón. Sus ensayos se disfrazan de novelas. En clave mucho más irónica, podrían añadir a la cesta El Antropólogo Inocente, del muy flemático y por lo tanto británico Nigel Barley (1947), un excelente compendio de las calamidades que atormentan al hombre blanco en tan silvestres tierras.

Otro crack de las letras, quizás desde una perspectiva más sociológica, es Robert D. Kaplan (1952), uno de esos observadores compulsivos para los que tan importante es lo que se cuece en las Antípodas como en su propio patio trasero. Apunten dos opciones. Viaje al Futuro del Imperio disecciona la realidad demográfica de EEUU y sus consecuencias en las próximas décadas. Fantasmas de los Balcanes (no sé si es la traducción elegida por los editores, el original es Balkan Ghosts), su primer gran éxito tras varios portazos, contó con el respaldo involuntario de Bill Clinton, que una buena mañana apareció con el tomo bajo el brazo en la mismísima Casa Blanca. El resto fue coser y cantar.

Como los clásicos nunca mueren y también existen perlas en el panorama patrio, nada mejor que una incursión más o menos exhaustiva en el universo costumbrista e históricamente impecable de Benito Pérez Galdós (1843-1920) y sus Episodios Nacionales. Son cuarenta y seis entregas, así que mejor tomarlo con calma. Las seis o siete primeras, desde Trafalgar hasta Las Cortes de Cádiz, niegan cualquier concesión al aburrimiento. Completar la colección ya depende de la tenacidad del lector.

Quien avisa no traiciona, así que me permito la libertad de añadir algunos títulos estrictamente literarios. Por ejemplo, El Cadillac de Big Bopper, de Jim Dodge (1945), similar en espíritu pero superior en las formas y la estructura a Kerouac; Tokio Blues, de Haruki Murakami (1949), engañosamente naif en el arranque pero espectacular en el desarrollo; Dientes Blancos, de Zadie Smith (1975), un retrato de la Inglaterra inmigrante tan rutilante que abruma; y cualquiera de Raymond Carver (1939-1988), maestro del minimalismo y de lo cotidiano elevado a la categoría de thriller.

Será un honor que sigan alguna de mis recomendaciones.

Un saludo.

Autor

Soy Licenciado en Derecho y master de Periodismo de El País. Comencé en el árido mundo de la abogacía. Durante dos años me dediqué al Medio Ambiente, pero siempre ganaban los malos y preferí rescatar mi antigua pasión por el periodismo y las letras en general. He trabajado en El País en Madrid y Barcelona, también en el cuadernillo de Política de Expansión-Cataluña y desde principios de 2006 en la sección de España de los periódicos del Grupo Joly.

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