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El laberinto

Fede Durán | 21 de mayo de 2013 a las 11:15

España vive atrapada entre la resistencia de Rajoy y la debilidad de Rubalcaba. Aunque el bipartidismo pasará una temporada en la reserva según las últimas encuestas, los emergentes -IU y UPyD- no aportan nada que no exista ya. Cayo Lara mama del vetusto y trasnochado PCE, y Rosa Díez no es precisamente una outsider. Una vez más, nuestra invertebrada sociedad civil se muestra incapaz de articular un movimiento transversal que absorba el descontento popular y ofrezca al votante una alternativa despojada de los vicios de la militancia y, sobre todo, de la errónea creencia de que las ideologías democráticas del siglo XX son el único jarabe contra los problemas del siglo XXI.

De no cambiar las inercias políticas, en el mejor de los casos, el Congreso se atomizará y la cultura del consenso será parcialmente rescatada, porque el consenso en España no es sinónimo de unidad de convicción o conveniencia sino de mayoría parlamentaria interpartidista. Con el brío del bisoño Madina o del curtido López, los socialistas salvarían los muebles y pactarían con IU y, quién sabe, UPyD. Crucificado por la gestión de la crisis y la subida de impuestos más fiera de la historia, el PP tal vez conserve suficiente aliento como para volver al regazo nacionalista -si el regazo nacionalista no se independiza antes-.

Pero, ahondando en la filosofía yiddish, que es la filosofía del pesimismo congénito, aún existe un escenario peor. Porque es factible que el 15-M y sus satélites de indignación sí se transmuten en una lista electoral. Y entonces comprobaríamos cómo el español es un tipo de natural inmovilista, poco dado a experimentar con camisetas de otros equipos. Italia desmontó su mala fama con la eclosión del M5S, aunque después lo estropeara al malgastar tantísimos votos en pro de la antipolítica, curioso camino hacia ninguna parte si se atiende a la indiscutible verdad de que sólo ateniéndose a las reglas del juego se transforma el juego mismo.

Creer que el pueblo tiene el poder para mejorar un país es utópico. Al menos aquí. El hispano, por continuar con la autopsia sociológica, siempre ha preferido la voz autoritaria al peso de la libertad. Contar con un líder, sea héroe, villano o santo, exime de la responsabilidad del pensamiento propio y enriquece la cultura del quejido por el error ajeno, que es lo que mejor se nos ha dado desde que somos nación. España desperdicia su enésima bala y lo hace con culpabilidades concurrentes: culpables son los políticos y sus asentamientos; los malos empresarios del pelotazo y la estafa; esa Iglesia católica que languidece en Europa a golpe de escándalos y mensajes oxidados; los ciudadanos y su arcoiris de defectos: envidia, abulia, miopía, conservadurismo e individualismo, por citar algunos de los colores habituales.

Otra España es posible, claro. Sólo habría que recuperar la frase que Machado dedicaba a los sevillanos y adaptarla a todos los españoles. E incluso así, dos o tres siglos después, lavada la sangre y fagocitados los apellidos originales, todo volvería a ser igual. Pura magia. De la negra.

A bird

Fede Durán | 6 de mayo de 2013 a las 18:20

Los finales de siglo suelen ser optimistas y catárticos. El XV cerró con el descubrimiento de América y el nacimiento del imperio español; el XVIII con la revolución política en Francia y la industrial en Inglaterra; el XIX con Europa en su mejor momento y una casa imperial, la de los austrias, apostando más que ninguna antes por las humanidades; el XX con la caída del Muro de Berlín y la descomposición de la URSS. Ése es el gran consuelo para afrontar el siglo XXI: las generaciones que nacen ahora asistirán con suerte al enésimo nuevo mundo. La pena es que nosotros no vayamos a estar ahí para verlo. A nosotros nos toca la crisis más demoledora, porque no se atisba esperanza ni hay guerra que lo arregle. España no progresa. Nada ha cambiado de veras: la política se ejerce igual o peor que hace 35 años. Entonces, al menos, se fraguaban consensos. Hoy el poder se ejerce con un afilado sentido patrimonialista: hasta que me larguen, es mío y sólo mío. Y es impermeable. Y es fanfarrón, dictadorial, rodillero (de rodillo). Legislo sobre tu vida, ciudadano, porque el sistema así lo contempla. Si quieres abortar, al extranjero. Si quieres listas abiertas, a Suiza o California. Si quieres un empleo, haber nacido en Alemania.

Nada ha cambiado: la banca siempre gana, y esa máxima es de mármol. Los especuladores, los listos, los cutres, esos pierden poco. Lo demuestra la moda de las condenas a dos años de prisión, justo el límite para evitarla cuando no tienes antecedentes.

La cultura no es una dama respetada sino una puta ajada por los años y los polvos a débito. El emprendedor es un loco sin dinero en el país con más trabas. El contribuyente raso es un pardillo porque paga como si viviese en Suecia. ¿Y la parte que nos toca? El civismo, la educación, la altura de miras, el respeto, la generosidad, la intelectualidad y el resplandor de las mentes puramente únicas son cosas que no existen, que hacen reír, que apestan por ser ajenas y mejores.

Los españoles que habitan por debajo del privilegio existen con miedo, hipertrofian sus mandíbulas de tanto apretarlas, tuercen el gesto, se convierten en fieros anacoretas. El miedo masacra los espíritus. El miedo es la llave hacia el conformismo y la mansedumbre.

Haced algo, nos dicen. ¿Qué podemos hacer, además de pensar, sugerir y esperar a ver si crece algo en esta tierra que nadie riega? Podemos recurrir a la violencia. Pero, ¿queremos?

También podemos irnos. O suicidarnos. O apuntarnos a una paguita de la Junta cuando nos echen para tener al menos una litrona a mano, mear en las esquinas de las plazas y ejercer el atraco del gorrilla.

O escribir y leer. O componer. O correr. O parir. O simplemente volcar nuestros sentimientos en esas realidades paralelas frágilmente a salvo de la miseria españistaní.

Podemos hacer como Rajoy. Podemos esperar. La inercia que todo lo arrastra. La atrofia sin complejos.

Me van a permitir que me despida en inglés tomándole prestado un poema a Lia Purpura. Sus palabras proyectan colores. Justo lo que necesitamos.

In the beginning

in the list of begats,

one begat

got forgot:

work begets work

(one poem

bears

the next).

In other words,

one there was air,

a bird

could be got,

Not taken.

Not kept.

But conjured up.

On the road

Fede Durán | 8 de marzo de 2013 a las 11:58

EN una de sus innumerables crisis, Japón perdió una década (años noventa). El país, sin embargo, nunca dejó de ser rico. Islandia, la isla semidesierta, ventosa y áspera que John Carlin describió como un milagro de la humanidad, sucumbió a la burbuja financiera(2008-2009). Sus 330.000 habitantes tronaron contra la clase política y bancaria y escupieron sobre los blasones de Gran Bretaña, Suecia y Dinamarca, sus malditos socios habituales. Hoy, la isla recupera el aliento. En 2007, EEUU lanzó al mundo un muerto descomunal: la bolsa negra de las hipotecas subprime, con tantas ramificaciones que acabó afectando incluso a la pujante y casi mitológica España. Esta semana, Wall Street, con su casillero por encima del último gran récord (9 de octubre de 2007), dio por zanjadas las dificultades (ustedes ya saben que los mercados siempre creen tener la razón; la realidad deberá confirmar ese triunfalismo).

¿Y Europa, qué ocurre en Europa? En Europa ocurre, como todo el mundo sabe, que hay una división norte-sur nacida no sólo de los datos macroeconómicos sino también del prejuicio. Hans-Werner Sinn, presidente del Instituto Económico Alemán, explicaba hace unos días en El País que, siguiendo las recetas germanas, a España le queda por delante, cuando menos, otra década de sufrimiento. ¿En qué consisten esas recetas? Básicamente, en el equilibrio de las cuentas públicas, la lucha contra el déficit, la subida de impuestos, la bajada de salarios, la devaluación interna, la palidez progresiva.

¿Funciona esa táctica sólo porque en Alemania lo haya hecho? Ahí están Grecia y Portugal para negarlo. Pero, ¿funciona de verdad en Alemania? Si el termómetro es el paro, afirmativo. Si la brújula es el ahorro, correcto. Pero si la clave es la calidad del empleo o la evolución de la balanza comercial, entonces, ay, ya surgen dudas razonables.

¿Tiene España alternativas? Las tiene. Italia es un buen doble ejemplo, tal y como demuestran la vía Monti -Gobierno tecnócrata con suficiente independencia para planear el cronograma de reformas salvadoras- y la vía MS5 -salvar la nación convirtiendo la política en un permanente ejercicio plebiscitario y de transparencia-. El presidente Rajoy podría haber optado por ambas, pero no lo ha hecho. Su capitulación al norte fue inmediata e incondicional, creando a la vez un escenario perfecto para definirse como incapaz: cada medida impopular no es fruto de mi crueldad sino de un guión preestablecido. Sus reticencias a la autopsia del sistema, al veredicto y a la resurrección son, por otra parte, comunes a nuestra clase política. Reformulemos la pregunta anterior. ¿Tiene España alternativas pese a Rajoy? No. Rajoy es como Franco: lento, cobarde, dubitativo y exasperantemente rocoso. Cargamos con cinco años de crisis (2008-2012). No habrá en principio elecciones hasta finales de 2014. Y entonces la solución tampoco serán el PSOE, IU, UPyD o un Gobierno de coalición. La solución consistirá en que cristalice como papeleta y voto una nueva vía, una vía que aún no existe, la vía de la audacia, la autarquía, la justicia social y el sentido común.