Micromemorias VI (el poeta)
Si por casualidades de la vida trabajabas en Cataluña hace un lustro, sólo cabían dos opciones: eras pujolista o maragallista. No se trataba necesariamente de un posicionamiento ideológico sino más bien carismático. Cuando arranqué como periodista político en Barcelona todavía mandaba Pujol. Recuerdo alguna bronca espectacular e incluso ese desaire infinito que significa la negación del saludo. Dos gallos en un pequeño corral parlamentario conducían a la frase del western por antonomasia. La ciudad era demasiado pequeña para que cupieran ambos.
Yo era (soy) maragallista, aunque no me atrevería a despojar al molt honorable de sus enormes cualidades. Ni mucho menos. Pujol era más práctico y menos bocazas. Sabía tratar con todos, incluido el Rey. Y mantuvo la casa nacionalista aseada y dispuesta a implicarse en España. Su mente, sus formas ya no existen. Pero vamos con Pasqual. Ya sabía yo que era abuelo de poeta (Joan). Se le notaba no tanto en el verbo como en el espíritu. Lo vi en plenitud por primera vez durante su discurso debutante sobre el estado de la comunidad. Subió al estrado con un montón de folios y tuve que arrellanarme, acodarme, incorporarme y desperezarme sucesivamente para respetar el delicado hábitat de mi espalda contracturada. Leyó los diez primeros folios del discurso y después decidió improvisar. Sus asesores no se sorprendieron: ésa era la costumbre. Maragall hablaba bien, hilaba conceptos, te entretenía. Idealista, plástico, confiado, la suya era una conducción espontánea, delicadamente teórica, incluso un puntito ectoplásmica. La trampa era desconectar unos segundos. El president coleccionaba chisteras y conejos (recuerden la célebre acusación del 3%) y bien mecería la pena estar pendiente para pescarlos y degustarlos.
En su ciclo como jefe de la Generalitat, Maragall se revalorizó por contraste. Nunca pudo con Pujol pero siempre pareció por encima de Mas. Es como juntar a Pessoa con Cortocircuito y decidir quién desprende más encanto. El problema de un ente poético es que no se deja guiar tanto por la razón como por los dioses. Igual que Eneas, él prefirió la llamada del Estatut a la del amor (PSOE) seducido por la metafísica identitaria que ya contaminara y/o conquistara a tantos. Pobre Dido, pobre Zapatero.
La leyenda le envolvía. Esa voz ronca delataba según muchos una vida disoluta. Llegué a escuchar de boca de la oposición que Montilla le había puesto una especie de niñera para que lo recogiera esas noches de perdición etílica. No sirve de mucho, pero yo jamás lo vi ebrio (no puedo decir lo mismo de otros miles de personajes en otras miles de facetas de mi vida). Tampoco me importaba mientras cumpliera. Dénle cancha a un romántico, pardiez.
No me gustó la despedida. Montilla y ZP conspiraron y lo echaron. Se supone que por estirar tantísimo el Estatut. No me vale esa explicación: el cordobés ha olvidado pronto su fidelidad y ya se maneja con más desparpajo catalanista que su guillotinado predecesor. Después vino el desencanto, la baja del PSC y, sobre todo, el anuncio de su alzheimer incipiente. La enfermedad nunca es justa o injusta, pero en su caso me duele más. Olvidará todo: los versos que habitan su sangre, la prosa de su España de los Pueblos, la espontaneidad de sus respuestas e incluso la traición de los que fueron suyos. Descuide, Pasqual, le haré un hueco en mi memoria mientras me dure.

