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Panes y peces de Voltaire

Fede Durán | 5 de diciembre de 2014 a las 8:00

NOVIEMBRE, tránsito del calor al crepúsculo, otoño y grisura, epílogo de un año agotador en lo económico (y van seis) y lo metafísico (Cataluña), retrato en crudo de las miserias seculares de España, presentes desde el Imperio y adaptadas al siglo XXI con nuevos tapones al reparto –que no redistribución– de la riqueza. Noviembre, aparente evolución del mercado laboral, ya saben, 14.688 parados menos, más afiliados a la Seguridad Social, crecimiento moderado del PIB, primas de riesgo claramente a la baja, agencias de rating entretenidas con otras carnes. Y, sin embargo, noviembre: desigualdad rampante, temporalidad boyante, ladrillo emergente.

Se habla de un régimen democrático maltrecho, o cuando menos aplatanado, y el dedo acusador lima con la uña el flequillo de la política como responsable matriz. Existe no obstante una responsabilidad subsidiaria que abarca a toda la sociedad, a quienes cobran y pagan en negro, exprimen los resquicios del Estado del bienestar, sestean en la intocable universidad, merodean los estudios televisivos y cultivan el amor indiscriminado a toda forma de estupidez. La ontología se toparía hoy en España con un campo desierto. Es la Siberia peninsular del pensamiento.

No es pesimismo, es realismo. Si el país no ha aprovechado la crisis para mejorarse es porque vive en un círculo vicioso. Las élites luchan por seguir siéndolo y sólo están dispuestas a cesiones cosméticas, pero en la otra acera está la jauría (Arcadi Espada mejorando la turba de Salvador Sostres), también llamada romería, poco proclive a la autocrítica y la autoexigencia. Una nación también puede medirse por la suciedad de sus calles, el civismo de sus gentes o las inquietudes de sus jóvenes. Hay que tener cuidado al elegir a los enemigos porque uno termina pareciéndose a ellos, advertía Borges. Élite y romería en un ring sin escapatoria.

Max, el dibujante, afirmaba la semana pasada en estas páginas que cualquier dibujo animado checo de los años 40 del siglo pasado es más moderno que Los Increíbles. Era un culto al rol de la imaginación y al plus de la audacia. Viajando más atrás, planeta Ilustración, Voltaire clavaba la futura misión del capitalismo cuando sostenía que la labor del hombre es hacerse cargo de su destino, mejorar su condición mediante la ciencia y la técnica y embellecer su existencia gracias a las artes. España, un gusano de la I+D, le compra la técnica a quienes la inventan y empobrece su espíritu con ministros como Wert, más pendientes de saquear las posibilidades de la cultura que de promocionarla. Imaginar es de pobres. Envalentonarse es de anarquistas. Las artes son el nicho de los crápulas. Pensar altruistamente es de idiotas. Dinero, titularía Miguel Brieva para resumirlo. Dinero Fácil, acotarían Bárcenas, Fabra, Correa, la UGT-A y la cuadrilla de los ERE.

Pero Voltaire dejó otra frase útil: el único modo de ser independiente y libre es ser rico. Sin saberlo, estaba tendiendo un puente a la conexión de las dos Españas, la aristocrática y la plebeya. Ningún rico (empresarios, políticos, periodistas de la corte, rentistas) está por definición en contra de que haya más ricos siempre y cuando su propia riqueza quede a salvo. Y todo pobre o empobrecido sueña en su intimidad inconfesable con un yate, unas Maldivas y un Montblanc con incrustaciones. Sólo tenemos que multiplicar panes y peces. ¿Les suena?

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Checoslovaquia, años 40

Fede Durán | 1 de diciembre de 2014 a las 17:22

Entrevista a Max, el dibujante. Para la contra

Francesc Capdevila, alias Max (Barcelona, 1956), se levanta a las seis, pasa dos horas en un bar garabateando y vuelve a su estudio balear hasta que termina sus tareas profesionales. Siempre suena algo: al principio americana (Giant Sand, Lambchop), después Mogwai, Sonic Youth “y cosas peores”. El método no debe ser malo: Max ha publicado cómics sublimes como Bardín el Superrealista (y otras 17 historietas), dibujado portadas para el New Yorker, recibido premios en Francia y codirigido revistas tan prestigiosas como NSLM.

–La novela gráfica como concepto tiene detractores y partidarios, pero ha relanzado el cómic.

–Es una etiqueta que por supuesto existe porque existe un nuevo tipo de cómic que hasta hace diez años apenas se veía y que trata temas adultos y autobiográficos, periodísticos, igual que una novela. Y comercialmente ha funcionado porque define un producto y ha permitido más presencia en los medios y en las librerías generalistas. El riesgo es que la novela gráfica se considere una cosa distinta al cómic cuando es un tebeo de toda la vida. La novela gráfica coincide con una reivindicación que llevaba tiempo sobre la mesa y que es el cómic de autor. Es la necesidad que un artista siente de proyectar una obra sin estar pendiente de asuntos comerciales. Como un escritor o un pintor.

–Miguel Brieva decía meses atrás que el cómic al fin ha dejado de asociarse a la chavalería.

–Ahora es al contrario, no hay cómics para chavales, y eso es un problema. Lo que había antes en los quioscos no existe. Mal asunto si pretendemos que las nuevas generaciones se enganchen a este tipo de lecturas.

–¿La irrupción de las grandes editoriales ha traído algo positivo?

–Han entrado un poco como elefante en una cacharrería, pisando a diestro y siniestro y arrebatando a autores que llevaban toda la vida con editores pequeños a golpe de talonario. Ha sucedido en la literatura y ahora en el cómic. A cambio dan más visibilidad a los libros y se supone que mayores ventas. Se supone porque nadie da cifras.

–El Gremio de Editores y el Ministerio de Cultura subrayan que con la crisis se vende menos aunque haya muchos más títulos.

–Sin querer ser mala persona, hay muchos cómics que no merecerían publicarse. Lo digo como lector. Como autor pienso que todo el mundo debe poder ganarse la vida. Nos estamos equiparando a la literatura en todos los aspectos. Hablamos de atomización: muchos títulos con tiradas muy cortas. Eso es malo para autores y lectores.

–Will Eisner sostiene que en un mundo cada vez más analfabeto el lenguaje visual del cómic está llamado a ser uno de los últimos reductos del pensamiento crítico.

–Estamos en el siglo de la primacía de lo visual, pero desgraciadamente de lo visual vacuo. Detrás de los estímulos que nos rodean generalmente sólo hay comercio, en el peor sentido de la palabra. Y el cómic es un reducto que usa lo visual para transmitir historias, crítica, muchas cosas. Tiene un campo propio sólido y se nota en cómo cada vez más se requiere a los autores de cómic para otras cosas. Desde storyboards del cine hasta publicidad o libros didácticos o incluso convenciones empresariales donde en vez de proyectar un powerpoint prefieren tener a alguien dibujando en directo porque engancha más a la gente. Nuestras habilidades como narradores visuales sirven de repente en muchos campos, y eso está bien porque nos da opciones más allá del papel impreso.

–El dibujo es la única guía del lector principiante. Pero detrás de grandes ilustraciones se esconden a veces pobres guiones.

–La primacía del cómic no se basa en el dibujo o el guión sino en cómo está contada la historia. Y el caso de dibujos maravillosos con historias banales existe. Hay que entender que la gente se deja hechizar por lo visual. Lo difícil es encontrar el punto en que ambas cosas están bien engarzadas y fluyen.

–¿Cómo está el cómic hoy en España?

–Rico y variado, con bastantes lumbreras. Siempre ha habido gente buenísima. España ha sido cantera incluso cuando la industria se debilitó, que fue a partir de la caída de Bruguera. Muchos han emigrado para buscarse la vida.

–El superhéroe es un producto genuinamente yanqui en el que destacan algunos españoles. ¿Qué le parece esa orilla del tebeo?

–Hay una época dorada de los Cuatro Fantásticos, luego está Watchmen, alguna historia de Batman… En ese campo hay obras maestras, pero al cómic de superhéroes le veo mucho las costuras básicamente porque me conozco muy al dedillo la mitología clásica y detecto de dónde sale todo.

–¿Cómo empezó Max?

–Siempre he dibujado, haciendo monigotes por todas partes, copiando del Pulgarcito y el TBO, o bien de los dibujos de la TV, Bugs Bunny, Los Picapiedra. Mi sueño de pequeño era hacer dibujos animados. Luego me olvidé un poco, empezó a interesarme el arte también porque llegué a la adolescencia y ya no encontraba tebeos que me gustasen. En España entonces no había más que tebeo infantil. Entré a estudiar Bellas Artes y fue cuando conocí a Nazario y Mariscal. A través de ellos descubrí el cómic underground americano, que me enganchó inmediatamente. Ahí recuperé todas mis ganas.

–El dibujo animado ha pasado de la orfebrería al ordenador.

–A mí me sigue fascinando la frescura de la animación clásica, y eso que era un trabajo de chinos. Tenía algo maravilloso. Las posibilidades que ha dado el ordenador en términos de reducción de carga de trabajo han sido muy buenas, pero en cuanto eso ha empezado a influir en la estética se ha empezado a fastidiar. Reconozco que soy casi un abuelete, pero a mí el 3-D me deja frío. En cambio ves cualquier tontería animada de los 40 en Checoslovaquia y aquello es vibrante. Incluso ahora sigue siendo supermoderno.

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