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El caimán

Fede Durán | 28 de diciembre de 2012 a las 12:24

EN uno de esos reportajes televisivos de temática escasamente original, un hombre de 42 años explicaba orgulloso y agradecido el contrato poco cualificado que había logrado en plena crisis y pese a ser “un trabajador mayor”. Impacta que alguien que ni siquiera roza la cincuentena se autodefina como “mayor”, es decir, como perfil profesionalmente difícil de recolocar una vez en el paro. En esta Europa envejecida que aún envejecerá más debería ocurrir lo contrario. Con el retraso de la edad de jubilación -tanto legal como real-, los institutos estadísticos y los ciudadanos de carne y hueso harían bien en interiorizar el cambio de mentalidad. Si el horizonte razonable en tiempos de longevidad, con la correlación trabajadores/pensionistas estrechándose del cuatro a uno de bonanza al imposible uno a uno de futuro, debiera ser una retirada no antes de los 70 años, considerarse poco menos que un trasto anticuado con 42 equivale a volar los pilares del sistema laboral.

Lo malo es que el hombre tiene parte de razón. Con casi seis millones de parados y una economía incapaz no sólo de crecer por encima del 2% del PIB (la frontera para crear empleo) sino siquiera de avanzar unas décimas, engrosar las listas del INEM, a cualquier edad, constituye un riesgo cierto de muerte profesional. A los 30, a los 40 o a los 50. Porque España es un país filosóficamente diseñado para el trabajador por cuenta ajena, aquel que espera que una mano salvadora le fiche y le resuelva la vida con un buen sueldo y unas anchas vacaciones. La tara deriva en parte del pedestal en que hemos colocado a la función pública. ¿Recuerdan aquellas encuestas en las que invariablemente los recién licenciados proclamaban su voluntad de convertirse en funcionarios por encima de todas las cosas? Pero también se debe, la tara, a la escasa cultura emprendedora del país, por una parte, y al pobre valor añadido con que entendemos a menudo esa acción de emprender, por otra. Montar un bar no es crear riqueza.

Esta ausencia de imaginación, valentía y crédito reflejada en el retrato robot de la población genera otro defecto de serie: al pervivir la vocación del contratado sobre la del empresario/autónomo/emprendedor, cerebros de distinto tamaño se fugan a otros países. Resulta casi grotesca la carnicería merkeliana: no se contenta, como los británicos, con especular a costa del euro pobre mediterráneo sino que además quiere nuestras almas de emigrantes, almas que harían bien en aprender alemán, tal y como la canciller se encarga de recordar.

Una posibilidad es cerrar escuelas y universidades y donar directamente a los bebés españoles a esas otras naciones con porvenir y recursos. Cuando crezcan podrán enviar remesas desde el extranjero, una escena que nos suena porque la vemos en Madrid o Barcelona aunque los actores sean otros. U obligar a los universitarios a firmar contratos de permanencia o fidelidad a la patria, al menos hasta que se demuestre que aquí no podrán respirar (tarea obviamente sencilla). O salir del euro y la UE de una maldita vez y convertir a España en un paraíso fiscal, como Suiza o las Islas Caimán.

KKK

Fede Durán | 9 de noviembre de 2012 a las 12:28

LAS elecciones federales alemanas se celebrarán el 27 de octubre de 2013. Angela Merkel, canciller actual, optará a su tercer mandato consecutivo. Conforme el olor a combate se intensifique, cada partido abusará de la Táctica de la Golosina (TG), universalmente consistente en atiborrar de promesas al votante. Pero Merkel y su socio del FDP, Philipp Röster, cuentan con una considerable ventaja sobre el resto: como ellos son el Gobierno y disfrutan del privilegio del poder ejecutivo, pueden recurrir a la TG antes de tiempo para sembrar su camino de rosas (o mejor de tilos, que los Bundes -tag y rat- están en Berlín).

A partir del 1 de enero, ejercitando sin complejos ese poder -ejecutivo y gominolero-, Alemania instaurará una doble ayuda familiar: los padres que renuncien a mandar a sus hijos de entre 1 y 3 años a la guardería recibirán hasta 150 euros mensuales. La denominada Prima del Fogón incentiva así la teleducación, que es una suerte de teletrabajo aplicado al circuito progenitores/descendientes.

Criar a los niños en casa, sobre todo a los más pequeños, conllevará una importante ventaja para aquellas parejas con dificultades económicas. El mercado laboral germano presume de población activa y escasa tasa de paro (en ambos casos con razón), pero oculta a menudo el gran costurón de la precariedad (más de 7 millones de personas con ingresos que rondan los 400 euros). Es precisamente este colectivo, sometido al pan seco del kurtzarbeit (contrato a tiempo parcial) o el minijob, el que aceptará de mejor grado la golosina. Y no sólo por el dinero; también porque son justo las personas con más tiempo libre.

Si las miradas viran hacia el otro perfil mayoritario, la cosa cambia bastante. Una pareja en plenitud profesional (dos sueldos de nivel medio-alto y horarios semanales estándar) no verá sentido a la jugada: en el cambio de un estatus activo a otro subvencionado se pierden demasiados recursos. El espíritu de la iniciativa pone precisamente en la balanza ambos factores (euros y familia) con una lectura diferente: tutelar los primeros pasos de tu vástago no tiene precio. Probablemente sea cierto. Pero es un planteamiento discutible por una razón fundamental: en el fondo, e incluso tratándose de una sociedad menos machista que el promedio de un país latino (no digamos ya que uno musulmán), la presunción de que la carga del tutelaje recaiga sobre la mujer está más que fundada. La idea de la Merkel recuerda demasiado la redistribución de roles recogida en el programa nazi de Hitler (y relatada por Chaves Nogales en su recopilatorio Bajo el Signo de la Esvástica): la triple K de los Kinder, Küche, Kirche, o en castellano niños, cocina e iglesia. Curiosamente, también mama del cheque-bebé de 2.500 euros diseñado por el ex presidente más invisible de la historia española, José Luis Rodríguez Zapatero. Y esa conexión bidireccional es perturbadora porque evoca lo peor de Alemania y España, una con su pasado miope, retrógrado y destructivo, y la otra con su (cuasi) presente derrochador. ¿No era el déficit bajo control la vaca sagrada de esta Europa?

Notas

Fede Durán | 6 de noviembre de 2012 a las 11:48

PP y PSOE se comprometen a pactar una solución al problema de los desahucios para que la banca no gane siempre. Porque la banca gana siempre. A veces con su negocio; otras, cuando su negocio falla, con el dinero del contribuyente.

Parece mentira pero es cierto: el poder judicial se revela, en plena crisis y con sus sempiternos claroscuros, como el gran conductor de algunos de los cambios clave en España.

El fin de semana arranca la campaña electoral catalana. Mas megafavorito, aunque sin mayoría absoluta según todos los sondeos. Ojo: los de verdad y los tendenciosos. A CiU no le interesa aparecer como triunfadora aplastante antes de tiempo y por eso ha pedido a los directores de diversos medios catalanes que suavicen la predicción de victoria.

Bruselas destroza las previsiones económicas del Gobierno. Rajoy asegura que en 2014 comienza la recuperación.

Merkel sorprende a todo quisqui con una medida aparentemente machista y alejada de su obsesiva pasión por el control del déficit: 150 euros mensuales para las parejas que prefieran criar en casa a sus hijos de 1 a 3 años. En vigor desde el 1 de enero de 2013.

Obama vs Romney, o cómo el periodismo político en y para EEUU deja en pelotas a los demás en cuestiones interpretativas, vueltas de tortilla, sorpresas de última hora y meteduras de pata.

La prensa muere poco a poco. Menos ventas, menos plantillas, peores condiciones laborales, insistencia en el error del cobrar en papel/regalar en internet. Sin una reacción rápida y arriesgada (sin riesgo no hay ganancia), el invento se apagará ya mismo. Factor agravante: la gente ya no quiere destinar un euro a leer malas noticias que inevitablemente hay que contar.

 

Mayordomo sólo a medias

Fede Durán | 9 de septiembre de 2012 a las 12:04

Españolito que vienes/al mundo te guarde Dios/una de las dos Españas/ha de helarte el corazón, escribía Machado en otra gran partituras de idiosincrasia doméstica. Las dos Españas eran y son el azul y el rojo, la derecha y la izquierda. El PP es el último eslabón conservador de un tronco con figuras dispares aunque a la vez irregularmente emparentadas: Cánovas, Gil Robles y Calvo Sotelo (José) primero; Suárez, Calvo Sotelo (Leopoldo), Fraga y Aznar después. Mariano Rajoy, sexto presidente de la democracia más reciente, estaba llamado a helar el corazón de sus oponentes políticos y electores, pero no el de sus correligionarios. En nueve meses de mandato, ha fallado en los tres grandes frentes de gestión de un país abofeteado cada día por la crisis: el económico, el constitucional-administrativo y el estrictamente político.

La realidad ha fulminado el mito de la fiabilidad del PP como resucitador de cadáveres. Rajoy se escuda en la herencia recibida de Zapatero y en los 30.000 millones de déficit adicionales a lo comprometido en su día por Salgado; en los 70.000 millones que el Estado y las CCAA dejaron de ingresar en dos ejercicios presupuestarios; en los 25.000 millones apartados para pagar facturas pendientes; y en la desconfianza que éstos y otros datos han provocado en los mercados, cebados con España como si fuese una piñata cuando otras naciones del mismo club europeo se financian en negativo.

La caída de la actividad económica y el crecimiento del ejército de parados (5,6 millones en el segundo trimestre frente a los 3 de Alemania, un país de 82 millones de habitantes) no han derivado en la creación de un plan de estímulo, salvo que como tal se catalogue la tímida intentona paneuropea de Hollande, respaldada por Rajoy y olvidada de momento en algún cajón del Elíseo. A cambio, el PP ha optado por subir IRPF e IVA, formulando en paralelo una suerte de amnistía fiscal para el defraudador. La acción combinada de estos mecanismos debería engordar los ingresos públicos aunque la lógica de la recesión invite a pensar lo contrario. Arguye asimismo Rajoy haber respetado el ideal de la progresividad, que implica que el rico pague más que el apretado, pero entonces podría haber introducido novedades en el régimen tributario de las Sicav, por ejemplo. La reforma laboral tampoco crea empleo hasta la fecha; la ley de estabilidad presupuestaria no parece sagrada visto el marasmo de las cuentas públicas autonómicas; la reforma financiera no ha devuelto al crédito su pulso e impulso, ni lo hará hasta que llegue el rescate sectorial de hasta 100.000 millones solicitado a Bruselas, a pesar de que la tercera modificación normativa de De Guindos haya sido la más ambiciosa hasta la fecha (poderes excepcionales para el FROB, banco malo, diagnóstico precoz de insolvencias y otras calamidades).

A la presión fiscal, que también afecta a universidad (tasas) y sanidad (copago), se une otra política impopular: los recortes. El 70% del gasto autonómico lo absorben educación y salud, y Bruselas ha impuesto un celibato tan radical (1,5% de déficit en 2012) que tocar esas partidas era una obligación incluso echando el resto en el 30% restante. Se repite la perversa jugada de los ciclos malos: las CCAA recaudan el 50% de IRPF e IVA y el 58% de los impuestos especiales, pero sin actividad no hay quién costee los entramados del bienestar hispano.

Los funcionarios han perdido poder adquisitivo; muchos interinos pasan a la reserva, ergo la calidad del servicio se resiente. La izquierda reniega de un debate que tal vez sea constructivo: la gestión privada, en parte más que en todo, de lo público. Razón suficiente para que Rajoy evite por ahora el charco. En la atmósfera flota una sensación de desmantelamiento sin que en realidad las apisonadoras se hayan centrado en el principal problema, que no es precisamente una excesiva plantilla de empleados públicos. España cuenta con un funcionario por cada 15 habitantes, la cuarta peor cobertura de la UE, en total 3,2 millones cuyos cometidos sí podrían repensarse.

El principal problema ya lo definía hace años, aunque quizás con otra vocación, el ex president Pasqual Maragall: “La Constitución de 1978 es una enorme Disposición Transitoria”. Por contentar al País Vasco y Cataluña, el legislador creó un país de diecisiete países y dos ciudades autónomas donde la ineficacia, la suntuosa arquitectura administrativa a lo Albert Speer (cargos públicos, empresas y otros organismos, universidades) y los solapamientos funcionales son casi prescriptivos. La Italia del tecnócrata Mario Monti suprimió en agosto del año pasado 36 provincias, 1.500 ayuntamientos y 50.000 cargos públicos. Grecia dejó en 2010 sus 1.034 consistorios en 355. ¿Qué ha hecho Rajoy al respecto? Reforzar el papel de las diputaciones y mantener los 8.116 ayuntamientos españoles pese a que el 85% acoge a menos de 5.000 habitantes. Rafael Salgueiro, economista de la Universidad de Sevilla, sugería en un artículo (2-9-2012, cabeceras del Grupo Joly) dejar en diez las 17 CCAA a partir de un demoledor y muy asimilable dato: el PIB de la provincia hispalense supera al de siete comunidades, Navarra y Aragón incluidas. ¿Qué ha prometido y tiene pendiente Rajoy? La unidad de mercado y la simplificación de la regulación administrativa. Aceptables saltos intermedios que aplazan el verdadero salto de calidad.

Queda el capítulo político. Perder adhesiones duele menos cuando el único rival real, Alfredo Pérez Rubalcaba, sigue grogui. Pero esta situación de desafecto generalizado hacia los partidos de corte convencional abona el escaño a bisagras, extremistas y oportunistas, sin provocar a la vez la reformulación de las viejas artes del poder o la aparición de discursos reverdecedores. Las dos Españas de Machado (y también los inversores) agradecerían por una vez un esfuerzo de sintonía entre las grandes voces con micro de esta monarquía parlamentaria: Rajoy y Rubalcaba harían bien en pensar una España 3.0, aglutinando en su propuesta la síntesis de todas sus fuentes de inspiración (empresarios, académicos, figuras sin adscripción ni servidumbres, sociedad civil en general) y lanzando al oyente un mensaje claro de reacción, reconversión, ambición y optimismo. El cálculo electoral es hoy un tic muy feo, un corte profundo en el rostro del afeitado, una forma torpe de separar durante décadas al representado de sus representantes.

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Nos hemos quedado secos

Fede Durán | 27 de julio de 2012 a las 10:23

CONVENGAMOS que la economía de un país es una suma de fuerzas donde caben legiones malignas y defraudadoras pero también hordas de ingenio, sentido común, altruismo y vocación de servicio a la comunidad. El resultado depende en buena medida del peso de ambas, aunque a la vez desplieguen su influjo las respectivas legiones y hordas internacionales, camufladas ora tras los mercados (fondos de inversión, especuladores, agencias de rating), ora tras naciones más o menos estólidas o benefactoras, ora tras monstruosas multinacionales de la explotación o el trapicheo.

España arriesgó en la Transición todo su talento, y legó a las generaciones posteriores un mensaje olvidado: sin esfuerzo individual no hay esfuerzo colectivo ni tampoco horizonte. La materia prima de aquella catarsis ha cambiado. No dominan hoy las letras sino las ciencias, realidad cero sospechosa per se aunque a la vez indicio preocupante de un abandono brutal de las humanidades. Un señor que presume de no leer pero pasa 134 minutos al día ante la tele (ése es el español medio) explica muchas cosas. Demasiadas.

Explica que Rajoy diga sin complejos que sólo abre el Marca entre Congreso y cumbre. O que ninguna de nuestras universidades esté entre las 150 mejores del mundo (¿por qué nadie intenta fichar a los profesores más brillantes sino promocionar a los de su cantera?). O que un guiri vaya por la calle y no tenga con quién comunicarse en inglés. O que muchas, muchísimas empresas premien la mediocridad sobre el talento al preferir al sumiso sobre el inquieto o al gris sobre el irreverente.

Nos hemos habituado a crear primero el puesto y después, con suerte y no siempre, la necesidad. Hemos premiado al del pelotazo como si su desapego al valor añadido implicara tener pelotas de roble y alma de artista. Junto a funcionarios y empleados públicos de primer nivel han medrado rémoras y amebas cuyo mayor triunfo consiste en haber inducido al Gobierno a amputar sin distinciones miembros sanos y putrefactos. El Estado autonómico es un fracaso: no ha utilizado la diversidad para unir (una diversidad que existe en todo el planeta, por cierto) sino para fundar réplicas en miniatura de los pecados nacionales. Enchufados, incompetentes, incultos y chorizos han proliferado al ritmo de presidentes vitalicios a lo Kekkonen.

España tampoco tiene una marca. Sus productos, aisladamente considerados, pueden emitir ondas de calidad en el radar del consumidor, pero no hay generalidades que nos definan. Un italiano es diseño; un alemán fiabilidad; un americano la inmensidad de Apple, Nike o Google. ¿Qué diablos somos nosotros? En California abren laboratorios y en Sevilla bares con cubos de Cruzcampo a cuatro euros. La envidia es el pecado patrio número uno. Y el deporte el opio que anestesia nuestras vergüenzas.

Europa se equivoca, sí. Nos está dejando caer y quizás fuerce su propia caída. Pero ni Merkel ni Draghi están detrás de esta mediocridad cocida en 35 años de fuego lento.

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Octavillas sobre la Wilhelmstrasse

Fede Durán | 27 de abril de 2012 a las 9:47

RECOPILANDO: Alemania ha obligado a pasar por el aro de sus recetas anticrisis a Grecia, Portugal, Irlanda, Italia y España. Tres países rescatados y dos con muchas papeletas para acabar en el cepo de la troika. EEUU y Reino Unido consideran que la estrategia impuesta por la Merkel -énfasis obsesivo en el control del déficit- ahoga el PIB y condena al continente, y por extensión a algunos de sus socios, a una resaca más larga de la cuenta. El paracetamol opuesto al pan seco que Rajoy abraza como desayuno necesario es el estímulo público, y esta canción ha sido repetida hasta la saciedad por sus partidarios.

Como sujeto político, Alemania es de natural sanguinario. Dos guerras mundiales lo avalan. Hoy se libra la tercera en un plano estrictamente económico y, por lo tanto, potencialmente más devastador que cualquiera de las anteriores. El bando de los aliados podría repetirse si Hollande vence en segunda vuelta de las presidenciales galas a Sarkozy, que se ha comportado y aún se comporta, aunque por distintas razones, como un mixto entre Laval y Pétain. Hollande se adscribe al anatema de reformular el mandato del BCE, ridículo a estas alturas en su papel de poli europeo de la inflación. Y Sarkozy, Pétain y Laval a la vez por sus ya clásicos guiños a la extrema derecha de (la otra) Le Pen, por su extraña xenofobia (su padre es judío) y por su chovinismo pasadete de rosca, deja de ser Laval y Pétain en lo referente a la sumisión al postulado germano. Al menos en campaña, Sarko sostiene que el BCE debe ampliar miras y preocuparse por el crecimiento, el empleo y la cotización euro-dólar. Nada dice de imprimir billetes, que es lo que convierte a la Fed en una máquina mucho más efectiva, pero vamos a sobreentenderlo también para evitarle el riesgo de quedarse corto. Si gana, no se preocupen: el presidente de la República volverá tranquilamente a su postura anterior, que es el beso de tornillo a Angela. Pero si Hollande le derrota, se habrá restaurado al menos parcialmente la Línea Maginot y la RAF tendrá más opciones de lanzar octavillas sobre la Wilhelmstrasse.

En ese escenario, la posición de España quedaría francamente comprometida. O no. El Gobierno tendría la oportunidad de aclarar si recorta porque le obligan o porque quiere. Una izquierda en remontada (ganar en Francia no es moco de pavo) es una Alemania (o una derecha) debilitada. Y éste es el mejor contexto para recuperar la autarquía y ofrecer al país un paquete de medidas más diversificado donde el verbo desmantelar conviva con otros como promover, eximir, agilizar o reflotar. Si ocurre lo contrario, si Merkozy pervive, la derrota sólo será aplazada y España e Italia depauperadas. Salvo que hablemos de un Barça-Madrid, los buenos siempre ganan.

Sí pero no

Fede Durán | 27 de enero de 2012 a las 10:32

EL Gobierno tiene tres voces económicas. La de Cristóbal Montoro, ministro de Hacienda y poli bueno; la de Luis de Guindos, ministro de Economía y poli malo; y la del propio presidente, Mariano Rajoy, lo más parecido a Dios que ha parido la política española en los últimos tiempos por cuanto sonríe desde las alturas sin decir prácticamente nada o, quizás por eso mismo, prácticamente todo. Esta hidra mermada (la original tiene siete cabezas) se reparte la difusión de un discurso que, globalmente considerado, encierra contradicciones. Montoro, por ejemplo, ha prometido bajar los impuestos justo después de haberlos subido. También ha aclarado, como De Guindos y Rajoy antes, que los objetivos de déficit son sagrados aunque su mirada parezca suplicar lo contrario. Y anuncia, por último, que el Ejecutivo español no se mojará nunca más con previsiones macro sino que asumirá como propias las del FMI y Bruselas. Según el Fondo, España cerrará 2012 con un déficit público del 6,8%. Si el objetivo oficial e inamovible está en el 4,4% pero el Gobierno sacraliza a la vez los vaticinios del FMI, la broma es tan obvia que ofende.

Vamos con De Guindos en tres tiempos. Uno: “Sólo la austeridad no es la receta que nos va a llevar a la salida de la crisis. Se necesitan reformas”. Dos: “El gasto público ya no funciona como estímulo”. Y tres: “Gastar más de la cuenta afecta a la generación de confianza, sobre todo cuando un país tiene problemas de financiación”. El ministro sugiere primero combinar los recortes y los incentivos, da marcha atrás después y culmina con la muy discutible conclusión de que estimular consiste obligatoriamente en “gastar más de la cuenta”, como si fuese imposible racionalizar el esfuerzo para mantenerlo allí donde produce economía y riqueza o suprimirlo cuando sostiene estructuras idiotas de gasto corriente (con independencia de que estimular signifique no sólo invertir -gastar- sino también dejar de ingresar por la vía tributaria).

En un discreto segundo plano y varios metros por encima de sus ministeriales cabezas se alza Rajoy el Prudente, un hombre parco en palabras y apariciones cuya cima (o mejor cita) con Merkel queda a años luz de esas explosiones de color diplomático tan propias del dúo que la alemana forma con Sarkozy. El presidente, cuya comparecencia apenas dio para un par de párrafos, explicó ayer que “las reformas estructurales no producen efectos en tres meses”. Zapatero, curiosamente, decía lo mismo cuando gobernaba. El tránsito de la oposición a La Moncloa produce a menudo extrañas coincidencias.

Sólo un traductor político-económico permite salvar estos oscuros laberintos y sacar alguna idea en claro: el Gobierno creía tener un plan, pero un mes después del debut confía su suerte a los demás. A lo que prevean Bruselas y el FMI. A lo que sugiera la Merkel. A lo que exijan los mercados. Eso sí, confundir, este equipo confunde de maravilla. Rajoy ha creado escuela.

Lean a Keynes, ignoren a la Merkel

Fede Durán | 4 de enero de 2012 a las 11:13

El Gobierno actual comparte con el anterior una doble obsesión: el déficit y el paro. Son, con permiso de la menos vergonzante prima de riesgo, cuyo porvenir puede siempre asociarse al insondable efecto especulativo, los marcadores de salud más valorados y también los más visibles. Sus destinos, además, están conectados. Una lucha obsesiva contra el déficit público -y la actual lo es- encierra la obviedad de cuadrar ingresos y gastos. Las opciones para lograrlo son conocidas por universalmente aplicadas en toda Europa y, especialmente, en los países más ruinosos -Grecia, Irlanda, Portugal, Italia y ahora España-: austeridad e impuestos. La receta es discutible. La austeridad implica renunciar al brazo inversor de lo público y, por lo tanto, a la creación de empleo a través de, por ejemplo, ambiciosos (y racionales) proyectos de infraestructuras. Las subidas de impuestos amplifican la desconfianza y el conservadurismo económico. Salvo que el Tribunal Constitucional lo remedie -ya lo hizo en 1997 al concluir que endurecer el IRPF por decreto ley no procede-, casi todos los trabajadores (y digo casi porque sería hermoso creer que algún español de a pie ganará más en 2012) cobrarán menos que en 2011. Pende también sobre nuestras cabezas la amenaza damocliana de un alza del IVA en marzo o mañana mismo. Recetas contra el consumo que se suman a la escasez del crédito, los insuficientes incentivos al emprendedor y una burocracia de tomo y plomo.

Sin intuir siquiera el grosor del cordón umbilical déficit-desempleo, el Gobierno actual y el anterior comparten otra cuestionable baraja de creencias: la que otorga poderes mágicos a la reforma laboral como herramienta de rescate; la que incide antes en el coste del despido que en el premio a la contratación; o la que insiste en respetar un esquema basado en el desmedido protagonismo de sindicatos y patronal. No conviene confundir a la CEOE con los empresarios ni a UGT y CCOO con los trabajadores. Unas realidades son sólo institucionales; las otras de carne y hueso.

De Guindos, Montoro y Báñez deberían leer más a Keynes (y a Krugman) y escuchar menos a Merkel. El primer objetivo si de verdad se quiere reducir el paro es fomentar la iniciativa del pequeño empresario, del debutante, del licenciado talentoso, del autónomo. Se trata de ventilar la universidad para que el pensamiento número uno del recién salido no sea buscar cobijo por cuenta ajena sino sustento por esfuerzo propio. La banca será necesaria para ello. Ya es hora de que devuelva a la sociedad parte de lo que le debe como motor dinamizador. La carta de presentación de Rajoy -más presión fiscal, tijeretazos masivos- demuestra una preocupante falta de imaginación. Tiene tiempo (cuatro años) para rectificar, para demostrar aquello de la autonomía decisoria que cacareó en campaña.

¿Y un euro sin Alemania?

Fede Durán | 18 de noviembre de 2011 a las 19:12

RAJOY comete un error en esta campaña al prometer una recuperación económica tangible en dos años. Si los expertos no han sabido calibrar la megacrisis, ¿por qué razón debería el PP verlo más claro? Misterios de la fe. Tampoco gusta en España, ni en el estamento político mundial, la sustitución de un compañero -llámese Berlusconi, llámese Papandreu- por esos nuevos robots de la democracia llamados tecnócratas -Monti, Papademos-. Aquí el problema es de competencia. Rajoy, tanto como posiblemente Rubalcaba o Lara, se siente amenazado. Nadie dedica toda su vida a la escalada para acabar desplazado, justo cuando saborea la miel de las alturas, por un intruso sin carné ni carrera. En realidad, es como si Europa se hubiese convertido en Gotham y hubiera enchufado ese potente foco que en las noches de caos e impotencia buscaba la salvación vía Batman (en el caso que nos ocupa, Batman sería un señor mayor con vastos conocimientos económicos en vez de un traje de cuero negro y armas imposibles).

En las sombras, aunque cada vez más expuesta a la evidencia de una dictadura informal, está la Merkel, que vendría a ser una especie de Joker con cara de abuela, o sea, inofensiva en apariencia pero letal en esencia. Jorkel juega con la potencia de sus estadísticas (paro bajo, récord de ocupación desde la reunificación, emisiones de deuda a interés casi cero) para vestir las tesis teutonas con el manto de la invulnerabilidad. Las soluciones que demanda la parte más débil de la Eurozona -que a este paso serán 16 de sus 17 socios- son sistemáticamente negadas por el tapón (antaño motor) de Europa. La principal es que el BCE se parezca más a la Reserva Federal de Bernanke. Podría así imprimir billetes cuando sea necesario. Helicóptero Ben lo hizo y ahí sigue, cómodamente instaladado en la butaca de la estabilidad.

El Banco que Draghi heredó de Trichet ha comprado más de 180.000 millones de deuda periférica. Bello pero ineficaz gesto. Es como querer vaciar el océano con un cubo. Luego está la opción de los eurobonos, emisiones comunes para compensar la debilidad de los más acosados con la presunción de solvencia de Alemania. Pero ésta, otra vez, dice no. Ayer mismo se filtró desde Bruselas una tercera posibilidad consistente en que el BCE sortee las restricciones legales que capan su capacidad de acción con préstamos al FMI para que éste disponga del único músculo capaz de levantar el peso muerto de un país como España. Ideas que chocan contra un muro impenetrable. Contra Jorkel. Contra un país que promueve el racismo económico y la muerte por agotamiento del viejo, viejísimo continente. Hay una solución radicalmente original: crear un nuevo euro sin Alemania (el mierdeuro, por ejemplo). Sería divertido, y sobre todo interesante, ver cómo se desenvuelve en solitario con el marco. Con un marco fuerte, se entiende, o en cualquier caso más fuerte que el citado mierdeuro.

Confesiones de un periodista económico

Fede Durán | 14 de julio de 2011 a las 13:43

Las 9.00 es una hora razonable para levantarse siendo periodista. Comienzas el día con una sonrisa de oreja a oreja provocada a veces simplemente por la luz al colarse por las ventanas. Aún no quieres saber nada de las agencias de rating, el Íbex 35, el penúltimo desencuentro del Eurogrupo o las ocurrencias y contraocurrencias del Gobierno y la oposición. No, por la mañana no estás contaminado. Te preparas el desayuno, le echas al cuerpo la gasolina del café y te largas a nadar o a correr (¿por qué en el agua es tan fácil y sobre el asfalto tan difícil?). Te duchas y apareces después seminuevo por la redacción, un lugar diáfano adornado por el flujo radiofónico, las conversaciones entre compañeros y el suave soplido de las páginas de la prensa en esa comparación permanente con los grandes y los pequeños de este oficio. Observas el tono de las páginas web, bicheas los teletipos y calculas por dónde irán los tiros. Ahí se produce el primer roce: una empresa que quiebra, un banquero corrupto, un país en ruinas, el paro, los precios, el euríbor. Vuelves a casa para comer y charlas con tu pareja, pero el cerebro ya ha tendido un puente indestructible con el día y sus claves informativas. Hablas de los planes para la noche como si te refirieras a las vacaciones de 2027, tan largo es el camino que media del presente al microfuturo. Estás de nuevo en la redacción, enchufado al matrix de una pantalla cutre que te quema los ojos, y la avalancha es imparable: Trichet, Bernanke, Merkel, y entre medias, como telegramas de telerrealidad, Ruiz-Mateos, Ortega Cano y Marta Ferrusola. Intentas vender esperanza, sobre todo vendértela a ti mismo, pero los meses recorridos desde mediados de 2007 han sedimentado en tu espíritu un poso de claustrofóbica derrota. Observas la ciudad, la región y el país y no aciertas a comprender cómo resisten. O sí: la economía es una formidable ficción sin dinero de verdad, sin liquidez, con un montón de números rojos que nos llevarían a las puertas de una bastarda realidad: si fuese posible calcular la contabilidad universal total sideral, llegaríamos a la conclusión de que el mundo se debe un montón de pasta a sí mismo. Tecleas y tecleas, ora destilando la tasa de paro, ora los concursos de acreedores, y al final concluyes que, como el suicidio colectivo no es de momento una alternativa, siempre queda esperar, esperar que la enorme tramoya económica cambie de rumbo un día y nos diga que somos otra vez opulentos, ambiciosos y soñadores, que España es el mejor lugar del mundo, que Zapatero, Rajoy, Aguirre, Griñán, Chaves, Arenas, Otegi, Carod, Gallardón, Monteseirín, Zarrías, Aído, Aguilar (Rosa), Aznar, Valderas, los sindicatos, Botín, las cajas de ahorros y el tranvía de Sevilla son sólo una juguetona pesadilla.