Micromemorias V (la púrpura)
Sí, la púrpura, el boato, el contacto entre hombre y deidad. Tarde o temprano se produce. Te llaman, te ofrecen una entrevista con el ministro Moratinos y dices que por supuesto. La primera señal inquietante es el método elegido para el encuentro: un asesor me explica pacientemente que debo viajar temprano a Madrid, hacer tiempo y regresar en el mismo AVE que su eminencia. Entonces se producirá la fusión. Lo de madrugar se supera con un paseo hasta Santa Justa. Cada golpeo del pie contra la acera te abre algo más los ojos. Hacer tiempo tampoco es complicado. Cruzas Atocha y te mezclas con los colores del Reina Sofía y Lavapiés, alcanzas la convaleciente Latina (ay, los anoches), regresas por Callao y disfrutas pese a la contaminación y el ruido un tramo de la Castellana. Lo bueno de la capital es que en pequeñas dosis se deja disfrutar. De nuevo en la estación, compras una chocolatina belga de tres euros (te arrepientes de inmediato del derroche) y te vas flechado al vagón correspondiente. Número tal, asiento cual. La vieja liturgia del viajero de alta velocidad, completada minutos después con la muy española tormenta de conversaciones telefónicas, el rodillazo inquieto de quien custodia aleatoriamente tu respaldo y el lento percutir de las azafatas ofrecetodo.
Suena el teléfono justo cuando el instinto de la siesta se te cuela con sutileza. Es el asesor. Me indica la ruta: clase club, segundo vagón, saloncito especial de popa. Allá voy, grabadora en mano, chaqueta sin corbata, aspecto de náufrago rehabilitado, las nociones básicas del lenguaje de los hombres aún frescas en mi memoria. Las chicas sirven el menú. Huele regular. Me dejan pasar sin preguntas ni miradas censoras. Enfilo la recta final y allí me espera la compuerta de cristal, última barrera entre la tierra y el cielo. Pulso el botón de apertura y casi me choco con Trinidad Jiménez. La saludo, pero ella apenas me obsequia con una media sonrisa cansada. Asimilo que soy mortal, plebeyo y pagano.
Moratinos está sentado. Es un señor voluminoso que quizás por pura economía decide no levantarse al saludar. Me tiende una mano mórbida y me observa sin interés. A su lado, Carmen Caffarel. Enfrente, dos asesores (el de las llamadas y otro que asiente voluntarioso). La Jiménez entrará y saldrá de la sala según transcurre la entrevista. Calentamos motores con un par de frases protocolarias, bien enlazadas en el caso de todo un jefe de la Diplomacia; menos flexibles y plásticas en mi caso. El ministro tiene prisa. Sirven el rancho, así que mejor comenzar ya. Enciendo la grabadora (de nuevo me tranquiliza esa lucecilla roja que atrapa las palabras y les hace cambiar de dueño) y pregunto. Zas. Se cabrea a la primera. Enumera sus argumentos y los expone con el hartazgo propio de un profesor que explica por enésima vez al alumno torpe la correcta conjugación del futuro simple del verbo comer. Los suyos le animan con el convencimiento propio del empollón que sí sabe de que va la cosa. Sigo. Dos, tres, cuatro preguntas más. El índice de mosqueo fluctúa, explota o se estanca. Una ligera pausa relaja el ambiente. Las azafatas les sirven. Gazpacho de primero. No recuerdo el segundo. Yo no como. Ni me lo ofrecen ni quiero. Sigo. Alianza de Civilizaciones, EEUU, Venezuela, Israel. Todo es cojonudo para el ministro. Todo es discutible para el periodista. La grabadora marca la media hora. Se acabó. Un pequeño interrogatorio sobre mi historial profesional y la cortesía de Caffarel construyen el epílogo.
Otra vez en mi asiento clase turista. El tren agujerea Andalucía a muchos kilómetros por hora. Montañas borrosas, verde, agua, Despeñaperros. Toqueteo mi bolsa de viaje y recuerdo mi última compra, el cómic de Bardín El Superrealista. Lo rescato y lo empiezo. El Perro Andaluz de Buñuel invita a un hombrecillo a la dimensión desconocida del superrealismo, donde torres con ojos y cíclopes conviven en abstracta armonía. Un gato y un caballo adulteran los sueños de Bardín travistiéndolos en pesadillas. Olvido la púrpura y regreso feliz a mi mundo.

