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Política crony

Fede Durán | 2 de febrero de 2013 a las 12:27

EL capitalismo de amiguetes o crony capitalism interpreta una banda sonora sobradamente conocida en Occidente. La componen conceptos como valor añadido, productividad, innovación, emprendimiento, responsabilidad social corporativa, compromiso, sostenibilidad, competitividad, transparencia, pleno empleo, formación, reciclaje, nuevas tecnologías, eficiencia o sociedad del conocimiento. Cualquier programa electoral los recoge, cualquiera proyecta en el panel del futuro una comunidad casi perfecta de seres trabajadores y honestos, protegidos por el manto del Estado del bienestar y por la certeza del buen uso de sus impuestos, dinero herméticamente destinado al bien colectivo, al mandato ineludible del progreso, dinero al fin y al cabo fiscalizado, monitorizado, despiojado de malas influencias o manos extrañas.

Ésa es la banda sonora oficial, pero, ¿quiénes la interpretan? En España, sobre todo, políticos, banqueros y magnates, justo quienes sólo se sienten vinculados a la fragilidad de la palabra, jamás al hierro del hecho. A menudo se ha criticado el papel bipolar -juez y parte- de las agencias de calificación de riesgo, aves carroñeras que alimentan la desgracia ajena en provecho del cliente especulador. Hasta hace poco, la élite ejecutiva (de ejecutar) del país clamaba al cielo: si cumplimos los deberes, si somos gente seria, ¿por qué nos machacan? Quizás el sindicato del rating jugase sólo a forrar a sus patrocinadores; quizás era clarividente. En tal caso, captó antes que nadie que España es el paradigma de la corrupción, una tierra donde toda inversión conlleva una mordida, una pérdida inherente que ha de sumarse al complejo entramado de las autonomías, las diputaciones y los ayuntamientos chupópteros.

El mensaje crony es cristalino: las clases medias y bajas son las únicas sometidas al imperio de la ley y a la soga de la contribución fiscal. Quienquiera que supere los umbrales mínimos del privilegio campará a sus anchas. Es imposible subestimar a esta tribu: la componen políticos y tiburones en indisoluble unidad. Se llama tráfico de favores y es un fenómeno bidireccional. Una parábola perfecta sería la de la alcazaba. Es infinitamente más fácil mantener la posición cuando el atacante está abajo y tú permaneces arriba.

Ahora piensen en un inversor dubitativo. España es una de sus opciones. Pide un informe a sus asesores. Una semana después, le entregan una lista: Pallerols, Nóos, Liceu, Bárcenas, Amy Martin, los ERE, Sabadell, Marbella y Lloret son neones sobre un folio nítidamente blanco. ¿Qué harían ustedes en su caso?

El trasfondo es inquietante, porque aunque aquí exista un sistema de castas, las superiores no dejan de ser un reflejo de las inferiores, y esa afirmación plantea el problema de la catadura moral de nuestra sociedad. La encuesta más útil actualmente sería aquella capaz de responder a la siguiente pregunta: ¿Cuántos españoles procederían de manera distinta a como lo hacen quienes viven en la alcazaba? La respuesta explica como mínimo nuestro último siglo de Historia.