Fede Durán9 de Septiembre de 2008 a las 4:27 pm
La precampaña estadounidense es endiabladamente larga y eso castiga a los actores, que se entregan a la búsqueda de nuevos efectos especiales, y a la prensa, obligada a reinventar cada día sus conclusiones para no anestesiar al lector. Obama me cansa un poco. No deja de ser un producto más. Su mensaje es the dream by Luther King con una capa de modernidad posibilista. Siempre tiene una frase, un lema ansioso por colarse en la historia. El yes we can nos persiguió como un perro de presa y ya aburre, por eso recurrió al más sobrio y contundente enough. Él se vende como un fenómeno limpio, ajeno a la oligarquía republicana (con tantos y tan oscuros intereses), cercano al modus vivendi plebeyo. No me lo creo. Básicamente, porque Obama no es Obama sino la síntesis de los consejos de todos sus asesores, entre los que no dudo que se incluya su entregada esposa (”éste es el soñador con el que vivo”, mítica frase). Esa opinión personal fruto del estudio y las cribas no deja de ser otro producto obsesionado con sus potencialidades. El objetivo no es la sinceridad sino el voto. Como en cualquier otro país.
Domino menos a McCain. Sinceramente, seguir las evoluciones de un republicano de 72 años amigo de Bush no destella entre mis preferencias informativas. Es como cuando compras un disco de un grupo que te remite a otras mil bandas mil veces plagiadas. Acabas apagando la cadena. Su estrategia es más clásica: leña al rival hasta el suspiro final (en su caso, previsiblemente más cercano). Con los giros de tuerca no anda sobrado de imaginación: combate el efecto afroamericano con el efecto mujer (Sarah Palin), añade una pizca de puritanismo al personaje y se encomienda al presunto criterio movedizo de la votante, más entregada a la batalla de los sexos que a la de las ideas.
Luego están los medios, nacionales y extranjeros, sesudos y amarillistas, políticos y universales. Todos caen en un pequeño defecto en su afán por distraer: hasta el más mínimo detalle importa y condiciona titulares. Si Obama educó su fe con un pastor negro que critica determinadas políticas de EEUU como imperio, Obama es un radical. Si grita tres veces enough, es clavado a Luther King. Si está de excursión cuando Rusia invade Georgia, es un irresponsable sin experiencia internacional ni dotes de mando. Cada paso, cada suspiro nos lo venden como un punto de inflexión definitivo… aunque al día siguiente la visión cambie radicalmente porque McCain quizás tenga el corazón débil, se lleve fatal con la comunidad latina, desprecie la NBA y la NFL o coma espaguetis con las manos y sin limpiarse. Es evidente que Estados Unidos merece nuestra atención como primera potencia mundial y menguante poli de la galaxia. Es aún más evidente que todo lo que se cuece allá repercute acá. Sobra decir que no nos basta con los nuestros: la histérica megalomanía de Sarkozy, las bufonadas de Berlusconi, la inevitable depresión que provoca Brown, el soporífero porte de la Merkel o la utopía mentirosa de Zapatero nos dan para un ratito, pero la chicha, las estrellas (y las barras) están al otro lado del Atlántico. Esos tíos manejan el espectáculo, saben desenvolverse, inventan e influyen, son los dioses de la moda política. Tal vez, y sólo es una sugerencia distante y posiblemente ingenua y sin fundamento, al lector le apeteciera a veces desconectar de la obsesión pitonística en pro de los detalles entre bastidores, del inagotable y fascinante universo americano, de la psicología electoral.