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9-N: The Walking Dead

Fede Durán | 10 de noviembre de 2014 a las 17:55

JORNADA DE PARTICIPAICÓN

A veces un conflicto se reduce a un asunto de perspectiva. Siempre obsesionada con Europa, Rusia ha despreciado históricamente su extremo oriental, apenas poblado por 27 millones de habitantes y aislado por la inmensa cuña siberiana. El San Petersburgo de los zares miraba a París y Berlín, igual que el Moscú comunista, que también tiraba de luces largas para atravesar el Atlántico y enfocar a Washington. Sólo hoy los rusos comienzan a entender que el futuro, sin dejar de estar cerca del Viejo Continente, quizás pase a la vez por explotar la zona económicamente más potente del planeta, compuesta por Tokio, Seúl, Pekín, Shanghái y Hong Kong. Vladivostok debería incorporarse a esa liga.

La Cataluña política y cada día más la Cataluña civil –un tercio actualmente– han preferido mirar hacia dentro, ensimismarse y construir un fabuloso relato de heroicidades propias y culpas ajenas, gracias en gran parte a los medios de comunicación, trajeados de cipayos; a un sistema educativo que poco a poco ha olvidado su mandato transversal; y a una masa social asqueada con la crisis y dispuesta a comprar ceguera a cambio de atardeceres ámbar.

Por sus propios flujos de poder, esa Cataluña política propiedad de CiU se ha decantado por facilitar las mayorías precarias de PSOE y PP en el Congreso a cambio de conquistas competenciales y silencios judiciales (caso Pujol), pero nunca ha ensayado una fórmula de verdadera implicación en la agenda global del país. Esa vía, cuyo éxito o fracaso es corresponsabilidad del Gobierno central, era el Vladivostok catalán.

Las cosas han seguido otro camino. España, sin matices, es el enemigo. Cataluña ansía “la libertad”, la democracia, una realidad sin techo donde desaparecerán el paro, la corrupción y todos esos otros vicios tan hispanos. Para lograr el objetivo, ha optado por sortear las leyes, enarbolar un contrato ya cerrado, culpar a Rajoy de inoperancia, presionar a sus ciudadanos para que salgan a la calle, ahondar en el manual del buen catalán y aclarar que se saldrá con la suya caiga quien caiga. El resto simplemente observa, entre perplejo y hastiado, un relato que corta lazos sentimentales y en cierta forma asusta. Una tierra donde los matices son marginales, la autocrítica pobre y el clamor popular tan unívoco es una tierra zombi.

Iñaki Anasagasti, senador y cromo clásico del PNV, comentaba hace años a un observador internacional el modus operandi del nacionalismo vasco. Empezamos pidiendo, y un día nos dieron, así que seguimos, y siguieron dándonos, y entonces vimos lo fantástico que era todo esto. El problema es que CiU se ha saltado varias paradas y ha aparecido directamente en la estación final, envalentonando a ERC, anulando por acomplejado al PSC y empujando a muchos dirigentes no secesionistas a un rocambolesco juego de equilibrios dialécticos para no parecer enemigos de la tribu (Duran Lleida, Herrera). Lo que en adelante debe plantearse España –incluidas las Españas extrapolítica y catalana– es si merece la pena insistir en la unión teniendo en cuenta que este pulso es tendencialmente infinito. Aun integrándose transitoriamente, aun con más protagonismo en Madrid, el ex nacionalismo catalán –verdadero capo de esta historia– encontraría tarde o temprano exigencias no atendidas cuyo corolario serían de nuevo las islas utópicas unilaterales. Lo que piense la mayoría de Cataluña sólo importará cuando coincida con el guión oficial. Qué pena. Y qué estafa.

Coda 1: 1,8 millones de catalanes sobre un censo de 6,2 han votado sí (a un Estado propio) y sí (a la independencia). No llega al 30% del total. Pese al panfletismo. Pese a la maquinaria. Mas debería dimitir. Ya debió hacerlo en 2012, cuando perdió 12 escaños. Pero el hombre es terco.

Coda 2: complejidades. CiU secuestra la vida política catalana, teledirigiéndola hacia donde más le conviene, y la sociedad difiere de su última apuesta pero sigue votando soberanismo cuando llegan las elecciones. Eso significa que el PSC ha muerto por ambiguo y sólo resucitará si recupera su discurso integrador y plural sin miedo al qué dirán. Una parte importante de Cataluña anhela terceras vías. Fiel a su tradición marciana, el PP sigue fuera de juego, incapaz de tejer seducciones más allá del binomio Madrid-Valencia.

La muerte del proceso catalán

Fede Durán | 20 de octubre de 2014 a las 19:21

ORIOL JONQUERAS

El proceso catalán está muerto. O más concretamente su dinamo política. Rajoy se ha revelado el mejor especialista por omisión, y en este caso la fórmula ha sido óptima. El posnacionalismo ha construido un castillo que parecía imponente al recortarse contra el horizonte de esta España mórbida, pero el castillo era netamente español (cimientos de plastilina) y se ha desbaratado solo, a lo bonzo.

Artur Mas lo ha hecho todo: reinventarse, proyectarse, endiosarse, ridiculizarse y suicidarse. La no consulta del próximo 9 de noviembre es una derrota mayor que cualquier prohibición, pero CiU ya sabía a lo que jugaba: ningún país del mundo ha sido capaz de organizar unas elecciones sin un margen razonable de tiempo. El cromo que se exhibía en los quioscos de la propaganda no era una victoria de la democracia (tal y como ellos la entienden) sino un amago sin convicción, un mal simulacro. Pese a todo, casi hasta el final, el president ha contado con un respaldo inaudito a la izquierda y a la izquierda de la izquierda. Ha sido un activo dilapidado del que quizás no vuelva a disfrutar.

Cataluña no tiene aliados fuera de Cataluña. Bruselas niega carrete a la independencia si no media pacto con el Estado (y aunque medie). Las cartas de Mas a la diplomacia explicando su causa han acabado como aquellos papeles de Enron. 

Siempre nos quedará Junqueras, Oriol, pensábamos. Un tipo auténtico, un verdadero idealista. Pero tampoco. Un político que solloza en un programa de radio es un político que se autodestruye. Un político que se ausenta del intento de juicio parlamentario a Pujol a cambio de la mercancía metafísica es un político indigno. Un político que acude a Sevilla y muestra semejante debilidad de argumentos es un político incapaz (Jordi Évole, Salvados, 19/10/14).

Ahora a la secesión le queda una bala, que es la que acaricia ERC en las noches de luna llena para protegerse del hombre lobo hispano, tan feo y tan peludo: victoria electoral con la independencia como programa (país zombi, podría ser la definición) y declaración unilateral de divorcio. Rajoy, probablemente contrariado al principio, no tendría más remedio que actuar, supongo que inhabilitando a Junqueras como president y suspendiendo determinados atributos de la Generalitat hasta tanto las aguas volvieran a su cauce con (por ejemplo) una gran coalición de aroma germano con CiU y el PSC y apoyos en la sombra del PPC (no se escandalicen, eso ya ocurría sistemáticamente bajo el Pujolato). Por si no se habían dado cuenta, CiU es inmortal.

En toda esta tira cómica (raíz: cómic), Cataluña ha demostrado ser una hipérbole de España. Más corrupción, más ridículo, más mentiras y mucha más fantasía. Esto último no sería pésimo si no se basase en la idea, cincelada a fuerza de repetición, de que la independencia abre las aguas y limpia el ingreso al paraíso, un paraíso que los catalanes se han negado desde la política autonómica, no desde la opresión estatal.

Molinos de viento, Artur

Fede Durán | 15 de octubre de 2014 a las 13:48

EL futuro ya es el presente y reafirma el pasado: Artur Mas ha sido fiel a la fullera tradición de CiU. No habrá consulta en versión original sino un remiendo y una salida adicional si la alternativa a la alternativa también falla. El remiendo es casi más tramposo que la doble pregunta del inciertísimo 9-N porque supone tirar del aparato nacionalista (del aparato institucional de la Generalitat, de sus edificios y, otra vez, de su propaganda) para facilitar al votante catalán unos colegios pseudoelectorales en los que pseudopronunciarse. CiU ha procurado canalizar lo que denomina pulsión democrática del pueblo a través de un circuito cerrado y constitucionalmente vetado al que sólo accederán los partidarios del derecho a la autodeterminación. Quienes asumen de partida que todo es una farsa no bajarán al barro del truco. Eso ya castraría cualquier atisbo de legitimidad. Si es que se vota.

La alternativa a la alternativa son unas elecciones plebiscitarias. Lo de plebiscitarias es un brindis al sol porque la legislación española no confiere a las urnas semejante efecto. Artur Mas pretende componer una lista unitaria junto a Esquerra donde la independencia sea el único verdadero orden del día. En los subterráneos de esa oferta huele nuevamente a veneno: la lista la encabezaría, cómo no, el propio Mas, un dirigente amortizadísimo que se dejó 12 escaños en las anteriores autonómicas y que perderá algunos más en las siguientes. Reglamentariamente, tal movimiento no impediría después configurar distintos grupos en elParlament.

La generosidad de ERC sobrepasa ya cualquier cálculo razonable. Oriol Junqueras quiere la independencia como los niños sueñan con su primera bici. Está dispuesto a darlo todo. Al revés que ICV y la CUP, los pequeños aliados que ya se han bajado del ruc (burro), su paciencia es infinita y su fe en la viabilidad de la secesión auténtica. Que Mas sea un trilero le importa menos que el escenario donde actuaría si el bloque CiU-ERC gana las elecciones. Entonces, Junqueras declararía unilateralmente el divorcio del todo hispano. Pero para lograrlo ha de medir con una precisión que aún no ha exhibido el paso previo, o sea, la arquitectura de la lista única, en la que habría de quedar fielmente reflejado el reparto de pesos (listas cremallera, por ejemplo: un convergente, un republicano, y así sucesivamente). Es su única garantía para eludir otro regate de Houdini-Mas.

En cualquier caso, la actitud de Mas y en menor medida la del mismo Junqueras son censurables. El primero micciona sobre el orden establecido con los aires de Fouché que no tiene, chuleando al Gobierno y explotando con descaro el recurso apolillado del pérfido enemigo mesetario. ¿Dónde está el programa de CiU, dónde sus políticas sociales o sus novedosos giros de tuerca para devolver la esperanza al maltrecho ciudadano medio? Junqueras en el fondo es fiel a su propia familia política. Macià y Companys, ya saben, intentonas que acabaron en nada gracias a los diversos modos de persuasión con los que contaba un Estado mucho más débil que el actual. Rajoy El Pasmado, la Momia Rajoy o Mariano a secas sigue donde estaba (en el butacón) porque el actor realmente temeroso no es Madrid sino Bruselas. Son molinos de viento, Artur.

Territorio no tan comanche

Fede Durán | 12 de octubre de 2014 a las 14:42

Ya saben que Oriol Junqueras es el líder de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC). Menos epidérmico que Josep Lluís Carod-Rovira, resulta a la vez más pasional que Joan Puigcercós, una suerte de término medio entre sus dos predecesores. Historiador, católico y dicen que cofrade, Junqueras ha apostado fuerte por la independencia y ha jugado aún más fuerte su baza de socio en la sombra para empujar a CiU hacia el objetivo, cuyo primer hito debiera ser la consulta del 9-N que no se celebrará. Es, sin duda, un tipo inteligente, culto y harto educado: un catalán de la vieja bella escuela. Para demostrarlo, Junqueras ha tejido una curiosa alianza, o más exactamente ha recogido un valiente guante. El martes viajó a Sevilla junto a Jordi Évole (Salvados) para explicar sobre el terreno (¿comanche?) su causa. Mañana sabrán el formato. Pero se puede adelantar el resultado.

En contra de la imagen trasladada desde determinados medios, la experiencia fue buena. Al equipo de Évole y al propio Junqueras les sorprendió la acogida andaluza. Por la calle, afirman, hubo muestras de respeto y hasta de cariño, e incluso constan defensas cerradas del derecho a decidir si España se quiebra o se recauchuta. Lo explica Enric Juliana en estas mismas páginas: a menudo el fragor de la batalla política y mediática se vacía ante el careo con la realidad social, menos crispada, más dispuesta a las muy británicas terceras vías.

Junqueras procura desmontar la idea de emergencia que esculpen historiadores y constitucionalistas (Ricardo García Cárcel y Roberto L. Blanco, por ejemplo), en la línea argumental que suscriben Artur Mas, Joan Herrera e incluso Pablo Iglesias. Quiere, simplemente, que el pueblo catalán vote con la naturalidad con que lo hicieron semanas atrás los escoceses. En su fortuito encuentro con el ex presidente andaluz José Rodríguez de la Borbolla, aseguró que “ahora es el momento”, pese a admitir en paralelo que “existen condicionantes externos”. Llamémoslos Unión Europea en general o Alemania, Francia, Italia y Bélgica en particular.

La aparición del jefe de ERC en Sevilla encierra quizás algunas de las claves del futuro escenario hispano, cada día más abocado a una reforma constitucional donde la Cataluña posibilista buscará fórmulas de cariño y dinero. La todavía suma necesaria de PP y PSOE tendrá que plasmarlas con delicadeza de neurocirujano. Tan cierto es que nadie en el club nacionalista aceptará una reedición de café para todos como que Andalucía buscará su siguiente peldaño federal. Junqueras viajó con Évole porque en su fuero interno, casi abisal, algo de eso intuye, y porque no hay mayor conexión sentimental y sanguínea entre CCAA que la que enlaza a catalanes y andaluces.

Es probable que el tótem del secesionismo (ANC y Òmnium Cultural aparte) sepa asimismo lo que sigue. Al fin y al cabo es su vocación original. La cruceta geográfica Cádiz-Sevilla, o sea, Atlántico-Mediterráneo-América-Europa, atrajo en los siglos XVII y XVIII a cientos de miles de paisanos suyos al epicentro de la riqueza ibérica, paisanos que adornan hoy nuestros callejeros y alumbran un pasado mestizo e inexorablemente común. Aristóteles volverá a tener razón. En breve.

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Todos piden la cabeza de Duran

Fede Durán | 10 de enero de 2013 a las 14:13

El caso Pallerols es la última prueba de la arraigada tendencia a la corrupción de la clase política catalana, pero encierra además una importante vertiente política. Josep Antoni Duran Lleida, líder de Unió y cabeza visible de CiU en Madrid desde hace años, ha sido víctima, como tantos otros, de sus promesas. Sujetas siempre a la interpretación, ni las suyas ni las de IU (ningún sospechoso de corruptela en las listas), el PP de la regeneración democrática (Baltar, Fabra, el paroxismo de la trama Gürtel)) o el PSOE-PSC de la alternativa transparente (los ERE en Andalucía, Bustos en Sabadell, el caso Alcorcón) han podido con la demoledora realidad. El político toma lo que cree suyo.

Duran dijo que se iría si su partido robaba. Bien, su partido ha robado, pero Duran no se irá. Ayer pidieron su cabeza todas las fuerzas de la oposición catalana y algunas voces del PP nacional con intenciones diversas. Unos buscan simplemente erosionar con el eterno y siempre difícil juego del contraste comparativo, que en España no arroja vencedores y vencidos sino diversos grados de corrupción. Otros, como Esquerra, tratan subterráneamente de eliminar el último dique de contención soberanista de CiU, que ni siquiera es Unió en su integridad sino Duran en primera instancia y algunos de sus lugartenientes después, pero poco, cada vez menos, la sangre de la nueva militancia, tan nacionalista y rupturista como los cachorros de Convergència Democràtica.

El rol de Duran Lleida, el hombre que quiso ser ministro, es actualmente una incógnita. Como los socialistas catalanes, es víctima de la presunta superioridad moral del nacionalismo en su vertiente menos integradora. Su voz queda sepultada bajo los tambores batientes del proceso independentista, liderado sin sombras (internas) por Artur Mas y tutelado desde un estadio de superior compromiso político por el presidente de ERC, Oriol Junqueras, al que muchos atribuyen ya mayores y mejores dotes de mando a pesar de su subsidiariedad.

En realidad, la patria ha sido siempre el parapeto perfecto para los prohombres de la nación catalana. Nadie ha podido nunca derribar a Pujol, ni siquiera cuando la autopsia de Banca Catalana dejó meridianamente claras las maldades que arrastraba el muerto. El caso Palau le ha costado a CDC embargar su sede para cubrir la fianza de 3,2 millones impuesta por el juez, pero jamás amenazó a la planta noble del partido. Unió cuenta con sus propios regates -los casos Turismo y Treball, por ejemplo- y anota ahora su primer gol en contra sin que el guión vaya a variar una coma.

Y eso no es necesariamente negativo. Porque cuando el Plan Mas-Junqueras rompa contra los arrecifes del Estado, Duran tendrá que trabajar duro para reconducir la situación desde y con Madrid. Siempre que el plan encalle, claro.

Porque al dirigente español se le adjudican en abstracto atributos no necesariamente reales. Parece mentira que el primer mandato de José Luis Rodríguez Zapatero, o tal vez no su mandato sino el ambiente institucional del momento, transmitiera más firmeza ante los rebeldes. El Plan Ibarretxe fracasó y nadie mentó al Ejército ni el PNV levantó barricadas. Mariano Rajoy, presidente, de fuerte gen gallego y en consecuencia ambiguo y oscilante, ha consentido por la vía del silencio o la pusilanimidad una escalada de desafíos impensable en un país guiado por el imperio de la ley y con procedimientos políticos bien definidos.

Artur Mas ya no pide, exige; ya no saluda, bufa; ya no anuncia intenciones sino que amenaza con hechos que no caben en el marco constitucional ni en los mecanismos elementales del espíritu pactista. Tampoco templa gaitas, por prolongar la onda Rajoy. Ningún gesto ajeno a su hoja de ruta será bien recibido o siquiera estudiado. El pacto fiscal se le ha quedado corto. Pero el Gobierno central, y con él lo que quede de oposición, deberían recuperar la iniciativa y plantear un horizonte de mejoras factibles para Cataluña.

Descontaminar a la opinión pública catalana no es tarea fácil. El “España nos roba” sólo puede diluirse con una radiografía rigurosa de las balanzas fiscales, es decir, del verdadero balancín económico entre el Estado y la región (la diferencia entre lo aportado y lo recibido por Cataluña). Si el flujo es descaradamente negativo, habrá que encajar mejor la doble naturaleza catalana -por una parte, comunidad rica; por otra, y por ello, contribuyente neta a la equiparación de los servicios básicos entre CCAA- en el entramado español. Lo decía Muñoz Machado semanas atrás: descapullar la Constitución no es pecado. En esta imponente acción de construcción de la alternativa al menú CiU-ERC, Duran es un alfil crucial. Unos lo llamarían deslealtad, otros simplemente inteligencia.

Mas se estrella, CiU tiembla

Fede Durán | 26 de noviembre de 2012 a las 10:40

Por primera vez, CiU afrontaba las elecciones catalanas con una apuesta inequívoca aunque progresivamente suavizada hacia la independencia. Era un punto histórico de inflexión en sus relaciones con el resto de España. El seny dejaba paso a la rauxa, y la aspiración de un nuevo comienzo borraba cualquier rastro de mala gestión, de latrocinio o de tijeretazo. Eso creía, al menos, Artur Mas, presidente en funciones de la Generalitat, cuando se enfundó el traje de padre de la patria y empapó todas sus intervenciones del aura de los elegidos. Pero las urnas le han jugado una mala pasada: no sólo no ha logrado los 68 escaños de la mayoría absoluta; ha perdido 12 respecto a 2010, dificultando mortalmente el futuro más inmediato del Parlamento catalán. Razones para afirmarlo hay varias: 1. La vía de la secesión sigue viva, pero implica entenderse con Esquerra (21 diputados), un partido tradicionalmente alejado de la contención de CiU y situado en el arco ideológico opuesto, igual que la CUP (3). 2. Mas exigía una mayoría contundente que avalase su proyecto. No la ha obtenido, así que debería incluir en el “periodo de reflexión” que anoche mismo pidió a todos los partidos la posibilidad de dar por zanjada su trayectoria política. 3. Pronto se alzarán voces autocríticas que exigirán que CiU vuelva a su proverbial mesura, y entonces llegará el momento de medir la verdadera temperatura de la apuesta independentista en las calles.

Mas aclaró que no se bajará del burro del cargo. “Todas las combinaciones pasan por un Gobierno liderado por CiU”. El problema es cómo se concreta eso. Porque las tres opciones aparentemente factibles con la calculadora en la mano son descabelladas desde el corazón convergente: ERC selló dos legislaturas con el PSC de Maragall, primero, y Montilla, después. Sus latidos son de izquierdas, aunque esta vez jugaría a su favor el sacrosanto reto de la ruptura con España. Su líder Oriol Junqueras, no oculta su voluntad de entendimiento con Mas. Cree que juntos pueden. Lo que piense Mas ya es harina de otro costal. La segunda opción es optar por un Ejecutivo en minoría con el respaldo puntual del PP de Alicia Sánchez-Camacho, que fijó el récord del PP en 19 escaños, uno más que hace dos años. El precio de CiU sería aparcar su hoja de ruta y volver a lo de siempre, posiblemente con el pacto fiscal como resucitado eje estratégico. La tercera vía, inédita hasta la fecha, pasa por tirar de un depauperado PSC (20 escaños con 30.000 votos más que ERC) vía alianza formal o informal. Muy improbable escenario.

Circunspecto y arisco, Mas atribuyó el bajón de CiU a la dureza de la crisis y los consecuentes recortes aplicados. A su lado, en el clásico y chamánico Majestic, comparecían, ceñudos o abatidos, el líder de Unió, Josep Antoni Duran, y el ex president Jordi Pujol, salpicado, como Mas, por la polémica de unas presuntas cuentas fraudulentas en Suiza. Queda en la atmósfera la sensación de que CiU ha desbrozado un camino incómodo y ERC ha recogido los frutos. Se confirma asimismo la debacle sin paliativos del PSC, que como consuelo mínimo queda por delante del PP pero constata que sus competidores por la izquierda exhiben mayor proyección: ERC, ICV y la CUP (que debuta en la cámara regional) suben; sólo el socialismo baja.

El frente soberanista sumaría 87 escaños, siempre que en ese saco se incluya a ICV, partidaria de la consulta de autodeterminación pero no -al menos claramente- de la independencia. La contraparte de ese bloque la conforman los 39 diputados que suman PSC y PP y los nueve que aporta Ciutadans, el partido de Albert Rivera, que triplica los asientos de 2010 y registra 164.000 votos más. En la batalla de los pequeños, Rivera y los suyos -apadrinados en su día por los Boadella, De Carreras, Ovejero y otras voces enemigas del nacionalismo y la corriente identitaria- fueron los grandes vencedores.

Podría parecer que la iniciativa a partir de ahora corresponde a Artur Mas. Pero muchos ojos virarán hacia Junqueras. Su acercamiento a CiU y la respuesta de la federación retratarán la sinceridad con que el president concurrió a las urnas. Si la independencia era un señuelo para el pacto fiscal, la jugada ha sido un fracaso. Y si querían un holgado margen de maniobra para negociar cara a cara en Madrid, Esquerra será, por derecho propio, un celoso vigilante del proceso.

La catarsis afectará paralelamente al PSC, que o se reinventa o se muere. Ni José Montilla ni Pere Navarro están a la altura mediática de Pasqual Maragall, y la pata más ilustrada del socialismo catalán ha renegado o reniega de las siglas en un goteo implacable. Curiosamente, han sido los partidos más fieles a su discurso convencional los que salen reforzados. Esquerra siempre ha propugnado exactamente lo mismo. El PP, aunque con formas más refinadas en la época de Piqué, también. Lo mismo cabe decir de ICV o Ciutadans. Sólo CiU, con su órdago maximalista, y el PSC, atrapado en su crisis de identidad, han sido acribillados por el elector.


Por votos, CiU superó el millón y el PSC los 500.000, lejos de aquellos años de gloria (1999 y 2003) en los que perdía en escaños lo que le ganaba en papeletas al eterno enemigo. Esquerra y PP se movieron en la franja alta de los 400.000, ICV alcanzó los 355.000 y Ciutadans se plantó en 273.000. Cataluña vuelve a tener un Parlamento complejo, bien nutrido de opciones y muy difícil de embridar. Si Mas llega a saberlo, quizás habría preferido quedarse como estaba. 62 escaños parecen hoy una barbaridad. Y 50 una sonora, histórica, contundente decepción.

La participación roza el 70% y marca un máximo histórico 

Un total de 3,56 millones de catalanes de los 5.257.252 llamados a las urnas ejercieron su derecho al voto, lo que supone una participación del 69,5% y 10,7 puntos más que en las elecciones al Parlament celebradas el 28 de noviembre del 2010, cuando CiU recuperó la Generalitat tras siete años de tripartito. En una comparecencia en el Parlamento autonómico, la vicepresidenta del Gobierno catalán, Joana Ortega, confirmó que se trata de “la participación más alta de las últimas siete elecciones” celebradas en Cataluña.

La participación superó el récord que ostentaban los comicios de 1984, con un 64,3%, y los de 1995, con un 63,6%; en 1980 la participación fue del 61,34%. Ortega destacó la “normalidad de la jornada, en la que no ha habido ningún incidente que obstaculizara el derecho a voto”, y ha agradecido el trabajo a todas las personas que han contribuido para que fuera posible. Los catalanes optaron por acudir masivamente a las urnas ante unos comicios en los que se planteaba el debate de un nuevo encaje territorial de Cataluña con España, con la posibilidad de celebrar un referéndum o consulta sobre el futuro de la comunidad. Esta participación supera también la de los últimos comicios al Parlamento en 2010, cuando, superando los peores augurios de escepticismo motivados por la crisis económica, la participación se situó en un 58,78%.

En la circunscripción de Gerona la participación fue del 70,68%, con un total de 334.832 votos, más de 11 puntos por encima de la cifra de 2010. En la provincia de Barcelona votaron 2.663.982 personas, lo que supone un 69,84% de participación, nueve puntos por encima de 2010. En Lleida fueron a las urnas 197.868 personas, un 69,32% de personas, más de 10 puntos por encima de los comicios de 2010, y en Tarragona la participación fue del 66,35%. La participación en estas elecciones también contrasta con la de los municipales en mayo de 2011, cuando votaron el 54,93% de los electores catalanes, 1,07 puntos por encima de 2007 cuando se marcó un récord absoluto de abstención en todas las convocatorias de comicios locales, autonómicos y generales desde 1979. En las últimas generales, Cataluña registró la segunda menor participación de la historia en unas elecciones en este ámbito, después de que acudieran a las urnas el 66,84% de los ciudadanos con derecho a voto, a la par que el voto nulo y el blanco alcanzó registros máximos -el voto nulo se triplicó hasta el 1,58% del censo y el blanco llegó al 1,85%-.