Archivos para el tag ‘Portugal’

Vuelve el tigre celta

Fede Durán | 5 de marzo de 2012 a las 16:41

GRECIA, Portugal e Irlanda son los tres países de la Eurozona sometidos por ahora al escarnio del rescate. Los dos primeros pacientes siguen mal, pero el tigre celta ruge parcialmente de nuevo. Primero, la memoria: los irlandeses combinaron, como EEUU o España, dos potentes venenos: las burbujas inmobiliaria y financiera, tan estrechamente unidas. Una burbuja, ya lo saben, es la expectativa de una subida permanente de precios, de forma que quien invierte siempre ganará dinero al desprenderse del activo. Pero las burbujas tiene la costumbre de estallar. Y allí estallaron a lo grande.

Los políticos se encargaron de alisar el camino a la banca con una generosa desregulación en línea con la mejor tradición anglo. El PIB de Irlanda creció un promedio del 6,5% entre 1990 y 2007. Sus funcionarios se convirtieron en los mejor pagados de Europa. El impuesto de sociedades, apenas el 12,5% frente al 23% de la UE, atraía suculentas inversiones extranjeras. La renta per cápita superó a la de la paradigmática Alemania. Hasta el gatillazo, todo encajaba. Después, un rescate de 85.000 millones de euros y un severo plan de austeridad cuyo cumplimiento Bruselas vigilaría con espumosa rabia.
Aunque lo peor ya ha pasado, las manchas aún se ven en la corbata. La tasa de paro en 2011 (14,50%) apenas recortaba una décima a la marca de un año antes. La angustia financiera persiste, hasta el punto de que actualmente una de cada diez hipotecas se reestructura o directamente no se paga. El consumo no despega. Y las exportaciones, una de las grandes bazas de los últimos tiempos, serán perjudicadas por las malas perspectivas de la economía mundial. Los bancos, por último, se encomiendan todavía a las inyecciones revitalizadoras del BCE tras haber recibido del Estado generosos empujones.

¿Por qué entonces Irlanda apunta ya a la resurrección? Básicamente, porque los salarios y los precios han bajado. La célebre devaluación interna. España está dispuesta a copiar el folio salarial del discurso, pero se resiste a aplicar, sobre todo en el ladrillo, esa caída obligatoria para reactivar mínimamente los intercambios (siempre que fluya el crédito). Hay otra diferencia, y no es baladí: Irlanda, gracias al ya mencionado tributo societario, es la base de operaciones de numerosas compañías estadounidenses cuya actividad genera empleo e influye en el despertar de la cadena de las transacciones.

Lo esencial, en realidad, es que los mercados -los grandes jueces de esta nueva era pero también de varias eras anteriores- han perdonado al país. Lo demuestra la prima de riesgo, que pasó de aquel aberrante diferencial de hasta 1.400 puntos básicos con el bund a los actuales 640-650. Conclusión: si contentas a la banca y al inversor, el resto es pan comido. Al menos por lo que respecta a la credibilidad, un concepto etéreo que no da de comer.

Etiquetas: , , ,

De la civilización al navajeo

Fede Durán | 12 de julio de 2011 a las 14:33

One more time: la prima de riesgo (PR) mide el diferencial a diez años entre el interés que paga España (o cualquier otro país) por colocar deuda soberana en comparación con el bono (bund) alemán, tomado como referencia por su presunta solidez. Un diferencial de 350 puntos básicos significa que España le añade un 3,5% de interés al que ya paguen los alemanes. Si Grecia ronda los 1.300 puntos (13%), pueden hacerse una idea del bestial coste que supone financiar las deudas estatales en esta orgía de los mercados, la especulación y la madre que parió al rating.

Por cierto, ahora dice Bruselas que es urgente:

  1. Exigir más transparencia a las agencias de calificación dado el impacto de sus notas en la evolución de la citada PR. Si esta vez la UE no se pierde en infinitas discusiones, cuando una agencia otorgue una nota a un Estado miembro, las autoridades comunitarias deberán tener acceso a los informes internos en los que dicha nota se basa.
  2. Promover la competencia frente al oligopolio de Moody’s, S&P y Fitch (el trío calavera del rating) mediante la creación de pequeñas y mediadas agencias ¿independientes?.
  3. Prohibir las calificaciones destinadas a los países que hayan sido rescatados (como Grecia, Irlanda o Portugal).

Italia y España las están pasando canutas. ¿Caerán ambas? Si la respuesta es negativa, ¿quién tiene más papeletas para pegársela y acudir con el rabo entre las piernas a Bruselas? Argumenta con buen criterio mi compañero José Luis Benayas que lo que cuenta es la deuda pública: Italia, 120%; España, 62,3%; además de la capacidad de devolverla/refinanciarla. Vale, es cierto, pero el trío calavera sigue ahí y en cualquier momento hará de las suyas. ¿Nos dará en la boca a nosotros? ¿Preferirá merendarse a nuestros primos latinos? Se supone que estos tíos emiten sus veredictos en función de muchos otros parámetros macro. Tenemos el doble de paro (8,1% Italia; más del 20% España), exportamos la mitad y estamos mucho menos industrializados. ¿Qué pasará? Ni idea. Pero el asunto es crucial. De la civilización al navajeo made in Mad Max apenas hay unos metros.

Sígueme en Twitter: @fede_duran

Nadie conoce a nadie

Fede Durán | 19 de noviembre de 2010 a las 16:54

En el club de los países del primer mundo hay gigantes y gigantillos. Estados Unidos originó la supercrisis mundial que aún devora, también por sus propias patochadas, a España. Las hipotecas subprime y demás golosinas financieras quedarán talladas en la memoria colectiva como antes ocurrió con el esquema Ponzi y otros entrañables timos. Pero el Imperio sigue ahí, carburando, y sus gentes ya no hablan de recesión sino de las dificultades aritméticas de Obama, del big three de los Miami Heat y del presunto nuevo trabajo discográfico del fallecido Jacko. Japón, que parece sumido en un eterno bache, tampoco abandona el primer furgón macro aunque las estadísticas ya adelanten que China es mejor en algunas cosas. Alemania también se moja cuando llueve, pero tener enormes multinacionales le permite aplicar la teoría del tentáculo (repliegue de los apéndices exteriores para conservar intacta la matriz y el mercado de trabajo). Sarkozy recorta y Francia se echa a la calle, aunque a nadie se le ocurriría excluirla del G-8. Inglaterra palidece pero todavía es dueña de la City y la libra (que según sople el viento es buena, mala o simplemente regulera). Italia coloca todo el talento de su norte aunque el sur le rebaje los rating. Y luego están Grecia, Portugal, España… e Irlanda.

En realidad, el mundo anglosajón habría querido recudir esa lista tóxica a las tres primeras naciones, los auténticos cerdos del continente y el eslabón débil del euro. Grecia cocinó su caída porque quiso: falseó sus estadísticas comunitarias, se endeudó muy por encima del listón del Pacto de Estabilidad y vio como de repente su prima de riesgo volaba mucho más allá de sus posibilidades, con la consiguiente parálisis. No sin el característico titubeo marxista (de los Hermanos Marx, no de Carlos) de los socios de la UE, llegó el rescate, que no es gratis sino al 5% de interés, y con él los lamentos y los reproches. Grecia, país mediterráneo de alegres tradiciones (la historia ya no le sirve de aval), era el perfecto ejemplo del derroche meridional, extensible, claro está, a Portugal y España. Ambos fueron pronto el centro de todas las suspicacias internacionales. Si los griegos habían mentido e inflado sus cuentas, ¿por qué no habrían de hacerlo también los tramposos latinos?

El Gobierno de Zapatero se sintió, menos mal, exigido desde fuera, presentó su carta de buenas intenciones y superó la criba de la viabilidad. Sus bancos, por cierto, parecían incluso más en forma que los mejores bancos de los mejores vecinos. Aun así, puntualmente, la sospecha de un rescate vuela en círculos sobre suelo hispano como el buitre ante el ser vivo en trámites hacia la carroña. Portugal está al borde del abismo. Su ministro de Finanzas repite que es el conjunto de los países torpes el que se somete a examen y que la situación irlandesa embarra también a España. Añade, como una queja más o menos soterrada, que las cosas serían distintas si no pertenecieran a la Eurozona (cómo cambia la vida). Italia, adicta a la tragicomedia, permanece por ahora en un segundo plano. Quizás la mierda no le salpique.

Y queda Irlanda, que rompió el maléfico plan anglo aunque más de un político inglés sonría en la intimidad del hogar ante sus calamidades oficiales: el Ejecutivo irlandés ha aceptado la ayuda de la UE y el FMI, pero no porque sea incapaz de rebajar su déficit o porque haya mentido con los números, sino porque sus bancos, éstos sí, están tiesos como la mojama. Ah, Irlanda, ejemplo reciente de crecimiento bien apuntalado, poema del I+D, envidia de tantos hace tan poco… Un caso curiosamente parecido al de Islandia, el edén del que nadie nunca querría marcharse, el paraíso terrenal, el paradigma de la buena economía. En verdad, ni FMI, ni Moody’s, ni comisarios, ni gurús. Desgraciadamente, en este ámbito, nadie conoce a nadie.

Etiquetas: , , ,

La isla de Fellini

Fede Durán | 10 de agosto de 2010 a las 21:42

P1000156_2La cola del pantalán y un barco viejo que mecen las olas. Caben bicicletas y perros, viejos y surferos, hippies y complejas almas esculpidas por la sofisticación. Al fondo está la isla, que nos espera con una mueca fea de viento y lluvia, no sabéis lo que os espera. Cielo gris, gaviotas ceñudas que nos cagarían encima si encontrasen el ángulo propiciatorio. Descubrimos un nicho libre justo a estribor. Enfrente, una señora muy mayor con los ojos tan tristes que parecen haber enviudado antes que ella. Su marido le ha cedido el balcón al mar y ella asoma la cabeza por si alguna gota se convirtiera en chispa y le devolviera con el impacto unos años de vida y fuerza. Luci y Bom fotografían y yo me despido de ellas en silencio, dejando que el fin de semana escriba un mensaje suficientemente sincero y emotivo durante sus largas horas de monólogo. Llegamos a la isla y otro pantalán más roído nos tiende la lengua y nos entrega a la tierra. Son las fiestas del pueblo, hay una carpa, alguien grita como si quisiera cantar. Atravesamos las calles de arena de playa cargados hasta las trancas con un campamento base muy huérfano todavía. Huele a sardina porque nadie cierra las puertas de sus casitas sin licencia. Dentro, a oscuras, las piezas sueltas de las familias recomponen un tablero de ensaladas y fritanga y cerveza y cubiertos con mangos de plástico. El camino se ensancha y empalma con una pasarela de madera bien barnizada y mejor flanqueada por papeleras de metro y medio que conduce al rincón prometido. Pienso en la puta nevera cargada de botellines cada vez que mis brazos rotan en la carga, pero el Atlántico irrumpe al fin como la bestia descomunal que es, tocado en esta ocasión por un faro a la derecha y una inmensidad nebulosa al otro lado. Alguien agita los dados y esparce aleatoriamente las tiendas de campaña. Muchos dormirán envueltos en la toalla, enamorados o solitarios, concentrados todos en sus pleitos invisibles, en sus charlas con el océano. Nos plantamos en un claro, bebemos, nadamos. Después buscamos un escondrijo para los trastos y regresamos al pueblo, donde de repente comprendo la postal: Fellini ha rodado esta película y ha elegido con esmero el reparto, compuesto por pescadores sin dientes y amas de casa asimétricas que se enzarzan en conversaciones repletas de saludos, bromas y bufidos sin dejar de observar al visitante con un brillo tolerante en los ojos. Me gusta la escena que se filma en esa mesa de la izquierda, donde un señor diminuto agarra por el cuello a su obeso amigo en una caricia de corte varonil, porque, claro, los hombres oficiales no se acarician de ninguna otra forma. Los niños son testigos mudos, pero están ahí, en primera línea, integrados como sacos en una trinchera de Normandía, zarandeados a veces, collejeados otras, en un escalón inmediatamente superior al de las mascotas, tan improbables como sus dueños, tan peregrinas, tan absortas en una nada más completa que muchos todos del continente. Cenamos en una mesa apartada de un restaurante apartado. Cenamos y llueve y deslizamos confidencias entre sorbos de cerveza y emprendemos la vuelta sin luz al escondite, donde nada se ha movido aunque el paisaje sí que hable, y mucho, de la eternidad de aquello que no cambia. Luci y Bom se meten en las sombras primero y en el saco después, apuran sus cervezas y hablan hasta apagarse. La noche nos parte en tres y cerramos los ojos y dejamos que el levante nos cuchichee mensajes cifrados de sueños envenenados. Mi cabeza se enreda con leopardos marinos y adiestradores frustrados. Y sueño que llueve justo cuando empieza a llover. Meto la cabeza en la sombrilla, que ya es un paraguas de pleno derecho, y la junto a las de Luci y Bom hasta que el hueco de nuestras nucas forma un triángulo, y entonces recuerdo el nombre de aquel grupo bizarro, y apoyo los brazos en la arena y me rindo al cansancio y a la ficción asilvestrada mientras en paralelo, por otro canal neuronal, empaqueto este momento para introducirlo en la cámara acorazada de la memoria, sección momentos estelares de la (pequeña, miope) humanidad.

Etiquetas: ,

La República de Iberia

Fede Durán | 5 de mayo de 2008 a las 19:03

La historia no ha alentado la fraternidad entre españoles y portugueses, aunque cohabitación hubo. Entre 1580 y 1640, tres Felipes (II, III y IV) gestionaron un imperio al cuadrado con distinta suerte. El azar alentó la breve unión: ni Sebastián I tuvo prole ni Enrique I El Casto quiso (o pudo) desmerecer su apodo. Los Habsburgo tuvieron ojo y supieron jugar sus bazas en ese culebrón que son los tronos y las sucesiones. Volemos raudos al presente para recuperar aquella realidad pasajera y engarcémosla con el ejercicio de política-ficción predilecto de Saramago. ¿Es posible repetir la jugada? Según la vieja premisa de Marx, por supuesto que sí. Además, ya no tocaría que la cosa acabara en drama sino en comedia. ¿Se imaginan un hermanamiento presidido por el humor? Vecinos de uno y otro lado de la frontera bebiendo oporto, o rioja, o cava a la orilla del Tajo. O del Atlántico. O del Mediterráneo.

Habría que reorganizarlo todo, claro. Propongo una triple capital Lisboa-Madrid-Barcelona. La diagonal ibérica. La envidia de Europa. Lisboa pondría la belleza melancólica. Madrid la electricidad social bien entendida. Y Barcelona el toque vanguardista. Para evitar los celos, el triple poder también se repartiría. El Gobierno, en Madrid. El Congreso para Lisboa y el Senado para Barcelona. ¿Y los jueces? Podrían echarlos a suertes. ¿Demasiado despilfarro? Bueno, pues que los grandes líderes se aprieten el cinturón y mejoren la gestión. Menos coches oficiales, aviones y helicópteros fletados y recepciones de lujo. Si el superviviente civil puede hacer frente a la reestructruración de su economía cuando llegan las eras de miseria, ¿acaso no pueden ellos, sobradamente preparados, bajar el listón palaciego?

El nombre no debería ser un quebradero de cabeza. República Ibérica suena mejor que Iberia porque no recuerda a ninguna aerolínea. Recurrir a los híbridos es otra opción, aunque ninguno destaca por su musicalidad. ¿Espagal? ¿Portuña? Tampoco hay que acuñar moneda: ya tenemos el euro. La bandera podría mantener en medio el rojo que ya exhiben ambas enseñas (en el centro unifica más) y añadir el amarillo español y el verde portugués. Si las bandas fuesen verticales, seríamos parientes de Camerún, por ejemplo. Si optamos por el look horizontal, el clon se llama Bolivia. Nuestro potencial turístico se ampliaría y superaríamos a Francia como gigante del sector. La comida, oh, la comida ya no tendría parangón. Ni los vinos. Ni la exquisita combinación de paisajes.

Más crucial es el tema de la Liga. Lo razonable sería mantener el cupo actual de 20 equipos pero, ¿con qué cuotas? Diez y diez parece un reparto desequilibrado dado que en España el nivel es superior. Además, se trata de trasladar a la competición el peso de 45 millones de habitantes frente a sólo diez. Nuestros hermanos lusos, evidentemente, protestarán. Primer agravio comparativo sobre la mesa, dirán. O diez escuadras o nada de nada. Lo malo es que nos fastidiarían el invento cuando estaba casi listo. Habrá que descatalogar la bandera, desterrar la denominación nacional, renunciar a la diagonal capitalina y beber oporto o rioja pensando que son brebajes riquísimos, sí, pero propiedad del otro bando. Saramago ya no existirá y no quedarán culturetas que rememoren aquel remoto matrimonio de 60 años. Y la culpa será del fútbol. No hace falta citar a Trillo para saber lo que diría ante tamaño despropósito.