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Misiones posibles, mandatos urgentes

Fede Durán | 25 de diciembre de 2014 a las 20:52

La planta noble hispana, compuesta por políticos con tres décadas de servicio, cachorros ya crecidos sin experiencia en la empresa, banqueros de guante negro, analistas de parte y opinadores sin escrúpulos habla de populismos para referirse a medidas que poco a poco su vanguardia filosófica copia sin rubor: subida del salario mínimo interprofesional, renta de inserción (ex renta básica), mayor transparencia en las estancias del poder, revisión de la deuda nefanda o conexión directa con la ciudadanía. Mariano Rajoy, presidente-comadreja, ya no recurre al plasma;Pedro Sánchez, aspirante saboteado, acude a los platós de televisión y promete inventos incluso más audaces que los de la nueva y furiosa competencia (supresión del Ministerio de Defensa); Susana Díaz, conspiradora nata, habla de Andalucía como ese oasis izquierdista que soporta obstinadamente los empellones del liberalismo asalvajado; Alberto Garzón, próximo califa de IU, recuerda que todo lo prometido por Podemos ya lo propusieron ellos. ¿Populismo ajeno? Más bien confluencia de miedos transversales ante el hurto de viejos espacios electorales.

El programa es parte de la batalla, y la cosa económica lo absorbe todo aunque por las rendijas se cuelen ingredientes éticos y madejas del optimismo que tanto necesita el país. Si las ideas son el frente, la comunicación es el medio, y ahí la ventaja de Podemos es palpable porque cuenta con la mejor materia prima, sus líderes, y porque ha sabido amoldarse al chip 2.0 antes que nadie. El magma adversario lo ha comprendido al fin y, como Zhúkov, prepara una ofensiva envolvente para aplastar al inesperado depredador. Los líderes abrazarán al pueblo, prometerán caramelos, cantarán sus pecados al compás del latigazo redentor y advertirán que, pese a lo que algún listo pudiera pensar, sólo ellos, los de siempre, con sus multas y sus cadáveres en el armario, salvarán a España del barrizal donde tirita.

No hay misiones imposibles aunque muchas sean peliagudas. El reto de Podemos es formidable por la entidad del enemigo y la artillería de sus aliados mediáticos, pero también, y sobre todo, por el natural ejercicio de realismo al que el partido ya se ha sometido en el tránsito forzosamente reduccionista de las europeas a las generales. Lo último que tolera un elector quemado es una película que no esté a la altura del teaser.

En cualquier caso, la economía acaparará –en su traslación directa a las personas– los focos cuando menos unos años más. Nadie ha planteado aún, desde los aparatos políticos occidentales, una verdadera revisión viable de las disfunciones del sistema. Las interacciones descartan rupturas radicales tanto si se quieren como si se detestan, pero existen suficientes ideólogos a ambos lados del Atlántico con una buena saca de alternativas razonables. Meritocracia, reequilibrios salariales, separación de poderes, reformulación de la universidad y las administraciones públicas, recuperación de derechos laborales, renacimiento de la sociedad civil y restauración de los recursos imprescindibles en educación y sanidad no son mandatos majaderos sino objetivos al alcance de la mano. El próximo Congreso será uno de los más fragmentados de la historia. Cultivar y ejercer el consenso sería un magnífico inicio.

Lo que Rajoy y Mas piensan en privado

Fede Durán | 14 de noviembre de 2014 a las 11:10

Para entender la España que viene hay que descifrar la España que se va. El 9-N es quizás el estertor de una etapa amortizada que dará paso a una reforma constitucional, y así lo entienden tanto Mariano Rajoy como Artur Mas, según fuentes de su entorno. El amago de consulta, sin interventores ni carácter vinculante, destapa una curiosa unidad de destino. Apenas un tercio del censo electoral acudió a votar en Cataluña. Rajoy interpreta el silencio de los dos tercios restantes como el mejor aval de su negacionismo. Mas confirma en papeletas lo que siempre admite en privado: él tampoco quiere la independencia.

El reto urgente es el punto de encuentro. Remozar (que no retocar) la Carta Magna exige un refrendo colectivo sólo factible si el entendimiento entre el Gobierno y la Generalitat es absoluto. CiU quiere un cesto de competencias blindadas, a salvo de injerencias ministeriales; un pacto fiscal que reequilibre el flujo fiscal que producen los canales solidarios; y una Agencia Tributaria cogestionada con el Estado. Además, busca cariño, y la transmutación aproximada en artículo sería un reconocimiento más explícito de su singularidad.

Rajoy es consciente de que debe mover ficha, pero su virtud cardinal es la templanza. El gallego ve esta función como una partida de dominó: primero el movimiento del oponente, después su jugada, por fin la negociación, estación definitiva el consenso.

Este cronograma, trazado sobre el folio de la teoría, topará en la práctica con importantes obstáculos. El PP observa de reojo a su electorado más recalcitrante, el núcleo duro, esa bolsa de apoyos que constituye los pilares sobre los que (a veces) se asienta el ciudadano de centro para concertar mayorías absolutas. Actuar antes de tiempo significaría perder la batalla de las apariencias y con ella la imagen de fortaleza -trufada de inmovilismo- que el presidente dejará en la memoria casi como único activo.

La otra piedra en el zapato es endógena y sólo se asimila si queda encuadrada en esta película de apariencias. Se llama Fiscalía y se apellida delitos de prevaricación y desobediencia, recogidos los dos en la querella que en breve y supuestamente presentará el Ministerio Fiscal tras los quiebros de Mas y su vicepresidenta, Joanna Ortega, a la triple suspensión decretada por el Tribunal Constitucional. Judicializar la pelea política reventaría el puente que sutil y subterráneamente uno y otro han comenzado a desplegar.

Artur Mas y su Govern en precario lo tienen aún más complicado. El empuje de ERC es formidable demoscópicamente hablando. A rebufo de esa expectativa compone Oriol Junqueras un maximalismo que pasa por elecciones plebiscitarias (figura que el ordenamiento jurídico español no recoge) y declaración unilateral de independencia en sede parlamentaria. Cuesta dar crédito a semejante menú vistos los frutos del 9-N y el retrato más o menos real del secesionismo en la comunidad. Junqueras lo sabe. Aunque parezca un Polichinela, él también invierte grandes sumas de gestualidad en el mercado de los votos, con la mirada pendiente de las municipales y las autonómicas.

Esta cronología es vital y dilucidará la jerarquía de los estrategas en liza. A CiU le conviene un anticipo por una sencilla razón: si ERC sella su superioridad en los ayuntamientos y Junqueras pasa de la pose al hecho, esa galaxia de átomos puede ser el comienzo de la rebeldía contra el sistema institucional vigente. Josep Rull, número dos de CDC, ha sido al respecto más claro que Ramon Espalader, número dos de la matriz CiU: si el Ejecutivo no negocia, como ya ha anunciado, los comicios son la opción A.

Volvamos pues al puente en camino. Elecciones anticipadas, victoria de Esquerra, CiU como segunda fuerza en el Parlament y la incógnita del PSC, debilitado por una indefinición que nace de sus complejos. Aquí el entorno del president es contundente y rompe el mito unitario: si Junqueras no alcanza la mayoría absoluta (68 escaños), ERC podría ser víctima de la casi mitológica sociovergencia, la suma de CiU y PSC, una mezcla políticamente más correcta que la resultante de sustituir a socialistas por populares en una tierra donde éstos no han logrado averiguar (salvo con Josep Piqué) el código de acceso al catalanismo. CiU se servía con Pujol de la muleta del PPC en la trastienda, sin alianzas explícitas por mutua vergüenza.

La concatenación de hitos fundamentales para cerrar este episodio de tensión territorial es imponente: Rajoy domando a sus fieras, CiU resurgiendo -como en tantas otras ocasiones- de sus cenizas, ERC perdiendo fuelle en el tránsito del fuego dialéctico a la aspereza de la gestión y el PSC salvando los trastos sobre la campana. Apasionante.

Inevitablemente, es cosa de dos

Fede Durán | 8 de abril de 2014 a las 19:54

EL PLENO DEL CONGRESO DEBATE LA CONSULTA SOBERANISTA DEL PARLAMENTO DE CATALUÑA

 

LA mayoría del Parlament considera que, tras las últimas elecciones autonómicas (2012), el pueblo exige la independencia. Para constatar tan crucial mandato, la Generalitat propone al Estado un referéndum aclaratorio. Celebrarlo consagraría la vía Quebec, consistente en acumular noes hasta alcanzar el liberador.

Los promotores de la secesión tienen parte de razón, igual que la tiene Madrid. Ni conviene negarle al ciudadano la posibilidad de reorientar su futuro, ni tampoco procede que una parte condicione al todo con planteamientos que afectan a esa secular suma. “No hay retorno”, advertía ayer la comitiva catalana. Curiosa forma de apelar al diálogo. “Inicien los trámites para una reforma de la Constitución”, agregaba Rajoy. Su alergia habitual a cualquier tipo de liderazgo.

Es cierto que Cataluña tiene su hemeroteca de miserias y glorias, como la tiene cualquier otro país sobre la faz de la tierra. Mucho antes de que el concepto de Estado-nación flotase en la conciencia de la ciencia política, los catalanes marcaban un camino diferenciado por su condición fronteriza (ejemplo: imperio carolingio) o por su bravura militar y comercial (fue más bien Aragón la región beneficiaria en los albores de la fusión).

Ya muy cerca de Westfalia y por tanto de la conceptualización, Cataluña vivió la mala experiencia de una independencia parcial: en 1640, el mismo año en que Portugal hace el petate tras su breve matrimonio peninsular y uno antes de la intentona del duque de Medina-Sidonia, parte del territorio (ni Lleida ni íntegramente Tarragona) pasó a la órbita francesa. Los borbones utilizaron al satélite catalán en el peor sentido del término. Un puñado de años después, Cataluña regresaba a sus viejas alianzas. Lo de 1714 fue distinto: hubo dos bandos, no una conquista española –tal y como falsea la iconografía nacionalista– y un castigo posterior del bando vencedor al sector vencido.

Con Utrecht, Gran Bretaña crea una puerta trasera para comerciar con las Américas. En ese mismo siglo XVIII, Sevilla y Cádiz pierden el monopolio ibérico comercial (excluida Portugal), y Cataluña aprovecha la ocasión. Tampoco les fue mal durante el Imperio: el músculo militar lo aportaba Castilla; y aunque España doblase a menudo los cabos de la bancarrota, la cuña del noreste podía parecerse más a Flandes o Génova que a los tercios y los capitanes alatristes. Que se lo pregunten al conde-duque de Olivares.

Cataluña, con los matices expuestos y otros muchos omitidos, ha estado siempre conectada al resto de España. Los voceros del adiós cabalgan a lomos de un bisonte sin bridas: quieren lo más porque entienden que vivirán mejor. Lo quieren por encima de la ley y el pacto constitucional. Mezclan razón y fantasía. Culpan al otro. Utilizan los medios de comunicación para alimentar al monstruo. Pero condicionan al resto, así que es legítimo que el resto se pronuncie, facilitando en la medida de lo viable una revisión del todo o, incluso, ese divorcio en apariencia tan anhelado.

 

El laberinto

Fede Durán | 21 de mayo de 2013 a las 11:15

España vive atrapada entre la resistencia de Rajoy y la debilidad de Rubalcaba. Aunque el bipartidismo pasará una temporada en la reserva según las últimas encuestas, los emergentes -IU y UPyD- no aportan nada que no exista ya. Cayo Lara mama del vetusto y trasnochado PCE, y Rosa Díez no es precisamente una outsider. Una vez más, nuestra invertebrada sociedad civil se muestra incapaz de articular un movimiento transversal que absorba el descontento popular y ofrezca al votante una alternativa despojada de los vicios de la militancia y, sobre todo, de la errónea creencia de que las ideologías democráticas del siglo XX son el único jarabe contra los problemas del siglo XXI.

De no cambiar las inercias políticas, en el mejor de los casos, el Congreso se atomizará y la cultura del consenso será parcialmente rescatada, porque el consenso en España no es sinónimo de unidad de convicción o conveniencia sino de mayoría parlamentaria interpartidista. Con el brío del bisoño Madina o del curtido López, los socialistas salvarían los muebles y pactarían con IU y, quién sabe, UPyD. Crucificado por la gestión de la crisis y la subida de impuestos más fiera de la historia, el PP tal vez conserve suficiente aliento como para volver al regazo nacionalista -si el regazo nacionalista no se independiza antes-.

Pero, ahondando en la filosofía yiddish, que es la filosofía del pesimismo congénito, aún existe un escenario peor. Porque es factible que el 15-M y sus satélites de indignación sí se transmuten en una lista electoral. Y entonces comprobaríamos cómo el español es un tipo de natural inmovilista, poco dado a experimentar con camisetas de otros equipos. Italia desmontó su mala fama con la eclosión del M5S, aunque después lo estropeara al malgastar tantísimos votos en pro de la antipolítica, curioso camino hacia ninguna parte si se atiende a la indiscutible verdad de que sólo ateniéndose a las reglas del juego se transforma el juego mismo.

Creer que el pueblo tiene el poder para mejorar un país es utópico. Al menos aquí. El hispano, por continuar con la autopsia sociológica, siempre ha preferido la voz autoritaria al peso de la libertad. Contar con un líder, sea héroe, villano o santo, exime de la responsabilidad del pensamiento propio y enriquece la cultura del quejido por el error ajeno, que es lo que mejor se nos ha dado desde que somos nación. España desperdicia su enésima bala y lo hace con culpabilidades concurrentes: culpables son los políticos y sus asentamientos; los malos empresarios del pelotazo y la estafa; esa Iglesia católica que languidece en Europa a golpe de escándalos y mensajes oxidados; los ciudadanos y su arcoiris de defectos: envidia, abulia, miopía, conservadurismo e individualismo, por citar algunos de los colores habituales.

Otra España es posible, claro. Sólo habría que recuperar la frase que Machado dedicaba a los sevillanos y adaptarla a todos los españoles. E incluso así, dos o tres siglos después, lavada la sangre y fagocitados los apellidos originales, todo volvería a ser igual. Pura magia. De la negra.

On the road

Fede Durán | 8 de marzo de 2013 a las 11:58

EN una de sus innumerables crisis, Japón perdió una década (años noventa). El país, sin embargo, nunca dejó de ser rico. Islandia, la isla semidesierta, ventosa y áspera que John Carlin describió como un milagro de la humanidad, sucumbió a la burbuja financiera(2008-2009). Sus 330.000 habitantes tronaron contra la clase política y bancaria y escupieron sobre los blasones de Gran Bretaña, Suecia y Dinamarca, sus malditos socios habituales. Hoy, la isla recupera el aliento. En 2007, EEUU lanzó al mundo un muerto descomunal: la bolsa negra de las hipotecas subprime, con tantas ramificaciones que acabó afectando incluso a la pujante y casi mitológica España. Esta semana, Wall Street, con su casillero por encima del último gran récord (9 de octubre de 2007), dio por zanjadas las dificultades (ustedes ya saben que los mercados siempre creen tener la razón; la realidad deberá confirmar ese triunfalismo).

¿Y Europa, qué ocurre en Europa? En Europa ocurre, como todo el mundo sabe, que hay una división norte-sur nacida no sólo de los datos macroeconómicos sino también del prejuicio. Hans-Werner Sinn, presidente del Instituto Económico Alemán, explicaba hace unos días en El País que, siguiendo las recetas germanas, a España le queda por delante, cuando menos, otra década de sufrimiento. ¿En qué consisten esas recetas? Básicamente, en el equilibrio de las cuentas públicas, la lucha contra el déficit, la subida de impuestos, la bajada de salarios, la devaluación interna, la palidez progresiva.

¿Funciona esa táctica sólo porque en Alemania lo haya hecho? Ahí están Grecia y Portugal para negarlo. Pero, ¿funciona de verdad en Alemania? Si el termómetro es el paro, afirmativo. Si la brújula es el ahorro, correcto. Pero si la clave es la calidad del empleo o la evolución de la balanza comercial, entonces, ay, ya surgen dudas razonables.

¿Tiene España alternativas? Las tiene. Italia es un buen doble ejemplo, tal y como demuestran la vía Monti -Gobierno tecnócrata con suficiente independencia para planear el cronograma de reformas salvadoras- y la vía MS5 -salvar la nación convirtiendo la política en un permanente ejercicio plebiscitario y de transparencia-. El presidente Rajoy podría haber optado por ambas, pero no lo ha hecho. Su capitulación al norte fue inmediata e incondicional, creando a la vez un escenario perfecto para definirse como incapaz: cada medida impopular no es fruto de mi crueldad sino de un guión preestablecido. Sus reticencias a la autopsia del sistema, al veredicto y a la resurrección son, por otra parte, comunes a nuestra clase política. Reformulemos la pregunta anterior. ¿Tiene España alternativas pese a Rajoy? No. Rajoy es como Franco: lento, cobarde, dubitativo y exasperantemente rocoso. Cargamos con cinco años de crisis (2008-2012). No habrá en principio elecciones hasta finales de 2014. Y entonces la solución tampoco serán el PSOE, IU, UPyD o un Gobierno de coalición. La solución consistirá en que cristalice como papeleta y voto una nueva vía, una vía que aún no existe, la vía de la audacia, la autarquía, la justicia social y el sentido común.

Bala perdida

Fede Durán | 21 de febrero de 2013 a las 10:25

Mariano Rajoy tiene un problema: no expone, lee. Su primera intervención fue previsible, plomiza, cero audaz y catártica. Dejó la corrupción para el final cuando tendría que haber sido lo primero, ignoró -como también hizo Alfredo Pérez Rubalcaba- el debate sobre la Casa Real y tampoco citó el problemón de los desahucios. El gallego recuerda al general Paulus, que se creía brillante sólo por ejecutar -con aparente éxito al principio- las maniobras que Hitler le dictaba desde el búnker berlinés. Su VI Ejército sería el antidéficit de hoy. Nuestro presidente aplica el recetario de Bruselas y acuña el “España irá bien” porque considera que la austeridad a secas dará resultados algún día. Ya se sabe cómo acabó Stalingrado.

Decepcionó Rajoy al ser incapaz de romper el guión de lo previsible, al hablar de la realidad desde una urna de cristal, al rechazar la autocrítica y abusar del recurso a la herencia recibida. Decepcionó por la misma sospecha endémica que persigue a Rubalcaba y al PSOE: por pertenecer a un partido que sigue empeñado en el ejercicio tradicional de la política. La escenografía de los buenos y los malos debe dejar paso a un ejercicio no alineado del poder. ¿Es ello posible en un país tan endogámico, tan apegado a las siglas, los amigotes y los favores? Posiblemente no.

La situación exigía un planteamiento de refundación nacional pero derivó en lo de siempre: el narcisismo, el enfrentamiento, la belleza del discurso y de las cifras convenientemente interpretadas a favor. No hubo rastro de la generosidad que informa la acción de los grandes gobernantes, no hubo sombra de esa valentía de otros tiempos (el venceréis pero no convenceréis de Unamuno a Millán Astray, por ejemplo), no hubo -ni de lejos- altura de miras o verdaderos propósitos de enmienda.

Rubalcaba se abrió paso al revés, a machetazos, leyendo menos, mirando más. Su debut machacó al presidente con las palabras que muchos españoles querían oír. Es la habilidad esencial que desarrolla todo político para la empatía, siempre durante el periodo electoral y a veces, aunque ésta sea una tendencia a la baja, en plena rutina. El líder de la oposición sabía lo que debía decir y lo dijo (sí, se llama demagogia), aunque esté desactivado por su dilatada hemeroteca y la desastrosa gestión económica del penúltimo Gobierno, el de Zapatero, la negación de la crisis y los regalos de inspiración escandinava a la población.

Es obvio que la maquinaria del estrellato envenena. La reconstrucción del círculo vicioso requiere de asesores, intérpretes, coches oficiales, cumbres con retratos de familia, cenas cinco estrellas con comensales de idéntica categoría, pelotas profesionales, omnipresencia en los medios de comunicación y soledades monclovitas (o ferrazianas) que alejan a la víctima de la humildad y el sentido común. Pero España merecía ayer, cuando menos, una disculpa en bloque, una aceptación de que la política lleva años desmadrada, por arriba y por abajo, en las principales instituciones pero también en los organismos territoriales secundarios y en la Administración paralela. Y no sólo porque se robe más o menos, sino porque se ha priorizado casi por sistema la fidelidad al designador en innumerables puestos clave, despreciando el principio de capacidad y fomentando el gregarismo. Los jefes supremos de la nación no pueden alegar la ceguera como excusa. Ellos disponen en última instancia.

She’s got stickers on her locker, canta Jack White en su último disco. Exactamente es lo que le ocurre al dúo Ra-Ru. Sus taquillas acumulan tantas pegatinas del pasado que ubicarlos en el futuro es harto complicado. Están en cualquier caso blindados gracias a la nula tradición de la dimisión en el país, una disciplina que sería bueno importar de la tan observada Alemania, donde una tesis falseada puede acabar con la más prometedora carrera en cuestión de segundos.

El Debate del estado de la Nación fue una bala perdida, la enésima, y constató verdades ya conocidas. Que la generación de los años 50-60 tapona a la “mejor preparada de la historia”. Que España está lejísimos de la cohesión que la hace funcionar como un reloj cuasi suizo (referencia: 1992). Que Rajoy no conecta con la calle. Que Rubalcaba tiene reflejos (algo bueno le queda). Que la política seguirá viviendo en su grisáceo caparazón.

Inocencia Perdida

Fede Durán | 12 de febrero de 2013 a las 10:09

EUROPA perdió la inocencia durante la Primera Guerra Mundial, pero si la perdió es que alguna vez la tuvo. Tras el asesinato del príncipe Francisco Fernando en Sarajevo, nadie dudó de las razones del viejo emperador para embarcarse en un duelo que acabaría siendo fatal para el Imperio y para el continente. El poder, igual que los medios, decía la verdad. Existía una presunción de honestidad.

España no participó en esa guerra, pero fabricó la suya menos de veinte años después. También fue inicialmente una batalla romántica, al menos desde la perspectiva del extranjero simpatizante de la República. Un modelo de regeneración y justicia social se oponía a las viejas cacicadas latinas personificadas en Franco, Sanjurjo o Mola. Los buenos perdieron. Y el poso de la inocencia se evaporó.

La Transición fabricó una ilusión sobre la base del perdón y/o el olvido. Nuestras figuras tenían lustre: Suárez, González, incluso el Rey. Después de muchas, muchísimas estupideces intestinas, el país remontaba el vuelo y apuntaba al ingreso en la Europa próspera, la del Estado del bienestar, las infraestructuras futuristas y las empresas de vocación universal.

Todo era un espejismo. Crecimos, sí, pero sobre la base de unos pilares podridos. La política española -y la empresa a veces también- podría nutrirse de las tramas de Graham Greene salvo por un detalle: las novelas negras del británico encerraban complejos mapas existenciales. El mejor paralelismo es Edward Bunker, ex convicto y quizás por ello aficionado a una prosa cruda, polvorienta y anfetamínica donde no cabe la miel del estilo. Los personajes de Bunker no tienen escrúpulos. Golpean, disparan, persiguen cuando toca. Y ése es el problema que se traslada a la realidad política: la ausencia de una ética, o incluso de un código deontológico, aunque la deontología mezcle mal con la política porque implica que ésta es una profesión cuando debiera ser un acto de servicio al bien común limitado en el tiempo.

Los políticos españoles se han oficializado, y al hacerlo interiorizan la actividad como una suerte de propiedad exclusiva. Pocos son los fichajes y a menudo fallidos (Piqué, Pizarro, Garzón); el mejor currículum es el del espécimen criado en la cantera y dedicado en cuerpo y alma, desde el comienzo, a la causa de unas siglas cuya superioridad ideológica nadie discute. Este circuito cerrado predispone al mal camino, sublimando el sentido de la jerarquía, la endogamia, el abuso en el ejercicio del poder, el narcisismo y los complejos de superioridad indisimulados. Los medios de comunicación han agravado dócilmente el fenómeno, a pesar de que la crisis les haya empujado al cambio. El buen periodismo de investigación es la última tabla de salvación.

Rajoy y Rubalcaba surgieron del mismo molde. La depuración no vendrá con ellos, ni con los suyos de presente o proyección. Y ahí surge el auténtico agujero negro de la democracia española: ¿Qué voces guiarán la renovación de un sistema agotado?

El colapso del sistema español

Fede Durán | 4 de febrero de 2013 a las 10:45

LLAMÓ la atención Rajoy no sólo por su superficialidad discursiva (“es falso”) sino porque en ningún momento defendió al PP de la telaraña Bárcenas. El sábado sólo parecía preocupado por salvar su honorabilidad. Rubalcaba ha entrado al trapo en dos fases: con la boca pequeña primero y con el viejo cliché de la dimisión después. Es probable que el PSOE haya analizado cuidadosamente su exposición potencial a nuevos escándalos antes de hacer suya la indignación ciudadana. Ambos partidos y ambos líderes empatan hoy a una cosa: el elector no confía en ellos. El descrédito subsiguiente suele ser amigo de dos fenómenos diversos. Uno es la expectativa de crecimiento de los pequeños -IU y UPyD- y otro el surgimiento, sobre la misma ola, de movimientos radicales o populistas dispuestos a pescar en río descontento.

Al morir Dios, los marxistas plantearon un doble problema: el mundo necesitaba una ética secular y una escatología o sucedáneo de la salvación. En España muere poco a poco la política posfranquista, y el país necesita una nueva ética (una refundación del ejercicio del poder de raíz democrática) y una nueva salvación (la esperanza de una nación que sobreviva a la actual crisis poliédrica).

Ni PP ni PSOE parecen en condiciones de reinventarse. Desde Suárez y Calvo Sotelo, unos y otros se han repartido los cromos, reproduciendo el vicio recurrente del potentado. Su tibieza ante la corrupción es la gran prueba de su inviabilidad catártica. España necesita discutir a fondo el modo en que funcionarán las instituciones en los próximos lustros, limitando los mandatos para suavizar la tentación del pecado, exigiendo brillantez y formación a quienes decidan participar en el circo de lo público, prohibiendo las juventudes de los partidos e inoculando en los cerebros de todos -votados y votantes- la exigencia de servicio al bien común que debe presidir siempre la política.

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Política crony

Fede Durán | 2 de febrero de 2013 a las 12:27

EL capitalismo de amiguetes o crony capitalism interpreta una banda sonora sobradamente conocida en Occidente. La componen conceptos como valor añadido, productividad, innovación, emprendimiento, responsabilidad social corporativa, compromiso, sostenibilidad, competitividad, transparencia, pleno empleo, formación, reciclaje, nuevas tecnologías, eficiencia o sociedad del conocimiento. Cualquier programa electoral los recoge, cualquiera proyecta en el panel del futuro una comunidad casi perfecta de seres trabajadores y honestos, protegidos por el manto del Estado del bienestar y por la certeza del buen uso de sus impuestos, dinero herméticamente destinado al bien colectivo, al mandato ineludible del progreso, dinero al fin y al cabo fiscalizado, monitorizado, despiojado de malas influencias o manos extrañas.

Ésa es la banda sonora oficial, pero, ¿quiénes la interpretan? En España, sobre todo, políticos, banqueros y magnates, justo quienes sólo se sienten vinculados a la fragilidad de la palabra, jamás al hierro del hecho. A menudo se ha criticado el papel bipolar -juez y parte- de las agencias de calificación de riesgo, aves carroñeras que alimentan la desgracia ajena en provecho del cliente especulador. Hasta hace poco, la élite ejecutiva (de ejecutar) del país clamaba al cielo: si cumplimos los deberes, si somos gente seria, ¿por qué nos machacan? Quizás el sindicato del rating jugase sólo a forrar a sus patrocinadores; quizás era clarividente. En tal caso, captó antes que nadie que España es el paradigma de la corrupción, una tierra donde toda inversión conlleva una mordida, una pérdida inherente que ha de sumarse al complejo entramado de las autonomías, las diputaciones y los ayuntamientos chupópteros.

El mensaje crony es cristalino: las clases medias y bajas son las únicas sometidas al imperio de la ley y a la soga de la contribución fiscal. Quienquiera que supere los umbrales mínimos del privilegio campará a sus anchas. Es imposible subestimar a esta tribu: la componen políticos y tiburones en indisoluble unidad. Se llama tráfico de favores y es un fenómeno bidireccional. Una parábola perfecta sería la de la alcazaba. Es infinitamente más fácil mantener la posición cuando el atacante está abajo y tú permaneces arriba.

Ahora piensen en un inversor dubitativo. España es una de sus opciones. Pide un informe a sus asesores. Una semana después, le entregan una lista: Pallerols, Nóos, Liceu, Bárcenas, Amy Martin, los ERE, Sabadell, Marbella y Lloret son neones sobre un folio nítidamente blanco. ¿Qué harían ustedes en su caso?

El trasfondo es inquietante, porque aunque aquí exista un sistema de castas, las superiores no dejan de ser un reflejo de las inferiores, y esa afirmación plantea el problema de la catadura moral de nuestra sociedad. La encuesta más útil actualmente sería aquella capaz de responder a la siguiente pregunta: ¿Cuántos españoles procederían de manera distinta a como lo hacen quienes viven en la alcazaba? La respuesta explica como mínimo nuestro último siglo de Historia.

España: renovarse o morir

Fede Durán | 15 de octubre de 2012 a las 19:25

Esta mañana viajaba en el aerobús que conecta Barcelona con la T-1 aún bajo las sombras de la madrugada y la plancha del sueño de acero. El chófer escuchaba Catalunya Ràdio. La palabra Cataluña sonó al menos veinte veces en menos de cinco minutos. De la Transición a esta parte, la identidad catalana se ha forjado desde la política (nacionalista), pero sobre todo desde los medios de comunicación.

Rajoy enfoca mal el problema. Es la silueta perfectamente definida por Dionisio Ridruejo en 1955: “El español lo espera todo de un milagro, lo que unido a su poca imaginación y a su falta de libertad interior nos da su incapacidad para la vida de convivencia”.

En el fondo, cree que Mas va de farol. Y se sabe arropado por el marco constitucional y comunitario. Su táctica: no, no, no (y perdonen si me acuerdo justo ahora de la Winehouse). Pero quizás haya llegado la hora de barajar opciones. La sangre no debería ser del siglo XXI ni de Europa o España, que ya vertieron suficiente en el XX. La simple negación tampoco: no deja de ser gasolina en la hoguera. Toca negociar, y ahí caben dos opciones. O se negocia el mapa de la independencia a lo british, civilizadamente, previa autorización de la consulta y siempre que ésta refleje un posicionamiento masivo; o se negocia un nuevo Estado.

Negociar un nuevo Estado es difícil. Requiere altura de miras, característica poco común en la política contemporánea. Y exige valentía para: A. Vertebrar un sistema de financiación donde las compensaciones interterritoriales no mermen la competitividad de las regiones más productivas (es lo que reclamaba al fin y al cabo CiU hasta cambiarse a la chaqueta, más radical, de la secesión). Ya es hora de que los más pobres (Extremadura, Andalucía, Canarias) se desprendan del jergón del victimismo (victimismo históricamente justificado en bastantes casos, cierto) y aprendan a pelear por sí solos, con generosa ambición y sujetos a una sociedad infinitamente más fiscalizadora de la gestión política. B. Tocar los párrafos de la Constitución necesarios para convertir el Senado en otra cosa; reformar el sistema electoral; jubilar la Monarquía; acabar con los fueros vascos y navarros; y garantizar un mínimo tronco común que dé sentido, aunque sea livianamente, a la siempre discutida idea de España.

La España federal, o más federal (el Estado autonómico ya ensaya esa fórmula), encierra peligros bien conocidos. El principal es la profundización en las miniestructuras de país, las duplicidades, la amenaza del mercado único, la segmentación al fin y al cabo irreversible e ineficaz. En Bélgica, flamencos y valones firmaron la sentencia del muerte del entendimiento cuando decidieron dejar de concurrir bajo las mismas siglas políticas (socialistas, conservadores) para diferenciarse por ideas pero también por idiomas.

El sábado almorcé en El Raval con un buen amigo catalán e independentista. Creo que el tono del debate fue modélico, una muestra de cómo podrían ser las cosas en esta España tan habitualmente vehemente y espumosa. Él, periodista como yo, admitía que Cataluña no necesita inexorablemente la independencia sino un marco más adaptado a sus aspiraciones. Incluso con independencia, me decía, España y Cataluña deberían caminar juntas. Una especie de asociación entre iguales. No sé si comparto el enunciado de la fórmula a lo Puerto Rico, pero me temo que no existen alternativas realistas: o Cataluña gana poder o Cataluña se marcha.

Otra cosa es que nos guste más o menos que se marche. Objetivamente no creo que existan dudas: en el corto plazo, las consecuencias serían pésimas para España, que perdería el 20% de su PIB y casi ocho millones de habitantes (importantes, por ejemplo, en la asignación de eurodiputados), y tampoco coserían y cantarían los catalanes, abocados de primeras a un aislamiento internacional y sometidos al imprevisible factor emocional de la economía en sus intercambios comerciales con sus ex compatriotas.

PP y PSOE tienen dos problemas casi irresolubles. No crearán una posición común (uno) porque sus dirigentes, sus bases y sus canteras son mediocres (dos). Rajoy transmitirá de Rubalcaba la imagen de un vendepatrias. Rubalcaba endosará a Rajoy el monigote de la parálisis. Y entretanto el problema se enquistará. Observen a Cameron y Salmond, cordialmente discrepantes pero a la vez suficientemente maduros como para pactar las condiciones de un referéndum y aceptar el consiguiente resultado sea cual sea.

Posiblemente Ortega tuviese razón. Posiblemente el caso catalán no sea solventable sino tan solo soportable. Si así fuera, convendría exhibir la misma madurez que ingleses y escoceses, compartir mesa, cerrar los términos del acuerdo y encarrilarlo lo menos lesivamente posible. Nadie quiere amar a quien no le ama. Eso se lo dejamos a los antiguos reyes.