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España según el New York Times

Fede Durán | 8 de octubre de 2012 a las 19:40

Cuando empezábamos en esto, muchos periodistas españoles teníamos dos grandes referencias. Una, en casa, era El País; la otra, fuera, The New York Times. Respecto a la primera, la accesibilidad a su hoja de servicios en los últimos tiempos, la vejez, los testimonios de ex compañeros y la trayectoria sinuosa de Prisa, la empresa matriz, me hicieron recalibrar el listón y admitir, con pesar, que ningún medio escrito supera hoy la altura prescrita. Quizás El País siga siendo el mejor diario de España (siempre es mi primera lectura), pero me divierte más, con la carga polisémica que el verbo divertir encierra, El Mundo, y me resultan más imprevisibles y por lo tanto apetecibles sus firmas de opinión y algunas de sus aproximaciones a la actualidad. Para no cerrar este párrafo enviando una impresión equivocada, matizaré que, como conjunto, la cabecera de Pedro J. Ramírez recurre en mi opinión demasiado a menudo a las trampas periodísticas. Cualquier colega de profesión sabrá a qué me refiero.

El santo que parecía intocable en el altar neoclásico de cualquier iglesia de la Gran Manzana era el NYT, un periódico con siglo y medio de historia, planteamientos liberales (en el mejor sentido del término) y un ojo clínico en general certero, envuelto todo además en el halo de seriedad del periodismo anglosajón. Era un mito que hoy arde en la pira de la superficialidad. Tres reportajes sobre España y su crisis multiplataforma han bastado para convencerme. El primero retrataba el todo a partir de la parte: quienes buscan comida en la basura se han convertido en una imagen de marca y en un ejército creciente que ya no distingue entre obreros, bohemios y ex acomodados. Era el posicionamiento del reportaje firmado por Suzanne Daley, acompañado por una ristra de fotografías de indudable calidad artística pero discutible imparcialidad: quien no conozca España y las vea, podría concluir fácilmente que esto es el Brasil minero de Sebastiao Salgado o cualquier pueblo de Vietnam después de unas toneladas de napalm. La segunda jugada fue menos elegante (se publicó tras una visita del damnificado a la cúpula del NYT) pero más rigurosa: Doreen Carvajal y Raphael Minder explicaban pulcramente los problemas del Rey Juan Carlos para lavar su imagen en un momento en que los españoles están para pocas bromas y menos cacerías. La pega, nada irrelevante, es que la información tasa en 2.300 millones de dólares la fortuna amasada por el monarca sin especificar fuentes y añadiendo acto seguido que la cifra no es exacta porque incluye propiedades del Estado cedidas a la Casa Real para su uso y disfrute. Pocos días después, era un editorial el que atizaba a Rajoy y Merkel por su obsesión con la disciplina fiscal y la alarmante falta de imaginación de la clase política europea para estimular la economía sin renunciar a la exterminación del despilfarro. La mano inspiradora de Krugman se notaba entre bambalinas. No encuentro objeciones en este caso.

La tercera mancha, la más reciente, es en realidad un posicionamiento claro a favor de las voces que reclaman la independencia de Cataluña (entrevista a Artur Mas, testimonios sobre el hartazgo catalán por el “expolio español”), sin que sorprendentemente nadie en el NYT se haya molestado en ofrecer visiones o versiones contrapuestas, un principio básico del periodismo.

Lo cierto es que las grandes marcas de este oficio no son ya los medios en sí mismos sino las firmas que los habitan o aquellas otras que brillan en el desierto de conglomerados mucho menos poderosos. La escuela anglosajona exhibe innumerables virtudes: la premisa del “un párrafo, una idea”, la sobriedad estilística, el carácter incisivo o la vocación de universalidad. Se me ocurren varios ejemplos de excelencia periodística: William Shirer, John Lee Anderson, Gay Talese, Robert Kaplan… Pero conviene descolgar de toda noticia procedente de esa factoría la presunción de infalibilidad.

España pasa por un muy mal momento, sí; sus fronteras pueden revisarse a medio plazo, también; la Monarquía es una institución cuestionada, de acuerdo; nuestros dirigentes carecen de la audacia necesaria para enmendar las cosas y ofrecer al país una autopista de esperanza, absolutamente. Lo que no cuela es comprar sin condiciones los retratos manufacturados desde el prejuicio, la falta de hondura y un aroma amarillento que la industria reservaba hasta ahora a los clásicos de la telepredicación.

Entre las ratas

Fede Durán | 28 de septiembre de 2012 a las 11:00

EN 2007 (precrisis), Cáritas atendió a 370.251 personas en España. Buscaban fundamentalmente comida, calzado, ropa y vivienda. Cuatro años después (2011), la cifra ascendía a 1.015.276. El paro y el final de las ayudas (prestaciones, subsidios) crean una bolsa de marginalidad creciente: una cuarta parte de la población bordea o pisa la miseria, alejándose paulatina e inexorablemente de la posibilidad de la reinserción. “Si cuando hubo crecimiento económico (1994-2007) no se redujo la pobreza, ni se consolidó la protección social, ni aumentó la proporción de inversión en gasto social del PIB, es difícil creer que salir de la crisis desde la óptica del crecimiento económico tenga consecuencias relevantes en la reducción de la desigualdad y la pobreza”, subraya el informe de la organización.

Cinco de cada diez necesitados son inmigrantes -un tercio de ellos irregulares-, pero el círculo atrapa ya a personas menos adaptables al prejuicio: parejas jóvenes con hijos y mujeres solas con familiares a cargo se unen a los parados de larga duración y los desahuciados. El New York Times publicaba en su portada del martes, a cuatro columnas y tras una visita poco fructífera del Rey al consejo editorial, un reportaje sobre las miserias del antiguo templo de los milagros. España no es actualmente aquel misil cuyo límite era el espacio sino un agujero oscuro donde hasta las chicas de buen ver rebuscan en la basura. Ésa es la imagen que abre la información.

Mientras, el Gobierno habla a la vez de austeridad, reformas, crecimiento y empleo sin que hasta la fecha alguien haya demostrado que sean conceptos compatibles; la Generalitat de órdagos e independencia; Griñán de los ERE como si en verdad la cosa no fuese con la Junta; el PSOE de federalismo (¿acaso el Estado autonómico es otra cosa?) y el PSC de asimetrías; el PNV de una reforma del Estatuto de Guernica (sí, el que les dio las ventajas de pertenecer a España sin el engorro de la igualdad); los consejeros de Bankia de su total ignorancia del desfase que presentaban sus balances; Botín de Fernando Alonso y Mou de Sergio Ramos.

Toda la élite habla mientras la gente se mancha las manos de mierda y compite con las ratas. El drama es que habla de mentira, escuchándose a sí misma, atiborrada de privilegios y ego, de tijeretazos en tercera persona del plural. Ellos, que se jodan ellos. Menos educación y menos sanidad; la estafa de las preferentes; la depresión de Cristiano; el arranque patriota de Guardiola; los cuatro dedos de la senyera de Mas; los 1.600 empleados de Canal Sur; las fundaciones bajo nuevas siglas pero con el mismo mastodóntico tamaño; los coches oficiales; los parlamentitos; las agencias duplicadas; los sueldos exorbitantes; las dietas; los consejeros que cuando salen al extranjero dicen “llamadme ministro”; la impunidad del corrupto, del estúpido, del incompetente, del cacique. El sistema no funciona y no nos dejan cambiarlo. Es la dictadura de la mediocridad. Pero casi todas las dictaduras caen. El cuándo depende de la docilidad acumulada en 35 años.

Más Mas (el culebrón catalán)

Fede Durán | 20 de septiembre de 2012 a las 18:21

Comentaba un periodista catalán al que aprecio que el lío ya está hecho y ahora toca determinar quién lo arregla. La respuesta está clara: desface el hacedor. Artur Mas comete el clásico error que los ciudadanos vienen atribuyendo eternamente a los políticos. Se mueve por intereses electorales. Lo que pasa es que ha sido hábil. Ya nadie en Cataluña protesta por sus recortes porque los recortes parecen ahora culpa de un sistema deficitario de financiación. Nadie cuestiona tampoco los 35 años de políticas propias de la Generalitat, con todas sus virtudes y sobre todo defectos. El nacionalismo de Artur, como cualquier otro en general, vive cómodamente gracias al enemigo exterior. Y la cosa cuela porque la educación es competencia autonómica y en cada región se vende una versión de la historia, de los hechos, de las afrentas y los villanos que coloca a la patria chica en un pedestal y a la grande en la letrina de la opresión. España, una realidad discutida que aparentemente no incluye a los catalanes, tiene siempre la culpa. Qué fácil.

¿Cuál podría ser su intención? Ganar las próximas elecciones catalanas, quizás el próximo noviembre. ¿Y luego? Ése es un horizonte al que ningún dirigente español, yonquis todos del cortoplacismo, está habituado. La biblia es acaparar el poder en el menor plazo posible. Mas quiere capitalizar la creciente corriente del independentismo catalán. Quiere tener las manos libres para lanzar faroles a Madrid, pero también para mangonear sin fiscalidades incómodas ni críticas de la opinión pública. Hay demasiados casos de corrupción en la Cataluña democrática como para olvidarlo (Liceu, Banca Catalana, el 3%, las fundaciones de Unió, las ITV… qué español todo, ¿no?). ¿Por qué hablo de faroles? Porque ahí está el precedente del Plan Ibarretxe.

Mas y sus cojones quieren el pacto fiscal. CiU ya moviliza a las diputaciones para encajar sobre el terreno pedregoso de la crisis los cimientos de una Hacienda propia. El problema es que Cataluña forma parte de un sistema intrincado donde tirar de un hilo implica que alguien se quede sin seda dental. Madrid y Baleares tienen saldos fiscales proporcionalmente menos favorables con el Estado, y no se pasan el día lanzando el grito al cielo o amenazando con secesiones vaporosas. Andalucía perdió terreno con el nuevo sistema de financiación, y tampoco en la comunidad más poblada del país se masca un cisma o un sonoro “fuck you Spain”. Es cuestión de actitud (y la actitud estrella en el noreste nacionalista es el victimismo).

En realidad, Mas me recuerda a Rajoy, quien a su vez me recuerda a Franco. Los tres piensan que las cosas se resuelven solas, con el paso del tiempo, por la intercesión salvadora de un dios comprensivo. Pero no. Convergència ha decidido cerrar los ojos y echar a correr a sabiendas de que el poder que hoy tiene emana de la Constitución que repudia. Parece un adolescente cabreado con la paga que recibe, dispuesto a cagarse en los muertos de sus padres hasta que éstos le pongan la maleta en la puerta. Y quizás eso es lo que debería hacer el PP, secundado por el PSOE y por quien se quiera sumar. ¿Para qué aferrarse a un mapa que no es sagrado? ¿Por qué no opinar todos (mal que les pese, el asunto afecta al resto de los españoles, así que a todos corresponde pronunciarse) y hacerlo civilizadamente? Igual nos ponemos de acuerdo. Igual nadie quiere mantener el matrimonio.

Caben soluciones intermedias, claro. Se habla abiertamente ya de refundar el Estado autonómico dejándolo en una especie de confederación a tres bandas (España-País Vasco-Cataluña) donde los demás desmontemos sumisamente nuestros virreinatos y aceptemos que la igualdad también tendrá fronteras internas y galones históricos. Se sugiere mejorar el actual sistema de financiación autonómica. Algún valiente nada contracorriente y expone la solución inversa: the killing of the foros. Y hasta se debería plantear la posibilidad de que, ya puestos, cada cuál haga lo que le dé la real gana. En eso consiste básicamente la endémica estupidez española (fenómeno que incluye a vascos y catalanes).

 

PD: distintos economistas no alineados se esfuerzan por dejar claras las cuentas de las balanzas fiscales. Sí, CAT da más de lo que recibe (entre 11.000 y 16.000 millones, según se tengan en cuenta o no los descuentos de la estructura estatal de la que se beneficia), que es lo que suele ocurrir cuando se es más rico que el promedio. El concierto supone montárselo a la vasca: olvidar la contribución a la igualdad (un principio básico recogido en la Constitución) y reducirla a un chequecito por los servicios que presta el Estado en la zona. Pero CiU, ERC, ¿ICV? y las plataformas preseparación tendrían que añadir al factor sentimental una contrapartida de idéntica naturaleza (el cabreo del resto de españoles y el consiguiente batacazo de las exportaciones catalanas a España) y otra mucho más contrastable por fáctica: la salida de los organismos internacionales de los que forme parte el Estado matriz (Convención de Viena); la necesidad de contar con una moneda propia difícilmente atractiva para los inversores (el florín, el croat); los aranceles; la limitación al tráfico de personas; la fuga de capitales y empresas, etcétera.

Mayordomo sólo a medias

Fede Durán | 9 de septiembre de 2012 a las 12:04

Españolito que vienes/al mundo te guarde Dios/una de las dos Españas/ha de helarte el corazón, escribía Machado en otra gran partituras de idiosincrasia doméstica. Las dos Españas eran y son el azul y el rojo, la derecha y la izquierda. El PP es el último eslabón conservador de un tronco con figuras dispares aunque a la vez irregularmente emparentadas: Cánovas, Gil Robles y Calvo Sotelo (José) primero; Suárez, Calvo Sotelo (Leopoldo), Fraga y Aznar después. Mariano Rajoy, sexto presidente de la democracia más reciente, estaba llamado a helar el corazón de sus oponentes políticos y electores, pero no el de sus correligionarios. En nueve meses de mandato, ha fallado en los tres grandes frentes de gestión de un país abofeteado cada día por la crisis: el económico, el constitucional-administrativo y el estrictamente político.

La realidad ha fulminado el mito de la fiabilidad del PP como resucitador de cadáveres. Rajoy se escuda en la herencia recibida de Zapatero y en los 30.000 millones de déficit adicionales a lo comprometido en su día por Salgado; en los 70.000 millones que el Estado y las CCAA dejaron de ingresar en dos ejercicios presupuestarios; en los 25.000 millones apartados para pagar facturas pendientes; y en la desconfianza que éstos y otros datos han provocado en los mercados, cebados con España como si fuese una piñata cuando otras naciones del mismo club europeo se financian en negativo.

La caída de la actividad económica y el crecimiento del ejército de parados (5,6 millones en el segundo trimestre frente a los 3 de Alemania, un país de 82 millones de habitantes) no han derivado en la creación de un plan de estímulo, salvo que como tal se catalogue la tímida intentona paneuropea de Hollande, respaldada por Rajoy y olvidada de momento en algún cajón del Elíseo. A cambio, el PP ha optado por subir IRPF e IVA, formulando en paralelo una suerte de amnistía fiscal para el defraudador. La acción combinada de estos mecanismos debería engordar los ingresos públicos aunque la lógica de la recesión invite a pensar lo contrario. Arguye asimismo Rajoy haber respetado el ideal de la progresividad, que implica que el rico pague más que el apretado, pero entonces podría haber introducido novedades en el régimen tributario de las Sicav, por ejemplo. La reforma laboral tampoco crea empleo hasta la fecha; la ley de estabilidad presupuestaria no parece sagrada visto el marasmo de las cuentas públicas autonómicas; la reforma financiera no ha devuelto al crédito su pulso e impulso, ni lo hará hasta que llegue el rescate sectorial de hasta 100.000 millones solicitado a Bruselas, a pesar de que la tercera modificación normativa de De Guindos haya sido la más ambiciosa hasta la fecha (poderes excepcionales para el FROB, banco malo, diagnóstico precoz de insolvencias y otras calamidades).

A la presión fiscal, que también afecta a universidad (tasas) y sanidad (copago), se une otra política impopular: los recortes. El 70% del gasto autonómico lo absorben educación y salud, y Bruselas ha impuesto un celibato tan radical (1,5% de déficit en 2012) que tocar esas partidas era una obligación incluso echando el resto en el 30% restante. Se repite la perversa jugada de los ciclos malos: las CCAA recaudan el 50% de IRPF e IVA y el 58% de los impuestos especiales, pero sin actividad no hay quién costee los entramados del bienestar hispano.

Los funcionarios han perdido poder adquisitivo; muchos interinos pasan a la reserva, ergo la calidad del servicio se resiente. La izquierda reniega de un debate que tal vez sea constructivo: la gestión privada, en parte más que en todo, de lo público. Razón suficiente para que Rajoy evite por ahora el charco. En la atmósfera flota una sensación de desmantelamiento sin que en realidad las apisonadoras se hayan centrado en el principal problema, que no es precisamente una excesiva plantilla de empleados públicos. España cuenta con un funcionario por cada 15 habitantes, la cuarta peor cobertura de la UE, en total 3,2 millones cuyos cometidos sí podrían repensarse.

El principal problema ya lo definía hace años, aunque quizás con otra vocación, el ex president Pasqual Maragall: “La Constitución de 1978 es una enorme Disposición Transitoria”. Por contentar al País Vasco y Cataluña, el legislador creó un país de diecisiete países y dos ciudades autónomas donde la ineficacia, la suntuosa arquitectura administrativa a lo Albert Speer (cargos públicos, empresas y otros organismos, universidades) y los solapamientos funcionales son casi prescriptivos. La Italia del tecnócrata Mario Monti suprimió en agosto del año pasado 36 provincias, 1.500 ayuntamientos y 50.000 cargos públicos. Grecia dejó en 2010 sus 1.034 consistorios en 355. ¿Qué ha hecho Rajoy al respecto? Reforzar el papel de las diputaciones y mantener los 8.116 ayuntamientos españoles pese a que el 85% acoge a menos de 5.000 habitantes. Rafael Salgueiro, economista de la Universidad de Sevilla, sugería en un artículo (2-9-2012, cabeceras del Grupo Joly) dejar en diez las 17 CCAA a partir de un demoledor y muy asimilable dato: el PIB de la provincia hispalense supera al de siete comunidades, Navarra y Aragón incluidas. ¿Qué ha prometido y tiene pendiente Rajoy? La unidad de mercado y la simplificación de la regulación administrativa. Aceptables saltos intermedios que aplazan el verdadero salto de calidad.

Queda el capítulo político. Perder adhesiones duele menos cuando el único rival real, Alfredo Pérez Rubalcaba, sigue grogui. Pero esta situación de desafecto generalizado hacia los partidos de corte convencional abona el escaño a bisagras, extremistas y oportunistas, sin provocar a la vez la reformulación de las viejas artes del poder o la aparición de discursos reverdecedores. Las dos Españas de Machado (y también los inversores) agradecerían por una vez un esfuerzo de sintonía entre las grandes voces con micro de esta monarquía parlamentaria: Rajoy y Rubalcaba harían bien en pensar una España 3.0, aglutinando en su propuesta la síntesis de todas sus fuentes de inspiración (empresarios, académicos, figuras sin adscripción ni servidumbres, sociedad civil en general) y lanzando al oyente un mensaje claro de reacción, reconversión, ambición y optimismo. El cálculo electoral es hoy un tic muy feo, un corte profundo en el rostro del afeitado, una forma torpe de separar durante décadas al representado de sus representantes.

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Decálogo de un despropósito

Fede Durán | 20 de julio de 2012 a las 9:42

REPASO de los fallos del Gobierno:

Uno. Incidir sólo en los ingresos para ganar la lucha contra el déficit sin reparar en que el gasto selectivo impulsa la economía. El IVA es un impuesto indirecto que grava el consumo, luego a más IVA menos consumo. La subida del IRPF tampoco funcionó a nivel recaudatorio (trabaja bastante menos gente que antes de la crisis). Nadie dice nada de las sicavs. Retenerle al rico es pecado; hundir al autónomo y la pyme parece obligación de Estado.

Dos. Destrozar la biblia del buen comunicador. Los planes de ahorro duran horas. Después llegan los matices, las contradicciones y los anuncios de nuevas medidas que jamás calman a los mercados. Tras anunciar un paquete de ajuste de 65.000 millones con 60 medidas, se advierte que llegarán otras 20 antes de 2013. ¿Por qué no se empaquetan mejor los contenidos?

Tres. Rajoy es peligrosamente inoperante. Su homólogo en Italia, Mario Monti, se reunió en EEUU con los 15 mayores fondos de inversión del planeta y les explicó (en inglés) sus recetas y las razones para adoptarlas. Nuestro presidente no habla idiomas, ni aprecia los viajes internacionales (Eurocopa aparte), ni parece conceder demasiada importancia a la pedagogía que reclaman quienes determinan la evolución de la prima de riesgo.

Cuatro. Trasladar el esquema de vasallaje Alemania/Bruselas/Madrid a la relación Madrid/comunidades autónomas, pero sin concederle a éstas la flexibilidad que la UE sí ha conferido a España en el cumplimiento de los objetivos de saneamiento.

Quinto. Desguazar el Estado de bienestar, recortando los sueldos del empleo público sin discriminar entre buenos y malos trabajadores, castigando sanidad y educación, y creando, casi sin que nadie repare en ello, un modelo de país inspirado en EEUU y su darwinismo económico: los servicios, para quien se los pueda pagar.

Sexto. Respetar una estructura orgánica pensada para tiempos de bonanza: sobran empresas públicas, agencias, organismos autónomos y hasta administraciones. No se ha avanzado en la eliminación de las duplicidades.

Séptimo. Trasladar al ciudadano la sensación de que la reducción de los privilegios de la casta política no corre en paralelo a los sacrificios que se le exigen a la masa.

Octavo. Admitir, sin complejos, que no existe margen de maniobra, que el Gobierno hace lo que le dicen y punto. En ese caso, España debería encomendarse a un tecnócrata como Monti. Margen, en cualquier caso, hay: el Wall Street Journal publicaba hace unos días las reformas laborales (y tributarias) que Rajoy tendría que haber aprobado: menos vacaciones, contratos en prácticas más largos, posibilidad de canjear descansos por un sueldo extra, tarifa plana en el impuesto de sociedades (más cercano al 20% que al 30%), etcétera.

Noveno. Carecer de un Consejo de Asesores Económicos -como el que funciona desde hace años en EEUU- compuesto por expertos de distintas ideologías que cubran las lagunas teóricas y prácticas del Ejecutivo.

Y décimo. Seguir al lomo del burro que sostiene que el PP es un gestor fiable. La crisis española ha igualado a todos por políticos por lo bajo.

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Otra reforma laboral

Fede Durán | 16 de julio de 2012 a las 19:16

Adjunto la traducción de uno de los últimos artículos del Wall Street Journal sobre las necesidades del mercado laboral español.

“Cómo puede España crear empleos”

Rajoy presentó el pasado miércoles su cuarto paquete de ajustes desde que accedió al cargo en diciembre. “En la situación actual, crecer y crear empleos no es posible”, explicó entonces al Congreso.

 No estamos de acuerdo. La tasa de paro española, ahora en el 24%, no es un acto divino o natural sino la consecuencia de décadas de malas políticas que los dirigentes actuales pueden revertir. Consideremos un puñado de ejemplos:

  1. Tras Chipre, España empata con Malta como el país europeo donde los funcionarios disfrutan de más vacaciones. El Estatuto de los Trabajadores garantiza también 22 días de vacaciones pagadas al año, 15 días en caso de matrimonio y entre dos y cuatro días cuando algún familiar del empleado se casa, nace, ingresa en un hospital o muere. El señor Rajoy ha intentado, con moderado éxito, acortar el calendario vacacional del sector público y suavizar el impacto de los puentes. Quizás ello lleve a España a contar con más días laborables. Pero si Rajoy quisiera además una reforma generalizada, ¿por qué no eliminar la cláusula del Estatuto que prohíbe a los trabajadores canjear días de vacaciones por un sueldo extra? Si los españoles ganasen más por descansar menos, quizás se olvidasen completamente del actual marco jurídico. Como mínimo, la mayoría de los negocios estarían operativos en agosto.

  2. Los trabajadores de baja pueden cobrar todo o gran parte de su sueldo durante 18 meses consecutivos siempre que cuenten con un justificante médico. El empresario puede optar por despedir a sus enfermos crónicos en plantilla, pero asumiendo una indemnización de 24 mensualidades. Es excesivo. El sistema nacional destinado a cubrir bajas por enfermedad, indemnizaciones, cobertura médica y otros absorbe el 39,9% de los costes salariales. Es más que suficiente para hacer que uno se sienta enfermo durante año y medio. Rajoy ha recortado las prestaciones por desempleo y las contribuciones sociales en un 1% el próximo año y otro 1% en 2014. Podría hacerlo mucho mejor dejando que los españoles puedan renunciar totalmente a algunos derechos como el permiso de paternidad. España sería un lugar mucho mejor para trabajar y contratar si sus trabajadores y negocios pudiesen elegir en mayor medida cómo gastar lo que ganan.

  3. La tasa de paro juvenil (52%) genera incontables programas de formación y exenciones fiscales para los empresarios que contraten a menores de 30 años. Son programas caros que no funcionan. Una alternativa: revocar las cláusulas del Estatuto que impiden en la mayoría de contratos de prácticas y aprendizaje ganar menos del 60% del salario medio y trabajar más del 85% de un turno de trabajo. Es más difícil fichar a gente joven si sabes que obtendrás menos rendimiento de ellos pagándoles no mucho menos que a los demás. Rajoy también podría ampliar el periodo de prueba de un año que permite a las empresas despedir a coste cero. Esta posibilidad sólo se aplica a compañías con menos de 50 trabajadores, lo que ayuda a explicar por qué el 99% de las empresas españolas no tienen más de 49 empleados de cualquier edad.

  4. Una vez que la plantilla de la empresa llega a 50 trabajadores, estos deben elegir a cinco representantes para negociar salarios y condiciones laborales. Los citados delegados tienen derecho a recibir como mínimo 15 horas pagadas al mes por sus obligaciones, y esas cuotas crecen conforme lo hace la compañía. Un ejemplo: en el momento en que una empresa fiche a su 751 empleado, debe haber al menos 21 representantes, cada uno de los cuales se beneficiará como mínimo de 40 horas pagadas mensuales. Eliminar estos costes y dejar que sea cada trabajador quien negocie con la empresa sus condiciones provocaría una declaración de guerra de los sindicatos. ¿Y qué? Menos de un 16% de los españoles se afilia hoy a alguno, y son muchos menos los que se suman a sus manifestaciones callejeras. El menos impopular de los últimos recortes de Rajoy es el que reduce un 20% los subsidios a los sindicatos.

  5. España grava con un 20% de Impuesto de Sociedades a las empresas que ganen menos de 300.000 euros o tengan 25 o menos trabajadores. El tipo de gravamen sube al 25% cuando gana más de 300.000 o tiene más de 25 trabajadores en plantilla, lo que ocurra antes. Y asciende al 30% si se superan ambas barreras. Hay deducciones disponibles para los negocios que inviertan en contratar a mujeres o en actividades de “interés cultural”, etc. Una tarifa plana más cercana al 20% que al 30% ampliaría la base impositiva al eliminar el gravamen marginal del vigésimo sexto contratado. Asimismo, si Madrid acabase con sus lagunas jurídicas, incrementaría sus ingresos considerablemente endureciendo los controles sobre el fraude y la evasión fiscal.

     Podríamos seguir. El mercado laboral español ha estado protegido, regulado y tasado hasta la extenuación. Rajoy ganó las elecciones cargando contra un paro “insoportable e inaceptable” que por cierto era menor que ahora. Pero después de ocho meses y algunas tímidas reformas, el presidente del Gobierno afirma que no se ve capaz de hacer nada más para que España funcione. Si eso es así, quizás debería apuntarse a las listas del INEM.  

Cuando hayamos muerto

Fede Durán | 13 de julio de 2012 a las 13:16

Dos reflexiones extraídas del mismo libro -¡Acabad ya con esta crisis!-:

  1. “Las deficiencias principales de la sociedad económica en la que vivimos son su incapacidad de proporcionar pleno empleo y su arbitraria y desigual distribución de la riqueza y los ingresos (Keynes)”.
  2. “Insistir en la perpetuación del sufrimiento no es la iniciativa madura y adulta que uno debe adoptar, sino que resulta a un tiempo infantil y destructiva (Krugman)”.

Con la crisis ha proliferado la literatura explicativa del desastre, pero son pocos los que ofrecen soluciones. Volvamos a Keynes (y a Krugman). Para generar puestos de trabajo hoy, la iniciativa pública debe cubrir los enormes agujeros que ha dejado la iniciativa privada. Entre 1939 y 1941 (entre Pearl Harbour y la incorporación al fin decidida de EEUU a la Segunda Guerra Mundial), la explosión del gasto federal, orientado casi exclusivamente a la carrera armamentística y la industria militar, permitió disparar un 7% el empleo. Es lo que estos brujos macro le piden a los gobiernos de los países más desarrollados. En teoría, sólo con que Rajoy revirtiera el tijeretazo aplicado en tres o cuatro tiempos (entiéndase por tijeretazo el aplicado en las áreas sensibles del Estado de bienestar, no el que afecta a la estructura administrativa sobrante), ya estaría aportándole vitaminas al PIB real y al mercado laboral.

Pero el lema gastemos ahora, paguemos después implica no sólo rectificar el daño causado sino asumir una actitud proactiva. De ser posible, evitando una tercera guerra global. ¿Y dónde sería conveniente invertir los euros públicos? Según Krugman, en infraestructuras, por ejemplo, recuperando los planes cancelados y mejorando las redes ya existentes. O en prestaciones al desempleo temporalmente más generosas (justo lo contrario de lo que ha hecho el Gobierno español) para incentivar la permanencia en la sociedad de un sector creciente de damnificados que, además, ayudaría a reactivar el consumo.

Lo que Bernanke pedía como profesor de Princeton al Banco de Japón pero no aplica como presidente a la Fed también podría asumirlo un BCE remozado: usar dinero recién impreso para comprar activos no convencionales (a veces adquiere bonos soberanos, pero ya lleva 17 semanas en modo off) y deuda privada; usar ese mismo dinero para costear rebajas temporales de impuestos; invertir en el mercado de divisas para rebajar el valor del euro y reforzar las exportaciones; establecer objetivos para las tasas de interés a largo plazo, etcétera.

Y queda la tumba del ladrillo, tan honda en EEUU como en España. Con muchas personas pagando hipotecas por encima del valor real de mercado, lo lógico sería refinanciar esas deudas y rebajar los intereses precrisis. Así se liberaría una parte del presupuesto familiar que, de nuevo, podría redundar en un incremento del consumo. Ah, claro, la salud de la banca es la prioridad.

El problema es Alemania. Sólo cuando vea que la austeridad no le interesa será capaz de reformular sus obsesiones. ¿Quién diablos comprará sus productos cuando hayamos muerto?

El chiringuito (II)

Fede Durán | 8 de junio de 2012 a las 12:51

EN apenas cinco meses, Rajoy ha dejado clara su política económica, sorprendentemente parecida a la de Obama. El presidente de EEUU tuvo al arrancar su mandato (2008) la oportunidad de elegir entre contentar al pueblo o contentar a los poderosos. Optó, en plena crisis y bajo la clásica amenaza de Wall Street (“el sistema colapsará si no nos ayudas”), por lo segundo, y al hacerlo incurrió en varias paradojas. Volcó cantidades industriales de dinero público en las carteras de los Too Big to Fail, es decir, los mismos bancos que crearon el problema. En vez de reformarlo, se reforzó el sistema preexistente. Los recursos que debían reforzar el amortiguador de los pobres, los parados y los ejecutados hipotecariamente, aquellos miles de millones que podrían haber aterrizado en la I+D y las infraestructuras, volaron en dirección equivocada, permitiendo a la casta más poderosa del planeta mantener sus privilegios (bonus millonarios incluso en casos de pérdidas, jubilaciones doradas) y chapotear en el lodo de la desregulación.

¿Por qué? Fácil. Según un estudio de Robert Weissman y James Donahue en el Wall Street Watch, el sector financiero (banca, aseguradoras, inmobiliarias) gastó entre 1998 y 2008 más de 1,73 billones de dólares en contribuciones a campañas electorales (el 55% del total para los republicanos y el resto para los demócratas). Cientos de lobbies oficialmente registrados recibieron otros 3.300 millones. Goldman Sachs dedicó 46 millones a comprar influencias políticas en la última década; Merril Lynch 68; Citigroup 108; Bank of America 39. Los grandes despachos y auditoras tampoco se portaron mal: JP Morgan gastó 65 millones; Deloitte 32; Ernst & Young 37; KPMG 27 y Pricewaterhouse 55.

Sólo en 2007, estas y otras firmas contrataron a 6.738 lobbistas para asegurarse los favores de Washington. Muchos de ellos son hijos de un poderoso fenómeno en EEUU, las revolving doors(puertas giratorias), consistente en alternar cargos de peso en la función pública y la empresa privada con un resultado que Stiglitz explica perfectamente: “Cuando los funcionarios que tienen la responsabilidad de diseñar políticas para el sector financiero proceden del sector financiero, ¿por qué habría que esperar que planteen puntos de vista sensiblemente distintos de los que quiere el sector financiero?”.

¿Qué ha hecho aquí Rajoy? De momento, incumplir su promesa de negarle a la banca dinero público. El Gobierno suscribirá los 19.000 millones de euros de la primera ampliación de capital de Bankia. También ha bloqueado cualquier atisbo de transparencia vetando la comparecencia de Fernández Ordóñez en el Congreso (con la aquiescencia del PSOE). Bankia era el caramelo más envenenado, pero hay otros. Por eso Bruselas ha abierto la puerta a las ayudas directas al sector vía fondo de rescate. Entretanto, la cúpula del BFA, matriz de Bankia, cobró 22 millones en 2011 pese a tratarse de un ejercicio con pérdidas atribuibles de 3.318 millones. Quien aún se anime a exigirle a Rajoy inversiones productivas, educación o sanidad es que ignora cómo funciona el chiringuito.

El miedo

Fede Durán | 1 de junio de 2012 a las 17:57

El Gobierno lo está haciendo fatal. Quizás nunca antes quedase tan claro como ahora que los dirigentes de nuestro país no están preparados por sí solos para manejarse en tiempos tan fieros. César es la única excepción de la historia: además del mejor militar de la época y tal vez de todos los tiempos, era un gran arquitecto y un enorme ingeniero naval y militar. Pero nosotros tenemos a Rajoy, un ser de natural indeciso y melindroso, y con él a De Guindos, Montoro y Báñez. Ninguno queda bien retratado tras cinco meses de mandato, y en todos es común la misma cara de despiste. No se trata obviamente de un problema de siglas; es un asunto de endémica incompetencia. Clinton, por ejemplo, contaba en su equipo económico con un grupo ideológicamente heterogéneo de asesores, desde Sheila Bair a Joseph Stiglitz pasando por Robert Rubin o Larry Summers. Formaban el Council of Economic Advisors (Consejo de Asesores Económicos), y trataban de rellenar el discurso político de las necesarias tripas técnicas en que cualquier estrategia económica debe sustentarse. Sus decisiones nos gustarán más o menos, pero había ideas de fondo (acabaron imponiéndose las peores, por cierto, y Obama no ha hecho mucho por enmendarlo al contar básicamente con el sanedrín heredado de Bush jr).

Un equipo de expertos tampoco hará milagros, pero dotará de coherencia a la estrategia, cualquiera que sea. Los enunciados pendulares inquietan a los mercados y mosquean al contribuyente, pero sobre todo retrasan las decisiones más cruciales y bizarras. Rajoy necesita ponerse en manos de un especialista. Es muy factible que su receta le guste, o al menos le guste más que a nosotros: pasará por inyectar cantidades industriales de dinero a la banca (mucho más industriales que hasta ahora, se entiende), aunque a la vez podría dar con las teclas que el Ejecutivo no ve: vale, han pasado 35 años, pero nunca es tarde para tallar el bastidor de un modelo basado en utilizar la pasta para generar más pasta, pasta pata negra, se entiende. A diferencia de la pasta color arcilla, cimentada en una burbuja (burbuja: la expectativa de que los precios suban indefinidamente), la pasta pata negra la constituyen la industria (cada vez menos: las deslocalizaciones llevan a potencias como EEUU a virar hacia la mina del sector servicios), las energías renovables, la innovación y el valor añadido en general.

La gran pega es que la solución ideal queda increíblemente lejos porque implica que nuestros dirigentes dejen de pensar como suelen hacerlo. Casi todos los columnistas coinciden estos días en esta premisa que disocia la técnica de la mercadotecnia. Pedirle a un político que otros decidan por él en aquello que sus conocimientos no abarcan, incluso si su firma redentora aparece estampada en los documentos oficiales, es como querer convencer a un vidente de que no mienta. Un político es una persona habituada a la gestión del chiringuito, incluso cuando pretende noblemente el bien común. El chiringuito es la espina dorsal del poder, que incluye asimismo órganos accesorios como la clarividencia, el talento o las ganas de trincar.

Creo que la reacción llegará cuando de verdad haya miedo. No entre la muchedumbre, que ya lo siente en vena propia o en la adyacencia de los amigos y familiares. No, el miedo tiene que amenazar los pilares de mármol del chiringo. Será entonces cuando se imponga el sentido de Estado, esa cosa que se perdió con la Transición y jamás se ha vuelto a recuperar.

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Fede Durán | 30 de abril de 2012 a las 18:41

Un gran defecto del periodismo español es la preeminencia que concede a sus políticos sobre cualquier otro tipo de información. Salvo que medie una guerra, atentado, suicidio masivo, secuestro morboso o superacontecimiento deportivo, los telediarios, las tertulias, los boletines radiofónicos y las portadas de la prensa abren con declaraciones, planes, ironías, intrigas o posados políticos. El contenido de la acción ejecutiva, legislativa y de partido ha de tener siempre un hueco, por su trascendencia, en la mente del ciudadano. Nadie lo discute: una bajada de las pensiones, una subida del IVA, una reforma constitucional, una privatización de Aena o un copago sanitario merecen una explicación a fondo. El problema no es el cogollo que seminalmente genera estas informaciones, sino la inercia de las frases, redundantes y huecas, que vienen después.

Cargar el peso de la actualidad en Rajoy, Rubalcaba, De Guindos, Lara, Rosell o el dúo Toxo-Méndez evidencia escasa imaginación. Débase o no a la escasez de medios, a la hiperproductividad de unas redacciones mermadas por la crisis o simplemente a la comodidad del carrusel de las ruedas de prensa, donde siempre hay petróleo de tercera calidad a mano, esta realidad es una losa más entre las muchas que hunden el oficio hasta colocarlo en profundidades de las que quizás ya nunca pueda salir. La cultura en sus infinitas manifestaciones, la crónica social, el ajetreo mundial o la economía de la pedagogía y no del dato podrían suplantar a esos rostros tan conocidos y manoseados. Al fin y al cabo, como tantas veces ha avalado la historia, la frase/promesa/intención de un político equivale a cero porque tiende a contentar a cuantos más mejor, y eso es inviable por incompatible.

En la repetición del recurso germina la ausencia de un espíritu crítico. La mente necesita estímulos. Y el periodismo está para informar de todo lo que acontece, pero especialmente de aquello que, conectado en lo posible a la vecindad del lector, le enriquece, conturba o disgusta.

¿Por qué a los desayunos de TVE acuden por defecto políticos (a veces economistas) y no físicos, escultores, arquitectos, sociólogos o astronautas? ¿Por qué se superponen cada día titulares idénticos a otros cien anteriores? ¿Por qué no colocamos a nuestros eternos protagonistas en un segundo plano que quizás, quién sabe, rebaje sus narcisismos y petulancias? Hay tantas historias contables e ignoradas…