Archivos para el tag ‘RAJOY’

Vecino de hecho

Fede Durán | 9 de mayo de 2011 a las 13:02

Muchas cosas diferencian a José Luis y Mariano: la oratoria, las ideas, el periódico que compran o los calcetines que usan. Pero existe también un factor geográfico aparentemente ajeno a cualquier explicación lógica. Uno visita Andalucía de cuando en cuando, según las pautas razonables de todo residente en Madrid; el otro está abonado a la región. ¿Por qué Rajoy viene tanto y Zapatero tan poco? ¿Por qué tendremos a uno hasta en la sopa y al otro con cuentagotas? La respuesta es hoy, dentro del misterio, más obvia que nunca: el PP ve factible ganar en todas las capitales de provincia y el PSOE sabe que para evitarlo es mejor esconder al impopular ZP de la crisis y los recortes. Que José Luis aparezca poco, por proscrito o por pasota, es normal; que Mariano pise esta tierra más que la suya, no tanto, sobre todo porque no deja huella. Al menos física; la huella fotográfica ya es otra historia: le hemos visto, casi siempre con Arenas, disfrazado de casi todo (conservero, científico, capataz). Igual es sólo que Andalucía, como antónimo de Galicia, despierta su desparpajo y anula su retranca.

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La cuota mediática andaluza

Fede Durán | 11 de abril de 2011 a las 14:04

Tradicionalmente, la política andaluza ha tenido poco peso en el conjunto nacional. País Vasco y Cataluña han sido las grandes canteras informativas por el factor nacionalista. Madrid, a veces, también ha contado por su naturaleza central y presuntamente vertebradora. Aquí las cosas eran sencillas. Como diría Lineker: Andalucía es una comunidad donde siempre gana Chaves. Pero Chaves se fue y llegó Griñán, un perfil radicalmente diferente a los mandos de un mismo partido. Bajo su reinado, por azar o por divino mandato, han aflorado los escándalos. Escándalos que, por otra parte, siempre han existido en la comunidad. Pero ahora es distinto: ahora, Arenas, tres veces derrotado, cree de veras que tiene una enorme oportunidad. Y, con el pulso nacional PSOE-PP de fondo, Andalucía, quién lo iba a decir, monopoliza editoriales y portadas en la prensa española de primer nivel. Las generales podrían decantar al PP hacia la mayoría absoluta si las distancias electorales se reducen o transforman en la región. Rajoy está abonado: viene siempre que puede y alguna vez más, y protagoniza junto a Arenas una colección de instantáneas de lo más variopinto: visten monos de trabajo, batas de científico y camisa + jersey de domingo desenfadado de centroderecha, todo con tal de dejarse ver junto al pueblo, que sigue siendo para mi gusto algo sumamente abstracto.

Andalucía ha logrado a través de la corrupción el protagonismo de otra forma negado en la factura mediática del país. El siguiente paso debería ser lograr esas mismas cuotas de atención a través de la seriedad, el progreso (gastadísima palabra) y una clase política que empuje a la sociedad andaluza al más y mejor desde sus propios listones de autoexigencia, que debieran colgar infinitamente por encima de los que hoy predominan.

Pactad, malditos

Fede Durán | 4 de mayo de 2010 a las 16:37

Zapatero y Rajoy se citan mañana (5/5/10) para hablar, esencialmente, de: 1. Grecia y 2. Las cajas de ahorros. El primer punto no debería generar demasiadas controversias. España, como país de nuevo semipobre, quiere dar ejemplo con sus 9.800 millones por si algún día se ve en las mismas que sus primos del club PIGS. El segundo tiene más chicha: salvo sorpresas, será un diálogo de sordos, pues un bando y otro han procurado convertir el chiringuito financiero en una especie de chiringazo con una matriz rentable que absorba satélites y satelitillos siempre bajo la premisa (intra)autonómica. Cajasol, la única excepción hasta la fecha si no se cuentan las alianzas frías (navarros y canarios ya entienden de eso), ha concretado una jugada demasiado pequeña, en términos de volumen de negocio, a juicio del Banco del España. ¿Van a cambiar de idea ZP y Mariano? Estaría bien. El PP podría empezar por Galicia. Y el PSOE bien podría argüir que ya lo ha hecho en Andalucía. Desbloquear es de sabios.

Lo sorprendente sería (y probalemente será) que no entre en escena la reforma laboral y su indecente retraso. No ya porque tarareen el sustantivo URGENCIA voces extranjeras y nativas, sino porque, como tantas veces se ha escrito, la demora torpedea cualquier atisbo de recuperación. Curiosamente, el Gobierno siempre ha negado la luz verde a un abaratamiento del despido que sin embargo se produciría igualmente si nos atenemos a la letra de sus más recientes propuestas (una generalización del contrato de fomento del trabajo con indemnizaciones de hasta 33 días por año trabajado en el mejor de los supuestos -despido disciplinario e improcedente-). Flotan también en la nube mixta de los asuntos pendientes la temporalidad, viejo grano en el culo español, y el absentismo, venido a menos en estos tiempos de miedo al paro. Es éste un conflicto de máscaras donde Zapatero se niega a mostrar el rostro de la responsabilidad (en términos de imagen, su valentía sería costosísima; en términos patrióticos -recuerden: fue el acuñador de aquello de los patriotas de hojalata-, relativizaría, tardía pero aceptablemente, su nefasta gestión económica). Rajoy debería poner de su parte animando al hombre con un par de palmadas en la espalda y una promesa de apoyo público tras la adopción de las medidas pertinentes. Grecia avisa: lo que no se haga cuando toca se hará mucho más traumáticamente después sin ese carácter voluntario que engrasa mejor que lo obligatorio cualquier tránsito hacia la austeridad y el sacrificio.

La cita no deja de tener, por último, una pátina mimética inspirada en la lección portugesa. Si Sócrates y Passos se unen y abrazan a las duras, nadie debe esperar menos de nosotros, vecinos pretendidamente ejemplares.

Mariano, juancojones

Fede Durán | 2 de noviembre de 2009 a las 20:58

Mariano Rajoy, en gaditano, sería un juancojones. No le restemos méritos: con su aura gris y setentera (de los setenta de Franco, no de los Beatles o Led Zeppelin) parece el único político honrado del planeta terror, también conocido como tierra. Yo no me creo que robe como algunos de sus subalternos del pasado y el presente. Además, él sí tiene estudios, y una oposición muy dura a sus gallegas espaldas. Su mujer le ama. Aún pasea por sus playas de adolescencia. Sí. De Mariano me fío.

Pero Rajoy, el animal político, es otra cosa. Un perro cojo, un lobo desdentado, un gato sin uñas. Le torean, le marean, le molestan. Y eso que, como He-man, él tiene el poder. O lo tuvo aunque ahora se le escurra entre las manos. A veces, cuando su clase se alborota demasiado, suelta un gritito que muchos alumnos confunden con un gemido, una lágrima, una bromita sin púas. Y él aprieta el culo al asiento, patalea el estrado y traga saliva hasta la próxima. A veces, cuando la clase se ceba en su desmedido cachondeo, cuando se anestesia a sí misma, Rajoy se topa con un remanso que procura vender como una victoria fruto de su autoridad. Pero se engaña y nos engaña: cualquier político de colmillo retorcido reventaría hoy la línea de flotación socialista, ablandaría el hojaldre de la victoria y sumaría miles de adhesiones a la causa del PP no por su acierto ni su higiene, sino por el caos que emana de las siglas al poder. Caos que Rajoy, Mariano en la vida civil, combate con caos.

Un español honesto e inocente (por seguir la estela de Enric González) no puede pretender comprender la dimensión del embrollo. Un español honesto e inocente hará mejor asistiendo al espectáculo como quien devora las páginas de un libro de Mankell en su faceta policíaca. Por puro sentido de la estética, que cosida a la ausencia de ética fabrica un concepto muy nuestro, muy latino, muy eterno e insonsable. La esperanza: que lleguen otros todavía peores cuyas fechorías garanticen la supervivencia de este folletín por entregas en que se ha convertido la actualidad. Los debates de fondo, las soluciones pactadas, el talco y el incensario, para los raros, los parias y los subterráneos.

No he votado en las europeas

Fede Durán | 9 de junio de 2009 a las 17:01

No he votado en las elecciones europeas. Es la primera vez. Creo que tras cinco años de periodismo político y apenas seis meses de periodismo económico he comprendido el contraste y alcanzado una de esas sólidas convicciones de hombre joven que empieza a ser viejo y quizás por ello maniático.

Volví de la playa el domingo, almorcé con mis padres y me dediqué al ocio hasta bien entrada la tarde. Ya de noche, en casa, encendí la tele y elegí CNN+ para saber qué demonios había pasado en Europa. Pues que gana la derecha. ¿Y en España? Pues que gana Mayor Oreja, que es el PP, que es Rajoy, que vuelve a ser la derecha. El presentador conectó con las sedes popular y socialista y tuve la mala suerte de toparme con unos y otros en uno de esos momentos de lucidez cósmica. Los socis hicieron lo que hace siempre quien pierde: minimizar la derrota, echarle imaginación a la hermenéutica… Rajoy, eufórico, jugó también a lo que le tocaba. ¡Ya queda menos para volver a La Moncloa! Conclusión: el sentido del tiempo en política no lo miden las horas ni los días ni el trabajo permanente. Lo mide la distancia hasta las siguientes elecciones. Quien vive en la oposición, cae en la trampa más típica del ser humano contemporáneo porque quiere que los segundos y las semanas pasen rápido. La velocidad, amigos míos, también nos aproxima a la muerte. Por contraste, quien manda sí procura exprimir la legislatura, vaya a ser que sea la última.

Que la política es teatro es una obviedad. También lo es que estos tipos han aprendido de los americanos el arte (o el fraude) de la telegenia, de la oratoria (es decir, de la antioratoria pensada para las masas presuntamente zafias), del espectáculo. No hay que culparles del todo por ser como son. Sólo pretenden vivir de lo suyo, que no es otra cosa que constar, mandar, mentir, robar/defraudar y embelesar hasta que se demuestre lo contrario. Y en el cierre de este círculo vicioso desempeña un rol esencial el periodismo. Ojo, les habla un contribuyente neto del mal creado. Me da la sensación de que la política no da para tanto. No en el día a día. Son los especialistas, con sus interpretaciones, los que activan el mecanismo de las hipótesis, las intrigas florentinas, la aritmética de las alianzas, los golpes de efecto. Un buen ejemplo son los escándalos por corrupción. Aquí cada bloque busca mierda en el bando contrario. Los trajes de Camps, los aviones de Zapatero. Lo más hilarante es que después, cuando toca atacar, PP, PSOE y los integrantes de cualquier otra sigla olvidan sus propias miserias para centrarse, con furia y espumarajos, en las del rival, las únicas irrefutables y visibles.

Apunto un argumento mucho más visceral. Estos tíos me caen mal. Son falsos, se creen mejores, piensan que cada español tiene dos ojos clavados en su jeta, en su coche oficial, en su primera (o segunda) dama. Aquí cada ciudadano tiene bastante con lo suyo. Y cuando raramente uno (ahora hablo de mí, no del ciudadano) enciende la tele, lo que espera es un poco de aire fresco, de diferencia, de verdadero afán de honestidad. Yo no he tenido la suerte de conocer cómo se las gastaban los Suárez, Azaña, Ortega, Giner de los Ríos (nunca político pero siempre maestro de políticos, entre ellos los dos anteriormente citados) o Tarradellas, pero estoy convencido de que mejoraban lo presente con algo de vocación junto al inevitable bucle del poder.

En fin. Que no tengo claro que quiera participar en este injusto intercambio Yo Te Soporto Cuatro Años/Tú Me Pides El Voto. Y que conste que no hago distinciones. Sólo se salvan algunos personajes secundarios; los que están suficientemente alejados de los focos y aún creen en este tinglado. Los que jamás mandarán, porque si mandan ya serán distintos y peores.

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Juego de espías

Fede Durán | 2 de febrero de 2009 a las 13:06

La trama de espionaje destapada por El País da muchísimo juego: vende periódicos en tiempos de escasez, eclipsa a la competencia y mantiene al lector distraído con asuntos ajenos a la crisis. Más allá de las sospechas inherentes a todo Watergate (¿por qué las fuentes son cada día más difusas?), me gustaría resaltar lo obvio: en el fondo, la maniobra no es informativa sino política. Rajoy no levanta cabeza en los sondeos y eso le interesa al Gobierno, es decir, al PSOE, o sea, al vecindario ideológico. Le interesa porque asegura otra victoria. ¿Y qué mejor forma de consolidar la expectativa triunfal que eliminando a los rivales del debilitado líder popular? Acusar de espionaje a los íntimos de Aguirre significa señalarla también a ella. La caja de los truenos funciona ahora a todo trapo. Y el desgaste de este enfrentamiento cíclico llega en el momento perfecto: elecciones vascas y gallegas. Zapatero quiere un rival incapaz y Rajoy lo es no por estólido sino por gris y desubicado.

No me resisto a sacarle punta a la cosa literaria: Chandler, Greene o Simenon habrían firmado encantados este guión protagonizado por Granados, González, Prada y Cobo. Definitivamente, Madrid se parece cada día más a NYC. Pronto, algún productor avispado y sin ideas venderá a las televisiones la versión española de Los Soprano. En vez de tipos gordos, otros estilizados por horas de pádel con pulserillas de tela donde Tony luce sus pulserones macizos. Gomina en lugar de rizos sicilianos. Y una mala leche más sofisticada y bien bañada en la legitimidad de las instituciones, como cuando El Padrino acude al Vaticano para que avale su ingreso en el reino de los negocios honestos.

Reuniones

Fede Durán | 14 de octubre de 2008 a las 20:15

¿De qué sirven realmente las reuniones? Todos las hemos sufrido en el trabajo y me temo que con idénticas sensaciones: sí, hay una mesa redonda que se llena progresivamente, un considerable desfile de personalidades de variado pelaje y una cháchara deslavazada donde extraer conclusiones o sellar acuerdos son tareas difíciles de conciliar con los egos en liza. Zapatero y Rajoy han quedado para hablar de economía en el incomparable marco monclovita, pero ambos traían de casa sus ideas y no estaban dispuestos a enmendarlas o alargarlas. Imagino la escena: uno en un extremo con sus asesores (que se supone entran por la puerta trasera porque nunca se les ve en la foto a pie de escalinata) y el otro igualmente pertrechado en el extremo opuesto. Un montón de papeles. Algún pin del partido subrepticiamente deslizado a la otra orilla con la esperanza de que la víctima despierte empapada en el sudor de los malos sueños y cualquier otro detalle picante que el lector bloguero decida aportar…

Zapatero ya lo había decidido todo antes de recibir a Rajoy. Es lo que tiene ser líder: haces más o menos lo que te place y luego exiges compromiso patriótico a la oposición, suficientemente cabreada por no mandar como para encima tragarse sapos sin deshuesar. El caso es que Rajoy picó y se presentó. Ahí lo tienen, fotaza de media sonrisa, apretón de manos y para dentro que hay que trabajar. Insisto: me corroe la curiosidad de la conversación. Se dicen tantas barbaridades en tantísimas ocasiones que luego debe ser bonito observarles en la quietud de la intimidad sin cámaras ni focos.

He leído distintas teorías sobre los motivos por los que ZP ha apostado por esta cita. 1. Para vender su sempiterno y ya sumamente inverosímil talante dialogante. 2. Para retratar al PP, seguramente alérgico a sentarse en una mesa con el guión predeterminado. 3. Para pedir una tregua basada en el delicado momento financiero-económico.

La opción 1 ha fracasado no sólo porque no se la cree Rajoy sino porque no se la cree nadie medianamente equidistante. La opción 2 tampoco ha colado. Y la 3 es demasiado facilona, exige al PP una candidez demasiado estúpida. Así que nada de nada. Se han visto y se han largado con la mismas caras sonriente (ZP) y larga (Rajoy). La hemeroteca recogerá sin embargo el encuentro, algún periodista despistado lo citará en el futuro casi como un hito y las memorias de ambos dirigentes se referirán al episodio con perspectivas tan antagónicas que el lector colegirá de inmediato que se trata de asuntos desconectados.

Nosotros volveremos a nuestras propias reuniones, mascaremos trocitos de folio para aplacar la frustración de la ineficacia colectiva y consultaremos puntualmente el reloj, descontando minutos hasta la media hora pactada.

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El Guateque

Fede Durán | 22 de mayo de 2008 a las 16:43

Hoy me van a disculpar. Probablemente les aburra con el tema de moda, que no es el polo lacoste del etarra López Peña sino la crisis del PP. Intentaré ponerme serio en algunos pasajes del análisis.

Veamos cómo está la cosa. De un lado tenemos a Rajoy, asesorado por Lassalle, secundado por González Pons y Moragas, adulado por Gallardón, protegido por Camps, Arenas, Sirera y Valcárcel. De otro sólo nos llega la silueta desdibujada de una nebulosa que englobaría a Aguirre, San Gil, Arístegui, Mayor Oreja, Zaplana, Acebes y Aznar. En el limbo, por ahora, permanecen Juan Costa y Manuel Pizarro, aunque es cuestión de tiempo que se decanten por el adiós o, más emocionante aún, la patada al jefe y el refuerzo de la facción enemiga.

¿Qué intenta Mariano? Aparentemente, desbrozar el jardín para colocar semillas nuevas que entusiasmen al espectador cuando germinen. El viejo reclamo de la renovación. Parte Lassalle del supuesto de que la línea dura que representaba el tándem Acebes-Zaplana ha cerrado demasiadas puertas al PP. Y, como las mayorías absolutas son excepcionales, como toca a menudo entenderse con otros, lo lógico es flexibilizarse. Yo tenía entendido que Rajoy, como cualquier otro político que se considere íntegro, defendía unos principios. Aquí sí es bueno el inmovilismo. Uno no pasa así como así del racismo a la universalidad, o del Barça al Madrid, o de la sensibilidad a la pena de muerte (vale, hay excepciones: muchos cambiaron el franquismo por la democracia y ahí siguen). Si antes no podía ni ver a los nacionalistas, ¿por qué ahora sí? ¿O es sólo que ya no descarta hablar con ellos por salvar las formas aunque sus conclusiones sean las mismas? La dulcificación que pretende sería más verosímil si la gestionara otra persona. Él ha defendido postulados opuestos a los que propondrá en el congreso de junio. O tal vez es que vuelve a tener problemas de comunicación.

¿Qué intenta la nebulosa? Desde luego, debilitar al rival. Si el buitre vuela en círculos hasta que el moribundo se rinde y yace; el núcleo duro y presuntamente agraviado aguarda paciente que Rajoy boquee, estalle y colapse sus circuitos neuronales. El problema es que nadie agarra el estandarte para colocarse al frente. No hay una alternativa visible. Aguirre no quiere jugársela tan pronto (los últimos acontecimientos sin duda han logrado variar su percepción pesimista: ya no es tan difícil disputarle el mando a Rajoy). Zaplana ha cambiado las ideas por los millones. Acebes está deprimido (pese a la plataforma Save Acebes, promovida por los cachondos de Polònia, el gran programa de humor político de TV3). Aznar no volverá (por favor). Mayor está en Bruselas (más por favores). Y me siento absolutamente incapaz de imaginar sorpresas tipo Ana Botella sin añadir al natural sobresalto la tentación del exilio.

Unos y otros se han olvidado de que existe el Gobierno y, por extensión, el PSOE, de forma que en esta lucha es justo la familia socialista la que emerge con poderío. Por suerte para la democracia y por desgracia para Zapatero, la memoria es breve en política y cuatro son muchos años de legislatura, suficientes para que quienquiera que asuma finalmente las riendas populares enmiede el embrollo y plante cara con alguna posibilidad de victoria.

Y, al estilo Arcadi Espada, ahí va mi coda: Señores del PP, barones y marquesas, empleados y filósofos, afiliados y donantes, reciban mi más sincera felicitación. Siempre he reprochado al partido su funcionamiento autoritario y monótono. Esta catarsis desmonta la crítica. Admito mi error y pido disculpas. Asistir al espectáculo que nos brindan cada día evoca el placer de disfrutar de películas míticas como El Guateque. Con Peter Sellers en pantalla, igual que con Mariano y Esperanza, uno comprende las bondades terapéuticas del caos.

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No es tan trepa como parece

Fede Durán | 20 de mayo de 2008 a las 20:18

Lo he comentado en el periódico, pero el asunto me entusiasma tanto que profundizaré vía blog. Resulta que Gallardón va a salirse con la suya, al menos en parte. Nada es total en la vida salvo la muerte, que no es sinónimo sino antónimo aunque ambos acontecimientos estén fuertemente engarzados. El hombre tendrá un trocito de la tarta de Rajoy, que se supone será el jefe al menos hasta 2011, cuando el auténtico congreso del PP (el de ahora es una pamplina) coloque sobre el tablero la relación de fuerzas y aspirantes.

A mucha gente de izquierdas le gusta ver al alcalde arriba. Les cae bien porque le consideran moderado, o como mínimo simpático, o inteligente, o preparado para administrar lo que casi nadie sabe. En verdad, ninguna de sus medidas indica que esté abonado al progresismo, pero ésta no es una reflexión nueva sino un dato sencillamente silenciado entre quienes le consideran un amigo en tierra enemiga.

A mucha gente de derechas el personaje se les atraganta porque le consideran moderado, o como mínimo simpático, o inteligente, o preparado para administrar lo que casi nadie sabe. No, no se trata de frases repetidas sino aplicables a distintos sujetos. Es lógico. Sus virtudes son también sus defectos y el consumidor escoge en función de sus apetencias.

¿Qué deberíamos esperar de un Gallardón secretario general, por ejemplo? Desde luego, más diálogo del que ofrecía Acebes. También más cultura. En sus comparecencias, colará referencias a Albéniz. Y los más espabilados proyectaran en sus mentes, gracias a esa subliminal inteligencia, la imagen inefable de Cecilia Ciganer, pariente lejana e icono de los detractores de Sarkozy. Nos ofrecerá emociones fuertes en forma de intriga. Sus demonios habitarán dentro, en Génova, en su propia casa. Aguirre se transmutará en alguien menos sospechoso de conspirar y lanzará una candidatura alternativa. El PSOE y todos los apátridas de la política disfrutarán muchísimo con las evoluciones del drama.

A mí Gallardón no me cae mal. No porque me convenza su piel de cordero sino porque jamás ha ocultado sus ambiciones. No es por ello más trepa: es más sincero que la interminable tropa de aspirantes adictos al disimulo y las dobleces.

El sueño de una mañana de verano

Fede Durán | 18 de mayo de 2008 a las 20:19

11.00. Madrid, mañana calurosa. No queda muy claro si los pájaros cantan o se quejan, pero al invitado le importa lo justo porque llega en un coche oficial perfectamente aclimatado. Una fila de fotógrafos más o menos estresada saca codos y empuña cámaras. El invitado se sabe la coreografía. Unas palabras al chófer (“pásate dentro de un ratito, esto no dará para más”), pasos decididos hacia la escalinata y saludo al anfitrión, que aguarda arriba, en su cénit, sonriente y satisfecho. Toda la secuencia está trufada de clics. Son los objetivos que se abren y cierran como ojos de gato en busca de una imagen potente. Los veteranos saben que es difícil lograrla cuando las caras y los gestos se repiten año tras año.

El anfitrión y el invitado enfilan la puerta principal y giran el cuello por última vez. Son coquetos. Y recelan respectivamente. Suena el pestillo y cae el telón. Están solos. O casi. El anfitrión muestra al invitado el pasillo que conduce al salón donde charlarán (paredes encaladas, cuadros de artistas desconocidos pagados a precio de lingote) y marca un número en el móvil. “Ya puedes venir”, ordena. Mientras esperan al tercero, le ofrece al otro agua sin gas. La oferta no mata. El otro prefiere fumar. Nota en el bolsillo interior de la chaqueta la silueta de un habano, pero doma su impulso. Quiere dar ejemplo aunque no sepa muy bien por qué. Para amenizar los minutos previos, conectan el piloto automático y diplomático. Curiosamente, se entienden. Menudo verano infernal. El tráfico no tiene remedio (aunque no lo sufran porque no conducen). La playa está colapsada por hordas de amantes de lo masivo. El Madrí y el Farsa han vuelto a patinar en Europa. Qué caros están los pisos pese a la crisis (en verdad, la frase tampoco les afecta).

Al cabo aparece el tercer hombre, que en realidad es una mujer bastante atractiva y mucho más letrada que ellos. El anfitrión la presenta como la traductora. El invitado se fija en ella. Tiene un lunar junto a la mejilla. Por un instante, se desconcentra. Sin darle la mano, ella toma asiento justo en mitad del sofá que queda libre. Sus labios esbozan una mueca de equidistancia. Que nadie pregunte cómo se consigue eso.

Pese a que el lenguaje político de ambos es antagónico, ahora pueden hablar con libertad, sin miedo al malentendido. Ella lo destilará todo, adaptándolo al oído ajeno.

-No sé qué quieres exactamente -arranca el anfitrión. La traductora procesa con abrumadora velocidad, tanta que casi solapa su voz con la del traducido.

-Quiero parecerme a ti -contesta el invitado.

-No me extraña.

-Pues debería. Sólo lo hago porque tú ganas y yo pierdo.

-Como siempre.

-Debo pedirte un favor. Cuéntame tu secreto. Demostrarás más valentía que nunca. Incluso te querré desde mi odio.

-¿Te gusta Dylan? The answer is blowing in the wind.

-¿No vas a ayudar a un enemigo?

-Parece mentira que no me hayas calado todavía. Sencillamente, improviso.

-Pero necesitarás una instrucción previa, ¿no? No sé, una especie de entrenamiento en una academia norteamericana.

-Lo llevo en la sangre.

-Dame pistas, hombre. Algún nombre al que acudir.

-Prueba con la clonación.

-Pero entonces no seré yo.

-Tampoco lo eres ahora.

El anfitrión se levanta. Suficiente por hoy. Despide a la traductora y acompaña al invitado al umbral. Regresan al idioma común, a la jerga sin intermediarios. Las camisas de manga corta lucen menos pero enfrían más. Está bien tu nueva limusina. Tu corbata tampoco está mal. Quedamos pronto. Eso es. Quizás en unos meses. Cuando octubre suavice la Meseta.

Se aprietan las manos lánguidamente. Las cámaras se han esfumado. El coche del invitado derrapa y levanta unos chinos. Sale un tipo fornido que le abre la puerta con ademán robótico (ay, el irresoluble problema de las pesas y la flexibilidad). El invitado agacha la cabeza y cierra la puerta. Clap. Cristales tintados. Se acabó.

El anfitrión permanece de pie, en su cénit. La soledad le arropa, parece embelesado. Piensa en sí mismo, en la razón de su potra -desconocida por todos, incluido él mismo-. Piensa en el desagradable concepto de la caducidad, que es como la muerte pero aplicada a los yogures o la política. Piensa en su invitado, tan inseguro, tan adulador, tan rematadamente ingenuo. Enlaza finalmente ambas imágenes, caducidad e ingenuidad, y piensa en 2012 y en 2016 y en 2020. Se siente imbatible. Mientras el otro esté.

El invitado enciende en el interior de la limusina el puro del que quiso y no pudo dar cuenta antes. Aspira profunda, ávidamente e impregna la tapicería de olor a Cuba. Las caladas disimulan sus suspiros. La soledad, procurada por un tabique separador, le angustia sobremanera. Corre la portezuela que le aleja del chófer y el robot anabolizado y siente ganas de hablarles, de desahogarse, de compartir su miseria espiritual. Soy mejor que él, murmura. Nadie le escucha.

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