Fede Durán | 21 de mayo de 2013 a las 20:28
Cuando el despertador ha sonado esta mañana, al trazar la curva ascendente de la incorporación, me he sentido diferente. A pesar de esa leve advertencia, traducida en un extraño embotamiento, he cumplimentado el ritual de mis inercias: me he rascado las pelotas, he bostezado y me he acercado a la cocina, abierto el frigorífico y servido un vaso de leche. Después he ido al baño y me he topado con un extraño. Mi grito, inusualmente grave, ha provocado movimientos y murmullos en los apartamentos contiguos. De un brinco, me he plantado nuevamente en la cocina y he agarrado el cuchillo más grande de mi colección. El corazón me ha recordado en todo momento la gravedad del descubrimiento y la magnitud de la amenaza. Un tipo negro bastante familiar, alto y macizo como un mulo, ha aparecido en mi jodido cuarto de baño como por arte de magia.
He contado hasta tres y me he lanzado al baño a tumba abierta, empuñando el mango del cuchillo hacia abajo, como en Psicosis, y dispuesto a apuñalar al intruso sin miramientos. Mis puñaladas se las ha zampado el aire. Allí no había nadie. El negro era yo.
Soy un broker de Wall Street que se ha convertido en Raymond Felton. No me pregunten por qué.
Raymond Felton juega de base en los Knicks. Mide uno ochenta y cinco y pesa noventa kilos. Debutó en la NBA en 2005. Lleva la cabeza rapada y luce una barba bien perfilada de cuatro días.
Me dirijo a la oficina en metro. La mitad del vagón me sonríe (serán de los knicks), la otra mitad no levanta la vista de sus móviles y tabletas (serán de los Nets). Al bajar en Canal Street (necesito caminar un par de kilómetros Manhattan abajo para aclarar mis ideas), una viejecita me pide un autógrafo y me promete que le regalará mi camiseta oficial a su nieto Billie. Camino sin aclarar mis ideas. Unos turistas japoneses me paran sin tocarme, me ruegan que nos hagamos una foto sin tocarme y se marchan con reverencias pero sin tocarme. Dos tíos me piden a gritos, desde la acera opuesta, que esta temporada eliminemos a los Heat. Luego me dicen “ánimo, hermano” y levantan el pulgar y lanzan esos berridos tan típicamente yanquis. Paro para comprar un café en La Colombe y la chica que me atiende no me deja pagar. Luego me compro una gorra de los Mets que me devuelve al anonimato. Sigo caminando, sigo sin aclarar nada. A la entrada del rascacielos que alberga mi oficina me detiene un tipo de seguridad más o menos de mi tamaño, o sea, del tamaño de Raymond Felton. También es negro. Me pregunta que a dónde voy, le contesto que a trabajar. Me pregunta que dónde trabajo, le contesto que en Goldman Sachs. Me dice que le parezco sospechoso, que mi ropa me está pequeña y que ningún broker es de los Mets. Le enseño mi abono de los Mets, mira la foto y afirma “eres muy cachondo, hermano, pero si no te largas llamaré a la pasma”. Reconstruyo en mi defensa todo mi árbol de ascendientes, desde la raíz hasta los antebrazos más finos de la copa: Michael Cruz, hijo de guatemalteco e irlandesa, nieto de catalanes y alemanes, descendiente de conquistadores, mayas, judíos y sajones. El tipo llama a la pasma. Me voy por piernas.
Estoy en Bleeker Street. Busco una cabina y llamo a Angie, mi novia. “¿Qué te pasa en la voz?”, inquiere. “Me he resfriado”, alego. Quedamos en media hora. Aparece en la barra del bar y no me ve. Alzo la mano y la saludo. Parece sorprendida, pero se acerca con una sonrisa de luna creciente. “¿Oh, dios mío, eres Raymond Felton?”. “No, coño, soy Michael”. “¿Michael Felton? ¡Eres clavadito a tu hermano!”.
Hago una pausa para diseñar al vuelo una estrategia comunicativa. Me acojo a la filosofía Walter Sobchak: la belleza del plan radica en su sencillez. “Angie, soy Michael. Tu Michael. Michael Cruz. Bolita de Nieve”. Utilizo este último alias confidencial para que sepa que hablo en serio. Nadie más, repito, nadie sabe una mierda sobre el asunto Bolita de Nieve.
Abre los ojos como platos, me da un bofetón y le exige al camarero que me eche. Permanece de pie, con los pies de cemento, tiesa como una momia. El barman lanza un juramento pero tampoco se mueve. Es un blanquito huesudo y diminuto con coleta y gafas de miope y sin ganas de follón. “Haya paz”, dice. “Señorita, no veo que el señor haya cometido ilegalidad alguna. Ha abonado su consumición y no hace ruido”. Angie le fulmina con la mirada: “¿Acaso eres juez, cabrón de mierda?”. La ratita blanca se escurre hacia las profundidades de la barra y da por zanjado el asunto sin añadir sal y pimienta a su frase inicial.
“Angie, soy yo”, insisto. “¿Qué cojones te ha pasado?”. “No lo sé”. “Pero eres el jodido Raymond Felton”. “Sólo superficialmente. De todas formas, técnicamente sería discutible”.
Angie me mira enterito, despacio, descosiéndome, masticando mis pequeños ángulos faciales, mis hombros de bisonte, mi nariz de ébano.
“Adoro a Raymond”. “¿Qué?”. “Lo adoro, Michael. Ya sabes que mi familia vive para los Knicks. Es mi jugador favorito sólo por detrás de Melo. Es impresionante estar con él ahora. Contigo. Con los dos”. “¿Qué?”.
Cogemos un taxi y vamos a mi apartamento. Angie me desnuda. Hacemos el amor salvajemente. Pedimos unas pizzas. Volvemos a hacer el amor salvajemente.
“¿Cuánto vas a durar así?”, pregunta. “No lo sé. Debería ir al médico”, contesto.
Angie se revuelve en la cama. Con un golpe de muslo, adopta una postura dominante. Ella encima, yo postrado. Me apunta desde las alturas con sus afilados pezones.
“Quizás seas como el insecto de Kafka. En tal caso ya nunca dejarás de ser Raymond por fuera y Michael por dentro. O podrías ser víctima de un embrujo de veinticuatro horas. Entonces no nos daría tiempo”. “¿Tiempo a qué?”. “A casarnos, idiota. Quiero matar dos pájaros de un tiro”.
He echado a Angie del apartamento. Al principio ha protestado, pero creo que en el fondo lo entiende.
Necesito caminar y aclarar mis ideas.
Fede Durán | 14 de mayo de 2013 a las 20:24
El escritor me ha ubicado aquí, en mitad del mar, flotando sobre unas tablas que él se habrá molestado en ensamblar. Hay un palo en medio a guisa de mástil, y un mantel con lamparones que hace de vela, y a veces el viento sopla y la balsa se anima y ambos nos dirigimos a lo aleatorio.
Otras veces el mar se pacifica y veo el fondo. Hay corvinas, urtas, doradas y también borriquetes. Adoro la ictiología, aunque preferiría pescar a observar.
Anoche, el escritor leyó un cuento de Mrozek donde un náufrago hiperactivo encontraba en el bolsillo un sacacorchos y agujereaba los tablones de su balsa hasta provocar una fuga de agua, o más bien una invasión. Y todo para estar entretenido. Yo no soy tan gilipollas, así que de momento me bebo mi orina, mastico astillas que rasco con las uñas y me protejo del sol descolgando el mantel cuando el viento no sopla y la balsa es un muerto con verdín.
Cuando cae la noche se me abren pequeñas grietas de esperanza. Creo que es porque la temperatura baja y una ligera brisa nos mece y me acaricia, cerrando mis arrugas de sal hasta el sol siguiente.
Como necesito hablar con alguien y no tengo con quién, he decidido saludar al sol al alba y despedirlo en el crepúsculo, reservando las mismas cortesías para la luna. Con el mar me ando con más ojo: compartimos cada segundo de cada minuto de cada hora de cada monocorde día, así que es mejor redoblar la diplomacia, multiplicar el cariño y esperar que algún día, en sociedad con el viento, me deposite en una isla o al menos en una roca de once metros cuadrados, una que me permita caminar de ida y vuelta, girar a derecha e izquierda, tumbarme sin oscilaciones.
Me comunica el escritor que voy a morir en unas líneas. Joder. Yo era un ciudadano común, ni más perverso ni mejor que la mayoría, con un saco de amigos, esposa y tres hijos de cuatro, cinco y seis años que nunca me dejaban dormir ni sabían limpiarse el culo después de cagar. Pagaba religiosamente la hipoteca, los libros infantiles de los niños, la comida del mes, el papel higiénico, los juguetes y los tratamientos antiedad de mi señora. Soportaba a mi jefe, el muy cabrón, de lunes a viernes y de ocho a cinco desde hacía una década, y asistía una vez al año a los hermanamientos de la empresa y me emborrachaba con otros desgraciados como yo que probablemente acabarían criticándome días después ante sus superiores por falta de decoro y exceso de irreverencia. Estaba engordando y me habían diagnosticado diabetes. Había empezado a flirtear con una casada por internet. Cuando pesaba en todo lo anterior, incluso me costaba empalmarme, a mí, que he sido un semental. Y ahora estoy aquí, en mitad del mar, escuchando la contrarreloj de las teclas que van a fulminarme, y es muy triste porque en realidad me gusta decirle ey al sol, tirarle un beso a la luna, reconocer la cresta del borriquete y desentrañar los códigos encriptados del viento y el mar.
Fede Durán | 13 de mayo de 2013 a las 20:11
Yusuf tenía un problema con los calzoncillos. Era un problema viejo, nacido casi a la vez que su conciencia. Había probado todos los materiales: algodón, lino, licra. Había probado todos los cortes: calzón, boxer, tanga. Hilando fino, Yusuf asoció los picores y la incomodidad a los pantalones, y de nuevo aquí probó todos los cortes y materiales. Nada. Después conectó el prurito y la invasión de orificios y pliegues al estrés de los días laborables, concluyendo que una vez en casa, despojado de protocolos, cronogramas, almuerzos y contabilidades, la piel y el envoltorio se reconciliarían. Tampoco. Pensó finalmente en el refugio de la cama, ese rectángulo donde el cuerpo se independiza de la mente, consumida en desbrozar los vastos paisajes del sueño. Sin tregua. Cada postura era un pulso perdido, cada innovación un puñetazo al aire. Incluso envuelto en los harapos de sus pesadillas, los calzoncillos seguían ahí, adheridos al pellejo como un cepo a un conejo.
Durmió desnudo, pero fue incapaz de seguir. El sentido de la decencia había penetrado tan hondo, tan lejos, que se alojaba en los sedimentos más prehistóricos del subconsciente. Tal era el poder de esa religión en la que no creía. Tal la sombra espesa de la Madraza.
Volvió a los calzoncillos, florecieron los picores con mayor virulencia.
Un día conoció a una mujer. Se besaron, hicieron el amor, se enamoraron.
Por las noches, ella padecía los males de Yusuf. Giros, gruñidos, piernas que se enroscan, brazos que se estiran, un cuello en tensión. Y uñas, sobre todo uñas, uñas zapadoras implacables rascadoras, uñas que exploran hasta el último rincón de piel bullente.
Varios meses después, la mujer le hizo un regalo. Era un pack de tres calzoncillos ecológicos. Resabiado y sutilmente abatido, Yusuf se calzó unos y se fue a trabajar. Los primeros pasos le hicieron sonreír como un veterano de guerra: vaya, no pican, pero picarán. Las siguientes horas le hicieron fruncir el ceño: vaya, no escuecen, pero escocerán. Al caer la noche, de regreso a casa, chasqueaba la lengua: ha sido una tregua, un milagro epidérmico, pero la cama me devolverá a la realidad.
Se equivocaba: esa rotación a tres era infalible. Las molestias desaparecieron.
Un día, se separó de su amante. Al mudarse, ella, por equivocación o venganza, se llevó dos de los tres calzoncillos ecológicos. Yusuf rastreó cada tienda de la ciudad en busca de la marca, el material, el corte, el maldito modelo, pero nunca volvió encontrarlo. Hoy dosifica el par superviviente, haciéndolo rotar con sus primos bastardos, apenas exigiéndole, disfrutando del momento en que la colada los sitúa, rara y felizmente, en la primera posición de la parrilla.
No ha vuelto a verla. Le habría gustado preguntarle por los calzoncillos, saber de ellos, quizás intentar recuperarlos con una pequeña inversión. Pero su sexto sentido le dice que ella no lo entendería. Así que Yusuf ha regresado a sus picores y contracciones, premiándose con un oasis de bienestar de cuando en cuando, alerta por si esos calzoncillos mágicos reaparecen en las vitrinas de las tiendas de la ciudad.
Fede Durán | 22 de marzo de 2013 a las 10:20
JAIME Loconte dirige el departamento de recursos humanos del bufete Pérez & Rodríguez desde hace dos décadas. Con 55 años a sus espaldas, ha anunciado ascensos, premios, confinamientos en el gulag de la intrascendencia y también despidos, muchos despidos, especialmente ahora, con un lustro de crisis en la hemeroteca. Gordo y alto, puntual y atildado, Loconte se sabe el guión de la frialdad, un truco básico de supervivencia en su oficio. Siempre con la misma mirada brillante e incisiva, siempre con la misma planicie por voz, siempre desde su butaca rodante de cuero ha comunicado lo que le tocaba comunicar, asistiendo a una procesión de caras distintas e iguales y repitiéndose día a día que nadie, absolutamente nadie es imprescindible.
Pero en su fuero interno admite una debilidad. Borja Schwartz ha sido su discípulo predilecto primero y su mano derecha después. Han creado una unidad de pensamiento. A veces, en plena reunión, sus ojos se encuentran transmitiéndose exactamente las mismas conclusiones: un pardillo, un mentiroso, un ególatra, un genio y una máquina de hacer dinero son perfiles humanos rápidamente reconocibles para ambos. Conocen el género humano. Conocen el oficio de los RRHH.
Como todos los perros viejos, Loconte es hoy más cínico que ayer pero menos que mañana. Le ha enseñado a Borja todo su portfolio de trucos, el vademécum del gélido pragmatismo: la sonrisa permanente, la promesa ambigua, la búsqueda de la debilidad, la advertencia fiera y la aparente comprensión (la solidaridad de la cúpula ejecutiva) ante las frustraciones, miedos, esperanzas y rencillas de todo empleado o candidato. Jaime y Borja estaban por encima de todo ese oleaje mundano. Han ahogado confidencias en alcohol, han apadrinado a sus respectivos hijos (o nietos), se han reído las gracias y llorado las calamidades, han visto juntos al Madrid, han viajado a Chile y Argentina y han convertido a sus mujeres en buenas amigas.
Son las 9.00 y el sol embellece la Castellana. Jaime Loconte ha citado a Borja Schwartz, el ahijado, el apéndice, el sosias, para aplicar la regla sagrada de su recetario: nadie, absolutamente nadie, es imprescindible. Desde su despacho, novena planta de un edificio ilustre muy próximo al Museo del Prado, Loconte intenta sin éxito hallar consuelo en la luz, en las copas de los árboles, en la gente que pasea sin preocupaciones muchos metros abajo. No lo encuentra, y unos nudillos golpean la puerta y la cara ultraescaneada y mil veces celebrada de su hombre asoma con un gesto amargo. Ya debe saberlo, ha aprendido de un gran maestro. Esta vez Jaime no se levanta; se limita a ofrecerle un asiento con la vista. Borja suspira, camina despacio, mohíno, progresivamente conturbado. Se observan sin hablar, se tantean, buscan una perforación en la careta del otro, una pista final antes de enseñar sus cartas. Loconte el Duro, Loconte el Sabio, Loconte el Blindado siente pena. Se concede una milésima de segundo, sólo eso, y después lo dice, y de los labios de Schwartz el Joven y Sobradamente Preparado despega la misma frase al mismo tiempo: “Estás despedido”.
Fede Durán | 19 de marzo de 2013 a las 18:32
Las cortinas apenas difuminan una luz potente, briosa, la luz de una mañana libre de edificios altos y grises. El hombre despierta, abre los ojos, se despereza haciendo crujir los nudillos y las vértebras del cuello, respira hondamente y coloca los pies sobre la alfombra de su flanco de cama. De pie, en pijama, los brazos le cuelgan simiescamente y la barriga dibuja una curva imposible, excesiva y burlona. Descorre las cortinas y observa el jardín, de corte inglés y porte palaciego. Bajo la copa de un árbol levemente mecido por la brisa dos ardillas se disputan una castaña. De inmediato establece la parábola: la roja representa al pueblo, la negra a la banca. Se acerca al espejo hasta casi tocarlo con la nariz, y ahí están sus ojeras, más violáceas, sus arrugas, más secas, sus dientes, más frágiles. Luego se viste, transfigurando la mediocridad en institución, se anuda la corbata, rellena la pitillera y acude al comedor de la planta baja, donde exactamente a esa hora le espera un desayuno conventual. Lo ejecuta entre dossieres donde parpadean las ideas motor, los titulares esenciales, los posicionamientos estrella.
Oye el ronroneo de la gravilla cuando la limusina aparca frente a la entrada y el silencio de la mañana deja paso al primer absceso de realidad.
Sube al coche, el chófer arranca. Madrid toma forma, emerge como un puerto de montaña; aquí estoy yo, grita desde los tubos de escape y los insultos entrecortados entre colmillos; lo grita desde la radio, desde las bocas del metro, desde los rostros yonquis del estrés; lo aúlla, lo llora, lo escupe en infinitas formaciones aleatorias que se deshacen a los pocos segundos para ser sustituidas por otras.
Génova 13 aguarda donde siempre, rodeada de periodistas y partículas en suspensión. Los guardaespaldas le abren hueco a codazos, imponiendo el peso de sus lomos y la advertencia de sus miradas, y el líder entra en volandas, levitando, y levitando accede a la sala donde pronunciará sus palabras prefabricadas. Las sillas son rápidamente esclavizadas, el silencio se agranda, las cámaras de vídeo arrancan y los focos apuntan directos al maquillaje, a las gafas, al parpadeo desubicado, a la barriga oculta y los dientes frágiles y las grietas secas de los lechos de vitalidad que ya se han muerto.
Carraspea.
La inmensidad del silencio.
Cabeza gacha, mirada avergonzada, manos trémulas.
Pide disculpas.
Silencio.
Pide más disculpas, decenas, cientos, miles de disculpas que envuelven a todos, que salpican y protegen a todos, a los suyos y a los otros, al poder, al organismo enfermo de la política.
Pide disculpas y se levanta. Mira al frente sin mirar a nadie. Mira al frente y lo dice.
La ardilla roja tenía razón.
Fede Durán | 4 de marzo de 2013 a las 14:30
Ver solo a un anciano es un buen bofetón de tristeza. Verlo solo en mitad de la calle, a las doce de la noche de un domingo, en una plaza desierta y junto a unos contenedores de basura es endiabladamente triste y te hace recordar que el tiempo vuela y que la vejez, cuando fermenta, tiende a la soledad y la cosificación. Los mayores acaban convirtiéndose habitualmente en trastos inservibles, en estorbos, en habitaciones mohosas donde en el mejor de los casos se esconde el pellizco de una herencia. Verle la boca hundida, los labios estrangulados de una mandíbula sin dientes, verle los ojos vacíos de un perro, esa inocencia, esa culpa ajena y ese profundo y brillante mensaje de desconcierto es triste de verdad. Ver un rostro de otra época, una nariz donde ya se perfila la muerte, una cabeza lisa y manchada, unas orejas largas, verle temblar levemente es terrible. Como sentir que te sostiene la mirada, que en el fondo pide ayuda, que sabe que no tiene a nadie y que se va.
Entonces recuerdo a mis abuelos y celebro que nunca estuviesen solos. Les recuerdo y me prestan su tristeza para que la sienta en el pellejo de otros viejos menos afortunados.
Fede Durán | 14 de febrero de 2012 a las 21:53
Estamos en el centro de una habitación cuadrada, nos han vendado los ojos y ofrecido una silla sobre la que posamos el culo con recelo. Es un experimento. Quien nos acompañaba cierra la puerta desde fuera, clic, pestillo, y una voz académica nos pide desde el techo que prestemos atención a los mensajes que se emitirán a continuación. Escuchamos frases tan parecidas en el fondo que sólo nos cabe diferenciarlas por la forma. Éste es Zapatero, ese otro Rajoy, el de acá Mas, el de allá Urkullu, o Díez, o Lara. Como tenemos memoria histórica, detectamos rápidamente las mentiras ya confirmadas y apartamos en un cajón mnemotécnico las que quedan por confirmar.
Luego nos quitan la venda y nos dan un refresco porque las bebidas alcohólicas están prohibidas. Aparece una psicóloga muy guapa (parece una actriz de Mad Men) y nos anuncia un test de optimismo. El resultado es desalentador: bordeamos la depresión, que es un agujero tramposo y nos puede engullir en cualquier momento, advierte. Se despide sin sonrisas y toma el relevo un psiquiatra muy feo que nos recuerda a Beria. Va a pronunciar una serie de palabras mientras estudia atentamente nuestras reacciones, nuestros ceños, bocas, párpados y corazones encogiéndose o deformándose. Ahí va. Prima de riesgo. Paro. Crédito. Indemnización. Índice de Precios al Consumo. Euríbor. Hipoteca. Efectos de Comercio Impagados. Producción Industrial. Confianza de los Consumidores. Cuando llega a Austeridad, gritamos basta y él para.
Estamos tan alterados que nos regalan un bocadillo, nos dan una palmadita en la espalda y nos dicen que ha sido un placer. Ya fuera, en la calle, el día es espléndido, sol más ligera brisa primaveral más ese olor refrescante de los espacios verdes y la hierba recién regada. Avanzamos sin prisa, despresurizándonos, y nos topamos con un corro de ciudadanos que estrecha el círculo en torno a un tipo con jersey gris y pinta de profesor universitario, cuarenta y pocos años, ojos azules y cabeza rasurada. Afilamos/afinamos el oído. Habla una jerga extraña. Ecologismo, pero no un ecologismo barato. Redefinición del espacio urbano. Comercio de proximidad. Campo. Vivienda. Retenemos una paradoja especialmente retumbante: Hay trabajos sin ocupantes y trabajadores sin ocupación. Cosas que querríamos haber oído en la habitación de paredes marrones bailan entre nosotros, nos golpean con suavidad, silban y sonríen. Escupimos los restos del bocata, las migas que ciegan nuestras bases molares, y tendemos la mano a ese señor tan distinto que nos pide que le conozcamos. Se llama Esteban, informa. Le asignamos un apartamento en el edificio de nuestra memoria y paseamos bulevar abajo, entre músicos y palomas, yonquis y mierdas de perro, fuentes no potables y árboles secos.
Fede Durán | 12 de diciembre de 2011 a las 21:09
Llevaba hora y media, justo lo que duró el concierto de los Subprimes, con ganas de mear. Calculé unos veinte minutos para llegar y volver de los baños antes de que arrancase la siguiente actuación, a cargo de The Peludos. Me puse en marcha, sorteé a borrachos, yonquis, amantes, fans y otros sujetos con las mismas ganas de mear que yo y logré anticiparme a la masa al convertirme en cabeza de una cola que apenas unos minutos después se revelaría monstruosa. El cielo comenzaba a encabronarse, pero la puerta del retrete móvil estaba cerrada y no había pelotas de hacer reaccionar a quienquiera que fuese su inquilino. Al poco llovió y la cola se dispersó en busca de un árbol, un toldo o cualquier otro invento que permitiera mear sin mojarse. Yo decidí seguir siendo cabeza de cola, o punta de lanza, o lo que significase resistir el primero ante un cubículo de plástico herméticamente aislado de mi vejiga. Intenté distraerme para soportar el dolor. Pensé en el agujero negro de la muerte; el escenario más angustioso siempre ridiculiza cualquier otro sufrimiento. Pensé en aquella vez en que la poli me detuvo porque me confundió con un terrorista sirio buscado en medio planeta. Pensé en las lentejas con arroz, mi plato favorito. Y cuando dejé de pensar eché la vista atrás y la cola había desaparecido. Busqué los restos de la masa, pero no había ni dios. Después, una silueta recortó la línea del horizonte, autoaplicándose el zoom con casa paso hasta quedar a un metro de mí. Era un tipo inmenso. E iba disfrazado de oso. Un oso con un rayo que le partía la cara. El rayo era maquillaje, claro, pero estaba muy conseguido. Llevaba unas baquetas en la mano, y también parecía mearse, incluso más que yo. Pensé que entablaríamos una breve conversación sobre el estoicismo del meón, pero no encontramos la sintonía necesaria. La lluvia amainó, y entonces él acercó su enorme boca a mi oído y gruñó. Reconozco que fue un gruñido afable, lleno de bondad, una forma de darme la patita sin dejar de subrayar a la vez el pánico de un cerco genital progresivo. Decidí cederle el turno. Mea tú, dije, y me sentí mayestático, imperial.
Se abrió la puerta y del cubículo salió una mujer pequeñita con cara de ángel. Al asaltar el hedor nuestras narices, capté los matices del retraso. El Hombre Oso no se arredró. Tras palmearme los hombros y repetir gruñido (esta vez más libre, más despojado de negrura), encajó su enorme figura en el uno por uno de la caseta y cerró la puerta con una sonrisa.
Arreció la lluvia. Me calé. Sentí la espalda helada y las plantas de los pies esponjosas. Noté esa curva peligrosa en el estómago tras la inflamación urinaria, esa pista afilada, ese ahí hay algo más.
El Hombre Oso fue relativamente rápido comparado con la inquilina anterior. Al salir, me plantó una mano en el pecho, deteniendo en seco mi trayectoria hacia la salvación. “Toma”, habló al fin, y me tendió sus baquetas. “Te entrego el poder absoluto. Mi inspiración. Tienes cara de batería”.
Y se fue.
Y meé y cagué, y el sudor perló mi frente y pude encontrar unos cientos de gránulos de felicidad en la asquerosa calidez de aquel baño portátil. Me perdí a The Peludos porque tropecé con un par de amigos bien pertrechados y una cosa lleva a la otra y la luz deja paso a las sombras en el reino del rock. Conservé mis baquetas. Efectivamente, soy batería. No sé cómo el Hombre Oso pudo adivinarlo. Días más tarde, en el local de ensayo, las probé. Me supe poseído, conquisté cimas antes prohibidas, impresioné a mis colegas. En la secuencia posterior de conciertos en salas de mala muerte, arranqué aplausos de ellos y bragas de ellas. A la quinta o sexta, un productor se acercó a charlar conmigo. Me ofreció un contrato millonario con una banda de diseño pensada para la Mtv. Me mudé a Los Ángeles. Me compré una casa en Miami contigua a la de Julio Iglesias. Aprendí yoga. Me casé y me divorcié y volví a casarme y a divorciarme. Todavía a veces pienso en el Hombre Oso, especialmente cuando me entran ganas de mear y no hay un váter a mano. Quisiera darle las gracias. Quisiera explicarle que nunca podría haber sabido que haría lo que hizo. Que mi cesión mayestática, imperial, fue de veras un acto de bondad.
Fede Durán | 11 de octubre de 2011 a las 10:14
Un mercedes atraviesa decidido la carretera comarcal de dos carriles y dos sentidos. Es un coche negro sometido a la reverberación del sol de verano. La gasolinera lo ve venir como quien observa el vuelo de un banco elegante de aves migratorias. El mercedes se acerca, aminora y traza elegantemente la curva de acceso a la estación de servicio, dejando ver su costado, dando pistas definitivas sobre su verdadera naturaleza. Un yid corpulento se apea del vehículo y suelta un bufido. Tiene calor y su indumentaria negra y blanca no ayuda. Recoloca su kipá, le da un par de bofetones a sus tirabuzones pendulares y comprueba, más por curiosidad comparativa que por verdadera necesidad, la tabla de precios que cuelga junto a los surtidores. Ha parado porque tiene ganas de cagar. Un apretón sórdido y traicionero, una lámina de acero al rojo vivo que le obliga a doblar las rodillas y concentrarse en acorralar y reducir el dolor. Su cerebro se convierte en una pasarela de sensaciones desagradables. Náuseas, debilidad, cobardía, angustia, desconcierto. Hay un par de clientes alimentando la panza de sus propios vehículos. Le miran un rato debatiéndose entre la curiosidad y la desconfianza, pero es el coche fúnebre el que al poco absorbe su morbo. Como todos los seres humanos, odian esa figura metálica, acristalada y rectangular, pero son incapaces de renunciar a echar un vistazo dentro en busca del ataúd y de un muerto anónimo al que pueden imaginarle la pinta y circunstancias que quieran. El yid está jodido. Intuye el comienzo del desastre ahí abajo, una cabeza de tortuga cuya auténtica dimensión es una incógnita venenosa. Como todos los seres humanos, odia cagar en un retrete sucio y ajeno, abierto al público y a sus peores perversiones contra la higiene. La taza de una gasolinera ocuparía en un escalafón hipotético de Los Peores Lugares Del Mundo Para Evacuar una posición oscilante entre el oro y la plata en dura disputa con el aseo de cualquier sala de conciertos underground. Dos gotas de sudor premonitorias lanzan al judío gordo al vacío del asco y el hedor. Cierra la puerta del mercedes hipertrofiado y deja al muerto crepitando en el invernadero no sin admitir cierta sensación de culpa, igual que el padre que pierde de vista al hijo unos segundos para disfrutar del trasero duro y joven de aquella otra madre que empuja del carrito y sonríe cansada a su querubín rubio de ojos azules. Instintivamente, da la vuelta al edificio principal en busca de la doble puerta salvadora. Ahí está. Una hoja oxidada y sacudida por el viento seco del páramo, coronada por la silueta estándar de un varón sin orejas ni pelo ni ropa ni nada más que un tronco fino y recto y una extremidades angulosas y demasiado rígidas incluso para su pobre muerto en combustión. La tímida sonrisa de su triunfo por la intuición confirmada deja paso a la realidad de sus temores más oscuros. Al empujar la puerta se topa con un charco del tamaño de los dos metros cuadrados de cuartucho. No es agua, no lo es en absoluto, pero el yid procura no pensarlo. Luego está la peste, una peste maciza y penetrante, producto de la contribución desinteresada de camioneros, agentes de servicio, clientes desesperados y algún yonqui avispado sin ganas de rascarse el culo con una piedra. El apretón se hace fuerte, la tortuga emerge impasible, pero el hebreo abre la puerta nuevamente, sale al exterior y respira tan hondo como puede, convencido de que quizás sus pulmones jamás sean ya lo mismo. Lucha contra un impulso primitivo, el mismo del que huye cuando puede el yonqui avispado. ¿Por qué no cagar en el campo, apenas a veinte metros de la gasolinera, entre hierbajos y matorrales? ¿Por qué no recuperar ahora mismo la espontaneidad del niño audaz que fue? No, no puede hacerlo. Sería una afrenta al muerto, y por añadidura a su propia dignidad sefardita, bajarse los pantalones y exponer su gesto de fiereza y alivio a la madre naturaleza. Su solideo, sus rizos, su traje negro y sus medias merecen cierta intimidad, cierto porte señorial.
Piensa en aquellos campamentos de convivencia con otros jóvenes yids, la dorada inmadurez bajo la batuta de un puñado de rabinos impacientes y autoritarios. Una vez, Isaac y él mearon en la enorme olla donde los cocineros preparaban las natillas de toda la expedición, una masa plastificada en reposo y sin vigilancia. Mearon y no comieron, pero experimentaron esa sensación dual de la abyección y la euforia al ver cómo sus compañeros, niños cafres como ellos, sorbían el líquido amarillo sin la menor sospecha. Piensa en las jugarretas de las duchas, tres cubículos en paralelo donde el central, más hundido que los laterales, hacía de sumidero y condenaba a su desgraciado usuario al tormento de la meada ajena. Mear era entonces un símbolo de vitalidad y desafío, y se supone que tendría que haberle inmunizado contra los escrúpulos. Pero no. Josef Penka sobreestima el adiestramiento de su adolescencia y permanece junto a la puerta sibilante, debatiéndose entre el horror del pozo negro y la mácula del acto silvestre. Una nueva punzada acaba abruptamente con el dilema. Nota la dilatación del ano y la debilidad de las rodillas. Las sienes le chorrean. Piensa en mamá y en una cama de madera de pino con sábanas limpias y los juguetes apilados frente a la pared. Aprieta los puños, sus nudillos palidecen, la marca de unas uñas mordidas antes que cortadas tatúa las palmas de sus manos. Prueba el límite de los silos de sus pulmones. Inspira. Espira. Un par de veces, tres, hasta que se siente preparado para el zarpazo definitivo. Se hincha y entra, torpe como un oso borracho, histérico como un ciego en la mediana de una autopista. Decide, en verdad nunca lo ha dudado, cagar sin apoyarse en la taza, trufada de marcas que viajan del verde al negro pasando por el marrón y el rojo, algunas recientes, otras petrificadas. Da la espalda al váter y se desabrocha el pantalón cuidadosamente, consciente de que cualquier descuido, cualquier confianza, por mínima que sea, puede empujarle a una situación aún más desagradable. Agarra con una mano la cintura de los pantalones y el cinturón de cuero negro y hebilla plateada, tantea con una maniobra forzada los dominios del agujerito evacuador y se agacha lo que sus maltratadas fibras le permiten. Josef Penka es un hombretón pecoso y rubio con una nariz afilada y puntiaguda bastante alejada del canon hebreo. Su barriga prominente ejerce de contrapeso en esta aparatosa maniobra; sus hombros de leñador estonio le embuten en la estrecha pared del aseo. Prueba a descargar, pero la curva que trazan su espalda y su trasero, tan grande como una paellera para diez personas, le oprime algún pliegue del recto y le obliga a apretar con tanta fuerza que una uve doble a punto de explotar se le planta en la frente blanca y arrugada. Se le ha acabado el oxígeno, así que intenta respirar metiendo la nariz en el cuello abierto de la camisa. La criba purificadora del algodón no sirve. Tuerce la boca, siente otra ráfaga nauseabunda, amaga una especie de arcada, un gritillo sordo similar a la canción de un sapo con traqueotomía. El trance desajusta su sistema de seguridad y nubla su visión del cuadro de mandos. El talón de una pernera ha entrado en contacto con el lago de orín. La humedad primero y el flujo después penetran la ridícula resistencia de su media ritual y curiosean el interior del zapatón. ¡No!, maldice en voz alta, haciendo retumbar la garita fecal. ¡No!, repite como un flagelo, por si le quedaba alguna duda de su perenne estupidez. Intenta recomponerse. Se exige sangre fría. Sangre hebrea, sangre de superviviente. Regresa a la postura semifetal y concentra todo su poder mental en el tramo corto de recto que separa su mierda fiera del parto. Ahora sí, un primer envío que choca contra la pared de la taza y acaba en el fondo con un movimiento espiral. Es sólo la punta del iceberg. Sin transiciones, irrumpe el segundo paquete, voluminoso como una colección de manjares que el ausente hijo pródigo recibe en su modesto nido de ratas compartido justo el día de navidad.
Josef Penka siente la ingravidez del alivio largamente anhelado. Cierra los ojos. Puntitos blancos traspasan la película de sus párpados y revolotean en su mente en negro. Ya ha pasado lo peor, se dice. Gira el cuello en busca del culpable de su sufrimiento y atisba una plasta deforme y bicolor cuyo aroma, propio y por tanto reconocible, es incapaz de superponerse al que reina allí desde hace siglos. El asco retrocede a su madriguera y deja solo al yid, tibiamente escocido y despreocupado, bautizado al fin en la fosa séptica de los seres curtidos. Tras una breve y muy íntima celebración, procede a rematar la faena. Busca el papel higiénico, pero no hay rastro de soportes en las paredes o de rollos sobre el precario lavabo, tan pequeño casi como su tosca, sudorosa y mugrienta mano. Otra ola de indignación le colorea la cara. ¡Puta mierda!, brama, convencido de que fuerzas misteriosas sombreadas y con cara de duende sonríen en alguna esquina del cosmos pagano. La pernera humedecida le recuerda que debe darse prisa. En cuestión de minutos la situación será irreversible. Frunce el ceño, resopla y rebusca un pensamiento apto. Ya está. Plantará el trasero en el lavabo, abrirá el grifo y procurará lavarse a tientas, guiado sólo por la seda del tacto digital. Después le chorreará el culo, pero eso es lo de menos. Tras unos segundos de tregua en los que focaliza el objetivo como los grandes atletas antes del pistoletazo, procede según lo planeado. Acerca sus posaderas, un amasijo de pellejo, protuberancias y cráteres sin patrón, y busca ese chorro débil que es una metáfora de la purificación. Sus manos aletean ciegas, rascan la mugre de la porcelana, chocan con las infinitas marcas de guerra de la pared, un Te Quiero Paqui a bolígrafo, grabados crípticos a navaja, manchas de origen insondable. Un par de dedos engancha la rueda y la acciona. El chorro está lejos del epicentro de la masacre. Josef Penka se exige un esfuerzo de contorsión, desafía los límites de la física y le gana unos centímetros a la brecha que le separa de la redención.
Suena la puerta. No es un golpe de nudillos pidiendo permiso sino los goznes que chirrían. La mole hebrea tapona los noventa grados del recorrido original y los deja en cuarenta y cinco raspados. De repente, una cabeza que asoma extrañada por el obstáculo, dos rostros que se observan, una de las manos del hebreo en alto, diciendo stop, o tal vez pidiendo clemencia, y un churrete viscoso que desciende y conquista sin miramientos primero las falanges y luego la palma impía.
-Jodido pervertido –censura el mirón antes de largarse.
-¡Eh, eh! –Josef Penka reclama su presencia, quiere darle una explicación convincente e incluso echar unas risas cuando la verdad se restablezca y el mundo gire como siempre, aunque renunciará a estrecharle la mano por razones obvias. Nadie contesta al otro lado. Mejor, mejor así, ¿quién podría creer la versión edulcorada de un paquidermo con tirabuzones entregado al placer sodomita en la sordidez de un cagadero público?
Fuera hace calor. Se levanta un viento áspero, cargado de grados y polvo. Las espaldas de la gasolinera esconden una versión cutre de El Álamo. A cien metros, detrás de la opción b de los matorrales, el pecio de un tractor aniquilado por el orín. Un destello. Una herida abierta. Josef regresa precipitadamente a la realidad del coche y el muerto, su misión, el deber inexcusable. Mira el reloj. Son las ocho cuarenta de la mañana de un día cualquiera de agosto. Un yid ha muerto durante la madrugada y los onen, fieles a la tradición, han pedido un entierro rápido, hoy mismo, después de que los parientes más cercanos tengan tiempo de pasar por la residencia Nissim para honrarle y despedirle. La velocidad es el primer mandamiento de Josef Penka. Y su traicionero apretón le ha hecho perder unos preciosos segundos. Manos a la obra. Se frota la barriga, remete el faldón rebelde de su camisa blanca y se ajusta la kipá, exhausta por la lucha espaciointestinal. El coche sigue donde estaba, a dos cuerpos de distancia de la fila de surtidores, pegado a la acera de la tienda multiusos donde los clientes desfilan junto al escaparate y enganchan con los ojos la caja de madera y el halo omnipresente de sus propias muertes. Josef Penka mira adentro y dibuja en la cara un gesto tranquilizador, un estribillo feliz para una canción triste. Ya me lo llevo, chicos. Soy vuestro salvador. No hay de qué. Camina con el ademán de un Mister Marshall antitético cuya obra social consiste en retirar en vez de ofrecer, chasquea los dedos mientras recuerda una secuencia rasgada del gran Django y se palpa los bolsillos de los pantalones en busca del mando a distancia, un triángulo negro con dos botones y la estrella afilada del mercedes.
Desde pequeño, Josef ha sido un chaval despistado. La insistencia de sus padres y su apego a la disciplina le permitieron, con el transcurso de los años, desarrollar un complejo sistema de reglas nemotécnicas en su interminable partida contra el olvido. Notas manuscritas en lugares estratégicos, modernos despertadores de triple llamada combinados con la alarma del móvil, carteras con cadena, portafolios adhesivos. Todo, para esquivar lo que por naturaleza sería inevitable. Todo, para burlar bretes como éste, agujeros negros, recordatorios de su tendencia a autohumillarse. Josef saca sus manazas de los bolsillos y vuelve a introducirlas despacio, como si la mera repetición bastara para enmendar un veredicto inamovible. Desaparece el garbo, se agrieta la sonrisa, la montaña humana que es mengua hasta convertirse en una puta colina de basura coronada por las gaviotas de sus remordimientos. Ha perdido las llaves. El pánico se le adhiere al corazón y la boca. Un ligero temblor de labios, taquicardia. La mecha de los reproches prende rápido. Se fustiga con un pase de episodios antiguos, momentos destacados de su incompetencia que le estallan en plena jeta con una acidez desconocida, quizás producto de una sospecha creciente: Pavlov no tendría nada que hacer con él. Un caso perdido. Josef Penka se aproxima al coche y lo ausculta. Las puertas están cerradas y la llave dentro, en la base del asiento del copiloto, junto al móvil y la cartera, valija vital con su carné, la tarjeta de crédito, una foto recortada de su primera y única amante, y el trozo plastificado de papel que acredita su pertenencia a la Bolera 2001, alias El Templo De La Diversión. Reprime un sollozo y mira alrededor. La gasolinera y sus satélites mantienen la rutina. Un tipo introduce una moneda en la máquina lavacoches y se pelea con la pistola de agua nada más desenfundarla. Una procesión de sombras entra y sale de la multitienda con extractos bancarios, refrescos isotónicos y chocolatinas mutantes. Al fondo, junto al poste del aire para las ruedas, sombras diminutas y mucho más rápidas se disputan el botín de dos contenedores abiertos y saturados. Un enjambre de plástico vuela animado por el viento machacón, la fauna del siglo veintiuno, gorriones y mariposas sin peligro de extinción. El judío grande, el judío gordo sabe que debe luchar contra la humillación. Sabe, joder que si lo sabe, que tendrá que confiar en la solidaridad del prójimo, dar pena, ponerle algo de teatro al asunto para que los Nissim reciban en tiempo y forma al fallecido y lo despidan como merece. Su empleo, y éste es un extremo doblemente importante, también depende de ello. No quiere ni imaginarse en una cola del paro, menuda vulgaridad, rodeado de laicos y parias de todo pelaje. Se amputaría la mano izquierda antes que soportar la diatriba del señor Loeb, el propietario de las pompas fúnebres, tan adicto a la puntualidad y la excelencia como ajeno a la piedad y las segundas oportunidades. Se arrancaría los rulos a bocados, renunciaría a la liga de bolos, recién comenzada y con buenas perspectivas para la dupla que forma con Ariel Benamú, empeñaría su colección de cartones de helado si hallara la forma de obtener otra llave, una copia, un pasaporte al alivio y el resoplido.
Tras una vacilación infantil, accede a la multitienda, donde doscientos estantes ofrecen la mayor variedad de porquerías al precio más inflacionista. Las golosinas le distraen, tarda un rato en reaccionar, nuevamente el olvido, su olvido a prueba de bombas, hasta que garabatea en un post-it imaginario la principal tarea del día, tengo que entregar un fiambre. Decide guardar cola religiosamente, esperar su turno para implorar ayuda, pero el tiempo vuela y las orejas se le calientan, la gente es lenta, el pueblo está ocioso, nadie paga hasta la última milésima de la última centésima del último segundo. A sus espaldas, la presión de un runrún imaginario que será real tan pronto como hable y le escuchen, porque indudablemente le escucharán, y el pueblo renacerá entonces, recobrará su brío y participará de sus aventuras y desventuras con consejos sabios, refranes premonitorios y teorías conspirativas. Una anciana precede a Josef Penka. Es como aquellas judías de Sam Peckard que cuentan los céntimos, interrogan al dependiente sobre las ofertas y descuentos y sus posibles combinaciones o incompatibilidades y al final rescatan de algún recoveco de sus mastodónticos bolsos una tarjeta azul de Iberia que quizás, con un poco de suerte, les sume tres puntos y recorte la distancia, jamás intimidante para una ahorradora profesional, que las separa de un vuelo gratis a Cuba. La señora, que no es judía ni aparece en American Splendor, se da por satisfecha tras cinco minutos de estudio y debate, paga al contado y enarbola feliz a través del cristal el comprobante que permitirá a su marido llenar hasta la mitad el depósito de aquel R5 blanco de la esquina cuyo frontal parece un rostro torcido por la edad.
-Verá… -dice Josef Penka.
-Buenos días –le interrumpe el dependiente. De sus ojos se desprende una advertencia. Sea usted cortés o me convertiré en su peor pesadilla. Josef Penka, profundamente receloso del universo ateo, se aplica el cuento.
-Buenos días.
-Así está mejor –la sonrisa triunfal del dependiente muestra una dentadura de tinta de calamar.
-Verá…
-Eso ya lo ha dicho, amigo. ¿Sin plomo, súper, unos bollitos rellenos de chocolate?
-No tengo dinero en estos momentos –anuncia compungido Josef Penka.
-¿Entonces qué quiere? ¿Una bendición de san Cristóbal? –Josef Penka es incapaz de apartar la vista de esos piños de carbón. Le ha tocado el dependiente oficialmente gracioso. Maldita sea.
-Me gustaría hacer una llamada. Olvidé las llaves dentro del coche. El móvil, la cartera ya sabe.
-¿Usted es el del mercedes con el muerto? Qué mala suerte, tío. El ambiente debe estar bien cargadito ahí dentro. Hoy han anunciado cuarenta y cinco grados. Como no se dé prisa, va a tener que intervenir el ejército, sí, esos mulos con mascarillas y metralletas que se cuelan por las ventanas y nunca reciben un puto tiro –Josef Penka aguarda en silencio. Necesita una respuesta positiva porque no hay tiempo ni alternativas a la simpatía de ese lunático. –Ah, claro, la llamada, sí, hombre, puede usar nuestro teléfono tantas veces como quiera, ya sabe, tarifa plana de fijo a fijo, nosotros nos pasamos el día dale que te pego, que si la novia, que si papá, que si el camello, jeje.
-¿Es usted musulmán? –interviene el siguiente eslabón de la cola, un veterano de metro cincuenta dispuesto a traspasar los límites de la horterada más mítica jamás perpetrada. Calza chanclas amarillo chillón, bermudas floreadas y una de esas camisetas de tirantes diseñadas para destacar cualquier prominencia, sea o no estética. En la cabeza rasurada y calva, sin una utilidad justificable, una cinta para el pelo rosa que le cubre la mitad superior de las orejas y le da un aire de alpinista amateur. –Salam Alaikum. No quisiera verme en su situación. Menuda putada –se inclina y practica una reverencia que bien podría confundirse con algún baile recién importado de Estados Unidos.
Josef Penka sonríe sin contestar, abrumado por la perenne estupidez del ateo medio, y pasa al otro lado del mostrador, donde le espera un teléfono inalámbrico blanco manchado por millones de huellas dactilares. Marca de memoria el número de la funeraria El Amanecer Esplendoroso y se topa al otro lado del hilo telefónico con la señorita Spielman, cuyo tono de voz denota una intensa actividad de pedicura, repintado y pulido.
-Pásame al señor Loeb, Emma –ordena Josef Penka entre dientes, casi masticando las palabras. Le enfurece el permanente agravio del azar. Emma simplemente descuelga teléfonos y pasa llamadas; él trajina con muertos a los que accidentalmente abandona en una cámara sellada a cuarenta y cinco grados por culpa de un apretón.
-¿Josef? ¿Josef Penka? Reconozco tu voz de pillo –acierta a decir Emma en mitad de una maniobra delicada y trascendental para su estética digital. Una tijera de hojas microscópicas intenta reducir a la mínima expresión un padrastro localizado a primera hora, seis en punto, en el pulgar de la mano izquierda.
-Es un asunto crucial, estúpida –Josef Penka mira alrededor. El dependiente ha renunciado a toda actividad ajena a la contemplación, provocando la parálisis de la cola de clientes y una espontánea proliferación de mirones cuyos ojos confluyen en la silueta pesada, angustiada y sudorosa del hebreo con tirabuzones y yamulke. –Pásamelo ya o destrozaré tu colección de pintauñas cuando vuelva –masca con un bufido nasal que pretende ser intimidatorio.
-Eres un grosero y un bruto, Josef. Espero que alguien, Dios o quién sea, te castigue cuando llegue el momento –una melodía abrasiva de las que las empresas utilizan para rellenar los interludios telefónicos se cuela en los tímpanos de Josef Penka, atribulado ante la perspectiva de encontrar una explicación que calme al señor Loeb y, más complicado aún, despierte su faceta compasiva. Pasan un par de minutos hasta que una voz áspera, como de tuberías rasgadas, percute desde las oficinas de El Esplendoroso Amanecer.
-¿Qué le pasa a tu madre, Josef, también ha olvidado cambiarte los pañales hoy? –el traductor simultáneo de Josef Penka decide que se trata de un buenos días con un matiz de buen humor que invitaría a cualquier hombre optimista a pensar inevitablemente en su salvación. Lástima que Josef pertenezca a la estirpe de los cenizos. Está nervioso y lo nota. Toquetea el auricular como si fuera una bratwurst, revisa el panel, sus dedos se deslizan anárquicamente entre la maraña de botones y presionan accidentalmente el altavoz.
-Buenos días, señor Loeb –balbucea Josef Penka. –Tenemos un problema.
-¿Tenemos? ¡Qué coño tenemos! –La parálisis física y una especie de idiocia sobrevenida impiden al cetáceo judío caer en la cuenta de que el cada vez más numeroso público de la estación de servicio puede escuchar la conversación con su jefe. Penka versus Loeb. Entradas agotadas. –Dispara, capullo, y más vale que te des prisa, estoy a tiempo de despedirte –Alter Loeb fue criado con una partitura de dureza extrema, la de un padre ditero habituado a bregar con las infinitas vías de escape del moroso y del fraudulento. En un certamen retrospectivo, el pobre Alter habría hecho notar a la audiencia el progresivo aumento del antebrazo paterno, curtido con una cuidadosa dieta de bofetones, pellizcos y tirones de patilla. Alter Loeb, empresario y superviviente, siempre se considerará un blando al lado de semejante espectro.
-El muerto, ejem, el fallecido señor Nissim, esto, está atrapado.
-¿Atrapado? ¿De qué cojones estás hablando? –murmullo colectivo en la multitienda.
-El coche, señor Loeb. Me dio un apretón. Tuve que parar a cagar en una gasolinera y me dejé las llaves dentro, aparte de todos mis objetos personales, claro. Ya sabe cómo son los mercedes. Cierre de seguridad a los dos minutos –un silencio de plomo envuelve el ambiente hasta asfixiarlo. Todos, desde Josef Penka hasta el último recién llegado, se retuercen sometidos al picor de la incertidumbre. -¿Me cree, verdad?
-Deja que te explique algo –Alter Loeb utiliza ahora un nuevo registro, un híbrido entre la parquedad forjada en hierro de Clint Eastwood y la verborrea venenosa de Samuel L. Jackson. –La verdad es lo de menos. El problema se llama familia Nissim. Para que nos entendamos, el problema es la clientela. Y a través de ella nuestra, mi reputación. No sé qué coño ha pasado, ni si te has cagado vivo o te la has machacado en un burdel de carretera o en la granja escuela de Los Molinitos. Me importa una mierda. Aquí manda el contrato, ¿lo captas? Un contrato que estipula a las claras que te quedan dos horas, tres a lo sumo si tiramos de diplomacia, para entregar el féretro y contentar a esos onen poderosos cuyo mero pestañeo podría llevarnos la ruina con un lacito al cuello –tras unos instantes de duda, la grada aplaude incendiada por la concatenación de frases más vistosa en veinte kilómetros cuadrados. -¿Qué coño es ese ruido? –Josef agita las manos pidiendo calma y el aplauso se degrada en rumor y después en cuchicheo.
-¿Y cómo lo hago? –no habla un hombre de metro ochenta y cinco y cien kilos sino el eco trémulo de un niño inseguro tras destrozar de una patada fortuita la mesa de metacrilato del salón de papá y mamá.
-Creo recordar que aquí el jefe soy yo. Pago a mis subalternos para que se encarguen de todo aquello que directamente prefiero no gestionar. La sala de máquinas, por ejemplo. Las minas de carbón. El corazón de las galeras o el ataúd del viejo señor Nissim. Tú solito, Josef, te has metido en el laberinto. De ti depende salir. Yo haré como que no has llamado, me reclinaré en mi preciosa butaca de cuero repasando gastos e ingresos, mandaré a Emma que me traiga un café bien cargado y se olvide de una puta vez de esas uñas de actriz porno que tiene y, sobre todo, esperaré tu regreso como el pastor que aguarda a su perro ovejero, confiado y tranquilo. No hay más que hablar. Por ahora.
El altavoz recoge fidedignamente el clic de la conversación abortada. Josef mira al público y el público le devuelve la mirada. Silencio, de nuevo silencio, un velo espeso que ensombrece las gargantas y demuestra que sí, que el ser humano todavía se compadece, todavía participa de la desgracia ajena aunque lo haga con una vocación más mórbida que filantrópica.
-Bueno –resucita al fin Josef Penka. –Hay que actuar.
Su determinación es un pistoletazo de salida a una constelación de sugerencias que se superponen y anulan, inyectando en el aire un gas de confusión y urgencia. Josef se rasca el culo, el rastro de la cagada aún palpitante, y sale de la multitienda sin saber cuál ha de ser el siguiente paso. La masa expone, ciega y sorda, una ristra de piedras filosofales que se cuelan en oído del yid como mosquitos kamikaze. Una voz anónima traspasa el cordón de seguridad y propone, con timbre experto, la solución mágica, basada a la vez en la sencillez y la audacia.
-Tendremos que romper el cristal.
Romper el cristal. Puro simbolismo contra el tirano, con la pega de que después de la subversión Josef Penka pagará de su propio bolsillo los desperfectos. La idea corre como la pólvora y gana adeptos irresistible y tenazmente. ¿Por qué no? ¿Por qué no descargar la frustración acumulada en las lunas del mercedes del jefe? Sin saberlo, Josef Penka está destapando el frasco de sus esencias genéticas, la combatividad del gueto de Varsovia, un puñado de hombres refractarios a la idea del yugo nazi. Su abuelo disparó y mató a algunos. Matar al verdugo. Romper el puñetero cristal y sentir cada molécula esparcida como la señal de una victoria no tan remota. Porque Josef Penka, el mullido y timorato chófer, el cartero de la muerte, tiene grandes planes. No descarta progresar en la bolera y optar al campeonato nacional. Después, quién sabe, quizás un salto a la palestra mundial, durísimos, épicos enfrentamientos con polacos, venezolanos y canadienses, una portada en el International Bowling Tribune, incluso una audiencia presidencial que repare el ostracismo al que su pueblo ha sido meticulosamente condenado en éste y otros rincones del globo. Tampoco le haría ascos a montar su negocio, tal vez una versión ambiciosa de las pompas fúnebres de Alter Loeb, un concepto que disocie muerte y pena, que transforme la despedida en una fiesta, o al menos en un trance amable donde los aturdidos allegados puedan ver una selección de los mejores momentos de la Liga de Bolos, abrir una cerveza helada o participar en un taller de apoyo psicológico que en realidad sería una tapadera para una red de contactos entre viudos, huérfanos y caraduras.
-Vale –dice bien alto Josef Penka para que los demás capten su intrepidez. La primera opción es la más rudimentaria. –Dadme una piedra. –Al escuchar la orden sin destinatario, el enjambre se disipa. Cada abeja vuelve a sus asuntos, el Golem se queda solo. –Joder, lo haré yo mismo, que nadie se estrese –Josef vuelve al trasero de la gasolinera y se dirige al descampado sin atreverse a mirar la puerta roída del zulo radioactivo. A las moscas les trae sin cuidado que sea temprano, localizan al gordo móvil y se entregan al incordio. Huele a animal podrido, a goma de condón, a flores que su terca cultura urbana le impide identificar. Entre los matojos y la basura, una piedra decente, tal vez tres kilos de poros y vetas. Josef Penka vuelve al coche y es entonces cuando nota el peso redoblado de cien miradas. Desde la cabina del dependiente tarado le llega un pulgar en alto, ánimo, tú puedes. Se acerca al coche y le pasa la palma de la mano por el capó. Carrocería alemana. El gueto. La rebelión. Alza la piedra vetada y porosa como el hijo que osa enseñarle el puño al progenitor en la escena que marca el final de la inocencia infantil y el inicio de la adulta perversión. Un titubeo, el corazón bullanguero, las encías secas y finalmente un trazo parabólico, la piedra que desciende desde sus más de dos metros de envergadura, un golpe decepcionante que apenas enturbia la superficie bruñida del cristal.
-Sin miedo, esas cosas se hacen sin miedo –grita un adolescente en dialecto mientras ojea su destartalada moto robada. Duda si comprar una lata de un litro de aceite o robarlo de otra moto de las afueras también probablemente robada.
Josef Penka gruñe. Detesta ser el centro de atención en cualquier lugar que no sea la bolera. Se acuerda de su bolo negro mate con estrellas doradas y reprime un ataque de añoranza. Cervezas Miller y el bueno de Ariel. Desodorante para los pies, ceniceros saturados, mujeres de generosas proporciones con culos planetarios y respingones, el canon del deseo, las puertas hacia la eternidad de una cópula sin protección ni miedo. Repite el tobogán y la piedra percute. Toc. Luna impertérrita. Toc toc. Toc toc toc. Josef Penka enrojece. Sin saberlo, pierde paulatinamente la compostura. Es su orgullo varonil el que porfía contra la película de cristal, poder y jerarquía. El subalterno mojigato queda sepultado bajo el peso del gigante vengador, que va y viene como un péndulo con patas con piedras gruesas, lisas, afiladas o melladas; con rocas y palos, con tubos de metal, con restos del tractor convertido en pecio, tapacubos y cilindros. Golpea con saña, castiga el centro de la luna, los costados, los bordes superior e inferior sin arrancar una sola concesión, un susurro entrecortado de clemencia y esperanza.
-¡Puta mierda! –su canto concentra el sinsabor de generaciones y generaciones de perseguidos, supura mala fortuna, conspiraciones seculares y una brizna de reproche a la juguetona mente del creador. Consulta su reloj de pulsera Zimmerman y se muerde la lengua y se aferra al doble michelín frontal y se mira las manos lastimadas y maldice al condenado Samuel Nissim por haber muerto la pasada madrugada en vez de, por ejemplo, el jueves, su día de descanso, el paraíso de la bola que se desliza sobre el parquet en busca de las cabezas de jíbaro de sus débiles oponentes. Puta mierda es su ruego al salvador. Un mojón, piensa durante la tregua del aporreo, no debe condenarle a semejante calvario. No, un mojón no es motivo.
-¡Josef, llamada! –anuncia el dependiente por megafonía.
-¿Yo? –Josef se autoinculpa con un índice amoratado.
-¿Quién va a ser, tío? ¿Conoces a algún otro musulmán de la funeraria por los alrededores? –las palabras del dependiente reverberan excesiva, vergonzantemente.
-Ese tío no es musulmán, pringado –advierte un negro con sonotone mientras rellena el depósito. Su acompañante blanco corrobora la sentencia con espasmos afirmativos. –Jodido pringado. ¡Ese tío es metodista! –murmura antes de dirigirse al obeso blasfemador. -¿Necesitas ayuda, tío? –habla como los personajes del primer Spike Lee. Su sitio está en el Bronx, pero una sucesión de casualidades, los trenes guasones de la vida, le ha trasladado a la estación equivocada.
-Sí, tío, dinos que la necesitas porque estamos dispuestos a ayudarte –el blanco quiere participar. Habla como su colega aunque no sepa quién es Spike Lee ni dónde coño está el Bronx.
-¡Mueve ese culo de marsopa, Josef! –insiste el dependiente.
-Disculpadme –Josef se despide momentáneamente del par de buenos samaritanos y entra en la tienda multiusos. Pasa directamente al lado noble del mostrador y se pega el auricular a la sonrosada oreja. -¿Quién es? –pregunta sin molestarse en parecer amable.
-¿Cómo van tus aventuras, Josef?
-¿Emma? ¿A qué juegas?
-Estoy agotada, ¿sabes? Ese viejo cabronazo me ha pedido que le traiga un café. ¿En qué parte del contrato dice que esté obligada a humillarme? –mientras ella habla, Josef distingue nítidamente la febril actividad de sus tijeritas de podar.
-¿Te arreglas las uñas?
-Qué pillo. Cómo me conoces, pájaro. Quiero estar guapa, nunca se sabe quién aparecerá tras la puerta de El Esplendoroso Amanecer.
-Pues deja que te aclare en qué momento me encuentro. Mientras tú te pules y adecentas en una oficina con aire acondicionado e hilo musical de Leonard Coen, yo sudo en mitad de un desierto de mala muerte, rodeado de escoria analfabeta –Josef mira de reojo al dependiente, que no se da por aludido – y tremendamente preocupado por la suerte de un fiambre apellidado Nissim cuya familia, al parecer, es experta en cortar pelotas. ¿Lo pillas?
-Menuda emoción. A veces pienso que debería apuntarme a una de tus escapadas. ¿Qué me dices?
-Vete a la mierda.
-¿Cómo?
-Y no se te ocurra volver a llamar.
-Bien dicho –le anima el dependiente.
Josef Penka rumia entre dientes. Le gustaría ser un superhéroe y fulminar la hectárea entera, el negocio del señor Loeb y todo el cargamento de pintauñas y limas de Emma La Mujer Más Imbécil de la Galaxia. Un momento. Esos dos tipos, los primos retrasados de Spike Lee, forcejean con la ventanilla del mercedes. El odio y la amargura dan paso a ese otro sentimiento de comunidad que blinda al pueblo hebreo en sus numerosos pulsos con la historia. Josef, el yid bovino, se pone la capa de Josef, el yid iracundo.
-¿Queréis que os parta el alma? –La sombra de Josef Penka se alarga empapada del espíritu de Nosferatu en una noche de cacería.
-Eh, eh, tío, para el carro –dice el blanco.
-Somos profesionales, hermano metodista –añade el negro. Ambos cargan con ligeros cinceles de acero y martillos de doble cabeza. –Cacos. Mangantes. Nuestro coche, por ejemplo –señala un citroën con tres mil mordiscos en la chapa. –Claro que, técnicamente, no nos pertenece.
-¿Lo habéis abierto?
-Por supuesto. Lo abrimos la semana pasada. Nos hemos recorrido toda la ciudad. Como en esa peli –relata el blanco, sometido por segunda vez a los rigores del tic muscular y masivo.
-Easy Rider –apunta el negro con sonotone. Sus frases son chillidos desencajados que en otra vida, sin las limitaciones de una sordera tan feroz, habrían aspirado a la normalidad.
-No, joder, me refiero al mío. A mi puto coche –interrumpe Josef Penka.
-Imposible, tío.
-Sí. Imposible.
-¡Puta mierda! ¡Putísima mierda de mierda! ¡Me cago en todo lo que se mueve! ¡Me cago en vosotros, y en aquél hijoputa de allí, y en el de más allá, sí tú, qué cojones miras, cabronazo!
Los cacos retroceden horrorizados. Una bestia anda suelta y está justo enfrente, enseñando sus colmillos, vaticinando su sed de sangre. La masa, recompuesta a pequeña escala tras el incidente de la piedra, vuelve a dispersarse, más atolondrada esta vez, bien aprendida la lección de los peligros que entraña merodear una central nuclear con tirabuzones. Un matrimonio sesentón arranca en su huida la manguera de un surtidor de gasolina sin plomo. Las trillizas adoptadas de una pareja gay rompen a llorar como si las autoridades hubieran anunciado el fin de los juguetes y las chucherías. Ruido de cristales en la cabina. Un citroën destartalado que se larga sin despedidas. Josef Penka y el caos del titán furibundo.
Fede Durán | 21 de julio de 2011 a las 18:32
El sol desciende a menos de cuarenta y cinco grados y permite al fin que la brisa de Ocean City agujeree el panel de calor del verano mientras el abuelo Pasquale abre los brazos y dobla un poco las rodillas para preparar la recepción de esa pequeña bala humana que es su nieto Joseph. Al atraparlo, lo alza como un fardo y observa sus ojos negros y el botón rosado de su nariz, rastrea su ascendiente genético y siente esa especie de orgullo común a todos los patriarcas de todos los clanes del mundo. Joseph es un niño alegre y a la vez fiero, alterna ambos estados con tanta facilidad que su abuelo disfruta incordiándolo y viendo cómo contrae el rostro y frunce el ceño después de haber sonreído limpiamente.
La temperatura baja tres o cuatro grados y el olor del Atlántico impacta más ligero. La hilera de árboles que marca la costa se balancea, emitiendo un sonido de cascabeles que reblandece a don Pasquale y le hace recordar los bosques delle Madonie. Tras unos minutos de esfuerzo (Joseph pesa ya dieciocho kilos), deposita al niño en la hierba y vuelve a su butaca de mimbre, la única en la que consiente sentarse cuando visita a su hijo John, mientras las mujeres, algo apartadas, forman un corro de conversaciones domésticas a media voz. John observa a Joseph y luego a su padre, que le invita con un gesto apenas perceptible a terminar de dorar las chuletas y reunirse con el grupo. Don Pasquale hace exactamente lo mismo que John, aunque con algo más de intensidad: sigue a su hijo y a su nieto alternativamente, como un péndulo, y recuerda la frase que una vez le escuchó a un amigo: la descendencia es la única forma de inmortalidad. Su eternidad está ahí, en un perímetro de veinticinco metros, dorando chuletas y simulando carreras de camiones.
¡Nonno!, grita el pequeño deslizándose por una de sus pendientes de euforia. ¡Nonno!, insiste, reblandeciendo al duro don Pasquale, tan reacio al sentimentalismo en sus negocios como vulnerable cuando es Joseph quien le busca. Ah, la familia. Piensa en sus padres, muertos hace décadas, a través de un suspiro camuflado. Recuerda el agujero que se abrió en su interior tras perder ambas referencias, pero viaja más atrás y desembalsama también a sus propios abuelos, tan frescos aún en el recuerdo, tan cruciales que les otorga una influencia, un peso, una onda expansiva incluso mayor. Tan acostumbrado a la muerte, tan pendiente de ella, don Pasquale sonríe tristemente cuando en su mente se reproduce el mismo pensamiento de antaño, una especie de queja, o más bien de indignación, por no encontrar la manera de hacer un trato con la vida para que tienda algún puente hacia el polvo y la nada.
Joseph coge carrerilla y se lanza de nuevo por el cañón del atardecer a los brazos del abuelo, que reacciona tarde, recibe un golpe en el pecho y tose contundentemente, como rompiéndose, dos o tres veces. John tira las pinzas sobre la parrilla, se arremanga y marcha hacia su hijo, acurrucado ahora contra el abuelo en busca de protección. Don Pasquale levanta levemente la mano y ese gesto basta para cancelar la bofetada. Después acaricia al niño, le pellizca los mofletes y le revela el gran anuncio: si come bien y no molesta a mamá, si es bueno hasta el crepúsculo, le espera un juguete nuevo. Los ojos de Joseph proyectan brevemente esa luz tan propia de las infancias felices, dos tubos translúcidos de ilusión donde flotan algunas partículas de travesura, histeria, imaginación y euforia. El chico se aparta como un rayo y en la línea del horizonte más próximo, apenas un montículo poblado de limoneros, aparecen dos figuras gruesas y morenas. Don Pasquale borra de su rostro cualquier signo de bondad y espera hasta que los hombres se agrandan con cada paso y le besan las mejillas. La familia se abstrae entretanto: el corro de las mujeres se estrecha, John examina celosamente las dos caras de cada chuleta y Joseph arbitra sus carreras imaginarias. Uno de los hombres le tiende un papel a don Pasquale, que lee con detenimiento una columna de nombres, devuelve el papel con un movimiento reptil y susurra tres identidades y un puñado de circunstancias: Brasco, Succo y D’Angelo. Esta noche. Armas no marcadas. Que parezca una pelea. Cuando las dos figuras gruesas y morenas se alejan, Joseph se ha transformado ya en un hombrecito bala que le roba metros al césped para aterrizar en el nonno.