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El Desatascador (y VII)

Fede Durán | 28 de agosto de 2014 a las 8:00

Lo sabía. Todo era un mal sueño. Puedo demostrarlo: voy al volante de mi coche con las ventanillas bajadas, el olor a césped copa el habitáculo y la corriente me despeina. Siento mis manos aferradas al timón, los pies moviéndose en silencio entre los pedales, las lumbares apretadas al respaldo, el cinturón de seguridad abrochado. Intento encender la radio pero no lo consigo. Me inclino hacia la guantera en busca de algún cedé y sólo encuentro tacos de papeles desordenados. Cuando alzo la vista es demasiado tarde. En un cruce de calles embisto a un transeúnte. Me he saltado un semáforo. El transeúnte sale despedido varios metros, aterriza en el asfalto y sigue arrastrándose unos metros más. Escucho los gritos de una mujer. El cuerpo está lejos del coche. Me resisto a salir aferrándome de nuevo a la teoría del mal sueño. Esprintan los segundos. La mujer llora al hombre que yace. Nadie más aparece, las calles están desiertas. Desde aquí observo cómo crece el charco de sangre. Me reprocho la cobardía y salgo. Corro hacia ellos, busco un móvil en mis bolsillos para llamar a una ambulancia. La mujer burbujea por la nariz. Me fijo bien en su media luna en la mejilla, en sus ojos de gato, en su cabello de carbón. Es Enid Flynn. Hago un esfuerzo y me centro en el hombre muerto. Pese al agujero en la cabeza, los sesos desparramados y los anchos surcos de sangre que le camuflan el rostro, le reconozco. Soy yo. Corro hacia el coche. Tropiezo y me raspo la piel con el asfalto. Salto al asiento del conductor y me miro en el espejo retrovisor. Ni huella de mi nariz nórdica, de mis ojos grandes, de mi pelo cortado a cepillo, de mi eterna expresión de asombro. No soy yo. Pero el cuerpo que ocupo es superior: hombros anchos, piel tostada, hoyo en la barbilla, pómulos firmes y ojos azules de seductor. Debo medir al menos uno ochenta y cinco. Tenso los bíceps y dos montículos emergen de la camisa. Hablo como los locutores radiofónicos o los vendedores de milagros. Apesto a colonia cara.

Regreso junto al cadáver y tiro de Enid hacia mí. Ella me mira sin comprender. La beso en la boca y noto cómo sus dudas se disipan.

-¿No vas a llamar a una ambulancia? -dice a medio centímetro de mis labios. Peino la zona furtivamente. Ni un alma.

-¿Le has tocado?

-No.

-Pues vámonos.

Nos subimos al coche, que arranca tras un par de gruñidos y deja atrás la postal del atropello.

-Busca bien en la guantera. Quizás haya algo de música -digo.

-¿Estás seguro de lo que acabas de hacer? -ojos de gato, pestañas de Cleopatra, fulgor de cámara acorazada. Sus brazos finos trastean en la guantera.

-Nunca he estado tan seguro de algo.

-Ni siquiera sabes quién soy.

-Te sorprenderías.

Enid huele a romero. Hemos dejado atrás los bloques de acero y cristal de la ciudad, no sé dónde estamos.

-Has matado a un hombre -continúa.

-No lo entiendes.

-¿No?

-En el peor de los casos, me he matado a mí mismo.

-Pero esa verdad sólo la conoces tú. Has hecho trampas.

Doy un frenazo. El coche derrapa. Lo domino y lo coloco en el arcén con las luces de emergencia. La miro.

Enid empieza a dejar de ser Enid en una imparable transición nigromántica. Del interior del rostro original brota el rostro encapsulado de Satán.

-Dijiste que sólo los enfermos se interesan por la maldad -le reprocho, ya totalmente transformado.

-Pero nunca dije que sólo los enfermos interesados en la maldad vayan al Infierno. Confiaste demasiado rápido en mí.

-Me has tendido una trampa.

-Sí. Una trampa moral. Y has caído en ella. No eres tan puro como pensabas.

-Era yo quien había muerto. Creí que me dabas una segunda oportunidad. Huir de mi muerte no es tan horrible.

-Eres ateo. Quizás todo sea un montaje. O un mal sueño.

El Desatascador 7

Despierto en mitad de un pasillo de paredes muy altas sin techo. Me duelen las cervicales, hago crujir varias vértebras. Ha debido ser una borrachera terrible. Me incorporo. El pasillo es irregular: rectas, recodos, curvas y desniveles. Oigo pasos que se agrandan, conteniendo una amenaza cada vez más explícita. Instintivamente, me activo. Los pasos siguen creciendo, hasta que al final lo veo doblar la esquina. Es el Minotauro, furia sanguinolenta en los ojos, espuma en los belfos. Corro. Me persigue. Latidos de desesperado, pulmones de fugitivo. Me estoy quedando sin aliento, estoy a punto de desmayarme. Los pasos se empequeñecen hasta enmudecer. Algo remotamente parecido a la felicidad me invade. Me río a carcajadas, caigo de rodillas, escupo, resoplo.

Los pasos vuelven, primero amortiguados por la distancia, después expeditivos como una apisonadora. La cabeza al fondo del pasillo, los cuernos bruñidos, los ollares fabricando remolinos. Corro. Gritan los pulmones, blasfema el corazón, tiemblan las piernas. El Minotauro es tan terco como lento. Logro despistarle por segunda vez y tomo precauciones: mis oídos no detectan nada, así que me tumbo bocarriba para observar el cielo. Pero no hay cielo ni en realidad estoy bocarriba sino del revés. En lugar del cielo veo una cama amplia donde descansa un cuerpo de hombre flaco o de mujer. La cama está protegida por una mosquitera. Apenas distingo en la oscuridad el brillo petrolífero de dos ojos que se me clavan, recalcando, entre traviesos y sádicos, mi penitencia. Soy Umberto Mocasín, la presa del Minotauro, la víctima de Satán.

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El Desatascador (VI)

Fede Durán | 27 de agosto de 2014 a las 8:00

Satán se parece a Patti Smith: una nariz angulosa, ojos penetrantes como la noche, la piel pálida y el pelo a lo Keith Richards, un global bastante andrógino. Fuma sentado al borde de un risco y los pies le cuelgan como dos péndulos coriáceos. Le identifico tan rápido como a Dios. Me indica con un gesto que suba a su colina y me siente junto a él. A lo lejos, círculos anaranjados de fuego juguetean entrelazándose en el cielo, y en la tierra hay pastos y chivos que berrean. Es tan típico que me solivianta, pero estoy pensando en los Stones y los Purple, en The Kinks y los Zeppelin, pensando que en cualquier momento van a cruzarse en mi camino y van a ofrecerme un canuto o una canción. Pero no aparece nadie.

Me siento junto a Satán y me pasa el pitillo mientras me estudia. Sigo observando el horizonte, que esta vez es impermeable al motor de mis pinturas.

-¿Cómo me imaginabas? -pregunta al cabo de un rato.

-Más como eres que como dicen que eres. Ni rabo ni tridente. Bulgakov te clavaba.

-También clavaba a Jesús, aunque Jesús sea más fácil de recrear.

-¿Por qué os peleasteis, Dios y tú?

-Qué más te da. Eres ateo.

-Mi interés es literario.

-De acuerdo. Mi grupo de ángeles quería ser humano. Nos entusiasmaba la idea de rozar el límite. Por arriba y por abajo. Nos apasionaba el libre albedrío. Y renegábamos del principio de autoridad.

-No me ha gustado el Cielo.

-El Cielo es un bucle.

-¿Y el Infierno?

-Menos plástico que el Limbo pero infinitamente más interesante que esa ciudadela de seda y cócteles.

-¿Dónde están los demás?

-Por ahí. Aquí no controlamos a nadie, Mocasín. Vete amoldando.

-No sé si quiero. Quizás esto sea un montaje. O un sueño.

-¿Niegas que hayas visto a Dios o que estés hablando conmigo?

-Ya sabes lo que decía Sócrates.

El Desatascador 6 baja

Apuramos el cigarro y Satán saca otro par del bolsillo de su chaqueta. En contra de cualquier interpretación mayoritaria, transmite bondad y generosidad. Supongo que Robert Mappelthorpe no iba desencaminado cuando hablaba de su extraña sociedad. Son verdaderamente similares.

El humo nos llena los pulmones y alargamos el silencio mientras varias carrozas de nubes chocan y derraman sus cristales en la llanura. El rumor de la lluvia me hace entrecerrar los ojos y percibir la humedad en las pestañas.

-¿Echas algo de menos de tu anterior barrio? -digo. Él me observa otra vez, detenidamente. Sostenerle la mirada me permite ciertas extracciones: hay travesura en ella, marcas palpables de incomprensión, un deje de ambición y un pizco de maldad, pero también formidables pecios de honestidad e ilusión.

-El Cielo es un avispero de egos, y el gran ego es Dios. Los egos deterioran la empatía y dictaminan el recto camino. De alguna forma, Dios es una trama cerrada, y la única manera que tuvimos de romperla fue creando la nuestra. ¿Que nos condenaron? ¿Y en qué consiste la condena? En vivir según nuestras reglas, Mocasín. Un precio que pagamos gustosamente. Además, hay muchos matices en el atlas oficial del cristianismo. Mi relación con Dios es de igual a igual. Somos dos potencias separadas por el océano del Limbo. Esa distancia garantiza la paz. Y la libertad. No. No echo de menos nada de allá. Ven, acompáñame.

Buceamos en el aire hasta llegar a un bosque de pinsapos. Destaca uno con forma de chupón. Es su cabaña suspendida.

-Mi residencia artística -matiza mientras volamos a crowl.

De las paredes cuelgan lienzos y collares, collages y murales con objetos inanimados y minúsculas criaturas vivas que retozan en sus casilleros. En el centro de la habitación, amarillenta por los haces de luz que se cuelan desde los ventanales, destaca una cama amplia protegida por una malla de tela. En el centro, amarrado al techo, cuelga una especie de reloj cuyas agujas son en realidad un laberinto donde el Minotauro y Teseo corretean como pulgas amaestradas.

-Contra el insomnio -dice Satán, y me empuja tímidamente hacia su zona de trabajo, una mesa de madera tallada cubierta de portafolios, lápices y acuarelas, vinilos desgastados y un tocadiscos rojo que gira sin mercancía. Escuchamos a Tim Hardin y The Velvet Underground. Satán es un rayo que no cesa, va y viene sin treguas, colocándome poemas manuscritos en las rodillas y retratos de Hemingway y Dalí, sirviendo ginebra con rodajas de lima y limón, mostrando con orgullo su colección de joyas.

-¿Y los malos? -interrumpo al fin-. Gente como Manson, por ejemplo. ¿Dónde están?

-La maldad en un sentido puro sólo interesa a los enfermos. Los malos están en sus madrigueras.

Estamos sentados en el suelo, casi hombro con hombro, y Satán huele a romero. Me sorprende rodeándome la cintura y besándome en la boca. Luego se aparta de un brinco, me estudia por enésima vez, despliega socarronamente los labios, chasquea los dedos y me señala.

-Me caes bien. Eres la primera persona que aparece en el Infierno cargada de serenidad y despojada de prejuicios. No nos has asociado a la condena eterna. Como ves, aquí no hay ríos de lava ni bebés empalados. ¿Quieres cabezas apiladas? Vete a un osario. Esto no es la celda del fracaso ni el templo del aullido -hace una pausa, recorre el estudio de acá para allá, se acerca con los brazos cruzados y los labios aún desplegados-. Conservo ciertos poderes. Poderes de mago importante. Y voy a ayudarte.

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El Desatascador (V)

Fede Durán | 26 de agosto de 2014 a las 8:00

El Cielo: una ciudadela en espiral donde la gente pasea en solitario o en compañía, conversaciones en voz baja, cabezas entornadas, reflexiones retroactivas. Estoy en mitad de esa marea, quieto, alerta. El ritual: paseos circulares hasta llegar al epicentro y una plataforma que te transporta de nuevo al anillo más exterior para que continúes paseando. El vestuario: túnicas de seda, colores claros, nada de calzado y complementos. Hay un hilo musical igual que en Nippori. Suena Elvis Costello. En las paredes hay hornacinas con cócteles y grabados en latín, griego, hebreo y arameo que entiendo sin haber estudiado esas lenguas. No huele a pies, ni a hierba, ni a flores, y esa castración olfativa me inquieta porque la asocio al espíritu muerto de la depresión. Una hilera de cipreses encumbra los muros y proyecta telas de sombra sobre nosotros. Camino finalmente junto a los demás, descalzo, con una túnica celeste, y tarareo Watching the Detectives. Inesperadamente, me siento solo, completamente estepario, y me sorprendo: siempre he sido así y nunca me ha entristecido. Le toco el hombro con el índice a un señor encorvado y grueso con túnica caqui. Gira el cuello sin dejar de caminar, sin sonreírme, sin tararear a Elvis.

-Quiero hablar con Dios -le anuncio.

-Dios tiene el don de la ubicuidad. Puede hablar con él ahora mismo.

-Técnicamente -interviene una señora delgada como una raspa que tampoco se detiene ni sonríe ni tararea a Elvis.

-¿Técnicamente? -me intereso.

-Oficialmente, matizaría yo -dice el señor grueso.

-Dios está muy ocupado -concede la señora raquítica.

-Y la ubicuidad le obliga a dividirse. Y la división es debilidad. Y la debilidad erosiona la fe. Y la fe es la moneda. Así que tiene que administrarse.

-¿Entonces? ¿Puedo hablar con él ahora?

-No lo creo. ¿Era usted alguien en la Tierra?

-Claro. Umberto Mocasín. Suplantador de diálogos. Desatascador.

-No es suficiente -zanja el señor.

-Pruebe usted con un delegado -sugiere la señora-. Son los únicos que visten túnicas verde pistacho.

Ambos prosiguen y yo aguzo la vista en busca de túnicas verde pistacho hasta que doy con una. Es una mujer muy joven y está parada, con un cóctel en la mano, observando el desfile.

-Disculpe. Quiero hablar con Dios.

-¿Umberto Moca sín? -casi lo canta. Es pelirroja, tiene pecas en los brazos y el cuello y unos ojos verdes de zafiro que me zambullen en las caletas de Sicilia.

-Exacto. Quiero hablar con él.

-Tiene que rellenar una solicitud -me tiende un formulario y una pluma-. Y luego yo se la sello y usted busca a los tipos de la túnica color miel.

-¿Cuánto tardan en responder?

-Aquí el tiempo no existe. Dedíquese a pasear.

-Pasear en círculos es muy aburrido.

-Le ha gustado el Limbo, ¿verdad? A todo el mundo le pasa. Pero después se acostumbran a esto. ¿Le apetece un cóctel?

-¿Tienen alcohol?

-Que estemos en el Cielo no significa que seamos gilipollas.

-Vale.

El Desatascador 5 baja

Relleno el formulario apoyándolo en el alféizar de la misma hornacina que me sirve de barra. Ella comprueba mi caligrafía, saca un matasellos y lo estampa. Reanudo mi camino con el cóctel en una mano y el folio sellado en la otra. Pienso en un reloj de arena y en hombres con túnicas en vez de gránulos. Pienso en una mano inmaculada y gigante que coloca el reloj del revés cuando los gránulos se acumulan abajo. Varias túnicas color miel conversan con las espaldas apoyadas en la pared. Enarbolo el formulario debidamente cumplimentado y ellos interrumpen su cháchara. El más alto es el portavoz.

-Es usted uno de ésos, ¿no? Se empeñan en molestar a Dios creyéndose a su altura intelectual y no comprenden que una conversación con Dios va mucho más allá. Usted no maneja la mística, es un recién llegado. Pero vamos a tramitar su petición para que un día Dios le reciba y usted entienda que es un átomo enfrentado al universo. Imagínese el planeta. El suelo que usted pisaba hasta hace unas horas está construido sobre la muerte de millones de seres vivos. Infinitas capas en un cementerio infinito que se renueva cada segundo con más muerte. Pues bien, Dios los ha visto a todos, los ha tenido cerca desde el nacimiento hasta la última exhalación, los ha salvado o condenado porque los ha conocido íntimamente y les ha dado la oportunidad de un arrepentimiento in extremis en el Limbo.

-Yo soy ateo.

-¿Está de coña?

-No.

-Descuide, Dios le recibirá. Entretanto, camine. Nuestra música es buena.

-Y los cócteles. ¿Qué harán con el formulario?

-¿Ve a ese tío de allí? El de la túnica rosa. Es uno de los filtros de San Pedro. Nosotros le pasamos el formulario, él lo remite a un comité y el comité lo jerarquiza en función de la relevancia del asunto. No es lo mismo hablar con Marx que con un carpintero.

-Es un mal ejemplo.

-El caso es que San Pedro preside el comité. Él es la llave. Dejaremos claro que es usted ateo, Mocasín. Y ahora circule. Venga.

Decido caminar en sentido contrario y las miradas se me clavan como aguijones. Nadie me censura, nadie me toca, pero noto un hongo de ira formándose sobre nuestras cabezas. Entonces aparece Él y se apartan las aguas de seda. Está tan delgado que me cuesta distinguir el frontal del perfil, y sus ojos son dos cuencas abisales donde chisporrotean cataratas de información velada. Su cara no se basa en la unidad sino que se modula a cada segundo, reflejando todos los espíritus redimidos. Sin necesidad de hablarme, me lo anuncia: vete al infierno.

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El Desatascador (IV)

Fede Durán | 25 de agosto de 2014 a las 8:00

Kaufmann camina delante con un traje demasiado estrecho y pasitos de pingüino. Las paredes, el techo y los suelos son blancos, y los pasillos están desiertos. Nuestros pasos rebotan divertidos y se pierden cuando se aburren.

El final del corredor, una puerta blanca que se descorre y una sala circular con un estrado al fondo y un anciano con los brazos sobre una mesa de al menos diez metros. Kaufmann inclina levemente la cabeza, el anciano asiente y nos colocamos frente a él, separados por la altura y una distancia de vasallos.

-Hemos tenido suerte con el juez -susurra mi abogado. No sé si habla en términos de Cielo o de Infierno. Guardo un prudente silencio. El anciano tampoco abre la boca.

Una pantalla de cristal líquido envuelve de repente la habitación, adaptándose a su horma circular. La habitación se oscurece y la pantalla se llena de imágenes que dan la vuelta como un tiovivo. Al principio me cuesta reconocerme. Es mi vida desfilando. Un niño rubio diseñando trampas en la playa, clavándole a un compañero un compás en el culo, imaginando que los clips de colores diseminados por el cuarto son ciclistas que ascienden el Tourmalet. Después un chaval castaño comprando revistas porno, apedreando taxis y tarareando a Alice in Chains. Finalmente un hombre de cabello negro recostado en el potro de tortura del dentista, viajando a Alaska, leyendo compulsivamente. Las escenas no son simplemente fácticas, a veces destilan estados mentales, zozobras y esperanzas y la constante de una desorientación creciente que deriva en soledad, pesimismo, sociopatías y dipsomanía.

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Kaufmann toma notas. El anciano apenas pestañea. Aparece la escena-epílogo: el Talbot color cereza de Enid Flynn, mi taxi, la música de Etta James, la manzana de distancia que nos separa y que ambos comenzamos a recorrer, el semáforo en verde, el paso de cebra, mi euforia (puedo sentirla, masticarla como una papilla que trepa del estómago a la garganta y abre una grieta en mi pena), la embestida lateral, el vuelo sin motor, la pérdida paulatina de conciencia, las voces con sordina, las sombras que me acunan.

Cuando completa los trescientos sesenta grados, la película se apaga y la pantalla se volatiliza. Miro al anciano, que me mira con ojos acuosos donde puedo intuir corrientes milenarias de moral cristiana.

-Umberto Mocasín -temblor de piedra en su voz-. Acérquese.

Me está desnudando. Las imágenes giratorias eran sólo la burbuja. La ha pinchado y ahora me estudia de verdad mientras Kaufmann inicia su letanía: es un hombre bueno, es un hombre imperfecto, es un hombre raro, es un hombre tierno, es un hombre fiero. Es un hombre. Como todos los demás. Con pocos pecados, pecados de quincalla.

-Cállese, Kaufmann. Sus hilos defensivos son monótonos y previsibles. Se ha aburguesado aquí en el Limbo. Quizás debería jubilarse y subir al Cielo. Seguro que aprende algo-. Kaufmann le mira avergonzado y yo evoco en su rostro una imagen que ha escapado al escrutinio límbico: invierno y lluvia, un imponente mastín y un microscópico pequinés atrapados en la fisura genital de un orgasmo imposible, el corro de alumnos que ríe, los perros girando sobre sí mismos. El anciano me mira otra vez y aprieta la mandíbula.

-Es usted un caso, Mocasín -continúa-. ¿Por qué se ha empeñado tanto en el autoboicot? Creo que le daba miedo la felicidad.

-Eso no es un pecado capital -respondo. Estoy relajado. No me siento en peligro. Kaufmann respira entrecortadamente detrás, enfrascado en destripar la seriedad del mensaje recién recibido. He dejado de ser su cliente.

-No, claro que no. Usted no ha cometido pecados gruesos. Pero ha sido un desgraciado por propia voluntad. Sus problemas eran inducidos. No le ha faltado comida, ni dinero o familia. Simplemente, ha preferido ser un infeliz. Y debo decirle que las cuotas de felicidad están muy cotizadas. Recibir una buena porción y rechazarla es una temeridad. ¿Quiere ir al Cielo? -Dudo un instante. Ignoro la respuesta, pero me aferro a mi sistema de valores. Contesto:

-Soy ateo.

-Ah. ¿Y qué piensa que es todo esto?

-Un sueño. O tal vez un montaje.

-¿No teme la palabra de Dios?

-He vivido sin temerla todos estos años. Aceptemos que estoy muerto. ¿Por qué habría de temerla ahora?

-Bien, Mocasín. Puede retirarse. Y alegre esa cara, Kaufmann.

Caminamos hacia el pasillo ultrablanco y le doy a Kaufmann unas palmaditas en la espalda.

-¿Y el veredicto? -pregunto.

-Al viejo le gusta Sidney Lumet. Tendrá que esperar un rato. Siento no haberle ayudado mucho.

-No importa.

-Ha estado fino. Con lo del montaje.

-Gracias.

Salimos al porche y Kaufmann se despide. Me siento en una butaca blanca de mimbre y contemplo el paisaje, que muda de piel como un camaleón al ritmo de mis evocaciones. Si pienso en unicornios, atraviesan los valles en manada, dirigiéndose a los picos serrados de los Andes, sobre los que descansan ciudades secretas donde sirven infusiones alucinógenas, y Cuzco se transforma en Alamut, y en un determinado momento dejo de tirar del hilo de mi imaginación y mis recuerdos y el fresco sigue pintándose solo, creando constelaciones en las que siento mi firma, mi huella de autor, decenas de diálogos pendientes de rescatar a otros tantos escritores malditos.

El anciano aparece a mi lado. Se sienta y contempla.

-Hermoso mural, Mocasín -calla, suspira y sonríe, tocándose la barriga como una embarazada-. Se va usted al Cielo.

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El Desatascador (III)

Fede Durán | 24 de agosto de 2014 a las 1:34

Y entonces me convierto en una baliza y cambio de color y me expando y contraigo como un corazón y poco a poco voy recobrando la conciencia y desplazándome por una superficie deslizante, pero no es un túnel ni brilla una luz al final, más bien se trata de una pasarela elevada, una especie de pantalán sin mar debajo, y una bóveda gigantesca con mandalas lo copa todo, y escucho cuernos de viento y cimbales, y sigo deslizándome con una suavidad cosquilleante hasta topar con una garita de la que sale un hombre (diría que es un hombre, un hombre afeminado, tal vez un eunuco con labios de mujer) que levanta la mano y entonces la brisa deja de correr y la cutícula flotante que me conducía se derrite y mis pies tocan delicadamente el suelo.

-Alto -dice el eunuco.

Observo la bóveda. Círculos que giran sobre sí mismos chisporroteando, extraños diagramas que se devoran y renacen, estrellas incandescentes. A mi espalda aparecen otras personas embutidas en burbujas, las burbujas se derriten y las personas aterrizan esponjosamente en el pantalán, formando rápidamente una cola.

-Sea paciente -dice el eunuco antes de volver a la garita, coger unos folios y regresar a mi lado. Lee entornando los ojos-. Umberto Mocasín. Fallecido a las 13:33 del 10 de octubre de 2012. ¿Es correcto? -Dudo un instante.

-Eh… sí, creo que sí -me rasco la cabeza. Detrás nadie habla: estatuas de sal con miradas de pez- ¿Entonces estoy muerto? -El eunuco arquea las cejas, arruga la frente, aprieta los labios y ensancha los ollares. Al final también resopla.

-¿No acaba de decirme que los datos son correctos?

-Sólo recuerdo vagamente. Un golpe fuerte, Enid, la ambulancia. Y de repente estoy aquí con usted. Esto parece una broma de Lewis Carroll.

-No es ninguna broma, señor Mocasín. Usted está tieso como la mojama. Y mire la cola que se está formando. Procedamos. Le asignaremos un abogado de oficio. Son las normas. No permanecerá más de veinticuatro horas en las dependencias del Limbo, aunque aquí el tiempo importe poco.

-¿El Limbo? Verá, soy ateo. ¿Me toma el pelo?

-Y dale. Usted, como todos esos de ahí detrás, irá de cabeza al Limbo. Allí se celebrará el pertinente juicio, que como usted sabe culmina con una sentencia en la que se le concederá la gracia del Cielo o el castigo del Infierno. En función de sus méritos en vida. Ya debe conocerse el guión, por ateo que sea. Bien. Déjeme ver -el eunuco hojea sus folios, recorre con el índice una columna de apellidos y se detiene en el mío, al que una flecha asocia a otro-. Kaufmann.

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-¿Perdón?

-Su abogado. Se llama Kaufmann. Le estará esperando. Mueva el culo. Venga, el siguiente.

Cúmulos de algodón violeta me convierten de nuevo en pasajero y avanzo hacia un horizonte que ahora es caleidoscópico: triángulos dorados con círculos negros dentro, dodecaedros bailarines, palmeras y dunas y lagos que desaparecen aplastados por un rodillo cósmico que a la vez acarrea montañas y robles y cientos de miles de veletas que silban al viento. Los flancos del paisaje se estrechan hasta convertirse en un corredor glaciar, desde los bordes de los precipicios asoman extrañas criaturas híbridas que tocan instrumentos musicales, cierro los ojos y atrapo olores a infancia, a lúpulo y tierra mojada.

Y giro bruscamente a la derecha y las nubes chasquean como látigos y un edificio blanco toma forma y se ensancha conforme me acerco. Los cúmulos se disipan con un ruido de arena y me encuentro frente a un hombre achaparrado con la nariz larga y asimétrica, los ojos demasiado juntos y unos hombros engarzados directamente a la cabeza. Camina hacia mí como un pingüino, me tiende una mano rocosa y se presenta.

-Kaufmann. Soy su abogado -estrecho su mano y sonrío. Es una sonrisa sincera.

-¿Me puede explicar de qué va todo esto? -Kaufmann me mira sólo un poco, seguramente aburrido de esa pregunta tantas veces repetida bajo distintas fórmulas de perplejidad.

-¿Ve este edificio? Técnicamente, acaba de llegar al Limbo, que en realidad abarca todo lo demás: el pantalán, la bóveda, los músicos al borde del precipicio. El Limbo, señor Mocasín, fue una solución de consenso entre Dios y el Diablo, una especie de Suiza, o una enorme bandera blanca. Irónicamente, al menos en mi opinión, éste es para los pocos que trabajamos aquí el mejor, el más perfecto logro de la creación. Aquí la creación es obra de todos. De su mente, por ejemplo, y de los sedimentos de otras mentes que recorrieron el mismo camino hasta este edificio. ¿Le gusta? -señala el rectángulo encalado: cristaleras, geometría sin curvas, un porche con traviesas de madera.

-Dígame, Kaufmann, ¿qué opciones tengo?

-Perfecto. Hablemos de negocios. Como usted intuirá, sólo tiene dos posibilidades: Cielo o Infierno. En teoría no lo decidimos nosotros, pero créame, cada existencia es una mina inagotable de argumentos a favor y en contra de la redención. Con el abogado adecuado, hasta Stalin podría parecer un santo.

-Me refiero a lo que me interesa a mí. No sé dónde se vive mejor. No sé dónde están Bulgakov y Kerouac, o Pollock y Hooper. Ni cuán puritano es el Cielo o cómo de violento el Infierno. Lo que quiero saber es si me conviene ganar para perder o perder para ganar. ¿Me sigue?

-No le puedo ayudar, Mocasín. Yo vivo en el Limbo.

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El Desatascador (II)

Fede Durán | 23 de agosto de 2014 a las 16:34

Normalmente digo joder, coño o carajo. Cuando pronuncio hostia, sin embargo, es que ha habido un chispazo. -Hostia.

Un post it junto al teclado, amarillo como una meada de perro, y una caligrafía redondeada componiendo el siguiente mensaje: Así no podemos seguir.

Procesando: caligrafía redondeada vale por caligrafía femenina. Enid junto a mí mientras tecleo. Mi vista en la pantalla. Un taco de post it amarillos como una meada de perro en el primer cajón de mi cajonera gris metálica. Un cubilete con bolígrafos, subrayadores y lapiceros. Ha sido ella, no hay que ser Sherlock. Twist lo sabe. Y yo sin enterarme. Doy un salto y agarro la chaqueta. Cojo la agenda. Efe de Flynn. Un teléfono al que prefiero no llamar. La dirección de su editorial. Imagen subsiguiente: ella en su Talbot rojo cereza entrando en el parking privado contiguo al edificio de Rolling Paper Books, los diálogos desatascados centelleándole en el pecho, un ascensor, planta séptima, el USB en el Mac de Greta la Editora, los diálogos, su sonrisa y el beneplácito, fechas estimadas de lanzamiento, nombres para el apadrinamiento, cifras que emergen como burbujas hasta tocar el techo y disolverse salpicándolas de ganancias púrpura y oro.

Me subo a un taxi. A la Rolling Paper, por favor. La ciudad es una secuencia borrosa, con árboles como cerdas de cepillo de dientes en combustión y papeleras que parecen motas de polvo sacudidas por el viento. Me coloco las manos en las rodillas, intento prestar atención a la radio, pienso en Enid desnuda y noto el peso de la indecisión cebándose con mis piernas y un ardor incipiente en el glande. Paramos ante la entrada, pago, espero el cambio y me bajo con un hormigueo. Me suda la espalda. Entro y me encuentro en un hall amplio con dos recepciones enfrentadas, una lámpara de araña a varias decenas de metros de altura, otro par de ascensores de cristal y acero con personas que suben y bajan sin hablarse y el logo de la RPB en la pared del fondo, tamaño cien mil, fuente vagamente Disney. Elijo el mostrador de la izquierda, donde una pelirroja con chaqueta color aceituna cuelga y descuelga y presiona y sonríe e indica e invita.

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-Busco a Enid Flynn -anuncio. Leve pausa y varios parpadeos-radiografía.

-¿Quién pregunta por ella? -ojos verdes aceituna a juego con la chaqueta.

-Yo.

-Aha.

-Umberto Mocasín. Soy su… eh, su escritor de apoyo. Técnicamente, su desatascador.

-Un segundo -descuelga, sonríe, presiona, cuelga, invita e indica-. Séptima planta. Al salir, gire a la izquierda, traspase una puerta de cristal (aquí todo es de cristal, señor Mocasín) y pregunte por la secretaria. Que tenga un buen día -me entrega una tarjeta magnética de visita. La engancho al faldón de mi camisa.

Me dirijo a los ascensores, pulso Subir, espero junto a un tipo con gafas de pasta que tararea una canción de The National, el ascensor baja, varias sardinas salen, entramos, el cantarín pulsa el cinco, yo el siete, subimos y por un instante me flotan las entrañas. Suena un ding, salgo, giro a la izquierda, traspaso la puerta de cristal y observo a unos cinco metros una mesa rodeada de cien kilos de carne, pelo castaño rizado y largo, labios de botox y unas tetas que apenas caben en la superficie sobre la que descansan.

-¿Señor Monopatín? -intuyo una sombra de sonrisa tras el botox.

-Mocasín -corrijo. La espalda me sigue sudando.

-La señorita Flynn acaba de marcharse. Sus ascensores deben haberse cruzado.

Rebobino y aparezco en el parking, filas de coches con algunas mellas, mi corazón bombeando sin escatimar, el cuello girando en todas las direcciones y al fin una estela gris de gasolina y la trasera del Talbot cereza que se aleja. Amago una carrera, mis pulmones se plantan, busco otro taxi, lo encuentro, me subo.

-Siga a ese coche -música paquistaní, olor a pino, la ciudad emborronada.

Lo que viene a continuación es una canción de Etta James. Ella aparca, el taxi frena suavemente a una manzana de distancia, muestro mis dientes blancos al pagar y añadir una modesta propina, salimos de los coches a la vez y se desata la coreografía: la brisa meciendo las copas de los plataneros, los niños jugando al fútbol en los parques infantiles perfectamente vallados con láminas de colores, dos viejecitas compartiendo un banco y charlando como si masticasen galletitas danesas, Enid Flynn descaradamente enfocada por los rayos del sol que abren una brecha en las nubes, el viento meciendo su cabello ébano, yo aproximándome con pasos de Jimmy Dean, sus ojos iluminados al verme, las venas del deseo tatuándole la frente y un cuerpo que se ahueca para recibirme.

Y entonces el impacto. Sensación de ingravidez primero y de peso muerto después. Las ruedas aún derrapan mientras vuelo boca arriba, viendo pasar el cielo como una máquina tragaperras, Enid rompiendo tímpanos, el calor del asfalto acechándome. Y el aterrizaje: mi pellejo raspando la carretera, mi ADN generosamente esparcido.

Las luces se apagan, las voces están pero se alejan, el mundo se comprime en una caja de zapatos, el tiempo se densifica. Escucho el llanto de Enid y los balbuceos del conductor anónimo, una ambulancia que se recorta en el horizonte sonoro y una existencia, la mía, que se apaga entre chasquidos orgánicos y fugas líquidas.

Fallezco a las 13:33 de un miércoles 10 de octubre. Enid ni siquiera me toca.

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El Desatascador (I)

Fede Durán | 22 de agosto de 2014 a las 17:15

-¿Sabe usted lo que es una endodoncia, verdad? -¿Matarle el nervio a un diente? -Exacto. Matarle el nervio a un diente para reconstruirlo sin dolor. Pues eso precisamente es lo que vamos a hacerle. Matarle el nervio a su sufrimiento. Reconstruiremos su alma sin rastro alguno de pena, frustración, miedo o celos.

-Vale. Pero permítame preguntárselo porque no acabo de aclararme. ¿Qué nervio exactamente van a matarme?

-Es usted un ser inquieto, ¿lo adivino? ¿Qué más da dónde esté ese nervio? Lo importante, señor Dunlop, es que resolverá sus problemas para siempre, convirtiéndose en un hombre sólido.

-¿Resiliencia?

-Ni siquiera. Ya no tendrá que recomponerse porque nunca se romperá.

-Suena fantástico. Pero quiero saber dónde está el nervio. Si van a rajarme quiero saberlo.

-Es un nervio invisible. Simplemente abrimos cerca del corazón y volvemos a cerrar. Esa brecha es el sumidero de sus malos humores.

Le enseño el resultado a Enid Flynn, una de mis escritoras, y ella se acerca a la pantalla del ordenador, cuyo brillo la hace parecer más pálida aún. Parpadea un par de veces y sonríe.

-Bien. Me has desatascado.

Me llamo Umberto Mocasín. Soy Pulidor de Diálogos. Tengo veinticinco compañeros que hacen exactamente lo mismo que yo: reciben a escritores, escuchan sus descripciones sobre los agujeros negros que les despedazan y buscan soluciones. Cada una de nuestras palabras vale un euro. Un diálogo prolijo te paga un mes de alquiler y las facturas energéticas. Pero Enid me gusta. Procuro que sus diálogos (mis diálogos cedidos a cambio de una transacción comercial) contengan las palabras estrictamente necesarias para salvarla. Los escritores suelen ser pobres. Nosotros no. Es una paradoja ofensiva.

Enid me mira. Ya no parpadea. La describiré: piel lechosa, cabello negro, ojos de gato de Toulouse-Lautrec, un lunar en forma de media luna justo en la cima de la mejilla izquierda.

Desliza su silla con ruedas hacia mí, alarga la mano y roza con sus dedos de porcelana mi nariz. Sonríe otra vez y se me derriten los pulmones y se me olvida respirar.

-Gracias, Umberto.

Me aparto de ella. Ensayo una sonrisa invertebrada que se descascarilla nada más nacer. Debo decir algo, pero me distrae la oficina zumbona con carteles de películas y series y láminas de cuadros famosos y estanterías con libros amarillentos, me distraen las risas y gritos de mis colegas y sus escritores, me distrae no contar con cuatro paredes de plástico para ocultar mi rubor y mi tembleque. Activo el Protocolo de Seguridad: frotar manos, cruzar piernas, tensar mandíbulas, rascar cuero cabelludo. Y entonces me arranco.

El Desatascador 1 baja

-Me parece que nos llevamos bien. Me gusta trabajar contigo. Ayudarte. Créeme, no es tan fácil -me envaro conforme hablo, como una garza, sin apenas mover los labios, colocando en mis ojos la neblina suficiente para verla sin mirarla, torciendo a veces el cuello hacia el montón de manuscritos subrayados que amenaza con derrumbarse y sepultarme un día de estos.

-Me haces gracia, Umberto. Cuando hablas. Te vuelves, no sé, metálico. Puedo ver tus pensamientos despegando de tu garganta, precintados y desinfectados. Todo prosodia. Bipppp… soy un roboooot… Biiiippppp… somos compatibles…. Biiiippppp-. Mientras lo dice, imita los movimientos de mayordomo de C3PO.

Me hace gracia por dos razones. La primera es que ella, cuando gesticula, también transmite cierto mecanicismo, aunque la suya es una rigidez elástica, de actriz en mitad del discurso tras haber ganado un Oscar a los sesenta años. La segunda es que mis veinticinco compañeros sí parecen robots. Tienen sus ojeras y sus calvas, sus muelas picadas, sus erupciones y sus ataques de estrés, sí, correcto, humanos a simple vista, pero entrenados para delinear conversaciones ficticias con patrones eternamente repetitivos sólo para escapar de sus vidas reales, de sus michelines y sus suegras y sus vacaciones familiares. Estajanovismo antialienante. Una paradoja defensiva.

Cuando algo me hace gracia me sonrojo, igual que cuando algo me ofende. Enid no sabe si es lo uno o lo otro, pero vuelve a deslizarse hacia mi silla, arrinconándome, y silba un shhhhhh. La Torre de Pisa de Folios Apilados cede y me sepulta, Enid lanza un oh, algunas cabezas se alzan (más garzas, grullas, avestruces) y yo me enfado.

-Ahora tendré que ordenarlo -anuncio mientras me agacho a recolectar.

-Quizás tú también lo necesites -Enid se aleja rodando, se levanta, se alisa el vestido y se recoloca un mechón negro carbón tras la oreja.

-¿Eh? ¿Quizás yo necesite qué? -recolecto, reordeno cronológicamente, construyo tres columnas para evitar futuros nuevos derrumbes. No me atrevo a mirarla.

-Que te maten el nervio del sufrimiento.

Y se va sin despedirse y sigo agachado y sólo veo la silueta de sus piernas tras sus medias, gemelos marcados pero no atléticos. Y llega Oliver Twist (mis veinticinco colegas son unos cachondos o unos esnobs, el caso es que todos tienen un alias literario) y me lo suelta como un bofetón:

-¿Es que no lo ves, tío?

-Tengo trabajo, Twist.

-Está colada por tus huesos.

-Ja.

Twist vuelve al tajo meneando su gordo culo de panadero. Una idea revolucionaria pende de mi conciencia como una nube invertida: ¿y si Twist no me está tomando el pelo?

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Y seis tíos más

Fede Durán | 21 de mayo de 2014 a las 20:38

Técnicamente, Memorias de un Poliperturbado llevaba un lustro descatalogado, pero fue un relativo éxito de ventas y apelmazó adhesiones que todavía afloraban como hongos en un pastel demasiado tiempo confinado en el frigorífico. Goliath Stevens, nacido Goliath Pérez por la fijación de su padre por El Capitán Trueno y voluntariamente redenominado en sufijo tras descubrir a Cat Stevens una mala tarde de domingo, se resistía a colgar el teclado. Se resistía sin resistencia, porque tampoco encendía su pequeño monitor con forma de cafetera alegando lumbalgia crónica antes que falta de ideas. No importaba demasiado. Su ego palpitaba brioso al fondo de su caja torácica, entre pulmones que le permitían enredarse en discursos envolventes, junto a un corazón enfermo, necesitado de amor, como los corazones de todos los solitarios forzosos. Entendámoslo: Goliath Stevens medía uno sesenta y tenía manos de niño. Su barriga era en realidad un corpiño invertido, tan expansiva que anulaba el resto de la silueta, y una especie de telaraña de grietas grises descomponía su dentadura, demasiado grande para una boca tan pequeña.

Le habían llamado y había dicho que sí. Nunca antes contó con un club de fans, así que el pecio de su imaginación navegaba por fantásticos océanos de onanismo: sin duda el club estaría compuesto básicamente por treintañeras cultas y atractivas, poco dadas a la convención católica de la castidad, con algunos elementos intrascendentes empotrados en la masa social: tal vez un par de jubilados, alguna gorda repulsiva y el típico bizco erudito dispuesto a santificar incluso a una araña reclusa sólo por sentirse partícipe de algo que no fueran sus propios pensamientos psicópatas.

Goliath llevaba varios ejemplares de Memorias en una caja de cartón de leche de soja, ocho unidades. Pesaba bastante, demasiado para él, y la barriga maniataba sus brazos y la caja se le escurría entre esos dedos de alimaña. Eran las cinco de la tarde, el sol lucía con moderada intensidad y una brisa decente silbaba entre los árboles del parque situado justo enfrente de la librería-cafetería La Rata que Leía a Nietzsche, lugar del evento/nacimiento del Club de Fans Goliath Stevens: El Escritor Maldito (CFGSEM).

Había un banco libre y lo conquistó. Sacó un libro de la caja, releyó al azar y contrajo el rostro versión asco: no le gustaba leerse. Era como cuando John Malkovich se metía en la cabeza de John Malkovich en aquella película de Spike Jonze.

Una mujer gritó su nombre. Se sintió famoso, poderoso, infinito. Puso pie a tierra de un saltito, alerta, energético, y la barriga y las leyes de Newton casi le juegan una mala pasada. Raspó con la vista el parque y la vio. Considerarla fea habría sido demasiado amable: era una mole con textura de gelatina, cada paso le provocaba un seísmo integral, desde el tobillo hasta la frente y las orejas. Goliath percibió una sombra de bigote y el meandro de unas patillas.

-Es increíble que hayas venido. Es increíble tocarte -la mole alargó el brazo rozándole el hombro-. Es increíble que hayas escrito Memorias de un Poliperturbado y que vayas a contarnos tus secretos. Creo que voy a desmayarme.

Tras un ligero tambaleo, la mole permaneció donde estaba, extasiada, con la boca tan abierta que podría absorber las almas de medio planeta convirtiéndolas en metano tras una compleja digestión. Goliath Stevens se repeinó. Minúsculas perlas de sudor le correteaban por el cuello.

-Vamos. Nos esperan.
-¿No vas a besarme?
-No. Oye, ¿puedes llevar la caja? Pareces más fuerte que un mulo -la mole agarró la caja como si fuese un paquete de tabaco y avanzaron hacia La Rata.

*

Estamos dentro, hace calor y huele ligeramente a sobaco.

-Joder.

Todo el mundo escucha el taco. Goliath ha olvidado en el banco el libro que hojeaba. Pensaba venderlos todos. En La Rata hay unas treinta personas. Treinta por veinte, seiscientos.

La mole se sienta, desplazando con los codos a sus dos adláteres/víctimas/potenciales contertulios. Un señor mayor con gafas de culo de botella y el pelo blanco se acerca a Goliath.

-Soy Bruno -al hablar le tiemblan los dientes, como si llevase dentadura postiza y le faltase pegamento.
-Ajá.
-El presidente del club. Es un honor. Le estimamos. Tome asiento -es probable que también visite las fases iniciales del Parkinson.

Goliath toma asiento. Sus esperanzas se desvanecen conforme el visor rastrea al público. Sólo hay restos de pan duro. Granos, cicatrices, asimetrías, dentaduras coloreadas de nicotina, uñas mordidas, párpados a medio cerrar, antiestilismo, alpargatas sin calcetines, demasiados pelos en lugares equivocados y el ya mencionado hedor a sobaco.

-Joder -repite Goliath. La palabra flota sobre los asistentes como una mariposa malparida.
-Creo que es un poema nihilista -comenta la mole al tipo de su derecha.
-Quizás sea un mensaje codificado. Dos joder. Piénsalo. Significa que ya trabaja en su segunda novela. La primera fue un inmenso joder. La segunda joderá todavía más. Un escupitajo al canon de la belleza impuesta por las mafias culturales -argumenta un señor de la cuarta fila.
-Hay más música en las palabrotas que en los discursos. ¡Di otra, tío! -interviene desde la segunda fila el bizco que cubre esa cuota social en cualquier acto democrático.

El escritor expone durante algo menos de diez minutos. Bruno el parkinsoniano modera el debate posterior. Se suceden las preguntas, Goliath activa el piloto automático en las respuestas incorpóreas. Treinta por veinte, seiscientos. Unas litronas en el chino de la esquina y a casa. Surcar las mucosidades del porno. Algo de lectura suburbial. Cerrar los ojos y olvidarlo todo hasta mañana. Stop. Luz roja, parpadeo. El visor ha detectado algo. Fila seis, extremo izquierdo, una voz que emerge como una serpiente encantada. Goliath se levanta, apenas logra verla, y luego la eclosión, la epifanía de dos pechos casi erizados, una piel lechosa, labios color remolacha y facciones de princesa persa. Oye la pregunta pero no la escucha. Abandona el tronito de orador e intenta acercarse. La mole cree que ella es el objeto cuando en realidad es la montaña. Goliath la esquiva con sorprendente agilidad, pero la fila seis está lejos y los corredores son estrechos y están repletos de piernas colgantes y calzado de mal gusto. Al final Goliath trepa a un respaldo, el morador de la silla se incorpora y el usurpador cae sobre la princesa, atrapada como un conejo por esa enorme bolsa de grasa. Nota la erección, nota el aliento a sardinas, nota el calor. Varios voluntarios rescatan al autor y auxilian a la princesa. Se alisan, se revisan, regresan del brutal impacto.

-Soy Goliath Stevens -el gordito le tiende una mano.
-Qué asco, por favor -dice la princesa, y se abre paso y se larga.

Instantes de duda. La nube del veredicto está reuniendo todas sus humedades.

-Eres un pervertido -el juez portavoz es la mole. Le señala con un dedo que parece un taladro específicamente pensado para Fort Knox. Empieza a empujarle. Goliath se trastabilla.
-Treinta por veinte, seiscientos. Treinta por veinte. ¿No vais a comprar?
-Será mejor que te largues, cabronazo -la mole se está arremangando. Es el germen de un guantazo.

Goliath Stevens sale por piernas de La Rata. La idea original anticipada (litrona, kleenex, lectura, olvido) queda modificada por el recuerdo del libro en el banco del parque frente a La Rata. Uno por veinte, veinte. Algún día, pero veinte. El banco sigue donde estaba. Otra mujer, un término medio entre la mole y la princesa, hojea el libro ocupando el extremo derecho del banco. Goliath se sienta justo en medio. Podría enamorarse de ella, o al menos echar un par de polvos. Le recuerda a Cher, aunque no es capaz de precisar después de qué operación.

-Eh. Me recuerdas a Cher.

Ella se gira y sonríe. Tiene un diente picado, patas de gallo y una verruga justo debajo de la aleta izquierda de la nariz.

-No me jodas.
-Y el libro es mío.
-Perdona, pero estaba aquí cuando llegué, y nadie no ha reclamado cuando lo cogí. ¿Por qué tendría que creerte?
-Mira la foto del escritor y compara -ella obedece.
-Ni de coña, pringao.
-¿Qué dices? Déjame ver -Goliath lo recuerda: recuerda los retoques a instancias del editor. Más pelo, menos ojeras, más color, menos papada, más dignidad intelectual, menos soledad pajillera -Soy yo. Claramente.
-Mira, tío. Eres muy feo y me estás molestando. Si no te largas en cinco segundos empezaré a gritar como si la mismísima Cher quisiera encamarse conmigo.

Alguien tamborilea la espalda de Goliath. Es la mole. La mole y seis tíos más.

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Siglo XXI

Fede Durán | 6 de noviembre de 2013 a las 19:31

estrellas

Carlos Fresnedillo avanza despacio por el bulevar. La lentitud es inducida: cientos de miles de manos, codos, hombros y espaldas le ralentizan, encerrándole en una cámara lenta de oxígeno menguante. Esa multitud es mixta. Rostros desconocidos se entremezclan con una gradación sentimentalmente ascendente: conocidos, colegas, ex amantes, amigos y una hermana camuflada en las últimas estrías de la hilera.

 Ninguna pauta. Los integrantes de la escalera afectiva giran el cuello, sonríen o callan, agitan y sacuden o abrazan y besan o simplemente fruncen la vista o la desvían hacia los agujeros abisales de la indiferencia. Cada gesto encierra un impacto en potencia. Entran en juego los coladores; emergen rayos invertidos de presunta calidez. Se acerca X, apenas conocido en el catálogo de Fresnedillo, y propone una cena que nunca se va a organizar. Redoblan el paso Z e Y, colegas, y le gritan un rumor que le implica en un agravio que le enemista con B, desconocida, y F, amiga del pariente de un vecino. O le abraza con una carga de pesadumbre que le ensombrece los ojos antes de anunciarle que en adelante jamás podrá contar con L, ex novio de C, con quien compartió unos minutos de noche durante varias noches engranadas por la ausencia palpable de conexión.

 Una fisura en el muro humano, una mano que se desliza desde el otro lado, Fresnedillo que la agarra y traspasa la barrera impulsado por los tifones nocturnos, tan abigarrados, tan multiorgánicos. La cara de un híbrido: un tercio de actriz francesa sesentera, un tercio de emperatriz china, un tercio móvil, camaleónico, el tercio de la imaginación.

 Bailando entre rendijas de neón. Bebiendo a morro, dejando que las gotas de cerveza también bailen. El trébol de caras que le busca, le toca, le traza marcas de sudor. Y luego el desenlace previsible.

 W anula un encuentro por un dolor de muelas. E teclea un mensaje incendiario y desaparece, reapareciendo una semana después con excusas de cartón piedra. J propone hablar de aquel ilusionante negocio una semana, y después otra, y más tarde otra, siempre con la cadencia del desinterés como orquesta de fondo. Fresnedillo es un caracol con artrosis. Recula sobre sí mismo, recortándose. Al despojar a la palabra ajena del más mínimo contenido, comienza a sospechar de la palabra propia, mofándose en silencio de la Promesa, esa puta sin principios. G anuncia que le devolverá los discos raptados ocho años atrás; H le pide un favor profesional tras el cual olvidará hasta su nombre; R evoca un pasado compartido que nunca tuvo lugar.

 Carlos Fresnedillo siempre asiente, siempre sonríe, siempre devuelve los apretones y las palmadas y los pellizcos en la mejilla. Siempre dice sí, sí, sí; siempre rebota las frases con chaleco antimentira; siempre encuentra un rastro fantasmal de voluntad ejecutiva en los trazos de los títeres en el aire.

 Un día aparece el Trébol agarrada a un hombre consumido por el deseo y los años. Llama a CF por su nombre y saca su marioneta. CF observa y asiente y sonríe y devuelve los besos en la mejilla.

 K sorbe cero coma setenta euros de cerveza y después habla: He comprendido una cosa. Sólo puedo ser honesto admitiendo que nunca lo seré. Carlos le dice amén. Y la turba se aleja y la noche se escapa y las estrellas congelan en sus frigoríficos toda la grasa de la jornada antes de apagarse con el sol.

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Mapache Winston (y VII)

Fede Durán | 8 de septiembre de 2013 a las 17:12

LA conciencia de existir en las manos de otro adhería a Mapache Winston y Dante Webster como el pegamento industrial. Juntos caminaron desde Williamsburg hasta Carroll Gardens, deteniéndose a veces ante los escaparates de las tiendas o en los cruces de caminos, captando la atención de los caminantes junto a los semáforos, multiplicando con sus desproporciones el efecto Extraña Pareja. Entraron en un negocio de instrumentos musicales y Dante pidió permiso al dependiente para tocar el piano. Sin esperar la respuesta, y mientras se aproximaba al teclado y agarraba un taburete de piel marrón inicialmente destinado a la batería eléctrica contigua, explicó a Winston que en el Bronx, como en Harlem, la música fluía a la calle de las cocinas y trepaba al cielo desde los bajos, mezclándose con el olor a barbacoa de los domingos, y que toda una ristra de ancestros cuyo origen cierto situaba en una plantación de Baton Rouge, Louisiana, destacaba por su habilidad al piano. Sus manos pálidas colgaron sobre las teclas, sopesándolas antes de caer en picado y adquirir una precisión milimétrica que Winston ignoraba poseer. Se desplazaban de un extremo al otro como una bailarina de ballet, de puntillas, con golpes secos y veloces.

-Nunca había escuchado a un pianista que sonara a Fred McDowell -dijo sin salir de su asombro el dependiente, un hombre orondo de cincuenta y pocos años con pantalones de peto y una camiseta blanca de lino. Dante Webster sonrió amplia y sinceramente, con una luz que no recordaba desde aquella vez en que su padre consiguió una bicicleta vieja y oxidada para los cinco hermanos.

Winston propuso ir a Coney Island. El tembleque del metro les retrotrajo a las densas tardes de verano de la infancia.
Decenas de parejas bailaban salsa en las pasarelas de madera frente al mar. La noria giraba, y los gritos de las atracciones más espídicas se subían a la brisa y caían desperdigados por la arena, entre familias atrincheradas con sombrillas, neveras, radios y sillas plegables. Una cola asumible envolvía Nathan’s. Se situaron en la punta, progresando a buen ritmo, y pidieron dos perritos de la casa y un pack de seis cervezas. En dos turnos, pasaron a los vestuarios para quitarse la ropa y salir a la playa en calzoncillos. Un borracho imitaba a Robert De Niro en Taxi Driver, encarándose con su propio reflejo en el espejo descascarillado de los lavabos.

Mapache 7

-¿Me hablas a mí, tío? ¿Me hablas a mí?
En primera línea de playa, el mar era una zafiro azul plagado de destellos. Winston mordisqueaba su perrito caliente sin advertir que la mostaza le chorreaba por la mano izquierda.

-Mierda -dijo, y se lamió el churrete amarillo. Dante sonrió de nuevo.

-Me estás chupando, chaval.

-Tú también te has manchado -apuntó Winston con una risilla de roedor.

-Vale -Dante también se chupó el reguero. Su lengua barrió la mostaza de una sola pasada.

-¿Qué vamos a hacer con Lebowski y Sobchak? -Winston se concentraba ahora en los gránulos de la orilla, desentrañando aparentemente los misterios de su composición. Dante suspiró.

-¿Tú qué opinas?

-Me gustan tus manos.

-Nunca pensé que lo diría, pero opino igual de las tuyas.

-De todas formas…

-Adelante. Di lo que tengas que decir, hermano -Dante empujó con su índice de bohemia la segunda mitad del perrito garganta adentro.

-Ya somos raros, ¿no? Quiero decir, mírate, mírame.

-Se llama proporción áurea.

-¿Proporción qué?

-Da igual. Somos raros, sí.

-Pero no nos gustábamos antes.

-No.

-Aunque hay algo aquí, encerrado -Winston se tocó el corazón con su descomunal índice de Goliat.

-Algo que te perturba cuando miras tus manos en los brazos de otro -completó Dante con oficio de nigromante.

-Exacto.

-¿Y qué propones?

-Cazamos a los polacos. Tú les intimidas, yo les zarandeo y les obligamos a que nos cambien una mano, sólo una, y gratis. Es la manera de respetar lo que éramos sin renunciar a lo que somos. -Porque ya somos raros. Y qué cojones importará ser más raros todavía. Hablamos de nuestra felicidad.

-Exacto.

Una mierda de gaviota impactó en el eje longitudinal de la lata de cerveza a medio acabar de Dante Webster. La sostuvo con expresión de victoria y dio a Winston una palmada en el hombro.

-Señal de buena suerte. Es la decisión acertada.

-Espera.

-¿Qué pasa?

-Soy zurdo. Me gustaría quedarme tu izquierda -dijo Winston. Una segunda mierda de gaviota se estrelló contra los calzoncillos de licra de Dante Webster.

-¿Te dice algo esa mierda?

-Vale. Creo que eres diestro.

A las siete y cinco minutos de la tarde aún quedaban mesas libres en el estrecho y sombrío restaurante vietnamita de Berry Street con la Norte Seis. Winston tuvo tiempo de entrar en el baño antes de que Esmeralda llegase. Interiormente, una paz de apisonadora restablecía sus coordenadas vitales mientras fuerzas subterráneas liberadas del letargo de la pena afloraban sin tregua, hinchiéndole el pecho, expandiéndole espiritualmente. Echó el pestillo, se bajó los pantalones y se sentó en el váter. En el flanco izquierdo había un revistero cuya cumbre era un ejemplar del Times de dos días atrás. Winston le echó un vistazo con indolencia, leyendo sin leer, hasta topar en la página treinta y siete con un anuncio orlado que rezaba lo siguiente:

¿Orejas de soplillo?

¿Burla y escarnio?

No busque más

Nosotros diseñamos su oreja ideal

Winston saltó como un resorte y se colocó frente al espejo del lavabo. Bajo el pelo de las sienes, irregularmente cortado, dos orejas puntiagudas de elfo apuntaban hacia la coronilla. Eran amarillas y estaban infestadas de eccemas. Le cegó la angustia, una angustia infinita y perfectamente conocida, su inseparable compañera de viaje, su vieja y perenne lacra. Una bola invisible le obstruyó la garganta. Tambaleándose, salió del baño al comedor y del comedor a la calle. Allí, con una boca de incendios por testigo, aulló como una bestia sin alma. Cincuenta metros más arriba, en Bedford Avenue, Esmeralda recortaba distancias con el mejor vestido de su armario.

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