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Maniquíes

Fede Durán | 23 de agosto de 2010 a las 20:29

El fulano está atado a la silla, con la espalda percutiendo en violentas sacudidas contra el respaldo, farfullando una especie de explicación destinada sólo a sí mismo. Hay charcos de sangre en el suelo y dos pares de mitades de diente. Como odio estropearme las manos, le he atizado con un bate. Es increíble lo ligeros y firmes que son. Los bates, no el fulano. Siempre ocurre lo mismo: secuestras a un pez gordo empapado en litros y litros de ego que tarda en perder exactamente lo que dura una paliza. No es que disfrute maltratando, es sólo mi trabajo, pero hay tipos especialmente estúpidos. Éste es uno de ellos. El lunes, día del secuestro, lo sorprendemos a la salida del domicilio según lo planeado, lo llevamos a un viejo cuartel y aplicamos el viejo método, una silla, mordaza y capucha durante veinticuatro horas de un silencio tan radical que ni siquiera los huesos del edificio se atreven a levantar la voz. Después, martes a mediodía, aparezco yo y le quito la capucha. Estamos solos en lo que bien pudo ser un comedor que aún preside un crucifijo agujereado sin alas ni imagen. Parpadea. Su cabeza, arrugada y casi desierta, está perlada de angustia, pero al poco se recobra y carcajea. Se ríe de mí, no tiene ningún problema en gritarlo y despertar las mohosas entrañas del dinosaurio militar. Me acerco a la silla y le doy una bofetada sin perder la sonrisa. No pretendo pasarme, es sólo un recordatorio de dónde están las fichas y quién domina el tablero. Le digo que si se porta bien le daré de comer y beber y que si se porta mal no probará gota ni bocado hasta que la debilidad le haga sentir como una puta cucaracha. Dice que vale, le acerco la boca de una botella, bebe y me escupe una mezcla de agua mineral sin gas y saliva coagulada. Le lamo la calva y le digo gracias. Mi odio es sin embargo irreversible. El miércoles, la familia del pez hijoputa y gordo se pone en contacto con mis jefes. Han rechazado cualquier tipo de trueque, no hay trato, podemos meternos al pezón por el culo. Mis jefes, que no son hombres sino sombras y susurros, meditan unos segundos en su particular jerga y me tienden una nota manuscrita con las instrucciones. Mátalo. Aunque parece jaco, es sólo euforia lo que corre por mis venas. Hago una reverencia, arranco el coche y me largo al cuartel tan deprisa que un par de polis están a punto de detenerme. Al bajar la ventanilla y escanearme, cambian de idea. Llego y aparco, recorro un pasillo largo que huele a meados y mierda de rata y me cuelo en el ex comedor, donde mi pez rebelde dormita como una vaca inquieta, soltando ronquidos que mueren mucho antes de tiempo, comprendiendo quizás su horrible naturaleza justo antes de inmolarse. Le despierto con un beso en la boca. Le acaricio los labios y las orejas, le aprieto el paquete mientras un rubor de excitación y desprecio se le engancha al cuello y trepa hasta las mejillas. Soy tu verdugo, le anuncio. Ya no ríe. Luego viene lo del bate y la sangre y las paletas voladoras. Saco mi pistola, una beretta nueve milímetros, y se le congela la mirada, que pierde al menos la mitad de su luz y se convierte en un farolillo de bajo consumo. Le coloco el cañón en la frente y me sorprende que no sea capaz de cerrar los ojos. Aprieto el gatillo una y otra vez, cada cinco o seis minutos, siempre con el cargador vacío, siempre simulando, a sus espaldas, que esta vez sí lo atiborro de balas, y asisto a su trepidante descomposición. Cede con vuelo de algodón el escaso pelo de sus sienes, blanquean idiotizadas sus cejas, caen los dientes supervivientes, se desintegra en un mosaico de grietas sin fondo su piel bronceada de rancio seductor, se mojan y enmarronan sus pantalones, desaparece el bulto de sus cojones. Le anuncio otra oferta bifurcada: puedo alargar la agonía indefinidamente, nadie me espera en casa, o acabar limpia e inocuamente en función de sus ganas de colaborar. Duda un instante y lo hace. Pronuncia la frase esperada. ¿Que qué quiero? Quiero que me lo digas. Quiero que admitas que jamás imaginaste que una mujer pudiese humillarte, incomunicarte, darte una paliza y asesinarte de un tiro en la cabeza. Vomita y llora, las dos cosas a la vez, y el alboroto me parece tan descriptivo que acepto la respuesta de su lenguaje de signos antes de transformarlo en un maniquí.

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La mujer de negro

Fede Durán | 22 de agosto de 2010 a las 17:43

El Departamento de Optimismo y Valentía me pide, en pleno domingo de agosto, recién llegado de Italia, todavía rabioso y desubicado por el final de mis vacaciones, que emita un comunicado, y cito textualmente, altamente efectivo en estos tiempos de zozobra y apatía. Los jerarcas quieren inflamación en la tropa, y ése es justo mi trabajo, insuflarla sin ceder un solo milímetro de credibilidad. Así que ahora, maldoblado sobre el escritorio, se me ocurre hablar de una mujer, menuda novedad, sentada en un banco de madera de la Piazza Verdi. Lleva un vestido negro y apura una cerveza mientras dos pendientes se balancean con el sutilísimo temblor de su cuello. Yo sugeriría al lector que añadiese, si dispone de suficientes lingotes de imaginación en su reserva federal, una buena música de fondo, varios grados menos que en el infierno africano y un tráfago permanente de actores secundarios perfectamente pendientes de sus propias tramas principales. Vamos a esbozar a esa mujer de negro. Empecemos por los ojos, casi tan oscuros como su vestido, muy abiertos, bien pertrechados de pestañas ondulantes y, sobre todo, emisores de un brillo intenso e insondable que puede significar ardor, serenidad, amor, miedo, felicidad o esos y otros ingredientes a la vez. Dibujemos sus labios como una media luna carnosa y sugerente que a veces muerde para reprimir un deseo o simplemente una frase difícil de pronunciar. Tras esos labios, asumámoslo, se esconden vastas extensiones de tierra fértil. Sus manos son firmes, quizás ligeramente gruesas, porque serán manos forjadas en el tránsito a una existencia independiente y orgullosa, tallada contra la roca del prejuicio. Podríamos detenernos en su nariz, altiva sin ser angulosa, presente sin parecer invasora. Fíjense: apunta suavemente al cielo, marcando el límite en un punto cuando menos inconcreto. Recorreríamos su espalda y sus hombros, sugerentes como las depresiones de un valle; admiraríamos sus piernas, guante de seda fraguado en hierro; suspiraríamos cuando esos ojos que jamás descansan aterrizasen en nuestro rostro y desplegaran su firmamento. Nadie sino usted sería ese hombre de frente. Y nadie como usted sabría qué decirle. Adelante, dígalo, amigo, ya ha tenido tiempo de extraer las conclusiones más esenciales, que son las que cuentan. Está bien, yo le ayudo: admitiría usted, pese a los truenos estomacales, que no esperaba encontrarla, que no es capaz de contener una especie de trasiego coral cuando la escucha hablar, que apenas domina sus ganas de besarla, que detesta la palabra escepticismo, que sueña en vertical. Tranquilo, ella no le contestará porque sólo es producto de nuestra imaginación, así que puede explayarse. Cambie sus sentimientos por monedas, siéntese frente a ella en una mesa de madera sin crupier y apueste. Aunque tarde en comprenderlo, en ningún caso perderá. Dígale que no cree en el miedo, ese dios pagano y segundón. Invítela a otra cerveza, prolongue la noche, tiéndale la mano cuando decida marcharse, bésela, bésela en la boca allí mismo, sintiendo el sabor de ese cóctel agitado de células vivas, y camine, pasee con ella, de su cintura, de su mano, de su hombro y de su cuello hasta dudar, quién lo sabe de verdad, si lo que vive es un simple comunicado de domingo encargado por el Departamento de Optimismo y Valentía o el andamiaje de una casa de campo con huerto y pastores belgas y cuatro sillas de hormigón en el jardín y un lago verde rodeado de abetos.

La fiera de mi niña

Fede Durán | 17 de agosto de 2010 a las 21:12

Empecé con el aloe a los quince años. Una plantita en mi cuarto, la nota de color de mi república independiente. Los viejos aprobaron mi iniciativa, la consideraron un signo de creatividad. Quince años después, a los treinta, me emancipé. La mudanza incluía, obviamente, un arcón de madera relleno de algodones con Matilde, mi aloe, una institución de casi veinticinco kilos, maceta incluida. Matilde es una buena paridora. Sus descendientes ocupan los balcones de medio barrio, me consta, y también vastas extensiones de patio, jardín y porche. Un buen día, quizás por la saturación del barrio, o más ampliamente del mercado, cayeron las adopciones. Nadie quería saber nada de mi lindo aloe, que siguió reproduciéndose infatigable, explosivamente. Mi relación con Matilda es tan honda y está compuesta de tantos bellos matices que, entiéndanlo sin rastro de perversión, es como una hija para mí, de modo que sus retoños son, en cierta forma, mis propios nietos. Tan canalla me parecía abandonarlos junto a un contenedor que decidí hacerles hueco en casa. Donde caben dos, caben tres, ya conocen la concatenación. Todo fue normal al principio. Matilde paría puntualmente y yo recolocaba a los niños en tiestitos de colores. Juntos leíamos el periódico, tomábamos café y escuchábamos el noticiario. Es bonito, formar equipo en torno al sofá, con los pies sobre la mesa y las conversaciones de los vecinos colándose por los conductos del aire acondicionado. Mi Matilde cumple años el catorce de julio y yo quise tener un detalle por sus dieciocho y la mayoría de edad, así que me fui a la tienda del señor Fajardo, que es un tipo muy hábil con las plantas, diría que casi un psicólogo, y le compré unas vitaminas especiales con propiedades antiestrés y antiedad. Me ajusté al procedimiento escrupulosamente, vertí las vitaminas dispersándolas y no concentrándolas sobre la tierra recién cambiada y luego regué procurando que el agua disolviera el mágico producto. A la mañana siguiente, noté un pequeño cambio, sorprendente en realidad por la velocidad de ese par de centímetros extra, y me acerqué a acariciar a Matilde, suave y pinchuda, dócil y salvaje a la vez. Cerré los ojos, pero no me dijo nada. Interpreté su silencio como una muestra de alegría, aunque desconozco la base científica o siquiera intuitiva de aquella fatídica conclusión. Matilde nunca volvió a dirigirme la palabra o el pensamiento. Simplemente, se dedicó a crecer sin mesura, sin límite, a lo grande. Empezó sitiando la cocina, de manera que me vi empujado al exilio del bar del barrio y a un consiguiente proceso de descuido, engorde y socialización forzosa con jubilados, trileros, peristas y proxenetas. Sus tentáculos ocuparon después el baño y tuve que mear cada día, y cada noche, en una bacinita, como los antiguos (me permitirán que omita dónde y cómo cago). El recibidor, los pasillos y el salón cayeron sucesivamente sin oponer la menor resistencia. Y sólo queda el dormitorio, desde donde escribo estas líneas parapetado como un mohicano, durmiendo en el suelo porque la cama hace de dique contra la puerta, alimentándome de polvo, solicitando ayuda desesperadamente, aullando, fíjense que ni mis padres se creen la historia y dicen que sí a todo y me sugieren que vaya al médico y me haga un TAC. En mis peores momentos, le suplico a Matilda. Invoco nuestro amor, nuestra vida en común, aquella edad de oro y fecundidades. Pero ella se ha transformado en un ogro insensible de largas espinas y terribles brazos musculosos. Quiere entrar y estrangularme. Quiere convertirme en un monigote invertebrado. Quiere destrozar nuestro hogar y seguir creciendo, crecer indefinidamente, como una fórmula compleja, hasta que el gobierno despierte y comprenda y movilice al ejército y nuestra historia nacional cuente ya con su propio King Kong. Un segundo. La puerta. La puerta está cediendo. Veo sus colmillos, ahí está, ha abierto una brecha y yo me tengo que despedir, porque es muy probable que ya sepan cómo acaba la cosa, y de todas formas me niego a morir en una postura tan ridícula como ésta, encorvado ante el ordenador y con la cara pegada a la pantalla.

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Duendes de verano

Fede Durán | 15 de agosto de 2010 a las 19:48

Verán, somos los duendes de la noche, unos tipos parecidos a esas graciosas figuras que dibuja Liniers, aunque nuestro estilo sea, lógicamente, algo distinto, sin capirotes excesivos ni narices tan rojas. Pero vamos al grano. Ahora, con el calor, nos gustan los cines de verano. Nosotros volamos, así que comprenderán que nos situemos arriba, justito en el tejado, donde nadie puede vernos, donde todos son vistos. Cines de verano, decía. ¿Por qué? No me atrevo a hablar en nombre del colectivo, pero, personalmente, me recuerdan una barbaridad el ambientillo familiar y algo caótico de Cinema Paradiso, qué gran película. La oscuridad es un elemento clave. Crea una especie de intimidad ficticia, o quizás más bien un exhibicionismo suave o consentido, y los amantes se abrazan y los niños se sacan alguna cascarria y aquel tipo barbudo se lía un cigarrillo y apura el botellín de cruzcampo. Hoy ponen una de John Ford. Gales y la minería, paisajes de Tolkien, chimeneas de ladrillo, la revolución industrial que llega y pisa. Somos varios colegas sentados en el alerón, justo frente a la pantalla. Hay una fuente vacía y un pino mediterráneo con piel de Bárbol. Las cristaleras enmarcan los flancos del patio. Y los míos pronto comienzan la cháchara, y señalan, y se olvidan del carbón y los patronos y esa madre que es un torrente aglutinador. Ellos señalan y yo sigo sus índices distraído, de una silla a otra, cabezas sin pelo o rizadas, pies descalzos, comentarios al oído, los inquietos que deforman la línea siete de butacas y pegan sus respaldos a los pobres silenciosos de la línea ocho, demasiado pánfilos para fastidiar a los de la nueve. Vuelvo a la película, santa señora, se le muere un hijo y se le exilia un par, vuelvo hasta que me topo con esos dos, aparentemente una pareja más, pero qué va, noto algo, una especie de vibración que me hace detenerme y observar algo más de la cuenta hasta saber qué ocurre a continuación. Y ocurre que sus besos son nuevos, sin ese pesado aire de rutina, y sus caricias incandescentes, desde arriba veo las marcas que se dejan. Me gusta cómo se mueven esos dos, cómo se hablan, cómo se miran. Aprovecho que mis colegas se enredan en una discusión sobre el vestuario promedio de los asistentes y redoblo mi interés por la escena. Me suena ese tío, tal vez lo haya visto antes, uno de esos lunáticos portadores de sueños, raza casi extinguida, todo sea dicho. Me suena también ella, o será que simplemente me parece preciosa, a nosotros también nos gustan las humanas. Ford quema sus últimos carretes y él saca una carta del bolsillo y se la entrega. Ella la guarda unos minutos, pero acaba rescatándola y abriéndola. Cuando empieza a leerla, ya no hay cine sino jazz, y los míos sestean, qué gandules son. Sostiene la carta como si cada frase centellease un instante antes de pasar a sus ojos, donde todas las palabras desaparecen. Luego se gira y le mira, una mirada larga e intensa que incluso logra estremecer a un simple espectador como yo. Y entonces veo lo que nadie más en ese momento percibe: veo dos corazones que se abren en canal y emiten mensajes indescifrables para el lenguaje humano de las letras. Son mensajes mucho más profundos, mensajes intraducibles y encriptados, mensajes que rápidamente quedan encapsulados en una especie de memoria compartida con forma de nuez. Veo, de cabo a rabo, uno de esos brotes tan difíciles de encontrar por primario, sincero y desnudo. Mis colegas roncan y me desconcentran, pero estoy emocionado, lo reconozco, y le suelto un codazo al primero, que instintivamente se lo propina al segundo, que a su vez ataca al tercero, y les digo chitón y les indico el lugar, justo ahí, donde el pino, y todos parpadean y se recobran y espían en silencio y al final asienten y agitan las manos y sonríen y me dicen que hay que celebrarlo porque en el fondo nos afecta, nos importa y nos obliga a prometer, aunque ellos nunca lo sepan, que cuidaremos su historia como se cuida cualquiera de las orquídeas salvajes de la vida.

La mujer sospechosa

Fede Durán | 11 de agosto de 2010 a las 21:04

Sí, verá, quisiera poner una denuncia. Se trata de una mujer asiática, cincuenta años, delgada y pequeña. Juraría que es japonesa, pero son sólo suposiciones, agente. ¿Mis motivos? Mis motivos están claros: es altamente sospechosa. ¿Cómo que de qué? Para empezar, vive en un edificio estrechísimo, como aquellos que se construían en Amsterdam. No, no, ella vive en TODO el edificio. Es suyo, ¿entiende? Y siempre sale a la calle a la misma hora, diez en punto de la noche, y con una bolsa de basura del mismo color, azul cielo, y el mismo tamaño, cincuenta litros. Mi teoría número uno es que se trata de una puta, o prostituta si es escrupuloso, que descuartiza a sus clientes antes, después o durante el acto. Las bolsas son ataúdes de plástico repletos de miembros. No, agente, yo no me dedico a comprobar esas cosas. Ni husmeo ni tampoco me hace demasiada gracia abrir una bolsa de basura y toparme con una cabeza sonriente sin ojos. Mi teoría número dos es que esa mujer sólo come insectos. Cucarachas, moscas, hormigas y mosquitos, la fauna autóctona de cualquier hogar. ¿Por qué, pregunta? Porque ya le he dicho que sólo sale de casa a las diez en punto de la noche, con una bolsa azul cielo de cincuenta litros. Vivo justo enfrente, no me subestime, por dios. Mi ventana me permite controlar su fachada al completo, desde la primera hasta la última grieta. Ahora que lo pienso, y ahí va mi anexo a la teoría número dos, quizás estemos ante un caso de canibalismo. Puede imaginárselo: aprovecha las partes más jugosas y se deshace de cartílagos, vísceras y criadillas, por utilizar el lenguaje al uso. Menudo matadero deber tener montado ahí abajo, en el sótano. Dios. Pero lo más inquietante, lo que sin duda me atribula más, agente, es la teoría número tres: la presunta japonesa practica diversas formas de brujería. Sólo tiene que mirarla a los ojos si alguna vez le cae la desgracia de encontrarse cara a cara con ella. Observará un brillo extraño, prácticamente negro, que le aguijonea el cogote y le vacía el espíritu. ¿Qué tiene que ver el calor de agosto en todo esto? ¿Piensa usted que no sé distinguir un calentón de un fenómeno paranormal? Además, yo siempre visto bermudas y calzo chanclas. Como policía, creo que le interesará especialmente la teoría número cuatro, intrascendente sólo en apariencia, significativa para cualquier mente preclara o bien adiestrada. Construya un retrato robot de la sospechosa: mujer soltera de cincuenta años, mujer solitaria, mujer bruja, mujer muda, mujer anclada pues a un edificio del que jamás sale si no es para tirar la basura, o lo que quiera que contengan esas bolsas diabólicas. ¿No se le enciende ninguna bombilla? La teoría de los villanos en la sombra, por dios santo. Sin darnos cuenta, contemplamos la vida discreta de la gran cabeza de hidra, agente. Ella es el núcleo de la mafia china. ¿Japonesa? Eran sólo suposiciones, no se me ponga quisquilloso. Tienen que hacer una redada. ¡Pues convenzan al juez! No querrá que encima le haga yo el trabajo. Ande, lea novela negra, le vendrá muy bien, que el suyo es un oficio creativo, agente. No cuelgue, no cuelgue. Quiero facilitar en la medida de lo posible y hasta donde mis esfuerzos lleguen el cauce de la investigación. Me queda la teoría número cuatro, no se me impaciente, joder, o leche, si en casa no le dejaban decir palabrotas: la sospechosa huele siempre, en cualquier circunstancia, llueva o nieve, a salsa de soja. ¿Qué en Sevilla nunca nieva? ¿Y qué tiene eso que ver? Procure ser más poético, hombre gris. Se me ocurre pensar, y es sólo otro apunte que dejo caer, que la mafia recurre a la soja para disolver algún tipo de droga. Claro que es posible. ¿No recuerda la peli ésa de los muñecos que en realidad eran pura coca? Benicio del Toro, ¿no? ¿Entonces qué, me permite o no me permite denunciar? ¿Qué? ¿Qué? Olvídese. Yo no pienso dar mi nombre, agente. Sólo soy un respetable ciudadano y leal vecino sin ningunas ganas de meterse en la vida de los demás. Por dios.

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La isla de Fellini

Fede Durán | 10 de agosto de 2010 a las 21:42

P1000156_2La cola del pantalán y un barco viejo que mecen las olas. Caben bicicletas y perros, viejos y surferos, hippies y complejas almas esculpidas por la sofisticación. Al fondo está la isla, que nos espera con una mueca fea de viento y lluvia, no sabéis lo que os espera. Cielo gris, gaviotas ceñudas que nos cagarían encima si encontrasen el ángulo propiciatorio. Descubrimos un nicho libre justo a estribor. Enfrente, una señora muy mayor con los ojos tan tristes que parecen haber enviudado antes que ella. Su marido le ha cedido el balcón al mar y ella asoma la cabeza por si alguna gota se convirtiera en chispa y le devolviera con el impacto unos años de vida y fuerza. Luci y Bom fotografían y yo me despido de ellas en silencio, dejando que el fin de semana escriba un mensaje suficientemente sincero y emotivo durante sus largas horas de monólogo. Llegamos a la isla y otro pantalán más roído nos tiende la lengua y nos entrega a la tierra. Son las fiestas del pueblo, hay una carpa, alguien grita como si quisiera cantar. Atravesamos las calles de arena de playa cargados hasta las trancas con un campamento base muy huérfano todavía. Huele a sardina porque nadie cierra las puertas de sus casitas sin licencia. Dentro, a oscuras, las piezas sueltas de las familias recomponen un tablero de ensaladas y fritanga y cerveza y cubiertos con mangos de plástico. El camino se ensancha y empalma con una pasarela de madera bien barnizada y mejor flanqueada por papeleras de metro y medio que conduce al rincón prometido. Pienso en la puta nevera cargada de botellines cada vez que mis brazos rotan en la carga, pero el Atlántico irrumpe al fin como la bestia descomunal que es, tocado en esta ocasión por un faro a la derecha y una inmensidad nebulosa al otro lado. Alguien agita los dados y esparce aleatoriamente las tiendas de campaña. Muchos dormirán envueltos en la toalla, enamorados o solitarios, concentrados todos en sus pleitos invisibles, en sus charlas con el océano. Nos plantamos en un claro, bebemos, nadamos. Después buscamos un escondrijo para los trastos y regresamos al pueblo, donde de repente comprendo la postal: Fellini ha rodado esta película y ha elegido con esmero el reparto, compuesto por pescadores sin dientes y amas de casa asimétricas que se enzarzan en conversaciones repletas de saludos, bromas y bufidos sin dejar de observar al visitante con un brillo tolerante en los ojos. Me gusta la escena que se filma en esa mesa de la izquierda, donde un señor diminuto agarra por el cuello a su obeso amigo en una caricia de corte varonil, porque, claro, los hombres oficiales no se acarician de ninguna otra forma. Los niños son testigos mudos, pero están ahí, en primera línea, integrados como sacos en una trinchera de Normandía, zarandeados a veces, collejeados otras, en un escalón inmediatamente superior al de las mascotas, tan improbables como sus dueños, tan peregrinas, tan absortas en una nada más completa que muchos todos del continente. Cenamos en una mesa apartada de un restaurante apartado. Cenamos y llueve y deslizamos confidencias entre sorbos de cerveza y emprendemos la vuelta sin luz al escondite, donde nada se ha movido aunque el paisaje sí que hable, y mucho, de la eternidad de aquello que no cambia. Luci y Bom se meten en las sombras primero y en el saco después, apuran sus cervezas y hablan hasta apagarse. La noche nos parte en tres y cerramos los ojos y dejamos que el levante nos cuchichee mensajes cifrados de sueños envenenados. Mi cabeza se enreda con leopardos marinos y adiestradores frustrados. Y sueño que llueve justo cuando empieza a llover. Meto la cabeza en la sombrilla, que ya es un paraguas de pleno derecho, y la junto a las de Luci y Bom hasta que el hueco de nuestras nucas forma un triángulo, y entonces recuerdo el nombre de aquel grupo bizarro, y apoyo los brazos en la arena y me rindo al cansancio y a la ficción asilvestrada mientras en paralelo, por otro canal neuronal, empaqueto este momento para introducirlo en la cámara acorazada de la memoria, sección momentos estelares de la (pequeña, miope) humanidad.

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Un metro de distancia

Fede Durán | 5 de agosto de 2010 a las 18:54

P1000068Samoqueira es una playa que se equivocó de país. Tendría que estar en Birmania o Tailandia, tal vez en Filipinas, pero jamás aquí. El viento, el agua y la sal han cuarteado la piel de las rocas, que brotan arbitrariamente en el mar o la arena para restarle monotonía al mapa. La travesura innata de las mareas propicia la aparición de lagos esmeralda, garbosos vistos desde arriba, al borde de la muralla que forman los acantilados. Apenas hay gente y aquí estamos nosotros, con el Atlántico de frente, helado y pasota. Saco un par de cervezas de la nevera y la observo, tendida y levitando sobre la toalla, antes de tenderle una. No hay palabras, no hay voces, sólo hablan los elementos, sólo susurran esos rayos que el sol remite directamente a los párpados. Mi cabeza frena un instante. Ha dejado de trabajar, se toma una pausa que bajo ningún concepto quiero interrumpir. Dejo que gire trescientos sesenta grados y le añado otros cinco para que esté así un año. Yo también levito, y un cosquilleo alquila las mejores habitaciones de mis manos. La perfección, comprendo, ha decidido hacernos una visita muy fugaz, así que la dejo estar, como dejaría estar a un unicornio que se acerca de madrugada a darle unos mordiscos al jardín de atrás. Amortiguado al principio y más chillón después, me rompe en cien la sirena del móvil. Dudo. Dudo una milésima de segundo antes de doblar la espalda y agarrar el cacharro. Es un mensaje del jefe. Ok, dice, y eso es todo. O killed. Nadie muere, todos ganan. Me mandan un año a La India. Y Samoqueira ya no es Samoqueira sino un limbo donde los estímulos han enmudecido. No puedo evitar girarme hacia ella con un nudo en la garganta que mezcla tristeza y alegría. Es un nudo agridulce, ambiguo, hermafrodita. Un nudo que me impide abrir la boca. Y entonces suena su móvil, y se enfada, y lo atrapa a regañadientes, malencarada, y se produce una charla breve, monosilábica, y cuelga al fin y se gira hacia mí con una cara alegre donde detecto, o imagino detectar, un remoto rastro de amargura que también frena su primera frase. Luego mueve sus labios y lo dice: Me mandan un año a Suecia. El metro de distancia que nos separa se congela un minuto antes de estallar en mil pedazos, y esos pedazos son pura metralla que nos arranca jirones de carne al alzar el vuelo loco de los kamikazes. Sangramos invisiblemente, pero nos abrazamos igual, y el tacto cura las heridas, o anestesia el dolor, y poco a poco derrite esa masa de miedo que nos corta la lengua y nos asfixia. Aunque sé lo que quiero contarle, decido ser un cobarde. Mientras dura el abrazo, ensayo un discurso abortado que me recuerda aquel tremendo poema de Benedetti. No quieras con desgana, no te salves ahora, etc. Se separa de mí y le mete nuevamente a mi cuerpo ese metro de distancia. Alguien aprieta el botón y la brisa se reactiva y el Atlántico trota un poco y las rocas intercambian sus sillas para despistar. Me pregunta cuánto tarda un avión de Estocolmo a Nueva Delhi. Me invita a pensar lo que dura un año. Afirma que hay un núcleo inmune a los flujos y las modas del corazón. Opina que Sócrates, efectivamente, no sabía nada. Avanza medio metro, retrocede, sonríe, bascula. Se interesa por mi relación con el Atlántico. No, no tengo nada contra él. Vamos, pues. Y me coge de la mano y me lleva a la orilla. Yo camino con mi discurso abortado, como borracho, centrado en Benedetti, usurpándole una declaración bastante mejor que la mía, y el Atlántico, créanme que lo tolero, me lame los pies y me obliga a dar un respingo, y las olas redoblan su cháchara y aprovecho que ella apenas me escucha para decirle que ni me salvo ni la quiero con desgana ni mato el júbilo ni me pienso sin sangre ni me juzgo sin tiempo. Dejo que se aleje y la mujer se transforma en una figura diminuta que se parece a la isla del señor Moro, y sus costas están plagadas de puertos y pantalanes donde podría atracar, por qué no, una barcaza india cargada de especias.

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Dieciocho whiskeys

Fede Durán | 3 de agosto de 2010 a las 21:02

¿Dieciocho whiskeys, Dylan Thomas? Voy a por su marca. Sí, voy a por ella. Apártate, tío. Ya estoy aquí. El White Horse. Su templo etílico y también la primera palada de su tumba. Dieciocho de una tacada. Menudo poeta. Era el mejor, ¿no creen? Ah, se me olvidaba. Yo soy poeta, como él. Improviso estrofas, como él. Insulto y despedazo, como él. Y me emborracho hasta encontrar mi límite, o el de mi hígado, como él una vez más. Putos mezquinos/envueltos en humo/duendes sin alma/acabaréis en un agujero oscuro. Es sólo el calentamiento, ¿de acuerdo? Trataré de afinar tras la primera tanda de whiskeys. Wild Turkey, por favor. Sí, a la vieja usanza. Uno doble, camarero, pero doble de verdad, no intentes engañarme, tío. Qué de chusma. Detesto a los turistas, manchan el espíritu del lugar. ¿Qué opinaría Dylan de este circo? Seguro que ese retrato gigante suyo maldice de cuando en cuando. Hay un complot contra el Wild Turkey. No es sólo mi opinión, gilipollas, pregúntale a otros borrachos profesionales. ¿Las grandes marcas? A la mierda con ellas. Ninguna sería capaz de reproducir este sabor aunque sus consejeros delegados dieran cuenta de dos docenas de botellas por barba. Está bien, está bien, cambiemos de tema. ¿Qué qué pienso del amor? El amor es sólo para los sumisos. Para todos los demás, para los rebeldes y los marcianos, para los inquietos y los pesimistas, es un pozo sin fondo. Un hoyo muy, muy negro. Otra copa, camarero. Sí, sí, lo mismo, por dios, ¿me crees tan idiota como para cambiar de bebida en plena ascensión? Ahí va otro. Pero cierra la boca antes. He apretado la magnum contra mi sien cada mañana/pero mi dedo temblaba/he imaginado cuántas pesadillas borraría/pero la vida aún es mi doble heroína. ¿Mejor? Ya me quema la garganta, amigo. Nótalo tú también. Camarero, sírvele a mi compadre. Uno doble, sí, los simples son para las bailarinas y los notarios. Recuerdo cuando conocí a Kerouac. Venía de la mano de ese otro tío, el de las túnicas y la barba, Ginsberg. Me pareció que no apreciaban lo suficiente a Dylan, ¿sabes? Unos iconoclastas. A mí también me tentó la herejía. Uno es joven y comete errores que luego es mejor no reproducir por pura eficiencia energética. No asientas como un jodido orangután y di algo. Tienes que acostumbrarte a opinar. Dos más, camarero, y una de esas bandejitas de cacahuetes. Los frutos secos dan una energía increíble, amigo. Hay que cuidarse. Aquí estamos, en el White Horse, y Dylan nos mira desde su retrato. La voz era su principal arma de seducción, pero seguro que ignorabas ésa y muchas otras circunstancias. El tío declamaba y se convertía en un panal de miel al que se acercaban indistintamente mujeres y hombres. ¿Tom Jones, el tigre de Gales? Y una mierda. El tigre es ese flaco de ahí. ¿No le oyes rugir? Ruge el tigre y cada rugido es un verso/que penetra en las conciencias del pueblo/ruge Dylan y pestañeo/pensando que lo demás es un juego. Groarrrrrr. ¿Dónde está mi sirena? ¿Alguien la ha visto? Sí, yo también me enamoré. Pobre imbécil. Más, camarero, más. Me enamoré y me mudé a Nueva York y le rompí el corazón. Es lo que hacen los poetas, ¿no? Romper corazones en las pausas en que no se distraen recomponiendo los suyos. Después me acordé de ella. Le propuse que viniera. Le dije: casémonos, nena. Y ella ni siquiera contestó mis cartas. Paradojas, amigo. Probablemente se haya enjaulado con un funcionario del servicio de aduanas y reciba productos ingleses por navidad. Tendrá hijos terribles, amigo, hijos gordos y consumistas de esos que inundan la casa de llantos y gritos. Y yo sigo aquí, al pie del cañón, cabalgando el White Horse, intentando parecerme a Dylan, recitándole al mejor whiskey del mundo. Un momento. ¿Cuántos llevo, camarero? ¿Cuántos? Pues ten claro que no moveré el culo de aquí hasta llegar a diecinueve. Y no me mires como si fuera un lunático. ¿Acaso lo era Chin Gigante aunque muchos lo creyeran? Observa a ese tipo, amigo. Está tan asustado que sería incapaz de descolgar siquiera el teléfono para llamar a la policía. Parece un chimp… ¿Amigo? ¿Amigo?

Septiembre

Fede Durán | 29 de julio de 2010 a las 21:19

Emerjo del metro con una maleta para un mes. Bedford street, Brooklyn, Nueva York. En el avión ya he fabricado septiembre: si yo soy Woody, Mariel me esperará junto al puente. Llevo un papel arrugado en el bolsillo con varios números garabateados. Son la contraseña de mi bienestar. En cien metros escucho veinte idiomas. El ruido es música en la manzana más grande del Atlántico. Toco un timbre ennegrecido por la roña digital y una voz distorsionada me da la bienvenida. Gran santo, enorme seña. Como no hay ascensor, le pego un par de puñetazos a mi maleta, que redistribuye su peso a regañadientes, con un gemido sordo, y subo unas escaleras crujientes. Dos, tres, cuatro puertas le tapan la boca a dos, tres, cuatro apartamentos hinchados de gritos, radios, televisores, aspiradoras, pisadas cortas de niño y aceite de freidora. Planta tercera, puerta segunda, he llegado. Intento mantener una conversación matona con mi sudor, que aprende rápido y, faltón como un neoyorkino, me contesta que no tiene ninguna intención de disolver su sociedad con el calor. Antes de llamar, pienso en Jiminie Coltello, mi compañera de piso, una mujer a la que nunca he visto y a la que imagino de mil maneras distintas, todas benévolas en el peor de los casos. Puede vestir la piel de la hija rebelde de un gánster y seducirme bajo la amenaza latente de la pólvora. O ser una fotógrafa de guerra que se empapa de bohemia hasta su próxima caravana de sangre. Puede desfilar en la pasarela púrpura de París o estudiar económicas en Columbia. Tal vez sea una ninfómana, o una neurasténica, o una adicta a los fármacos. La puerta me silba. Eh, tú, ¿qué coño quieres?, así que llamo y escucho un choque de platos recolocados y a Jiminie que se acerca con una liviandad que elimina tajantemente el espectro de la obesidad y me atiborra de fantasía. La puerta se echa a un lado como un chulo cuando al fin te ve sacar la billetera y en el umbral se clava una figura breve, apenas metro y cuarenta centímetros, que me observa radiante. Confundido, arrastro la maleta al interior y le planto un beso en la mejilla tras dudar si tenderle la mano. Jiminie me hace pasar al saloncito, que además es comedor, cocina y casi dormitorio para invitados, y me dice que me siente y me prepara un café sin que se lo pida. La radiografío sin ningún pudor mientras ella me da la espalda aunque a veces lance un sondeo de reojo. No hay transición entre su tronco y sus caderas, que decaen en los tobillos como acumulándose en nudosas constelaciones. Sus brazos son cortos, su cuello grueso y su rostro ambiguo y grotesco, monopolizado por una nariz imposible que minimiza la asimetría de sus ojos y el contraste entre una barbilla redonda y puntiaguda y una descomunal papada. Lleva dos anillos en la mano derecha, ambos dorados, y me habla en un inglés de Brooklyn boicoteado por su voz de ardilla. Me hundo en el sofá abrumado por la fábula amasada durante meses. Jiminie Coltello es la negación de una expectativa. La soledad de Nueva York es la más concurrida del mundo, pero me siento radicalmente solo de repente. Jiminie trae una bandejita de plástico con dos tazas que humean y me la tiende con diligencia. Luego calcula bien la separación que nos merecemos y se sienta al otro extremo del sofá. Nos tanteamos con curiosidad, como animales, y crece en mí un sentimiento de ternura que intuitivamente atribuyo a sus propias radiaciones. Progresivamente, me avergüenzo de todas las falsas Jiminies almacenadas en mi vitrina del deseo. Le doy un sorbo al café y me sorprende no encontrarlo demasiado aguado. A los diez minutos comprendo que ella me cuidará a cambio de nada, el tiempo que sea, con esa sonrisa radiante empotrada en su extraña cara. Me levanto y abro la maleta sin ningún motivo y rebusco entre los pocos paquetes que traigo y desenvuelvo una botella de tinto y le digo que es un regalo y ella abre tanto los ojos que parece dispuesta a expulsarlos y rompe la distancia de seguridad y me abraza y revienta mis últimas reservas sin buscar nada a cambio.

Miedo, cloro y fuego

Fede Durán | 28 de julio de 2010 a las 19:02

Un salón en penumbra. Olor a tabaco. Varios libros esparcidos sobre una mesa baja. Una canción que viene y va, estando sin estar. En el techo, flotante, una extraña tristeza que nos mira con ojos líquidos. Aparto la vista de la suya y le hablo a la nada. Palabras apagadas, palabras frías con un poso de amargura. Me ausculto mientras me explico y apenas percibo algo más que una habitación vacía tapizada de polvo. Ése soy yo, concluyo sin asustarme. No entiendo su mirada. Nunca la he entendido. Lío un cigarrillo y noto cómo me tiemblan las manos. La canción ha vuelto un instante y me inyecta optimismo en vena. Amanecerá y la habitación estará iluminada. Echo la vista atrás. Qué larga es la estampa de mis pisadas, qué lejos quedan esos primeros pares de pies, cuánta fuerza se perdió por el camino. Estoy cansado. Cansado sin sueño. No me he dado cuenta, pero ella ya se ha ido. No volveremos a vernos porque cuando nos veamos seremos transparentes. Tampoco importa. Y esa desgana me cansa aún más. Y entonces amanece y la luz baña el salón, que lanza al aire gargajos de tabaco, y me desperezo con un dolor sin forma que, con exquisita frialdad de mensajero, me explica que pasarán los días y nadie rellenará el cráter que mis pies calientes tantean a pocos centímetros de un sofá rojo cargado de magulladuras. La película que sigue no tiene escenas ni banda sonora, no hay actrices ni actores ni voces engoladas o escenarios. Dicen que la ceguera no es negra sino blanca, y blanco es ese carrete. Una noche, inopinadamente, vuelvo a estar en el salón sombrío, frente a ella, y el cráter desaparece y el cigarrillo vuelve a mis dedos sin temblar y la canción continúa sonando, y está estando, qué diferencia, y entiendo su mirada porque la llenan, ahora sí, palabras valientes que se aparean hasta formar frases hermosas y aceradas que se relevan para levantar un discurso. Ella termina y yo la espero porque quiero que hablemos a la vez. De nuestros labios brotan las mismas palabras. Primero, una tanda fatídica. Montaña rusa. Desazón. Miedo. Desconcierto. Después, un soplido reparador. El cloro, la playa, el fuego y las autopistas del tacto. Le pido que cierre los ojos. Le pido que tengamos un sueño común, que unifiquemos nuestro subconsciente. Acepta y aparecemos en una duna y detrás alguien canta un blues y delante rugen las olas y arriba se retan las estrellas y debajo nuestros pies se hunden en la arena. Pedimos dos cafés, estamos en Copenhage y alguien pincha un disco de José González que mata por amor. Coronamos la cima de un volcán a menos tres grados y vemos a lo lejos un lago sitiado por picos grises. Bebemos sake frío en Yanaka mientras la gente nos sonríe al pasar y una tumba protege nuestra lona azul. Aterrizamos en la cama envueltos en ese sueño dual que ninguno ha desbaratado todavía y el reloj gira sobre sí mismo para seguir como estaba y suena un bip y veo y miro y mi brazo le rodea la cintura y me extraña la proximidad, tan inhabilitada comúnmente en mi lenguaje físico. Abrimos los ojos. Miedo. Cloro. Montaña rusa. Fuego. Quiero decir algo, pero ella se lleva un dedo a la boca y pide silencio. Me dice ven. La canción es una serpiente que juega con nuestros cuellos. Me acerco y ya no sé si estoy despierto. Quiero preguntárselo, pero no me deja. Me dice bésame. Doy otro paso, y otro, y ya estoy allí. Cierro otra vez los ojos y absorbo su olor sin besarla aún. Su olor. Su olor es un paisaje. Bésame, escucho embriagado, pero finalmente desobedezco y congelo el instante con el mando a distancia porque albergo mis sospechas, porque no sé si estoy realmente allí o esto es sólo un papel que alguien pisará cuando lo encuentre, arrastrado por el viento, en una esquina meada del gueto.

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