Archivos para el tag ‘Relatos’

Brigada de Desatascadores de Lisboa

Fede Durán | 26 de julio de 2010 a las 19:27

Sí señor, como lo oye. Ya se lo he dicho. Me llamo Joao Borba, sí. De la brigada de Desatascadores de Lisboa, exacto. Se lo repetiré las veces que haga falta, pero el contenido de mi explicación no va a cambiar por su insistencia. Y me parece que la realidad tampoco. La centralita recibió una llamada de la señora Catarina a primera hora. Nos explicó que su váter no tragaba. Lo que en la brigada consideramos una situación rutinaria, señor. Yo estaba tomando un café en el Barrio Alto con mi amigo Pedro. Pura casualidad, ya sabe, uno está de servicio entre casa y casa y hace una pequeña pausa para saludar a un hermano. La mujer y los hijos bien, pero tiene reuma y ha perdido el cincuenta por ciento del oído izquierdo. Aún le da para el fado, algo es algo. Decía que andaba por ahí, apurando un café con mi primo Paulo, cuando va y me suena el busca y apunto la dirección de la señora Catarina y me despido apresuradamente y ya pienso en la misión cuando justo me choco con Gilberto, pobrecito, mi cuñado tuerto. Menudencias, señor. El caso es que aparecí en el domicilio de la citada señora minutos después del mediodía. Sigo aquí, afirmativo, señor. Y la señora se encuentra bien, aunque eleva la voz un poco más de lo recomendable. Claro que recordar es importante, señor. Claaaaaro. Cuantas veces quiera: me puse los guantes, coloqué mis herramientas sobre una toalla para no estropear el suelo y le pedí a la señora Catarina que se apartase un poco. Es muy voluminosa, la señora Catarina, pero omita este detalle en su informe, se lo ruego. ¿Quién se anda por las ramas? No, señor. Me puse los guantes, flexioné los dedos y levanté la tapa para tener una visión panorámica y cenital de la taza, según el procedimiento reglamentario. No quisiera sonar vulgar, señor, pero esperaba encontrarme un inmenso mojón. La gente mayor caga a lo bestia, sin control de ninguna clase. Pues bien, allí no había mojón alguno, lo que había y sigue habiendo es una mano, señor, una mano con un reloj y un anillo y una manga y lo que parece ser un brazo que se pierde en las profundidades de la tubería. Por supuesto que he tirado de ella. Un desatascador debe estar preparado para todo. Pero no sale, señor, no hay manera de que salga. La señora Catarina opina que ahí dentro hay un hombre entero. Pues claro que está muerto. No soy forense, señor, pero su reloj está en hora, así que seguro que estaba vivito y coleando no mucho tiempo atrás. ¡Y yo qué sé cómo ha llegado al váter de la señora! Igual se estaba duchando y se escurrió por el desagüe. O estaba en la playa y lo succionó el túnel de una de esas depuradoras. Igual traspasó una puerta dimensional y a la vuelta se equivocó de pomo. ¿Cómo que qué pienso hacer? Pues traspasarle el asunto a la autoridad competente, señor, que es usted mismo. ¿Y cómo quiere que recupere el cuerpo? No, no, no. Eso tendrá que negociarlo con la señora Catarina. Yo no voy a martillear ninguna loseta. Es un material caro, ¿sabe? Y la gente mayor, aparte de cagar muchísimo, tiene el corazón sensible. ¿Qué cuál será mi versión oficial? Obstrucción de mano y antebrazo con anillo, reloj y manga. Imposibilidad de desatascar conforme al procedimiento reglamentario. Remisión del asunto a la autoridad competente. ¿Qué espere hasta que llegue el inspector Cordeiro? Verá, señor, doña Catarina está perfectamente. Muy entretenida. No para de inventar teorías de lo más disparatado. Perdone que baje la voz; aquí las paredes son de papel. Y además, yo tengo varios asuntos familiares pendientes. Eso es, señor, de vital importancia. Un sobrino huérfano, el típico drama. No se moleste, tendré el busca apagado. Un problema de batería, señor. Dosificar o morir. Vaya historia, ¿no le parece? Si fuera más cachondo le habría pedido la hora. Qué va, la señora no le tiene ningún miedo. Yo creo que sencillamente le molesta que una mano haya atascado su váter. No me extrañaría que intentase arrancarla de cuajo. ¿Vigilarla? Eso es inviable, señor. Asuntos de vital importancia. Más vale que su inspector apriete el paso. Nunca se sabe con esta gente mayor. ¿Qué? No le oigo, señor. La señal. ¿Señor? Que se va. Se va. Se fue.

Etiquetas:

El reflejo negro

Fede Durán | 26 de julio de 2010 a las 15:13

No. Esta noche el frío y el viento tampoco van a avisarme cuando desplieguen su lengua inmensa sobre el campamento. Salgo de la ducha y me seco como puedo y rebusco en la tienda de campaña y vuelvo a salir a esa noche a medias del verano islandés. Alzo la vista y contemplo ese cielo ambiguo y ese entorno abigarrado donde los glaciares, las montañas peladas, la tierra de volcán y los ríos bravos conviven sin partirse la cara. He rescatado mi kit de fumador ocasional, busco un banco de madera y me pongo a liar un cigarrillo con los dedos atontados por los caprichosos saltos de la temperatura. El aire te entra tan desnudo que cada inhalación parece curarte. A unos metros, los otros preparan el infiernillo para el menú habitual: salchichas, pasta y puré. Una botella de pacharán refulge un instante y vuelve a apagarse. Trago un poco de humo y siento el pecado del desprecio al aire desnudo que parece curarte. Insisto en buscarle una explicación al cielo, pero no me salen los colores. Cierro los ojos unos segundos y vuelvo a abrirlos. Sigo aquí, no es un sueño. Justo cuando creo aproximarme a algo parecido a la paz interior, un reflejo negro me sacude las entrañas. Es un viejo conocido, ese reflejo. Aparece poco en mi vida, hiberna furiosamente, pero a veces se manifiesta, y cuando lo hace, siento el pinchazo del miedo. Ha venido a verme, el reflejo negro, y me cuenta que mi abuelo ha muerto en Cádiz, a muchos kilómetros de distancia, y yo soy tan estúpido que cierro otra vez los ojos y me centro en las caladas y sus pausas, en el olvido que genera ese ritual y que podría permitirme, si el reflejo negro no fuese tan implacable, considerar su presencia una simple fantasía preñada de melancolía y autodestrucción. Pasan dos semanas y estoy en el aeropuerto, recién llegado a casa, y mi madre respeta la tradición del encuentro inmediato tras las vacaciones y me espera en la terminal y se mezcla con otras madres que también esperan con la misma sonrisa incondicional. La beso y lanzo el suspiro del aventurero urbano en su áspero reencuentro con la madriguera de todos los días. Llamamos al ascensor y esperamos sin mirarnos. Dentro, en la claustrofobia de la caja metálica, levanto la cara y la veo y lo comprendo todo, porque su cara siempre es un mapa exhaustivo. Elevándonos, hablándonos sin hablar, me desdoblo. Estoy en Sevilla y en Islandia, fuego y hielo, suciedad y pureza, ciudad y desierto. Suena el ring del ascensor y mis dobles se unifican y me toco la barriga porque sé que ahí dentro, incubando su próxima mala noticia, dormita el reflejo negro. El abuelo ha muerto y no le he dicho adiós. Una culpa muy perra toquetea mis debilidades. Quizás el reflejo negro no sea tan despiadado, al fin y al cabo. Quizás sólo actúe como un transmisor asociado a la sobriedad. Quizás me haya permitido tenderle un hilo final a Cádiz en el momento adecuado, cuando de ninguna otra forma podría haberlo logrado. Me subo al coche, donde espera el resto de la familia. Nadie habla, todos esperan mi reacción. Decido hacerme fuerte y dilatarla hasta llegar a casa. A la pena uno se adapta mejor solo. Porque a la pena hay que decirle lo que uno piensa.

Etiquetas:

Caramelos

Fede Durán | 20 de julio de 2010 a las 21:16

Ahí está el hall de la estación, con sus paneles de llegadas y salidas, el puesto de flores, los señores con sombrero y gabardina, los pillos y los limpiabotas, los niños con globos y caramelos y esas mujeres solitarias que siempre tienen cara de esperar a alguien especialmente decisivo. Yo podría ser, y de hecho soy, aunque con matices, una de ellas. Mi marido viene en tren desde Barcelona. Trae los papeles del divorcio, inexorables desde que me atreva a firmarlos, quizás allí mismo, apoyada en la pared para no derrumbarme, aunque él insistirá en que desayunemos juntos y hablemos con voces de velatorio, viéndonos pasar, cavando la zanja casi sin darnos cuenta, mientras el café se enfría. He imaginado esta escena cien veces. He endurecido mi corazón con toda clase de trucos, al menos para que hoy no estalle en mil pedazos. Frente al espejo, me he mirado a los ojos dos mil segundos hasta saber quién hay detrás, dentro de mí, y he rogado a ese espíritu cuya llave son mis pupilas que me acompañe, que no me traicione, que mastique la escena y la guarde después en un refugio nuclear cuya puerta nadie nunca pueda volver a abrir. Trae los papeles de mi vida pasada y futura y un ciclón de sentimientos y augurios me revuelve el alma y me deja sin aire en los pulmones. Sin mover los labios ni derramar una sola lágrima, río y lloro y siento cómo la esperanza y el miedo golpean mi pecho, pero al final sólo me fijo en los sedimentos, en los rescoldos que quedan cuando el fuego se apaga, y me siento tranquila. Es una tranquilidad fría como la nieve, azul como un cielo soleado de invierno, áspera pero saludable. Un muchacho desenrolla los periódicos que vende y me da tiempo a intuir un titular que me aferra a este mundo. Espero. Espero que los minutos trepen en el panel de las llegadas y suene el pitido de la locomotora y baile un penacho de humo. Se abrirán las puertas y muchas Marilyn caminarán como si fueran dulce de membrillo y los hombres las mirarán y yo los miraré a ellos, a ver si encuentro en alguno, fugazmente, el rastro de esperanza que me permita mantener el equilibrio. Mi marido se acerca, kilómetro a kilómetro, con el certificado de defunción de una apuesta lejana. Inesperadamente, esa certeza, la de su proximidad física, me colma y me calma. Ninguna tempestad ruge bajo mis pies; sólo noto el piso plano de una llanura rastrillada y sin polvo. Me han bañado con granito. Y descanso, al fin descanso mi ingravidez. De repente, una voz desconocida me llama por mi nombre, sin señora ni apellidos ni formalismos de ninguna clase. Doy media vuelta y un señor de mediana estatura me sonríe con los dientes ocultos tras un espeso bigote de canas. Inmita, repite, y yo no muevo ni una pestaña y por si acaso aprieto el bolso y doy un paso atrás. Inmita, dice por tercera vez, y entonces echo un vistazo a mi alrededor en busca de un policía, el bolso casi empotrado en mi estómago, incapaz de moverme un milímetro más. ¿No me recuerdas?, pregunta antes de tenderme una mano lisa como el mármol que finalmente acepto sin desprenderme del todo de esas capas de alerta y desconfianza. Soy don Julián, me cuenta. El hombre que te regalaba caramelos cada mañana cuando tu mamá te llevaba al cole. Don Julián recuerda la cara de una niña de cinco años que ahora tiene cuarenta y espera a su marido para decirle adiós. Un pasado más antiguo interrumpe mi más reciente pasado y dos vías se mezclan y confunden mi infancia y mi madurez y el dolor del fracaso tiñe las huellas de mi inocencia fósil. Don Julián se queda petrificado. ¿Qué te pasa? Y va y me acaricia el hombro con una cara de preocupación muy, muy grande. Y yo rompo a llorar como una niña de cinco años y entiendo que ya no tiene remedio, que estoy desnuda en mitad del hall de la estación, que tendré que improvisar sin maquillaje. Don Julián me mira pensativo, me ofrece un pañuelo, rebusca en los bolsillos de su abrigo y saca un caramelo arrugado con una expresión tan absoluta de victoria que no me queda otra que sonreír y hacerlo con la misma convicción con que hace un instante lloraba.

Etiquetas:

Muerte en el puente de Brooklyn

Fede Durán | 19 de julio de 2010 a las 20:53

Acabamos de doblar Water Street a la izquierda para entrar de lleno en el puente de Brooklyn. El atasco es de tres pares de pelotas. Suena la emisora del hospital y Walter nos comenta, menuda puta casualidad, que hay una emergencia justo en mitad del puente. Dominic, ese francés hijo de perra, enciende las sirenas, y ambos nos ponemos los cinturones y nos repeinamos como si fuéramos en un jodido descapotable. Agosto, Nueva York, hace un calor endemoniado. ¿Qué esperaban? Aunque el climatizador funciona a todo trapo, bajo mi ventanilla para oler el mar y sentir más de cerca el cuerpo de nuestra misión. Aprendes a relativizar, con el tiempo. Un matrimonio se muere a varios cientos de metros, pero nosotros no podemos hacer demasiado. El atasco es monumental. Cinco carriles por sentido y todos hasta la jodida patilla. Está muy bien que las sirenas se desgañiten, así destrozan el tímpano a los capullos que no se aíslan adecuadamente ni comprenden el alcance formal de nuestra profesión; lo que no consiguen las muy putas es generar espacio, ensanchar nuestro hilito de asfalto. Unos tíos se están muriendo allí en medio y nadie, ni siquiera nosotros, puede esquivar el embudo. Se lo digo a Dominic, que cabecea una canción de mierda con sus cascos de mierda, actitud radicalmente ilegal, por otra parte. Se lo digo: ni siquiera el condenado presidente podría modificar el estado de la cuestión. Sí, me gusta soltar este tipo de frases. Es bueno que mis interlocutores sean conscientes de que leo el New York Times, joder, ni que vivir en una ambulancia implicara lo contrario. Añado: ostia, Dominic, está bien que te protejas contra el dolor ajeno, pero estás escuchando puto rap de las Antillas y dos blancos se desangran entretanto con las piernas amputadas y los dientes clavados al salpicadero de un Cadillac. Una enorme mierda de gaviota interrumpe nuestra conversación, o mi monólogo, y Dominic reacciona ágilmente activando el limpiaparabrisas. Se quita los cascos de mala gana y me dedica una mueca ofendida. Joder, negro, no te pongas así, ya sabes cómo es el negocio y cuánto nos cuesta desconectar. Tiene razón. Nos cuesta un mundo desconectar. Las sirenas chillan y nuestras inversiones en indiferencia se van quedando en nada conforme la silueta de la impotencia crece. Conocemos al dedillo nuestra misión, y ni siquiera la repetición del fracaso, la estrechez de este maldito puente o el olor del Atlántico mezclado con monóxido de carbono nos consuelan una mierda. Nos encorva un fardo de amargura. Y lo digo no sólo porque lea a Auster o porque de pequeño mi abuela me regalase varios libros de Morrison y Mosley y ahora aprecie cierta pausa lírica entre tanto taco, sino porque es la verdad pura y dura. Avanzamos muy despacio y los cláxones se anulan unos a otros y los aullidos desgarradores de esos dos blancos taladran nuestros oídos poco a poco, cada vez con más nitidez. Procuro pensar en Coney Island y en mis chicos, en unas Bud bien frías y en el cielo naranja del anochecer en la playa. Tarareo mis canciones preferidas, sin cascos, más aseadamente que el jodido de Dominic, y endurezco la mirada y aprieto el mentón para contener esa puñetera amenaza de llanto que, no sé por qué, aún a veces amaga con destrozarme en plena faena. Miro el reloj y han pasado tres horas. ¡Tres horas! Al fin llegamos. Un montón de gente atrapada entre carrocerías que reverberan. Sus pieles huelen a quemado. Es el sol. O el olor del pellejo de ese matrimonio que ya no se mueve tras el cristal. Bajo yo primero, luego se acerca Dominic, que se tapa la nariz con un pañuelo cuando los ve ahí dentro, tiesos, momificados. Nos ponemos las caretas de hombres duros y apartamos a los demás a empujones. Dominic da media vuelta y busca la camilla, cubierta de sábanas blancas, qué color tan puto para un muerto. Yo abro la puerta del conductor y desabrocho el cinturón de seguridad del varón de raza blanca, cincuenta y seis años, metro setenta, ochenta y tres kilos que apunta al techo con la boca abierta y los ojos cerrados. Compruebo su pulso. No creo en los milagros, es sólo que tampoco sé qué otra cosa hacer. Un manojo de sirenas se escucha a lo lejos, en las extremidades del puente. Si quieren, tardarán tres horas en llegar. Y nosotros otras tres en huir con una carga tan pesada como mil vigas de plomo.

Etiquetas:

Tuyos son mis ojos

Fede Durán | 17 de julio de 2010 a las 14:37

Acaban de arrancarme los ojos y me han llevado del brazo a la zona de exposiciones. He escuchado cómo crujía una caja y un señor me ha dicho que ya está, que elija tranquilamente mi par favorito, que él estará mientras por ahí, dando una vuelta, atento a mis órdenes. A tientas, toqueteo distintos pares de ojos y una voz sin un origen definido me explica sus características. Ojos azules, marrones, café, verdes; ojos rojos y amarillos. La voz me molesta ligeramente porque añade pequeñas frases prefabricadas a cada movimiento mío. Buena elección, caballero. Esos ojos realzan el color de su piel. O le dan a su mirada un aire ausente muy seductor. Escojo para empezar unos ojos amarillos (color miel, caballero) y se me acerca una azafata diligente y silenciosa que me los coloca en apenas unos segundos. Parpadeo un par de veces y el vacío negro da paso a una habitación blanca con un sofá en medio y una mujer tumbada que me observa sonriente mientras un cigarro se le consume sin prisa ni pausa entre los dedos. Me fijo en sus dientes y en sus cejas. Hace calor. Y huele a gazpacho. Inmediatamente paso a una propuesta bicolor donde conviven el caoba y el verde. Estoy en un depósito de cadáveres. Coloco etiquetas en los pies de los muertos y pienso en la hora del almuerzo y en costillas de cerdo y salsa barbacoa. Olvido el verde y el caoba y me inclino por el celeste y de repente camino junto a un glaciar y el viento me corta la cara y unos turistas agitan las manos desde la cima de una montaña que suma tantos colores que parece pintada. Paso al negro y entonces me derrumbo en una chabola con tejado de chapa y sostengo tembloroso una jeringuilla que quizás, con el pulso suficiente, me eleve al cénit del chute. Con el iris rojo empuño un cuchillo de carnicero y lo alzo amenazante y un hombre muy ridículo con cara de comadreja y cuello de avestruz implora sujetando con fuerza mis tobillos y yo lo aparto de una patada y busco con la punta de mis botas sus dientes y oigo el chasquido de una mandíbula rota y descargo todo el peso de mi brazo en su cráneo con un placer que me asusta. Un barco en el Mediterráneo, velas plegadas y noche de luna mora, es el par violeta. Ella me mira como si fuera a blindar una promesa, pero ambos sabemos que todo es mentira. Naranja en mis órbitas y me dirijo a miles de personas desde un estrado vigilado por guardaespaldas con pinganillos y gafas de sol kilométricas y exhibo los trucos de la dicción y la telegenia y calumnio y engaño y propongo un saco de cosas en las que jamás he creído, pero la gente aplaude y corea y el pecho se me inflama y comprendo que siempre tendré razón. El rosa es un adolescente que quiere ser mujer mientras palpa el tamaño de su miembro y llora tan desconsoladamente que con cada lágrima se le va un pedazo de alma. Me quito el último par y lo dejo caer al suelo. La azafata se agacha apresuradamente y emite una especie de bufido censurado, el suelo, polvo y pisadas. Silbo y resurge el señor que me trajo del brazo hasta la zona de exposiciones. Le pido que me devuelva mis ojos. Unos instantes de silencio y una orden en voz baja y unos pasos que se alejan y que vuelven al cabo con un estuchito donde flotan mis ojos, que no son ni marrones ni azules ni rosas sino mucho más indefinibles porque tengo cataratas, miopía y astigmatismo y el color original quedó sepultado por todas esas deformaciones. La azafata me los coloca en apenas unos segundos y regreso a mi habitual celosía. Trago aire y ensayo mentalmente unas palabras y me lanzo y doy las gracias por el tiempo invertido y la atención prestada y añado que mis ojos son terriblemente imprecisos pero también entrañablemente familiares y que el rosa, el negro, el marrón verdoso y el amarillo son enormes opciones para cualquier persona atrevida e inquieta pero que yo soy como soy, un tipo plano y ramplón sin la ambición necesaria. Digo adiós y me marcho y a mi espalda florece un murmullo y otros clientes abren cajas repletas de ojos y parpadean satisfechos y sacan sus tarjetas de crédito.

Etiquetas:

Diario del Pelusa

Fede Durán | 15 de julio de 2010 a las 9:20

13 de mayo. Finalmente, he descubierto el secreto. La pelusa que se mueve con demasiada frecuencia bajo mi caballete es en realidad un ratón. Por una vez, he sido rápido y menos miope de la cuenta y lo he visto, a dos patas, frotándose las manitas y mirándome fijamente. 17 de mayo. La pelusa es el Pelusa. Y no me da asco. Detecto cierta sintonía entre nosotros. Dejo que corretee bajo mi caballete y entre mis piernas y mientras quemo mis apuntes de Biología y de paso también mi vista. 18 de mayo. He decidido mantener abierta la puerta de mi cuarto para que el Pelusa sienta que tiene espacio suficiente para ir a su aire. Quién sabe, quizás le puede la claustrofobia. Y a mí me gusta ser amable. 25 de mayo. Su residencia oficial está en las entrañas de mi armario, un agujerito insignificante que me impide ver más allá. Igual el Pelusa tiene cocina, despensa y dormitorio. Igual el agujerito apenas penetra cinco centímetros en lo desconocido. 26 de mayo. Me preocupa su espalda. ¿Está preparado para colarse por esas rendijas sin peajes de futuro? Como medida de refuerzo, mantendré abiertas también las puertas del armario. Me gusta ser solidario. 1 de junio. Hemos preparado una comida familiar y han venido tíos, primos y abuelos. He guardado un poco de queso para el Pelusa. Y lo he echado en falta. Quizás haya asomado el hocico desde su agujerito. Pero le asustan las multitudes. Cuando todos se han marchado, he entrado en mi cuarto y he cerrado la puerta. He colocado el queso junto al agujerito. Al rato, me ha entrado sueño. El queso seguía ahí cuando apagué la luz. 3 de junio. Llegan los exámenes finales. Quemo apuntes y parpadeo y me rasco las pelotas de los nervios. Hoy no he visto al Pelusa. Y la verdad es que me decepciona esa especie de deslealtad. 5 de junio. Dos exámenes menos. He vuelto a casa tarde y muy cansado. Creo que aprobaré. Me he echado en la cama para leer un par de cómics. Me pareció que algo se movía en el suelo justo antes de que el sueño me matara. 6 de junio. Acabo de levantarme y ya se ha ido el sol. Pongo un casete mal grabado de Soundgarden y estiro el cuello para que crujan los engranajes y echen a andar. Me siento ante el caballete y aparto los apuntes y comprendo que ese claro que queda en mitad de la madera simboliza todas mis aspiraciones. 7 de junio. Me parece imperdonable lo del Pelusa. ¿Se habrá emparejado? ¿Preferirá otro agujero? 8 de junio. He cenado solo en casa. Duna, nuestra perra, se ha mostrado extrañamente distante, o tal vez ensimismada, y me he acercado a acariciarla y he notado que masticaba algo, y en casa le hemos enseñado que no se mastica cualquier cosa, y la he obligado a escupir lo que quiera que tuviera entre dientes, y ha caído al suelo una especie de guiñapo, una masita de carne y huesos que ha resultado ser el Pelusa. 8 de junio. Pienso en esa boca torcida y en esos ojitos cerrados y lívidos, en la sangre y en el cuerpo deshilachado. Se me han saltado las lágrimas. Me gusta sentir. 9 de junio. Le he preparado una ceremonia de despedida. Dormirá para siempre en una lata de berberechos tamaño extragrande. Le he amarrado una flor con hilo de pescar y he grabado su nombre en la lata con una navaja multiusos. Voy a enterrarlo en el jardín, entre arbustos, para que sus genes los absorba la tierra y con ella los gusanos y las polillas y toda la secuencia evolutiva que ustedes quieran plantear. 10 de junio. He visitado su tumba con una radio a pilas. He buscado una emisora de música clásica. Ha sonado algo muy triste y me ha parecido muy apropiado. 11 de junio. El caballete vomita apuntes. O los numero o me pierdo. Me cuesta concentrarme. A veces noto algo abajo, entre mis pies, y echo un vistazo rápido confiando en que el Pelusa haga de las suyas. Pero abajo no hay nada, ni siquiera pelusa de verdad. 12 de junio. Le he dicho a papá que tape el agujerito. Me molestaría que otro ratón lo ocupe y yo me encariñe y una noche cene solo en casa y aparezca Duna y se muestre distante, o más exactamente ensimismada, y note cómo mastica y la fuerce a escupir un cuerpito gris y tenga que buscar otra lata de berberechos extragrande y otro hueco en el jardín y otra canción en las ondas. 18 de junio. He terminado los exámenes y me he comprado un billete de bus a la playa.

Etiquetas:

Cumpleaños feliz

Fede Durán | 14 de julio de 2010 a las 10:11

Estoy en mitad de la calle con un ramo de flores. Cuarenta y cuatro grados, el sudor que florece, el portal pequeñito con grietas en las paredes. Me he duchado, afeitado, peinado y perfumado. Radicalmente estilizado, luzco mis mejores blasones. Nadie puede verme, la calle está desierta. Escucho cómo las moscas se disputan una porción de aire caliente. La basura se superpone a mi colonia, codazo a codazo, bocado a bocado, y se me instala en la nariz muy decidida a quedarse. Cuarenta y cinco grados y la espalda mojada. En la esquina se descompone una mierda de perro. Creo que las flores no sobrevivirán, algunas se doblan por la tortura. Voy a canturrearlo una vez más: cumpleaños feliz, cumpleaños feliz. Sigo desafinando. Y no tiene remedio. Uno no aprende a cantar. La voz se tiene, no se obtiene. Venga, prueba de nuevo, ahora más bajito: cumpleaños feliz, cumpleaños feliz. Caen al suelo un par de pétalos. Tendría que haber comprado margaritas en vez de rosas. Me queman los pies, me chorrean las manos. El portalito me mira curioso. Supongo que no me entiende. No sé si voy a llamar. Me siento ridículo aquí en medio, cargado de flores, tieso como un tótem, enjuiciado por la nada. Primero efe. Lo recordé por la efe de fracaso. Suena a madera podrida y a hierro oxidado, fracaso. Suena a canción mal entonada. Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz. Un comando de gotas de élite se desplaza espalda abajo, camino de la rabadilla. Me retumban las sienes. Las moscas no se cansan. Lo pasan bien, las moscas con sus pleitos. No sé qué me pasa. Es como un gas que te aprieta. No me suelto, no empalmo dos pasos. Un entrenador de la estima me diría que llame al telefonillo y suba las escaleras y entregue las flores y cante lo convenido y luego espere a ver qué pasa. Pero yo no sé cantar ni tomé clases ni aprendí cómo dejar de sudar o cómo sujetar las flores sin que pierdan sus pétalos. Levanto la vista, primero efe, y me veo reflejado en una ventana abierta. Qué gordo estás. Y qué arrugado. Y qué horribles son tus zapatos y qué poco se entienden tu camisa y tus pantalones y ese cinturón sin fuelle. Cuarenta y seis grados y doy un paso atrás. Todo sería más fácil en la playa, o en un puente colgante que separa dos pulmones de selva, o estando flaco y depurado, o contratando a una banda de mariachis. Sí, sería más fácil, pero no más estoy yo y estas flores deprimidas y esta calle polvorienta donde las moscas danzan y las mierdas se evaporan. Y está ella, arriba, ajena a mi tribular, con una ventana abierta que me dice que soy feo y sudo y me muero por saber cantar apenas un cumpleaños feliz, cumpleaños feliz que la alegre o al menos la conturbe, porque la inquietud es mejor que la indiferencia. Cuarenta y siete grados y tengo sed y me pica el cuello y proyecto una escena con mariachis y comprendo lo chingones que son y lo poco que me gustan, yo detrás, en segundo plano, y ellos lanzándole guiños alegremente, como si el protocolo fuera una colilla que se pisa y se mata sin derecho a esa chispita final. Me queman las manos, me chorrean los pies. ¿Cómo era esa canción que me animaba cuando me sentía ruinoso y alelado? En verdad no importa. Tampoco la sabría cantar, ni con la garganta ni con la memoria. Miren, pensándolo bien, yo me voy a marchar. Ya le dejo el ramo acá, en una esquinita, acostado como un bebé, para que se lo recoja la telepatía. Yo vendré otro día, ahorita se me fue la onda, y pasaré por la esquina y comprobaré que ya no están las flores y sabré que alguien las recogió y las puso en un jarrón con agua y las vio todas las mañanas durante un tiempo, hasta que murieron y se apagó el cumpleaños feliz que entono mientras me alejo, envalentonado por la derrota y la distancia, seguro de que cada paso me aleja del daño y me hace menos feo, menos gordo, menos calvo y menos torpe de lo que me siento. No me compadezcan. Llegaré al apartamento y enchufaré el ventilador. Abriré una chela y como que se me aclarará todo y entonces me acercaré a la ventana del living y se lo gritaré al barrio, a ver si me empuja, el barrio, y le lleva el mensaje a ella. Cumpleaños feliz. Cumpleaños feliz.

Etiquetas:

Manías desde el catre

Fede Durán | 13 de julio de 2010 a las 14:26

Honestamente, no me considero un maniático. Es sólo que necesito unas pautas orientativas. Ahora, por ejemplo, me revuelvo en la cama porque no sé qué hacer con mi brazo izquierdo. Si duermo bocabajo, procuro acercarlo a la almohada, pero entonces me duele el codo. Si trazo una línea paralela al tronco, también me molesta el hombro. No soy maniático, pero necesito saber cómo colocar mis brazos cuando duermo. Ahora, por ejemplo, me revuelvo en la cama pensando en la final del Mundial. Sueño que la hemos ganado aunque no me quede claro, en este velo nebuloso de la subconsciencia, si la hemos jugado siquiera. Pienso en Piqué y en Iniesta, canto un gol de Villa, me imagino al Santo sacando una mano de oro y fuego. No soy maniático, pero prefiero colocar mi nueva cámara de fotos en la mesa del comedor, despiezada e inerte, hasta saberme capaz de leer las instrucciones. Pienso en primeros planos y retratos en blanco y negro. Pienso en ella bien encuadrada, guasona y con la nariz pequeña porque su nariz jamás será grande, menuda ocurrencia, vaya mal gusto. A veces, incluso, pienso que pienso. Y procuro pensar una historia suficientemente buena, una que toque la tecla y me abra las puertas del sistema. Pero no me considero un maniático, así que a veces dejo de pensar en ello y tan solo me dedico a improvisar y a calcular cómo sonarían mis palabras si fueran notas musicales y alguien tuviera a tiro una trompeta. No me considero un maniático, pero aquí sigo, revolviéndome, ligeramente peleado con las sábanas, y atento, muy atento al zumbido del aire acondicionado, que no sé si me envenena o me resfría o me abate o tan sólo me distrae. Aquí sigo, en la cama, primera fila, sección espectáculos transversales, antología de lo híbrido. Pienso en un patio zen y en un ryokan en Nagano y en la percusión oriental de un jardín nevado donde dos mujeres se rebanan la cabellera. Pienso en un indio con ojos de mapache que me llama estúpido hombre blanco antes de escupir hierbajos en mi herida. Pienso en una esquina oscura de Harlem y unos zapatos de charol. Como no soy en absoluto maniático, me olvido por unos instantes de mi codo doliente y proyecto en el techo (recuerden que sigo en la cama) un mapa tridimensional de Portugal. Sagres, Carrapateira, Zambujeira. Como para nada soy maniático, bebo agua de un biberón de ciclista, camino descalzo, compruebo la temperatura ambiente y apago la luz con la izquierda (soy diestro salvo cuando se me olvida). Vaya. Me duele el brazo. Por debajo de la almohada no sirve. Quizás si trazo una uve. O lo enrollo bajo el pecho. A todo esto, ¿por qué siempre me molesta el mismo brazo? ¿Qué pasa con el derecho? Por razones puramente democráticas, considero imprescindible que ambos brazos intercambien equitativamente sus roles en la balanza del placer y el sufrimiento. Si no llegan a un acuerdo, tendré que hablar con ellos. Sí, sí, sigo en la cama. Miro el despertador y aún quedan dos horas. Se lo agradezco a quien corresponda: al tiempo, al dios de la pereza. Pienso en un montón de banderas y en un pulpo y en un galgo negro que se acerca y me mira sin mirarme, tímido y dócil, un atleta tranquilo sin ganas de revivir problemas. Pienso en una pasarela flotante, y en un monasterio capturado por una chica de ojos rasgados, y en la textura de aquel salmorejo, y en un Wallander alcohólico y putero que tiene que reaccionar, joder, reacciona, amigo, te necesitamos. Pliego en cuatro tiempos las servilletas, evito las calles estrechas, hablo en catalán cuando tengo prisa y en italiano cuando me enfado, lanzo conjuros, canto baladas, plancho camisas, robo cerillas, colecciono tallos de coliflor, me muerdo las uñas, vuelo como si buceara, me rasco los ojos, me lavo las manos, camino rápido, calculo despacio, informo e invento, doblo los brazos, extiendo las piernas, beso sin ver, abrazo sin respirar, pero, honestamente, no me considero un maniático.

Etiquetas: ,

Dos musas y un galán

Fede Durán | 7 de julio de 2010 a las 14:40

Hola. Soy Jack Lemmon. Muchos de ustedes habrán oído hablar de mí. Incluso puede que me hayan visto en el cine o la tele. Sí, exacto, ese tipo que hacía el ganso bastante a menudo y bastante bien. Ya saben que me he retirado, claro. También que he muerto. Escribo desde un lugar indeterminado, pero no me pregunten más, porque hay secretos que uno debe descubrir solo. Yo quería hablarles de dos mujeres a las que recuerdo insistentemente. Entiéndanme, aquí, en este lugar indeterminado y amorfo, es muy fácil aburrirse. Seguro que adivinan cuál es la primera. Muy bien. Shirley. Disfruté mucho a su lado. Creo que llegué a enamorarme. En la pantalla, me lo hizo pasar mal. Le prestaba mi apartamento para que se acostara con otro. Qué contradicción. Tantas mujeres en el rascacielos de aquella maldita empresa y justo me fijo en la que se beneficia el jefe. Cuando era puta en París las cosas se suavizaron. Digamos que ella cuidaba de mí. O eso creía, porque en realidad era yo quien cuidaba de ella. Da lo mismo. Me gustaba ese desequilibrio tan equilibrado. Disculpen si sueno presuntuoso, pero estoy convencido de que ignoran cuál es la segunda dama. Les dejo unos segundos de cábalas. Nada, ¿verdad? Venga, lo soplo en confianza: Monica Vitti. Hagan memoria. Perfecto. Ahí está, en Roma. O en un yate. O en un desierto rojo. Es preciosa, ¿verdad? Tiene cara de felino y voz de sirena. Es mejor amarrarse al mástil para contemplarla sin sufrir. Nunca pude trabajar con ella. Aún me tiro de los pelos al pensarlo. No es que Billy haya dejado de parecerme divino, pero me gustaba ese tío, Michelangelo. Europa, cine de autor, ya saben. Podría haber saltado el charco, podría haber comido pizza y descorchado un buen vino en alguna terraza estrecha del Trastevere. La habría mirado tanto que probablemente hubiera desgastado sus ojos negros. No te enfades, Shirley. Tú eres especial. Siempre serás esa princesa frágil, esa muñeca lista, ese emblema de los amantes heterodoxos. Prepárense, que llega una confesión. También pienso en un hombre. Como lo oyen. Buceen en la videoteca. Yo me llamaba Jerry. Y después Daphne. Tocaba el contrabajo. Me travestí para borrarme del mapa una temporada. Ya conocen la historia. Se me cayó un zapato y apareció él. Osgood Fieldieng III. Ridículo y descarado. Bajito y muy feo. Millonario. Bufón. Galán de medio pelo. Sí, le concedí algunas citas, pero también saben por qué. Todo por Tony, todo por Marilyn. Admiré tanto su tenacidad que me acabé encariñando. Luego pasó lo que pasó. Aquél paseo en lancha y mi ristra de verdades y esa peluca que no sirvió para nada y su mente abierta y su boca de buzón siempre ondulante. ¿Imaginan lo que ocurrió después? No sean perversos. Redirijan sus pensamientos hacia un epílogo mucho más convencional. Soy varón y me gustan las mujeres. Adoro a Shirley e idolatro a Monica. Pero en este limbo secreto las horas no existen, y uno debe modelarse para seguir teniendo forma, o para que al menos la tenga la mente, y en éstas repasas lo que hiciste y lo que fuiste, y echas tanto de menos cada toma, cada chasquido de la claqueta, cada cerveza con Walter, cada beso, cada perro y cada par de zapatos que cualquier escena, ficticia o real, soñada o vivida, filmada o ensayada cobra una importancia crucial. Y, cuando uno piensa mucho, la cabeza acaba imitando al caleidoscopio, o a una noria de Long Island, y Osgood Fieldieng III se te incrusta entre neuronas y asoma esa jeta de simio y yo vuelvo a ser Daphne y estoy rodeado de mujeres en un tren nocturno camino de la costa, litera superior, y me hacen cosquillas y temo que descubran mi cuerpo velludo y agarro el freno de emergencia y los vagones retumban y se comprimen y comprendo qué divertido era todo aquello, y cuánto importa sentirse vivo, y qué listo fue Billy al dejar abierto el The End, para que cada uno lo remache como le dé la gana y nos rememore, a Osgood y a mí, en una escena que nunca jamás caducará.

Wang al cubo

Fede Durán | 6 de julio de 2010 a las 21:22

Les puedo contar la versión A o la versión B. La versión A diría, detalle arriba o abajo, que soy una periodista danesa que vive en Londres desde hace seis meses y comparte piso con un mexicano y un chino. La versión A añadiría que pago 400 libras mensuales, que mi apartamento está en Candem Town y que mis compañeros se llaman José David y Wang. La versión A incluiría un predecible informe de rutinas: saludos por las mañanas, desayunos compartidos antes del trabajo, televisión y sofá, alguna fiesta de borrachos hacinados e interminables turnos de ducha. La versión B me disgusta algo más, porque Wang no es Wang. Y lo afirmo por triplicado. Wang no es Wang, ni mucho menos Wang. O, por simplificarlo, Wang es tres hombres a la vez. No me tomen por lunática. José David comparte mis sospechas. Él es latino, yo soy blanca, pero nuestros ojos funcionan básicamente igual. Hemos debatido, José David y yo. ¿Se trata en realidad de racismo? Es decir, ¿piensan los tres Wang, o el Wang al cubo, que no nos damos cuenta? Todos los chinos son iguales. Es una frase tan estúpida como prejuiciosa. Soy una chica nórdica, recuerden. Leo a Mankell. Seré una madre joven, me divorciaré cuatro veces (disculpen si eludo el número tres) y reuniré a todos mis hijos y ex maridos junto a un pino sintético en Navidad sin que a nadie se le ocurra pensar que la idea es desafortunada o directamente macabra. Verán, en la versión B, Wang mide uno setenta los lunes y los miércoles, uno setenta y cinco los martes y los jueves, y uno ochenta y tres los fines de semana. Ocasionalmente, Wang cambia de talla varias veces al día. Por ejemplo, cuando se amontonan sus necesidades fisiológicas. O cuando montamos una party. Wang es un beodo, y en eso se parece bastante a sí mismo. A menudo, sufre terribles cambios de humor. Su mandarín oscila entre la balada de crooner asiático y una especie de llanto disléxico. Wang puede oler bien o mal indistintamente, eructar a traición o sonreír como una monjita, devorar un tabloide o consumir discos de Mozart y Bach. Se preguntarán si, conforme a la versión B, José David y yo hemos tratado el asunto con Wang. O al menos con el Wang original, que por cuestiones organizativas y de proceso es quien primero nos mostró su rostro, no quien primero usó el horno o el váter. Pues bien, sí hemos hablado con Wang. Lo hemos tenido de frente, le hemos explicado la situación con exquisita sutileza y sólo hemos obtenido a cambio una enigmática sonrisa. Añadiré que también hemos hablado con Wang. Y con Wang. Y jamás la reacción ha sido diferente. Una sonrisa. Es lo que hay. Barajábamos alternativas, José David y yo. La principal era planificar un allanamiento de habitación. Porque, mientras un Wang ocupa los espacios comunes, los otros dos deben pasar el rato allí, en ocho metros cuadrados, apurando quizás los turnos de cama, planchando las segundas y terceras unidades de camisas y pantalones idénticos, entrenando la memoria para que el discurso que uno nos suelta tenga continuidad en la garganta asimétrica del siguiente. La invasión, no obstante, suena dura. Insisto: soy nórdica y leo a Mankell. Nuestros son Kierkegaard y Andersen. Cultivamos la mente, instalamos saunas en nuestros sótanos, comemos salmón ahumado y contemplamos la aurora boreal. Finalmente, me he opuesto. Y Wang sigue multiplicándose por tres, y nosotros alargamos la mentira a sabiendas de que lo es y de que él, o ellos, también lo saben. Ninguno vivirá en ese apartamento dentro de unos años. Lo convertirán en una residencia de ancianos. Una regresa a veces a sus recuerdos, y siente la tentación de hablar de ellos, pero sabe que nadie la creerá cuando rescate esta historia, y entonces recuperará la versión A, mucho más convencional y aseada, y la tarareará como ese viejo estribillo aprendido en el coche de papá y mamá camino de Helsinborg, un estribillo con el que jamás pudieron identificarse los hijos, aunque, caprichosamente, irrumpa mañana, por sorpresa, y te arranque una risa y te haga pensar que todos, incluidos los tres Wang, José David y yo, estamos rematadamente locos.

Etiquetas: ,