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Alerta máxima (PSOE)

Fede Durán | 27 de mayo de 2014 a las 11:11

YA se escucha el aleteo de los buitres junto al cadáver de Rubalcaba. El duelo ante los muertos-vivos difiere del de los muertos-muertos. Suárez se fue agasajado por amigos y rivales, unidos al fin en su agradecimiento al verdadero hombre de Estado; Rubalcaba lo hace perforado por las críticas internas y humillado por los pésimos resultados del PSOE, partido que dibuja una pendiente sospechosamente similar, a gran escala, a la que desangra sin remedio al PSC en Cataluña.

Rajoy necesitó que se marchase Zapatero para derrotar al socialismo. Rubalcaba era una apuesta extraña, arriesgada: evocaba a la vieja guardia, encerrando algunas de las peores esencias del felipismo, marcado siempre por el halo rasputiniano del buen tejedor subterráneo sin tirón en el escenario principal. Pero quiso resistir, primero, tras la derrota en las generales de 2011; y después, pese a los malos resultados de José Antonio Griñán en Andalucía (47 escaños frente a los históricos 50 de Javier Arenas en 2012). Las europeas del domingo, donde el PSOE se ha dejado más de dos millones y medio de votos, han sido su guillotina. Ferraz quiere frenar la hemorragia, y recurrirá a las esencias del marketing político para salvarse.

Una de las claves será contar con alguien que transmita frescura. Rostros como los de Chacón o Madina venderán más que cualquiera que supere los 50 años. Se trata, no obstante, de pertrechar el discurso: la izquierda se atomiza a la velocidad de la luz y el votante divorciado/cabreado/escandalizado se refugia ya, como demuestra el alunizaje de Podemos, en plataformas de nuevo cuño y mensajes contra el corazón del capitalismo salvaje, la partitocracia y (con matices) la tradicional democracia representativa.

Rubalcaba ha sido un icono fidedigno del virus que corroe al bipartidismo. PSOE y PP exhiben estructuras ultrajerarquizadas, altamente intervencionistas, huérfanas de disensiones constructivas y encomendadas a figuras del monocultivo que jamás han pisado las calles no siempre fáciles del sector privado. Él dice que no sabe cuál será su futuro tras el segundo congreso extraordinario del PSOE desde la democracia, aunque en realidad sólo existen dos opciones, y ambas son sintomáticas: o sestea en las Cortes con un puesto menor o directamente embutido de raso, o reproduce el mecanismo de las puertas giratorias (tránsito de lo público a la empresa aprovechando el listín de contactos forjado en décadas de acción e influencia política).

Finalmente los socialistas se encomendarán al bálsamo de la renovación. Esta vez tienen la oportunidad de celebrar unas primarias de verdad, en libre concurrencia, sin miedo al factor sorpresa o a las consecuencias de que no decidan los aristócratas sino la militancia. Los dedazos funcionan azarosamente en España: Aznar apostó por Rajoy y condenó al PP a una larga travesía por los secarrales mesetarios, que es lo mismo que le espera a Moreno Bonilla. Griñán señaló a Susana Díaz y ahora nadie conoce su techo.

El laberinto

Fede Durán | 21 de mayo de 2013 a las 11:15

España vive atrapada entre la resistencia de Rajoy y la debilidad de Rubalcaba. Aunque el bipartidismo pasará una temporada en la reserva según las últimas encuestas, los emergentes -IU y UPyD- no aportan nada que no exista ya. Cayo Lara mama del vetusto y trasnochado PCE, y Rosa Díez no es precisamente una outsider. Una vez más, nuestra invertebrada sociedad civil se muestra incapaz de articular un movimiento transversal que absorba el descontento popular y ofrezca al votante una alternativa despojada de los vicios de la militancia y, sobre todo, de la errónea creencia de que las ideologías democráticas del siglo XX son el único jarabe contra los problemas del siglo XXI.

De no cambiar las inercias políticas, en el mejor de los casos, el Congreso se atomizará y la cultura del consenso será parcialmente rescatada, porque el consenso en España no es sinónimo de unidad de convicción o conveniencia sino de mayoría parlamentaria interpartidista. Con el brío del bisoño Madina o del curtido López, los socialistas salvarían los muebles y pactarían con IU y, quién sabe, UPyD. Crucificado por la gestión de la crisis y la subida de impuestos más fiera de la historia, el PP tal vez conserve suficiente aliento como para volver al regazo nacionalista -si el regazo nacionalista no se independiza antes-.

Pero, ahondando en la filosofía yiddish, que es la filosofía del pesimismo congénito, aún existe un escenario peor. Porque es factible que el 15-M y sus satélites de indignación sí se transmuten en una lista electoral. Y entonces comprobaríamos cómo el español es un tipo de natural inmovilista, poco dado a experimentar con camisetas de otros equipos. Italia desmontó su mala fama con la eclosión del M5S, aunque después lo estropeara al malgastar tantísimos votos en pro de la antipolítica, curioso camino hacia ninguna parte si se atiende a la indiscutible verdad de que sólo ateniéndose a las reglas del juego se transforma el juego mismo.

Creer que el pueblo tiene el poder para mejorar un país es utópico. Al menos aquí. El hispano, por continuar con la autopsia sociológica, siempre ha preferido la voz autoritaria al peso de la libertad. Contar con un líder, sea héroe, villano o santo, exime de la responsabilidad del pensamiento propio y enriquece la cultura del quejido por el error ajeno, que es lo que mejor se nos ha dado desde que somos nación. España desperdicia su enésima bala y lo hace con culpabilidades concurrentes: culpables son los políticos y sus asentamientos; los malos empresarios del pelotazo y la estafa; esa Iglesia católica que languidece en Europa a golpe de escándalos y mensajes oxidados; los ciudadanos y su arcoiris de defectos: envidia, abulia, miopía, conservadurismo e individualismo, por citar algunos de los colores habituales.

Otra España es posible, claro. Sólo habría que recuperar la frase que Machado dedicaba a los sevillanos y adaptarla a todos los españoles. E incluso así, dos o tres siglos después, lavada la sangre y fagocitados los apellidos originales, todo volvería a ser igual. Pura magia. De la negra.

Bala perdida

Fede Durán | 21 de febrero de 2013 a las 10:25

Mariano Rajoy tiene un problema: no expone, lee. Su primera intervención fue previsible, plomiza, cero audaz y catártica. Dejó la corrupción para el final cuando tendría que haber sido lo primero, ignoró -como también hizo Alfredo Pérez Rubalcaba- el debate sobre la Casa Real y tampoco citó el problemón de los desahucios. El gallego recuerda al general Paulus, que se creía brillante sólo por ejecutar -con aparente éxito al principio- las maniobras que Hitler le dictaba desde el búnker berlinés. Su VI Ejército sería el antidéficit de hoy. Nuestro presidente aplica el recetario de Bruselas y acuña el “España irá bien” porque considera que la austeridad a secas dará resultados algún día. Ya se sabe cómo acabó Stalingrado.

Decepcionó Rajoy al ser incapaz de romper el guión de lo previsible, al hablar de la realidad desde una urna de cristal, al rechazar la autocrítica y abusar del recurso a la herencia recibida. Decepcionó por la misma sospecha endémica que persigue a Rubalcaba y al PSOE: por pertenecer a un partido que sigue empeñado en el ejercicio tradicional de la política. La escenografía de los buenos y los malos debe dejar paso a un ejercicio no alineado del poder. ¿Es ello posible en un país tan endogámico, tan apegado a las siglas, los amigotes y los favores? Posiblemente no.

La situación exigía un planteamiento de refundación nacional pero derivó en lo de siempre: el narcisismo, el enfrentamiento, la belleza del discurso y de las cifras convenientemente interpretadas a favor. No hubo rastro de la generosidad que informa la acción de los grandes gobernantes, no hubo sombra de esa valentía de otros tiempos (el venceréis pero no convenceréis de Unamuno a Millán Astray, por ejemplo), no hubo -ni de lejos- altura de miras o verdaderos propósitos de enmienda.

Rubalcaba se abrió paso al revés, a machetazos, leyendo menos, mirando más. Su debut machacó al presidente con las palabras que muchos españoles querían oír. Es la habilidad esencial que desarrolla todo político para la empatía, siempre durante el periodo electoral y a veces, aunque ésta sea una tendencia a la baja, en plena rutina. El líder de la oposición sabía lo que debía decir y lo dijo (sí, se llama demagogia), aunque esté desactivado por su dilatada hemeroteca y la desastrosa gestión económica del penúltimo Gobierno, el de Zapatero, la negación de la crisis y los regalos de inspiración escandinava a la población.

Es obvio que la maquinaria del estrellato envenena. La reconstrucción del círculo vicioso requiere de asesores, intérpretes, coches oficiales, cumbres con retratos de familia, cenas cinco estrellas con comensales de idéntica categoría, pelotas profesionales, omnipresencia en los medios de comunicación y soledades monclovitas (o ferrazianas) que alejan a la víctima de la humildad y el sentido común. Pero España merecía ayer, cuando menos, una disculpa en bloque, una aceptación de que la política lleva años desmadrada, por arriba y por abajo, en las principales instituciones pero también en los organismos territoriales secundarios y en la Administración paralela. Y no sólo porque se robe más o menos, sino porque se ha priorizado casi por sistema la fidelidad al designador en innumerables puestos clave, despreciando el principio de capacidad y fomentando el gregarismo. Los jefes supremos de la nación no pueden alegar la ceguera como excusa. Ellos disponen en última instancia.

She’s got stickers on her locker, canta Jack White en su último disco. Exactamente es lo que le ocurre al dúo Ra-Ru. Sus taquillas acumulan tantas pegatinas del pasado que ubicarlos en el futuro es harto complicado. Están en cualquier caso blindados gracias a la nula tradición de la dimisión en el país, una disciplina que sería bueno importar de la tan observada Alemania, donde una tesis falseada puede acabar con la más prometedora carrera en cuestión de segundos.

El Debate del estado de la Nación fue una bala perdida, la enésima, y constató verdades ya conocidas. Que la generación de los años 50-60 tapona a la “mejor preparada de la historia”. Que España está lejísimos de la cohesión que la hace funcionar como un reloj cuasi suizo (referencia: 1992). Que Rajoy no conecta con la calle. Que Rubalcaba tiene reflejos (algo bueno le queda). Que la política seguirá viviendo en su grisáceo caparazón.

Inocencia Perdida

Fede Durán | 12 de febrero de 2013 a las 10:09

EUROPA perdió la inocencia durante la Primera Guerra Mundial, pero si la perdió es que alguna vez la tuvo. Tras el asesinato del príncipe Francisco Fernando en Sarajevo, nadie dudó de las razones del viejo emperador para embarcarse en un duelo que acabaría siendo fatal para el Imperio y para el continente. El poder, igual que los medios, decía la verdad. Existía una presunción de honestidad.

España no participó en esa guerra, pero fabricó la suya menos de veinte años después. También fue inicialmente una batalla romántica, al menos desde la perspectiva del extranjero simpatizante de la República. Un modelo de regeneración y justicia social se oponía a las viejas cacicadas latinas personificadas en Franco, Sanjurjo o Mola. Los buenos perdieron. Y el poso de la inocencia se evaporó.

La Transición fabricó una ilusión sobre la base del perdón y/o el olvido. Nuestras figuras tenían lustre: Suárez, González, incluso el Rey. Después de muchas, muchísimas estupideces intestinas, el país remontaba el vuelo y apuntaba al ingreso en la Europa próspera, la del Estado del bienestar, las infraestructuras futuristas y las empresas de vocación universal.

Todo era un espejismo. Crecimos, sí, pero sobre la base de unos pilares podridos. La política española -y la empresa a veces también- podría nutrirse de las tramas de Graham Greene salvo por un detalle: las novelas negras del británico encerraban complejos mapas existenciales. El mejor paralelismo es Edward Bunker, ex convicto y quizás por ello aficionado a una prosa cruda, polvorienta y anfetamínica donde no cabe la miel del estilo. Los personajes de Bunker no tienen escrúpulos. Golpean, disparan, persiguen cuando toca. Y ése es el problema que se traslada a la realidad política: la ausencia de una ética, o incluso de un código deontológico, aunque la deontología mezcle mal con la política porque implica que ésta es una profesión cuando debiera ser un acto de servicio al bien común limitado en el tiempo.

Los políticos españoles se han oficializado, y al hacerlo interiorizan la actividad como una suerte de propiedad exclusiva. Pocos son los fichajes y a menudo fallidos (Piqué, Pizarro, Garzón); el mejor currículum es el del espécimen criado en la cantera y dedicado en cuerpo y alma, desde el comienzo, a la causa de unas siglas cuya superioridad ideológica nadie discute. Este circuito cerrado predispone al mal camino, sublimando el sentido de la jerarquía, la endogamia, el abuso en el ejercicio del poder, el narcisismo y los complejos de superioridad indisimulados. Los medios de comunicación han agravado dócilmente el fenómeno, a pesar de que la crisis les haya empujado al cambio. El buen periodismo de investigación es la última tabla de salvación.

Rajoy y Rubalcaba surgieron del mismo molde. La depuración no vendrá con ellos, ni con los suyos de presente o proyección. Y ahí surge el auténtico agujero negro de la democracia española: ¿Qué voces guiarán la renovación de un sistema agotado?

España: renovarse o morir

Fede Durán | 15 de octubre de 2012 a las 19:25

Esta mañana viajaba en el aerobús que conecta Barcelona con la T-1 aún bajo las sombras de la madrugada y la plancha del sueño de acero. El chófer escuchaba Catalunya Ràdio. La palabra Cataluña sonó al menos veinte veces en menos de cinco minutos. De la Transición a esta parte, la identidad catalana se ha forjado desde la política (nacionalista), pero sobre todo desde los medios de comunicación.

Rajoy enfoca mal el problema. Es la silueta perfectamente definida por Dionisio Ridruejo en 1955: “El español lo espera todo de un milagro, lo que unido a su poca imaginación y a su falta de libertad interior nos da su incapacidad para la vida de convivencia”.

En el fondo, cree que Mas va de farol. Y se sabe arropado por el marco constitucional y comunitario. Su táctica: no, no, no (y perdonen si me acuerdo justo ahora de la Winehouse). Pero quizás haya llegado la hora de barajar opciones. La sangre no debería ser del siglo XXI ni de Europa o España, que ya vertieron suficiente en el XX. La simple negación tampoco: no deja de ser gasolina en la hoguera. Toca negociar, y ahí caben dos opciones. O se negocia el mapa de la independencia a lo british, civilizadamente, previa autorización de la consulta y siempre que ésta refleje un posicionamiento masivo; o se negocia un nuevo Estado.

Negociar un nuevo Estado es difícil. Requiere altura de miras, característica poco común en la política contemporánea. Y exige valentía para: A. Vertebrar un sistema de financiación donde las compensaciones interterritoriales no mermen la competitividad de las regiones más productivas (es lo que reclamaba al fin y al cabo CiU hasta cambiarse a la chaqueta, más radical, de la secesión). Ya es hora de que los más pobres (Extremadura, Andalucía, Canarias) se desprendan del jergón del victimismo (victimismo históricamente justificado en bastantes casos, cierto) y aprendan a pelear por sí solos, con generosa ambición y sujetos a una sociedad infinitamente más fiscalizadora de la gestión política. B. Tocar los párrafos de la Constitución necesarios para convertir el Senado en otra cosa; reformar el sistema electoral; jubilar la Monarquía; acabar con los fueros vascos y navarros; y garantizar un mínimo tronco común que dé sentido, aunque sea livianamente, a la siempre discutida idea de España.

La España federal, o más federal (el Estado autonómico ya ensaya esa fórmula), encierra peligros bien conocidos. El principal es la profundización en las miniestructuras de país, las duplicidades, la amenaza del mercado único, la segmentación al fin y al cabo irreversible e ineficaz. En Bélgica, flamencos y valones firmaron la sentencia del muerte del entendimiento cuando decidieron dejar de concurrir bajo las mismas siglas políticas (socialistas, conservadores) para diferenciarse por ideas pero también por idiomas.

El sábado almorcé en El Raval con un buen amigo catalán e independentista. Creo que el tono del debate fue modélico, una muestra de cómo podrían ser las cosas en esta España tan habitualmente vehemente y espumosa. Él, periodista como yo, admitía que Cataluña no necesita inexorablemente la independencia sino un marco más adaptado a sus aspiraciones. Incluso con independencia, me decía, España y Cataluña deberían caminar juntas. Una especie de asociación entre iguales. No sé si comparto el enunciado de la fórmula a lo Puerto Rico, pero me temo que no existen alternativas realistas: o Cataluña gana poder o Cataluña se marcha.

Otra cosa es que nos guste más o menos que se marche. Objetivamente no creo que existan dudas: en el corto plazo, las consecuencias serían pésimas para España, que perdería el 20% de su PIB y casi ocho millones de habitantes (importantes, por ejemplo, en la asignación de eurodiputados), y tampoco coserían y cantarían los catalanes, abocados de primeras a un aislamiento internacional y sometidos al imprevisible factor emocional de la economía en sus intercambios comerciales con sus ex compatriotas.

PP y PSOE tienen dos problemas casi irresolubles. No crearán una posición común (uno) porque sus dirigentes, sus bases y sus canteras son mediocres (dos). Rajoy transmitirá de Rubalcaba la imagen de un vendepatrias. Rubalcaba endosará a Rajoy el monigote de la parálisis. Y entretanto el problema se enquistará. Observen a Cameron y Salmond, cordialmente discrepantes pero a la vez suficientemente maduros como para pactar las condiciones de un referéndum y aceptar el consiguiente resultado sea cual sea.

Posiblemente Ortega tuviese razón. Posiblemente el caso catalán no sea solventable sino tan solo soportable. Si así fuera, convendría exhibir la misma madurez que ingleses y escoceses, compartir mesa, cerrar los términos del acuerdo y encarrilarlo lo menos lesivamente posible. Nadie quiere amar a quien no le ama. Eso se lo dejamos a los antiguos reyes.

Cuéntame otra

Fede Durán | 30 de abril de 2012 a las 18:41

Un gran defecto del periodismo español es la preeminencia que concede a sus políticos sobre cualquier otro tipo de información. Salvo que medie una guerra, atentado, suicidio masivo, secuestro morboso o superacontecimiento deportivo, los telediarios, las tertulias, los boletines radiofónicos y las portadas de la prensa abren con declaraciones, planes, ironías, intrigas o posados políticos. El contenido de la acción ejecutiva, legislativa y de partido ha de tener siempre un hueco, por su trascendencia, en la mente del ciudadano. Nadie lo discute: una bajada de las pensiones, una subida del IVA, una reforma constitucional, una privatización de Aena o un copago sanitario merecen una explicación a fondo. El problema no es el cogollo que seminalmente genera estas informaciones, sino la inercia de las frases, redundantes y huecas, que vienen después.

Cargar el peso de la actualidad en Rajoy, Rubalcaba, De Guindos, Lara, Rosell o el dúo Toxo-Méndez evidencia escasa imaginación. Débase o no a la escasez de medios, a la hiperproductividad de unas redacciones mermadas por la crisis o simplemente a la comodidad del carrusel de las ruedas de prensa, donde siempre hay petróleo de tercera calidad a mano, esta realidad es una losa más entre las muchas que hunden el oficio hasta colocarlo en profundidades de las que quizás ya nunca pueda salir. La cultura en sus infinitas manifestaciones, la crónica social, el ajetreo mundial o la economía de la pedagogía y no del dato podrían suplantar a esos rostros tan conocidos y manoseados. Al fin y al cabo, como tantas veces ha avalado la historia, la frase/promesa/intención de un político equivale a cero porque tiende a contentar a cuantos más mejor, y eso es inviable por incompatible.

En la repetición del recurso germina la ausencia de un espíritu crítico. La mente necesita estímulos. Y el periodismo está para informar de todo lo que acontece, pero especialmente de aquello que, conectado en lo posible a la vecindad del lector, le enriquece, conturba o disgusta.

¿Por qué a los desayunos de TVE acuden por defecto políticos (a veces economistas) y no físicos, escultores, arquitectos, sociólogos o astronautas? ¿Por qué se superponen cada día titulares idénticos a otros cien anteriores? ¿Por qué no colocamos a nuestros eternos protagonistas en un segundo plano que quizás, quién sabe, rebaje sus narcisismos y petulancias? Hay tantas historias contables e ignoradas…

Los deberes de Rajoy

Fede Durán | 28 de septiembre de 2011 a las 14:22

Cuando se presume la materialización de un hecho (en este caso la victoria del PP en las próximas generales), el mérito no está tanto en refrendarlo como en ajustarlo a su dimensión potencial. Si Rajoy no logra la mayoría absoluta, su victoria será una pequeña derrota, y su porvenir un camino de cabras en cuyos flancos, agazapados, esperarán los socialistas para atracarle y derrotarle tras cuatro años de curas, privatizaciones, rojigualdas y polos lacoste.

Rajoy debe pues minimizar el efecto Rubalcaba, que no es necesariamente una herramienta vencedora sino de jibarización del batacazo. Para ello, cuenta con la fidelidad del votante conservador, que dicen que jamás se mueve de su casilla, y descuenta a la suma el efecto del bloque ideológico opuesto (cada vez me creo menos este tipo de dicotomías; en el capitalismo, la gente no es de una u otra rama filosófica sino del universal equipo de la pasta). Tendrá que buscar la absoluta, pues, en el centro, que en realidad no engloba a los apátridas o a los mercenarios sino a aquellos ciudadanos felizmente nacidos sin la orejera del partido político como equivalente al equipo futbolero del alma. Dicho centro incluye, sin embargo, a las gentes del 15-M, que no quieren a Rajoy ni a Rubalcaba ni probablemente a ningún otro, aunque IU no lo vea así. Si el 15-M anula, absorbe o colapsa ese nicho de votos traduciéndolo en abstención, el PP se autoabastecerá hasta alcanzar el objetivo. Y habrá rodillo y deconstrucción, como siempre que alguien en España golea al rival.

¿Qué debe hacer Rajoy para asegurarse la mejor butaca del palco de honor en la temporada 2011-2014? Parecer menos rancio de lo que probablemente es. Renunciar a una subida de impuestos. Pelotear al votante periférico (al andaluz y al catalán, pues suyas son las circunscripciones decisivas). Prometer, como de hecho hace, fórmulas mágicas contra la crisis basadas no en la ciencia económica sino en el traspaso de poderes. No fotografiarse con Camps y sucedáneos. No fotografiarse con Aznar. Cabrear al 15-M. Montar en bicicleta. Fotografiase con niños y abuelos. Evitar a Arenas. Evitar concretar su programa. Evitar hablar como un trovador (o como un registrador de la propiedad). Evitar los carteles electorales sin photoshop.

Parece una lista complicada, pero Mariano puede con ella.

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Elecciones anticipadas

Fede Durán | 19 de julio de 2011 a las 12:57

La principal razón esgrimida por el PSOE para aferrarse a la literalidad temporal de la legislatura es el impacto negativo que un anticipo electoral tendría en la estabilidad financiera española. La prima de riesgo, arguyen los voceros de ZP, es un depredador de olfato extremadamente sensible. Y un adelanto equivale a toneladas de sangre fresca. Los socialistas, en éste como en otros asuntos, parecen no aclararse. Hasta hace bien poco, los exégetas del rubalcabismo consideraban óptimo acortar el mandato del todavía presidente por el rebufo del mercado laboral, que ofrecerá buenos datos a lo largo del verano (los ofrece desde hace tres meses) y se marchitará cuando llegue el Tourmalet de enero (las generales se supone que son en marzo).

Zapatero repite siempre que puede que su empeño reformista es su gran razón para la permanencia. Rasputín Rubalcaba le secunda ahora, aunque posiblemente cambie de opinión tres o cuatro veces más a través de sus portavoces, escindidos sin complejos de los del patrón de cartón piedra. Entretanto, Rajoy, más impaciente que nunca por obtener la victoria que su incapacidad ya le negó dos veces, promete que España será otra desde el instante en que el PP gobierne, como si tras las elecciones no fuera a dedicarse a airear el calamitoso estado de las cuentas públicas, la dimensión insuficientemente conocida del agujero zapaterístico o el bacheado terreno de juego autonómico, donde nadie será lo que fue porque España es un país sin marca ni más proyecto que La Roja.

Si ZP se va antes, quizás el efecto sea el contrario al aducido. Los mercados pueden entender el fin de ciclo como el inicio de un verdadero periodo de reformas bestias y ambiciosas. Que Rajoy gane con absoluta debería permitirle romper el mito de su pachorra porque tendrá tiempo de reducir su popularidad a cero y recuperarla antes de la siguiente legislatura (si es que se presenta). Por otra parte, Rubalcaba ha de encomendarse a su santa habilidad manipuladora, pero tampoco debe esperar milagros. Cinco o seis meses de desfase no van a darle cincuenta escaños más. La derrota del PSOE está escrita. La incógnita no es el resultado sino la dimensión de la caída.

A Z (le voy a borrar ya la P para siempre) le puede un último impulso narcisista. Está convencido de que pasará a la historia como el Gran Reformador. RP (se la añado a Rajoy hasta que se demuestre lo contrario) habla mucho y hace poco. Tendrá que habituarse más bien a lo contrario. Que vaya preparando su equipo. Y, si puede ser, que renuncie a las mediocridades y apueste por lo mejor de su plantilla (que tampoco es que sea jauja). Cuando le den el bastoncito y le ajusten la corona tendrá que olvidarse del puro y la rajada para demostrar que sirve para lo que siempre fue incapaz: tomar decisiones firmes, evitar que sus barones le mangoneen, (re)construir país sin peajes nacionalistas. Ahí te queremos ver, Mariano. Ahí mediremos lo fundado de nuestras sospechas.

El lobo y el delfín

Fede Durán | 13 de mayo de 2011 a las 9:19

RUBALCABA ha decidido no estresarse, o estresarse con sus otros frentes abiertos (y tiene unos pocos), antes que entrar al trapo sucesorio que la Chacón sí agita cada vez que puede. Carme, que es “medio de aquí” como todo buen charnego, se ha destapado como aceptable mitinera pero dudosa estratega: su ambición, cada día más indisimulada, arranca pronto y obliga a algún compañero (Griñán) a lanzarle piropos que quizás desmonten sus adhesiones sucesorias posteriores. La ministra es un producto de corte zapateril: poco contrastada, ajena al aparato, virtual factor sorpresa en un cara a cara con Alfredo viejo zorro Rubalcaba. Como mínimo, ella es sincera al instrumentalizar las municipales/autonómicas con fines ajenos a la batalla del 22-M, porque utiliza un contexto de segunda para promocionar una ambición de primera, que es mandar en el PSOE y derrotar después a Rajoy. El problema es que se desfonde, que meta la pata, que canse al personal o incluso que acabe pareciendo demasiado predispuesta a besuquear el poder. Cualquiera de esos errores son ventajas para Rubalcaba, que espera paciente como un lobo con canas.

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La última fantasía

Fede Durán | 3 de abril de 2011 a las 11:14

Recuerdo un reportaje de Cuatro en el que Jesús Calleja pateaba con Zapatero algunas de las montañas de juventud del aún presidente. Me sorprendió que masticase un kilométrico monólogo sin atención ni interacción alguna con los figurantes montunos. Entonces comprendí que ZP se lo ha creído todo este tiempo. El hombre pensaba que era un crack y que España acabaría rebasando los indicadores de bienestar de perros viejos como Alemania o Francia. Inconscientemente, me acojoné. Deseé que se fuera y dejara paso a gente más sobria o al menos no tan iluminada. Y al final se va, eso sí, en 2012, y con la incógnita de unas primarias y una sucesión que puede encumbrar (a efectos orgánicos, no de Gobierno) a Rubalcaba, otro perro viejo sin las prestaciones, claro, de Francia o Alemania.

El PSOE perderá las próximas generales. Perderá pese a la abúlica incompetencia de Rajoy. Perderá incluso si encuentra un conejo en la chistera de sus desdibujadas siglas en forma de candidato audaz, creativo y soñador. Al presidente le honra imitar a Aznar en lo del tope de las dos legislaturas. Y le revaloriza más aún despreciar la táctica del dedazo y auspiciar unas primarias. Pero, objetivamente asumida la derrota, tal vez hubiera sido mejor (re)presentarse, hacer la estatua sin paraguas bajo la lluvia de mierda y desinfectar Ferraz a posteriori para que el nuevo líder no debute con un gargajo tan horrible en el currículum.

Por resumir sus tres legislaturas en primera línea en apenas un párrafo, diría que ZP arrancó con el encanto de los bobalicones inofensivos, maduró con medidas más simbólicas que efectivas, exageró su sueño de una España primermundista con derroches y guiños sociales mal medidos, y se curtió a base de hostias durante el increíble chapapote de la crisis, primero negada, después rebajada y finalmente aceptada en toda su magnitud y con todas sus consecuencias hasta el punto de que, hoy, la seña distintiva de la política del presidente es el permanente sacrificio económico por el bien de la nación. Despreciado y marginado por la opinión pública, Zapatero, en el fondo, se ve paralelo a Suárez. Será su última fantasía política.

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