Historia de amor
Historias de amor hay infinitas. El desamor llega luego, pero eso hoy no cuenta. Si encima la trama se despliega sobre un buen escenario (reyes tiranos, palacios suntuosos, despilfarro, genocidio), el éxito de la curiosidad está asegurado. Viajemos a Rumanía. Fijemos el calendario en 1925. Por las calles de Bucarest se contonea Elena Lupescu. Esbelta y pelirroja. Ojos verdes y piel lechosa. Ocurrente, extrovertida. Un partidazo de 30 años. La cámara se detiene cuando ella pasa. Los hombres se giran y dejan de respirar. Entre ellos, uno especialmente poderoso. Viaja en coche de caballos y ordena frenar al cochero. Es el príncipe Carol, futuro Carol II, mujeriego empedernido, tal vez superior en potencia y conquistas al mismísimo Casanova. Ella está casada con un oficial del Ejército. Le importa bien poco. Él, incluso casado, quiere otro trofeo. Le importa mucho. Surge la chispa y arranca una relación que durará 28 años.
Carol es un veleta. Renuncia un par de veces a sus derechos sucesorios antes de agarrar bien fuerte el cetro. Le llueven los problemas: pasa olímpicamente de la Constitución rumana, que prohíbe el matrimonio entre la realeza y la plebe (su primera mujer procedía de las cloacas terrenales). Incordia al pueblo con su noviazgo con la Lupescu, que es judía pese a las conversiones de su padre el famacéutico (de hebreo a ortodoxo) y de su madre la ama de casa (de hebrea a católica). La amante es una tipa dura de roer, curtida en el contexto más desfavorable. Como dice Robert Kaplan, no había entonces peor lugar de nacimiento para un judío que Moldavia, a la sazón parte del reino. Lo que nadie sabía es cómo se lo acabaría montando la pequeña Elena.
Ambos se divorcian para despejar el camino. No se casarán hasta mucho después (1947), aunque lo harán a lo grande, en Rio de janeiro, en plan precursores de las bodas tipo Elvis de Las Vegas. Vamos a la chicha. A Carol II, cuyo reinado se alargará una década (1930-1940), le crecen los enanos. En concreto, uno bigotudo y chillón llamado Adolf y apellidado Hitler. El superdictador (lo de super es para diferenciarlo de Carol, que se autoproclamará lo mismo pero en chiquito en 1938) se encapricha de un tal Codreanu, un rival peligroso responsable de fundar la Legión del Arcángel Miguel, antisemita, militarista y bastante lunática. Hitler le suelta a Carol que Codreanu es su favorito para exterminar judíos y de paso azotarle también al resto del pueblo, con especial mención para los campesinos rumanos, históricos sufridores natos. El Rey lo ve claro. Se carga a Codreanu y a trece legionarios más. Los chicos del Arcángel montan en cólera no sólo por los asesinatos sino porque quien los ordena se acuesta con una judía y expolia las arcas del país. Carol está dispuesto a pelotear a Hitler pese al bofetón que supone haberse cepillado a Codreanu, así que autoriza persecuciones y ejecuciones sumarias contra el malvado colectivo judío. Su Elena no cuenta. Eso sí que es amor. Al final, los enanos se convierten en gigantes: los aliados de Rumanía caen uno tras otro (1940) y el monarca se ve obligado a rascarse el bolsillo territorial. Cede cuñas del país a la URSS, Hungría y Bulgaria. Una multitud se concentra frente al palacio real en Bucarest y grita al unísono “Abdica!” (igual en rumano que en castellano; bondades de las lenguas romances). Carol capta la situación al vuelo. Prepara el equipaje, que incluye no sólo a la Lupescu sino varias decenas de millones de dólares (un fortunón en aquella época) y se las pira sin mirar atrás. Hace escala en España y Portugal y se instala en México. La altitud castiga a Elena. Se mudan a Brasil y de allí a Estoril. Carol la casca de un ataque al corazón en 1953. Ella vive plácidamente hasta 1977.
Una vez muerto, el dinero sirve más bien poco. La pareja está enterrada en el Monasterio de San Vicente de Fora (Lisboa), en dos féretros tan modestos que parecen colocados allí eventualmente, a la espera de que llegue el enterrador y los revenda a un museo de segunda categoría.

