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Entrañas de una agencia de rating

Fede Durán | 1 de julio de 2012 a las 17:25

Myriam Fernández de Heredia es la directora general de ratings soberanos de S&P para Europa, África y Oriente Medio. A su cargo, cincuenta expertos; entre sus víctimas, la nota de España, aún BBB+, todavía en grado de inversión aunque un solo peldaño menos signifique especulación.

Standard and Poor’s nació hace 150 años en EEUU para informar a los bancos sobre la fiabilidad pagadora de las empresas que pretendían construir el ferrocarril. Hoy es una de las tres grandes en un sector marcado por la lacra del oligopolio (apenas China y Japón cuentas con alternativas medio serias) y la sospecha del conflicto de intereses. Sus clientes son principalmente los sujetos calificados. El sector factura al año más de 2.000 millones de dólares.

Fernández de Heredia intenta explicarse: el rating no es una auditoría, ni una recomendación de compra o venta, ni tampoco una evaluación directa de la gestión o la opinión aislada de un analista. S&P crea comités de especialistas que son el cogollo de las decisiones finales. Un número siempre impar de personas discute «sin interferencias externas» y comunica las calificaciones a la autoridad competente al menos 12 horas antes de divulgarlas. «El rating es la capacidad de una empresa o entidad de hacer frente a sus deudas en el momento en el que venzan, pero el inversor debe hacer también su propio análisis». Las agencias de calificación suelen cubrirse las espaldas con esa afirmación, pero a la vez procuran reforzar su credibilidad con esta otra: «Todos nuestros estudios de impago han encontrado una correlación clara entre la calificación otorgada y la frecuencia de impago». Las notas de Grecia y Portugal, por ejemplo, comenzaron a degradarse hace cinco o seis años, pero España empaña sólo ahora una trayectoria intachable en la última década que contradice esa teoría de los «malos históricos y reincidentes».

Los comités tienen en cuenta en sus deliberaciones factores políticos, económicos, externos, fiscales y monetarios, añadiendo asimismo una cláusula excepcional de ajuste a la baja que se activa, por ejemplo, en caso de guerras o problemas serios de liquidez. Este sistema permanece inalterado desde hace 30 años y es, presuntamente, casi infalible. Según S&P, desde 2004 únicamente se han producido siete impagos entre organismos calificados con la máxima nota. Los fallos han sido por desgracia clamorosos: las subprimes eran oficialmente un producto gourmet un suspiro antes del estallido de la crisis.

El gran problema de las agencias de rating es que actúan sin competencia y provienen de Wall Street, corazón del verdadero Imperio, aunque Fernández insista una y otra vez en que S&P es una multinacional fuertemente arraigada en Europa y sin intereses bajo bandera. Las sacudidas de la deuda soberana en la periferia de la Eurozona han sembrado en Bruselas el debate sobre el control de estos creadores de opinión crediticia. La posibilidad de diseñar una agencia pública europea que contrarreste a las americanas está sobre la mesa, pero nacería con la sospecha de ser a la vez juez y parte. S&P defiende, sin embargo, la utilidad de los controles actuales. La SEC regula sus actividades desde hace seis años en EEUU, y la ESMA hace lo propio en el Viejo Continente desde hace dos. Las turbulencias que provocan con sus decisiones, su promiscuidad mediática y el aparente oportunismo con que aparecen y desaparecen han convertido al sindicato del rating en un sospechoso habitual. La pelea por domesticarlo se recrudecerá conforme España e Italia se acerquen más aún al abismo.

Los diálogos de nuestros líderes

Fede Durán | 9 de agosto de 2011 a las 19:25

 

¿Qué frases intercambiarían hoy los líderes de la política/economía mundial? Ahí van algunas ocurrencias.

 Sarkozy a Merkel: “Me gusta esa sonrisa”

 Merkel a Sarkozy: “La crisis, Nicolas, la crisis. Y aparta esa mano”

 Intérprete de Sarkozy para sus adentros: “¿Alguien entiende que este tío esté con la Bruni y piense en la Merkel?”

 Zapatero a Rajoy: “No me ayudas ni una mijita”

 Rajoy a Zapatero: “Nos has llevado al desastre. España es una ruina”

 Rajoy a la prensa internacional y las agencias de rating: “España es solvente y no necesita un rescate”

 Cayo Lara a Zapatero y Rajoy: “¿Hola? ¿Hola? Estoy aquí.

 Trichet a Berlusconi: “Se te va a caer el pelo”

 Berlusconi a Trichet: “Pues me lo implanto otra vez”

 S&P a Obama: “Para chulo mi pirulo”

 Obama al mundo: “Siempre seremos un país triple A”

 El mundo a Obama: “Cuéntaselo a China”

 China a Obama: “Vamos a convertir Wall Street en un todo a cien y la Casa Blanca en el mayor karaoke del mundo”

 Salgado a Europa: “Jamás seremos rescatados”

 Salgado a Solbes, alias The Teacher: “¿Jamás seremos rescatados?”

 Espe a los madrileños: “Enséñame la pasta”

 Gallardón a los madrileños: “Tranquilos, seguiré buscando el tesoro”

 Bernanke a Giamatti: “Esta vez podrías comparecer tú ante la prensa…”

 Krugman a S&P: “Pardillos”

 S&P a Krugman: “Lo de Lehman fue una menudencia. Y de Enron ni me acuerdo”

 Lagarde a Carstens: “El FMI es un deporte donde siempre gana Francia”

 Carstens a Lagarde: “Tengo hambre”

 Pulido a la prensa (no podía resistirme al enfoque local): “Cajasol ha demostrado una vez más su magnífica solvencia”

De la civilización al navajeo

Fede Durán | 12 de julio de 2011 a las 14:33

One more time: la prima de riesgo (PR) mide el diferencial a diez años entre el interés que paga España (o cualquier otro país) por colocar deuda soberana en comparación con el bono (bund) alemán, tomado como referencia por su presunta solidez. Un diferencial de 350 puntos básicos significa que España le añade un 3,5% de interés al que ya paguen los alemanes. Si Grecia ronda los 1.300 puntos (13%), pueden hacerse una idea del bestial coste que supone financiar las deudas estatales en esta orgía de los mercados, la especulación y la madre que parió al rating.

Por cierto, ahora dice Bruselas que es urgente:

  1. Exigir más transparencia a las agencias de calificación dado el impacto de sus notas en la evolución de la citada PR. Si esta vez la UE no se pierde en infinitas discusiones, cuando una agencia otorgue una nota a un Estado miembro, las autoridades comunitarias deberán tener acceso a los informes internos en los que dicha nota se basa.
  2. Promover la competencia frente al oligopolio de Moody’s, S&P y Fitch (el trío calavera del rating) mediante la creación de pequeñas y mediadas agencias ¿independientes?.
  3. Prohibir las calificaciones destinadas a los países que hayan sido rescatados (como Grecia, Irlanda o Portugal).

Italia y España las están pasando canutas. ¿Caerán ambas? Si la respuesta es negativa, ¿quién tiene más papeletas para pegársela y acudir con el rabo entre las piernas a Bruselas? Argumenta con buen criterio mi compañero José Luis Benayas que lo que cuenta es la deuda pública: Italia, 120%; España, 62,3%; además de la capacidad de devolverla/refinanciarla. Vale, es cierto, pero el trío calavera sigue ahí y en cualquier momento hará de las suyas. ¿Nos dará en la boca a nosotros? ¿Preferirá merendarse a nuestros primos latinos? Se supone que estos tíos emiten sus veredictos en función de muchos otros parámetros macro. Tenemos el doble de paro (8,1% Italia; más del 20% España), exportamos la mitad y estamos mucho menos industrializados. ¿Qué pasará? Ni idea. Pero el asunto es crucial. De la civilización al navajeo made in Mad Max apenas hay unos metros.

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El sindicato del rating

Fede Durán | 8 de julio de 2011 a las 9:47

DOS estudiantes acaban paralelamente las carreras de Economía y Derecho. Al leer en el tablón de la facultad la última nota, esa no siempre deseada llave al mercado laboral, nuestros protagonistas lanzan un espeso suspiro y recuerdan, como quien va a morir, las imágenes más significativas de su lustro académico: las juergas, las novias, los apuntes prestados y fotocopiados, la tremenda disparidad cualitativa del profesorado, los plazos incumplidos, el agua al cuello… y aquellos zotes invariablemente sentados al final del aula, repetidores profesionales, rémoras susurrantes con carpetas sin apuntes y el tabaco en el pupitre. Pues bien, la teoría de la evolución marcará el destino de este último recuerdo, acaso el más intenso: los zotes de Derecho acabarán siendo políticos y los de Económicas ficharán por alguna agencia de rating.

Ah, el rating. Debe ser cojonudo levantarse por la mañana, mojar un donut en el café y decidir a qué pardillo vas a endosarle una nota de mierda. No importa que seas temerario o carezcas de criterio; tampoco influye que históricamente hayas errado ante realidades financieras monstruosas (Lehman Brothers). El rating está por encima del bien y del mal. Es inmune al juicio crítico y a las advertencias de Bruselas; al conflicto de intereses (potentísimos fondos de inversión son accionistas del trío calavera que conforman Fitch, Moody’s y Standard & Poor’s); o al esfuerzo reformista y ahorrador del país víctima de la calificación. ¿Grecia? Bono basura. ¿Portugal? Bono basura. ¿España? Acabe siéndolo o no, basa su porvenir en una colosal garantía: mala hierba nunca muere.

El rating es juez y parte, arbitra y mangonea, amedrenta y decapita. Y todos -incluido el BCE- caen en la trampa e insisten en requerir sus servicios. ¿Nadie se da cuenta de que quien le compra hoy al Tesoro Público una letrita a cinco años se lo lleva calentito, con rendimientos cada vez mayores gracias a una prima de riesgo sin techo aparente? Nah, estiremos la loncha un poquito más, treinta, ochenta, cien puntos básicos.

¿Quién es Moody’s, quiénes Fitch y S&P? Un tipo en un despacho sin ventanas que cateaba microeconomía y gestión financiera. Un señor que a las seis p.m. apaga el ordenador y se marcha a casa, pasea al perro y se traga una peli mala en Telemadrid sin darle demasiada importancia al hecho de estrangular a esos griegos o portugueses suficientemente machacados ya por una penosa gestión política (recuerden, la otra estirpe de zotes) nacional y extranjera.

Sólo hay una forma de arruinarle el chiringuito al sindicato del rating: la insumisión, el ostracismo, la negativa unánime a seguirle el juego, a contratar sus veredictos aguados. Dicen algunos expertos que detrás de sus horribles notas hay un rastro de culpabilidad. Puntuaron tan alto en el pasado que prefieren endosar roscos ahora. ¿Por qué no se autocalifican?

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La batalla del rating

Fede Durán | 26 de marzo de 2011 a las 11:55

Aterrorizan a gobiernos hechos y derechos, enervan a organismos supervisores y despiertan antipatías casi unánimes basadas en su ubicuidad y protagonismo. Como la radiación nuclear, el pánico que causan procede de su invisibilidad. No se sabe dónde están ni quiénes son, pero al menos existen unas señas, una precaria identidad: Standard & Poor’s (fundada en 1860), Moody’s (1909) y Fitch (1913) componen la santísima trinidad del rating. Y ahora estrechan el cerco sobre dos presas de distinto valor: la menuda Portugal y la demográficamente corpulenta España. Europa, cansada de ataques especulativos, lleva tiempo rumiando. El contraataque, tal y como adelantaba hace unos días Jean-Claude Juncker, presidente del Eurogrupo, podría consistir en darle a la citada terna unas cucharadas de su propia medicina. ¿Cómo? Creando una agencia europea de calificación de deuda.

S&P, Moody’s y Fitch nacieron y medraron al otro lado del charco. EEUU es El Poder. El Sistema. El rating. Actúan de motu propio cuando califican a España o las comunidades autónomas. Pero cobran jugosas tarifas cuando una empresa recurre a ellas. Te puntúan según criterios recogidos en sus páginas web y se amparan en esa supuesta transparencia para justificar su función y apartarse de los errores cometidos o de sus consecuencias. Matizan que no califican para que un inversor tome decisiones; sólo evalúan la capacidad de pagar una deuda a futuro. Por eso no importa que otorgasen la máxima nota a Lehman aunque después pasara lo que pasó. Las agencias, y ésta es una importante conclusión, se lavan las manos.

Varias son las voces que reclaman batalla. La de Juncker es una de las más relevantes, pero su propuesta, como casi siempre cuando nace de un político, está forrada de inconcreción. Nadie tiene demasiado claro si se trataría de una agencia pública o privada. Dos expertos en la materia, Gumersindo Ruiz y Fernando Faces, advierten que la primera vía nacería muerta: “Fitch, S&P y Moody’s están blindadas contra sugerencias políticas. Son muy profesionales”, defiende Ruiz. “Con Lehman, no tuvieron en cuenta la liquidez, pero también recuerdan que los productos que calificaron con triple A -la máxima nota, una especie de matrícula de honor financiera- casi no tuvieron impagos. Los activos más problemáticos fueron los que se compraron con préstamos y no con fondos propios”. Y, si las condiciones del préstamo empeoran, estás muerto. Faces se muestra más duro: “Dudamos de su imparcialidad, pero es el único referente que hay ahora. Una agencia pública europea tampoco mejora las cosas porque implicaría ser juez y parte. Que evaluase a los estados sería bastante discutible, máxime viendo la influencia de los primeros ministros sobre el BCE. Los mercados se inclinarían seguro por las agencias privadas porque recuerdan perfectamente lo que sucedió con el Pacto de Estabilidad cuando Alemania y Francia lo incumplieron”, concluye.

“Yo tampoco optaría por un organismo público”, asevera Javier Romero, director en Sevilla de Renta 4, “buscaría un sistema mixto con una agencia privada que compita con las norteamericanas y otra pública que fiscalice a aquellas” o, como dice Gumersindo Ruiz, “que compruebe si el rating se corresponde fielmente con la metodología empleada para determinarlo”. “Es una buena manera de ampliar el perímetro de inspección, aunque esa tarea podría corresponder directamente al BCE”, avanza Faces.

También cabe una lectura política que adjudicaría a S&P, Moody’s y Fitch la secreta misión del derribar al euro. “No hay ninguna mano negra. Simplemente, las agencias, que juegan con el doble rasero de la objetividad ante los Estados y la implicación con sus propios clientes, quieren lavar su imagen y, de paso, radicalizar posturas contra los países que, como España, las han criticado”, expone Fernando Faces. “A EEUU no le interesa que caiga nuestro país”, complementa Romero.

S&P describe esquemáticamente en su web el proceso que sigue hasta alcanzar la meta del rating: un análisis cualitativo y cuantitativo del examinado que posteriormente se remite a un comité que presenta, discute y vota la nota. “Estas agencias son un tío sentado en una oficina igual que tú y que yo. El asunto es mucho más elemental y pedestre de lo que imaginamos”, opina Ruiz. Habrá que concluir que nunca tantas hormigas movieron tantas montañas.

La pelota que crece y crece

Fede Durán | 29 de abril de 2010 a las 20:43

La pelota económica crece y crece, como una bola de mierda, hasta convertirse en acompañante habitual de otros hilos reflexivos. Y pienso, a la primera y sin muchas ganas de cambiar de opinión, que las agencias de calificación no me gustan un pelo. No lo digo porque sean anglosajonas, ni porque pretendan, quién sabe, cargarse el euro, sino por ese manto de autoridad que les da el poder de condicionar y sobre todo acojonar al inversor. Los Moody’s, Fitch y S&P la cagaron con Lehman, AIG y las subprime. Pero la memoria es débil y ahí están de nuevo, añadiendo al fogón español aún más leña. También comienza a cansar la actitud infantil y suicida de nuestro inevitable binomio político. PSOE y PP jamás harán como Sócrates y su rival Passos Coelho (dos apellidos por cierto bastante literarios, gustos aparte) en Portugal. Nos quedaría la sociedad civil para corregir en parte los desperfectos de quienes deciden en primera instancia. Pero España, ay, apenas tiene sociedad civil. El tercer aguijón se lo mando a la Junta: cambio de Gobierno y consejerías y vuelta a las andadas: los puestos de mando van ligados al carné y no al mérito, así que con los Fernández, Soler y demás se piran muchos directores, secretarios, asesores y profesionales varios. ¿No se trataba de ahorrar? ¿No se puede aprovechar parte del bastidor en vez de crear cada vez, como quien mea su territorio, uno nuevo? Ya desde el microcosmos sevillano, enorme para vivir pero maldito para trabajar, florece mi más penosa conclusión. Aquí el único negocio con ciertas posibilidades de éxito (sin depender de la Junta, el onanismo y la endogamia) es un bar. O no. O no. O no. Voy a repetirlo, a la mantrística manera, a ver si de una maldita vez me lo creo.

Coda: sin nada que ver con todo lo anterior, aunque igualmente inquietante, la verdadera Noticia de la Semana. Bibiada Aido, la miembra más vanguardista del Gobierno, estudia imponer a las empresas privadas “comisarios de Igualdad”. ¿Y esto de qué va? ¿Habrá un tío (o una tía, preferentemente) que se cuele en los consejos de administración para darle con la regla en la mano al travieso patrono que no promocione a sus empleadas? ¿Se obligará al trabajador a meter el femenino en cada palabra susceptible de ser ridiculizada (salarios y salarias, descansos y descansas, despidos y despidas, periódicos y periódicas… y ojo con el reverso tenebroso de toda esta payasada: una baja o bajo profesional, un periódico o periódica, etc…)? ¿Cuánto costará crear este cuerpo de inspectores a lo Adam Bodor? ¿Tendrá más opciones de colocarse la militancia feminista? No sé si llora España, pero llora servidor.