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El odio de Europa

Fede Durán | 13 de marzo de 2013 a las 18:29

Leer El Mundo de Ayer, la autobiografía de Stefan Zweig, permite acompañar al austriaco de distintas maneras. Desde luego, la estrictamente cronológica: el niño que se hace hombre, el estudiante que se convierte en escritor, el admirador que acaba siendo admirado. También la cultural, su fabulosa nómina de amigos y colegas, con Freud en primer lugar y el acompañamiento sublime de los Rolland, Dalí, Gorki, Rilke, Hesse o Verhaeren, todos ellos contextualizados geográficamente, como si fuesen tarjetas de invitación a la Francia, la Rusia, la Bélgica o la Alemania de las épocas luminosas. Pero impacta especialmente su intimidad existencial, el profundo desengaño que le supuso pasar de la era de la confianza, a finales del siglo XIX, a la Europa de la Primera Guerra Mundial y, con la pausa esperanzadora de la posguerra, los planes (incumplidos) de Wilson y la Liga de las Naciones, a la devastación y perversión de la Segunda Guerra Mundial de la mano de Hitler, cicerone en el reino de los dementes.

Zweig reserva para el último tramo de sus quinientas cuarenta y cinco páginas algunas de sus mejores reflexiones. Era un hombre extremadamente sensible, un humanista a ultranza, un amante de la belleza, la generosidad y la audacia intelectual. Su estupor ante el auge del nazismo es digno de piedad. No pudo entender por qué un conglomerado de millones de personas fue tan perseguido, humillado y masacrado. Los judíos del siglo XX fueron uno de los pulmones del viejo continente a todos los niveles, pero no compartían nada más: ni la lengua, ni (en muchos casos) el ejercicio de la fe, ni unos usos y costumbres que no eran propios de un pueblo sino de las naciones a las que pertenecían. Los judíos eran austriacos, polacos, húngaros o alemanes; eran askenazíes o sefarditas; eran asimilados o, en el mejor de los casos, tibiamente militantes; eran, como quien les escribe, una porción de sangre mezclada con otras muchas: las del Mediterráneo y el Cáucaso, las de los viejos reinos de Castilla y Aragón, las de la Italia anterior al Risorgimento.

He pensado muchas veces en el epílogo elegido por Zweig. He pensando en su suicidio en el exilio y nunca ha llegado a sorprenderme porque los acontecimientos, tan brutales, tan inimaginables para quienes hemos nacido después de Mussolini, Hitler, Salazar o Franco y por lo tanto en países libres, debieron hundirle en una de esas depresiones que sólo se comprenden desde el estadio anterior de la víctima. Zweig fue optimista. Amaba la vida y a las personas. Admiraba su patria. Viajaba y se esponjaba. Creía en la Unión Europea infinitamente antes de que existiese. Vivió cuando no existían pasaportes, cuando el único límite eran las vías de un tren, el asfalto, los puertos, el puro y simple movimiento. Y después lo perdió todo. Se convirtió en un apátrida, se prohibieron sus libros en su lengua materna, se le exigieron documentos, sellos fronterizos, cláusulas de buena conducta. ¿Por qué? Porque, como le recordó Freud más de una vez, en Austria y en el exilio londinense que brevemente compartieron, en el interior de los hombres anida el odio. Cuanto más se alargue la crisis, cuanto más nos hagan sufrir, más nos aproximaremos, desde bandos a veces opuestos, a esa monstruosa Europa que anida en Europa.

El mundo de mañana

Fede Durán | 20 de abril de 2012 a las 9:39

EN El Mundo de Ayer, Stefan Zweig describe aquellos años de finales del siglo XIX y principios del XX como la era dorada de la seguridad, el optimismo y el arte. El imperio austrohúngaro no entendía de guerras, política o deportes. Lo que unía a todos los estratos sociales era el teatro, la ópera, las letras. Un actor o un poeta generaban en Viena más admiración que el emperador Francisco José o que cualquier magnate o cortesano. El propio Zweig comprobó en sus carnes cómo al colaborar con la Neue Freie Presse de Theodor Herzl su estatus y su prestigio se multiplicaron por cien. Después llegó la Gran Guerra y ese sueño humanista quedó reducido a cenizas con el fuego del odio y el miedo.

España también despierta abruptamente tras su luna de miel. Se casó con el progreso más veloz y pensó que duraría para siempre. Hoy tiene en frente a un adefesio llamado crisis. La pareja coincide en el desayuno, la comida y la cena. Ven juntos el telediario, comparten catre y almohada, interfieren en sus respectivas cotidianeidades. Un manto grueso de pesimismo y angustia revienta las metas de las clases medias y bajas, testigos atónitos de un hundimiento global que se come los cimientos de la sanidad, la educación y las infraestructuras de primera. El país viaja al pasado y nadie sabe hasta cuándo, si hasta principios de los noventa o, peor aún, comienzos de los ochenta.

Los políticos tienen una obligación. O, mejor, dos. La primera es renovar sus propias estructuras. La segunda, irse. Ambos son mandatos casi utópicos. La sociedad ha de depurarse: que los conformistas y los abúlicos dejen paso a los inquietos. Los jueces, empresarios y futbolistas, la Casa Real, los periodistas, abogados, químicos y arquitectos, todos deben hacer autocrítica. España necesita ver muy de cerca el drama para reaccionar. Ese momento ha llegado. Necesitamos olvidarnos de las envidias, la pereza y la fullería. Necesitamos trabajar, pensar mejor. Necesitamos el optimismo de otros tiempos o de otras naciones. No hace falta viajar a la Viena de Stefan quedando EEUU a un océano de distancia.

La confianza es un músculo. Ejercitándolo, crece. Ejercicios recomendados: reducir la burocracia a la mínima expresión, acabar con la sensación de que la Administración y las grandes compañías abusan del ciudadano/consumidor, primar el talento sobre el pedigrí, rendir culto a la innovación como los vieneses lo rendían a las humanidades, cambiar el no por el sí, copiar de los americanos eso que los europeos consideran candidez cuando en realidad sólo es audacia, visión, pura y bella osadía. La oportunidad de la transformación está ahí. Sólo hay que revolucionar el sistema. Otras veces, ante escenarios no menos pavorosos, se ha conseguido. Y una verdad como un templo emerge hoy y siempre: las buenas ideas acaban prosperando.